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EL EXTINTO CONVENTO DE SANTA CATALINA DE SIENA

José Guillermo Rodríguez Escudero

La ampliación y reforma de algunos de los edificios de la capital palmera, así como la fundación de nuevas instituciones, son dos de las constantes propias del siglo XVI y del XVII. Así, en 1600 se amplían las tres naves de El Salvador y se fundan los Conventos de Santa Clara (1603 en la ermita de Santa Águeda) y de Santa Catalina de Siena (su construcción data de 1624).

En la Sociedad “La Cosmológica”, primer y más antiguo museo de esta ciudad se conserva una excelente panorámica desde el mar realizado en tinta y acuarela, donde aparecen todos los templos y conventos, las murallas y fortalezas, sus baterías, etc. El Monasterio de Santa Catalina aparece enorme en las cercanías de la plaza de Santo Domingo. También se conservan los escudos en mármol blanco que pertenecieron a los fundadores, ambos colocados originariamente sobre las dos puertas principales del templo.

La parte alta de la ciudad adquiere una mayor importancia y definición con la construcción de los dos monasterios femeninos, que se suman a los dos masculinos ya existentes en el s. XVI, “San Miguel de Las Victorias” y “La Inmaculada Concepción”.

Cabe recordar las palabras de Viera y Clavijo cuando, en su descripción de Santa Cruz de La Palma, después de alabar la Calle Real y sus nobles edificios así como la Calle Trasera, escribe: “pero lo restante del pueblo está en la ladera, como en anfiteatro, con callejuelas muy pendientes y de molesto piso”.

Este Convento, que es de la Orden de Predicadores, fue fundado el 13 de enero de 1624 por Don Alonso de Castro Vinatea y Doña Isabel de Espíritu Santo Abreu, su esposa, “fabricándolo en las casas de su habitación …y que la admisión de monjas había de hacerse de acuerdo con ellos, como patronos.” También se reservaron el derecho a perpetuidad de una plaza, para que pudiera ocuparla una monja de su elección “sin anuencia o intervención de la comunidad”.

Gaspar Fructuoso en su obra “Saudades da Terra”, ya hablaba del Convento mientras describía la ciudad: “el sitio es al principio de la ciudad en lo más alto sobre el puerto, es muy alegre y de hermosa vista y tiene muy buena Yglesia, de gran aseo para el Culto Divino y bien alhajada y capaz y la mejor plaza de la ciudad a quien hace cuadra por otras hermozos edificios y almenas”.

Las religiosas fundadoras vinieron del Convento de Santa Catalina de La Laguna, en Tenerife, y entraron en clausura el día 22 de julio de 1626. Treinta y dos años después se rompió esta clausura, por el hecho que vamos a referir, aunque más tarde se restableció.

El día 15 de octubre de 1658, se presentó un escrito por parte de las monjas de este Monasterio ante el Vicario de Ausencias, Don José Sánchez Zurbarán, contra el Prior Fray Pedro Vandale, ya que éste rompió la clausura, descerrojando la puerta del coro bajo, con motivo de la profesión de Doña Tomasina de la Trinidad, sobrina del fundador. A este ingreso se oponían las monjas. Esto causó gran estupor en una sociedad tan religiosa y “devota” como la palmera de aquella época. Se suprimió el Convento y se volvió a restablecer en junio de 1826. Se extinguió nuevamente el 20 de abril de 1837 siendo Priora la Rvda Madre San Juan Morales, herreña, la cual se acogió al Convento de Santa Clara de Garachico, donde falleció.

El relato de otra incidencia nos ha llegado gracias al Archivo de Protocolos Notariales, siendo escribano Tomás González en 1653. El matrimonio fundador del Monasterio trajo de Sevilla una valiosa lámpara de plata para el ornato de la capilla de la Virgen de la Soledad en la iglesia de Sto Domingo. Tras la fundación del Convento dominico femenino, doña Isabel la llevó allí para colocarla en el altar mayor de Sta. Catalina. En aquel lugar permaneció varios años hasta que llegó otra lámpara. El hijo de la fundadora la sacó y la depositó en su casa. Se produjo un gran desagravio y los frailes dominicos comenzaron una disputa reclamando su propiedad. El Padre Provincial tuvo que intervenir para que Sor Isabel del Espíritu Santo, que había profesado en el convento, ”renunciase al derecho que pudiera tener, condicionada a que no se pudiera vender ni enajenar”.

