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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

ARTÍCULOS

Por Jaume d'Urgell

www.durgell.com
jaume@durgell.com


EL PARTIDO DEL MAL

Supongamos que existiera un partido político que odiara tanto la Democracia, que aprovechara cualquier oportunidad para conculcar sus valores… forzando la redacción de una Carta Magna en la que el máximo mandatario no fuera elegido periódicamente por el pueblo… imaginemos un partido que no se organizara en base a criterios democráticos, sino que sus líderes fueran nombrados de modo arbitrario y sus decisiones estuvieran presididas por la opacidad, el pensamiento único, y un inconfesable equilibrio entre miedo y ambición. Un partido político cuya fundación enraizara con los herederos de quienes en su día tomaron el poder por las armas, en contra de la voluntad del pueblo expresada en las urnas.

Imaginemos un partido político que se negara a condenar un régimen dictatorial que llegó a encarcelar comunistas, republicanos, homosexuales; llegó a enviar tropas para defender el gobierno de Adolf Hitler; estigmatizaba a las madres solteras; realizó bombardeos aéreos sobre núcleos urbanos desprovistos de instalaciones de interés militar y llegó a prohibir el uso de las lenguas autóctonas… entre otros crímenes de lesa Humanidad.

Imaginemos que existiera un partido político que se dedicara a traficar con los sentimientos que rodean el fenómeno del terrorismo, con el fin principal de conseguir beneficios electorales. Un partido que empujara, retorciera y cosechara cada gota de lágrima de las pobres víctimas de la violencia política. Un partido que al mismo tiempo, truncara cualquier solución basada en la palabra y los votos y se dedicara a echar más leña al fuego, explotando los odios más viscerales de todas las partes en conflicto, mediante la unificación sincronizada de una interminable serie de discursos incendiarios de divulgarían sus portavoces, escritores, periodistas y tertulianos a través de los medios de comunicación de su área de influencia.

Imaginemos un partido político, que contara con el apoyo incondicional del ejército. Un ejército que haría las veces de osario ideológico para todo un elenco de dinosaurios —y descendientes—. Un ejército que —como todos los ejércitos— tendría esquemas de organización feudal, en el que libertades fundamentales como el derecho de sindicación o reunión estarían prohibidas, y en el que una pequeña cúpula ultra-fascista dominaría una turba armada de mentes planas y hambrientas, a la que —como en la lejana Roma— se le prometerían obsequios como la ciudadanía —para los extranjeros—, o refugio para frikys, vagos y orates, y se organizaría en legiones.

Imaginemos un partido político que actuara con tibieza a la hora de investigar los casos de tortura y malos tratos que reiteradamente denuncianla Organización de las Naciones Unidas y Human Rights Watch, refiriéndose a España en sus respectivos informes anuales. Constituyéndose en un encubridor de facto —cuando no instigador—.

Imaginemos la existencia de un partido político que cerrara periódicos. Un partido que criminalizara a otros partidos políticos. Un partido que se dedicara a aumentar resentimientos históricos entre los ciudadanos de los diferentes territorios sobre los que gobernara valiéndose de perjuicios étnicos, lingüísticos, jurídicos e incluso climatológicos…

Supongamos la existencia de un partido que defendiera los intereses de una pequeña elite empresarial, en detrimento de los de las clases trabajadoras; y que pese a la diferencia en número de interesados, se valiera los medios de comunicación de masas para crear la ilusión de que votar la opción que te perjudica, es bueno.

Imaginemos un partido político que valiéndose del miedo a lo desconocido; proporcionara pensamientos ya elaborados, para alimentar la mente de quienes no se toman el tiempo de hacerlo por si mismos, consiguiendo así cultivar semillas de odio contra lo diverso: odio contra quienes piensan de otro modo, odio contra quienes aman de otra forma, odio contra quienes son de fuera, contra quienes no son como nosotros, contra quienes no creen lo que hay que creer, contra quienes son inferiores, contra quienes sufren discapacidades, contra quienes perdieron una guerra…

Imaginemos un partido político que tuviera un credo oficial. Un partido que permitiera que los cónsules de una teocracia totalitaria extranjera, decidir sobre la continuidad laboral de una parte del profesorado español, al que se pagara con fondos públicos. Un partido que supeditara la tradición al progreso. Un partido para el que la mujer no estuviera en pie de igualdad con el hombre. Un partido político que se atreviera a legislar sobre la capacidad de las personas para decidir sobre su cuerpo.

Supongamos que ese partido político, fuera capaz de valerse de falsedades, para involucrarse en una orgía descontrolada de muerte y destrucción (guerra), yendo del lado de quienes poseyeran una brutal desproporción de medios y tecnología. Causando la completa destrucción de las infraestructuras de un país lejano, centenares de miles de asesinatos —entre ellos, periodistas y profesionales de la comunicación— y sumiendo a dicho pueblo en el caos y la miseria… con la única intención de conseguir mayores cotas de poder y rendimiento económico.

Imaginemos que existe un partido político que en el que la corrupción está bien vista, siempre que se lleve con cierto disimulo. Un partido en el que no dudarían en alterar el censo —por ejemplo, mediante la inclusión irregular de españoles emigrantes—, con tal de conseguir la permanencia en el poder.

Imaginemos un partido, para el que la conservación del Medio Natural, la investigación no-militar, la condonación de la deuda externa, las políticas de integración de inmigrantes, la lucha contra la violencia doméstica, la protección del arte o la cultura no representaran un asunto prioritario.

Imaginemos un partido político que fuera capaz de manipular los fantasmas de la desvertebración nacional o el ruido de sables, con el único propósito de fabricar contenidos para una oposición destructiva, basada en el alejamiento de la realidad, la negación de cualquier argumento ajeno y la mala educación.

En caso de existir un apartido político así, ¿qué nombre tendría?

 

ROSA PARKS

Reflexión en memoria de Rosa Louise McCauley(1), más conocida como Rosa Louise Parks, activista en pro de los Derechos Humanos y luchadora por la abolición de las leyes norteamericanas que todavía en 1955 propugnaban la segregación racial. Rosa Parks falleció a los 92 años, el 24 de octubre de 2005.

La llamaban Rosa Parks y hacía cerca de un par de años que –de algún modo, ya no estaba con nosotros–. Aquí en España apenas si sabíamos de su existencia, de su gesta y de su ejemplar lucha en pro del reconocimiento de los derechos de la población afroamericana.

Faltaban apenas tres semanas para la navidad de 1955, en un recóndito lugar del estado de Alabama, una mujer se disponía a tomar el autobús de Montgomery para regresar a casa tras una larga y penosa jornada de trabajo. Le dolían las piernas, pero por fortuna, logró ocupar uno de los asientos que todavía se encontraban libres. Era un asiento como todos los demás, junto al pasillo, en la tercera fila.

Rosa saludó una mirada cortés a su compañero de asiento, se deshizo de su vieja chaqueta de lana –algo humedecida por la llovizna que caía en el exterior–, ubicó su pesada cesta bajo las piernas y esperó pacientemente a que el resto del pasaje subiera abordo. Nada hacía ese día especial, y sin embargo, tras ese velo de aparente cotidianeidad se gestaba una de las jornadas más importantes de la historia de los derechos humanos en los Estados Unidos de América.

A falta de breves instantes para que el vehículo arrancara hacia un barrio obrero de las afueras, cuando el que parecía el último de los pasajeros se disponía a abonar el importe de su trayecto, ocurrió algo que hoy día nos parece insólito: todavía una persona más accedió abordo, todos los asientos se encontraban ocupados, pero ese muchacho, un joven de unos 25 años, alto y bien parecido –que sería un estudiante o quizá un oficinista–, consiguió acceder al autobús. El conductor, tras atenderle, se levantó se dirigió a Rosa y con expresión áspera, sin mediar preámbulo ni saludo alguno, le ordenó que se levantara a fin de que el muchacho –que era de raza blanca– no tuviera que hacer el viaje de pie.

Entonces, Rosa se acordó de las historias que su abuelo le habíacontado: de cuando era joven y solía hacer frente a los desfiles del Ku Kux Klan frente a su hogar; largas horas erguido en el pórtico, armado con un viejo rifle, obligado a presenciar tensas y repetitivas escenas de dolor y humillación. Resistiendo los embates a numerosos grupos de exaltados, protegiendo su familia y sus bienes. Solo ante la historia. Manteniendo vivo –pero latente– el honor de quienes únicamente pretendían vivir en paz, entre iguales.

Pero volvamos al momento que nos interesa: ese día, Rosa miró a la cara del joven –sin odio–, le miró a los ojos y –como si el tiempo se hubiera detenido–, echó un también vistazo a su alrededor: exploró las miradas inexpresivas del resto de los congregados… fueron apenas tres segundos, poco más. Y entonces, la idea de la libertad, cobró firmeza:

Rosa se dirigió a su interlocutor, le saludo y le anunció que no pensaba cederle el asiento, porque éste se encontraba libre cuando lo ocupó, ella estaba muy cansada y además –y por encima de todo–, ella era una persona, no se trataba de un animal doméstico, ni siquiera una mascota; se trataba de una persona, alguien igual que él, pero un poco mayor, una mujer trabajadora, fatigada y que había llegado antes.

La legislación en vigor en 1955 señalaba que las personas de piel negra debían ceder su asiento a la población blanca; igualmente, no podían ocupar las primeras cuatro hileras en los transportes públicos, pese a que el importe de los billetes era el mismo para cualquier viajero.

Rosa Parks fue detenida y juzgada, lo que provocó una lucha judicial que se prolongó durante algunos meses, hasta que una soleada mañana del verano de 1956, poco antes del cuatro de julio, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América decretó la eliminación de la norma que segregaba a negros y blancos en los autobuses y cualquier otro transporte público norteamericano, con efecto en todo el territorio nacional, en todos los estados. Se trataba de la misma Corte Federal que dos años atrás, el 17 de mayo de 1954 había dictado una declaración de inconstitucionalidad contra la segregación racial en la escuela pública.

Simultáneamente, el reverendo baptista Martin Luther King(2), intensificó una inexorable campaña de acciones de presión pacífica, destinadas a conseguir la plena igualdad entre personas de cualquier origen étnico, lo que le llevaría a ganar el Premio Nobel de la Paz en 1964 y asesinado cuatro años más tarde, en Menfis, a manos de un fanático racista ultraconservador.

En julio de 1964, el presidente americano Lyndon Jonson prohibió la discriminación racial. Hoy la igualdad es un hecho consolidado, aceptado y defendido por la inmensa mayoría de los ciudadanos, tanto norteamericanos como a escala global. Es más, la mera idea de discriminar por razón de raza provoca repugnancia en cualquier persona de un nivel cultural mínimo.

Las circunstancias que Rosa Parks tuvo que afrontar deben servir para recordarnos que los derechos jamás se conceden… deben ser conseguidos, y que la libertad no es gratis, no es automática, y –aunque todavía no es perfecta–, depende de nosotros para su conservación y mejora.

La heroicidad de aquel hecho aislado, las dificultades que Rosa Parks sufrió por su empeño en la defensa de los Derechos Humanos, le valieron posteriormente la concesión de la más alta condecoración de los Estados Unidos de América: la Medalla Presidencial de la Libertad, otorgada en 1996. Tres años después, se le concedió la Medalla de Oro de Honor del Congreso y el reconocimiento público como icono viviente de la libertad. Cerca de cincuenta universidades le han concedido el doctorado Honoris Causa.

Rosa Parks nos demuestra que no hace falta ser famoso, ni estar en la cúspide de grandes organizaciones –muchas veces vacías de significado o sustraídas de sus auténticos fines a manos de personas de dudosa honradez–, no hace falta tener una gran preparación académica ni ser una celebridad para poder intervenir decisivamente en pro del bien de todos.

LOS HEREDEROS DE FRANCO

El autor reflexiona a propósito de la creciente espiral de hostilidad que en los últimos meses se ha embarcado el principal partido conservador de España. Exhorta a retomar políticas más cercanas a las preocupaciones reales de la población y a abandonar debates estériles sobre riesgo de fraccionamiento territorial o escenarios de confrontación civil.

Nada tiene de especial que aún en nuestros días exista algún que otro anciano enfermo de odio, de esos… que sobrevivieron a la Guerra Civil(1), que no atienden a razones, que sufrieron de cerca el dolor, o que al menos así se lo contaron.

Nos encontramos en 2005 y la conflagración española se remonta a 1936. Incluso los nacidos el mismo día del Alzamiento serían hoy septuagenarios, y durante los primeros tres años de su vida no dispondrían aún de discernimiento político, por lo que lo que su hipotética percepción de la guerra carece de valor alguno. Son –a lo sumo–, espectadores privilegiados de una más que difícil posguerra, marcada por una represión inaudita y por el imperio de la sinrazón, del fanatismo político-religioso, por el genocidio ideológico entre hermanos, el miedo, la negación cultural y una vida pública en blanco y negro. Pero nada más. Los supervivientes de la guerra son solo eso: supervivientes de la guerra. En su mayoría, víctimas de los Goebels(2) locales, del embrutecimiento oficial y de un silencio coordinado por una banda de déspotas que detentaban el poder del Estado en base a la supremacía de la fuerza sobre la justicia y la razón. Ensuciando el nombre y los símbolos de una república democrática –la española–, que juraron defender con sus vidas.

