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CRISTÓBAL DEL HOYO Y SOTOMAYOR
MARQUES DE SAN ANDRÉS Y VIZCONDE DEL BUEN PASO

José Guillermo Rodríguez Escudero

A las doce de la noche del 31 de diciembre de 1677 – hace ahora 340 años- nació este palmero ilustre en Los Llanos de Aridane, antigua jurisdicción del pago de Tazacorte. Recibió el bautismo en la parroquia de Los Remedios de dicha ciudad.

“¿Cómo puedo no haber sido
parto infeliz del pecado
si fui en maldad engendrado
y entre culpas concebido?
En las que nací, he vivido;
torpes fueron mis pañales
mis fajas, paños mortales,
así, de tales premisas,
son consecuencias precisas
la inmensidad de mis males”.

Era hijo primogénito del Marqués de la Villa de San Andrés, Maestre de Campo don Gaspar del Hoyo Solórzano Arbola y Fonte, Caballero del Hábito de Calatrava, Capitán General de la Nueva Andalucía, Cumaná, Barcelona, etc., patrono del Convento de Recoletos del Espíritu Santo de Icod… nacido en Garachico y de doña Ana Jacinta de Sotomayor Topete, que lo era de la “ciudad de La Palma”.

Su gran amigo de infancia - una amistad que perduraría hasta su muerte- fue don Luis Van de Walle de Cervellón (fallecido en enero de 1753). Tuvo una infancia normal y compartió con aquél las travesuras infantiles. Le gustaba pasar el rato jugando a los naipes – llamados pechigongas – a los que se aficionó gracias a su maestro de primeros estudios, Fray Juan de Leyba, al que llamaba cariñosamente “mi padre Lector”. Unos primeros años de estudios que dedicó a las letras, su gran devoción.

Su padre residía en París y fue llamado a pasar con él una larga temporada. Desde entonces, su gusto por todo lo francés, el refinamiento, la delicadeza… tanto en su estilo como en su vestuario jamás lo abandonaría. De Francia pasó a La Haya, a Lisboa, a Londres y a Madrid. Ciudades que no quedarían impasibles ante sus ocurrencias y pasajes muy comentados.

Fue un poeta que se aplicó en todo género de poesías, sobre todo en las de asunto festivo y satírico, de las que llegó a ser un exquisito maestro. Por cierto, por ello fue conocido como el “Quevedo de Canarias”.

Su producción era inagotable. Escribía versos todos los días y disfrutaba enormemente con ello. El cronista y alcalde Lorenzo Rodríguez llegó a decir en sus notas biográficas sobre palmeros ilustres que, “el género en que los escribió, abundante en chistes de subido color, nos impide reproducirlos”. Hablaba perfectamente en francés y traducía el latín y el italiano. De gran ingenio, memoria privilegiada, mediana inteligencia y hombre desengañado y despreocupado, era gran conocedor de la historia y de la geografía. Eran célebres sus comentarios críticos acerca de diversas materias que parecía conocer profundamente.

Después de su segundo viaje a Inglaterra, regresó a La Palma en 1716 y al año siguiente viajó a Icod de los Vinos para establecerse una temporada. Una época en la que serían recordadas sus travesuras, aventuras amorosas y galanteos. Se cuenta que el mismísimo Comandante General, al oír el repique de las campanas de La Laguna anunciando algún acto religioso, preguntaba inmediatamente si había llegado el Vizconde, por si aquello era una ocurrencia del ilustre palmero.

Fue quien introdujo la peluca en Tenerife a la usanza francesa, a pesar de los improperios y críticas que lanzaban los clérigos desde los púlpitos en contra de este nuevo complemento en el vestir. Se cuenta que un predicador no pudo seguir con su sermón en el que atacaba el uso de la peluca porque don Cristóbal se quitó la suya ante él y le dijo “Padre mío, si Vd. lo dice por mi peluca, ya me la he quitado; mire ahora contra quién predica”.

