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El Nazareno. Iglesia de Santo Domingo de Guzmán - Sta. Cruz de La Palma

José Guillermo Rodríguez Escudero

 

El NazarenoEl V Marqués de Guisla-Ghiselin, don Luis Van de Walle y Llarena (1782-1864), Gobernador Militar de La Palma, encargó en 1840 al famoso imaginero Fernando Estévez del Sacramento, una escultura de Jesús “Nazareno”, que sustituiría la antigua que se veneraba desde el siglo XVII en el convento dominico de San Miguel de Las Victorias. Tanto esta magnífica talla, como la de la Virgen Dolorosa, llamada “La Magna” (muy próxima a las maneras de su maestro Luján Pérez y cuya esbeltez y elegancia se consideran inusuales), se hallaban concluidas el 14 de enero de 1841, fecha en la que el escultor entregó en La Orotava las dos efigies empaquetadas a don Antonio María de Lugo-Viña. Este caballero fue el encargado de su traslado y custodia hasta Santa Cruz de La Palma.

“Se principió a dárseles culto” poco después, el 7 de abril de 1841, en plena Semana Santa, concretamente en un Miércoles Santo. Así consta en las inscripciones que ambas imágenes tienen pintadas en sus espaldas. Desde entonces desfilan esa tarde en la popularmente conocida como procesión del “Punto en La Plaza”.

Posiblemente el encargo de estas dos bellísimas tallas, que presentan las mismas estaturas y medidas, obedece a la intención de escenificar con ellas la ceremonia del encuentro entre Cristo y su Madre. La adquisición de las fabulosas imágenes, pensándose poseerlas de la mejor calidad que las existentes en aquella época, se debió a la iniciativa de la “Hermandad del Nazareno” (que acompañaba prácticamente desde sus orígenes, en 1667, al paso procesional del Cristo y que subsistió hasta mediados del siglo XX), para lo que se decidió la venta de unos atributos de oro que tenía el antiguo Señor, talla que se le da culto actualmente en El Paso.

Se le encomendó la misma al Hermano Mayor don Luis Van de Walle quien aprovechó el viaje a Tenerife de cierto paisano para encargarle el pedido. Finalmente éste nunca cumplió el encargo.

Dando pruebas de su generosidad, el propio don Luis, sintiéndose culpable del incidente, informó a la Cofradía que sería el mismo, con su propio dinero el que sufragaría los gastos de las efigies. Pagó las del Señor y de la Virgen y su hermano, el presbítero don Esteban Van de Walle y Llarena, el del Apóstol San Juan, obra del artista palmero Manuel Hernández, llamado “El Morenito” (1756-1815). Este santo también recorre las calles conjuntamente con aquellas dos bonitas tallas y participa en la Procesión del Encuentro. Desde 1987 acompañan a este paso la “Cofradía titular del Santo Encuentro” —única cofradía mixta de la capital palmera—, que se reviste con túnica blanca y, como rasgo peculiar, capuchón y capa alternando entre el morado y el azul; y desde 1993, la “Cofradía de Cargadores de Cristo Preso y Las Lágrimas de San Pedro”, única en España que es, simultáneamente, masa coral, cofradía de costaleros y banda de cornetas y tambores.

Algunas imágenes fotográficas, como una estereoscópica tomada hacia 1860, recogen la escena tal y como se hacía después del estreno de las nuevas esculturas.

La piadosa ceremonia del “Punto en la Plaza” escenifica el momento del encuentro entre Jesús, con la cruz a cuestas camino del Calvario, y su Madre. San “Juanito el Alcahuete”, como popularmente se conoce a este San Juan Evangelista, sirve de enlace entre ambos.

En el cortejo toman parte las tres imágenes que, para asemejarse en lo posible a las Sagradas Escrituras, se ven obligadas a seguir recorridos diferentes para, sobre las seis de la tarde, “encontrarse” en el citado “Punto”. Su trono es llevado corriendo al encuentro de la Dolorosa, que espera en la Avenida de El Puente, tras haber avistado y saludado con tres reverencias al Nazareno en la Plaza de España, entre gran cantidad de capuchinos, cruces y estandartes que forman ya un pasillo. Por éste desfilarán los tronos de “La Magna” y de San Juan hacia el del Nazareno. Antiguamente este tenso y emotivo acto tenía como broche de oro el canto del motete “O Vos Omnes”, solemne y emotiva pieza de origen portugués anterior a 1600. Lamentablemente ya no se representa. Toca ya recuperar estas valiosas piezas, unos motetes que tanto dignificaban nuestra Semana Santa.