Todavía quedan ancianos enfermos de odio, eso es fácil de comprender. Gente que perdió a sus padres, a sus tíos, a sus abuelos. Incluso alguno que no perdió a nadie, pero que durante años creyó que había que seguir protegiendo unos valores –sensu stricto– frente un enemigo que podía volver, y al que habría que vencer de nuevo.

Les conocemos bien: bigote pequeño, aspecto rechoncho, camisa y jersey de lana –no importa la estación–, carajillo matutino, forofo del Madrí, homófobo, machista, atormentado sin pretenderlo y bastante más ultraderechista que el propio Hitler(3).

Nos los encontramos en el café, en la consulta del médico, en el autobús, en la calle, aparecen en televisión, en la radio… son reflejo de un modo de sentir que hasta hace bien poco se consideraba políticamente incorrecto.

Yo pensaba que estos ejemplares eran cosa del pasado y que entre Kronos y Deméter pronto serían cosa del olvido. Incluso llegaba a escuchar alguna de sus hirientes arengas de cafetería con cierta nostalgia preventiva. –Son pasado inminente– creía yo.

Hasta hace bien poco, nombres como Cañete, Verstringe o Vidal-Quadras definían barones de muy alto valor ideológico, eran nombres de “honor”, de inteligencia privilegiada y sentimientos coincidentes con los deseados por el Sistema, pero… su exposición pública resultaba incómoda, eran demasiado genuinos como para permitir que la turba les oyera. Había que filtrarles, porque en política, en democracia, gobernar consiste en aprobar presupuestos, pero gobernar significa también sumar, y no dividir. Los políticos españoles saben –o mejor dicho: sabían–, que los excesos y el radicalismo reducen la masa crítica de voto. La mayor parte de cualquier pueblo intelectualmente maduro no consiente, bien estante e informado no consiente que una docena de exaltados comprometa la continuidad de su modus vivendi.

Pero, hete aquí que de un tiempo a esta parte, el tono del debate político está elevando su intensidad: recuperando argumentos prebélicos, entremezclando ruido de sables con amenazas agoreras sobre la destrucción de la Patria, el triunfo de los separatistas, el advenimiento de los rojos, la proliferación de la gente de fuera, legislando contra los vagos y maleantes, descalificando la igualdad de los homosexuales, deslegitimando la lucha del proletariado, decaplicando el coste de la vivienda, capitalizando el descontento de las capas más desfavorecidas, abogando por el recrudecimiento de ancestrales odios interregionales.

Leyendo periódicos como LA RAZÓN(4), ABC(5) o determinadas columnas de EL MUNDO(6), oyendo emisoras como la COPE(7), viendo emisiones como las de ANTENA TRES TELEVISIÓN(8), o TELEMADRID(9), se diría que estamos cerca de repetir lo peor de nuestra historia.

A la vista de todo esto, se diría que el estereotipo del fascista de barrio, no solo no tiende a la extinción por causas naturales, sino que está de permanente actualidad y además, ha logrado escalar a lo más alto de la escena pública, como articulista y tertuliano en todo tipo de medios de comunicación, empresa e incluso ha llegado a introducirse en el organigrama del segundo partido más votado de un país “occidental” como pretende ser la España del S. XXI.

Personajes como Acebes, Zaplana o García-Escudero, campan a sus anchas amenazando a quien quiera escucharles con horizontes terribles de muerte y destrucción que solo están en sus incomprensibles mentes. Nos alertan sobre el fin de España; sobre el triunfo de los terroristas; sobre la supuesta connivencia del Gobierno socialista con los separatistas; sobre el peligro que suponen los inmigrantes que “solo vienen a robar, matar y quitarnos el trabajo”; sobre pactos indemostrables entre asesinos y poderes públicos…

Para nosotros no suponen ningún riesgo. A quienes tenemos la fortuna y el criterio de escribir o leer artículos como el presente, no pueden hacernos nada. Tenemos el sentido de la justicia blindado. Solo hace falta ver sus apellidos, ver sus patrimonios… es tan sencillo como preguntarles qué era y para qué servía la División Azul(10), o por qué se niegan a votar resoluciones institucionales de condena al anterior régimen, por qué les molesta que retiremos estatuas de Franco… solo hay que preguntarles quién nombró al Rey(11) –y por qué–. Solo hace falta preguntarles acerca de los inconvenientes que le ven a que un matrimonio formalice su conclusión… o qué tienen en contra de que las mujeres trabajen fuera del hogar, o que decidan sobre su cuerpo… qué piensan de que mi esposo y yo adoptemos una criatura… qué opinan de utilizar los sentimientos de las víctimas del terrorismo para fines electorales… son los de siempre.

Lo que ahora más preocupación causa en cierta parte de los intelectuales es esta especie de nueva cruzada en la que la derecha española se ha metido. ¿Es acaso la vieja estrategia de gritar más para ocultar las palabras de la razón? ¿Es un intento de crear escenarios de tal intensidad que oculten el genocidio en el que participó la Administración Aznar(12)? ¿Estamos ante una nueva CEDA(13)? ¿Qué es lo siguiente? ¿Crear un clima de engaño masivo como el de 1934-1936?

Algo está ocurriendo en la clase política española, si permitimos que se retomen los viejos miedos del pasado para asustar al electorado y condicionar su voto, todos tendremos un problema.

Es un grave error y una imperdonable falta de responsabilidad introducir en el discurso político, argumentos prebélicos a sabiendas. Y por supuesto, es un error permitirlo en las urnas.

España debe reconducir la escena política hacia los problemas que realmente afectan a sus ciudadanos. Debatir sobre el acceso a la educación pública, sobre el coste de la vivienda, sobre la estabilidad laboral, sobre la igualdad de derechos para mujeres y todo tipo de personas que sufran cualquier tipo de discriminación.

Debemos concentrar nuestros esfuerzos en la investigación científica, en la cooperación internacional, en la reducción de la deuda externa, en controlar el gasto público, en procurar una ordenación urbanística útil para el pueblo, en promover la industria y el comercio locales, en atender al turismo, en dotar de medios la Justicia, en integrar a los llegados de fuera… Y dejarnos de debates estériles, que a nada llevan, que a nadie interesan y solo sirven para producir miedo, vender periódicos, azuzar la turba, avivar odios irracionales, reducirnos frente a la globalización, traficar con los sentimientos de fanáticos e incultos provincianos, ahondar diferencias socioeconómicas y perpetuar en sus cargos a una clase política alejada de la realidad que dice representar.

Pretender nuestra preocupación por la independencia de Cataluña –una comunidad autónoma sin ejército ni esperanzas de reconocimiento exterior alguno–, es algo tan estúpido e irreal, que no puede provenir de alguien medianamente inteligente, a no ser que obedezca a intenciones más allá de lo evidente.

Asistimos a una prensarosización de la política. En efecto, como en el mundo del papel couché, donde los lectores de hoy –ávidos de mentiras nuevas–, ya no se conforman con ver las casas de la nobleza de los años setenta, que aparecían fotografiadas en la revista ¡HOLA!(14); como en el mundo de la prensa del corazón, donde al final, se ha impuesto el imperio de los paparazzis y la generalización de la información-basura; de igual modo, parece que la clase política se ha hartado de señalar la corrupción ajena y ocultar la propia –tema estrella en los años noventa–, hemos pasado a mayores… los votos fabricados por Matas ya no son suficientes… el más difícil todavía nos ha llevado a esto: amenazar con una segunda Guerra Civil.

Apelamos a la responsabilidad, al sentido de Estado. Necesitamos políticos serios, que no caigan en la demagogia, que se abstengan del populismo, de soltar frases pensando solo en quienes no aprobaron los estudios básicos. Necesitamos políticos de verdad, que tengan políticas de verdad, que resuelvan asuntos reales.

¿Yo mismo exagero el tono? Nadie podía pensar en 1992, que a la sede de los juegos olímpicos de invierno –una emergente ciudad europea y cosmopolita–, se el avecinaba una década de guerra de espaldas a la civilización. No se puede hacer política con amenazas. No se puede hacer apología del odio. No se puede gobernar para unos pocos. No se puede vivir anclado en el pasado, y menos en un pasado tan horrible como el nuestro.

Cierto es que Franco nombró un sucesor que todavía es el Jefe del Estado. También es cierto que tenía un “Movimiento”, cuyo presidente –Adolfo Suárez González(15)–, lo fue también de la democracia. Es cierto que Franco tenía un “gobierno”, cuyo Ministro de la Gobernación –Manuel Fraga Iribarne(16)–, fundó un partido (Alianza Popular(17)) que luego se refundó en el Partido Popular. Es cierto. Pero todo eso pasó. Franco ha muerto y España ya está casi curada. El partido de los de Franco debería comprender eso. Si no lo entienden, el electorado acabará por hacérselo saber.

España no tiene memoria, porque algunos se han encargado de borrarla.

España es hoy un suculento caldo de cultivo para que aparezca un nuevo partido, de corte conservador moderado; sí: un partido de derechas, que favorezca al empresariado y a las clases acomodadas, pero exento de vínculos con lo que en Alemania se llamaría “un pasado nazi”. Si en España se fundara ahora un partido que no tuviera manchas franquistas en su seno, un partido que no propugnara el odio entre regiones, un partido que no se aprovechara de las fobias de los nacionalistas, un partido que –aún siendo de derechas–, no persistiera en menospreciar a la mujer, un partido que no tuviera reparos en reconocer la igualdad de derechos a parejas homosexuales, un partido no basado en el pasado sino en el futuro… si ese partido se fundara, el Partido Popular tendría un serio problema.

Esto no es política ficción, todos recordamos nombres como Pimentel y otros más, que se bajaron a tiempo del tren del odio gratuito. Nombres limpios. Que todavía pueden dar mucho juego.

El Partido Popular sigue en juego –pese a su pasado–, un poco porque en este país es muy normal que los hijos profesen el credo de sus padres, sean del equipo de fútbol del que es toda la familia y voten al partido de sus mayores. No olvidemos que durante cuatro décadas, “comunista” era un insulto; que todavía hoy haber nacido en esa o aquella comunidad autónoma despierta recelos y que hubo un tiempo, no muy lejano, en el que ser rico era motivo de honor, por el mero hecho de tener dinero. Aquello del “si es pobre, seguramente es maleante”.

Pero el rédito político –la inercia electoral–, no dura siempre.

Responsabilidad. Moderación. Realismo. Seriedad

LA SEGUNDA EDAD MEDIA

Leo en el periódico, que tres mujeres han sido decapitadas en la región central de Indonesia en el transcurso de un ataque de integristas islámicos contra estudiantes que acudían a centros educativos para cristianos. Los pormenores del brutal atentado adquieren rebasan nuestras peores pesadillas: dos de las testas han aparecido lejos del lugar donde ocurrieron los hechos, frente a una comisaría de policía; la tercera, fue depositada ante la puerta de un templo católico. Y no es ficción cinematográfica, es la pura realidad.

Es un caso más de lo que últimamente se ha dado en llamar terrorismo, antítesis de la –democracia–, otro vocablo sin raíz en esta maceta en la que habitamos seis mil millones de termitas.

No entraré en disquisiciones lingüísticas, pero, digo yo que esto no es un caso de terrorismo –entendido como el recurso a la violencia para conseguir fines políticos–. Simple y llanamente, nos encontramos ante un crimen detestable; el resultado lógico y previsible de un cocktail de incultura, propaganda política, miseria y odio religioso.

Y todo esto me llevó a pensar en lo extemporáneo que un acto de estas características resulta en pleno 2005. Que además, no se trata de un hecho aislado –no al menos desde un punto de vista estadístico–. Es incluso normal. Ahora, estas cosas pasan a diario, y –con ser grave–, no es de lo más grave que ocurre (expresado en número de bajas).

Todo eso me lleva a especular que, en realidad, el nivel de sofisticación socio-cultural que cabía esperar de la Civilización contemporánea está sobrevalorado. Haciendo un ejercicio de sinceridad intelectual, sería más razonable apuntar que nos encontramos todavía anclados en el pasado… sí, sin complejos: vivimos en la Edad Media Ultrabaja.

La Transición no ha existido. No la niego yo, la niegan los hechos. Y no me refiero al proceso político de desarticulación pacífica de las instituciones franquistas… no. Hablo del Renacimiento, del Siglo de Oro y toda esa basura… es todo falso. Seguimos en plena Edad Media.

No es una afirmación baladí, ni tampoco un recurso a figuras retóricas más o menos elaboradas, para adornar una de las incendiarias arengas a las que nos tienen acostumbrados ciertos políticos… no. Lamentablemente, es la consecuencia razonada de un proceso de percepción y análisis crítico de la realidad:

Vivo en un país cuyo nombre oficial –el de verdad– , es: “Reino de España”. Los pregoneros, bufones y trovadores –que hoy utilizan televisores para difundir su mensaje–, no paran de contarnos cuentos de príncipes y princesas, que viven felices, en maravillosos palacios construidos con cargo al erario público. Las entidades políticas que conforman la península al sur de los Pirineos, siguen enzarzadas en inútiles batallas cuyo fin no es otro que el de mandar más tiempo y sobre más territorio, a cualquier coste. Los brujos del credo más numeroso siguen interviniendo en los asuntos de la vida pública; portavoces del miedo, supuestos representantes de sus ídolos –únicos y verdaderos–, máxima expresión del inmovilismo… y por supuesto, siguen comiendo in trabajar. Tenemos ejércitos –todo el mundo los tiene–, porque los ejércitos de los otros son nuestro enemigo, como el nuestro lo es de los demás… también tenemos legión –y cabra–. Seguimos teniendo la peste, y en lugar de destinar nuestros esfuerzos a la investigación científica, seguimos tratando a nuestros pacientes como apestados. Tenemos colonias –todavía–, aunque hace ya tiempo que los hombres de gris inventaron el concepto de la e-xpoliación: nueva forma de dominación política, socio-económica y cultural… a distancia. Mantenemos alianzas militares –como antaño–, solo que ahora las llamamos humanitarias. Seguimos matando a quienes se atreven a cruzar las fronteras con las que nosotros les cruzamos ellos. Seguimos matando, encarcelando, comprando y silenciando a los cronistas que nos incomodan. Y la Historia… la Historia la siguen escribiendo los de siempre.

