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  Guías culturales

SANTA LUCÍA DE PUNTALLANA. UNA BELLA ERMITA ENTRE PALMERAS

José Guillermo Rodríguez Escudero


LA ERMITA Y SUS CULTOS

Ya se celebraban cultos en honor a la Santa mártir de Siracusa allá por los primeros años del siglo XVI en la pequeña, bella y apartada ermita que hoy conocemos, en el término municipal de Puntallana y cuyo terreno pertenecía a Don Juan Fernández de Lugo, “primer Gobernador, Juez y Repartidor de las tierras y agua de la isla de la Palma”, vendida posteriormente a Don Juan Álvarez.

El Visitador Don Juan Pinto de Guisla, Beneficiado de El Salvador, confirmaba el 13 de junio de 1678, la existencia de esta capilla antes de 1530, según el segundo libro de fábrica que está posiblemente custodiado en el archivo del Obispado de Las Palmas de Gran Canaria. En aquella visita de la autoridad eclesiástica se hace constar que se poseía una renta anual de 61 reales, una cantidad obtenida- como refleja el historiador palmero Alberto-José Fernández García-, “de dos tributos impuestos a favor de Santa Lucía y, en consecuencia, no era necesario pedir limosna para los gastos de dicha ermita. El costo anual de la fiesta sumaba 30 reales, distribuidos de la siguiente forma: 24 al Beneficio parroquial, y los 6 restantes para velas de cera”.

El Alcalde constitucional Don Juan Bautista Lorenzo Rodríguez confirmaba también la antigüedad del oratorio: “no se sabe a ciencia cierta el año de la fundación de esta ermita, erigida en honor de Santa Lucía, si bien consta que es muy antigua, porque en el año de 1530 estaba ya fabricada según resulta del libro de la misma ermita, sin que en él hayamos podido encontrar más antecedentes, sino que antes que este había habido otro libro, que un Visitador se lo había llevado consigo, todo lo cual prueba la antigüedad de este templo, como también la circunstancia de que su patrona dio nombre al pago en que está situado”.

Efectivamente, se la considera como la ermita más antigua dedicada a la Santa siciliana en todo el Archipiélago Canario, junto a la de Alajeró en La Gomera. Una ermita que, al no tener un núcleo de vecinos en sus alrededores, permanecería siempre cerrada en espera de las fiestas de la Mártir en diciembre. Está enclavada entre un bello conjunto de palmeras, en lo alto de un precipicio que conforma uno de los más bonitos barrancos de Puntallana.

El templo pasó momentos de abandono y en constante amenaza de ruina, ya que el mantenimiento del recinto llegaba a superar las rentas y tributos que tenía concedidos. Así, en 1678, la renta anual no superaba los 61 reales. Poco a poco se fue adecentando la fábrica. Entre 1676 y 1691 se adquirió la pila para el agua bendita labrada en piedra, las andas procesionales y se construyó el campanario. No se contaba con ninguno y la única campana se colocaba en dos palos. Se sustituyó la maltrecha y primitiva campana por otra encargada en las fundiciones de Garachico.

También hubo momentos de penuria después de 1711. Tal es así que se llegó a encontrar peligrosa la celebración de la Santa Misa por si se desplomase el techo. Se inició nuevamente la restauración en 1768 siendo el Visitador, Don Felipe Alfaro Franchi. Finalmente Don Gerónimo de Betencourt y Francisco, carpinteros y hermanos, emplearon dieciséis días en colocar el retablo neoclásico de hornacina única que hoy conocemos, que vendría a sustituir al antiguo que era de formas barrocas, que le costó al Mayordomo Felipe Massieu y Tello “trescientos treinta y cuatro pesos y tres cuartos”. En mi opinión, un altar mediocre para una talla del espectacular acabado y belleza de la Santa Lucía de Puntallana.

Se encuentra en el templo un púlpito de factura barroca procedente de la antigua ermita de San Francisco Javier, fundada en S/C La Palma durante el s. XVII, actualmente inexistente y que se encontraba colindando la Casa de Arce y Rojas de la Calle Real del Puerto de la capital palmera. Al ser vendida esta pequeña iglesia por parte de la Autoridad eclesiástica, en 1907 el púlpito, una buena pieza tallada, pasó a la ermita de Puntallana. En su interior también podemos admirar una alcancía para limosnas, con la “particularidad de estar decorada con una pintura de la Santa y es del mismo estilo del retablo”.


LOS MAYORDOMOS

Se desconocen los nombres de los primitivos encargados de la iglesia, al no contar con los mencionados primeros libros. Sin embargo, como también confirmaba Alberto-José en su trabajo publicado en la prensa local, “todo lo más que hemos podido saber al respecto nos lo da un documento existente en el archivo de la parroquia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma. Se trata de un mandato fechado en 3 de julio de 1628 en el que ordena a Bartolomé y Lucas Martín, hijos de Bartolomé Martín, presentasen las cuentas referentes a Santa Lucía, por haber muerto su padre que había sido Mayordomo”.