“Heredero de los laureles conquistados por su padre en el servicio de las armas”, el Vizconde llevó también el uniforme militar. Había ascendido rápidamente en la carrera militar. Ya era capitán de caballería cuando la Escuadra Azul intentó invadir Tenerife el 6 de diciembre de 1706. Fue comisionado, junto con Diego Lercary para conducir al enviado del almirante Genings ante el Capitán de Guerra y Corregidor de dicha isla, don José de Ayala y Rojas. En 1721 era ya sargento mayor “de caballos” y luego fue nombrado jefe de las armas del partido de Icod por el Capitán General don Juan de Mur y Aguirre. En junio de 1728 fue ascendido a Teniente Coronel de Caballería y en 1761 Síndico Personero General del Cabildo. Más tarde, en 1761, fue nombrado Gobernador del Principal por la Justicia y el Regimiento de Tenerife. En aquellos instantes había guerra con Gran Bretaña.

El jocoso, independiente y travieso personaje- siempre ataviado con lujosos ropajes y cuya forma de ser y estilo de vida estaban siendo copiados por numerosos admiradores- sabía, sin embargo, que pagaría tarde o temprano por este poco usual comportamiento para la época que le tocó vivir. La envidia de sus contemporáneos no se hizo esperar y presintiéndolo, en 1719 salió de Garachico para nunca más regresar. Sin embargo, también había hecho grandes amigos.

Al morir el Marqués don Gaspar del Hoyo- padre del Vizconde -el 12 de enero de 1722, la sobrina de éste, doña Leonor del Hoyo, hizo todo lo posible para que se casase con ella, para lo que tramó varios ardides.

En una misiva que el galán envió a aquella dama decía, entre otras cosas, que el Obispo de Canarias don Lucas Conejero de Molina había sido uno de los instigadores en el asesinato del intendente Ceballos. Doña Leonor – mal asesorada por su madre y algunos competidores - puso en conocimiento del prelado el contenido de la carta. Colérico, don Lucas lo condujo ante el Tribunal Eclesiástico, donde el Vizconde no dijo una sola palabra en su defensa, “dando una lección de mansedumbre al vengativo Prelado”. Al ser nombrado éste Arzobispo de Burgos, lejos de perdonar a don Cristóbal, lo denunció ante el Consejo de Castilla. Fueron tan graves las acusaciones que se vertieron sobre el ilustre palmero en los informes, que fue mandado encarcelar por el Marqués de Valhermoso, previo embargo de sus bienes, en el castillo de Paso Alto. La real cédula fue fechada el 5 de febrero de 1725 y firmada por el monarca don Luis I.


“Divino, amante Jesús,
a quien ingrato y traidor,
pagué el más inmenso amor,
con la mas tirana cruz;
hoy ardiendo en vuestra luz,
lloro cuando os ofendí:
conozco, Señor, que fui
aborto de la maldad;
ten, por tu inmensa bondad,
misericordia de mí”.

Tuvo suerte nuestro hombre en aquella fortaleza, puesto que su maestre de campo era su gran amigo Francisco Fernández de Samartín, quien le proporcionó una buena estancia. Agradeció las visitas de los buenos amigos y se entristeció al comprobar que había otros que fingían serlo. Sin embargo, siguió escribiendo versos en la cárcel y pasaba buenos ratos con aquéllos que oían sus historias y ocurrencias. Algunos poemas satíricos eran dirigidos contra el marqués de Valhermoso, su encarcelador. Una vez éste logró sustituir al castellano y poner a otro encargado, pudo secuestrar todos los papeles del preso y registrar sus pertenencias. Mandó también recluirlo sin que recibiera visita alguna. Más adelante, el Vizconde parodiaría con su acostumbrado lenguaje truhanesco tales exageraciones. Trataban de que no durmiese lo suficiente, y era despertado en los cambios de la guardia. El cruel general había hecho oídos sordos a la pretensión del reo a ser cambiado a una cárcel más higiénica y menos calurosa. Al contrario, había ordenado depositar en la misma – cuarto llamado San Pedro de Alcántara -, varios sacos de cal para que su estancia fuera aún más tortuosa e insoportable y también una reja y dos gruesos cerrojos en la única puerta de acceso. La vigilancia era exhaustiva. En vista de que cada vez sus peticiones obtenían peor respuesta, decidió no defenderse ni quejarse más. El general se volvió más cínico y tirano tras la muerte de su esposa, la cual había tratado de apaciguar su maldad para con el palmero. Nuevamente trató de conseguir su perdón y misericordia a través de una carta. Hizo otra a su sobrina, su perseguidora.