El Inventario, practicado con motivo de la primera supresión, datado el 26 de mayo de 1826, refiere que en el retablo del altar mayor existían- y existen -“Ymagenes de pintura las de Santo Tomás y San Vicente Ferrer en el altar numero primero. Ambos visten el habito dominico con el escapulario blanco y envueltos en amplias capas negras.” Bernardo de Silva realizó ambas pinturas, ubicadas en las calles laterales del segundo cuerpo, sobre tablas, utilizando los mismos tipos ornamentales, cuyo motivo básico se aprecia en ellas: son los tallos envolventes en roleo revestidos de hojas, dispuestos en formaciones geométricas y ritmos repetitivos. Las tres hornacinas se decoran con fondos portugueses, de gruesa ejecución cuyas gamas cromáticas combinan el rojo con verde y amarillo, como vemos en el retablo mayor de la antigua ermita de San José en Breña Baja. Uno de los temas más reiterado por este pintor es el “Santo-estatua”. En este caso, son santos preclaros de la orden dominica, donde se hallaba entronizada la imagen titular del convento.

También se habla de esta ara en el Archivo Parroquial de El Salvador, en el legajo titulado “Catalinas”; allí consta: “el altar de la Capilla Mayor con retablo dorado y frontal de lo mismo con dos vidrieras en los nichos de Santa Catalina y Santo Domingo”. Actualmente se encuentra en la Parroquia de Los Remedios de Los Llanos de Aridane, donde está situada la imagen del “Señor del Huerto”.

El afamado artista palmero Bernardo Manuel de Silva se autodenominaba “escultor y dorador”, presto a acudir allá donde lo llamaban, incluso con su pincel. Las religiosas de este Convento redactaron una carta en 1719 donde mostraban su desconsuelo al no poder contar con un trono dorado para festejar a “Nuestra Santa Madre y Patrona Santa Catalina de Sena y lo que más es sin tener que recibir a Nuestra Señora de Las Nieves cuando viene a visitar esta ciudad”. No se sabe exactamente si “efectuó su traza porque en el acuerdo se especifica que, o bien lo podía hacer él o traerlo de Tenerife”. Las religiosas, por lo visto, habían solicitado que fuera como los que se fabricaban en esa isla. Finalmente en el mismo año de 1719 se comprometió a entregarles el trono “de madera de relieve, dorados vivos, colores colorados en el fondo con su sagrario de elevación y con sus carteras”, conforme a la planta que presentó a las monjas y que quedó en poder del escribano. Sea cual fuere el autor, no cabe duda que con ello quedó patente su calidad de buen dibujante.

Cuatro de sus nietas profesaron como “monjas de coro y velo negro”: Sor María de San Gabriel, Sor Ángela de Santo Tomás, Sor Isabel de San Gregorio, Sor Bernarda de Santo Domingo. Otro dato curioso: en 1753, las Madres San José y San Bernardo, las dos hijas del autotitulado “artista y pintor”, pidieron a la Comunidad la cesión de la celda que había sido de la Madre Santa María de Santa Cruz de Cervellón, apreciada en 900 reales, conviniendo la consulta “en que se diese la selda por la incomodidad en que uiben i dandoles de termino para esta conpra quinse dias”.

María del Carmen Fraga nos da noticias de la dote de María de San José Silva: “sepan quantos esta carta vieren como Bernardo Manuel de Silva Artista Pintor y Juana Gonsales Viscaina mi mujer…= otorgamos por esta presente carta y desimos que por quanto Maria de San Joseph, nuestra hija lexitima entro a ser Religiosa en este Convento de Señora Santa Catharina De Sena…”

Existen varios lienzos de un hijo de aquél, Juan Manuel de Silva (1687-1751) que representan a Santiago Peregrino, San Cristóbal y a los Arcángeles Gabriel y Rafael, figuras aisladas, caminando, como si formaran parte de un cortejo procesional. Se encuentran en la ermita de San Sebastián de esta ciudad y proceden del Monasterio de Santa Catalina.

