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CASTILLO REAL DE SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA

José Guillermo Rodríguez Escudero

 

- FORTALEZAS HISTÓRICAS DE LA PALMA

Entre las diversas fortificaciones que defendieron el litoral de La Palma, podemos enumerar las siguientes: en la capital, el Castillo de Santa Catalina (principal); el Castillo de la Santa Cruz del Barrio, en la plaza de San Fernando; el Fuerte de los Guinchos o San Carlos, en la Punta de los Guinchos; la Torre de San Miguel del Puerto, en el muelle; el Reducto de Juan Grage y el Castillo de San Miguel en Tazacorte. La Torre de San Miguel de la capital fue una de las primeras fortalezas, la primera según Juan Bautista Lorenzo Rodríguez, cronista y alcalde, y una de las más remotas construcciones militares de Canarias. Ya estaba levantada el 13 de junio de 1515. Actualmente todas prácticamente desaparecidas, excepto la que nos ocupa, la fortaleza de la Gloriosa Mártir Santa Catalina de Alejandría.


El Emperador Carlos I de España había autorizado al Cabildo de la Isla, mediante Real Cédula del 15 de marzo de 1528, a que iniciara las gestiones entre los vecinos para la repartición de las cantidades necesarias para los gastos de fortificación. Para buscar los orígenes de la idea, hay que remontarse a la reunión convocada por el gobernador Juan López de Cepeda, el Magnífico, en la iglesia de El Salvador. Para este hábil caballero, la mayor preocupación se centraba en aquellos instantes en la infraestructura defensiva. Eran tiempos de escasez de artillería, munición y armas, fruto de una incomprensible política de desidia que mostraba la Corona ante las constantes solicitudes y pedidos. Finalmente se presupuesta la obra en 6.200 ducados a pagar por los ciudadanos.

El 26 de mayo de 1554, se iniciaría la fabricación del “Castillete”, como es conocido por los palmeros. También nos informan de ello Castellano, Macías y Suárez (Premio de Investigación Histórica «Juan B. Lorenzo», dado en Santa Cruz de La Palma en 1990), de cómo el Cabildo había acordado su construcción así como la derrama de 6.000 ducados entre los vecinos.

Santa Cruz de La Palma se sitúa en la cara este de la Isla y, aunque es un punto estratégico para el comercio, necesitaba una infraestructura arquitectónica que la amparara y defendiera de los ataques por mar. La ciudad fue saqueada en multitud de ocasiones y se produjeron grandes incendios que arrasaron importantes y bellos edificios y templos: el Cabildo y su archivo, el Hospital, etc. Este fue el motivo por lo que se llevaron a cabo varias fortificaciones, como la de Santa Catalina. Su construcción, como veremos, se ejecutó en varias etapas. El castillo fue diana de muchos contratiempos y en 1665 corre el Barranco de Las Nieves y se lleva la fortificación, por lo que cambia su ubicación por la actual. Pero la acción del mar lo deja inservible y se pone en venta; actualmente es de varios propietarios privados. En él estuvo preso Anselmo Pérez de Brito, abogado que llevo el pleito de los regidores perpetuos. Su planta es cuadrada y en su portada presenta un arco rebajado en el que figuran las armas reales. Por decreto, fue declarado Monumento Histórico Artístico el 22 de junio de 1951. La protección del magnífico Monumento viene amparada por la Declaración Genérica del Decreto de 22 de abril de 1949 y la Ley 19/1985 sobre el Patrimonio Histórico Español.

Existían otras baterías en la isla, como la de San Jacques (1559), en el Barranco de Maldonado; la de San Antonio, inmediata al Astillero; Nuestra Sra. del Carmen (1573), en el mismo Barranco; San Pedro o Los Clérigos, en la Calle de la Marina, cerca del Barranco de Los Dolores; en Puerto Naos, donde dicen La Altura; Santa María de Saboya o La Alameda (1559), en la Calle de La Marina, cerca de la Torre de San Miguel; la batería de San Felipe, también llamada de Méndez (1657); el polvorín de la cuesta de Calcinas (1681); y el Reducto de Bajamar o Paso de Barreto, portada sobre el risco inmediato al camino que conduce a los pueblos del Sur. Como auxiliares de la defensa se usaron las atalayas del Risco de la Concepción y la montaña de Tenagua, en ambos extremos de la ciudad.

El cónsul británico Francis Coleman Mac-Gregor, amigo de grandes científicos y viajeros- como Berthelot, con quienes compartió recorridos y experiencias en las Canarias del primer tercio del s. XIX-, escribió algunas de las frases más precisas e interesantes que se han escrito sobre la capital palmera. Entre otras cosas, mencionó las baterías que como defensa complementaria a los Castillos de Santa Catalina y San Miguel o del Puerto, ofrecían “a la razón un estado ruinoso”.

