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EL CONVENTO DE SANTA CLARA. APUNTES HÍSTÓRICOS

José Guillermo Rodríguez Escudero


Si en la Isla de San Miguel de La Palma durante el siglo XVI van a sobresalir las fundaciones masculinas (dominicos y franciscanos), en el siglo XVII predominarán las femeninas. Así, las primeras en establecerse fueron las monjas clarisas, que fundaron su convento en 1601 junto a una ermita dedicada a “la Gloriosa Santa Águeda”, entronizada en 1574 como Patrona de Santa Cruz de La Palma y, también a raíz de una sequía, elegida por votación, entre otras advocaciones, como “Abogada de las Mieses”.

No se le conoce relación alguna con la agricultura, por lo que se presenta como un interesante caso de advocación cambiada producido por el azar pues, como relata Viera y Clavijo, “echaron suertes y salió por abogada de las mieses la santa mártir”.

La importancia de la tierra para la subsistencia explica el sentido trascendente que alcanza esta protectora de la ciudad y de la isla, en definitiva. A la santa se la representa con sus senos colocados sobre un plato aludiendo a su martirio. Es patrona también de las enfermeras, de las desgracias que provienen del fuego, de los volcanes, de enfermedades del pecho, etc. Lamentablemente es una fiesta que ha sido, inexplicablemente, olvidada.

Esta iglesia fue edificada, según un acta de 1607 “con gran fervor con limosnas de los vecinos” y gran apoyo del Cabildo, que había hecho voto solemne de guardar su día y hacer procesión a su ermita. Ya en el acta del Cabildo de 27 de enero de 1581 se dispone que “para el dia de señora Santa Agueda se ruega que todos linpien sus calles y pertenencias y enrramen las calles y los mayordomos de los oficios acudan con los pendones a la prosesion."

Los gastos finales ascendieron a “más de 3.000 ducados”. El italiano Torriani había dibujado un plano de la ciudad palmera en 1590 donde ya aparecía la capilla de “Santa Agata protettora della Cittá”.

El Cabildo trató de fundar en esta ciudad un Convento de Religiosos, en palabras del Teniente Cervera, “porque con el favor de Dios se espera ‘redundará’ de ello buen fruto ainsí al servicio de Dios como para el consuelo de los vecinos que tuvieren hijas, porque bien es de creer que habiendo Religiosas, por las oraciones y sufragios de sus siervas, hará Dios mucha merced a esta Isla de bienes temporales y espirituales …”.

El Cabildo envió esta petición por escrito al Padre Fray Andrés de Medina en Tenerife. La respuesta no se hizo esperar. Así, “los Venerables Vicario y Beneficiados de esta Isla y los caballeros, como Padres de la Patria”, confirmen “a dónde y en qué lugar se fundará el dicho convento y de qué advocación y de qué orden y hábito e institución y a qué Prelado han de estar subordinadas…”.

Se acordó, como se ha dicho, que el Monasterio se edifique junto a la Iglesia de Santa Águeda, según el acta del Cabildo del 14 de abril de 1597.

Las siete religiosas fundadoras se embarcaron en Garachico, procedentes de La Laguna y con rumbo a la capital palmera. Durante la travesía marítima, una gran tempestad les impidió llegar a “buen puerto”, al de Santa Cruz de La Palma.

El barco las dejó en otro lugar lejano de la costa palmera, teniendo que atravesar “malos caminos” hasta que, el 25 de agosto de 1603, llegaron finalmente a la capital e ingresaron en el primer monasterio femenino – el tercero de su orden en Canarias-, que tomó por advocación a la mencionada santa mártir.

En el acta del Cabildo del 28 de julio de 1603 se menciona que “se faculta al Padre Canino para cortar la madera que falta para acabar el Convento”.

Viera y Clavijo afirmó en su obra que la comunidad llegó a “ser de más de cuarenta y cinco religiosas, bajo la dirección y obediencia de los padres de San Francisco”.

Unas religiosas clarisas que pronto produjeron una gran empatía en la sociedad de la época. “Toda la ciudad” concurría a dicho Convento ya que las monjas “celebraban los divinos oficios con mucha devoción”.

Tal fue así que se trató de adecentar los caminos que conducían al monasterio. El Capitán Juan del Valle, Regidor, tomó a su cargo el “aderezar y allanar el camino que va a dicho convento por estar un poco escabroso”. Más tarde se confirma en el acta de 8 de junio de 1605 que el camino está muy “limpio, llano y adornado”.

El Vicario y el Clero, mancomunadamente, decidieron que “fuesen por allí las procesiones que se hiciesen en la Semana Santa y las demás, en lo cual convinieron… y aderezada la calle y adornada con edificios que se han fecho y hacen cada día.” (Acta del Cabildo del 7 de mayo de 1607).