El talante y optimismo de don Cristóbal le fueron de gran ayuda para sobrellevar los terribles momentos que estaba padeciendo. Continuaba escribiendo muchas de las que, en el futuro, serían sus más célebres composiciones. Su obsesión por fugarse cobraba cada vez más fuerza, puesto que era la única forma de poder ser nuevamente libre.

Su fuga tuvo lugar en la noche del 4 de diciembre de 1732, tras amenazar de muerte a dos centinelas con sendas pistolas mientras que a otros dos sobornó, prometiéndoles fama y dinero si se iban con él. Los tres saltaron las murallas. El Marqués se adentró solo por las calles de Santa Cruz de Tenerife y los dos soldados, siguiendo sus instrucciones, llegaron al convento de San Francisco.

Al día siguiente, la población se despertó sobresaltada por el ruido de los tambores militares. El furioso general había publicado un bando en el que se informaba del castigo para el que osara ayudar al fugitivo: 200 azotes y 10 años de galeras para el plebeyo y 10 años de cárcel y 10.000 pesos de multa para el noble.

Esa misma noche, el fugitivo había alcanzado La Laguna y dejado su caballo en la Cruz de Piedra. Antes de llegar a la casa de la muchacha a la que quería visitar, se encontró con una patrulla a quién contó que era un palmero que iba al Puerto de la Cruz a buscar pasaje. Lo dejaron escapar y permaneció con su amiga unos diez días. Ya en el muelle, y a pesar del asedio del Teniente Gobernador de la Orotava, pudo embarcarse junto a los dos soldados y al caballero don Juan Domingo de Franchy, con el que le uniría a partir de entonces una profunda amistad en prueba de agradecimiento.

Cuando el furioso general supo que don Cristóbal había llegado a Madeira, los cuatro habían salido ya para Lisboa, donde llegaron después de padecer una terrible tormenta en el mar. Escribiría: “Mis criados, tres mujeres que venían, dos frailes y otros portugueses, llamaban por cuantos Santos tiene en el cielo á gritos, y esto de gritar lo tengo por bobería, porque ninguno ya en el cielo es sordo…”

Una vez en la capital portuguesa, el Marqués compró muebles, coche y joyas “y puso tantos sirvientes de librea como tenía el Embajador de España”. Una historia que nos recuerda a la del Conde de Montecristo, en la novela de Dumas. Una vez adquirido el necesario prestigio y de rodearse de amistades influyentes, visitó al Embajador Marqués de Capicelatro, a don Diego de Mendoza, Secretario de Estado y finalmente, al mismísimo Rey de Portugal. Se dedicó a cazar junto a nobles y disfrutar en saraos y fiestas de cortesanos. Su fama era muy conocida gracias a las historias extendidas por una grancanaria llamada Alejandra, doncella al servicio de la Condesa de Soria. Los portugueses le habían dado mucha celebridad al conocer todos los episodios de su vida, incluidos lo del pleito matrimonial y su encarcelamiento, fuga, y “resurrección”

Fue curioso el episodio en el que don Cristóbal conoció a la doncella, descrito por él mismo: “… cuando de repente miro debajo de obscuro manto un astro resplandeciente … con más alegre semblante que la aurora, con más olores que la primavera, y con lengua más delgada que un canario… Ángel demonio, ó muger, ó todas las tres naturalezas en una, puesto que tienes de ésta el traje, de ésta la tentación y del otro la hermosura, ¿quién eres que sin conocerte yo, sabes mis marcas y mis contraseñas?...”

El gobierno español, aprovechando los contactos del marqués en la capital portuguesa, le encargó algunas negociaciones con la Corte lusitana, de las que salió muy bien parado. Fue tal la satisfacción del ministro Patiño por el resultado de estas diligencias que, en septiembre de 1743 “se le relevó de los derechos de Lanzas, correspondientes á los titulos de Marqués y Vizconde que poseía”.

Numerosas anécdotas e historias le acaecieron al palmero en tierras lisboetas. Una muy sonada fue su intento de boda con una joven de la familia de los Condes de Prado. Fue tan exagerada la cantidad que dinero que los familiares de su prometida le impusieron “en materia de arras” (unos 30.000 pesos), que fue imposible llegar a un acuerdo en el contrato matrimonial.

