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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS BREVES

Por Jaume d'Urgell

www.durgell.com
jaume@durgell.com


 

EL BANCO

Sí, lo sé… lo había omitido… ¿sabes…? algo en mi se niega a olvidarlo… intento apartar su imagen de mi mente, pero ésta regresa una y otra vez para recordarme que siempre estará ahí… conmigo.

Uno va haciendo vida, como dejando que todo pase… como si aquello jamás hubiera tenido lugar. Y entonces… cuando cree haberlo olvidado… ahí está: el banco.

Ese día —cuando lo encontré—, estaba allí: inmutable, firme y estoico —como surgido de la nada—, uno, como cualquier otro —de esos… con barras de madera—, curtido entre la brisa y el salitre, parador de gaviotas y de algún que otro anciano pescador.

Alrededor: las vías, el Stella Maris, el caserón de los prácticos y salvamento, el batzoki, una pequeña ermita, varios bloques de pisos, la cofradía, el parque —con un altillo para los músicos—, un kiosco cerrado y no muy lejos… el viejo faro.

Me esperaba —me había esperado siempre—, en mitad el aquel extraño parquecito… como construido para mi.

Aquel, fue el banco en el que dormí la primera vez que dormí en un banco.

Ese día supe que no tenía casa, ni mucho menos familia, ni letras, ni pasado, ni música, ni amigos de verdad.

“A menudo tomamos decisiones cuyo alcance no llegamos a comprender hasta que ya es demasiado tarde”. Terribles palabras… que no se acaban de ir de mi cabeza… palabras que vuelven con fuerza —como la imagen del banco—, justo cuando más daño pueden hacer. Terribles… y ciertas… teñidas de aparente lejanía cuando aún creemos que mamá vendrá otra vez.

Aquella noche, la del tres al cuatro de septiembre de mil novecientos noventa y cinco fui —por primera vez en casi veintidós años—, consciente de lo solo que estaba. Presa de ese vértigo extraño que acecha cuando te sabes solo frente a la vida, cuando te enteras de que la muerte se ha llevado al último de los tuyos; con dinero para bocadillos hasta el jueves… un nombre que no era mío… una sola muda y el alma hecha pedazos.

Lo tenía ahí, frente a mis ojos: insolente como un espejo, firme como una piedra, frío como la muerte.

Hasta en cuatro ocasiones traté de darle esquinazo… pensé quedarme junto a la barandilla, a escuchar el tímido chapoteo del vaivén de las olas, que mueren en la oscuridad, entre las pilastras que sostienen la parte vieja del muelle… quedarme a mirar, sentir el mar de noche; des-esconder lomos de ajenos pececillos que aletean entre los botes antes de volver a la nada que los creó.

Por tratar… traté incluso de matar el tiempo entreteniéndome con unos chicarrones de casi mi edad, que por algún motivo cambiaron de tema al acercarme. Se les veía serenos, vecinos del barrio y en su mirada… ese ávido resplandor que únicamente tienen quienes están dispuestos a cambiar el mundo. Maravilloso —pensé—, y sin embargo… tan errados respecto al cómo.

Luego vendría el viejo faro —que ya no proyectaba sino sombras a merced de las cuales se fundían los cuerpos desdibujados de marinos de ultramar—. Sórdido y extraño, breve pero intenso —si bien no exento de cierto riesgo—.

Mi equipaje. Todo cuanto tenía estaba en un fardo abyecto por cuyo cuidado apenas pude dormir… ¿dormir…? morir… no más.

Abrir los ojos antes de las tres se puede sobrellevar… a decir verdad: duele mucho más recordar quién eres y dónde estás, que lo que cuesta volver a perder la consciencia. Hacerlo al alba es muy distinto: lo primero que sorprende es lo frío que puede llegar a ser el despertar de un nuevo día. Frío… se diría que por él abrí los ojos.

El banco, parecía ahora pesar más en los huesos que en el alma. Me daba la vuelta cada diez minutos o quizá un cuarto de hora… y lo que al principio solo era un doloroso hormigueo, no era ahora sino el gélido suspirar de la noche junto al mar… desnudez inocultable. En otra cosa… intentaba pensar en otra cosa.

