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FRANCISCO DÍAZ PIMIENTA, PADRE E HIJO. DOS HÉROES PALMEROS

José Guillermo Rodríguez Escudero

UN ILUSTRE PALMERO EN LA BATALLA DE LEPANTO
EL CAPITÁN DON FRANCISCO DÍAZ PIMIENTA, PADRE.

Dos hijos ilustres, padre e hijo, ha dado la Isla de La Palma con este nombre y apellidos. El Capitán don Francisco Díaz Pimienta, padre, fue un excelente náutico, “el Oficial más sobresaliente de la Armada de Felipe 2º y como tal, tomó parte en la célebre batalla de Lepanto, distinguiéndose sobre todos por su pericia, arrojo y valor”.

Con esta tajante aseveración inicia sus apuntes históricos sobre el eminente militar el alcalde constitucional y cronista Lorenzo Rodríguez. Como anécdota curiosa, el canario Viera y Clavijo, confundió “lastimosamente” al hijo con el padre, al hablar de esta sangrienta batalla.

Nacido en Puntallana (La Palma), fue hijo de Diego Díaz Pimienta y de Mayor Franco, portugueses afincados en esta Isla, y tuvo dos hijas, Inés y Lucía. En su testamento no nombra a Jacinta, habida con Mencía de Oca, vecina de Sevilla, a la que dejó 1000 ducados del tercio y quinto de sus bienes. También tuvo otra hija, Catalina, casada en 1598, la cual premurió a sus padres y no dejó descendencia.

Fabricó su vivienda en la antigua Calle Real del Puerto (solar correspondiente hoy con en las llamadas Casas Carrillo, núm. 26 y 28). Allí vivió con su esposa Beatriz Rodríguez de Acosta y sus hijas, incluido su pequeño Francisco Díaz “que le criamos en nuestra casa a quien le tenemos mucho amor y amistad”, y al cual la posteridad perpetuó su nombre como uno de los palmeros más preclaros en la historia de Canarias. El matrimonio fundó dos mayorazgos con facultad real, uno para cada hija.

Haciendo alarde de su honradez hasta el lecho de muerte, el capitán se quejaba amargamente en su testamento que era cierta la suma de dinero debida al carpintero de aquella casa, Gaspar Núñez, y que ascendía a 1.400 reales más 300 por la capilla que había fabricado. Decía que “todo esto es verdad y es mi sudor y trabajo y en hacer las dichas obras gaste lo que tenia y quede pobre”. (Simón de Chaide, 1614)
En aquella batalla, la más sangrienta que jamás vieron los mares, España, Venecia y Roma, aliadas, consiguieron abatir el orgullo otomano, mediante la destrucción de la formidable escuadra del emperador de Turquía, Selín II.
Este combate naval tuvo lugar en el Golfo de Lepanto el 7 de octubre (onomástica de Nuestra Señora del Rosario) de 1571, entre la flota turca y la de la Santa Liga.

PROLEGÓMENOS DE LA GRAN BATALLA NAVAL

A raíz de la actividad otomana en el Mediterráneo oriental (toma de Nicosia en septiembre de 1570) y ocupación de gran parte de Chipre, el Papa Pío V, que había visto fallidos sus intentos en 1566, consiguió de Felipe II el envío de una flota bajo el mando del genovés Andrea Doria, que había de emprender una acción conjunta con las escuadras veneciana y pontificia para rescatar aquella isla.

Las diferencias entre sus jefes trajo consigo el fracaso de la expedición, cuyos componentes se separaron sin entrar en combate (27 de septiembre de 1570); Doria fue acusado por los jefes respectivos de ambas escuadras, Zanne y Colonna, de indolencia y abandono de la empresa, justificados en la desconfianza con que veía España la ayuda a Venecia. Después del fracaso, los delegados de estas dos últimas se reunieron con los del Papa a fin de negociar una alianza común y, aunque los venecianos trataron por su parte de llegar a un acuerdo con los turcos, las capitulaciones de la Liga se firmaron el 25 de mayo de 1571. Entretanto, los turcos comenzaron aquel verano una larga razzia de castigo, bajo el mando de Alí Bajá, que contaba con el apoyo de Uluy Ali, virrey de Argel, y que se extendió desde las islas de Zante y Cefalonia hasta Venecia, saqueada a mediados de 1571.