Otro caballero fugitivo igual que Cristóbal, Benito Gabriel Lozada Rojo y Tejera - señor de la Casa gallega de Argeris- con quién había entablado una cierta amistad, le propuso a una de sus hijas como futura esposa. El propio marqués fue quien llevó la carta petitoria como embajador de sí mismo ante doña Constanza, hija de don Benito y su sucesora. Al ser más vieja (18 años) que su hermana, doña Teresa, (de 17) se decidió por ésta. Pensaba que nunca entraría en posesión de los bienes de su suegro y amigo, más joven que él, puesto que no veía su futuro en Galicia y a la larga, debería de renunciar a su esposa y herencia. Optó por la más pequeña, con la que se casó el 1 de mayo de 1735.

Trece meses después, recibió el anhelado indulto para poder entrar en territorio español. Sin embargo, la fatalidad le perseguía: en el pueblo de Entrimo fue capturado por un pelotón de soldados. Estos tenían el despacho firmado hacía catorce meses por la Audiencia de La Coruña por requisitoria del Consejo de Castilla, “que conocía en la causa matrimonial”. Por mucho que les enseñara la cédula de indulto, todo lo que consiguió es que le permitieran regresar a Portugal hasta que la Audiencia resolviera. De regreso, como no encontraba alojamiento en Melgazo, decidió entrar furtivamente en España. Llegó a Argeris, “como un francés robado con la camisa de tres días”. Pudo refugiarse en casa de su esposa una semana hasta que llegó la resolución de la consulta que se había dirigido a La Coruña. No fue fácil que su joven esposa lo reconociera, pues lo hacía en Lisboa.

Después de una temporada de paz y tranquilidad, quiso retomar su plan de separación de su suegra y viajar a Canarias. Aprovechó una fiesta en Lugo para fugarse con su esposa e ir a Madrid a casa de un diputado tinerfeño. En la Corte “se dio luego a conocer nuestro Marques por su genio festivo”. Un día tropezó en la calle con el Marqués de Valhermoso, que ya había cesado en la Capitanía General de Canarias y le dijo “Sr. Marqués, aquí estamos ya, de Marqués á Marqués”. Sorprendido, reaccionó aquél dándole un abrazo y le contestó: “San Andrés, siempre te he conocido loco”. Tras darle las explicaciones de lo que había sucedido en su vida en los últimos tiempos, reanudó su antigua amistad con su despiadado carcelero de Paso Alto.

Su hija Juana Constanza nació en Madrid poco tiempo después y fue bautizada en el templo de San Martín. Su gran alegría duraría poco tiempo, pues la Marquesa, enferma tras el parto, falleció poco tiempo después, lo que le produjo una gran depresión. Buscó desesperadamente en las cortesanas madrileñas algunos ratos efímeros de sosiego y de alegría.

Teniendo unos sesenta años, la marquesa de Salvatierra lo invitó a un sarao campestre. Puso como pretexto la falta de caballo para no acudir, pero un caballero malicioso le ofreció uno – pensando que el viejo no podría con él - y no tuvo más remedio que presentarse en la fiesta. Comprendiendo el marqués la intención de aquel señor, y que era el centro de atención de los asistentes - quienes pretendían divertirse a su costa- nuestro hombre manejó su caballo con gran destreza y habilidad ante la sorpresa de todos. Una señora quería conocer cómo era posible que con su edad pudiera manejar al animal de esa forma. El Marqués le respondió: “Señora, en las Canarias nada se enseña y todo se sabe: no hay maestro de danza y danzamos; no los hay de esgrima, y esgrimimos; no los hay tampoco de equitación, y sin embargo, todos montan bien; allá nacen los hombres con las ciencias y las habilidades.”

Otro episodio con un caballo fue el que tuvo en cierta ocasión cuando corría la sortija en La Orotava y se cayó del caballo al romperse las sinchas, pero se quedó de pie. Le llevaron otra silla y ganó el premio con el mismo caballo. Por ese susto una dama le “obligó a que se sangrase”.