Mientras —o quizá por eso—, la voz que jamás calla hizo presa de mi razón: “…el banco, te lo tienes merecido… no te gires aún… ya lo sabías… evita el peligro… no destaques… gírate… ¡atento! …ya te lo dije… ¡te miran!”.

Cerré los ojos y confié en que un anticipo de la muerte se lo llevara todo: despertar hacia las ocho, esperar un poco más y contemplar el amanecer junto a un cristal, con los primeros rayos de sol… tomar un buen tazón de chocolate y una ración de churros… en paz. —Apenas un pequeño despilfarro… uno más—.

Lo cierto es que no estaba solo… esa noche fuimos al menos dos quienes compartimos nuestros sollozos ahogados en vino, alejados de lo cercano, indiferentes incluso a nosotros mismos… aunque quizá solo fue una noche más…

Le vi dormitar en otro banco —su banco—, bajo el pórtico de la vieja ermita, a resguardo de la brisa —pero no de los extraños—.

Me llamó la atención una luz amarillenta que asomaba por el ventanuco de una casa que debía ser la del párroco… vendría a dar casi a dos metros justo encima del oscuro bulto que formaba aquel pobre desgraciado. Le di algunas vueltas en la cabeza… “tanto esa bombilla como todo cuanto alumbraba se paga con el dinero para los pobres… y eso hoy debería incluirme a mi… ¡qué cosas!”.

Mi retina me traía las imágenes del domingo… recordaba con asombro aquella extraña taberna que hacía las veces de economato y sala de culto, y cuyo acceso sólo pude franquear mostrando mi libreta de inscripción marítima; recordaba mi reciente paseo por la vasta ciudad desconocida; el incómodo viaje en tren; palabras de gente que conocía; lugares que sentía como propios y que ahora se me antojaban perdidos para siempre… pensaba en qué haría cuando se me agotara el dinero… en comerme el orgullo y suplicar amparo a… ¿a quién?

Las cosas en las que uno pude llegar a pensar… qué te ha llevado a donde estás… que bien que están los demás… me comería entera una de esas cajas de galletas que nunca habría imaginado que algún día querría comer… y una ducha ¡Dios mío, una ducha, por favor!… una cama… y un poco de silencio.

A estas horas, los chicarrones idealistas de seguirían dormidos en las camas que sus madres prepararon la mañana anterior. A escasos metros, alguien tenía más suerte que yo.

Y esas tonterías justas que farfullan en mi mente… que si por qué el Rey lo es… que si el párroco no trabaja. Pensaba… que tanto el señor que dormía en la otra esquina como yo mismo, un día fuimos bebés… como el Rey, y como el párroco, como los chicarrones de anoche, y como todos los demás. Entonces… entonces sí teníamos familia… nos hacían carantoñas, importábamos a alguien… ¿dónde estará hoy toda esa gente?

Por fin de mañana, me acerqué a ver a mi compañero: era ya muy mayor —incluso pudo haber sido mi padre, el de verdad—. Tenía una botella junto a él y su rostro reflejaba una mirada a los infiernos. Me estremecí ante la posibilidad de sufrir como él hasta su edad.

Tras eso, busqué una cafetería en la que poder tomar mi ansiado chocolate con churros. Escudriñé un periódico y encontré una salida que —aunque algunos habrían tachado de fácil—, me sacó de la calle, de mi parque, me alejó de mi banco y de todo aquello.

Han pasado casi nueve años y jamás he vuelto por allí. Un día he de hacerlo y ver qué ha sido de mi banco, de esos chavales, del Stella Maris, la bocana, el parque, las dársenas y todo lo demás.

Quién sabe si anoche, alguien durmió en mi banco; encogido, atento, asustado, con el alma destrozada y sin apenas fuerza para derramar lágrimas que nadie habrá visto caer.

SEIS METROS

Como el mar de la ranchera, desde mi ventana el muro no se ve. Dicen los que lo han visto, que son seis metros de metal, coronados de la más sofisticada filigrana de cuchillas –vulgo alambre de espino–, y que no es uno, sino tres, los que se yerguen hacia las nubes, estableciendo una suerte de finisterre contemporáneo que limita la razón de los que piensan y entrecorta el camino de los miserables.