Hubo más donaciones por parte de las familias más prestigiosas y adineradas de la ciudad. Así, doña Isabel María Smalley, segunda esposa del Teniente de Dragones, don Francisco de la Guerra Solórzano, en sus últimas voluntades , mandó para adorno de dicho convento “una lámpara con la pintura de un Ecce Homo en su marco dorado”. Así lo dejó escrito Andrés de Huerta Perdomo en 1753. Otro acaudalado caballero, don Rafael Smalley, natural de Londres, sufrió el embargo de sus cuantiosos bienes en cumplimiento de lo dispuesto por el Rey con respecto a los súbditos extranjeros residentes en España, sobre todo ingleses y holandeses. Sus dos hijas habían ingresado en las “Catalinas”, doña Gregoria de San Rafael y doña María Feliciana de San Mauricio. Había tenido que pagar por sus dotes 12.600 reales, destinados por la Priora a la fábrica de la nueva capilla mayor y sacristía; la celda para las “susodichas con sus altos y bajos y un patio y cocina y corredor (…) y con su ventana a la calle” la compró a don Francisco Tomás Van de Walle en 2.200 reales.

Don Juan de Sotomayor Topete, Maestre de Campo de Infantería de Milicias, Castellano del Principal de Santa Catalina, etc., hizo a su costa el altar de Santa Rosa de Lima en el convento, obligándose a tenerlo siempre con el adorno y decencia necesarios. La comunidad, después de su muerte, por no haber otorgado en su momento la oportuna escritura del convenio, lo hizo a favor de sus hijos y herederos, quienes finalmente ratificaron la obligación a la que estaban sujetos, con el compromiso de dar 200 reales para que se dijera una misa cantada al año en el día de la onomástica de la santa en su propio altar; la Priora y demás religiosas, por su parte, autorizaron a los interesados a poner un escaño para los hombres de la familia en el espacio que quedaba entre dicho altar y el presbiterio y para las mujeres y hermanas, un asiento en la tarima. Esta curiosidad la redactó Pedro de Mendoza Alvarado en 1698 para el Archivo Notarial de la ciudad.

Don Pedro Salazar de Frías hipotecó una propiedad en 1681 a beneficio de María de Santa Rosa, monja novicia, “por ser pobre y no tener caudal para su dote”, al hacer sus votos solemnes, e impuso “6.000 reales de principal a censo redimible a cinco por ciento.”

Es curioso reseñar el nombre del que fue Patrono, de entre varias iglesias, conventos y ermitas, del de “Santa Catharina de Sena de Religiosas Dominicas”, don Juan Domingo Antonio de Guisla, Boot, Vandewalle, Cervellon, Sotomayor, Vandale, Monteverde, Salazar de Frías, Abreu, Rexe, Corbalan y Lugo, caballero profeso de la Orden de Santiago, Marqués de Guisla Guiselin, Señor de Wesembeck y Ophen de Flandes, etc.

Con la “Desamortización” del Ministro Mendizábal, los centros femeninos corrieron distinta suerte al de los masculinos. Así el de las Dominicas de Santa Catalina de Siena, fue concedido por Real Orden de 15 de febrero de 1842 al Iltre. Ayuntamiento de Santa Cruz , reutilizándose como “Cárcel del Partido”, mientras que parte del monasterio y la iglesia fueron demolidos para comunicar la calle “Virgen de La Luz” con la de “San Sebastián” y construir el “Teatro Circo de Marte” por una Sociedad creada al efecto. Finalmente desapareció todo el conjunto. El de Santa Clara de Asís, se dedicó a hospital y cuna de expósitos y actualmente sólo se conserva la iglesia, denominada de Ntra. Sra. de Los Dolores, cuya primitiva advocación era Santa Águeda, la olvidada Patrona de la Ciudad. Otras obras de importancia en la “Villa del Apurón” fue el ensanche del muelle en detrimento de sus fortalezas, también el de Vandale, destrozando la Ermita del Cristo de La Caída, etc. En el XIX, siglo de contrastes para la ciudad, se iniciaron reformas e iniciativas que incidieron, tanto en su estancamiento como en su progreso.