Una vez introducidas las efigies en la Parroquia de El Salvador y tras celebrarse una solemne Misa, de nuevo se arranca la procesión cuyo extenso recorrido permite conservar una costumbre que tradicionalmente regía en todas ellas: la visita a distintos templos de la capital. Muy emotiva es la visita a la iglesia del Hospital de Dolores, donde los enfermos rezan y lloran ante los tronos.

El Capitán y Alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición, don Gaspar de Olivares y Maldonado, y su esposa, doña Inés de Brito y Lara, costearon las antiguas imágenes del Miércoles Santo. Recibieron el Patronato del altar de Jesús Nazareno en el Convento de Predicadores. Aparte de esa procesión, se veían también obligados a hacer la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, cada 14 de septiembre y una misa cantada todos los viernes, para lo que pagaban anualmente el importe de 362 reales.

También sus herederos costearon la procesión y la memoria de una misa “perpetua y cantada de pasión” en el altar de su Patrón.

La Cofradía de Jesús Nazareno quedó establecida en 1667 en la iglesia del Convento de Frailes Dominicos. Varios vecinos pidieron su creación ante el Juez Eclesiástico, para lo que se hizo necesario pagar unas contribuciones. Es una de las cofradías que más tiempo ha perdurado. Se rige por unas nuevas instituciones que fueron aprobadas por Real Orden de 27 de junio de 1864.

La imagen del Nazareno, escultura en madera policromada de 164 cm de altura, sale procesionalmente sobre una magnífica base o trono de estilo rococó, en madera dorada y calada con decoración de asimétricas rocallas, la mejor que se encuentra en la isla, rematando su conjunto cuatro preciosos ángeles, vestidos “a la romana” y coronados de flores, de los que dicen, fueron esculpidos por un esclavo negro. Estos portan instrumentos de la Pasión, como los clavos, unas escaleras y una bien trenzada corona de espinas, y sujetan las cuerdas que atan la imagen de Cristo subiendo al Calvario. Todo fue donación del rico comerciante palmero don Cristóbal Pérez Volcán (1725-1790) y enviado desde La Habana.

También procesiona con una maravillosa túnica bordada en oro sobre terciopelo rojo —la mejor pieza de su género existente en Canarias—, exquisito trabajo de los talleres de bordado gaditanos o sevillanos del siglo XVIII. Fue regalada por el mismo mecenas a la antigua efigie del Nazareno. La actual imagen sigue siendo vestida con esta misma alhaja.

El acaudalado isleño había dirigido una carta a don Domingo Van de Walle de Cervellón, fechada en Cádiz el 13 de mayo de 1771 con motivo de su viaje por Europa, donde le dice “Bien que sólo el amor al Señor Nazareno vale su túnica”. También: “pienso si el Señor Nazareno me dá salud el pasar por esa en todo el mes de Mayo próximo y tener el gusto de darle a Vmd un abrazo… Los cristales para el altar del Sor no sé si habrán venido que están encargados… con mi enfermedad no he podido ni salir a la calle… pues el amor del Señor de Nazareno y verle su túnica y ver mi familia y amigos…”.

El insigne palmero dejó en su testamento, fechado en La Habana el 5 de enero de 1790, ante el escribano Nicolás de Frías, la cantidad de 6.000 pesos fuertes de oro para que con sus réditos se pagasen los gastos de las fiestas del Cristo y en resto se invirtiera en el cuidado de la imagen de la que se sentía muy devoto. Esta imposición fue “manzana de discordia” entre la Hermandad del Nazareno y el Convento de Dominicos. Don José Vandewalle y Cervellón, como patrono de la capilla donde se encontraba la Santa Imagen y como mayordomo de la cofradía, reclamó ante el Obispo don Antonio Tavira que la fiesta principal del Nazareno, a la que estaba obligada la hermandad, se hiciese con el producto de aquella manda, a lo que se negaban los frailes. Estos pretendían hacer otra en la Octava. El obispo accedió a lo solicitado por el mayordomo en auto de 17 de agosto de 1794, “reservando el derecho a las partes para que lo dedujesen donde tuvieran por conveniente”. Mucha más polémica arrojó este asunto. Tanto es así que, el resultado de la contienda fue que todo el dinero se perdió sin beneficio para ambas partes, llevándoselo en su totalidad los censatarios.

En aquel curioso testamento, redactado en tres documentos, aparecían los extractos siguientes: “Para los 500 pobres que habian de asistir á su entierro… 100 pesos fuertes; a la Imagen de Jesús Nazareno… 6000 pesos fuertes; al Negro Salvador, en la Habana... 200; a Ntra Sora de Las Nieves en esta isla… 1.500, etc”.