Para cubrir la defensa del extenso literal palmero, se comienza en mayo de 1554 la fortaleza en el norte de la ciudad, en el Barrio de Santa Catalina de donde recibe su nombre. Desde ese mismo año de su construcción se entiende como la “fuerça prinçipal” y el sitio donde está ubicada se considera de importantísimo valor estratégico. Desde allí se defiende el mar – impidiendo a los barcos que llegaran hasta el puerto y a los botes que desembarcasen-, como la tierra – la elección del lugar tiene mucho que ver con la entrada de los piratas franceses el año anterior-. Esta nueva fortaleza cumple un papel clave como defensa del norte de Santa Cruz y “parachoques de pretendidos ataques al puerto”.

Un informe enviado al Rey en mayo de 1583, cuantifica la fuerza defensiva de La Palma en los siguientes efectivos: “1300 personas para la guerra; 345 arcabuces; 650 picas, lanzas y dardos; 61 ballestas; 27 alabardas de malla; 207 rodelas; 1023 espadas y 14 caballos”

- ATAQUES PIRÁTICOS

En julio de 1553, el feroz pirata francés Françoise Le Clerc, apodado Pie de Palo, saqueó e incendió la preciosa ciudad palmera. Un año después, comenzaba la construcción del Castillo Real de Santa Catalina, cercano al punto donde se había producido el desembarco de los hugonotes galos. Las obras defensivas continuaron hasta crear un verdadero cinturón de reductos, murallas y baterías, nombradas anteriormente, a fin de proteger a la ciudad de los peligros provenientes del mar.

El Príncipe, futuro Rey Felipe II, mediante Real Cédula, expedida en Valladolid el 8 de abril de 1554 - conservada en el libro de Reales Cédulas de aquel municipio-, concedió la licencia y la facultad para repartir entre los vecinos nuevamente unos 3.000 ducados. La Real disposición expresaba que “la ciudad había quedado desmantelada después del saqueo y quema por los piratas franceses”. Nos informa también Darias Padrón de que el jefe militar de aquellos momentos era Juan de Monteverde y “queyere hazer a su costa una de las dhas fuerzas, ques una del puerto desa ysla ques en la Caldereta”.

Las fortalezas repelieron eficazmente al célebre corsario inglés Francis Drake cuando sus barcos sitiaron a la capital en 1585. Afortunadamente, la artillería de los castillos hundió la nave capitana de la armada inglesa, el Bonaventure. Se considera como el tercer ataque sufrido por la isla. Así, hacia las tres de la tarde, desapareció la flota enemiga en dirección sur de la vista de la ciudad, “fuyendo por el mucho daño que se les hizo”. De este modo, escribe el profesor Rumeu de Armas, “finalizó el primer ataque inglés a las Canarias, en el que Santa Cruz de La Palma tuvo el alto honor de derrotar al más grande de los piratas ingleses, destrozándole su navío almirante y causándole daños y bajas en las embarcaciones y tripulantes”.

En septiembre de aquel año, las noticias del regreso de Drake de sus razzias en las Indias de Su Majestad preocupan nuevamente al Cabildo que teme un nuevo ataque. El alguacil y alcaide Sebastián Vallejo y el condestable de la artillería, Matías Cardoso, solicitan urgentemente el envío de pólvora de Gran Canaria y de Tenerife. Se reparte media libra a los arcabuceros de la existente en la fortaleza de Santa Catalina. Se cuenta con 500 esclavos negros y mulatos que hay en la Isla. También se ordena la reconstrucción de la deteriorada casa de la pólvora de dicho castillo aprovechando madera de la máquina del muelle, etc.

- ARQUITECTURA ORIGINAL

Esta primitiva fortaleza presentaba una planta casi elíptica “en cuyo centro se alzaba un cubelo cubierto con tejado de pizarra. Sus muros exteriores eran de sillería con recios contrafuertes y se hallaba en su totalidad terraplenada y cubierta de losetas para formar la plaza de armas”. Fernando Gabriel señala que la fortaleza “consistía en un torreón o cubelo que, en el mes de agosto, ya llega hasta las troneras. La rapidez de los trabajos prevé su terminación en menos de un mes, gracias a la cantidad de operarios que intervienen”.

En el Cabildo celebrado el 2 de marzo de 1554 se había acordado a darle al terraplén un largo de 200 pies a su alrededor en forma de media luna, y que desde el cubelo hacia el mar se elevase 35 pies como se tenía acordado, cuya obra se terminó, como dice la profesora Doña Carmen Fraga, en 1560, siendo Teniente Gobernador de la Isla el Lcdo. Don Antonio de Troya Sañudo.