Otra anécdota curiosa fue la que protagonizó ante un amigo por la calle. Éste no entendía cómo el marqués se deshacía en atenciones con los barrenderos de Madrid. Cristóbal del Hoyo le contestó con su sarcasmo característico: “aquellas personas eran las que mandaban á las Canarias á desempeñar los cargos más importantes”.

Una de sus obras más célebres fue la titulada “Cartas diferentes, sobre diferentes asuntos, etc”. Allí daba cuenta de sus aventuras personales. Fue impresa en varias capitales europeas; otra se tituló “Cartas de Fray Gonzalo González de la Gonzalera sobre las costumbres de la Corte...” fue publicada en Madrid en un tomo. Sus célebres cartas serán conocidas en la actualidad con el título acuñado por Alejandro Cioranescu Madrid por dentro (1983). El vizconde da muestras de un espíritu crítico audaz y de una postura desacralizadota de la ideología y mentalidad de la sociedad española del siglo XVIII, encorsetada en los cánones del Antiguo Régimen. Brillan por su retórica convencional, su erudición poco ortodoxa y poco respetuosa con las fuentes, la veta cronística y costumbrista, tono sermoneador, escepticismo de un espíritu que va desde los hábitos del pasado hasta la nueva savia ilustrada, lo viejo y lo nuevo, el retrato fiel de la vanidad e inconsistencia del presente, de acuerdo a su ética cristiana y el desengaño escéptico de quien no cree en la regeneración de la humanidad. Unos trabajos que fueron prohibidos por la Iglesia por su contenido irreverente con los temas religiosos. El gobierno tuvo que ordenar su retirada de mercado. Sin embargo “de cuya escrupulosa requisa pudieron escapar algunos ejemplares que nos han dado á conocer la prosa de su autor hombre verdaderamente notable”.

Su obra se compone de medio centenar de versos en los que se abordan, entre otros asuntos, la mitología, el amor petrarquista en clave paródica, la anécdota popular, la poesía descriptiva o la glosa divina. Su estilo bebe directamente del barroquismo tardío. Los críticos lo ven como “un racionalista lúcido, lúdico e iconoclasta, que contempla desengañado su mundo al mismo tiempo que se burla con su actitud destructora de las necedades humanas. Al final, la lectura de sus obras nos devuelve la imagen de un sujeto fiel a sí mismo”.

Viendo que ya su hija estaba creciendo y que pronto empezarían a rondarla los pretendientes, determinó regresar a su Archipiélago amado. Después de resolver unos asuntos relacionados con su negocio de vinos, parte de Madrid el 2 de diciembre de 1750, llegando al muelle tinerfeño a principios de febrero de 1751. Su ausencia había durado 18 años. Tiempo insuficiente para que la sociedad isleña olvidase sus peripecias y su peculiar modo de vida y de ser. Así, ya en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, numerosos ciudadanos curiosos fueron a recibirlo. Todos querían ver al “Marqués que huyó del Castillo”, “el de los versos sacrílegos”, “el de las travesuras”, “el del hombre extraño y de otro tiempo”, “el hombre mágico”…

De Tenerife parte hacia La Palma, encontrando a la Isla y a sus gentes muy cambiadas. Encontró viejas feas donde había dejado jóvenes preciosas allá en 1717. En la Calle O’Daly nº 25 – más tarde de los Sres. Sotomayor Fernández de la Peña – tenía una casa solariega. Sin embargo, el cronista de la ciudad, Pérez García, nos decía al respecto: “nunca fue don Cristóbal propietario de esta casa que, por otro lado, ni siquiera perteneció a su familia. Desconocemos si cohabitó en ella al tratarse del domicilio de su hermana”. El mismo investigador nos informa de que allí vivía el capitán don Felipe José Vélez y Guisla y su esposa doña María Teresa del Hoyo y Sotomayor, hija de los Marqueses de la Villa de San Andrés y, por lo tanto, hermana del célebre Vizconde.

Habitaba en el centro de una ciudad de melancólicos que pronto se tornarían con él más animados. A pesar de que ya no tenía el cuerpo joven de antes, este viejo marqués – “que en alegría y animación no cedía su puesto á los jóvenes” – inició una serie de saraos y fiestas que pronto ganarían prestigio en la ciudad de La Palma.