Custodiado por lo mejor de nuestras mentes y lo peor de nuestras facultades, provisto de visión nocturna y sensores de movimiento, distancias de seguridad, vías de servicio, torretas de control y una turba de inurbanos que lo habita… duplica y endurece su altivez; símbolo de permanente división… constriñe y garantiza diferencias que no son verdad.

Treinta mil –dicen–, acechan a nuestro gigante de metal, lo sabemos porque les han visto. A decir verdad, yo también he visto sus miradas perdidas. Les vi ayer, en el desayuno y creo que otra vez durante la cena –en el parte, de refilón–, entre los anuncios de gente y una promoción de salsa rosa. ¡Treinta mil!

Intento imaginármelos: de noche, agazapados entre la maleza… treinta mil personas reducidas a bestias. Bestias asustadas por la inmensa nada y el gran quizá, que se abre ante sus ojos… embriagados por un suelo que la brisa parece revestir de lluvia, el zumbir de los grillos y esas luces –tan distintas a las de Nador–, que no alumbran calles ni plazas, sino solo acero… y blindados.

Aquí no hay banda sonora: murmullo de misa y el ir y venir de los viejos camiones de la gendarmería. De vez en cuando, la tos de un niño y algún que otro llanto sordo. Se diría que nos han oído… O no. Pongamos que no. Vale que no me oias ¿eh?

Y las luces nos lo descubren: helos ahí, sus seis metros. El alambre que entreteje sus flancos alcanza tal nivel de perversión, que incluso permite que las imágenes fluyan a través de si, mostrando a unos el rostro de los otros y a los otros… ¡ay!, los otros… no quieren mirar.

Fragor de pasos. Alguien tiene prisa en la oscuridad, marcha veloz hacia el desenlace, sea el que sea. Después de todo, cada minuto no es más que sesenta segundos… y lo que haya después… peor no puede ser.

No muy lejos, oigo el crujir de hojas en cuyo corazón el rocío todavía no ha conseguido hacer mella y también alguna señal estudiada… ¿o es solo un pájaro?... no, diez o doce reaccionan a una. No hay tiempo para pensar. El punto de no retorno se lo habíamos establecido mucho antes de nacer.

Escaleras en ristre, se dirigen hacia el primero de los muros, el empeño nubla la mente: el instinto somete a la razón. Ahora es el animal quien trata de sobrevivir, por encima de los artificios de la civilización, el fenómeno antropológico deja paso al puramente biológico: los ejemplares mejor capacitados acometen el primer ataque, el objetivo es vencer la altura y neutralizar cualquier posible resistencia. Detrás: la manada; compacta y aterrorizada, pero sin alternativas.

La principal garantía del grupo, es el grupo. La mayoría sabe que algunos no lo conseguirán. Se trata de una carnicería… un auténtico proceso de selección natural. Lucha animal entre seres humanos en pleno septiembre de dos mil cinco.

Unos disponen de abundante material antidisturbios: pelotas de goma en las que la proporción de hierro quintuplica a la de caucho, botes de humo que no contienen humo, defensas mortales, falta de instrucción y miedo. Los otros… solo tienen miedo. Miedo y arrojo, en proporciones parecidas.

La estrategia de grupo parece ser decisiva. Uno a uno no tendrían ninguna posibilidad. Por tanto, según parece, llegan a intentarlo en grupos de hasta trescientas personas, que –digo yo, son un buen número, habida cuenta de que un grupo de treinta, ya supone una buena concurrencia–. Imaginemos diez veces más. Y cada uno de esos grupos, no es más que un uno por cien de los supuestos treinta mil.

¿Treinta mil personas? ¿Alguien cree que se trata de solo treinta mil personas? ¿Hablamos de una población similar a la de Galdakao, Vilafranca del Penedès o Colmenar Viejo? ¡Por favor!, treinta mil personas no generarían la alarma social a la que estamos asistiendo –y no porque lo reducido del número lo haga más humano; una sola muerte un número infinito de vidas–, sino porque un somero vistazo al mapa, nos aclara mucho las cosas: no hablamos de treinta mil, ni siquiera de tres cientos mil, como tampoco hablamos de tres millones de personas.