La infraestructura religiosa fundamental es la parroquia. Las bodas, los bautizos, ”las ceremonias de la vida y la muerte”, etc. tienen en ella su centro y es uno de los motores de la vida urbana. Los conventos de las órdenes mendicantes son los dos elementos dinamizadores de la vida religiosa. Sus iglesias son alternativas a la parroquia de fundaciones piadosas. Hasta 1597 no se piensa en fundar un convento de monjas, “ansi para el servicio de Dios como para el consuelo de los vecinos que tuvieren hijas”.

El cabildo de la isla, al impulsar las órdenes femeninas de este tipo, se nos presenta como deseoso de regular la población y crear una institución que recoja a aquellas damas solteras “cuyo irremediable destino era casarse con Dios”.

La comunidad de religiosas dominicas, al igual que el resto de conventos de la ciudad, se involucraron de lleno en las actividades sociales y espirituales de la misma. Hay numerosos datos que nos han llegado de crónicas que así lo acreditan. Un caso curioso sucedió cuando uno de los extranjeros comerciantes residentes en La Palma, Juan Martín, de nacionalidad inglesa, protestante, sintiéndose cercano a la muerte, se convirtió a la religión católica. Fue confesado por el Lcdo. Melchor Brier y Monteverde, Vicario de esta isla. Se encontraba en ella también el Obispo de Canarias quien visitó al enfermo en su propia casa y le administró el Sacramento de la Confirmación. El converso inglés falleció el 23 de febrero de 1676 y las Monjas Catalinas junto con el resto de congregaciones, el Clero y Hermandades participaron activamente en el funeral “con las hachas encendidas y gran concurrencia del pueblo”

Otros ejemplos fueron las “Exequias Reales”, solemnidades en las cuales también las “Catalinas” participaban fervorosamente. Así ocurrió, el 11 de noviembre de 1689, cuando se celebraron las Exequias en honor de la Reina Doña María Luisa de Orleáns, mujer del Rey Carlos II de España; el 22 de diciembre de 1696 por la Reina Doña María de Austria y el 23 de diciembre de 1700 por el Rey Carlos II. Se hacían las oraciones fúnebres, los cánticos y el “Te Déum” con asistencia del Cabildo, las Comunidades Religiosas , los Venerables Curas y Beneficiados, etc.

Siguiendo con las curiosidades históricas concernientes al Monasterio de “Catalinas”, y su relación con la prestigiosa Familia de los Silva, diremos que Bernardo Manuel quiso celebrar en la iglesia de este Convento, a principios del s.XVIII, a poco de morir su hijo José De Silva en “Indias de Su Majestad”, un oficio de honras por su eterno descanso. Allí habían profesado sus hijas, como hemos dicho, cuya dote requerida “a las de velo negro fue tasada en 5.500 reales”. Las monjas levantaron un túmulo “para dicha funsion”, en medio de la capilla mayor, privilegio exclusivo de los patronos del monasterio. Esto causó la ira de Jerónimo Guisla-Boot, autotitulado Patrono. Éste recurrió al Provincial para que amonestase a la Madre Priora.

La singular relación de Canarias con América posibilitó en gran medida un importante trasvase humano que, obviamente tuvo gran repercusión en el campo artístico con el intercambio de piezas de orfebrería, pintura y escultura. El origen de los contactos entre las Islas y Cuba, más concretamente en La Habana, obedeció al cambio experimentado por las corrientes emigratorias. La mayoría de los encargos antes del siglo XVIII procedían de talleres mejicanos.

Precisamente de origen cubano es el delicado candelero de la Patrona Titular del Monasterio, Santa Catalina de Siena, enviado de La Habana en 1779 por Francisco Brito y Leal para las dominicas. Su fiesta se celebraba con gran ornato y solemnidad cada 23 de abril, su onomástica. Viste el hábito negro y blanco de su orden. Se la presenta joven – murió en 1380 a los treinta y tres años-, con una amplia sonrisa, o tal vez, boca entreabierta aparentemente dispuesta a cantar o aconsejar. Recordemos también que se la consideraba una de las mujeres más notables de la época y consejera de papas y reyes.