Los investigadores canarios Castellano, Macías y Suárez en su obra sobre las fortificaciones palmeras, también nos informan de que había una escalera exterior separada del castillo mediante un puente levadizo, por la que se permitía el acceso al fuerte. “Ésta tenía un pretil hacia la parte del mar y una alta muralla almenada hacia el frente de tierra”. Así mismo, Rumeu nos describía este antiguo castillo, “el cubelo central, todo él de sillería, con troneras, tenía dos pisos, y servía de alojamiento al alcalde y a los soldados de la guarnición”. La plataforma con la torre circular fue abatida más tarde por el mar.

Estaba construida la fortaleza en gran parte de cantería labrado con elegante puerta de entrada del mismo material sobre la que colocó el escudo de España tallado en piedra de color gris.

Don Juan de Monteverde, Capitán General “que fue desta Ysla y su Castellano de ella, y Alcaide de las demas fortalezas” gastó en el Castillo de Santa Catalina 18.000 doblas con acuerdo del Cabildo, como resultado del celebrado el 20 de octubre de 1561. Sin embargo, Lorenzo Rodríguez, cronista y alcalde, en sus Noticias sobre la Historia de La Palma, aclara que, “pasó el tiempo y habiendo empobrecido y enfermado, no llegó á entregar la suma ofrecida á pesar de habersele ejecutado”.

Buena prueba de la importancia que se le daba a esta estructura defensiva, fue el acto de su bendición tras su finalización. Una multitudinaria procesión salió de la Parroquia Matriz de El Salvador el 4 de octubre de 1560, asistiendo todas las comunidades religiosas de la capital. Esta solemne ceremonia aunó lo militar y lo religioso en la exaltación de una defensa bendecida. En aquellos momentos de gran preocupación por la seguridad, se cerraban con llave las dos portadas que daban acceso a Santa Cruz al toque de queda, aislando así a la capital palmera de entradas y salidas nocturnas. Según el Acta del Cabildo de 18 de agosto de 1559, se acuerda tañir la campana de queda entre las nueve y diez de la noche en invierno y una hora más tarde durante el verano.

- AVENIDAS

Debido a un terrible aluvión del Barranco de Las Nieves en 1665, el castillo fue declarado en estado ruinoso. Al año siguiente, el Conde de Puertollano, Comandante General de Canarias, acompañado del ingeniero militar D. Lope de Mendoza, visitó el fuerte. Dejó instrucciones para la urgente restauración. El 5 de junio de 1666, el teniente de Corregidor Lcdo. Francisco García propuso la misma ante el Cabildo. Esta corporación pasaba momentos de grave precariedad, por lo que no contaba con los medios económicos necesarios para acometer las obras. Los vecinos apoyaron al Cabildo con una derrama. El coste total ascendió a 16.107 reales y medio. Como apunta el profesor Rumeu, debido a un nuevo temporal de mar y viento, el 14 de enero de 1671, tuvieron que efectuarse nuevas obras. La ruina del castillo era un tema que preocupaba a la vecindad y a su Cabildo. En la reunión de éste, del 9 de julio de 1674, se decía “que se había derrumbado un trozo de plataforma y derribado dos piezas de artillería... y debía retirarse su emplazamiento más adentro...”

- RECONSTRUCCIÓN

El Cabildo no contaba con los medios suficientes para acometer una obra de tal calibre, por lo que pidió ayuda al pueblo. Constituida la comisión nombrada para gestionar la suscripción popular- en la que se encontraba el Rector de la Parroquia de El Salvador, D. Gabriel Van de Walle -, ésta dio cuenta al Capitán General Don Juan de Balboa Mogrobejo para que informara a Su Majestad.

La violencia del mar seguía poniendo en peligro la consistencia de la fortaleza y las constantes embestidas de las temibles olas arrastraban materiales y destruía las obras que allí se acometían, “y se suele llebar el palo de la bandera y garita de donde se bejía el mar…”. Por lo tanto, el Gobernador de las Armas y el Ayuntamiento finalmente decidieron que se hacía necesaria su reconstrucción en un lugar más alejado de la línea de costa.

En las instrucciones que el Cabildo dio al Lcdo. Blas Simon de Silva, Regidor, Consultor del Santo Oficio de la Inquisición y su Procurador General, acerca de lo que tenía que reclamar en la Corte de S. M. en Madrid en 1649, extraemos lo siguiente: “Y es de considerar y advertir que las fuerzas que tiene esta isla se hicieron á costa de sus vecinos y las han sustentado y sustentan de artilleros, pólvora, balas y municiones y de otros pertrechos y reparos sin que S.M. haya lastado ni laste cosa alguna de su Real Hacienda, y estan siempre prevenidos de armas y municiones para ellas, y velando ordinariamente de dia y de noche y atrincherandose como quien está en frontera para defenderse, como hasta aquí lo han hecho y haran procediendo siempre en S.M como basallos de los mas fieles y leales de sus reinos. Empero, hallándose hoy con suma miseria y cortedad que ya no pueden sustentar y procuran salir á otras partes á vuscar la vida…”

En 1676 visitó la Isla del Capitán de la Guerra y Corregidor, Don Juan de Laredo y Pereda, ante el cual se hizo oficialmente la petición de la nueva ubicación del fuerte. Todavía en 1681 seguía en ruinas “y en estado de no poderse disparar una pieza en él”, y la torre deshecha, la muralla del mar desmoronada y la plataforma sin losas ni terraplén. Un desastre. Por ello se solicitó la urgente mediación de la Corona.

