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Sí, lo sé… lo había omitido… ¿sabes…?
algo en mi se niega a olvidarlo… intento apartar su imagen
de mi mente, pero ésta regresa una y otra vez para
recordarme que siempre estará ahí… conmigo.
Uno va haciendo vida, como dejando que todo pase… como si
aquello jamás hubiera tenido lugar. Y entonces… cuando
cree haberlo olvidado… ahí está: el banco.
Ese día —cuando lo encontré—, estaba allí:
inmutable, firme y estoico —como surgido de la nada—, uno,
como cualquier otro —de esos… con barras de madera—, curtido
entre la brisa y el salitre, parador de gaviotas y de algún
que otro anciano pescador.
Alrededor: las vías, el Stella Maris, el caserón
de los prácticos y salvamento, el batzoki, una pequeña
ermita, varios bloques de pisos, la cofradía, el parque
—con un altillo para los músicos—, un kiosco cerrado
y no muy lejos… el viejo faro.
Me esperaba —me había esperado siempre—, en mitad
el aquel extraño parquecito… como construido para mi.
Aquel, fue el banco en el que dormí la primera vez
que dormí en un banco.
Ese día supe que no tenía casa, ni mucho menos
familia, ni letras, ni pasado, ni música, ni amigos
de verdad.
“A menudo tomamos decisiones cuyo alcance no llegamos a comprender
hasta que ya es demasiado tarde”. Terribles palabras… que
no se acaban de ir de mi cabeza… palabras que vuelven con
fuerza —como la imagen del banco—, justo cuando más
daño pueden hacer. Terribles… y ciertas… teñidas
de aparente lejanía cuando aún creemos que mamá
vendrá otra vez.
Aquella noche, la del tres al cuatro de septiembre de mil
novecientos noventa y cinco fui —por primera vez en casi veintidós
años—, consciente de lo solo que estaba. Presa de ese
vértigo extraño que acecha cuando te sabes solo
frente a la vida, cuando te enteras de que la muerte se ha
llevado al último de los tuyos; con dinero para bocadillos
hasta el jueves… un nombre que no era mío… una sola
muda y el alma hecha pedazos.
Lo tenía ahí, frente a mis ojos: insolente
como un espejo, firme como una piedra, frío como la
muerte.
Hasta en cuatro ocasiones traté de darle esquinazo…
pensé quedarme junto a la barandilla, a escuchar el
tímido chapoteo del vaivén de las olas, que
mueren en la oscuridad, entre las pilastras que sostienen
la parte vieja del muelle… quedarme a mirar, sentir el mar
de noche; des-esconder lomos de ajenos pececillos que aletean
entre los botes antes de volver a la nada que los creó.
Por tratar… traté incluso de matar el tiempo entreteniéndome
con unos chicarrones de casi mi edad, que por algún
motivo cambiaron de tema al acercarme. Se les veía
serenos, vecinos del barrio y en su mirada… ese ávido
resplandor que únicamente tienen quienes están
dispuestos a cambiar el mundo. Maravilloso —pensé—,
y sin embargo… tan errados respecto al cómo.
Luego vendría el viejo faro —que ya no proyectaba
sino sombras a merced de las cuales se fundían los
cuerpos desdibujados de marinos de ultramar—. Sórdido
y extraño, breve pero intenso —si bien no exento de
cierto riesgo—.
Mi equipaje. Todo cuanto tenía estaba en un fardo
abyecto por cuyo cuidado apenas pude dormir… ¿dormir…?
morir… no más.
Abrir los ojos antes de las tres se puede sobrellevar… a
decir verdad: duele mucho más recordar quién
eres y dónde estás, que lo que cuesta volver
a perder la consciencia. Hacerlo al alba es muy distinto:
lo primero que sorprende es lo frío que puede llegar
a ser el despertar de un nuevo día. Frío… se
diría que por él abrí los ojos.
El banco, parecía ahora pesar más en los huesos
que en el alma. Me daba la vuelta cada diez minutos o quizá
un cuarto de hora… y lo que al principio solo era un doloroso
hormigueo, no era ahora sino el gélido suspirar de
la noche junto al mar… desnudez inocultable. En otra cosa…
intentaba pensar en otra cosa.