Mientras, en la calle Montera, decenas de niñas consienten en ser violadas a cambio de 30  . Mientras, en alguna parte, un chaval de 14 años hace un cambio de guardia. En alguna parte, alguien fabrica minas antipersonal con forma de muñeca de trapo. En alguna parte, alguien asiste a una feria internacional de embarcaciones de recreo. Mientras… inventamos y mantenemos fronteras, para que nuestras instituciones puedan olvidar que hay personas que no forman parte de la comunidad… que la cosa pública no incluye a todos.

Erigimos tabúes entorno a nuestras mentiras sagradas… igual que los niños, los adultos convivimos con reglas inventadas. Mentiras comunes, que nos permiten seguir jugando. Escribimos declaraciones universales que de nada sirven y mientras… todo sigue igual.

CONTRA LA MONARQUÍA

Vaya por delante que soy consciente del enorme apego que algunas personas experi-mentan por una causa que genera una idolatría tan irracional, que les impide siquiera la posibilidad de aceptar un debate crítico sobre la cuestión, es más, el mero cuestio-namiento de la validez y vigencia del actual status quo desata su ira, máxime, si hablamos individuos de ciertos sectores de la sociedad, como los más ultra conservadores, la milicia, clases bien estantes o algunas de las personas que no pudieron acceder o completar los estudios básica. En efecto, en determinados sujetos, el sentimiento monárquico se manifiesta con una intensidad comparable al fanatismo deportivo o religioso, identificando esta forma de gobierno –y no cualquier otra–, como una expresión más de patriotismo nacional –relación muy lógica, habida cuenta de que la idea misma de la monarquía tiene mucho que ver con los conceptos de nación y deidad–. Pero es mejor no seguir por esta línea de razonamiento, que nos llevaría a la conclusión de que habitamos en una teocracia, lo cual no parece plausible.

Nos encontramos a finales de 2005, el nivel de madurez democrática alcanzado por la sociedad española, permite afrontar un debate sobre la monarquía, desde el respeto y la serenidad. Como ejercicio de libertad e independencia intelectual, este debate debería aportar enfoques distintos, y luego… el pueblo dirá.

En la voluntad de conferir a éste artículo el carácter más estructurado posible, voy a guiarme por una relación de preguntas que posteriormente constituirán el hilo conductor de un proceso argumental muy sencillo. Estas preguntas son diez:

¿Qué es la monarquía?

¿Por qué existe un monarca?

¿Quién nombró al rey de España?

¿Es español el rey de España?

¿Qué poderes tiene el rey de España?

¿Es justa la monarquía?

¿Cuánto cuesta la monarquía?

¿Es útil la monarquía?

¿Tiene sentido la monarquía en la actualidad?

¿La monarquía es para siempre?


1. ¿QUÉ ES LA MONARQUÍA?

Empecemos por el principio: ¿de qué estamos hablando exactamente? Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primera acepción de “monarquía” es: «Estado regido por un monarca». Obviamente, no pude resistir la curiosidad de mirar la descripción del término “monarca”, y esta es la respuesta: «Príncipe soberano de un Estado», lo cual me dejó un tanto perplejo, porque siempre creí lo que dice el artículo primero de la Constitución Española, en su apartado segundo: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.». Así pues: o la definición de la Real Academia contiene un grave error, o la monarquía es inconstitucional.

Insatisfecho pues, con mis pesquisas en el diccionario y la Carta Magna, opté por consultar una enciclopedia, en búsqueda de mejor fortuna: y en efecto, di con algunas definiciones muy aclaratorias:

Al parecer, al principio solo existía un tipo de monarquía: la monarquía absoluta, que como su nombre indica, confería al gobernante un poder ilimitado, de modo que quedaba en su voluntad la opción de comportarse como un gobernante despótico. Más tarde aparecieron otras formas de gobierno, a las que se llamó “monarquías constitucionales”, y que básicamente, no eran otra cosa que formas descafeinadas de la monarquía absoluta… eso da pie a muchas interpretaciones, pero a la vista del curso de la Historia en la mayor parte de países, a partir del S. XVII, se fue reduciendo más o menos suavemente la cantidad de poder que ostentaba el monarca, hasta llegar a lo se ha dado en llamar la “monarquía parlamentaria”, en la que supuestamente, la figura del monarca se limita a ser un símbolo, como el himno o la bandera.

Hay que decir, que en algunos sitios, el período de monarquía concluyó de un modo brusco, como en Francia o Rusia, y en otros quedó vacía de significado ejecutivo de la noche a la mañana, como en Japón. En otros, la monarquía absoluta ha llegado hasta nuestros días, principalmente en antiguas colonias británicas y francesas que están bien en la memoria de todos nosotros.

Algunas de esas monarquías han decidido maquillar su legitimidad pretendiendo cumplir ciertos aspectos formales de tipo legal, con lo que las podríamos llamar monarquías pseudoconstitucionales. En mi opinión, con las cotas de alfabetización que hoy en día existen en casi todas partes, eso de “yo mando porque me lo ha dicho Dios”, o eso tan oído de “Dios es de la familia”, ya no resulta muy convincente para muchos de los súbditos… y como parece que la gente todavía respeta la Ley, pues bien…

En resumen: de todas las expuestas, la forma de gobierno que hay en España es la de monarquía parlamentaria –a parte de todo este razonamiento e investigación, bastaba haber leído el tercer punto del primer artículo de la Constitución Española: «La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria»–, y por tanto, como sabemos que la monarquía parlamentaria es un símbolo, concluimos: la monarquía es un símbolo.


2. ¿POR QUÉ EXISTE UN MONARCA?

Se podría decir que tenemos rey porque siempre lo hemos tenido… o bien, siendo más correctos: que sus orígenes se remontan a tradiciones profundamente arraigadas. Parece ser que allá por el S. IV a de C., había tribus guerreras que tenían jefes; tribus que necesitaban aliarse por razones de seguridad o estrategia militar, y entonces, el número aconsejaba la creación de órganos colegiados –integrados por jefes–, al frente de los cuales se erigía un coordinador, o jefe de jefes. Del cómo se elegía a este individuo, no está documentado, pero, teniendo en cuenta que todo eso empezó a ocurrir mucho antes de Pericles, creo que el sistema no debió diferir mucho del que podemos contemplar viendo un documental de Nacional Geographic sobre organización social de manadas de leones.

Echando un vistazo a lo que nos han contado de los últimos reinados de España, desde el punto de vista de su encuadre constitucional, veremos que ya en la Carta Magna de 1812 se le dedicaba el título cuarto entero, y –cosa curiosa–, su redacción no estaba muy alejada de la del título segundo de la actual Constitución Española.

La Constitución Española de facto, de 1834, no tenía un título específico para la corona, porque toda ella lo era en sí misma –siempre me he preguntado como rayos se puede tener texto base con entidad constitucional “supuesta”–. En 1837 se abogó por retrotraerse a la de Cádiz, de 1812, de carácter más conciliador –como la de 1978, aunque esté mal el decirlo–.

En julio de 1854, O’Donnell da un golpe de estado, e Isabel II aprovecha el río revuelto para ganar una bonita corona; llama a formar Gobierno al viejo general Espartero, que compartirá el poder con O’Donnell. Hasta que el descontento hacia el régimen de Isabel II desembocó en un nuevo golpe de estado, esta vez el de Prim, en septiembre de 1868, dando origen a la revolución de 1868 –la gloriosa–, que supuso el fin del reinado de Isabel II.

Las nuevas Cortes Generales sancionaron –ya en junio de 1869–, la primera de nuestras constituciones democráticas. En ella quedaron plasmados los puntos básicos de la revolución de 1868: soberanía nacional, sufragio universal, división de poderes, concepción de la monarquía como poder constituido y declaración de derechos. Estuvo vigente hasta 1873, año en que se proclama la Primera República.

En diciembre de 1876, el Martínez Campos proclama a Alfonso de Borbón, hijo de la exiliada Isabel II, como rey de España. Se abría así la etapa de la Restauración, un periodo de estabilidad basada en la alternancia bipartidista de liberales y conservadores. La nueva Constitución Española ligada a este régimen devuelve la soberanía nacional al rey y a las Cortes, reconoce implícitamente la división de poderes y opta por la tolerancia religiosa, aunque deja un amplio margen a su desarrollo a través de leyes posteriores. Es el texto constitucional de más larga vida en la historia de España, ya que estuvo vigente hasta 1923.

En abril de 1931, Niceto Alcalá-Zamora proclamaba la II República Española, cuya consecuencia inmediata fue el destierro voluntario de Alfonso XIII. La República era la consecuencia de la dictadura agotada de Primo de Rivera. Con el cambio de régimen, llegó una nueva Constitución Española, promulgada en diciembre de 1931. El nuevo texto se halla en la línea del constitucionalismo democrático, que resalta la soberanía nacional, la proclamación de los derechos y libertades, y la división de poderes. Su periodo de vigencia se extendería hasta el final de la Guerra Civil.

Por tanto, podemos concluir que el monarca existe por su propio interés, y la monarquía, porque sí, porque ha existido siempre, y porque en cada momento de la Historia, su existencia respondía a un equilibrio de intereses que la hicieron posible.


3. ¿QUIÉN NOMBRÓ AL REY DE ESPAÑA?

Lejos de lo que ahora afirman los cronistas políticamente correctos, Borbón participó activamente de la política y el gobierno dictatorial, llegando a presidir las celebraciones del ilegítimo Consejo de Ministros, formando parte de los órganos de poder instituidos por quienes iniciaron la Guerra Civil Española, contra el gobierno de Azaña, Largo Caballero y Negrín, quienes accedieron a sus cargos mediante elecciones libres y democráticas.

Al rey de España le nombró el militar golpista Franco, en julio de 1969.

Y no se limitó a suplantar simbólica y puntualmente al golpista … llegó a asumir la Jefatura del Estado, del 19 de julio a 2 de septiembre de 1974 y desde el 30 de octubre hasta el 20 de noviembre de 1975. Dos días más tarde, fue coronado rey de España.

Puesto que ya en el verano del 74 asumió el mando absoluto del país, si hubiera sido tan demócrata como algunos se empeñan en repetir, pudo haber legalizado el multipartidismo y convocar elecciones… ahorrándonos más de un año de dictadura.


4. ¿ES ESPAÑOL EL REY DE ESPAÑA?

El nombre completo del actual rey de España es: «Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias», o dicho de un modo breve: Juan Carlos Borbón Borbón. Como vemos, el apellido se repite. La biología y la medicina, además del saber popular e incluso la Iglesia, tienen una visión muy peculiar acerca de la costumbre de casarse reiteradamente entre primos, pero bueno, esta no es la cuestión. Yendo a lo que nos interesa, Borbón es un apellido de origen francés. En efecto, el abuelo de Juan Carlos fue Alfonso, que fue nieto de Francisco, que fue nieto de Carlos, nieto de Felipe (un francés, nieto del absolutamente absoluto Luis).

Además de pertenecer a una familia francesa, el que dice ser el representante de los españoles ni siquiera nació en España, nació en Roma (Italia), el día cinco de enero de 1938. En esas mismas fechas, Franco, que más tarde sería su jefe y su amigo,
acababa con la vida de casi un millón de españoles porque no le gustaba como pensaban, y porque eso le permitiría ocupar el lugar del jefe del Estado durante casi cuarenta años. Volviendo a Juan Carlos, cuando el italianito tenía diez años se lo trajeron a España. Bueno, al menos nació el 5 de enero, es decir, la noche de reyes.

Por tanto, la cuestión está clara: el rey de España es un italiano de origen francés.

Y ya puestos, su esposa –y madre del futuro rey, si el pueblo no le pone remedio–, es Sofía, una griega cuya familia fue expatriada precisamente por andar flirteando con militares golpistas.


5. ¿QUÉ PODERES TIENE EL REY DE ESPAÑA?

Los poderes del rey de España están claramente descritos en los artículos 62 y 63 de la Constitución Española, y, según dicho texto, son: dar el visto bueno a las leyes que le manden; convocar elecciones y referéndum cuando le toque; nombrar al presidente del gobierno y a los ministros cuando se lo manden; hacer como que nombra a los militares y darles medallitas de vez en cuando; estar informado de los asuntos de Estado; el mando supremo de las fuerzas armadas; dar indultos; hacer ver que manda en las reales academias; enviar y recibir a los embajadores; firmar acuerdos internacionales en nombre de España y declarar la guerra, cuando se lo manden.