El ingeniero militar Don Miguel Tiburcio Rossell de Lugo y el sargento mayor Don Juan Franco de Medina levantaron los planos para la anhelada construcción. Se recogió del vecindario la cantidad de 30.000 reales de plata. Como no cubría los gastos, se acudió a tomar “remanentes de trigo de los pósitos de las Islas”.

A propuesta de Don Nicolás de Sotomayor Topete, se acordó también suplicar a Su Majestad se sirviese conceder al Cabildo una serie de arbitrios, recogidos en el Acta de 25 de abril de 1681, como “el de la imposición de vino que se vende acuartillado… el arbitrio del 1 por 100 de las mercaderias que entran… dar a tributo los pedazos de tierra del Mocanal… se den de su Real Hacienda para ayuda de costa de 14.000 ducados por no ser bastante para la reedificación de dichos Castillos en el breve tiempo que pide la necesidad de la defenza de esta isla…”

En enero de 1682, finalmente El Gobernador y “Capitán General de mar y tierra de estas islas de Canaria, Caballero de la Orden de Alcántara, Patrono del Colegio mayor de San Ildefonso, Universidad de Alcalá, General de la artillería, del Consejo de Guerra de S. M., etc…” Don Felix Nieto de Silva, confirma “que el Castillo pral. de Sta. Catalina de la isla de La Palma está de todo punto arruinado por las continuas invasiones de mar y conviene a servicio de S.M. y defensa de dicha isla el dar principio con toda brevedad á la nueva fábrica y reedificación de dicho castillo…”

- NUEVA FORTALEZA

Aquel caballero envió al Sargento Mayor Don Juan Franco de Medina “á delinear el Castillo para que se resuelva y determine el mejor sitio en que se dé principio á esta fabrica”. El acta es de fecha 12 de abril de 1683. Como curiosidad, también se informa de cómo “a los artilleros se les bajó la mitad del sueldo hasta que se concluyera la fábrica del Castillo”.

El nuevo baluarte que se diseñó fue una fortaleza similar al de San Cristóbal de Santa Cruz de Tenerife, aunque algo más pequeña. Su planta era cuadrada y sus cuatro baluartes triangulares con los ángulos en punta “de diamante”. En tecnicismos de Doña Carmen Fraga, “su perfil lo caracterizan los piramidiones o puntas de diamantes que lo rematan”. Estamos ante un tipo de fortaleza que incorpora las propuestas renacentistas de la ciencia militar italiana del siglo XVI, de amplia repercusión en Canarias y América. En la mitad opuesta al mar se construyó una serie de dependencias como cárcel, barracones, casa para el castellano y la guarnición, almacenes y depósitos. Cuenta también con un puente de madera sobre el foso en el muro occidental. El amplio terraplén se situó justo en la parte opuesta cercana al mar. Las obras mayores finalizaron en 1692, aunque se siguió trabajando hasta 1701.

La preocupación del Cabildo desde que se supo la declaración de guerra con Gran Bretaña se hizo patente. En 1741 llegó el ingeniero Don Manuel Hernández para iniciar la reparación de los desperfectos que ya eran considerables, así como para la construcción de un subterráneo para la pólvora, “intentando respetar los planos elaborados por Leonardo Torriani en 1585”. Este ingeniero fue el primero en llegar a La Palma en 1584, enviado por el monarca Felipe II para fabricar el puerto y para que confeccionar un plano “que ay en el no subjeto a padrastro un torreon desde donde con poca artilleria se defendiese un solo desenbarcadero de que se teme la dicha ysla”.Así se desprende del despacho del Rey a Torriani de 18 de marzo de 1584.

El ingeniero había abandonado La Palma en el verano de 1586. Al año siguiente regresará enviado por el soberano con una misión más amplia e insólita en la historia de Canarias hasta entonces: “nada menos que la visita y estudio de todas ellas y la realización de un proyecto de fortificación global que tanto necesitaba”. Este viaje se inició en la capital palmera a finales de agosto de 1587. Para este célebre personaje, el castillo de Santa Catalina le parecía suficientemente dotado y práctico, y su preocupación principal es el atrincheramiento de la ciudad en los sitios oportunos y frente a las calles que salen al mar.