Mientras —o quizá por eso—, la voz que jamás
calla hizo presa de mi razón: “…el banco, te lo tienes
merecido… no te gires aún… ya lo sabías… evita
el peligro… no destaques… gírate… ¡atento! …ya
te lo dije… ¡te miran!”.
Cerré los ojos y confié en que un anticipo
de la muerte se lo llevara todo: despertar hacia las ocho,
esperar un poco más y contemplar el amanecer junto
a un cristal, con los primeros rayos de sol… tomar un buen
tazón de chocolate y una ración de churros…
en paz. —Apenas un pequeño despilfarro… uno más—.
Lo cierto es que no estaba solo… esa noche fuimos al menos
dos quienes compartimos nuestros sollozos ahogados en vino,
alejados de lo cercano, indiferentes incluso a nosotros mismos…
aunque quizá solo fue una noche más…
Le vi dormitar en otro banco —su banco—, bajo el pórtico
de la vieja ermita, a resguardo de la brisa —pero no de los
extraños—.
Me llamó la atención una luz amarillenta que
asomaba por el ventanuco de una casa que debía ser
la del párroco… vendría a dar casi a dos metros
justo encima del oscuro bulto que formaba aquel pobre desgraciado.
Le di algunas vueltas en la cabeza… “tanto esa bombilla como
todo cuanto alumbraba se paga con el dinero para los pobres…
y eso hoy debería incluirme a mi… ¡qué
cosas!”.
Mi retina me traía las imágenes del domingo…
recordaba con asombro aquella extraña taberna que hacía
las veces de economato y sala de culto, y cuyo acceso sólo
pude franquear mostrando mi libreta de inscripción
marítima; recordaba mi reciente paseo por la vasta
ciudad desconocida; el incómodo viaje en tren; palabras
de gente que conocía; lugares que sentía como
propios y que ahora se me antojaban perdidos para siempre…
pensaba en qué haría cuando se me agotara el
dinero… en comerme el orgullo y suplicar amparo a… ¿a
quién?
Las cosas en las que uno pude llegar a pensar… qué
te ha llevado a donde estás… que bien que están
los demás… me comería entera una de esas cajas
de galletas que nunca habría imaginado que algún
día querría comer… y una ducha ¡Dios mío,
una ducha, por favor!… una cama… y un poco de silencio.
A estas horas, los chicarrones idealistas de seguirían
dormidos en las camas que sus madres prepararon la mañana
anterior. A escasos metros, alguien tenía más
suerte que yo.
Y esas tonterías justas que farfullan en mi mente…
que si por qué el Rey lo es… que si el párroco
no trabaja. Pensaba… que tanto el señor que dormía
en la otra esquina como yo mismo, un día fuimos bebés…
como el Rey, y como el párroco, como los chicarrones
de anoche, y como todos los demás. Entonces… entonces
sí teníamos familia… nos hacían carantoñas,
importábamos a alguien… ¿dónde estará
hoy toda esa gente?
Por fin de mañana, me acerqué a ver a mi compañero:
era ya muy mayor —incluso pudo haber sido mi padre, el de
verdad—. Tenía una botella junto a él y su rostro
reflejaba una mirada a los infiernos. Me estremecí
ante la posibilidad de sufrir como él hasta su edad.
Tras eso, busqué una cafetería en la que poder
tomar mi ansiado chocolate con churros. Escudriñé
un periódico y encontré una salida que —aunque
algunos habrían tachado de fácil—, me sacó
de la calle, de mi parque, me alejó de mi banco y de
todo aquello.
Han pasado casi nueve años y jamás he vuelto
por allí. Un día he de hacerlo y ver qué
ha sido de mi banco, de esos chavales, del Stella Maris, la
bocana, el parque, las dársenas y todo lo demás.
Quién sabe si anoche, alguien durmió en mi
banco; encogido, atento, asustado, con el alma destrozada
y sin apenas fuerza para derramar lágrimas que nadie
habrá visto caer.
Como el mar de la ranchera, desde mi ventana el muro no se
ve. Dicen los que lo han visto, que son seis metros de metal,
coronados de la más sofisticada filigrana de cuchillas
–vulgo alambre de espino–, y que no es uno, sino tres, los
que se yerguen hacia las nubes, estableciendo una suerte de
finisterre contemporáneo que limita la razón
de los que piensan y entrecorta el camino de los miserables.