Al mismo tiempo, el último reducto veneciano en Chipre, Famagusta, cayó en poder de los otomanos y este hecho decidió la intervención inmediata de la Liga, que había decidido en las capitulaciones iniciar la lucha al año siguiente.

 

LA BATALLA DE LEPANTO

La flota partió de Messina el 16 de septiembre de 1571 con unas 280 embarcaciones y cerca de 30.000 hombres, y en Lepanto avistó a la armada turca (7 de octubre), superior en número (aproximadamente 300 naves). A pesar de que los jefes de las tres escuadras no compartían los mismos puntos de vista al respecto, los consejos del marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, y de Alejandro Farnesio, decidieron a Juan de Austria, capitán general de la flota coligada – cuyas decisiones, por imposición de Felipe II, estaban mediatizadas por la opinión de sus lugartenientes y de los restantes jefes de la Liga-, a presentar batalla inmediatamente, contra el parecer de Luis de Requens y de Doria. El combate se decidió gracias a la superior fortaleza y al mejor armamento de las 26 naves españolas que ocupaban la batalla o centro y a la eficacia de los arcabuceros; la nave real de Juan de Austria fue embestida y abordada por la del generalísimo turco Alí, que había previsto una maniobra envolvente por el ala derecha de la flota coligada, a fin de empujarla hacia el interior del golfo y encerrarla en él; después de dos horas de forcejeo indeciso, los soldados de la Liga, rechazados en tres ocasiones, entraron en la capitana turca y mataron a su general.

La victoria del centro fue decisiva, pues el ala derecha, mandada por Doria, sostenía una lucha desventajosa con Luchalí, que se había infiltrado hábilmente por el centro en la primera fase del combate, y que trató, con una hábil maniobra, de atacar al centro de la Liga, que se retiraba vencedor con las naves capturadas. La inmediata intervención de Juan de Cardona, y la posterior de la reserva mandada por el marqués de Santa Cruz, obligaron a huir a los turcos hacia la costa de Morea. Barbarigo el jefe veneciano, que mandaba el ala izquierda, resultó muerto, pero la ayuda de la reserva y el arrojo de los venecianos permitieron su triunfo sobre la derecha otomana y la muerte de Siroeco, que iba a su frente. En la batalla, que duró cinco horas, murieron aproximadamente 35.000 hombres, 12.000 de los cuales eran de la Liga, y fueron capturados por ésta unas 130 naves turcas y 8.000 hombres, habiendo perdido los coligados 17 galeras. En Lepanto se frenó la expansión turca momentáneamente; Chipre continuó en poder otomano, y, en definitiva, no se pudo llegar más que a un statu quo, pues los turcos se rehicieron pronto de sus pérdidas. Los objetivos se cumplieron escasamente para el número y calidad de los medios puestos en juego, y, al desplazarse el centro de los intereses de los españoles hacia el norte de Europa, aún quedó más patente la ineficacia de sus resultados a largo plazo.

Sin embargo, fue tal el éxito para la Iglesia Católica que ésta quiso dar celebridad universal, a través de la institución en su memoria la festividad del Santo Rosario. Así, añadió a la Letanía Laureana el verso “Auxilium cristianorum” (auxilio de los cristianos). En aquella atroz lucha, designada por la historia con el nombre de Lepanto, se halló la Isla de La Palma, dignamente representada por nuestro ilustre personaje.

REGRESO A LA PALMA Y MUERTE

Existe un documento que nos da una clara idea del arrojo y valor de los que hablaba Lorenzo Rodríguez, “á la vez que relata algunos de sus servicios”. En él, Díaz Pimienta y esposa, queriendo fundar un mayorazgo perpetuo en favor de sus hijas y de la descendencia legítima de éstas, se habían dirigido al Rey Felipe II. El 6 de marzo de 1606 el monarca expidió real cédula que dice:” Que por cuanto D. Francisco Díaz Pimienta le había servido mas de 30 años en los destinos de Cabo de tres compañías de infantería y Castellano de una de las fortalezas de esta ciudad; y que en tiempo del General D. Álvaro de Flores y de D. Francisco Coloma habían ido con una nave de su propiedad á acompañar las fragatas que salieron de La Habana, é impedido que el inglés se llevara una que tenia apresada, la cual salvó, así como que habiendo sido destrozada por efecto de una tormenta la Capitana, del mando del D. Francisco Coloma, la socorrió con su nave, le concedía la gracia solicitada…”

El destino de Cabo equivalía al de Caudillo o Capitán, “Caporal, Cabeza”, Jefe, etc. Era una época en la que, cuando los buques construidos expresamente para la guerra no eran bastantes, se echaba mano de los del comercio para empresas militares. Reducidos los combates a luchas cuerpo a cuerpo, después de sujetar los bajeles unos a otros, el principal objeto era presentar el mayor número de combatientes que, en último resultado, peleaban en la mar de igual modo que lo hacían los soldados en tierra.