Debido a los deterioros ocasionados por las avenidas del barranco, en 1742 el baluarte norte no estaba finalizado, así como el del oeste, y los del sur y este “no podían hacer fuego por su pequeñez”. Desde mucho antes, así consta en el acta de 30 de agosto de 1726, la obra no “estaba bastantemente perfeccionada”. Se informa de que se necesitó 2.000 quintales de piedra de cal, “madera para traviar y soallar con tablones gruesos; y que el tejado que está sobre el alojamiento del Castellano y el de los soldados se quite y se haga de azotea”. Así podrá pasar la infantería libremente por encima para el resguardo y defensa.

Nuevas avenidas llenaron de consternación al vecindario. Otro ejemplo fue la que acaeció el 9 de octubre de 1783, “entre once y una del día”. En palabras del alcalde y cronista Don Juan Bautista Lorenzo Rodríguez: “corrió el barranco de Santa Catalina con tanta abundancia de agua y tan fuertes estragos, que serán memorables por muchos años”. Arrastró siete casas y arruinó numerosas edificaciones de sus inmediaciones. “Llevóse la Cruz del Tercero y la de las Damas con sus respectivas plazas; perecieron dos hombres y una niña, y muchos se libraron de milagro”. Se trataba de la misma Cruz que el Adelantado Fernández de Lugo había colocado en aquel lugar el 3 de mayo de 1493, terminándose la Conquista de La Palma. Tras la riada, se colocó una nueva que es la que actualmente se encuentra en la Alameda.

En el documento firmado por el ingeniero Fausto Cavallero en 1788, se dice que el castillo se halla a 1552 mts del fuerte de San Miguel, y que “es un cuadrado abaluartada de 52 mts de alto con explanada de losa corrida por las caras, flancos y cortinas de los tres frentes que miran al mar y a la playa; el otro frente mira a la población y tiene adosados los edificios necesarios para alojamiento de la guarnición, cuerpo de guardia, almacenes y repuesto de pólvora. Es susceptible de contener 12 piezas bien servidas y se encuentra artillado con 2 cañones de 15 cm, 2 de 12 cm y 3 de 10 cm. Sus fábricas se encuentran también en mal estado, siendo necesario proceder a un estudio para su reparación. No hay nada consignado en presupuesto con este objeto ni es posible repararlo con cargo a entretenimiento corriente.”

Volviendo a las reformas, éstas continuaron hasta 1789, año en que aun continuaban los problemas económicos. Así se desprende de un informe elaborado por un diputado del Cabildo, en el que, el 20 de agosto de 1790, escribía“… que por lo respectivo a los pequeños reparos que propone dho. Sr. D. Luis al citado Castillo cuyo cálculo gradua en 1200 rs…”

En el inventario de las partes del Castillo realizado el 24 de noviembre de 1843, ejecutado por el cuerpo de Ingenieros de La Palma, se verifica que la puerta y entrada principal, la cual “se verifica por un puente que atraviesa el foso fijo de 7 varas de largo y 2 ½ de ancho, con sus pasamanos y balaustres, que todo se halla en buen estado. Dá á la puerta principal de dos hojas de madera de tea en mediano estado con cerradura, llave, llamador de bronce con tirador por dentro y macho y hembra y dos ganchos con sus huecos de madera embutidos en la mampostería para asegurar las hojas las cuales tienen cada una, dos abrazaderas de hierro empezadas á corroer, y gira sobre quicialeras de bronce”.

Allí consta cómo la mencionada puerta da entrada al campanario, emplazamiento que con la explanada es de figura cuadrada de “35 varas de frente y 35 de fondo en los ángulos salientes á su derecha é izquierda y dos cañoneras en cada una y lo demás á barbeta”. Entre esas dos explanadas hay tres cañoneras y en la parte norte otras tres. Continúa el inventario detallando cómo era el almacén de pólvora (“de 7 vs. de largo y 4 de ancho”, situada al final de un pasadizo de metro y medio de ancho y 4 de largo con el piso de tierra), el cuerpo de guardia (de unas diez varas de largo y cinco de ancho, con buen postigo y que a su izquierda da al pasadizo de entrada), y así una larga relación de elementos. En buen estado también se hallaban la garita, el pozo, la hermosa sillería, la mampostería, si bien se recomienda la pronta reparación de “enrrajonado y encallado á cabeza descubierta interior y exteriormente”. En cuanto a los fosos, “exceptuando 8 varas de mampostería que forman la base o estribo del puente, el resto es de piedra viva y está destrozado en la mayor parte, estando todo lleno de piedras y escombros”. Firma el estudio el Maestro eventual de Obras de Fortificación, José María Pérez.