Parece que tantas líneas de texto está pensadas para disfrazar la parte que más preocupa: uno de los poderes del rey es el mando supremo de las fuerzas armadas.

Por cierto, por si alguien piensa que se trata de una mera cuestión simbólica, que no debe tomarse en serio, que se trata de una tradición, un paripé del folklore español, le aconsejo que busque en el diccionario de la real academia el significado de la palabra “supremo”: «Sumo, altísimo. Que no tiene superior en su línea.»…

¿Entonces, quién da las órdenes a los cerca de cien mil soldados que tiene el ejército de España?, ¿el presidente del gobierno a quien votó la mayoría del pueblo en marzo de 2004, o un italiano nombrado arbitrariamente por un militar golpista del Siglo pasado?

Es decir: en pleno S. XXI, el mando supremo de los ejércitos de un país desarrollado y occidental, miembro de la OTAN, está en manos de un negocio familiar: vitalicio y hereditario.


6. ¿ES JUSTA LA MONARQUÍA?

Desde mi punto de vista, una cosa es justa cuando en sentido común, es buena y está dentro de la Ley. Para hacer esta prueba, someteré la afirmación al tamiz de dos Leyes bien conocidas: la Constitución Española y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Según el artículo 14 de la actual Constitución Española: «…los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento…». A la vista de eso, no entiendo qué derecho extra tiene el hijo de Juan Borbón respecto al hijo de Pilar Bardem o la hija de Antonio Banderas. Es decir, si la Constitución Española prohíbe cualquier discriminación por razón de nacimiento, y el rey es rey solo por su nacimiento, entonces, la monarquía es inconstitucional.

Pero vayamos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que según el segundo apartado del artículo número 10 de nuestra Constitución Española, es quien debe regir la interpretación de nuestros derechos y libertades fundamentales:

Según las doce primeras palabras, del primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». Vamos a ver, interpretemos: ¿la monarquía es una dignidad, no? ¿o es un derecho de los reyes? En cualquier caso, si todos los seres humanos nacemos libres e iguales, ¿porqué unos nacen reyes y otros no? Si nos ponemos a descartar opciones, aunque solo sea por un ejercicio de lógica… ¿cabe pensar que los reyes no son seres humanos? Porque si no, habrá que pensar –por eliminación–, que además de inconstitucional, la monarquía es contraria a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.


7. ¿CUÁNTO CUESTA LA MONARQUÍA?

Según consta en el texto de la Ley Orgánica de los Presupuestos Generales del Estado para 2005, publicada el martes, 28 de diciembre de 2004 (no son una inocentada, pese a la fecha), se destinan dos partidas: una genérica para la «Jefatura del Estado», referencia 911M, por un importe total de 7.776.340,00 euros; y otra de «Apoyo a la gestión administrativa de la Jefatura del Estado», cuyo importe asciende a 5.282.130,00 euros. Es decir, en total: 2.172.746.589 pesetas, en un año.

No me gustaría incurrir en demagogia interesada –como algunos señalarán–, pero, en mi opinión, en un país como España, habida cuenta del incremento del coste de la vivienda, de las deficiencias en la calidad educativa, de lo escaso de la inversión en los programas de investigación y desarrollo, de las listas de espera en los centros asistenciales y hospitalarios, de las dificultades por acceder a plazas de guarderías públicas, etc. no parece justo, ni equitativo que el Estado gaste cada año el dinero equivalente a cuarenta y tres vidas completas de trabajo, en mantener “un símbolo”.

¿Qué de dónde sale el número? Muy fácil: por un lado tenemos algo más de trece millones de euros que es la asignación presupuestaria para la familia real en 2005, y por otro lado, los 513,00 euros mensuales que forman el salario mínimo interprofesional en el mismo año. Multiplicamos los 513,00 euros del salario mínimo interprofesional, por los doce meses del año (y nos da: 6.156,00 euros); la edad límite de jubilación son 65 años, y un español puede trabajar legalmente a partir de los 16 años, por tanto, la vida laboral completa de un español, puede ser de 49 años. Si dividimos los trece millones de euros que cuesta la familia real en un solo año, entre los 6.156,00 euros que cobra un trabajador al año, tenemos 2.121,25 años trabajados, para reunir el presupuesto. Si dividimos ese número, por el número máximo de años laborables en una vida, resulta que harían falta casi medio centenar de vidas completas para pagar esos bonitos trajes, helicópteros, palacios y coches blindados. Mientras, la población tiene que esperar una eternidad para hacerse una mamografía. Y eso no es demagogia, es aritmética.

Por cierto: en 2005, la pensión mínima para un jubilado de 60 años, con un cónyuge a su cargo, es de 489,72 euros, es decir, una renta per cápita de 244,86 euros.

Todo eso sin tener en cuenta que la familia del rey no tiene que preocuparse de pagar una hipoteca, jamás ha tenido que abrir un periódico ni asistir a un montón de entrevistas antes de darse cuenta de qué empleos son en realidad timos, nunca han padecido un atraco, el acceso a la educación de calidad no les supone ningún problema, y, por no tener listas de espera en los hospitales, ni siquiera acuden a la sanidad pública, cuando se supone que ellos son el máximo símbolo de los servicios del Estado.


8. ¿ES ÚTIL LA MONARQUÍA?

Todos hemos oído eso de que «tenemos democracia gracias al rey», «Juan Carlos tiene muy buenas relaciones con el monarca –absoluto– de Marruecos», «el rey es nuestro mejor embajador»… vamos a ver:

Primero: tenemos democracia por presión internacional, por coherencia con los tiempos, por decisión ciudadana y porque quienes realmente tienen capacidad para decidir sobre las cosas oscuras del Estado –la Banca, la Industria y las grandes firmas del capital y servicios– así lo quisieron en su día.

Segundo: es normal que los monarcas se lleven relativamente bien entre ellos, después de todo, prácticamente son familia además, no es raro que los profesionales de un mismo sector aúnen fuerzas… incluso las prostitutas lo hacen.

Tercero: que yo sepa, en los países “serios de verdad” no hace falta tener más embajadores que los que designe el gobierno elegido por el pueblo. Tener más de un interlocutor al más alto nivel, implica que alguno de ellos no es realmente “del nivel más alto”.

Finalmente, como factor de cohesión, unidad, símbolo de permanencia y todas esas mentiras que tantas veces nos han repetido desde la radio, la televisión y los periódicos: sería suficiente con tener solo a la bandera. Sale más barata y también está por encima de la cabeza de los militares.

Tener un rey no es útil, porque el pueblo no necesita más unidad que su propia unión, ni más permanencia que la libertad, expresada en su capacidad de votar para cambiar las cosas, en busca de horizontes mejores… o nuevas decepciones. De cualquier modo, todas esas cosas que se supone que corresponden al monarca, son competencias que deberían ser exclusivas de la persona que el pueblo elija cada cuatro años.


9. ¿TIENE SENTIDO LA MONARQUÍA EN LA ACTUALIDAD?

Tengo un amigo francés, que afirma que la monarquía es un problema del S. XIV, cuya solución se descubrió en Francia a finales del S. XVIII. Todo eso parece bastante lejano en el tiempo, de no ser porque vivo a menos de diez kilómetros de la residencia de un rey de verdad, como los de los cuentos.

Y todo eso, teniendo en cuenta que las princesas ya no besan sapos; que los príncipes se parecen más a los del florentino Nicolás que al de Blanca Nieves, que según el Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas, en el mundo hay más de dos mil quinientos millones de personas que sobreviven con menos de dos euros al día; que en España hay tres cientos mil menores que sufren explotación laboral y un largo etc.

Según lo expuesto en este artículo, la monarquía es un viejo símbolo injusto, discriminatorio, impuesto por un ex militar delincuente, caro e inútil. Por tanto, tal como yo lo veo: algo que es simbólico, viejo, injusto, discriminatorio, caro, inútil y procede de un golpista… no tiene sentido, la monarquía no tiene sentido. Y todavía tiene menos sentido que ese algo, pueda llegar a dar órdenes a los militares de mi país, incluso en contra de la voluntad del presidente del gobierno electo.


10. ¿LA MONARQUÍA ES PARA SIEMPRE?

De entrada: no, la monarquía no es para siempre, tiene remedio.

Descontando el recurso a la guillotina, tan extemporáneo como la propia monarquía, existe todo un abanico de opciones para abolir esta incivilizada forma de gobierno, pero, por hablar claro: creo que sería suficiente con restaurar la república, y poner a los miembros de la realeza a trabajar, como todo el mundo.


Al final, la cuestión de la monarquía, no es más que la manifestación de un problema mucho mayor: un problema cuya base tiene que ver con la esencia misma de la injusticia: en la repugnante creencia de que algunas personas nacen con más derechos que otras. Sostener la causa del rey, es afirmar que hay personas superiores a otras, y eso es trágico, es dañino y es mentira.

La vigente Constitución Española de 1978 la aprobaron un conjunto de políticos comprometidos con el espíritu de la democracia, pero atemorizados por una clase militar que seguía muy de cerca todos sus pasos. No hay libertad con miedo, y ese miedo se reflejó en el Texto, al plasmar males menores, como la monarquía, que en aquel momento, por puro pragmatismo, no podían ser omitidos. Ningún demócrata aceptaría una fórmula de gobierno en la que la soberanía no resida en el pueblo.

Respeto y confío en el pueblo español. Es solo cuestión de tiempo.

2005: LA SEGUNDA REVOLUCIÓN FRANCESA

Asistimos a una operación de olvido selectivo, masivo e intencionado de los valores cívicos en cuya dignidad reposaba la concepción misma de la República de Francia. Hace demasiado tiempo que trocamos la Liberté por el sometimiento, la Égalité por la desigualdad y la Fraternité por el odio.

¿Alguien pensó que esto no ocurriría? Si los lamentables acontecimientos de los últimos días —al menos—, sirvieran para iniciar un proceso de reflexión intelectual que condujera a la adopción de medidas que extendieran las garantías del Estado de Derecho al 100% de la sociedad, todo habría valido la pena. Pero, si por el contrario, caemos en el juego estéril de los cruces de declaraciones entre políticos —con el pueril “y tú más” al que nos tienen acostumbrados—, estaremos abocados al fracaso y a vivir escenarios de creciente sufrimiento.

Para conducir el hilo argumental de esta exposición, nos serviremos de una sencilla relación de preguntas, concebida para despertar el pensamiento crítico:

¿Qué está ocurriendo en Francia?

¿Cuándo, dónde y por qué empezaron las protestas?

¿Cuáles son las causas de este conato de rebelión?

¿Qué objetivos tiene este brote de anarquía?

¿Se puede extender la violencia a otros países?

¿A quiénes beneficia la situación actual?

¿Cuál es la tendencia de los acontecimientos?

¿Cómo recuperar la paz?

A la vista de lo cual, abordaremos dos líneas separadas: una, meramente informativa (apartados 1, 2 y 5); y otra, de opinión (apartados 3, 4, 6, 7 y 8). Debería ser innecesario abundar en la necesidad de separar ambos conceptos —aunque en España son muy pocos quienes lo hacen—, pero creo que no está de más dejar las cosas claras desde el principio.


1. ¿QUÉ ESTÁ OCURRIENDO EN FRANCIA?

Francia vive desde hace unos días bajo un clima de extrema inestabilidad política, que refleja el profundo descontento de un sector de la sociedad, que se ha echado a las calles para expresar su malestar, protagonizando un sinnúmero de concentraciones espontáneas que con frecuencia derivan en algaradas de inusitada gravedad, que incluyen la destrucción del mobiliario urbano, la quema de vehículos particulares, medios de transporte público, actos vandálicos contra instituciones educativas, levantamiento de barricadas en vías de comunicación y —en algún caso—, enfrentamientos abiertos con vigilantes privados, agentes de la gendarmería y del cuerpo especial antidisturbios (CRS).

Como consecuencia de estos incidentes, solo en las últimas dos semanas, han ardido más de 5.000 vehículos particulares (casi 400 solo en la última noche), medio centenar de autobuses públicos, más de un centenar colegios, institutos de enseñanza y edificios públicos han sufrido daños, algo más de 200 personas han resultado heridas de diversa consideración (medio centenar de las cuales eran agentes del orden público), la pérdida de tres vidas y se han producido cerca de 2.000 detenciones, 364 ingresos en prisión, de los que 260 corresponden a condenas en firme. Además, en los últimos días, diversos municipios han decretado el estado de excepción –situación especial en la que parte de los derechos garantías constitucionales son transitoriamente suspendidas, en detrimento de la ciudadanía–, que lleva aparejado la declaración de toque de queda —prohibición absoluta de circulación de personas, que pueden ser objeto de disparo sin recibir la preceptiva voz de “¡alto!”—, es decir, anula legalmente las partes buenas de la Constitución.

La cronología de los hechos, de un modo sucinto, es la siguiente: el jueves, 27 de octubre de 2005, dos jóvenes de origen africano mueren electrocutados cuando huían de la policía, en Clichy-sous-Bois, (noreste de París); un tercer joven resulta herido. Al caer la noche, decenas de jóvenes atacan edificios públicos e incendian 23 vehículos.

El día siguiente, viernes, 28 de octubre, el ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, afirma que las víctimas huyeron tras un robo al ver llegar a la policía. Se produce el primer “contagio” de la rebelión: jóvenes de la vecina ciudad de Montfermeil se enfrentan a la policía, resultando incendiados casi una treintena de vehículos.