De esta manera, nuestro marino fue autorizado por el soberano para fundar el deseado mayorazgo. En edad avanzada, otorgó finalmente su testamento y última voluntad ante el escribano Simón de Chaide el 12 de febrero de 1610.



Como nos dice Lorenzo Rodríguez en sus Notas biográficas… ese documento, importante, “nos revela una circunstancia referente al estado civil del Almirante Díaz Pimienta, hijo del testador, circunstancia desconocida de todos cuantos historiadores y biógrafos se han ocupado de este personaje palmero. En él declaró el veterano de Lepanto que tenía un hijo natural llamado también Francisco Díaz Pimienta, el cual se hallaba estudiando para sacerdote en la Ciudad de Sevilla: encargó á sus herederos que continuaran suministrando al citado hijo los 1.200 ducados anuales que le tenía señalados para sus gastos ordinarios: hizo algunos legados á favor del Hospital de Dolores y de la Parroquia de El Salvador…”

Quiso perpetuar su nombre y, quizá, también los hechos heroicos de su vida de marino, para lo que dispuso que los poseedores de su mayorazgo, en todos los tiempos, se llamaran como él, Francisco Díaz Pimienta.


Tras su regreso de Lepanto, “donde tuvo una actuación destacada” (Pérez García, 1985), fue nombrado Regidor del antiguo Cabildo, título dado por Felipe III en junio de 1609. También Castellano de una de sus fortalezas y Maestre de Campo de las Milicias.


El cronista oficial de la capital palmera, Pérez García, continúa: “bajo su mando estuvieron las compañías de Barlovento, San Andrés y Sauces y Puntallana”. Casó con Beatriz Rodríguez de Acosta y murió en Santa Cruz de La Palma en 1610, después de haber logrado descendencia”. Fue sepultado en la capilla de Santa Ana, hoy de San Pedro, colateral del Evangelio, de la suntuosa parroquia Matriz de El Salvador de la capital, que era de su propiedad. La había comprado a Andrés de Armas, Procurador de Causas, y a Inés de Llanes, su mujer, en escritura de 8 de enero de 1601 ante el escribano Bartolomé Morel.

El marino había reedificado la mencionada capilla, conocida con el nombre de Santa Ana, ya que allí se veneraba la espléndida talla flamenca del grupo Santa Ana Mettertia (o Triple), hoy en la parroquia de San Francisco de Asís. En 1818 se pasó a llamar Capilla de San Pedro al ser colocado el Paso de la Negación de este Apóstol (el Señor del Perdón, San Pedro y el Gallo). Vinculó este patronato a favor de sus hijas y descendientes legítimos. Lamentablemente no hay ninguna lápida, loza o inscripción que haga mención a que allí reposan los restos de tal insigne personaje, del olvidado veterano héroe de Lepanto.

FRANCISCO DÍAZ PIMIENTA, HIJO
GENERAL Y ALMIRANTE DE LA ARMADA DE INDIAS.

INFANCIA Y EDUCACIÓN

El 14 de agosto de 1594 nació en el Valle de Tazacorte del antiguo reino de Aridane, hoy Los Llanos, “un hijo de padres innotos, pero que al ser bautizado en la parroquia de los Remedios con el nombre de Francisco, fue reconocido por el Capitán Díaz Pimienta como hijo natural suyo”. Después de estas palabras, el cronista Lorenzo Rodríguez añade: “si alguna persona se sintiere agraviada con esta declaración, culpe á la historia y no á nuestra pluma”. En el baptisterio de dicho templo aún se conserva una lápida que reza: “AQVI FVE BAVTIÇADO EL SEÑOR D. FRANCISCO DIAZ PIMIENTA GENERAL Y ALMIRANTE DE LA REAL ARMADA DE INDIAS, CAVALLERO DEL HABITO DE SANTIAGO, MARQVES DE VILLARREAL DE BVRRIEL EL QVAL FENECIO GLORIOFAMENTE FVS DIAS EN EL SITIO DE BARCELONA Y AÑO DEL SEÑOR 1652.”