Custodiado por lo mejor de nuestras mentes y lo peor de nuestras
facultades, provisto de visión nocturna y sensores
de movimiento, distancias de seguridad, vías de servicio,
torretas de control y una turba de inurbanos que lo habita…
duplica y endurece su altivez; símbolo de permanente
división… constriñe y garantiza diferencias
que no son verdad.
Treinta mil –dicen–, acechan a nuestro gigante de metal, lo
sabemos porque les han visto. A decir verdad, yo también
he visto sus miradas perdidas. Les vi ayer, en el desayuno
y creo que otra vez durante la cena –en el parte, de refilón–,
entre los anuncios de gente y una promoción de salsa
rosa. ¡Treinta mil!
Intento imaginármelos: de noche, agazapados entre la
maleza… treinta mil personas reducidas a bestias. Bestias
asustadas por la inmensa nada y el gran quizá, que
se abre ante sus ojos… embriagados por un suelo que la brisa
parece revestir de lluvia, el zumbir de los grillos y esas
luces –tan distintas a las de Nador–, que no alumbran calles
ni plazas, sino solo acero… y blindados.
Aquí no hay banda sonora: murmullo de misa y el ir
y venir de los viejos camiones de la gendarmería. De
vez en cuando, la tos de un niño y algún que
otro llanto sordo. Se diría que nos han oído…
O no. Pongamos que no. Vale que no me oias ¿eh?
Y las luces nos lo descubren: helos ahí, sus seis metros.
El alambre que entreteje sus flancos alcanza tal nivel de
perversión, que incluso permite que las imágenes
fluyan a través de si, mostrando a unos el rostro de
los otros y a los otros… ¡ay!, los otros… no quieren
mirar.
Fragor de pasos. Alguien tiene prisa en la oscuridad, marcha
veloz hacia el desenlace, sea el que sea. Después de
todo, cada minuto no es más que sesenta segundos… y
lo que haya después… peor no puede ser.
No muy lejos, oigo el crujir de hojas en cuyo corazón
el rocío todavía no ha conseguido hacer mella
y también alguna señal estudiada… ¿o
es solo un pájaro?... no, diez o doce reaccionan a
una. No hay tiempo para pensar. El punto de no retorno se
lo habíamos establecido mucho antes de nacer.
Escaleras en ristre, se dirigen hacia el primero de los muros,
el empeño nubla la mente: el instinto somete a la razón.
Ahora es el animal quien trata de sobrevivir, por encima de
los artificios de la civilización, el fenómeno
antropológico deja paso al puramente biológico:
los ejemplares mejor capacitados acometen el primer ataque,
el objetivo es vencer la altura y neutralizar cualquier posible
resistencia. Detrás: la manada; compacta y aterrorizada,
pero sin alternativas.
La principal garantía del grupo, es el grupo. La mayoría
sabe que algunos no lo conseguirán. Se trata de una
carnicería… un auténtico proceso de selección
natural. Lucha animal entre seres humanos en pleno septiembre
de dos mil cinco.
Unos disponen de abundante material antidisturbios: pelotas
de goma en las que la proporción de hierro quintuplica
a la de caucho, botes de humo que no contienen humo, defensas
mortales, falta de instrucción y miedo. Los otros…
solo tienen miedo. Miedo y arrojo, en proporciones parecidas.
La estrategia de grupo parece ser decisiva. Uno a uno no tendrían
ninguna posibilidad. Por tanto, según parece, llegan
a intentarlo en grupos de hasta trescientas personas, que
–digo yo, son un buen número, habida cuenta de que
un grupo de treinta, ya supone una buena concurrencia–. Imaginemos
diez veces más. Y cada uno de esos grupos, no es más
que un uno por cien de los supuestos treinta mil.
¿Treinta mil personas? ¿Alguien cree que se
trata de solo treinta mil personas? ¿Hablamos de una
población similar a la de Galdakao, Vilafranca del
Penedès o Colmenar Viejo? ¡Por favor!, treinta
mil personas no generarían la alarma social a la que
estamos asistiendo –y no porque lo reducido del número
lo haga más humano; una sola muerte un número
infinito de vidas–, sino porque un somero vistazo al mapa,
nos aclara mucho las cosas: no hablamos de treinta mil, ni
siquiera de tres cientos mil, como tampoco hablamos de tres
millones de personas.