El Beneficio seguía yendo en procesión a cantar la Misa Solemne el día 5 de febrero, onomástica de la Patrona de la ciudad, Santa Águeda, a pesar que el Ayuntamiento había dejado de acudir, “como era costumbre y obligación”.

Un dato curioso es que en el año 1866, siendo “Párroco ecónomo el Dr. D. José Ana Jiménez, trató de impedir que las procesiones de Semana Santa fuesen por allí. Los vecinos se quejaron y el Gobernador Eclesiástico dispuso que se siguiese esta costumbre, jamás interrumpida de que dichas procesiones fuesen a aquel Templo”.

En el testamento del Capitán Juan del Valle, otorgado ante el escribano Tomás González el 19 de febrero de 1609, existe una cláusula que declara que “el Convento de Monjas de Santa Águeda de esta isla le deben 7.000 reales que les prestó para poder acabar dicho convento y entrar dentro de él. Que posteriormente prestó para el sostenimiento de las monjas 3.730 reales. Que de esto ha recibido algunas cantidades, todas las cuales obran en una cuenta detallada que posee y manda que se cobre el resto a dho. Convento”.

Ya en 1616 se les permitió agrandarlo hacia la placeta que existía en un lateral de la iglesia, llamada plazuela de Alarcón. Uno de los ilustres hijos de La Palma que ayudaron a iniciar la fundación del convento y su mejora fue el mencionado Regidor Juan de Valle.

Debido a estas obras, las monjas se trasladaron provisionalmente a una casa particular de la Calle Real, la misma que perteneció posteriormente a don José María Fierro, hoy la sede del Real Club Náutico de la capital palmera. Allí iniciaron la tradición de montar un altar efímero, como descanso para la procesión del Santísimo en la mañana de la Pascua de Resurrección.

Las religiosas “de coro y velo negro” eligieron abadesa a la madre María de San Luis Vandeval Bellido, hija natural del Licenciado don Luis Vandeval Bellido, mayordomo del monasterio.

Este recinto sacro alcanzaba su máximo apogeo en lo que a ingresos se refiere, gracias a que cada vez eran más “las señoras del país que con su profesión y las rentas que sus dotes resultaban se fue la casa enriqueciendo…”. Según escribe el Obispo de Canarias García Ximénez: “era el mayor, más numeroso y antiguo de los dos conventos de monjas de clausura de la ciudad”.

La nobleza de la isla manifestaba abiertamente su preferencia por este convento, donde profesaban aquellas amadas hijas destinadas a la clausura. Es por ello que las grandes familias aportaban grandes sumas de dinero para que la calidad de vida de sus moradoras fueran las idóneas de acuerdo a lo acostumbrado en la estirpe familiar.

Se mejoró y amplió el monasterio, su templo y aledaños, por “ser la yglesia tan corta que se queda la gente de la parte de afuera”. Allí vivían sus hijas y familiares, por lo que no se escatimaban las donaciones. También se decidió levantar “diez palmoz en redondo” las paredes de la capilla mayor.

El carpintero don Amaro Hernández de León recibió doce mil reales, que compartió con el cantero y albañil don Domingo Álvarez. Se nombraron regidores para el seguimiento de la obra a don Diego de Guisla y a don Nicolás de Sotomayor Topete. Curiosamente también se nombró para el mismo cometido a un monje que pertenecía a una familia de canteros, fray Pedro de Carmona.

Un ejemplo de la generosidad de las acaudaladas familias para con el monasterio, fue el hecho que “madres discretas y de consejo de este dicho convento” contrataron el 26 de julio de 1679 la hechura de un nuevo retablo mayor, ya que el antiguo se encontraba bastante deteriorado, “por no ser decente se haze de nueuo”.

Doña María de San Luis, una de las ricas monjas herederas, dio de sus bienes cien ducados, “de los que la religión me a permitido para mis necessidades y e podido ahorrar de ellas”.

“Ángela Bernardina de Santa Ana de Cáceres, la cual retirándose para los servicios y cultos de Nuestro señor de las casas del siglo se ha entrado en religión en Señora Santa Clara de esta ciudad para ser religiosa de Velo Negro”. Era práctica y costumbre que la dote por entrar en dicho convento se elevara a 5.500 reales, y como esta señorita no contaba sino con 4.500, donados por un bienhechor, el complemento de los 1.000 restantes que faltaban para cumplir con las condiciones contenidas en los estatutos de la Orden. Éstos señalaban “no darse la profesión sin tener completa la cantidad de la dote”. Su madre doña Hermenegilda Xaviera de Cáceres, estando viuda, cargó esta suma “sobre unas casas con su aposento y sitios bajos” que se encontraban en la Calle Real de la ciudad.