Su padre no le nombra como hijo natural en las últimas voluntades que otorgó mancomunadamente con su mujer. Sí dispuso sobre el futuro del adolescente, al que, velando por sus estudios “le estamos sustentando y alimentando y el susodicho se aplica a la virtud y trabaja en el para en adelante con nuestra pretensión de ser de misa y graduado” y le asignó una sustanciosa manda “para que se le pague todo ello de nuestros bienes porque se lo damos por via de alimentos y caridad atento a que es pobre y por falta de limosna no deje de ir con sus estudios adelante”.

Este “hijo del misterio” recibió una esmerada educación de su padre. Después de una infancia de la que sólo se sabe que estuvo en Garachico (Tenerife), en casa de unos tíos que lo criaron “algunos años con amor y afecto de padres”, se le ve aparecer en Sevilla en 1610. En esta ciudad, “a la sazón centro de la negociación ultramarina y asiento de la famosa Casa de la Contratación de las Indias y de la Universidad de mareantes y mercaderes, el que había de ser, andando los años, uno de los primeros generales de su tiempo, cumpliendo pretensión paterna, se aplica … y trabaja… para ser de misa y graduado.” (Testamento mancomunado de Díaz Pimienta, padre, y de Beatriz Rodríguez de Acosta, 12 de febrero de 1610)

Se decía que ya a los 14 años traducía obras de Tito Livio y Quinto Curcio “con facilidad pasmosa”. Los hechos de armas que refieren estos afamados autores y las narraciones que su padre le hiciera de la célebre batalla naval de Lepanto, influyeron tan poderosamente en el carácter de Díaz Pimienta, hijo, al punto de ingresar en la marina de guerra. Su progenitor trató de convencerlo para que continuase con su carrera eclesiástica. Así, siguió entregado a los estudios teológicos en Sevilla. No debía de venirle muy a gusto la disciplina eclesiástica, no obstante llevarla con “lustre como hombre principal e hijo de tal”, cuando le vemos aprovechar la libertad que le da la muerte de su padre en 1610.

CARRERA MILITAR Y AVENTURAS

Sin ataduras ya, dejó los estudios y se trasladó a Cartagena donde ingresó como Guardia Marina (“ó su equivalente”) en la Armada. A petición propia, fue enviado a Flandes para hacer su primera campaña.

Allí, su valor y humildad hizo que le ascendieran al empleo de alférez. Como curiosidad, diremos que le llamaban el isleño. Pasó a escoltar los navíos de la carrera de Indias y pronto consigue emplear en ella galeones de su propiedad.

Se cuenta que, en una ocasión, el Comandante del buque cayó al agua y fue salvado del terrible oleaje por Díaz Pimienta. La tripulación le lanzaba toneles, gracias a los cuales pudo salvar su vida y la de su superior. Siguió distinguiéndose en numerosas hazañas, como algunos abordajes contra barcos holandeses y en escaramuzas de guerra en las costas de Flandes. Como premio se le dio el mando de uno de ellos que participaba en la flota bajo las órdenes del Marqués de Andújar.

Así, “salieron á convoyar los ricos galeones que, desde el Perú, se dirigían á España”. El valiente marinero evitó en varias ocasiones que poderosos cruceros ingleses se apoderaran del botín. Incluso, en cierta ocasión, para evitar el robo del cargamento de barras de oro, cerca de las costas gallegas, atacó con éxito a dos navíos ingleses. Su entrada victoriosa en El Ferrol fue muy famosa.

El azaroso tornaviaje de 1626, en el cual es posible que vinieran a la Península dos galeones, da ocasión al isleño para acabar de acreditarse como marino y como guerrero. Toda la travesía fue una constante lucha contra las tempestades y con los enemigos, y al final, para colmo, toman por infieles a las naves de don Fadrique de Toledo, que habían salido a recibirlos.

“Luego el capitán Pimienta
Se partió a reconocellos
En su galeón San Esteban.
Y como vieron venir
Algunas urcas flamencas,,
Les pareció que serían
Infieles, pero las señas
Que estaban determinaedas
Venció luego la sospecha.”