La historia llama a la puerta de Europa. Nadie puede abstraerse
a su pasado. Esto cada día se asemeja más a
una película americana de ciencia ficción, en
la que la civilización alcanza solo a una parte del
planeta, más allá de los límites de la
cual se extiende la zona oscura, llámesele Mordor,
Marte o África.
En realidad, la propia realidad es cada vez más parecida
a una película americana de ciencia ficción,
en la que los hotentotes de los bien estantes protegen su
parcela de confort frente a los mordiscos de unas bestias
que no lo son, que viven lejos, que amenazan su “libertad”
prostituida, su “democracia” iletrada y sus variables macroeconómicas.
En esta película incluso los dioses se ven reducidos
a simples pedos: los propios embriagan y los ajenos repugnan…
la teología misma se redefine al servicio de la política:
corren los tiempos del “in God we trust”, del “Dios está
con nosotros”, del “su Dios es incultura, terrorismo y antidemocracia”.
Lamentablemente, todavía hay quien se empeña
en creer que la solución a las diferencias Norte-Sur,
consiste en crear un ecuador fortificado de seis metros de
altura, venderles refrescos de cola, camisetas de los jugadores
de las empresas deportivas asentadas en nuestras ciudades
y cobrarles en concepto de royalties por las medicinas, armarles
con cargo a su deuda exterior. Todavía habrá
quien piense que en este artículo se aborda más
de un asunto… como si se tratara de hechos desconexos.
Entretanto, treinta mil personas sobreviven en tierra de nadie,
en los cinco kilómetros que rodean la línea
imaginaria que define la frontera de Marruecos con Algeria.
Personas de entre dos meses y sesenta años, sin cultura
ni medios, misteriosamente francófonos, deprimidos,
ex soldados de diecisiete años, exhaustos, derrotados
y cautivos. Personas. Que en el momento álgido de su
más honda vergüenza demostraron ser en realidad,
los seres humanos más dignos del Planeta. Absolutamente
inocentes. Víctimas supremas de nuestro bienestar,
de nuestro pasado, de nuestro dominio y nuestra avaricia.
Les hemos reducido a no poder existir. Nos sobran.
Ojalá se pudiera conjugar un “nosotros, me sobramos”.
Reflexión en memoria de Rosa Louise McCauley(1), más
conocida como Rosa Louise Parks, activista en pro de los Derechos
Humanos y luchadora por la abolición de las leyes norteamericanas
que todavía en 1955 propugnaban la segregación
racial. Rosa Parks falleció a los 92 años, el
24 de octubre de 2005.
La llamaban Rosa Parks y hacía cerca de un par de años
que –de algún modo, ya no estaba con nosotros–. Aquí
en España apenas si sabíamos de su existencia,
de su gesta y de su ejemplar lucha en pro del reconocimiento
de los derechos de la población afroamericana.
Faltaban apenas tres semanas para la navidad de 1955, en un
recóndito lugar del estado de Alabama, una mujer se
disponía a tomar el autobús de Montgomery para
regresar a casa tras una larga y penosa jornada de trabajo.
Le dolían las piernas, pero por fortuna, logró
ocupar uno de los asientos que todavía se encontraban
libres. Era un asiento como todos los demás, junto
al pasillo, en la tercera fila.
Rosa saludó una mirada cortés a su compañero
de asiento, se deshizo de su vieja chaqueta de lana –algo
humedecida por la llovizna que caía en el exterior–,
ubicó su pesada cesta bajo las piernas y esperó
pacientemente a que el resto del pasaje subiera abordo. Nada
hacía ese día especial, y sin embargo, tras
ese velo de aparente cotidianeidad se gestaba una de las jornadas
más importantes de la historia de los derechos humanos
en los Estados Unidos de América.
A falta de breves instantes para que el vehículo arrancara
hacia un barrio obrero de las afueras, cuando el que parecía
el último de los pasajeros se disponía a abonar
el importe de su trayecto, ocurrió algo que hoy día
nos parece insólito: todavía una persona más
accedió abordo, todos los asientos se encontraban ocupados,
pero ese muchacho, un joven de unos 25 años, alto y
bien parecido –que sería un estudiante o quizá
un oficinista–, consiguió acceder al autobús.
