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Autorretrato,
ca. 1864
Óleo sobre papel
Museo José Ma. Velasco, Toluca |
Una de las más apasionantes figuras de la historia
nacional de la segunda mitad del siglo pasado y la primera
década de éste, sin duda, es el excelso paisajista
y -desconocido hombre de ciencia- : don José María
Velasco.
Este personaje es motivo hoy de un breve recorrer la historia
para acercarnos a su vida y su obra: puesto que su creación
pictórica ha generado grandes apasionado y controvertidas
polémicas.
Pero también es nuestra intención el presentar
al gran público otras dos facetas de su quehacer en
torno a la ciencia y a la cultura de México.
Así pues, trazaremos en estos artículos estas
tres facetas, claramente diferenciables, de José María
Velasco. La primera parte, que es la mejor que se conoce,
se centra en su producción artística; la siguiente
será lo relativo a sus actividades en los diferentes
campos de la ciencia; y concluiremos con su destacadísimo
papel de promotor y embajador cultural de México en
diferentes eventos de carácter internacional.
José María Velasco nació el 6 de julio
de 1840 -hace más de ciento cincuenta años-
en la cabecera municipal de Temascalcingo en el actual Estado
de México, fue el primogénito del matrimonio
formado por don Felipe Velasco y doña María
Antonia Gómez de Velasco, ambos artesanos. José
María tuvo cuatro hermanos de los cuales lldefonso
le acompañó en varias actividades científicas
y académicas.
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Lumen in Coelo,
1892
Óleo sobre tela
Colección particular |
En el año de 1849 el matrimonio Velasco Gómez
se trasladó a la Ciudad de México para vivir con
una tía de José María que vivía
por el rumbo de Santa Fe. En ese lugar don Felipe fue víctima
de la epidemia de cólera morbo, que asoló a la
ciudad en 1850, y murió dejando a la familia en una precaria
situación económica. Por consiguiente,
dada la situación en que se encontraba el resto de
la familia, José María -como hijo mayor- tuvo
que buscar empleo y fue aceptado como dependiente de una tienda
por el mismo rumbo. Pero al mismo tiempo que cumplía
con esta actividad, ingresó a estudiar en el Colegio
Lancasteriano de Santa Catalina Mártir.
En ambas actividades José María intentó
cumplir con sus cometidos; pero sobre todo en la escuela dio
muestras de una gran habilidad para el dibujo; que dicho sea
de paso era su afición favorita.
Al terminar sus estudios primarios, en 1855, gracias al
apoyo de don Luis Ponce de León, se le presentó
una situación conflictiva; por un lado, continuar ayudando
económicamente a su familia; por el otro, llevar a
cabo su deseo: estudiar dibujo y pintura.
Desconociendo las razones que se esgrimieron en favor de
una decisión y a pesar de revisar en detalle tanto
la Guía como el archivo de la Academia de las Tres
Bellas Artes de San Carlos no se pudo localizar la solicitud
de inscripción de José María a este centro
educativo. Aunque todo hace suponer que fue al inicio del
año escolar 1858 cuando se incorpora Velasco a las
clases de Miguel Mata, Juan Verruchi e incluso del paisajista
italiano Eugenio Landesio, quien fue invitado por el director
del plantel, el también pintor Pelegrín Clavé
junto a otros maestros destacados.
Eugenio Landesio, profesor de los cursos de pintura del
paisaje y de perspectiva, diferenciaba dos aspectos en la
pintura de paisaje: las localidades y los episodios; es decir,
entre el paisaje aislado y las figuras (ya fueran animales,
vegetales o humanas).
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Troquilideos del
Valle de México
Litografía en La Naturaleza,
Órgano de la Sociedad Mexicana
de Historia Natural |
Conforme a estos postulados enseñaba a sus alumnos
-José María Velasco, José Jiménez,
Luis Coto y los hermanos Dumaine, entre otros- no solo las
reglas de la composición sino también de la
perspectiva y los juegos de luces. Así mismo gustaba
de recordar durante los estudios las obras de su maestro en
Italia el célebre Carlos Markó.
Pero sobre todo Landesio hizo ver a sus alumnos el mundo
que los rodeaba y supo promover el deseo -ya inicial- de tomar
los muchos detalles de la luz, del color y de las formas para
captarlos y -finalmente- plasmarlos en el lienzo.