Así llegamos al sábado, 29 de octubre, en el que medio millar de personas se manifiestan en memoria de los dos jóvenes fallecidos. El tercer joven confiesa desde el hospital que “huyeron” porque creían que estaban siendo perseguidos. Otras dos decenas de vehículos resultan calcinados.

El día siguiente, domingo, 30 de octubre, tienen lugar diversos enfrentamientos en Clichy-sous-Bois y Montfermeil, durante los cuales, una granada lacrimógena lanzada por la policía alcanza una mezquita. Sarkozy llama “chusma” a los jóvenes alborotadores.

Lunes, 31 de octubre: los motines se extienden a otras siete ciudades de la periferia de París, en las que 68 vehículos resultan incendiados.

Martes, 1 de noviembre, el gobierno despierta de su letargo y el primer ministro Dominique de Villepin –que está públicamente enfrentado al ministro Sarkozy por liderar la derecha francesa–, en un gesto propagandístico que pretende restituir la calma, recibe a las familias de los dos jóvenes electrocutados al inicio del conflicto. Ese día 228 vehículos fueron pasto de las llamas.

Miércoles, 2 de noviembre, De Villepin anuncia un “plan de acción”, y asegura que “no hay solución milagro ante la situación de los barrios”. Ese día, una chica discapacitada resultó gravemente herida con quemaduras al no poder huir de un autobús incendiado.

Jueves, 3 de noviembre —a una semana del inicio de la revuelta—, más de medio millar de vehículos fue quemado, así como diversos comercios en los alrededores de París. Los disturbios se extienden a toda Francia.

El viernes, día 4 de noviembre, se producen numerosas redadas policiales, en las que tienen lugar hasta 253 detenciones, incluido un niño de 10 años.

El sábado, día 5 de noviembre, la violencia llega al centro histórico de París, donde tres decenas de vehículos son quemados —y otros 1.300 en el resto de Francia—. Los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado despliegan entonces medios especiales para el control de algaradas, incluyendo el uso de helicópteros. Se producen 312 detenidos. Las autoridades europeas expresan su temor ante la posibilidad de que la ola de violencia se propague a todo el continente. Cinco vehículos incendiados en Berlín y otros cinco en Bruselas.

El pasado domingo, día 6 de noviembre, el Presidente de la República, Jacques Chirac realizó su primera declaración al respecto, solicitando el “restablecimiento del orden público”. Su llamada cae en saco roto, solo ese día más de mil cuatrocientos vehículos fueron quemados, 395 personas detenidas y 36 policías resultaron heridos. La violencia cubría ya 274 municipios repartidos por toda la geografía francesa.

Así llegamos a la noche del lunes, 7 de noviembre, en la que se produjo la primera víctima mortal entre los manifestantes. El primer ministro Villepin autorizó el toque de queda en las ciudades afectadas.

Psee a todo, el martes, día 8 de noviembre, más de 300 vehículos y varios edificios, como escuelas y parvularios, fueron incendiados. Ese día, el Consejo de ministros tomó la decisión aplicar la Ley de 1955 sobre el estado de emergencia por una duración de 12 días.

El día siguiente, miércoles, 9 de noviembre, la violencia disminuyó tras aplicarse el primer toque de queda, pese a lo cual se contabilizaron 617 vehículos quemados y 204 detenciones.

Ayer jueves, 10 de noviembre, pese a las declaraciones gubernamentales, la quema de vehículos ascendió a casi medio millar. Entretanto, en Bruselas, ardían quince coches.

En la madrugada de hoy, viernes, 11 de noviembre, la policía parisina informó que ha enviado a prisión a 364 personas desde que inició la violencia el pasado 27 de octubre, pero carecía de datos sobre la destrucción de bienes. Al tiempo de escribir este artículo, no cesaban de llegar noticias de la quema de más vehículos y ataques a edificios gubernamentales.


2. ¿CUÁNDO, DÓNDE Y POR QUÉ EMPEZARON LAS PROTESTAS?

Como se ha expuesto en el apartado anterior, los principales acontecimientos desencadenantes del estallido de violencia fueron tres: por una parte, el pasado 27 de octubre, dos personas de origen subsahariano murieron electrocutadas accidentalmente en una central de alta tensión, cuando huían de una patrulla de la gendarmería; por otro lado, tres días después, una bomba lacrimógena lanzada por agentes antidisturbios cayó de modo fortuito en el interior de una mezquita, en plena celebración de un acto religioso; finalmente, Nicolas Sarkozy, titular del ministerio francés del interior, en el transcurso de unas declaraciones a la prensa, no dudó en calificar de “chusma” a quienes participaban en las acciones de protesta por los dos anteriores sucesos.


3. ¿CUÁLES SON LAS CAUSAS DE ESTE CONATO DE REBELIÓN?

Más allá de estos hechos cercanos en el tiempo, que no pasan de ser meras gotas que colmaron el vaso de la paciencia, el conflicto tiene su origen en los gravísimos problemas de orden socioeconómico que se resumen en la negación sistemática de los tres elementos fundamentales del lema de la República de Francia: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Así, en palabras del propio Régis Debray, lo ocurrido en Francia, no es sino el reflejo de una brusca ruptura de los valores tradicionales del Estado protector francés:

Cada vez son más quienes ven amenazada su libertad en el país vecino. Como consecuencia de la presión ejercida por una irrespetuosa mayoría y un ordenamiento legal concordante con esa falta de respeto hacia las minorías, cada vez más personas optan por ocultar muchos aspectos de su cultura, religión y estilo de vida, por miedo a ser reprendidos, ridiculizados o incluso objeto de sanción. La Libertad, pues, ha caído.

De igual forma, existen demasiadas personas que en pleno 2005 no pueden sentirse iguales en Francia, porque el color de su piel, el patrimonio de su familia, su nivel cultural, su origen étnico o geográfico, e incluso sus creencias más íntimas les convierten en subciudadanos. La Igualdad, ha caído.

Finalmente, la Fraternidad, piedra clave del respeto mutuo entre grupos, clases y entes sociales brilla también por su ausencia, y ha dejado paso a una cada vez más insoportable dosis de odio que impregna todas las capas de la sociedad. No es extraño que las minorías acumulen más y más ofensas aisladas, más miradas en los autobuses, más negativas en las peticiones de acceso a guarderías públicas, normas cada vez más estrictas en el acceso a la cultura y la formación pública, donde el nivel de acoso crece a ritmos desordenados, al calor de una calculada desidia. Como referente más claro: hoy, en 2005, la clase media francesa asume con normalidad, niveles de discriminación subyacente que jamás se habrían tolerado en la España 1990. Así pues, el concepto de Fraternidad también ha caído.

Caídas la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, podemos sentenciar sin miedo a equivocarnos, que: Francia ha muerto.

Pero la causa última del actual panorama, debemos buscarla mucho antes: la sociedad francesa es víctima de una inercia histórica que combina errores en las políticas de integración social de las últimas décadas, con las consecuencias del afán expansionista de la época colonial. Sí, no ha tanto tiempo, cuando la grandeur de Francia aspiraba a dominar militarmente el norte de África, los ciudadanos de las colonias lo eran también de la metrópoli, y muchos de éstos se establecieron en ella, en busca de un futuro mejor… por aquello de “si Washington nos invade, al menos, que nuestros hijos estudien en UCLA”.

Sucedió que el reparto de la inmigración colonial, no fue uniforme a lo largo del territorio continental europeo de Francia. Sino que —a excepción de la rivera francesa (Costa Azul, Provenza y Alpes Marítimos)—, la gran mayoría de estos recién llegados se estableció en París, porque como muchos dicen: “Francia es París”. Como es obvio, esta masa humana no se estableció en el premier arrondisment —los barrios de París están numerados correlativamente en espiral, a partir del centro de la villa, que recibe el número uno—, no, se establecieron en los barrios obreros de las afueras, donde además —con o sin intención—, se siguieron políticas favorecedoras de la aparición de guetos, contribuyendo a la falta de integración en la sociedad europea.

No se trata de echar la culpa de la actual crisis a la ambición desmedida y los errores del pasado, se trata de conocer y reconocer las causas, para buscar soluciones concretas para el futuro.

Ni que decir tiene, que albergar subsociedades de apestados, fácilmente reconocibles por sus ropajes y el color de piel, cuyas creencias religiosas muchos se empeñan en confundir con terrorismo, con un deplorable nivel cultural medio, sin bienes materiales que conservar, con un escaso arraigo en la geografía europea, con elevadísimas tasas de natalidad y crecimiento vegetativo, con iguales obligaciones, pero distintos derechos —sino de iure, sí de facto—, con un porcentaje de desempleo que se sale de escalas, una renta per cápita ínfima y en condiciones de hacinamiento y marginación; es una situación que genera un inmanejable grado de inestabilidad, delincuencia y retroalimentación de las causas.

Estos jóvenes no ven futuro, porque probablemente no lo haya para ellos. No en vano, semejante tipo de problemas socioeconómicos, requiere soluciones, ajustes macroeconómicos, cambios políticos cuyo efecto debe medirse a muy largo plazo, no en legislaturas, sino en generaciones. En estas condiciones, un plan de choque, además de inútil podría llegar a resultar como un volantazo, y Francia es un avión que no necesita un pilotaje hostil, sino pilotos firmes y con perspectiva histórica.

Para determinadas capas sociales no hay trabajo, no hay formación, no hay simpatía, el acceso a la escolarización no es cómodo, carecen de opciones para emprender negocios o acceder a sufragio pasivo… se diría que sobran; le sobran a la mayoría bien estante. Incluso existen partidos políticos cuyo discurso se centra en dirigir el odio hacia ellos, están cansados del acoso policial —con o sin motivo—, hartos de que no se respete su presunción de inocencia, hartos de puertas cerradas… y ahora, además de electrocutarles, de incendiar sus casas y arrojar artefactos lacrimógenos en sus templos de culto —por si todo eso fuera poco—, los miembros del gobierno les insultan directamente en público, ¿qué otra cosa pueden hacer?

Mientras, determinados medios de comunicación de masas, no cesan de bombardear la opinión pública con mensajes del tipo “jóvenes violentos”, “pasto de mafias”, “delincuentes comunes”, “reminiscencias islámicas”, e incluso, un conocido panfleto que no hace falta nombrar para ser reconocido, apuntaba ayer, jueves 13 de noviembre, a la posibilidad de que “elementos próximos al entramado de E.T.A. estuvieran detrás de la instrucción en técnicas de guerrilla urbana a los jóvenes violentos de Francia”… como dijo Blair, “algunos viven desconectados de la realidad”.


4. ¿QUÉ OBJETIVOS TIENE ESTE BROTE DE ANARQUÍA?

Esta es una de las cuestiones que más preocupa al poder establecido: nadie persigue nada concreto. Los manifestantes exigen un mundo mejor, destruyendo éste que no les gusta, que les discrimina y les niega derechos que aún siendo legítimos, aparecen como privilegios inalcanzables para ellos. La realidad determina que un francés que haya nacido en esos barrios, no sea exactamente un ciudadano de Francia.

Estos jóvenes protestan contra la injusticia en general, contra una sociedad hipócrita que coarta sus libertades, que no les reconoce como iguales y hacia los que nadie parece querer confraternizar. Es la negación del ideal ilustrado. Francia —y no solo Francia— ha establecido es un sistema de castas, que determina las posibilidades de las personas en función de su nacimiento, raza, credo, capacidad económica y nivel cultural.

La discriminación es recursiva. Primero se dificulta la escolarización de una persona, y más tarde se la condena a una vida de marginación, en aras de su nivel cultural. Primero se clasifica a los pobres en ciudades que son como cementerios para vivos de un mismo tipo, y luego se estigmatiza todo lo relativo a esos núcleos urbanos… “ya se sabe, eso ha ocurrido en Clichy-sous-Bois”. Barrios con un nivel de inversión pública totalmente desproporcionado en relación a su población. Ciudades para hijos de dioses menores… sin servicios públicos de calidad, sin instalaciones culturales, escasez de áreas deportivas, el índice de cobertura sanitaria más bajo de la nación y atenazados por una especie de Estado policial que preconiza la dureza preventiva, en lugar de las máximas de servicio y protección que deberían regir sus actos. Incrementado tras la decisión de Nicolas Sarkozy de retirar la policía de proximidad.

Resulta inquietante para el tradicional espíritu libertario de Francia, que tengan que ocurrir cosas como esta, para tomar conciencia de la necesidad de no dar la espalda a un sector de la sociedad.

Las democracias se basan en la soberanía del pueblo, expresada en la voluntad de la mayoría… pero sin olvidar el respeto a las minorías. De lo contrario, nada tendría sentido.

Quemar coches no está bien, pero para hacer una tortilla es necesario romper algunos huevos.

La minoría de oprimidos ha conseguido llamar nuestra atención, ahora, ha llegado el momento de que nos pongamos a buscar soluciones. El pueblo no es todo turba. Incluso una sociedad civil en precario, como la de 1789 dispuso de sus personajes Ilustrados, que orientaron el descontento popular hacia la derrota del absolutismo y la búsqueda de un futuro mejor.