El conductor, tras atenderle, se levantó se dirigió
a Rosa y con expresión áspera, sin mediar preámbulo
ni saludo alguno, le ordenó que se levantara a fin
de que el muchacho –que era de raza blanca– no tuviera que
hacer el viaje de pie.
Entonces, Rosa se acordó de las historias que su abuelo
le habíacontado: de cuando era joven y solía
hacer frente a los desfiles del Ku Kux Klan frente a su hogar;
largas horas erguido en el pórtico, armado con un viejo
rifle, obligado a presenciar tensas y repetitivas escenas
de dolor y humillación. Resistiendo los embates a numerosos
grupos de exaltados, protegiendo su familia y sus bienes.
Solo ante la historia. Manteniendo vivo –pero latente– el
honor de quienes únicamente pretendían vivir
en paz, entre iguales.
Pero volvamos al momento que nos interesa: ese día,
Rosa miró a la cara del joven –sin odio–, le miró
a los ojos y –como si el tiempo se hubiera detenido–, echó
un también vistazo a su alrededor: exploró las
miradas inexpresivas del resto de los congregados… fueron
apenas tres segundos, poco más. Y entonces, la idea
de la libertad, cobró firmeza:
Rosa se dirigió a su interlocutor, le saludo y le anunció
que no pensaba cederle el asiento, porque éste se encontraba
libre cuando lo ocupó, ella estaba muy cansada y además
–y por encima de todo–, ella era una persona, no se trataba
de un animal doméstico, ni siquiera una mascota; se
trataba de una persona, alguien igual que él, pero
un poco mayor, una mujer trabajadora, fatigada y que había
llegado antes.
La legislación en vigor en 1955 señalaba que
las personas de piel negra debían ceder su asiento
a la población blanca; igualmente, no podían
ocupar las primeras cuatro hileras en los transportes públicos,
pese a que el importe de los billetes era el mismo para cualquier
viajero.
Rosa Parks fue detenida y juzgada, lo que provocó una
lucha judicial que se prolongó durante algunos meses,
hasta que una soleada mañana del verano de 1956, poco
antes del cuatro de julio, el Tribunal Supremo de los Estados
Unidos de América decretó la eliminación
de la norma que segregaba a negros y blancos en los autobuses
y cualquier otro transporte público norteamericano,
con efecto en todo el territorio nacional, en todos los estados.
Se trataba de la misma Corte Federal que dos años atrás,
el 17 de mayo de 1954 había dictado una declaración
de inconstitucionalidad contra la segregación racial
en la escuela pública.
Simultáneamente, el reverendo baptista Martin Luther
King(2), intensificó una inexorable campaña
de acciones de presión pacífica, destinadas
a conseguir la plena igualdad entre personas de cualquier
origen étnico, lo que le llevaría a ganar el
Premio Nobel de la Paz en 1964 y asesinado cuatro años
más tarde, en Menfis, a manos de un fanático
racista ultraconservador.
En julio de 1964, el presidente americano Lyndon Jonson prohibió
la discriminación racial. Hoy la igualdad es un hecho
consolidado, aceptado y defendido por la inmensa mayoría
de los ciudadanos, tanto norteamericanos como a escala global.
Es más, la mera idea de discriminar por razón
de raza provoca repugnancia en cualquier persona de un nivel
cultural mínimo.
Las circunstancias que Rosa Parks tuvo que afrontar deben
servir para recordarnos que los derechos jamás se conceden…
deben ser conseguidos, y que la libertad no es gratis, no
es automática, y –aunque todavía no es perfecta–,
depende de nosotros para su conservación y mejora.
La heroicidad de aquel hecho aislado, las dificultades que
Rosa Parks sufrió por su empeño en la defensa
de los Derechos Humanos, le valieron posteriormente la concesión
de la más alta condecoración de los Estados
Unidos de América: la Medalla Presidencial de la Libertad,
otorgada en 1996. Tres años después, se le concedió
la Medalla de Oro de Honor del Congreso y el reconocimiento
público como icono viviente de la libertad. Cerca de
cincuenta universidades le han concedido el doctorado Honoris
Causa.
Rosa Parks nos demuestra que no hace falta ser famoso, ni
estar en la cúspide de grandes organizaciones –muchas
veces vacías de significado o sustraídas de
sus auténticos fines a manos de personas de dudosa
honradez–, no hace falta tener una gran preparación
académica ni ser una celebridad para poder intervenir
decisivamente en pro del bien de todos.