Existe un oficio que se custodia en el archivo del Marqués de Guisla, fechado el 1 de agosto de 1805, en el que se prueba que el foso del fuerte fue hecho en ese año para evitar los incendios por el lado de la Calle del Castillo: “para quitar hornos inmediatos ó algun insendio en ello y en esta casita que está tan inmediata al almasen de la polvora”.

El 3 de mayo de 1850- Festividad de la Santa Cruz, Patrona de la ciudad, junto con la Gloriosa Santa Águeda-, ya aparecía construida una pequeña rampa en el baluarte derecho, junto al Cuerpo de Guardia. También dos garitas nuevas de piedra tosca labrada y mampostería.

- ARTILLERÍA

La situación de inseguridad que sufren los ciudadanos palmeros a través de los siglos se había agravado por el aislamiento geográfico, las dificultades para la fortificación de la Isla, la constante ausencia de dinero, la débil gestión militar y política, etc. Teniendo en cuenta el vasto territorio que amparaba el Imperio Español, la Palma era un ínfimo trozo de tierra olvidado en el mar. Por esto, el Cabildo luchaba sin tregua para dar a conocer esta precaria situación insular ante la Corte y obtener de ella las ayudas necesarias para la seguridad ante los ataques vandálicos. Existía una verdadera obsesión por su defensa.

Así, a mediados del siglo XVI, el fuerte contaba con dos culebrinas – piezas de artillería de bronce propias de ese siglo, de cañón largo y poco calibre -, que habían sido compradas por el Cabildo a Bazán en 1555. También con un cañón de la fundición de Don Juan Manrique de Lara. Había otro francés que fue capturado en la Batalla de San Quintín. También un inglés, un pedrero y un falconete (especie de culebrina), un mortero… En total once piezas de artillería, incluido otro falconete regalado por Su Majestad al Castillo. En el inventario de soldados, armas y artillería confeccionado por el ingeniero real Torriani, a la vista de la escasez de artilleros, propone que todos los oficiales mecánicos lo sean durante algún tiempo, y alentando el voluntarismo, “lo hagan de buena gana para servicio de Vuestra Magestad y de su patria”.

También el Rey Felipe II regaló en 1591 una culebrina de la fundición de Juan Morel. En el mencionado y premiado trabajo sobre las fortificaciones palmeras, sus autores también informan acerca del catálogo de piezas existentes en la última década del siglo XVI: “una culebrina bastarda, dos medias culebrinas, un medio sacre, dos cañones encampanados, un falcón inglés, otro alemán, un cañón francés, un pedrero y tres piezas de campaña”. Así consta en el inventario ordenado por el capitán general Luis de la Cueva, nombrado en 1589, con el que cambia el sistema político de Canarias.

El poderoso monarca ordenó un inventario de la artillería propiedad de la fortaleza, “que ha fabricado esta ciudad con ayuda de sus vecinos”, instando a sus cuidadores y al Cabildo a que velaran por su conservación, reparo y aumento. La Real Cédula había sido firmada el 31 de agosto de 1588. Rumeu de Armas recoge en su obra cómo había descendido la potencia artillera de la fortaleza de Santa Catalina. En 1599, por ejemplo, un nuevo inventario acusa el tremendo deterioro defensivo que sufre la ciudad capital. En el castillo que nos ocupa, ya sólo aparecen ocho piezas y tres en la torre del puerto y del Cabo.

Otro Rey, Felipe III, en 1602, da licencia al Cabildo para imponer sisa sobre el vino durante ocho años con destino a las fortalezas y artillerías y pago de artilleros, privilegio éste que se mantiene durante bastantes años.

En las Noticias… de Juan Bautista Lorenzo, extraemos el siguiente párrafo, por lo curioso de su contenido: “(..) y porque la artilleria que tienen es totalmente inútil que mas servirá para matar la gente que le defiende que para hacer daño a sus enemigos; como se reconocio el dia de Córpus al primer tiro reventarse el mejor cañón de los que tenía (…)”.

Casi un siglo y medio más tarde, en 1742 el fuerte contaba ya con catorce cañones, si bien en el inventario constaba que seis estaban inútiles y otros averiados. Tan sólo cuatro estaban en buen estado. En tal lamentable estado se hallaba el castillo, que se solicitó al Rey Felipe IV, para que se reactivase y revalidase la Real Cédula de 1651 para la imposición de un arbitrio sobre la entrada y salida de mercancías con objeto de comprar nuevas piezas. Este impuesto, autorizado finalmente por el monarca, tendría una validez de veinte años a partir de esos momentos.