La historia llama a la puerta de Europa. Nadie puede abstraerse a su pasado. Esto cada día se asemeja más a una película americana de ciencia ficción, en la que la civilización alcanza solo a una parte del planeta, más allá de los límites de la cual se extiende la zona oscura, llámesele Mordor, Marte o África.

En realidad, la propia realidad es cada vez más parecida a una película americana de ciencia ficción, en la que los hotentotes de los bien estantes protegen su parcela de confort frente a los mordiscos de unas bestias que no lo son, que viven lejos, que amenazan su “libertad” prostituida, su “democracia” iletrada y sus variables macroeconómicas. En esta película incluso los dioses se ven reducidos a simples pedos: los propios embriagan y los ajenos repugnan… la teología misma se redefine al servicio de la política: corren los tiempos del “in God we trust”, del “Dios está con nosotros”, del “su Dios es incultura, terrorismo y antidemocracia”.

Lamentablemente, todavía hay quien se empeña en creer que la solución a las diferencias Norte-Sur, consiste en crear un ecuador fortificado de seis metros de altura, venderles refrescos de cola, camisetas de los jugadores de las empresas deportivas asentadas en nuestras ciudades y cobrarles en concepto de royalties por las medicinas, armarles con cargo a su deuda exterior. Todavía habrá quien piense que en este artículo se aborda más de un asunto… como si se tratara de hechos desconexos.

Entretanto, treinta mil personas sobreviven en tierra de nadie, en los cinco kilómetros que rodean la línea imaginaria que define la frontera de Marruecos con Algeria.

Personas de entre dos meses y sesenta años, sin cultura ni medios, misteriosamente francófonos, deprimidos, ex soldados de diecisiete años, exhaustos, derrotados y cautivos. Personas. Que en el momento álgido de su más honda vergüenza demostraron ser en realidad, los seres humanos más dignos del Planeta. Absolutamente inocentes. Víctimas supremas de nuestro bienestar, de nuestro pasado, de nuestro dominio y nuestra avaricia. Les hemos reducido a no poder existir. Nos sobran.

Ojalá se pudiera conjugar un “nosotros, me sobramos”.

ROSA PARKS

Reflexión en memoria de Rosa Louise McCauley(1), más conocida como Rosa Louise Parks, activista en pro de los Derechos Humanos y luchadora por la abolición de las leyes norteamericanas que todavía en 1955 propugnaban la segregación racial. Rosa Parks falleció a los 92 años, el 24 de octubre de 2005.

La llamaban Rosa Parks y hacía cerca de un par de años que –de algún modo, ya no estaba con nosotros–. Aquí en España apenas si sabíamos de su existencia, de su gesta y de su ejemplar lucha en pro del reconocimiento de los derechos de la población afroamericana.

Faltaban apenas tres semanas para la navidad de 1955, en un recóndito lugar del estado de Alabama, una mujer se disponía a tomar el autobús de Montgomery para regresar a casa tras una larga y penosa jornada de trabajo. Le dolían las piernas, pero por fortuna, logró ocupar uno de los asientos que todavía se encontraban libres. Era un asiento como todos los demás, junto al pasillo, en la tercera fila.

Rosa saludó una mirada cortés a su compañero de asiento, se deshizo de su vieja chaqueta de lana –algo humedecida por la llovizna que caía en el exterior–, ubicó su pesada cesta bajo las piernas y esperó pacientemente a que el resto del pasaje subiera abordo. Nada hacía ese día especial, y sin embargo, tras ese velo de aparente cotidianeidad se gestaba una de las jornadas más importantes de la historia de los derechos humanos en los Estados Unidos de América.

A falta de breves instantes para que el vehículo arrancara hacia un barrio obrero de las afueras, cuando el que parecía el último de los pasajeros se disponía a abonar el importe de su trayecto, ocurrió algo que hoy día nos parece insólito: todavía una persona más accedió abordo, todos los asientos se encontraban ocupados, pero ese muchacho, un joven de unos 25 años, alto y bien parecido –que sería un estudiante o quizá un oficinista–, consiguió acceder al autobús. El conductor, tras atenderle, se levantó se dirigió a Rosa y con expresión áspera, sin mediar preámbulo ni saludo alguno, le ordenó que se levantara a fin de que el muchacho –que era de raza blanca– no tuviera que hacer el viaje de pie.