 

MÉRITOS

El Gobierno español, consciente de la valía del palmero, no dudó en enviarlo a las Américas para que persiguiera a los piratas. Allí continuaron sus proezas y victorias. En La Habana aprestó tres naves con las que zarpó hacia Santo Domingo, “con intento de destruir el establecimiento de los Forbantes de la isla Tortuga”. La estupidez del gobernador de la isla española, que puso todas las trabas y dificultades del mundo, hizo que los bucaneros, avisados, huyeran despavoridos. “Sin embargo, de este aborto involuntario contra los piratas, el valeroso hijo de la isla de San Miguel de La Palma siguió prestando varios y más servicios á la Nación”.
Otro ejemplo fue el brillante auxilio que prestó al Gobernador de Maracaibo. Tras la llegada del buque de Díaz Pimienta a aquella ciudad, asediada por los filibusteros, este militar luchó hasta apoderarse del fortín que los españoles habían abandonado. Con los cañones logró expulsar a los corsarios. Fue distinguido en los galeones de escolta en las Antillas.
Recién llegado a España, recibe la orden de embarcar nuevamente para América en la flota que sale de Cádiz el 12 de mayo de 1633 con encargo de desalojar a los corsarios de la isla de San Martín. “En esta empresa, y en expediciones a las costas brasileñas, objeto de las miras de la Compañía de las Indias, emplea bastantes meses”

Tras varios años de luchas y éxitos en todos los mares de América, “testigos también de las proezas de su padre”, regresó a España en 1634, donde una enfermedad de pecho le obligó a permanecer en tierra firme varios años. En Portugalete (Vizcaya) se casó con una noble dama castellana llamada doña Aldonza de Bellecilla (o Vallecilla), descendiente de los Marqueses de Villa Real. Su suegro, don Martín de Vallecilla, era Caballero de la Orden de Santiago y superintendente de fábricas y plantíos del Señorío de Vizcaya por Su Majestad. Tuvieron cuatro hijos: Francisco y Martín José, que llegaron a vestir los hábitos de Santiago y Calatrava, respectivamente, y Nicolás y Teresa, que profesaron, uno en la Orden Calzada de la Merced y la otra en el convento de Santa Clara de Guadalajara.


En Sevilla había recibido los despachos de General y Almirante de la Armada de Indias, altísima distinción con la que el Rey Felipe IV quiso premiar su brillante carrera y relevantes servicios. Con el mando de la escuadra del Mar Océano pasa a Menorca “con patentes de portanveces de General gobernador y Capitán general de la isla”. Allí mejora todas las fortificaciones insulares, sobre todo las del puerto de Fornells, que “reciben con él un gran adelanto.” Decide hacerse a la mar con su escuadra y pone el gobierno de la isla en manos del general Pedro de Guevara.
En 1639 abandona Mahón. Parte desde Lisboa al Nuevo Mundo con la Armada compuesta por 42 velas. Sufre una epidemia en Cabo Verde y continúa hasta Bahía de Todos los Santos. En enero llega cerca de Arrecife. Estaba sitiada por los holandeses, pero “considerando infecundo todo sacrificio”, abandonan la misión de conquistarla.

En 1641 se produjo el suceso que había de darle su mayor gloria: la conquista de la isla de Santa Catalina. Su escuadra llegó a Santo Domingo. Allí se enteró de que la isla de la Providencia, también llamada de Santa Catalina, estaba bajo el poder de los malvados saqueadores. El valiente almirante y sus hombres lograron echar a los ingleses de la isla con la fuerza de sus armas y recogiendo prisioneros, despojos y un rico botín. Al año siguiente regresó a Cádiz con sus galeones cargados de dinero. El monarca español, en premio de esta hazaña, “le hizo merced del Hábito de Santiago”.