En 1860 el director de la Academia, Santiago Rebull, a iniciativa
de Landesio convoca a un concurso de pintura de paisaje cuyo
único premio consistió en otorgar una pensión
(la pensión era el equivalente a una beca). Este concurso
fue ganado por Velasco con su obra: Ex-Convento de San Agustín.
La cantidad asignada a la pensión, le permitió
a Velasco contar con un ingreso constante y seguro, gracias
al cual podría dedicarle mayor tiempo a su quehacer
principal: pintar.
Entre los años de 1865 y 1868, Velasco no sólo
realizó las labores comprometidas con la Academia de
San Carlos, mediante la pensión; sino que se dedicó
a pintar algunos sitios alrededor de la ciudad de México.
Su pincel también tomó como temas tanto las
haciendas de la naciente aristocracia rural del Valle de México,
así como los distintos lugares de atracción
por razones históricos o simplemente recreativas.
Además, José María se incorpora como
alumno a la Escuela de Medicina a fin de estudiar, como lo
solicitara en oficio del 13 de enero de 1865 el director de
la Academia don José Urbano Fonseca, las ciencias Botánica
y Zoología.
Gracias a la respuesta positiva del director de la Escuela
de Medicina, el doctor José lgnacio Durán, tanto
José María como Luis Coto se iniciaron en los
conocimientos de la Historia Natural (asignatura que reunía
tanto la Botánica como la Zoología) que obtuvieron
gracias a las enseñanzas del primer maestro titular:
el doctor Gabino Barreda y después complimentada por
el naturista Lauro M. Jiménez a quien ayudó
el joven médico José Barragán.
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Camino a Chalco con
los Volcanes, 1891
Óleo sobre tela
Museo Nacional de Arte, México |
Con estos conocimientos sus cuadros adquirieron una mayor capacidad
para producir nuevas obras donde el paisaje no era ya sólo
las grandes moles geológicas; porque ahora podía
pintar las plantas y los animales del entorno, particularmente
en sus imponentes cuadros sobre el Valle de México.
En otro sentido, en julio de 1866, don Eugenio Landesio empezó
a publicar en El Mexicano, periódico auspiciado por
el Emperador Maximiliano, su texto intitulado: "La pintura
general o de paisaje y perspectiva en la Academia de San Carlos".
Las comunicaciones se iniciaron el 19 de ese mes y concluyeron
con una colaboración con el tema: "Discípulos
mexicanos y sus obras" publicada el domingo 22 de julio.
En este artículo Landesio señala tanto el
nombre de alumnos como de obras que con su dirección
se produjeron durante los años en que Landesio se había
hecho cargo de los cursos de pintura de paisaje y de perspectiva
en la célebre Academia.
En esta colaboración no podía faltar la mención
a uno de sus mejores alumnos: José María Velasco.
Al respecto dice que:
"El primer cuadro que presentó fue una Asociación
de los géneros interior y exterior de la sección
Edificios, agregado el género de Jardines. Después
concurrió con otros tres que tenían mucho
más tiempo de estudio, pero menos disposición
y ganó la pensión con una superioridad muy
notable; esta prueba fue el patio de San Agustín,
cuyo cuadro pertenece a la Academia. El cuadro que presentó
después fue un Aliso con fuente rústica; la
cascada y fábrica de Tizapán asociando el
género Alpestre con el de Bosques, con asunto pastoril.
dos cuadritos, uno del género de edificios exteriores
con escena popular representando la plaza de San Angel con
el Telamón al fondo; el otro pertenece al género
Bosques, asociado con el Alpestre, y representa Tizapán
con los montes de la Cañada. Después hizo
un cuadro cuyo género principal es el Alpestre, asociado
con el género Celajes tranquilos, cuyo episodio representa
una caza de los antiguos aztecas, en una de las cañadas
entre Tacubaya y San Angel, y México según
era antiguamente. El sol todavía poco elevado en
el horizonte y detrás de las nubes, vibrando sus
rayos dorados sobre la campiña y la laguna"
Concluye Landesio afirmando, convencido, que:
"Este joven artista dará gran honor a su patria,
coadyuvándole, como bien lo merece, en sus notables
esfuerzos, lo que deseo vivamente y espero tenga lugar"
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La Catedral de Oaxaca,
1887
Óleo sobre tela, 46 x 62 cm
Museo Nacional de Arte, México |
Pero continuando con la reseña de las actividades de
Velasco en el campo de las ciencias naturales, Velasco tuvo
como maestros a Barreda, Jiménez y Barragán. Fue
precisamente este último quien colaboró de manera
más estrecha con las diferentes actividades científicas
de José María. Como se verá más
adelante. Estas labores académicas de Velasco
y Coto en la Escuela de Medicina se debían, en gran
medida, a la pensión que ambos disfrutaban; por ende,
ambos directores mantenían una constante correspondencia
para estar al tanto de la situación estudiantil de
los jóvenes pintores.