El autor reflexiona a propósito de la creciente espiral
de hostilidad que en los últimos meses se ha embarcado
el principal partido conservador de España. Exhorta
a retomar políticas más cercanas a las preocupaciones
reales de la población y a abandonar debates estériles
sobre riesgo de fraccionamiento territorial o escenarios de
confrontación civil.
Nada tiene de especial que aún en nuestros días
exista algún que otro anciano enfermo de odio, de esos…
que sobrevivieron a la Guerra Civil(1), que no atienden a
razones, que sufrieron de cerca el dolor, o que al menos así
se lo contaron.
Nos encontramos en 2005 y la conflagración española
se remonta a 1936. Incluso los nacidos el mismo día
del Alzamiento serían hoy septuagenarios, y durante
los primeros tres años de su vida no dispondrían
aún de discernimiento político, por lo que lo
que su hipotética percepción de la guerra carece
de valor alguno. Son –a lo sumo–, espectadores privilegiados
de una más que difícil posguerra, marcada por
una represión inaudita y por el imperio de la sinrazón,
del fanatismo político-religioso, por el genocidio
ideológico entre hermanos, el miedo, la negación
cultural y una vida pública en blanco y negro. Pero
nada más. Los supervivientes de la guerra son solo
eso: supervivientes de la guerra. En su mayoría, víctimas
de los Goebels(2) locales, del embrutecimiento oficial y de
un silencio coordinado por una banda de déspotas que
detentaban el poder del Estado en base a la supremacía
de la fuerza sobre la justicia y la razón. Ensuciando
el nombre y los símbolos de una república democrática
–la española–, que juraron defender con sus vidas.
Todavía quedan ancianos enfermos de odio, eso es fácil
de comprender. Gente que perdió a sus padres, a sus
tíos, a sus abuelos. Incluso alguno que no perdió
a nadie, pero que durante años creyó que había
que seguir protegiendo unos valores –sensu stricto– frente
un enemigo que podía volver, y al que habría
que vencer de nuevo.
Les conocemos bien: bigote pequeño, aspecto rechoncho,
camisa y jersey de lana –no importa la estación–, carajillo
matutino, forofo del Madrí, homófobo, machista,
atormentado sin pretenderlo y bastante más ultraderechista
que el propio Hitler(3).
Nos los encontramos en el café, en la consulta del
médico, en el autobús, en la calle, aparecen
en televisión, en la radio… son reflejo de un modo
de sentir que hasta hace bien poco se consideraba políticamente
incorrecto.
Yo pensaba que estos ejemplares eran cosa del pasado y que
entre Kronos y Deméter pronto serían cosa del
olvido. Incluso llegaba a escuchar alguna de sus hirientes
arengas de cafetería con cierta nostalgia preventiva.
–Son pasado inminente– creía yo.
Hasta hace bien poco, nombres como Cañete, Verstringe
o Vidal-Quadras definían barones de muy alto valor
ideológico, eran nombres de “honor”, de inteligencia
privilegiada y sentimientos coincidentes con los deseados
por el Sistema, pero… su exposición pública
resultaba incómoda, eran demasiado genuinos como para
permitir que la turba les oyera. Había que filtrarles,
porque en política, en democracia, gobernar consiste
en aprobar presupuestos, pero gobernar significa también
sumar, y no dividir. Los políticos españoles
saben –o mejor dicho: sabían–, que los excesos y el
radicalismo reducen la masa crítica de voto. La mayor
parte de cualquier pueblo intelectualmente maduro no consiente,
bien estante e informado no consiente que una docena de exaltados
comprometa la continuidad de su modus vivendi.
Pero, hete aquí que de un tiempo a esta parte, el tono
del debate político está elevando su intensidad:
recuperando argumentos prebélicos, entremezclando ruido
de sables con amenazas agoreras sobre la destrucción
de la Patria, el triunfo de los separatistas, el advenimiento
de los rojos, la proliferación de la gente de fuera,
legislando contra los vagos y maleantes, descalificando la
igualdad de los homosexuales, deslegitimando la lucha del
proletariado, decaplicando el coste de la vivienda, capitalizando
el descontento de las capas más desfavorecidas, abogando
por el recrudecimiento de ancestrales odios interregionales.