Existe un documento, recogido por Lorenzo Rodríguez, en el que doña Lucía Díaz Pimienta decía: “… que por orden de S. Majestad (Dios le guarde) fue á las Indias á traer el dinero D. Francisco Díaz Pimienta, mi hermano, el año pasado de 1641, y que el ínterin llegaba el tiempo de traer la plata á España, desalojó á los ingleses que ocupaban la isla de Santa Catalina, que estaba a treinta leguas de Cartajena. El dicho general, mi hermano, con la dicha órden de S.M. fue con su armada y desalojó á los ingleses por fuerza de armas con el favor de Dios; y despues de haberlos rendido, entre los despojos que de ellos hubo fueron banderas, de las cuales me ha enviado dos y la descripción de la dicha isla de Santa Catalina para que se pongan en hacimiento de gracias en nuestra capilla de Santa Ana, sita en la parroquia del San Salvador, de esta ciudad, que edificó y dotó con muchas memorias el referido nuestro padre Francisco Díaz Pimienta…” Este curioso documento, enviado por la dama al Vicario de la Isla (y cuyo original se encontraba en el archivo del Marqués de Guisla Ghiselin, amigo del cronista), seguía así: “…pues todo lo que en este asunto digo es público y notorio, pública voz y fama…” para finalizar con la petición de pagar dos misas cantadas con diácono y subdiácono, una al Espíritu Santo y otra a “nuestra Señora Santa Ana”. El 25 de enero de 1644 fueron colocados los obsequios en la capilla después de una solemne función religiosa “con gran concurso de pueblo”. Un botín que el Gobierno de la Nación reclamó en 1850 para que fuesen colocadas en el Museo Naval de Madrid, “pero desgraciadamente no existían ya ni la una ni las otras”.

A los títulos de General y Almirante de la Armada nacional agregó los de Consejero de Guerra y Señor de Puerto Real (villa fundada por los Reyes Católicos y que compró a la Corona en 1646. Su presencia en el Mediterráneo fue muy distinguida en defensa de las ciudades rivereñas de La Toscaza.


SU HEROICO FINAL Y SU RECUERDO

“Su nombre, querido y respetado por los suyos, fue temido de las demás naciones de Europa, porque el Pabellón de Castilla ondeó siempre con gloria en el mástil de su buque. No hubo combate naval ni hecho alguno de armas en su tiempo, en los que nuestro General-Almirante no tomara parte activa y saliera vencedor; pero desgraciadamente en 1652, en aquel tenáz y sangriento sitio de catorce meses que sufrió Barcelona, una bala de arcabúz, hiriéndole en el pecho, le quitó la vida antes que la plaza se sometiera, cuya batalla se ganó al fin, no por la fuerza de las armas, sino por el respeto y admiración que inspiraba á todos la persona de Díaz Pimienta. Y decimos que bastó el nombre del General-Almirante para que la capital del principado se sometiera, porque la noticia de su muerte, noticia que causó honda pena á los rebeldes que defendían la plaza, no trascendió al público hasta después de rendida ésta”.

Tras su muerte, “ocurrida en defensa de la integridad nacional”, las cenizas del Hijo ilustre de La Palma fueron depositadas en el sepulcro de la ermita barcelonesa de San Andrés, propiedad y patronato de la casa de los Marqueses de Villa Real. Algunos autores han querido usurpar a La Palma la gloria de ser la patria del almirante, argumentando que nació en La Habana. Así se leía en un Diccionario enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes.

El alcalde y cronista Lorenzo Rodríguez decía en 1901 “cuyo título posee actualmente el Sr. D. Luis Díaz Pimienta, vecino de Madrid, que retiene los apellidos del héroe de la isla de Santa Catalina, fundador de su casa”.

El Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, para perpetuar la memoria de estos ilustres varones, padre e hijo, que tantos días de gloria dieron a su patria, acordó el 3 de noviembre de 1894 dar el nombre de “Díaz Pimienta” a la antigua calle de la Cuna, “por ser tradición que en la casa número 14 vivió el soldado de Lepanto”. Si embargo, el mismo investigador palmero escribía que en un documento del siglo XVI había visto que la casa del Capitán era la número 20 de la antigua Calle Real del Puerto, hoy O’Daly.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

-LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, Santa Cruz de La Palma – La Laguna, 1975
- Idem. Notas biográficas de Palmeros Distinguidos, Impr. Diario de Avisos, Santa Cruz de La Palma, 1901.
-PÉREZ GARCÍA, Jaime. Fastos Biográficos de La Palma, CajaCanarias, Santa Cruz de Tenerife 1985.
- Idem. Casas y Familias de una Ciudad Histórica: la Calle Real de Santa Cruz de La Palma, Santa Cruz de La Palma: Excmo. Cabildo de La Palma, Colegio de Arquitectos, Madrid, 1995.
-PÉREZ VIDAL, José. El Almirante Díaz Pimienta, Excmo Cabildo Insular de La Palma, Madrid, 1982.
El Ramillete de Canarias, Semanario de Literatura, Santa Cruz de Tenerife, 1866.
-WAMGÜEMERT Y POGGIO, José. Don Francisco Díaz Pimienta y su época, Santa Cruz de Tenerife, 1990.



 






 

 

 

 

 

 

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