Entonces, Rosa se acordó de las historias que su abuelo le habíacontado: de cuando era joven y solía hacer frente a los desfiles del Ku Kux Klan frente a su hogar; largas horas erguido en el pórtico, armado con un viejo rifle, obligado a presenciar tensas y repetitivas escenas de dolor y humillación. Resistiendo los embates a numerosos grupos de exaltados, protegiendo su familia y sus bienes. Solo ante la historia. Manteniendo vivo –pero latente– el honor de quienes únicamente pretendían vivir en paz, entre iguales.

Pero volvamos al momento que nos interesa: ese día, Rosa miró a la cara del joven –sin odio–, le miró a los ojos y –como si el tiempo se hubiera detenido–, echó un también vistazo a su alrededor: exploró las miradas inexpresivas del resto de los congregados… fueron apenas tres segundos, poco más. Y entonces, la idea de la libertad, cobró firmeza:

Rosa se dirigió a su interlocutor, le saludo y le anunció que no pensaba cederle el asiento, porque éste se encontraba libre cuando lo ocupó, ella estaba muy cansada y además –y por encima de todo–, ella era una persona, no se trataba de un animal doméstico, ni siquiera una mascota; se trataba de una persona, alguien igual que él, pero un poco mayor, una mujer trabajadora, fatigada y que había llegado antes.

La legislación en vigor en 1955 señalaba que las personas de piel negra debían ceder su asiento a la población blanca; igualmente, no podían ocupar las primeras cuatro hileras en los transportes públicos, pese a que el importe de los billetes era el mismo para cualquier viajero.

Rosa Parks fue detenida y juzgada, lo que provocó una lucha judicial que se prolongó durante algunos meses, hasta que una soleada mañana del verano de 1956, poco antes del cuatro de julio, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América decretó la eliminación de la norma que segregaba a negros y blancos en los autobuses y cualquier otro transporte público norteamericano, con efecto en todo el territorio nacional, en todos los estados. Se trataba de la misma Corte Federal que dos años atrás, el 17 de mayo de 1954 había dictado una declaración de inconstitucionalidad contra la segregación racial en la escuela pública.

Simultáneamente, el reverendo baptista Martin Luther King(2), intensificó una inexorable campaña de acciones de presión pacífica, destinadas a conseguir la plena igualdad entre personas de cualquier origen étnico, lo que le llevaría a ganar el Premio Nobel de la Paz en 1964 y asesinado cuatro años más tarde, en Menfis, a manos de un fanático racista ultraconservador.

En julio de 1964, el presidente americano Lyndon Jonson prohibió la discriminación racial. Hoy la igualdad es un hecho consolidado, aceptado y defendido por la inmensa mayoría de los ciudadanos, tanto norteamericanos como a escala global. Es más, la mera idea de discriminar por razón de raza provoca repugnancia en cualquier persona de un nivel cultural mínimo.

Las circunstancias que Rosa Parks tuvo que afrontar deben servir para recordarnos que los derechos jamás se conceden… deben ser conseguidos, y que la libertad no es gratis, no es automática, y –aunque todavía no es perfecta–, depende de nosotros para su conservación y mejora.

La heroicidad de aquel hecho aislado, las dificultades que Rosa Parks sufrió por su empeño en la defensa de los Derechos Humanos, le valieron posteriormente la concesión de la más alta condecoración de los Estados Unidos de América: la Medalla Presidencial de la Libertad, otorgada en 1996. Tres años después, se le concedió la Medalla de Oro de Honor del Congreso y el reconocimiento público como icono viviente de la libertad. Cerca de cincuenta universidades le han concedido el doctorado Honoris Causa.