Hoy en día las cosas funcionan de otro modo —en Francia y en todas partes—, el poder absoluto ejerce sectarizando la mente de una mayoría de adeptos a los medios de comunicación de masas, para —acto seguido—, enfrentarles a las urnas. Es el gobierno de los orates, que no ven, no oyen, no leen, ni piensan… se conforman con que otros piensen por ellos, e incluso que otros voten por ellos a través de sus manos, que son una extensión de cerebros repletos de Real Madrid, Barça, Paris Sant-Germain, Gran Hermano, Salsa Rosa, Aquí Hay Tomate, Sábado Fiesta, Le Figaro, La Razón, COPE, Le Pen…

Pero hay verdades tan inocultables, que se abren paso incluso contra el pensamiento único. Una de esas verdades es la insostenible situación de injusticia que sufren los miembros del llamado cuarto mundo: un tercer mundo, dentro de nuestro orgulloso y autosuficiente primer mundo.

¿Y qué piden los jóvenes? Poca cosa: Libertad, Igualdad y Fraternidad.


5. ¿SE PUEDE EXTENDER LA VIOLENCIA A OTROS PAÍSES?

Puede y ya lo ha hecho: en Bruselas y Berlín ya se han registrado numerosos incidentes que, como en las ciudades de Francia, incluyen la quema de coches, el ataque contra edificios públicos y el enfrentamiento con los agentes de los cuerpos y fuerzas de seguridad.

No obstante, uno de los elementos rectores de las situaciones de inestabilidad es el grado de desesperación de las minorías y su porcentaje sobre la población total… parámetros de control social que los gobiernos conocen bien, y que no parece que en España —por el momento—, se acerquen a los valores necesarios para desembocar en enfrentamientos callejeros.

La situación en Francia es bien distinta, allí los subyugados representan un número potencialmente peligroso para la seguridad del Estado, y su nivel de insatisfacción es también muy grande.

En España no hay peligro de inestabilidad interna. Por ahora, disponemos del Estrecho de Gibraltar para ayudarnos a mantener el Infierno fuera de la vista. Por ahora.


6. ¿A QUIÉNES BENEFICIA LA SITUACIÓN ACTUAL?

Por un lado, aquellos quienes tengan sus coches asegurados a todo riesgo, pronto dispondrán de vehículos nuevos, porque la sociedad capitalista es precavida y gusta de asegurarse y reasegurarse para mantener la ilusión de infinita permanencia.

Pronto habrá nuevas convocatorias para acceder a al función pública para cubrir las necesidades de las instituciones penitenciarias. También algunas constructoras pertenecientes a amigos del poder establecido dispondrán de maravillosas excusas para tener más beneficios, y repartir nuevas comisiones ilegales. Incluso quizá se cree alguna plaza de fiscal especial anti-libertad.

Pero —por encima de todo—, el máximo beneficiado será el Frente Nacional, el partido neonazi de Jean Marie Le Pen, que será quien recoja los resultados electorales de las nuevas fuentes de odio y confusión generadas estos días, sumadas al humillante espectáculo que están ofreciendo los títeres de la derecha no-abiertamente-nazi que ocupa el gobierno de Francia estos días.

En efecto, el Frente Nacional será quien sacará tajada de todo esto, y verá sensiblemente incrementada su representación parlamentaria en los próximos comicios. Para sonrojo de una aplastante minoría de personas de bien.

Yo incluso me atrevería a afirmar que, de ser ciertas las noticias que entreven cierta “coordinación táctica” entre los jóvenes rebeldes… ésta debería provenir de elementos a sueldo del citado partido nazi, que es quien al final se va a beneficiar.


7. ¿CUÁL ES LA TENDENCIA DE LOS ACONTECIMIENTOS?

Por lógica, los acontecimientos pueden empeorar o mejorar, pero no permanecer como hasta ahora. Porque, al menos al Estado, todavía le quedan unos cuantos ases más en la manga, que incluirían el levantamiento de tribunales especiales, la aprobación de textos legales adhoc, incrementar las detenciones —con o sin garantías procesales—, y, si finalmente todo falla, el viejo recurso de papá Estado: el ejército.

Contemplamos pues, dos escenarios posibles: a mejor o a peor.

Varias son las razones que frenan al Estado en su intención de recurrir a la fuerza bruta para sofocar la revuelta: la primera de ellas, es la presión informativa hoy en día todo se sabe —solo en París puede haber cerca de cien millones de dispositivos capaces de captar imágenes—; en segundo lugar, el porcentaje de población afectada —por ejemplo: se puede aplastar a 150.000 vascos, pero no a 7.000.000 de franceses—, y luego está el temor a una escalada militar, claro: si la cosa se sale de control, “alguien”, podría hacer “algo”, conde menos te lo esperas. Está prohibido decirlo, pero —sin duda—, los elementos disuasorios juegan un importante papel en cualquier conflicto.

Es decir: el Estado puede elevar mucho el listón, pero con cierta moderación, al menos aparente.

¿Y la otra parte? El pueblo también puede elevar el tono de su protesta, pero no mucho más. Si el Gobierno activa todos los resortes para mentir de modo sincronizado, si potencia la creación de patrullas ciudadanas, si pone el ejército en la calle, si hace la vista gorda ante los abusos que puedan ocurrir… la minoría no tendrá ninguna posibilidad.

Además está el factor de la edad… como en el País Vasco y como en todas partes, no es que los jóvenes sean más radicales, o cuerpos más atléticos que les permitan ser más lanzados en las revueltas urbanas… simplemente, al ser jóvenes y no tener aún la vida muy planificada, al no tener cargas familiares, ni nada que los ate… su predisposición al riesgo es mayor, porque —salvando los tópicos del temperamento de la adolescencia, o la falta de la formación del carácter—, en realidad, solo se sienten responsables ante ellos mismos, y por eso resultan más osados, pero eso no significa que las palabras “joven” y “violento” deban ir siempre juntas, como pretenden algunos medios de comunicación de masas.

Traía a colación lo de la edad, porque el segmento de población que tiene una edad “apta para el combate urbano” no es muy grande, lo que significa, en resumen, que papá Estado va a ganar.

Por tanto, confío en que los hechos remitan antes de un mes, y queden sepultados por una avalancha de mentiras y criminalizaciones generalizadas que poco tendrán que ver con la amarga realidad: que los de siempre seguirán sufriendo, que los policías acosadores del 27 de octubre quedarán impunes, que nunca se sabrá como un artefacto lacrimógeno fue a parar dentro de la mezquita en pleno culto, que muchos jóvenes “templarán” su instinto inconformista con una larga estancia en centros penitenciarios, que además sus historiales penales se verán empañados —lo que aumentará su marginación social—, y que si no se impone una reflexión y cambio político, todo cambiará, para que todo siga igual.

Buenas palabras, pax romana y muchos regalos por Navidad.


8. ¿CÓMO RECUPERAR LA PAZ?

Hacer el bien es fácil: solo hay que desear para los demás, aquello que deseamos para nosotros. Es más, el principio de toda paz social, estriba en el reconocimiento de que ya no hay “demás”, que el concepto de “los demás” nos incluye.

Francia —y todos los países que ceden al neoliberalismo—, debe volver sobre sus pasos y reconocer que las causas de esta Segunda Revolución Francesa no distan mucho de las de 1789: el auge de la burguesía, el resentimiento contra el poder establecido, la lucha contra un poder empresarial que margina a ciertas minorías, la aparición de ideas ilustradas —hoy el pensamiento es indetenible—, abusos en la inversión pública, escasez de medios de vida y el resentimiento por los privilegios de la clase media.

Quizá sean menos, pero son personas, como yo, como tú, como Jean-Marie y como Juan Carlos.

No habrá paz mientras no haya respeto, trabajo, justicia, libertad, igualdad y fraternidad.

URGENCIAS

…como íbamos diciendo, me gustaría tratar hoy de las diferencias entre lo urgente y lo importante, para ver si algunas de las paradojas que nos asaltan al pensar, lo hacen por mero divertimento, o por contra, es menester que nosotros, simples mortales –con derecho a lágrimas y voto–, trabajemos para conseguir que alguien haga algo.

Me tacharán de demagogo, dirán que mi utopía roza lo pueril –como dijeron de aquel representante de la ciudadanía española, al que se le ocurrió defender en plena Asamblea General de las Naciones Unidas, la idea de la búsqueda de la fraternidad a través del mutuo conocimiento–. Lo sé, y lo asumo; mas no será el miedo a la reacción, lo que me haga temblar al escribir en voz alta, realidades que están bien a la vista de todos.

Abandonemos la senda de lo abstracto, adentrándonos en el zarzal de la vida:

Primera pregunta, sobre Salud y realeza: si como leo en los Presupuestos Generales del Estado para el próximo años 2006, la familia de Juan Carlos nos va a costar algo más de ocho millones de euros… ¿por qué la Comunidad de Madrid falsifica los documentos oficiales de la Consejería de Sanidad, negándose a reflejar el tiempo que verdaderamente lleva esperando mi señora madre para que le hagan una mamografía?

Segunda pregunta, la pistola junto al ratón: ¿qué sentido tiene que el apartado de investigación y desarrollo de la Sociedad de la Información (programa 467G), figure en la sección de gastos del Ministerio de Defensa? Me gustaría analizar esta situación frente a la negativa de las Cámaras a aprobar la Ley de Software Libre, esta misma semana.

Tercera pregunta, a propósito de la prostitución: compruebo que con acierto y prudencia, el legislador ha previsto la existencia de una partida genérica para “Otros imprevistos” (sección 31, programa 929M, Económica 51), cuya dotación presupuestaria asciende a casi seiscientos cincuenta millones de euros. Aprovechando que estamos en diciembre –y que hace mucho frío–, me pregunto si las personas que ejercen la prostitución, en las inmediaciones de La Casa de Campo, de noche, casi sin ropa, forzadas, arriesgándose al contagio de enfermedades, asustadas y con responsabilidades familiares… me pregunto, si se podría habilitar el uso de esos fondos públicos, para cumplir con los preceptos constitucionales de la tutela judicial efectiva, vivienda y trabajo dignos. Sé que es cuestión de prioridades, pero esas personas sufren y se están muriendo como si no fueran como nosotros.

Cuarta pregunta, a propósito de las infraestructuras: ¿sería muy difícil prescindir de alguna de las diez tuneladoras que están perforando el subsuelo de Madrid y desviar sus gastos a la construcción de viviendas sociales para poder dar acogida a una parte de las miles de personas que huyen desesperadas hacia nuestro país? (del que no hace tanto huíamos nosotros).

Quinta pregunta, sobre Dios y el César: ¿pasaría algo si construyéramos algunos kilómetros menos de autopista por año, y a cambio dispusiéramos del número de jueces que realmente necesitamos?

Sexta pregunta, sobre las cosas de casa: suponiendo que la Ley está bien como está, ¿por qué cualquier agente de la propiedad inmobiliaria se ríe de mi cuando le hablo de pagar solo el precio máximo legal por una vivienda de protección oficial?

Séptima pregunta, el valor de las cosas: ¿es casual que coincidiera en el tiempo, el cambio en la fórmula de cálculo del Índice de Precios al Consumo con la entrada en vigor de la moneda única europea? Lo digo, más que nada, porque si el IPC acumulado es inferior a un 25%, no entiendo porque un café cuesta más del doble, el periódico un 66% más, mi apartamento cerca de cuatro veces más… y ¡un zumo tres euros con veinte!

Octava pregunta: ¿qué criterios periodísticos determinan el nivel de cobertura de los acontecimientos de la realidad? ¿la línea editorial? ¿el azar? Yo, pongamos por caso, siento una gran curiosidad por el desarrollo del macro proceso judicial llamado 18/98, contra la banda terrorista E.T.A. y el conjunto de organizaciones que presuntamente se movían en su área de influencia ¿por qué tengo la sensación de que no me estoy enterando de nada? Me interesa conocer también en qué consiste la iniciativa del anterior comisario europeo Frits Bolkestein, pero tengo la sensación de que se me ocultan cosas. ¿Por qué la manifestación en defensa de una Constitución Republicana, celebrada el pasado día 6 de diciembre, apenas apareció en la prensa, si –como es evidente–, fue el acto que más ciudadanía movilizó ese día? Hablo del silencio intencionado de EL PAÍS, naturalmente, pero también de Radio Televisión Española, cuya ocultación se me antoja mucho más hiriente, habida cuenta de su financiación con dinero público.

Pero, volvamos al Olimpo de lo abstracto: ¿qué es importante y qué es urgente? ¿qué es la derecha y qué es la izquierda? ¿somos libres?

A veces me dan ganas de plantarme en la Puerta del Sol, subido a un cajón de madera, armado con un megáfono, y gritar que la propiedad privada es un delito, que la vivienda secundaria es inmoral, que la Naturaleza nos ajusticiará en breve, que el jefe de estado fue designado por un delincuente, que es mejor el bien, que todos somos iguales…

Entonces, cuando la tele me avergüenza, la radio me asusta, la prensa me miente y los bramidos tabernarios me ofenden… me encierro en mi habitación, y escribo poesía… y soy libre, en mi imaginación.

ARGUMENTOS CONTRA LA MONARQUÍA

¿Es legítimo el puesto de trabajo del ciudadano Juan Carlos Borbón?