Se sabe con certeza, por los documentos existentes, que un labrador de aquel término, llamado Baltasar Pérez (fallecido en 1676), continuó con la mayordomía, al igual que el Maestre de Campo Don Miguel de Abreu Rexe, quien tomó posesión el 13 de junio de ese año. Un caballero que es reelegido el 14 de agosto de 1678. Durante estos dos años de administración de la ermita, ésta mejoró espectacularmente. Además de las obras mencionadas en el apartado anterior, se procedió bajo su mandato a la hechura de una mesa con unos cajones para guardar decentemente los ornamentos destinados al culto religioso. Además, se reconstruyó la peana del altar con mejores ladrillos. Falleció en la capital palmera el 15 de julio de 1701 y fue sepultado en la capilla de Socarrás, en el Ex Real Convento de la Inmaculada Concepción de la capital palmera..

En 1769 el encargado de la ermita fue Don Tomás de Abreu, de Puntallana. Por aquel entonces, el templo se había restaurado. Más tarde fue mayordomo por muchos años Don Felipe Massieu Tello de Eslava, “siendo el último que como tal desempeñó el cargo”.


LA IMAGEN

A la preciosa imagen titular, una escultura de madera policromada de 82 cm de alto de madera policromada, se le comenzó a adornar con mantos, diadema y atributos de plata desde mediados del s. XIX. Es una de las magníficas piezas que forman nuestro rico patrimonio artístico insular, único en el Archipiélago en lo que a cantidad y calidad de tallas flamencas del siglo XVI se refiere. La efigie fue restaurada en 1969 por Julio García de Rueda y Pilar Leal- gracias a la iniciativa de Alberto José Fernández García-, y fue despojada de los añadidos en tela engomada, traje y manto. Estas partes agregadas tenían por objeto presentar a la figura “con las fuertes evoluciones barrocas ajustándose al sentir de una época”. Se colocó el brazo derecho en su primitivo sitio del que se había desplazado. Al año siguiente, la delicada pieza fue enviada a Tenerife, donde fue dorada y policromada de nuevo por el artista orotavense Ezequiel de León.

De acuerdo con su iconografía habitual, se la representa llevando en la mano derecha la palma simbólica de su triunfo sobre la muerte por el martirio. Una magnífica obra de orfebrería confeccionada en plata antigua repujada. Su porte elegante y altivo, y su cabeza erguida recuerdan a la apariencia de una doncella de elevada condición social, que porta en su mano izquierda un plato de plata con dos ojos, alusivos a la leyenda forjada a partir de la etimología de su propio nombre (del latín “lux”=luz).


La profesora Dña. Costanza Negrín nos indica que esta talla está “estilísticamente relacionada con las imágenes de N. S. de La Encarnación y de Santa Catalina de Alejandría, sobre todo por el modelado de su cabellera y ropajes”. Su semblante aniñado y asustadizo de menudas facciones, de grandes ojos abiertos y frente abombada y amplia, ” nos recuerda a las tallas femeninas malinesas de principios del s. XVI”.


HAGIOGRAFÍA

Se cuenta que un rico y destacado caballero del pueblo de esta doncella, quedó prendado de su gran belleza, sobre todo de sus impresionantes ojos. Lucía reiteradamente lo rechazaba y no quería corresponder a los deseos del señor. Éste insistentemente seguía en sus propósitos, por lo que la virgen optó por hacerse en su cuerpo algo que resultase desagradable a su galanteador. Se desprendió de sus ojos y los envió en un plato a su enamorado, terminando así esta situación por haber ella elegido dedicarse por entero al servicio de Dios.

La tradición nos sigue informando de un hecho sobrenatural acaecido en su corta vida: Dios le restituyó la vista en prueba de su gran amor por Él, por encima de todas las cosas mundanas. De ahí que el pueblo la haya invocado como “Abogada de la vista”.

Santa Lucía nació en Siracusa (Sicilia) y en su ciudad natal sufrió martirio un 13 de diciembre del año 303. Su cuerpo fue sepultado y allí sus conciudadanos erigieron un templo a su gloriosa memoria. Sus restos fueron más tarde trasladados a Constantinopla y finalmente a Venecia, que es donde actualmente se conservan. En España, en la Iglesia Sagrario de Toledo, se conserva como reliquia una mano de esta venerada Santa.


LA ONOMÁSTICA DE SANTA LUCÍA

Se celebra el 13 de diciembre de todos los años. Son numerosos devotos que aun en día ascienden las empinadas cuestas hasta su ermita para cumplir sus promesas. Prueba de ello es que las dos vitrinas y un arquibanco de madera están llenos de numerosos exvotos, muchos de plata y oro y el resto de cera, “objetos de rancia tradición con ciertas connotaciones mágicas”; son exponentes de un fervor ancestral a la Patrona de los Ciegos.