También recibió culto en el mismo recinto sacro la efigie de Santa Rita de Casia, “Patrona de las Viudas” y de los “casos imposibles”, entronizada en su altar hacia 1730 por fray Juan de Guisla y Acuña. Es una imagen de vestir cuyo rostro sigue el modelo flamenco arquetípico del taller de los Silva: rígida frontalidad, rostro oval, barbilla prominente, ojos semiabiertos, mirada perdida en el horizonte, nariz recta, cejas arqueadas, etc. En estas tallas de vestir o candelero se hacía sólo la cabeza, también las manos, los pies, mientras que su interior estaba constituido por un esbozo que era cubierto por telas, mantos y adornos y que daba forma a la vestimenta. Resultaban obviamente más ligeras que las imágenes de talla para sus traslados procesionales y también resultaban más económicas. Ambas imágenes se custodian en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán de esta capital. Santa Rita sigue desfilando por las calles cada 22 de mayo, su onomástica, donde todas las viudas portan rosas rojas previamente bendecidas.

Dentro del grupo de escultores famosos procedentes de nuestra isla fue Marcelo Gómez Carmona. Sus primeros estudios los realizó en el Convento de San Francisco, pasando posteriormente al de Santa Catalina.

En la segunda mitad del siglo XVIII y primeras décadas del siguiente, al igual que había ocurrido en las centurias precedentes, la escultura hagiográfica acapararía el interés de la clientela y, en consecuencia, los artistas canarios se vieron obligados a seguir trabajando en ella. Este ambiente propicio del que la imaginería sacra aun disfrutaba, estaba ya próximo a tocar fin. En octubre de 1835 se inicia la supresión de comunidades religiosas, como hemos visto. Se derribaron conventos, se redujeron paulatinamente los encargos y se perdieron gran número de trabajos artísticos.

Un vestigio de las grandes riquezas que se atesoraban en aquel Monasterio es, por ejemplo, una magnífica custodia venezolana de plata sobredorada de 62 cms de altura, hecha en Caracas por Francisco de Landaeta en 1779 y con un cerco de piedras azules. Al extinguirse el centro dominico se adjudicó a El Salvador y así figura en el Inventario de 1851. También nos llegó la bella cruz procesional de plata en su color, probable obra palmera de 1670, en cuyo escuadrón figuran espejos circulares con decoración grabada, relacionada con la iconografía de Santa Catalina: en el anverso, busto de la santa estigmatizada y coronada de espinas abrazando un crucifijo, en el reverso, corazón con cinco llagas sangrantes, corona, palma y azucenas. En los ángulos del escuadrón, pequeños adornos florales.

Es curiosa también la manera en la que se describe la procesión de La Virgen de Las Nieves en su visita al Monasterio en 1815, “todo aquel día permaneció la Majestad expuesta y a la tarde, a las cuatro, salió la procesión para las monjas catalinas, la carretera hasta dicho convento estaba muy enramada: las ventanas, colgadas de damascos, en la Madre Sacramento estaba Judith con la cabeza de Holofernes, la iglesia de dicho convento estaba muy bien compuesta: espejos, láminas, colgaduras, flores, cera, en fin, no había más que hacer. Al entrar se cantó una aria con muy buena música y enseguida sirvieron un buen refresco en la sacristía… la diversión y el concurso pues era en tal extremo que causaba horror en la noche… buenos fuegos, un paso figurando un jardín…”




BIBLIOGRAFÍA:

- FERRANDO ROIG, Juan. Iconografía de Los Santos.
- FRAGA, María del Carmen. La Pintura en Santa Cruz de La Palma
- LÓPEZ GARCÍA, Juan. “Conventos femeninos en el urbanismo de Canarias.”
- LORENZO RODRÍGUEZ, Juan B. Noticias para la Historia de La Palma.
- LÓPEZ GARCÍA, Juan. El conjunto histórico de Santa Cruz de La Palma.
- PÉREZ GARCÍA, Jaima. Descripción de todo lo que pasó en la Bajada de Nieves en La Palma. Año de 1815.
- Idem. Casas y Familias de una Ciudad Histórica: la Calle Real de Santa Cruz de La Palma
- PÉREZ MORERA, Jesús. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad.
- Idem. Silva. Bernardo Manuel de Silva. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Margarita. La Pintura en Canarias durante el S.XVIII.
- RODRÍGUEZ, Gloria. La Iglesia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma





 

 

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