No, porque fue designado por un delincuente, y su posterior refrendo popular se desarrolló bajo un ambiente general de miedo a un nuevo golpe de Estado. Además, no había posibilidad de votar un texto alternativo al oficial. Por otra parte, no podemos olvidar por que su condición persona armada, el ciudadano Juan Carlos Borbón debería mantenerse alejado de la política.

¿Es el ciudadano Juan Carlos Borbón nuestro “mejor embajador”?

No, porque una persona ajena al gobierno electo no debería inmiscuirse en los asuntos del Estado; además, se debe evitar que los mandatarios de otros países duden acerca de que es el interlocutor válido para relacionarse con España.

¿Es verdad que el ciudadano Juan Carlos Borbón apenas tiene poder?

No, según el apartado “h” del Artículo 62 de la Constitución Española de 1978, Corresponde al rey: “El mando supremo de las Fuerzas Armadas”. De lo cual cabe interpretar que en España, esa figura vitalicia y hereditaria ejerce el poder de un modo completamente discrecional. En cualquier momento, se puede decretar el estado de sitio o excepción, y hacer uso de la fuerza del Estado, que más allá de toda legitimidad y representación, descansa en la amenaza del uso de la fuerza.

¿Es cierto que el ciudadano Juan Carlos Borbón resulta barato al Estado?

No, solo durante 2006, mantener al ciudadano Juan Carlos Borbón y su prole, supondrá para las arcas del Estado un gasto de 8.048.510 Euros, según consta en el epígrafe 911M, de la página 42998, del Boletín Oficial del Estado número 312, publicado el viernes, 30 de diciembre de 2005, en el que se hace pública la aprobación de la Ley 30/2005, de 29 de diciembre, de Presupuestos Generales del Estado para el año 2006 (firmada, por cierto, por él mismo, si bien cuenta con el refrendo de la firma del Presidente del Gobiern o) .

Pero ¿no es cierto que tener una República sería más costosa?

Es de suponer que una República implicaría cambios muy claros en cuanto a las altas instituciones del Estado: primero, la desaparición de la Casa del Rey y todo lo que ello implica; segundo, la creación de la Presidencia de la República; y tercero, un cambio en la denominación de lo que hasta ahora viene siendo la Presidencia del Gobierno, que pasaría a llamarse Oficina de la Primera Ministra o del Primer Ministro. Aventurar con precisión el impacto presupuestario de dichos cambios no parece algo fácil de hacer, pero... aunque el escenario resultante fuera algo más caro… ¿qué persona honrada mantendría una forma de gobierno antidemocrática, sólo porque resultara más económica?

¿Qué beneficio aporta a España el cargo del ciudadano Juan Carlos Borbón?

Ninguno. La supuesta estabilidad es más bien el tradicional inmovilismo de los sistemas totalitarios,  y por respeto al pueblo, debería ser solo éste, a través de las urnas, quien ejerciera de árbitro de todos los poderes públicos.

¿Son izquierdistas quienes defienden la República Española?

No, puesto permitir que sea la ciudadanía quien elija a la persona que ostente la máxima representación del Estado, no beneficia ni perjudica las fuerzas de tipo conservador, ni a los partidos socialdemócratas, ni a los nacionalistas, ni siquiera a los ecologistas u otros que hoy por hoy, son extraparlamentarios.

¿Es posible considerarse republicano y al mismo tiempo “juancarlista”?

No, porque una persona republicana siempre defenderá que sea el pueblo quien elija periódicamente a todos sus representantes públicos.

¿Acumula el ciudadano Juan Carlos Borbón méritos especiales para su cargo?

No, aferrarse a un cargo medieval, cuya existencia impide que la ciudadanía pueda elegir a su máximo representante a través de elecciones periódicas, no parece precisamente un mérito especial. Por otro lado, su inexacta renuncia al ejercicio del poder, responde más a su interés particular por hallar una “salida desesperada que le permita conservar su estilo de vida”, que a un genuino compromiso con los valores de la democracia y el bien público. Quizá trataba de evitar que se reprodujera un escenario de libertad como el de Grecia. Y en cuanto a su relación con los sucesos acaecidos durante el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981… a ciencia cierta, nadie sabe nada. Por otro lado… ¿qué mérito podría justificar que se regale a una familia el mando supremo del ejército con carácter vitalicio y hereditario? Para recompensar hechos heroicos ya están las condecoraciones, premios y monumentos.

¿Es posible que el ciudadano Juan Carlos Borbón sea republicano?

No, sería un contrasentido. Un monarca republicano, abdicaría de inmediato. Lo más seguro es que el ciudadano Juan Carlos Borbón crea en su causa, del mismo modo que el romano pontífice debe creer en la suya. Y por tanto, sería ilógico que alguien defendiera una causa y al mismo tiempo pudiera ser tomado por un defensor de la causa opuesta.

¿Lleva el ciudadano Juan Carlos Borbón una vida ejemplar?

No hay forma de saberlo, porque los medios de comunicación parecen actuar conducidos por la fantasía de la literatura infantil, cuando no del estilo periodístico que se ha dado en llamar “prensa rosa”, en lo relativo al máximo representante político del Estado. De todos modos, ¿qué tendrá que ver la conducta privada de un único ciudadano con la forma de gobierno su país?

¿Es coherente el Título Segundo de la Constitución Española de 1978?

No, porque para empezar, contradice el primer apartado del Artículo 1, dado que la monarquía constituye la negación de la igualdad. También contradice el segundo apartado de ese mismo Artículo 1, puesto que si los poderes del Estado realmente emanaran del pueblo español, éste podría elegir a su Jefe de Estado, y eso no ocurre. Por otro lado, el Artículo 14 consagra la igualdad ante la Ley, garantizando la no discriminación, entre otros motivos, por razón de naci-miento, lo cual es contrario a la existencia de la monarquía. Además, el Artículo 22, en su quinto apartado, prohíbe las asociaciones secretas y las de carácter paramilitar. Lo cual contradice la constitucionalidad del Título Segundo.

¿Es verdad que el ciudadano Juan Carlos Borbón es aficionado a las motos?

Quizá. ¿y? ¿afecta eso a su capacidad para gobernar? ¿no gobierna? Entonces… ¿por qué no puedo elegir periódicamente a quien ostente la jefatura del Estado de mi país? El que una persona tenga predilección por el mundo del motor, o afición por las emisoras de radio de onda corta no revela más que su condición de ser humano. Incluso se presta al humor fácil, puesto que denota cierta necesidad de hacer algo serio después de una larga jornada de trabajo?

“Existen problemas más importantes que el de la monarquía”

Un edificio se construye empezando por los cimientos. Una sociedad, también. Todo el mundo sabe que la democracia es el poder del pueblo. Sin democracia, solo queda la arbitrariedad. El primer paso para que el pueblo resuelva sus problemas es no consentir que nadie decida por él, porque quien, más quien menos, todo el mundo barre para su casa, y la casa de todos es algo que solo todos pueden barrer. La dirección de un país moderno no puede estar en manos de un negocio familiar. Primero: democracia, después: todo lo demás.

“No menciones el asunto de la monarquía, que tendrás problemas”

La existencia de conceptos tabú, ponen de manifiesto que algo les ocurre a las libertades públicas en nuestra sociedad. Desde posiciones de respeto, cualquier asunto debería ser abordable. Sin la amenaza de litigios inmorales, la condena mediática al ostracismo o el miedo al rechazo profesional (al estilo McCarthy).

“Tenemos un buen rey”

A lo mejor sí, pero… ¿y el próximo? ¿es moral, o ético dejar un asunto de semejante importancia en manos del azar? Por otro lado, ¿es posible afirmar sin rubor, que la persona que ha vivido y trabajado codo a codo con un delincuente habitual (el militar golpista de 1936) sea la más idónea para representar hoy en día al pueblo español? ¿alguien se imagina a la Cancillera alemana Merkel, viéndose obligada a despachar con un monarca elegido por El Innombrable? Quizá España sea diferente, pero sin duda, ésta es una diferencia a peor.

“Felipe está muy preparado”

Mejor, así no tendrá problemas para reconducir su futuro profesional. No se trata de ir en contra de nadie en particular, sino muy al contrario, de ir a favor de la población en general. El principal problema de la familia real no es el derroche económico, ni las continuas ingerencias de un militar en los asuntos de la vida pública y la política exterior, ni su falta de legitimidad de origen… no, el principal problema de la institución monárquica es que su presencia colisiona con la existencia de un poder político elegido por el pueblo. Una de las salidas posibilistas, consistiría en comprometerse a mantener su tren de vida durante algún tiempo, pero solo previa abdicación definitiva a la Jefatura del Estado. Si el ciudadano Felipe Borbón desea involucrarse en política, debería renunciar a su carreta militar, fundar o solicitar militancia en un partido político legal, y a partir de ahí, convencer al pueblo, quien podría depositar su confianza, por algún tiempo.

“El rey lo es por designio divino”

C ualquier credo religioso es digno de todo respeto. No obstante, hablamos de la vida pública, de las instituciones del Estado. Por seriedad, por respeto a las diferentes concepciones y formas de entender la espiritualidad (o su ausencia), un país moderno no puede ser confesional, dicho sea de otro modo: ninguna religión puede condicionar la forma de gobierno que el pueblo de España decida otorgarse.

“La Constitución Española de 1978 es inmutable”

Una sociedad no es una piedra. España es hoy un país que poco tiene que ver con el que dejó tras de si la etapa del fascismo totalitario. La realidad mundial es otra. El grado de madurez de la ciudadanía, reclama para si lo que por simple reconocimiento democrático le corresponde en justicia: la libertad para decidir. La Constitución Española puede ser objeto de reforma, e incluso de completa derogación. Hoy, España precisa de profundos cambios que respondan a unas necesidades de organización territorial que los hechos se empeñan en definir como federales. La inserción de nuestro país en modelos supranacionales como la Unión Europea, el convencimiento en una mejor defensa del Medio Natural, la cuestión de adoptar fraternalmente a quienes llegan a nuestro país en busca de un mundo mejor, el inocultable espíritu pacifista, la búsqueda de la paz en el País Vasco, la asunción de un Estado culturalmente plurinacional, la plena igualdad de derechos de la ciudadanía y el respeto a las minorías, constituyen desafíos que superan ampliamente el ámbito de la vieja Carta Magna. Y de entre todos esos puntos el más evidente y vergonzoso, es el mantenimiento de una institución medieval en la cúspide de la jerarquía de un país, en 2006.

“Otros países tienen monarquía, y les va muy bien”

Hablamos de nosotros. Sociedades distintas tienen momentos distintos. Otros verán por si mismos qué quieren hacer, qué les dejan hacer, y cuándo deciden hacerlo. Los países extranjeros son independientes del nuestro. Si algo ha caracterizado los Siglos XIX y XX, ha sido la progresiva asunción del poder por el pueblo, en base a los principios ilustrados de los pensadores franceses, alemanes, rusos, ingleses y griegos clásicos, entre otros. De todos modos, incluso entre los países que conservan la monarquía como símbolo, su nivel de madurez democrática es mucho mayor que el de España. Nadie en Canadá ni en Australia consentiría que su ordenamiento jurídico concediera mando efectivo en su país, a la reina de los ingleses. Nadie en Japón permitiría que el emperador volviera a influir en su política de defensa. Monarcas absolutos con mando supremo sobre el ejército ya solo los encontramos en el Vaticano, Marruecos o los países de la península arábiga… y España, claro. De todos modos, si vamos a hacer un análisis serio, las razones por las que Holanda, Bélgica, Suiza, Reino Unido, Japón, Luxemburgo, Canadá, Australia, Dinamarca o Noruega gozan de sistemas democráticos más avanzados y mejor calidad de vida que las de España, no tienen su explicación en la monarquía, sino en otros factores, el principal de los cuales proviene de su grado de libertad en las anteriores siete décadas, en comparación con nuestro país. Además, se hace difícil encontrar un país en el que, como en España, el ejército se haya visto obligado tantas veces a adoptar un papel represor contra su propia sociedad civil. Dicen que el diablo cuando se aburre mata moscas… al ejército español, una vez perdidas todas las colonias, se utilizó para reprimir protestas sindicales, destruir el gobierno legítimo, prohibir lenguas y culturas autóctonas y atemorizar a al oposición.

“La Segunda República fue un caos”

Sí, sobretodo teniendo en cuenta que tuvo que lidiar con los constantes embates destructivos provenientes del nacional catolicismo de la ultra derecha, que finalmente, cansada de perder elecciones y no poder imponer su voluntad como antaño, optó por dar un Golpe de Estado, provocando la Guerra Civil Española. La Segunda República constituyó una decidida apuesta de la mayoría de la sociedad española en busca de un futuro de libertad, justicia, progreso, laicismo, igualdad, federalismo, fraternidad, pacifismo… que se duró poco, apenas un lustro, porque ciertos poderes fácticos no podían tolerar que un país como España completara satisfactoriamente una experiencia cívica como la que se desprende de la Constitución de la Republica Española, de 1931, que planteaba el respeto a las culturas, la separación de poderes, la emancipación de la mujer, la defensa de las clases desfavorecidas, el multipartidismo… demasiado bien, en muy poco tiempo. ¿Y porque se repite tanto entonces, que la República era el Mal, que se mataban sacerdotes, etc.? Muy sencillo: los partidos conservadores españoles hace setenta años que demonizan la República, en la esperanza de que ésta no vuelva jamás, y así poder conservar los privilegios que les ofrecen los sistemas arbitrarios como el totalitarismo o la monarquía. ¿No es cierto? Si no temieran la libertad, no la atacarían con tanto interés. Quien ataca la existencia de unas elecciones libres… ¿qué teme de ellas? ¿el resultado? No es una cuestión baladí: hablamos de que toda persona que tenga menos de 80 años, se ha formado en un ambiente en el que se le repetía una y mil veces que la República es el mal. Y en cuanto a la muerte de sacerdotes… “papá Estado” hizo algo peor que quitarles la vida: les redujo las inexplicables subvenciones públicas.