No había transcurrido ni medio ciclo escolar cuando
nuevamente Velasco y Coto están comprometidos en nuevos
proyectos; en este caso como dibujantes en la expedición
a Huauchinango.
Al respecto puede decirse que fue el subprefecto del distrito
de Huauchinango, don Juan B: Campo, quien solicitó
un informe para conocer la calidad de los terrenos aledaños
a esa población y también para reconocer las
ruinas de una antigua ciudad de origen pre-hispánica.
La solicitud estaba dirigida al Secretario de Fomento, pero
quien tomó cartas en el asunto fue el subsecretario
don Manuel Orozco y Berra.
Orozco y Berra designó al ingeniero Ramón
Almaraz, jefe de la Comisión Científica del
Valle de México, como responsable de desarrollar las
actividades tendientes a dar satisfacción a la petición
del subprefecto. Almaraz, a su vez, designa a los también
ingenieros Guillermo Hay y Antonio García Cubas para
desarrollar los trabajos respectivos. Aunque se opuso a que
se tomaran fotografías de los terrenos y de las ruinas,
como sugirió Hay, por los riesgos que tales procedimientos
corrían. Por ende, solicitó a la Academia de
San Carlos el apoyo técnico de un dibujante. Al respecto
señala Almaraz, en la memoria respectiva -también
publicada en El Mexicano-:
"Pedí, por tanto, un dibujante que se dedicase
a la representación de las ruinas; se accedió
a mi pedido y se puso a mi disposición dos paisajistas
de la Academia Nacional de San Carlos, fueron los Sres.
(José María) Velasco y (Luis) Coto".
Así tanto Coto como Velasco, como miembros de la Expedición
Científica de Huauchinango, se dedicaron a dibujar
las ruinas de Metlaltoyuca. A este sitio llegó, por
motivo propio, un personaje más afín con Velasco
que su compañero y coterráneo Coto: Rafael Montes
de Oca.
Montes de Oca al igual que Velasco era un apasionado del
paisaje, aunque con una formación menos académica
y más lírica. Pero aparte del naturalista que
era Montes de Oca había en él un brillante científico
quien, sin lugar a dudas, fue el que promovió la vocación
científica en José María Velasco.
Una vez que concluye la expedición, Velasco, elabora
un detallado informe de las actividades que desarrollo durante
su visita a Huauchinango; pero tal vez la parte más
importante sea aquella en que dice:
"Aunque la expedición ha sido bastante penosa
(duro 26 días en las más adversas condiciones
climatológicas) también nos ha sido de grande
utilidad pues hemos tenido lugar de ver accidentes que en
otra estación tal vez no habría, y aunque
los apuntes dibujados hayan sido pocos, sabe Ud., perfectamente,
Sr. Director que el Artista necesita más bien hacer
poco y observar mucho, par enriquecer la imaginación
de la variedad de objetos que nos muestra la naturaleza
y hacer esto poco con verdadero juicio caracterizando los
lugares que se quieren representar."
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El Valle de México
desde el Cerro de Santa Isabel
o México, 1877. Óleo sobre
tela
Museo Nacional de Arte, México |
Así, gracias a la ayuda y orientación de científicos
y técnicos como Jiménez, Barragán, Almaraz,
Hay pero básicamente, de Montes de Oca Velasco se inició
en un campo nuevo, amplio, vasto, pero necesario para poder
plasmar en sus monumentales vistas del Valle de México
esa sabiduría y gran capacidad de observación.