Según la usanza antigua, los vecinos se movilizaban unos días antes de la festividad de la venerada mártir, pidiendo donativos para preparar la romería a la ermita y los bailes, las procesiones, los enrames, etc. La romería cobraba vida desde bien temprano. Don Manuel Garrido Albolafia rememora en su obra detalles de esta festividad: “amparados en esa misma costumbre, antes de emprender el recorrido, adquirían una caña dulce. A partir de ese momento, se dividían en grupos y bien por tierra, bien por mar, acudían a la ermita de la Santa”.

Desde época lejana ha sido costumbre encender fogatas y hogueras durante la Víspera de la Santa (el 12 de diciembre), al igual que en honor del Patrón del Municipio, San Juan Bautista (la noche del 23 de junio de todos los años).

El pueblo de La Palma ha tomado el día de la festividad de la “Santa de la Luz” para marcar la época del año en que se oscurece más temprano. De ahí que nos hayan llegado unos versos transmitidos desde otras generaciones: ”El Día de Santa Lucía/ crecen las noches y menguan los días”.

Cada 13 de diciembre se solemniza con la celebración de la Eucaristía y procesión de la venerada imagen alrededor de la preciosa plaza almenada de la ermita y aledaños. Es un día en el que se cumplen promesas y era común ver a muchos devotos ascender la cuesta al oratorio de rodillas. “Todavía hay hoy personas que ofrecen este holocausto en tan señalado día”. Al ser la Patrona de los Invidentes, numerosos grupos de ciegos venidos desde todos los lugares de la Isla se dan cita en estas celebraciones, que concluyen con un gran almuerzo.


LA ROMERÍA

La romería, que se organizaba el día de la Santa, fue uno de los festejos populares que tuvieron señalado auge en toda La Palma, “motivado por la concentración de fieles en los alrededores de la ermita el día de la festividad”.

Una gran cantidad de romeros se iban concentrando en Santa Cruz de La Palma. Es aquí, en la preciosa capital palmera donde, según una antigua costumbre, adquirían una caña dulce, para iniciar la marcha hasta la lejana ermita. No sólo acudían estos devotos por tierra, sino que también por mar. Se trataba de llegar a las solemnes funciones religiosas y procesiones para por la tarde, tomar parte de los bailes.

Alberto José también nos cuenta que, “lo más corriente en estos pasatiempos era el ‘sirinoque’ y daban comienzo las relaciones entre los asistentes. Tampoco faltaba la ‘folía’ y el alegre acompañamiento de la ‘contra’ y la guitarra”.



Acabado el jolgorio y la fiesta, llegaba el momento del retorno. El grupo más numeroso de romeros llegaba a Santa Cruz con la caña al hombro, ahora adornada con ramos de las naranjas recogidas en el lugar. “Venían cantando y marcaban el ritmo con un cuchillo que portaban en su mano derecha, de tal forma que conseguían el acompañamiento apropiado para entonar el estribillo: Vengo de Santa Lucía/ no hay caña como la mía”. Era muy frecuente que las alegres y divertidas comparsas llegaran a la ciudad entonando las “relaciones” por boca de los verseadores- tan frecuentes en La Palma-, en las que se improvisaban las respuestas. En las letras de los estribillos se hacía alusión a la fiesta que se acababa de disfrutar. Así corría de boca en boca por toda la Isla lo “buena que estaba”, por lo que, el que no pudo venir ese año, trataría de hacerlo al siguiente. Así se fue incrementando el número de romeros en las sucesivas ediciones.


EL FAMOSO CUADRO

Vemos inmortalizado el momento de la fiesta marítima desde la costa de Breña Baja por el pintor palmero Manuel González Méndez (Santa Cruz de La Palma,1843-Barcelona, 1909) en la acuarela “La Romería de Santa Lucía” (1878) que actualmente preside el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma. Se le ha reconocido como uno de los mejores pintores con que cuenta la historia insular.

Allí quedó plasmado el momento en el que el remero inicia la travesía marítima desde la costa de Breña Baja hasta la de Martín Luis, en Puntallana. Desde allí se desembarcaba y se comenzaba el ascenso por las cuestas hasta llegar a la ermita de la Santa. Alberto José también describió la escena, comparándola con “una góndola”. Dentro de la barca se aprecian cuatro bellas señoritas y una señora, “por lo respetuoso de su rostro”; continúa :”las cinco viajeras visten el traje y tocado típico de las Breñas”. Al lado de la barca también hay otro remero que, recostado, sugiere estar cortejando a una de las “magas”. Sin embargo, la figura que más se destaca, por su mayor movimiento y “más lograda en la composición pictórica”, es el remero central que está representado en desnudo escorzo. Los músculos tensos de éste- un verdadero estudio de anatomía-, nos dan una idea del enorme esfuerzo que está haciendo para poder impulsar la lancha hacia el mar, desde el saliente rocoso donde se halla.