Otra religiosa profesa, Mauricia de San Rafael, recibió de su madre un legado que mejoró su situación en el monasterio, a condición expresa de que a su muerte no pasara a la Comunidad. También costeó de su pecunio uno de los días de la estancia de la Virgen de Las Nieves durante su Bajada Lustral a la ciudad, por lo que “instituyó la fundación con aquella donación”.

Para perpetuar la memoria de doña Margarita de San Esteban Pinto de Guisla, abadesa en el momento de la fabricación del nuevo y magnífico retablo, al igual que la de su familia, hizo pintar su nombre en las cartelas del sotabanco en 1697.

También se conservan los nombres de las familias influyentes que se alzaron con los diferentes patronatos de las capillas-altares embutidas en la pared: los Lorenzo de Cepeda, Sotomayor, Domenech y Massieu-Salgado.

Según la disposición propia de las iglesias monjiles, la de Santa Clara o Santa Águeda, hoy del Hospital de Dolores, poseía tan sólo una nave paralela a la calle y dos puertas gemelas.

Una nave única que tiene 32 metros 35 cms de longitud y 8 mts 65 cms de ancho. La capilla mayor es cuadrilonga (aprox. de 8 por 7 mts). Las cubiertas son armaduras mudejáricas y el arco triunfal es de medio punto, apoyando en sendas pilastras renacentistas.

En cuanto a la fachada, la puerta tiene también curva semicircular, que descansa también en pilastras, pero éstas con unos magníficos capiteles en los que se han labrado unas volutas enrolladas en sentido inverso, como si se tratase de una derivación del estilo jónico.

En su interior existen varios retablos-hornacina de madera de la segunda mitad del siglo XVIII, como denotan sus soportes estípites, sobrepuestos a las antiguas capillas o nichos de cantería, dos de las cuales fueron descubiertas recientemente.

Se sabe que en la nave se encontraban varios retablos, como el de San José, Santa Rosa de Viterbo, Santa Catalina de Bolonia, San Pedro de Alcántara y el del coro bajo con nicho dorado y un gran crucifijo sevillano. Así constan en los inventarios de 1828 y 1836.

En estos mismos años también aparece documentada la imagen de la Inmaculada Concepción, ubicada en el nicho central del retablo mayor y con vestidos sobrepuestos, cuya antigüedad data de principios del siglo XVII. Es posterior a la de Santa Águeda (traída “despaña” en 1594, una preciosa imagen que acusa la elegancia de la imaginería sevillana del manierismo bajorrenacentista). Ambas se encontraban entronizadas en el retablo mayor, junto con Santa Clara.

Existe también una talla de Santa Lucía, colocada en el templo hospitalario después de 1673 y una pequeña escultura de San Juan Nepomuceno, de mediados del siglo XVIII. Una preciosa talla de San Lorenzo se encuentra custodiada en la amplia sacristía.

También se conservan del antiguo convento un facistol y la sillería del coro del XVII. Ésta está labrada en madera de viñátigo y ya constaba en 1836 de cuarenta y cuatro sillas fijas. Existen otras tres sillas de brazos para el altar, donadas por la abadesa Santa Clara Albertos en 1778, según consta en la inscripción que tiene el lienzo trasero del respaldo.

Don Pedro de Escobar Pereira, en su testamento, dejó 200 reales para que se hiciese una custodia de plata y se colocase en una de las manos de la venerada imagen de Santa Clara, encareciendo a sus herederos “la máxima puntualidad” en el encargo.

Su hija, doña Clara de Santa Gertrudis, había profesado en el querido convento, quedando huérfana siendo aún niña al ocurrir el fallecimiento de su madre, doña Sebastiana Pereira y Brito. Fue esta dama la que encargó a su marido que la “entrase en aquella Religión”.

Según la iconografía de los Santos, Santa Clara, como primera discípula de San Francisco de Asís y co-fundadora de las monjas franciscanas o clarisas, antiguamente portaba también un báculo, prohibido posteriormente por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos. Nuestra preciosa talla sí poseía ambos atributos. Se cuenta que fue quemada en una hoguera por una monja loca que odiaba las imágenes de candelero.

El ostensorio o ciborio eucarístico se relaciona con la devoción de la santa a la Santísima Eucaristía y con un hecho acaecido al final de su vida. El magnífico báculo de plata en su color, de 135 cms de altura, se conserva en la Parroquia Matriz de El Salvador de esta ciudad.

Su altura se distribuye en seis cañones lisos de 22 cms cada uno y un cayado de 24 cms de alto por 14 cms de ancho. Tiene forma y decoración muy naturalista y desbordante que lo diferencia del barroco peninsular. Podría situarse hacia mediados del siglo XVIII.