Rosa Parks nos demuestra que no hace falta ser famoso, ni estar en la cúspide de grandes organizaciones –muchas veces vacías de significado o sustraídas de sus auténticos fines a manos de personas de dudosa honradez–, no hace falta tener una gran preparación académica ni ser una celebridad para poder intervenir decisivamente en pro del bien de todos.

LOS HEREDEROS DE FRANCO

El autor reflexiona a propósito de la creciente espiral de hostilidad que en los últimos meses se ha embarcado el principal partido conservador de España. Exhorta a retomar políticas más cercanas a las preocupaciones reales de la población y a abandonar debates estériles sobre riesgo de fraccionamiento territorial o escenarios de confrontación civil.

Nada tiene de especial que aún en nuestros días exista algún que otro anciano enfermo de odio, de esos… que sobrevivieron a la Guerra Civil(1), que no atienden a razones, que sufrieron de cerca el dolor, o que al menos así se lo contaron.

Nos encontramos en 2005 y la conflagración española se remonta a 1936. Incluso los nacidos el mismo día del Alzamiento serían hoy septuagenarios, y durante los primeros tres años de su vida no dispondrían aún de discernimiento político, por lo que lo que su hipotética percepción de la guerra carece de valor alguno. Son –a lo sumo–, espectadores privilegiados de una más que difícil posguerra, marcada por una represión inaudita y por el imperio de la sinrazón, del fanatismo político-religioso, por el genocidio ideológico entre hermanos, el miedo, la negación cultural y una vida pública en blanco y negro. Pero nada más. Los supervivientes de la guerra son solo eso: supervivientes de la guerra. En su mayoría, víctimas de los Goebels(2) locales, del embrutecimiento oficial y de un silencio coordinado por una banda de déspotas que detentaban el poder del Estado en base a la supremacía de la fuerza sobre la justicia y la razón. Ensuciando el nombre y los símbolos de una república democrática –la española–, que juraron defender con sus vidas.

Todavía quedan ancianos enfermos de odio, eso es fácil de comprender. Gente que perdió a sus padres, a sus tíos, a sus abuelos. Incluso alguno que no perdió a nadie, pero que durante años creyó que había que seguir protegiendo unos valores –sensu stricto– frente un enemigo que podía volver, y al que habría que vencer de nuevo.

Les conocemos bien: bigote pequeño, aspecto rechoncho, camisa y jersey de lana –no importa la estación–, carajillo matutino, forofo del Madrí, homófobo, machista, atormentado sin pretenderlo y bastante más ultraderechista que el propio Hitler(3).

Nos los encontramos en el café, en la consulta del médico, en el autobús, en la calle, aparecen en televisión, en la radio… son reflejo de un modo de sentir que hasta hace bien poco se consideraba políticamente incorrecto.

Yo pensaba que estos ejemplares eran cosa del pasado y que entre Kronos y Deméter pronto serían cosa del olvido. Incluso llegaba a escuchar alguna de sus hirientes arengas de cafetería con cierta nostalgia preventiva. –Son pasado inminente– creía yo.

Hasta hace bien poco, nombres como Cañete, Verstringe o Vidal-Quadras definían barones de muy alto valor ideológico, eran nombres de “honor”, de inteligencia privilegiada y sentimientos coincidentes con los deseados por el Sistema, pero… su exposición pública resultaba incómoda, eran demasiado genuinos como para permitir que la turba les oyera. Había que filtrarles, porque en política, en democracia, gobernar consiste en aprobar presupuestos, pero gobernar significa también sumar, y no dividir. Los políticos españoles saben –o mejor dicho: sabían–, que los excesos y el radicalismo reducen la masa crítica de voto. La mayor parte de cualquier pueblo intelectualmente maduro no consiente, bien estante e informado no consiente que una docena de exaltados comprometa la continuidad de su modus vivendi.

Pero, hete aquí que de un tiempo a esta parte, el tono del debate político está elevando su intensidad: recuperando argumentos prebélicos, entremezclando ruido de sables con amenazas agoreras sobre la destrucción de la Patria, el triunfo de los separatistas, el advenimiento de los rojos, la proliferación de la gente de fuera, legislando contra los vagos y maleantes, descalificando la igualdad de los homosexuales, deslegitimando la lucha del proletariado, decaplicando el coste de la vivienda, capitalizando el descontento de las capas más desfavorecidas, abogando por el recrudecimiento de ancestrales odios interregionales.