“La República es cosa de separatistas”

No, lo único que quieren separar los republicanos son los poderes del Estado, en interés general, y para garantizar el auto control y la transparencia, reducir el despotismo y dignificar la clase política. Lo primero es conceder al pueblo la capacidad para organizarse y decidir, y luego, lo que haya que ver ya se verá, naturalmente, se verá en las urnas y en los parlamentos, y jamás de otro modo.

“George W Bush es republicano”

Sí, pero no es lo que parece: en efecto, el presidente de los Estados Unidos de América, es republicano, como el presidente de Francia, es decir, son jefes de Estado elegidos por el pueblo, por un período determinado, a través de elecciones libres. Pero el presidente americano es republicano presidencialista, lo que significa que los sistemas de control y las prerrogativas de su cargo no son precisamente las descritas por los ilustrados franceses del Siglo XVIII. Además, está la coincidencia de que el partido de George W Bush, se llame Partido Republicano, de ideología es muy conservadora, en contraposición con el otro gran partido estadounidense, el Partido Demócrata, que es de derechas. Nuevamente cabe señalar: el extranjero es el extranjero, y España, es España.

“La República es un sueño utópico”

No, con esfuerzo, razón y paz, todo se puede defender, y todo se puede conseguir. Partiendo con un espíritu derrotista, jamás se habrían conseguido logros tan grandes para la Humanidad, como la abolición de la esclavitud, la equiparación de derechos entre la mujer y el hombre, el sistema de la Seguridad Social, la seguridad jurídica, la no discriminación racial, y un largo etcétera.

“La República es cosa de comunistas, masones y anticlericales”

No, por definición, la República es cosa de todas y todos. Es cierto, que al principio había cierta tendencia a identificar los valores de la República (igualdad, libertad, fraternidad), con idearios comunistas… pero, con ser cierto en parte, esta es una afirmación tendenciosa. También se ha confundido la defensa del laicismo con el anticlericalismo, lo cual es otro error: una cosa es defender que el Estado no debe estar mezclado con la jerarquía de ninguna religión, ni la católica, ni el Islam, ni ninguna otra, y otra cosa muy distinta, es pretender que los demócratas vayan a atacar a los profesionales de algún culto. Precisamente, garantizar la libertad de culto es uno de los principios de la República, y por eso, el no identificar al Estado con ésta o aquella religión, lo que hace es ser una muestra de respeto hacia quienes profesen credos minoritarios. Sobre la masonería… para que lo entienda cualquier profano, se trata de una asociación de amistad, que defiende valores de respeto y ayuda mutua, y entre sus normas está el no inmiscuirse en asuntos políticos ni religiosos, amén de promover la igualdad entre personas libres y fraternas. Sin profundizar más… una organización así (que además no es cierto que sea secreta), en modo alguno puede resultar dañina para el interés general.

“Los republicanos provocaron la Guerra Civil”

No, la guerra la hicieron quienes tenían armas y las utilizaron en contra de las instituciones electas por el pueblo al que precisamente habían jurado defender. Es muy grave mentir en algo tan básico y fácil de comprobar. El revisionismo histórico movido por intereses políticos, es algo que avergüenza al más pintado.

“Los republicanos pretenden destruir España”

No, todo lo contrario. Los republicanos (y las republicanas), lo único que persiguen es que todos los cargos públicos de España sean elegidos en las urnas.

“Los republicanos quieren matar al rey”

No, en la Francia del Siglo XVIII, quizá, pero hoy en día, aquí, en España, lo único que deseamos los republicanos es que el ciudadano Juan Carlos Borbón se dedique a otra cosa, que tenga un trabajo como cualquier otro español, y que no entorpezca la vida de las instituciones públicas del Estado, al frente de cuya dirección deben colocarse personas elegidas en las urnas, por períodos razonables, y en situación de recíproco control y supervisión. No hay que matar a nadie, eso sería violento, y a los republicanos modernos nos repugna el recurso a la violencia como instrumento para conseguir medios políticos. Simplemente, deseamos que la ciudadanía de España no sea objeto de herencia familiar, como si de ganado se tratara. Estamos en enero de 2006, nuestro país posee la octava mayor economía del planeta (este año el Producto Interior Bruto español ha superado al canadiense). Nadie quiere matar a nadie. Todo lo contrario, perseguimos la plena legitimidad democrática del país.

“Los republicanos se mueven por odio, revanchismo y envidia”

No, ni siquiera debería ser necesario explicarlo: no hay odio, sino concordia; no hay revanchismo, porque no hay reos ni objetivos personales, y envidia… solo envidiamos las cotas de madurez democrática de la que otros países hacen gala, de la que la propia España hizo gala en el pasado… en pleno 2006, las repu-blicanas y los republicanos españoles, solo envidiamos nuestro futuro.

“Con la República desaparecerían los valores culturales de España”

No, muy al contrario, con la República, se enriquecerán los valores tradicionales de los pueblos de España, con lo mejor de la filosofía política elaborado por el resto del planeta a lo largo de toda la Historia. Bien conocido es el fragmento que el filme español “La lengua de las mariposas” instaló para siempre en nuestra memoria: “con solo una generación de españoles educados en los valores de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, la semilla de la República habrá germinado, y ya nunca será posible volver a los tiempos de la oscuridad”.

REPÚBLICA Y ARITMÉTICA ELECTORAL

La ciudadanía española no puede votar a su jefa o jefe de Estado; en su Constitución, la palabra "Rey" aparece en 37 ocasiones; y se ven obligados a aceptar para siempre, lo que les hicieron votar hace treinta años, tras cuatro décadas de miedo y tergiversación. En este panorama, la plena libertad no existe, y el ejército sigue teniendo una importancia capaz de condicionar el silencio de gran parte de la clase política, que parece haberse resignado a pensar.

A los efectos de análisis, supondremos que el Partido Socialista Obrero Español es un partido republicano, si bien, el rigor impuesto por el pragmatismo y las responsabilidades de gobierno le han obligado a adoptar un discurso a mitad de camino entre el silencio y la contradicción. Sinceramente, si el fundador —Pablo Iglesias—, levantara la cabeza, y tuviera ocasión de oir decir al compañero Presidente del Gobierno, decir que el monarca es "bastante republicano"... la verdad, no sé lo que pasaría.

No faltarán quienes afirmen que esto es una incorrección política, un exabrupto o un desatino, pero estimo que la única razón por la que el PSOE no es más claro en este asunto, es el miedo.

¿Miedo a qué? Miedo a unas fuerzas armadas, cuya lealtad democrática, el gobierno —en pleno 2004—, no se arriesga a comprobar. Miedo a una nueva reacción de la Derecha tradicional, católica y ultranacionalista española, cuyos pequeños temblores de aviso podemos sentir a diario a través de las declaraciones de determinados líderes políticos, en el nivel de crispación existente en algunos medios de comunicación y por las amenazas vertidas por cada vez más numerosos y destacados miembros del ejército. Y no: adelantar dos meses un pase a reserva ya programado no significa poner a prueba la lealtad democrática de las feurzas armadas… lo que de verdad supondría una prueba de fuego de la obediencia del poder militar al poder civil sería que éste —por mandato de la ciudadanía, expresado en las urnas—, resolviera emprender alguna de las reformas que el país necesita y que el estamento militar siempre ha considerado "extremadamente delicadas", verbi gratia: abolir la monarquía; celebrar un referéndum de autodeterminación en alguna parte del territorio; abandonar la OTAN; reorganizar la cúpula militar, racionalizando el número y la proporción de mandos, y adecuándolos a las necesidades reales de la seguridad nacional; reducir drásticamente el presupuesto de Defensa y destinándolo a otras partidas presupuestarias más útiles para el conjunto de la sociedad, como sanidad, cultura, educación… entonces veríamos hasta qué punto son demócratas, aquellos quienes basan su poder en la amenaza del uso de la fuerza.

Sea como fuere, considerando pues, que el PSOE es un partido republicano (aunque no se atreva a confesarlo en público), a la vista de los resultados electorales obtenidos en marzo de 2004, podemos concluir que en el actual panorama, la proclamación de la República no es aún viable. ¿Por qué? Muy fácil: si nos atenemos al texto de la actual Constitución Española (la de 1978), y contando por adelantado con la negativa en redondo del Partido Popular, vemos que todavía estamos muy alejados de los porcentajes requeridos para emprender una reforma constitucional de estas características. Además, el sentido común nos dice que no es recomendable la aprobación de un Texto Base sin partir del consenso de las mayores fuerzas del país, dado que ello abriría la puerta a períodos de inestabilidad política, cuyas consecuencias —desgraciadamente—, hemos tenido que conocer en diversas ocasiones, los últimos dos siglos.

En la actualidad, los 148 escaños del Partido Popular en la Cámara Baja, aunque aislado en la cerrazón de sus posicionamientos políticos, suponen una representatividad de algo más del 42%, y su decidida apuesta por una oposición destructiva, hace inabordable cualquier propuesta de mejora del marco político existente.

En el Parlamento español, la mayoría absoluta la concede el número mágico de 176 escaños, la mitad más uno de los 350 de los que se compone. Contando con una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, el gobierno de turno puede estar seguro de superar sin problemas cualquier moción de censura, cuestión de confianza, aprobación de presupuestos, debate sobre el estado de la nación, convalidación de Reales Decretos —facultad excepcional, que permite legislar al Ejecutivo—, y en general, cualquier otra eventualidad que de otro modo pudiera encontrarse a lo largo de los cuatro años de legislatura. Eso, unido a la ausencia de una jefatura de Estado democrática y a una virtual fusión de poderes, supone el ejercicio de un poder que a efectos prácticos, podríamos calificar de absoluto.

Y no es una cuestión baladí, puesto que en la práctica, esa mayoría absoluta, unida a la total ausencia de mecanismos de control democrático, fue lo que hizo posible que España se viera inmersa en una guerra de agresión, contra el mandato de las Naciones Unidas, basada en falsedades, que supuso la pérdida de centenares de miles de vidas humanas, la total destrucción de las infraestructuras públicas y la desvertebración del delicado equilibrio de fuerzas que permitían la convicencia cívica en Iraq. En efecto, el gobierno de José María Aznar, se valió de la mayoría absoluta conseguida en las elecciones del año 2000, para esquivar la acción del control parlamentario, nombrar a persoans de confianza en las más altas instituciones del poder judicial y así tener vía libre para eludir todo tipo de responsabilidades causadas por su acción de gobierno, como la pésima gestión de las catástrofes medioambientales, el inicio de desproporcionadas obras para la gestión de los recursos hídricos del país, estimular la confrontación civil entre los habitantes de diferentes territorios del estado, y, como guinda máxima, una ignominiosa gestión informativa ante los trágicos hechos del 11 de marzo de 2004, cuando un comando de Al Qaeda atentó de modo indiscriminado contra la población más desfavorecida de Madrid (aproximadamente 1.200 víctimas mortales, entre quienes a primera hora de la mañana, hacían uso de los medios de transporte público para desplazarse desde los suburbios del extrarradio a trabajar a la capital).

No cabe duda de que, si en tan desafortunada cadena de acontecimientos, España hubiera dispuesto de la figura de una Presidencia de la República, ésta habría hecho uso de sus capacidades de veto y control, para impedir o minimizar el impacto de una acción de gobierno que bien podría calificarse de despótica. En efecto, sea un miembro del própio partido de gobierno o del de la oposición, el equilibrio de poderes que proviene de la contraposición de las figuras públicas en un sistema de República, reduciría el margen de discrecionalidad del que muchas veces abusan los gobernantes al disponer de mayoría absoluta.

En la España de nuestros días, esta función correspondería al Rey, pero, éste se encuentra con las manos atadas, por un lado, porque su ambición personal le impide dar ningún paso que entrañe algún peligro para la continuidad de su privilegiado status real, y por otro, porque en la mente de toda la ciudadanía se encuentra bien fresco el recuerdo de su connivencia con el régimen del dictador Franco, con quien compartió tareas de gobierno ilegítimo, y quien, en pago a los servicios prestados, finalmente le nombró sucesor. Por tanto, por sentido común, alguien con semejante pasado carece de la más elemental legitimidad para inmiscuirse en los asuntos públicos, aún cuando fuera preciso, por el momento político y por la idoneidad de su cargo para tal función.

Una Presidenta de la República no habría dudado en destituir al Primer Ministro Aznar, cuando éste decidió invadir Iraq, pero el Rey, que es quien debería haberlo hecho, no tenía agallas, tanto por falta de autoridad moral, como por miedo a perder su paraíso vitalicio y hereditario.

Por lo demás, en cuanto a los resultados electorales de 2000, con 183 escaños en manos del partido fundado por un ministro de los gobiernos del dictador Franco… poco se podía hacer para abordar la necesidad de convertir la monarquía en democracia.

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