Tampoco la actual fortaleza se librará de las riadas, avenidas y acciones marinas que irían minando la estructura del baluarte. El 12 de enero de 1792, el albañil Josef Manuel Cicilia, informa de su estado: “(…) habiendo pasado al Castillo de Sta Catalina, el Real de esta Ysla, reconosí que la pared que sostiene la explanada de dho Castillo(…) se halla desplomada y arruinada desde sus simientos(…)”. En un expediente de 1874 custodiado en la Capitanía General de Canarias -y recogido en la obra Historia de las fortificaciones…, -se mencionaba este progresivo deterioro: “(…) el mar ha horado el trozo de muralla o sea plataforma que sirve de resguardo (…) y por dias cada vez que crece la marea va arrastrando la piedra (…) dentro de muy poco tiempo llegará a los simientos del castillo(…)”

Hasta 1808 tuvo este castillo una guardia permanente de doce soldados, los célebres “Doce de Su Majestad”, que eran enterrados en la capilla de San Francisco Solano del convento franciscano. Sin embargo, el deplorable estado en el que se encontraba el castillo hizo que se propusiera en varias ocasiones su enajenación. Se recibió la Real Orden de 2 de mayo de 1924 declarándolo inadecuado para los servicios de la guerra y se dispuso su venta. La subasta se efectuó en Santa Cruz de Tenerife dos semanas más tarde, siendo “adquirido por D. Manuel Rodríguez Acosta, quien pagó por el mismo la suma de 300.010,99 pesetas”. Así consta en el Archivo de la Capitanía General de Canarias (3ª división, 3ª sección, legajo núm. 1).

- LOS CASTELLANOS

Entre muchos otros, han desempeñado el cargo de castellano los siguientes caballeros:
Los primeros, Don Juan de Monteverde (de 1555 hasta 1566) y el regidor D. Miguel Lomelin (a partir de 1567 durante varios años); Don Juan Fernández Sodre (desde 1606 hasta 1614; aquí fue nombrado Don Francisco de Valcárcel por estar aquél “viejo y enfermo”); el Capitán Don Nicolás Van-de-Walle de Aguiar (1646); el Capitán D. Diego de Guisla Van de Walle (1652); D. Luis Van de Walle de Cervellón (1736); Don Dionisio O´Daly (1775); éste renunció al poco y fue nombrado Don Domingo Van de Walle Cervellón; en 1777 tomó posesión Don Francisco de Lugo y Viñas, último elegido por el Cabildo de La Palma.

En las celebraciones para conmemorar la proclamación de Felipe V como Rey de España, como en las de otros monarcas, el Cabildo vestido de gala llegaba al Castillo “onde llamaron y salió el Castellano con su espada desnuda y rodela sobre una muralla, y preguntó el Alférez mayor por quién tenía aquel Castillo y respondió el Castellano que por Don Carlos II su Sr. Y volviole a decir el Alférez mayor que de allí adelante lo tuviera por Don Felipe V nuestro Rey y Señor y con un viva repetido se disparó toda la artillería y pasaron hacia las monjas claras”.

- ASESINATO

Muchos ríos de tinta han corrido acerca de los acontecimientos vividos en las medianías y en el interior del castillo. Como muestra, he recogido uno de tantos ejemplos, éste, perpetuado por el alcalde Lorenzo Rodríguez, copiado del diario de noticias que llevaba Don Diego González Hurtado: “El día 26 de noviembre de 1700, a las ocho de la noche, mató Domingo el Carnicero con un cuchillo a Lucas Marques, herrero, soldado del Castillo principal de esta ciudad; y como iba borracho lo cogió la Justicia y prendió y se está fulminando la causa. Matólo en aquel llano onde es hoy Ermita de Santa Catalina, al principio de aquel callejón que va al Castillo, y murió al otro día. Fue el primero que se enterró en la capilla que hicieron los soldados en San Francisco junto al Monte Alverno. El mulato huyó sin castigo”

- LOS DOCE DE SU MAJESTAD

Para custodiar la cárcel de esta ciudad así como las fortalezas de la misma, había 12 soldados movilizados que se les designaba con el nombre de “soldados de los 12 de S. M.” Estos, que residían en el Castillo de Santa Catalina, fabricaron en el claustro del “Real Convento y Grande de la Inmaculada Concepción” , una capillita y sepulcro para ser enterrados, y para su régimen y gobierno, hicieron unas constituciones de la forma en que habían de celebrarse los entierros y la contribución o cuota que cada uno de ellos había de pagar. Estas constituciones fueron elevadas a documento público ante el escribano Andrés de Huerta, el 18 de noviembre de 1697. No sólo fueron enterrados en dicha capilla los soldados fundadores, sino los que les sucedieron.