También se encontraba ubicado en la hornacina superior del retablo mayor una preciosa imagen de “Jesucristo Resucitado”, según el inventario realizado el 30 de septiembre de 1836, con motivo de la supresión del Convento de Santa Águeda.

Sería interesante rescatar esta talla del olvido al que está sometido e introducirla en las procesiones de la suntuosa Semana Santa de Santa Cruz de La Palma, concretamente en el Domingo de Resurrección, como broche de oro a las celebraciones de Pascua.

La licencia para llevar a cabo este altar fue dada por Fray Sebastián Sanabria el 12 de diciembre de 1672. Se contó con la ayuda del carpintero Andrés del Rosario y de su yerno, Juan Fernández. El precio fue de 8.000 reales y también se le hacía entrega del retablo antiguo, “que por no ser decente se haze este nuevo”.

El maestro Del Rosario hace una referencia en una cláusula de su testamento de 3 de abril de 1693 sobre este trabajo: “declaro que io concerte y me obligue a un Retablo de la Religiosas de Sta Clara desta ciudad…”

La importancia de este magnífico altar radica principalmente en que es considerado como el iniciador de la tipología típica de retablo palmero- como indica el querido profesor Jesús Pérez Morera-, es decir, la que sigue la línea de tres calles cerrándose la central sin ático, a la manera portuguesa, con el “semicírculo del entablamento que se ve obligado a curvarse siguiendo la trayectoria de la hornacina”.

Se considera que ha tenido varios autores por la diferencia de estilos que se observan en su trazado y ejecución. A parte de los mencionados maestros, el Profesor Trujillo también atribuye su ejecución al carpintero Marcos Hernández Duarte, autor del de la Virgen de Las Nieves. Así, la abundante decoración de gruesa talla y recortado contorno del primer cuerpo contrasta con las formas más austeras y bajorrenacentistas del segundo.

El antiguo retablo se vendió a la parroquia de Ntra. Sra de Montserrat en Los Sauces. Así consta en la visita que realizó a ese templo el Licenciado don Juan Pinto de Guisla en 1686. Desapareció en 1757 cuando el Visitador don Estanislao de Lugo mandó que se hiciera otro debido a su deterioro.

Al sagrario original de planta poligonal se le añadió una puerta de estilo rococó a mediados del siglo XVIII, tal y como podemos verlo en la actualidad.

Las monjas claras erigieron un altar efímero para que allí descansara “Su Divina Majestad” en la custodia, durante la solemne procesión del Domingo de Pascua de Resurrección. Lo que se inició como una piadosa costumbre, vino a convertirse más tarde en una obligación, puesto que don Juan Fierro y Monteverde y su mujer doña Tomasa Espinosa y Valle, en su testamento otorgado ante el Escribano Público don Pedro de Mendoza Alvarado el 16 de junio de 1691, impusieron la “obligación al poseedor del mayorazgo que tenían fundado, entre cuyos bienes se comprende la casa de su habitación de hacer y enramar con decencia el altar que se venía armando…”

Este convento se extinguió en 1822, siendo Abadesa la Muy Rvda. Madre Santa Liberata de Salazar. Fue nuevamente restablecido en 1828 pero definitivamente suprimido el 28 de diciembre de 1837, siendo Abadesa la Muy Rvda. Madre Santa Clara de Salazar.


Tras la ley de desamortización de las clausuras, dictaminada por el ministro Mendizábal el 28 de diciembre de 1837, el Ayuntamiento de esta ciudad solicitó al “Gobierno de S.M. se le diese este edificio para trasladar a él el Hospital y la Cuna de Expósito”. Esto le fue concedido por Real Orden el 14 de junio de 1842. La misma iglesia del Convento de Santa Clara sirvió de oratorio para ambos asilos benéficos.

 

BIBLIOGRAFÍA:

-PÉREZ MORERA, Jesús: Magna Palmensis. Retrato de una ciudad. Ídem: «Homenaje al Profesor José Peraza de Ayala». Revista de Historia de Canarias. Separata.
-LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista: Noticias para la Historia de La Palma
-LÓPEZ, Juan Sebastián: Conventos femeninos en el urbanismo de Canarias
-RODRÍGUEZ, Gloria: La iglesia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma
-ROIG, Juan Ferrando: Iconografía de Los Santos
-PÉREZ GARCÍA, Jaime: Casas y familias de una ciudad histórica. La Calle Real de Santa Cruz de La Palma.
-FRAGA GONZÁLEZ, María del Carmen: Arquitectura mudéjar en Canarias.
-MARTÍN RODRÍGUEZ, Fernando Gabriel: Santa Cruz de La Palma. Una ciudad renacentista.

 

 


 

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