Lo único que se adquirió con los productos de la manda fue una preciosa corona de oro para el Cristo, los cuatro angelitos mencionados y el trono. A la maravillosa túnica, le fue robado en el año 1801 su valioso broche de perlas, al mismo tiempo que fue sustraída de la iglesia de Santo Domingo una lámpara de plata. Se cree que fue obra del mismo ladrón.

Otra curiosidad de esta procesión es que la Virgen salía desde antiguo sobre una pobre base, estrenando una nueva el Miércoles Santo de 1937, procedente de París y regalo de doña Dolores Van de Walle y Fierro, VII Marquesa de Guisla-Ghiselin. Ese día fue la primera vez que en la isla se adornó una imagen con flores naturales. Estrenó manto y traje de terciopelo negro de seda el 17 de abril de 1957, donación de la también marquesa doña Mercedes Sotomayor, sustituyendo al antiguo, muy deteriorado ya por el paso del tiempo y del uso. El original fue regalo de doña dolores Santos de Duque.

El estandarte que acompaña a la procesión es de terciopelo violeta con rico bordado de oro, siendo adquirido por la Hermandad con el importe de la venta de una cajita de plata y una bandeja del mismo material, así como varios donativos. El acuerdo se tomó en noviembre de 1870.

Las antiguas imágenes se encontraban entronizadas en los bajos del magnífico coro de la iglesia, donde también se depositaron las nuevas, pasando más tarde a ser veneradas en el suntuoso y barroco altar mayor. Los Santos Píos I y V, que se hallaban en las dos hornacinas laterales, fueron sustituidos por las imágenes de la Virgen y San Juan. En la central se ubicó el bello Nazareno que hoy contemplamos. El acabado de su cabello largo que cae sobre sus robustos hombros y bajo una perfecta corona de espinas, así como una bien “aseada y corta barba” y bigote, han tenido elogiosas críticas. Pero lo que, más se destaca, sin lugar a dudas, son sus dulces y grandes ojos rasgados de donde emana una mirada magnética y cautivadora.

Esta capilla mayor fue fundada por el Licenciado don Juan de Santa Cruz y Gómez, Teniente General de La Palma y Gobernador de la de Tenerife. En el retablo estaban sus armas y su retrato.

La fundación de la ermita del Señor de la Caída, hoy inexistente, tuvo que ver con la antigua imagen del Nazareno. Durante su procesión, el 29 de marzo de 1679, una demente llamada María Ruiz le lanzó por encima un vaso de inmundicia, a su paso por la calle del “Estanco”, hoy “Vandale”, lo que causó una gran consternación entre los fieles. Estos, con el paso de los años, hicieron la ermita en el mismo sitio del incidente para “perpetuar la memoria de aquel atentado y desagravio”.

Tallada en madera de cedro y de caoba “floja” —utilizada en la peana—, el Nazareno es una escultura vestidera, cuyo candelero, completamente modelado, pone de relieve el interés por el desnudo del escultor orotavense, así como el cuidado y esmero puesto en complacer al comitente. Es una obra de la etapa final del imaginero en la que Estévez alcanzó el punto más alto de su producción. Parece que en lugar de soportar la pesada cruz (por cierto sobre el hombro derecho, al contrario que en los Cristos de Andalucía, que lo suelen hacer sobre el izquierdo), lo que hace es acariciarla sin casi esfuerzo, con sus manos magníficamente talladas.

Así, un miembro de la Real Academia Canaria de Bellas Artes, a propósito de esta imagen, ha dicho que “el escultor consigue materializar toda la serenidad de su temperamento clasicista, huyendo de toda tensión dramática (se diría que más que cargar, abraza la cruz)”.

Está concebido según los cánones griegos ideales, representando a un joven atleta de 33 años, en toda su plenitud y belleza física que interpreta la profecía de la Pasión de Jesús: “Como manso cordero llevado al matadero” (Isaías, 53,7).

 

BIBLIOGRAFÍA:

- “Notas históricas de la Semana Santa en Santa Cruz de La Palma”. Diario de Avisos, 30 marzo de 1963. Alberto- José Fernández García.
- Arte en Canarias – Siglos XV-XIX. Una mirada retrospectiva. Gobierno de Canarias.
- Noticias para la Historia de La Palma. Tomos I y II. Juan B. Lorenzo
- Programa de La Semana Santa de 1996. Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma.

 

 


 

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