Leyendo periódicos como LA RAZÓN(4), ABC(5)
o determinadas columnas de EL MUNDO(6), oyendo emisoras como
la COPE(7), viendo emisiones como las de ANTENA TRES TELEVISIÓN(8),
o TELEMADRID(9), se diría que estamos cerca de repetir
lo peor de nuestra historia.
A la vista de todo esto, se diría que el estereotipo
del fascista de barrio, no solo no tiende a la extinción
por causas naturales, sino que está de permanente actualidad
y además, ha logrado escalar a lo más alto de
la escena pública, como articulista y tertuliano en
todo tipo de medios de comunicación, empresa e incluso
ha llegado a introducirse en el organigrama del segundo partido
más votado de un país “occidental” como pretende
ser la España del S. XXI.
Personajes como Acebes, Zaplana o García-Escudero,
campan a sus anchas amenazando a quien quiera escucharles
con horizontes terribles de muerte y destrucción que
solo están en sus incomprensibles mentes. Nos alertan
sobre el fin de España; sobre el triunfo de los terroristas;
sobre la supuesta connivencia del Gobierno socialista con
los separatistas; sobre el peligro que suponen los inmigrantes
que “solo vienen a robar, matar y quitarnos el trabajo”; sobre
pactos indemostrables entre asesinos y poderes públicos…
Para nosotros no suponen ningún riesgo. A quienes tenemos
la fortuna y el criterio de escribir o leer artículos
como el presente, no pueden hacernos nada. Tenemos el sentido
de la justicia blindado. Solo hace falta ver sus apellidos,
ver sus patrimonios… es tan sencillo como preguntarles qué
era y para qué servía la División Azul(10),
o por qué se niegan a votar resoluciones institucionales
de condena al anterior régimen, por qué les
molesta que retiremos estatuas de Franco… solo hay que preguntarles
quién nombró al Rey(11) –y por qué–.
Solo hace falta preguntarles acerca de los inconvenientes
que le ven a que un matrimonio formalice su conclusión…
o qué tienen en contra de que las mujeres trabajen
fuera del hogar, o que decidan sobre su cuerpo… qué
piensan de que mi esposo y yo adoptemos una criatura… qué
opinan de utilizar los sentimientos de las víctimas
del terrorismo para fines electorales… son los de siempre.
Lo que ahora más preocupación causa en cierta
parte de los intelectuales es esta especie de nueva cruzada
en la que la derecha española se ha metido. ¿Es
acaso la vieja estrategia de gritar más para ocultar
las palabras de la razón? ¿Es un intento de
crear escenarios de tal intensidad que oculten el genocidio
en el que participó la Administración Aznar(12)?
¿Estamos ante una nueva CEDA(13)? ¿Qué
es lo siguiente? ¿Crear un clima de engaño masivo
como el de 1934-1936?
Algo está ocurriendo en la clase política española,
si permitimos que se retomen los viejos miedos del pasado
para asustar al electorado y condicionar su voto, todos tendremos
un problema.
Es un grave error y una imperdonable falta de responsabilidad
introducir en el discurso político, argumentos prebélicos
a sabiendas. Y por supuesto, es un error permitirlo en las
urnas.
España debe reconducir la escena política hacia
los problemas que realmente afectan a sus ciudadanos. Debatir
sobre el acceso a la educación pública, sobre
el coste de la vivienda, sobre la estabilidad laboral, sobre
la igualdad de derechos para mujeres y todo tipo de personas
que sufran cualquier tipo de discriminación.
Debemos concentrar nuestros esfuerzos en la investigación
científica, en la cooperación internacional,
en la reducción de la deuda externa, en controlar el
gasto público, en procurar una ordenación urbanística
útil para el pueblo, en promover la industria y el
comercio locales, en atender al turismo, en dotar de medios
la Justicia, en integrar a los llegados de fuera… Y dejarnos
de debates estériles, que a nada llevan, que a nadie
interesan y solo sirven para producir miedo, vender periódicos,
azuzar la turba, avivar odios irracionales, reducirnos frente
a la globalización, traficar con los sentimientos de
fanáticos e incultos provincianos, ahondar diferencias
socioeconómicas y perpetuar en sus cargos a una clase
política alejada de la realidad que dice representar.