También Alberto-José nos informa de que ha sido errónea una transmisión oral que ha llegado hasta nosotros sobre este bello cuadro. Se contaba que el modelo que sirvió para remero “fue un conocido hombre de la mar, llamado don Florentino Lorenzo Cabrera (Florentino era su segundo nombre, se llamaba don Higinio Florentino), pero es equivocada la noticia porque éste sólo contaba siete años cuando González Méndez pintó el cuadro, y lo lógico es que se tratara de su padre don José María Lorenzo Díaz que figura en documentos de la época como marinero”.

Usando las mismas palabras con las que este desaparecido historiador palmero finalizó su detallado trabajo sobre esta ermita y este lienzo, “diremos que el cuadro presenta un bello conjunto en su composición y colorido, con aire de tipismo muy palmero. La obra de González Méndez hará recordar siempre a la presente generación y las futuras, lo que fue en el pasado la alegre romería de Santa Lucía, en la Isla de La Palma”.


LA DANZA DE SANTA LUCÍA

Antiguamente se bailaba la llamada “Danza Marinera de Santa Lucía”, recuperada por la agrupación folklórica “Zamagallo”, gracias a los trabajos de investigación llevados a cabo por su director, D. Ángel Berto Sánchez. En la detallada obra sobre Puntallana, D. Manuel Garrido rescata los siguientes versos, de autor desconocido, que “exaltan la estrecha relación de la gente del mar con la patrona”

“El cielo palmesano se oscurece/ tiembla en su suelo el destructor cañón
el guanche valeroso se enfuerce/ defendiendo su patria y religión.

Marinos valientes/vamos a danzar/antes de rendirnos/vencer y luchar.

Nuestra patrona Santa Lucía/ todos venimos con gran afán,
Hemos venido con alegría / hemos venido aquí a danzar.

Toda la escuadra de marineros/ hijos del pueblo de San Juan
A nuestra fiesta hemos venido/ todos al mando del capitán.

A nuestra virgen Santa Lucía/todos queremos aquí encontrar
En este barrio de nuestra Isla/que lo tenemos que adorar

Y como somos marineros,/que navegamos por el mar
A nuestra virgen Santa Lucía/ todos venimos a visitar.

A nuestra virgen Santa Lucía/ hoy le pedimos con gran fervor
Que nos conserve nuestra vista/nos acompañe con su amor.

Y que nos mande siempre buen tiempo/para poder siempre vencer
A nuestra patria y nuestro barrio/que lo queremos defender

Viva la virgen nuestra patrona/que en nuestro pecho tiene un altar
Y con su ayuda perfecta siempre/ que nos ayude a navegar

Nos despedimos de la patrona/de nuestro barrio, nuestro barrio encantador
Nos despedimos de todo el pueblo/que nuestra danza ya terminó”.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

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-PÉREZ MORERA, Jesús y otros. Arte Flamenco. Isla de La Palma. Catálogo de la exposición de arte flamenco. Bajada de la Virgen de Las Nieves, 1985.
-FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto José. «Santa Lucía en Puntallana. Su historia y festividad», El Día. 23-XII-1972; IDEM, «Santa Lucía (Puntallana), su Historia y Festividad», Diario de Avisos, 28, 29, 30 y 31-XII-1972; IDEM, Arte e Historia de Puntallana, en Programa de las Fiestas de San Juan Bautista, Puntallana. Junio 82, La Laguna, 1982.
-GARRIDO ALBOLAFIA, Manuel, Puntallana. Historia de un Pueblo Agrícola. Ilmo. Ayuntamiento de Puntallana, Cajacanarias, 2002.
-Archivo Lugo Viña Massieu. Biblioteca Pérez Vidal. S/C La Palma.
-Archivo Parroquial de San Juan de Puntallana. Libro de Visitas
-FERRANDO ROIG, Juan, Iconografía de los Santos.
-GALANTE GOMEZ, J.F., Arte Gótico, p. 68 y fig.; Canarias, p.204.
-LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista, Noticias para la Historia de La Palma, La Laguna, 1975, t. I, p. 119
-FRAGA GONZÁLEZ, María del Carmen, La Arquitectura mudéjar en Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1977.
-RODRÍGUEZ ESCUDERO, José G. “Santa Lucía de Puntallana. Una bella ermita entre palmeras”. Diario de Avisos y Canarias 7. “Historias de Toda Canarias”, (1 de agosto de 2004)




 






 

 

 

 

 

 

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