Leyendo periódicos como LA RAZÓN(4), ABC(5) o determinadas columnas de EL MUNDO(6), oyendo emisoras como la COPE(7), viendo emisiones como las de ANTENA TRES TELEVISIÓN(8), o TELEMADRID(9), se diría que estamos cerca de repetir lo peor de nuestra historia.

A la vista de todo esto, se diría que el estereotipo del fascista de barrio, no solo no tiende a la extinción por causas naturales, sino que está de permanente actualidad y además, ha logrado escalar a lo más alto de la escena pública, como articulista y tertuliano en todo tipo de medios de comunicación, empresa e incluso ha llegado a introducirse en el organigrama del segundo partido más votado de un país “occidental” como pretende ser la España del S. XXI.

Personajes como Acebes, Zaplana o García-Escudero, campan a sus anchas amenazando a quien quiera escucharles con horizontes terribles de muerte y destrucción que solo están en sus incomprensibles mentes. Nos alertan sobre el fin de España; sobre el triunfo de los terroristas; sobre la supuesta connivencia del Gobierno socialista con los separatistas; sobre el peligro que suponen los inmigrantes que “solo vienen a robar, matar y quitarnos el trabajo”; sobre pactos indemostrables entre asesinos y poderes públicos…

Para nosotros no suponen ningún riesgo. A quienes tenemos la fortuna y el criterio de escribir o leer artículos como el presente, no pueden hacernos nada. Tenemos el sentido de la justicia blindado. Solo hace falta ver sus apellidos, ver sus patrimonios… es tan sencillo como preguntarles qué era y para qué servía la División Azul(10), o por qué se niegan a votar resoluciones institucionales de condena al anterior régimen, por qué les molesta que retiremos estatuas de Franco… solo hay que preguntarles quién nombró al Rey(11) –y por qué–. Solo hace falta preguntarles acerca de los inconvenientes que le ven a que un matrimonio formalice su conclusión… o qué tienen en contra de que las mujeres trabajen fuera del hogar, o que decidan sobre su cuerpo… qué piensan de que mi esposo y yo adoptemos una criatura… qué opinan de utilizar los sentimientos de las víctimas del terrorismo para fines electorales… son los de siempre.

Lo que ahora más preocupación causa en cierta parte de los intelectuales es esta especie de nueva cruzada en la que la derecha española se ha metido. ¿Es acaso la vieja estrategia de gritar más para ocultar las palabras de la razón? ¿Es un intento de crear escenarios de tal intensidad que oculten el genocidio en el que participó la Administración Aznar(12)? ¿Estamos ante una nueva CEDA(13)? ¿Qué es lo siguiente? ¿Crear un clima de engaño masivo como el de 1934-1936?

Algo está ocurriendo en la clase política española, si permitimos que se retomen los viejos miedos del pasado para asustar al electorado y condicionar su voto, todos tendremos un problema.

Es un grave error y una imperdonable falta de responsabilidad introducir en el discurso político, argumentos prebélicos a sabiendas. Y por supuesto, es un error permitirlo en las urnas.

España debe reconducir la escena política hacia los problemas que realmente afectan a sus ciudadanos. Debatir sobre el acceso a la educación pública, sobre el coste de la vivienda, sobre la estabilidad laboral, sobre la igualdad de derechos para mujeres y todo tipo de personas que sufran cualquier tipo de discriminación.

Debemos concentrar nuestros esfuerzos en la investigación científica, en la cooperación internacional, en la reducción de la deuda externa, en controlar el gasto público, en procurar una ordenación urbanística útil para el pueblo, en promover la industria y el comercio locales, en atender al turismo, en dotar de medios la Justicia, en integrar a los llegados de fuera… Y dejarnos de debates estériles, que a nada llevan, que a nadie interesan y solo sirven para producir miedo, vender periódicos, azuzar la turba, avivar odios irracionales, reducirnos frente a la globalización, traficar con los sentimientos de fanáticos e incultos provincianos, ahondar diferencias socioeconómicas y perpetuar en sus cargos a una clase política alejada de la realidad que dice representar.