Su regreso a Tenerife se produjo en junio de 1755. En La Laguna también distinguía San Andrés por su genio festivo, su carácter, su verborrea… Junto con Domingo de la Guerra (de basta ilustración y famoso por sus discursos políticos) y Juan Bautista de Franchy (que también hacía versos aunque más rígidos y ampulosos) pasó a formar parte de un trío de ilustres ciudadanos.

Nuevamente la Inquisición volvió a arremeter contra el anciano Marqués por culpa de un sirviente despechado al que Cristóbal había acusado de robo ante el Tribunal de Justicia. Fue obligado a viajar a Las Palmas en septiembre de 1759 y fue hospedado en el Convento de San Agustín. El acusado se defendía de los cargos ridículos por los que se le pretendía condenar. Todos constan en la carta dirigida al Inquisidor general y Canónigo de la Catedral de Lugo, don Manuel de Quintana. Todas y cada una de sus completas y sabias respuestas fueron muy celebradas en la Isla. Tras una temporada en el convento donde jamás dejó de escribir sus poemas festivos y sarcásticos, quedó libre sin cargos. La Inquisición, que había embargado sus bienes mientras duró su encarcelamiento, se conformó con la abjuración de levi y la absolución ad cautelam, con sanciones como un mes de ejercicios espirituales, la prohibición de publicar y la exigencia de leer sólo libros de espiritualidad.

A sus ochenta años y de regreso a Tenerife, arremetió en sus versos satíricos contra uno de los comisarios del Santo Oficio que le había hecho pasar tan malos tragos en el juicio. Era incorregible. Fue un rara avis, según dijera Cioranescu, y un lector apasionado sin preocuparse por una erudición académica ni por adquirir la talla de un intelectual. El estilo barroco presidía su escritura con una veta luterana que lo relaciona con Torres Villarroel o con la sencillez expresiva próxima a Cervantes.

El políglota ilustrado, ya anciano, tras haber vivido en tantas cortes y que contaba tantas y tantas historias propias que más parecían antigüedades remotas; que leía ordinariamente libros franceses (perseguidos por la Iglesia); que había sido procesado por la Inquisición; que había escrito libros prohibidos; que se había fugado milagrosamente de una prisión; que había enamorado a un sinfín de damiselas; de estatura regular, galán, robusto, poblado de barba, de semblante serio y de conversación festiva; autor de celebrados versos; de salud perfecta; cuyos méritos y fallos merecía ocupar una posición más relevante por su ambigüedad; de gran capacidad para apasionar a los lectores; que jamás bebió vino ni fumó tabaco… esperaba ahora la muerte con serenidad.

Su salud empezó a empeorar, pero no su genialidad, su heterodoxia y sus ganas de vivir. Durante algunos meses estuvo sufriendo de hidropesía, por lo que decidió hacer testamento ante el escribano Roque Penedo. En la redacción del mismo permanece fiel a su personalidad beligerante e inconformista con la incomprensión y las miserias de sus contemporáneos que tanta envidia le tenían. El 4 de octubre de 1762 pidió y recibió los últimos Sacramentos “con cristiana resignación”. La Marquesa de Villanueva del Prado fue a visitarlo y tuvo una animada conversación con el enfermo, como si éste tuviera plena salud.

A los 84 años (diez meses y veinticinco días) fallecía don Cristóbal del Hoyo y Sotomayor, en la noche del 26 de noviembre de 1762. Fue enterrado en el centro de la capilla mayor de la parroquia de Los Remedios, hoy Catedral de la Laguna, en el sepulcro de Hernando Esteban Guerra. Antes de su muerte había pedido no recibir pompas fúnebres, a las que definía como fruto de la ignorancia y vanidad de la Iglesia.

“El que en su vida hizo tantos versos dio motivo con su muerte á que otros los hicieran también en su elogio”





BIBLIOGRAFÍA:

- La Enciclopedia de la Literatura Canaria, La Laguna: Centro de la Cultura Popular Canaria, 2007
- LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Notas biográficas de Palmeros distinguidos, Santa Cruz de La Palma, 1901
- PÉREZ GARCÍA, Jaime. Casas y Familias de una Ciudad Histórica: La Calle Real de Santa Cruz de La Palma, Excmo. Cabildo de La Palma: Colegio de Arquitectos de Canarias (Demarcación de La Palma), 1995.


 

 







 

 

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