Pretender nuestra preocupación por la independencia
de Cataluña –una comunidad autónoma sin ejército
ni esperanzas de reconocimiento exterior alguno–, es algo
tan estúpido e irreal, que no puede provenir de alguien
medianamente inteligente, a no ser que obedezca a intenciones
más allá de lo evidente.
Asistimos a una prensarosización de la política.
En efecto, como en el mundo del papel couché, donde
los lectores de hoy –ávidos de mentiras nuevas–, ya
no se conforman con ver las casas de la nobleza de los años
setenta, que aparecían fotografiadas en la revista
¡HOLA!(14); como en el mundo de la prensa del corazón,
donde al final, se ha impuesto el imperio de los paparazzis
y la generalización de la información-basura;
de igual modo, parece que la clase política se ha hartado
de señalar la corrupción ajena y ocultar la
propia –tema estrella en los años noventa–, hemos pasado
a mayores… los votos fabricados por Matas ya no son suficientes…
el más difícil todavía nos ha llevado
a esto: amenazar con una segunda Guerra Civil.
Apelamos a la responsabilidad, al sentido de Estado. Necesitamos
políticos serios, que no caigan en la demagogia, que
se abstengan del populismo, de soltar frases pensando solo
en quienes no aprobaron los estudios básicos. Necesitamos
políticos de verdad, que tengan políticas de
verdad, que resuelvan asuntos reales.
¿Yo mismo exagero el tono? Nadie podía pensar
en 1992, que a la sede de los juegos olímpicos de invierno
–una emergente ciudad europea y cosmopolita–, se el avecinaba
una década de guerra de espaldas a la civilización.
No se puede hacer política con amenazas. No se puede
hacer apología del odio. No se puede gobernar para
unos pocos. No se puede vivir anclado en el pasado, y menos
en un pasado tan horrible como el nuestro.
Cierto es que Franco nombró un sucesor que todavía
es el Jefe del Estado. También es cierto que tenía
un “Movimiento”, cuyo presidente –Adolfo Suárez González(15)–,
lo fue también de la democracia. Es cierto que Franco
tenía un “gobierno”, cuyo Ministro de la Gobernación
–Manuel Fraga Iribarne(16)–, fundó un partido (Alianza
Popular(17)) que luego se refundó en el Partido Popular.
Es cierto. Pero todo eso pasó. Franco ha muerto y España
ya está casi curada. El partido de los de Franco debería
comprender eso. Si no lo entienden, el electorado acabará
por hacérselo saber.
España no tiene memoria, porque algunos se han encargado
de borrarla.
España es hoy un suculento caldo de cultivo para que
aparezca un nuevo partido, de corte conservador moderado;
sí: un partido de derechas, que favorezca al empresariado
y a las clases acomodadas, pero exento de vínculos
con lo que en Alemania se llamaría “un pasado nazi”.
Si en España se fundara ahora un partido que no tuviera
manchas franquistas en su seno, un partido que no propugnara
el odio entre regiones, un partido que no se aprovechara de
las fobias de los nacionalistas, un partido que –aún
siendo de derechas–, no persistiera en menospreciar a la mujer,
un partido que no tuviera reparos en reconocer la igualdad
de derechos a parejas homosexuales, un partido no basado en
el pasado sino en el futuro… si ese partido se fundara, el
Partido Popular tendría un serio problema.
Esto no es política ficción, todos recordamos
nombres como Pimentel y otros más, que se bajaron a
tiempo del tren del odio gratuito. Nombres limpios. Que todavía
pueden dar mucho juego.
El Partido Popular sigue en juego –pese a su pasado–, un poco
porque en este país es muy normal que los hijos profesen
el credo de sus padres, sean del equipo de fútbol del
que es toda la familia y voten al partido de sus mayores.
No olvidemos que durante cuatro décadas, “comunista”
era un insulto; que todavía hoy haber nacido en esa
o aquella comunidad autónoma despierta recelos y que
hubo un tiempo, no muy lejano, en el que ser rico era motivo
de honor, por el mero hecho de tener dinero. Aquello del “si
es pobre, seguramente es maleante”.
Pero el rédito político –la inercia electoral–,
no dura siempre.
Responsabilidad. Moderación. Realismo. Seriedad
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artículos de Jaume d'Urgell...
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