Pretender nuestra preocupación por la independencia de Cataluña –una comunidad autónoma sin ejército ni esperanzas de reconocimiento exterior alguno–, es algo tan estúpido e irreal, que no puede provenir de alguien medianamente inteligente, a no ser que obedezca a intenciones más allá de lo evidente.

Asistimos a una prensarosización de la política. En efecto, como en el mundo del papel couché, donde los lectores de hoy –ávidos de mentiras nuevas–, ya no se conforman con ver las casas de la nobleza de los años setenta, que aparecían fotografiadas en la revista ¡HOLA!(14); como en el mundo de la prensa del corazón, donde al final, se ha impuesto el imperio de los paparazzis y la generalización de la información-basura; de igual modo, parece que la clase política se ha hartado de señalar la corrupción ajena y ocultar la propia –tema estrella en los años noventa–, hemos pasado a mayores… los votos fabricados por Matas ya no son suficientes… el más difícil todavía nos ha llevado a esto: amenazar con una segunda Guerra Civil.

Apelamos a la responsabilidad, al sentido de Estado. Necesitamos políticos serios, que no caigan en la demagogia, que se abstengan del populismo, de soltar frases pensando solo en quienes no aprobaron los estudios básicos. Necesitamos políticos de verdad, que tengan políticas de verdad, que resuelvan asuntos reales.

¿Yo mismo exagero el tono? Nadie podía pensar en 1992, que a la sede de los juegos olímpicos de invierno –una emergente ciudad europea y cosmopolita–, se el avecinaba una década de guerra de espaldas a la civilización. No se puede hacer política con amenazas. No se puede hacer apología del odio. No se puede gobernar para unos pocos. No se puede vivir anclado en el pasado, y menos en un pasado tan horrible como el nuestro.

Cierto es que Franco nombró un sucesor que todavía es el Jefe del Estado. También es cierto que tenía un “Movimiento”, cuyo presidente –Adolfo Suárez González(15)–, lo fue también de la democracia. Es cierto que Franco tenía un “gobierno”, cuyo Ministro de la Gobernación –Manuel Fraga Iribarne(16)–, fundó un partido (Alianza Popular(17)) que luego se refundó en el Partido Popular. Es cierto. Pero todo eso pasó. Franco ha muerto y España ya está casi curada. El partido de los de Franco debería comprender eso. Si no lo entienden, el electorado acabará por hacérselo saber.

España no tiene memoria, porque algunos se han encargado de borrarla.

España es hoy un suculento caldo de cultivo para que aparezca un nuevo partido, de corte conservador moderado; sí: un partido de derechas, que favorezca al empresariado y a las clases acomodadas, pero exento de vínculos con lo que en Alemania se llamaría “un pasado nazi”. Si en España se fundara ahora un partido que no tuviera manchas franquistas en su seno, un partido que no propugnara el odio entre regiones, un partido que no se aprovechara de las fobias de los nacionalistas, un partido que –aún siendo de derechas–, no persistiera en menospreciar a la mujer, un partido que no tuviera reparos en reconocer la igualdad de derechos a parejas homosexuales, un partido no basado en el pasado sino en el futuro… si ese partido se fundara, el Partido Popular tendría un serio problema.

Esto no es política ficción, todos recordamos nombres como Pimentel y otros más, que se bajaron a tiempo del tren del odio gratuito. Nombres limpios. Que todavía pueden dar mucho juego.

El Partido Popular sigue en juego –pese a su pasado–, un poco porque en este país es muy normal que los hijos profesen el credo de sus padres, sean del equipo de fútbol del que es toda la familia y voten al partido de sus mayores. No olvidemos que durante cuatro décadas, “comunista” era un insulto; que todavía hoy haber nacido en esa o aquella comunidad autónoma despierta recelos y que hubo un tiempo, no muy lejano, en el que ser rico era motivo de honor, por el mero hecho de tener dinero. Aquello del “si es pobre, seguramente es maleante”.

Pero el rédito político –la inercia electoral–, no dura siempre.

Responsabilidad. Moderación. Realismo. Seriedad


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