Una causa célebre que tuvo que ver con uno de estos soldados del Castillo fue ésta: en la madrugada del 6 de septiembre de 1794, se encontró el cadáver de Rita Hernández, soltera de 23 años, en el Barranco de Maldonado. Las heridas que presentaba el cuerpo eran producidas por un objeto cortante, similar a las que producen las bayonetas, no por haberse despeñado. Por este motivo se trasladó al Castillo algunos miembros de la Justicia ordinaria para hacer el oportuno reconocimiento a las armas. Allí se descubrió cómo el novio de la difunta, Joaquín de Paz, poseía una bayoneta untada en sangre. El soldado confesó su culpabilidad, fruto de “una pasión de celos”. Desde el primer instante, arrepentido, rogó que fuera ejecutado inmediatamente para pagar con su vida aquel asesinato. Sin embargo la causa contra él duró más de tres años. Finalmente el Rey Carlos IV firma la condena a muerte en Aranjuez el 4 de marzo de 1799. En el Castillo Real, donde se hallaba el preso, se hizo una capilla y el 15 de mayo de 1799 entró en ella el reo, acompañado por los Hermanos de la Misericordia y auxiliado por todas las Comunidades Religiosas y el clero. Con toda ostentación, se inició la procesión con el Sagrado Viático desde El Salvador hasta el Castillo, y el día siguiente, en la cercana Plaza de San Fernando, fue “arcabuceado” (fusilado).

- LA IMAGEN Y LA ERMITA DE SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA

Desde principios del siglo XVI existía en esta ciudad una ermita bajo la advocación de esta Santa Mártir egipcia de Alejandría, edificada cercana al barranco y al Castillo Principal, a los que diera nombre. Este castillo, declarado Monumento Histórico Nacional, es el único ejemplar de fortaleza militar de la época de los Austrias que existen en Canarias. La construcción de la ermita fue antes de la visita que el Obispo don Diego Deza hizo en julio de 1558.

La magnífica escultura flamenca de la “Gloriosa Santa Catalina de Alejandría”, de 105 cms de alto, fue rescatada por los vecinos de la avenida de diciembre de 1689. Actualmente es venerada en la bella ermita de San Sebastián de la capital palmera, lamentablemente cerrada al culto, excepto en enero, durante las fiestas del Santo mártir. La efigie de la Santa parece ser obra anónima del mismo taller antuerpiense del que salió la fabulosa imagen de Nuestra Señora de La Encarnación. Está entronizada en su retablo barroco original, que también pudo salvarse. Como nos informa el profesor palmero Jesús Pérez Morera, “y como ésta, quizá fue enviada a La Palma por alguno de los factores que actuaban al servicio de Jácome de Monteverde en el puerto de Amberes”.

Este investigador nos explica cómo la advocación a esta Santa, Patrona de los Filósofos, aparece vinculada a los ingenios de azúcar, que tanta riqueza y prosperidad darían a La Palma en el pasado. Las primeras representaciones de esta advocación son de origen flamenco. Según la Leyenda Dorada, el Emperador Majencio inventó un instrumento de tortura para martirizarla “que, como la rueda que molía la caña en los ingenios, consistía en cuatro ruedas provistas de puntas de hierro a las que la mandó atar”. Fue finalmente decapitada, por ello, como atributo personal, sostiene en su mano derecha una espada, mientras que en la otra un libro, símbolo de su sabiduría e iconografía de su patronazgo sobre los filósofos. Es patrona también de las jóvenes casaderas, de los universitarios, carreteros, molineros, alfareros, afiladores, hilanderas, barberos, nodrizas (porque de su cabeza cortada no brotó sangre sino leche), etc.

La Santa de Alejandría celebra su onomástica el 25 de noviembre y ha sido desde siempre considerada una de los catorce santos de más poderosa intersección en el Cielo. En la Tierra posiblemente también: tan sólo basta admirar la admirable fortaleza construida por el hombre para glorificar su nombre.

 

BIBLIOGRAFÍA:

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-DÍAZ PADRÓN, D.: «El Castillo Real de Santa Catalina», Diario La Tarde, Santa Cruz de Tenerife, 13 y 16 de octubre de 1942.
-FRAGA GONZÁLEZ, Carmen: Urbanismo y Arquitectura anteriores a 1800, Centro de la Cultura Popular Canaria, Santa Cruz de Tenerife, 1990.
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-PÉREZ MORERA, Jesús: Santa Cruz de La Palma. Conjunto histórico artístico. Excmo. Cabildo de La Palma, Madrid, 1988.
- Idem: La cultura del azúcar: los ingenios de Argual y Tazacorte, La Laguna, 1994.
-PINTO DE LA ROSA, J: Apuntes para la historia de las fortificaciones en Canarias, Museo Militar Regional de Canarias.
-RÉAU, Louis. Iconografía del arte cristiano, Ediciones el Serbal, Barcelona, 2000.
- RUMEU DE ARMAS, A.: Canarias y el Atlántico. Piraterías y ataques navales contra las Islas Canarias. Madrid, 1991 (2ª edic. facsímil de la de 1947).



 

 


 

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