En estas obras y en otras menores se percibe el perfecto
equilibrio que existe entre los conocimientos estrictamente
técnicos de la pintura -composición, color,
armonía- con la precisa descripción de rocas,
vegetales y animales producto de un persistente conocer hasta
la nimiedad la historia natural.
Sin esos conocimientos, ya no exclusivamente técnicos
de la pintura y del dibujo, no podrían explicarse tantas
obras en donde aparecen figuras de seres humanos y de animales
o plantas con un claro sentido referente a la perspectiva
o bien como alusión a una escala en la composición
de la obra.
Sus cuadros adquieren así una majestuosidad donde
la luz, el color, la naturaleza y la obra del hombre adquieren
un perfecto equilibrio.
En este sentido, vale la sentencia de considerar a José
María Velasco como un verdadero innovador en el campo
pictórico. Puesto que si bien es cierto que en la Academia
se enseñaba preferentemente a copiar el cuerpo humano,
Velasco, en su búsqueda de grandes, soleados y etéreos
paisajes rompe con toda esa tradición.
Lo importante para Velasco ya no era el hombre; sino su
contorno, su habitat, el medio natural. Y con esta tendencia,
se convierte en heredero de una forma de expresión
que se inició con el mexicano Pedro Calvo y Johann
Moritz Rugendas (alemán), Daniel Tomás Egerton
(inglés) y el propio Eugenio Landesio (italiano).
Con estos pintores Velasco continua toda una línea
de producción ya que se puede percibir que los grandes
espacios abiertos como el Valle de México, por sus
características geológicas, orográficas,
hidrológicas e históricas, son de un atractivo
permanente para usar la paleta en un intento de registrar,
además la luz, el color, las sombras, todo lo que podríamos
llamar es espíritu que preside a este valle.
Muchas de las obras de José María Velasco
mantienen esta temática ya sea en los cuadros de Temascalcingo,
de Guelatao, de Tlaxcala e incluso de Oaxaca. Pero sin duda,
su gran pasión era el Valle de México.
Las primeras grandes obras de Velasco corresponden al establecimiento
del Segundo lmperio; por ende, su producción era cotizada
entre el selecto grupo de intelectuales que se identificaron
plenamente con Maximiliano y su aventura.
Además, su actitud no fue de rechazo ni abierto ni
velado; sino más bien de una "aparente" complacencia
con las autoridades intervencionistas que formaban parte del
lmperio. Esta falta de compromiso con los liberales que encabezaba
Benito Juárez le habrían de costar tanto a Velasco
como a Landesio serios problemas, una vez que se restablece
la república.
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Citlaltepetl,
1879
Óleo sobre tela, 106 x 162 cm
Museo Nacional de Arte, México |
El primero de ellos se presenta cuando lgnacio Manuel Altamirano
-también un reconocido literato pero que no tuvo ninguna
dificultad para empuñar las armas en contra de los invasores
y alcanzar grado de coronel- se opone a que la plaza de profesor
de paisaje de la Escuela Nacional de Bellas Artes -vacante por
la renuncia de Landesio- le fuera otorgada a Velasco. Aunque
ya Velasco era el profesor titular de la asignatura de Perspectiva
en el propio plantel.
Por lo anterior, la plaza de paisaje fue ocupada sucesivamente
por Salvador Murillo, un paisajista de escasos méritos
aunque pensionado en España, y por Petronilo Monroy
otro paisajista de poca valía pero identificado, plenamente,
con el grupo liberal.
Esta disputa, por una plaza académica de escaso valor,
se llegó a ventilar incluso en la prensa de la época;
todo porque ni Landesio ni Altamirano estaban dispuestos a
ceder un ápice en sus pretensiones.
El primero, de defender a su mejor discípulo no sólo
al amigo o colega; sino en quien veía uno de los mejores
paisajistas de la época. El segundo en evidenciar su
escaso compromiso con las instituciones nacionales y ante
la distancia tomada por Velasco y Landesio frente a los imperialistas.
Y así no dudaba en apoyar a un pintor de menores méritos
pero con una abierta oposición hacia Maximiliano.
Curiosamente, esa animadversión que en 1872 Altamirano
expresaba por Landesio y Velasco contrasta con lo que afirmara
en El Renacimiento, a través de su columna "Crónica
de la semana del 22 de enero de 1869, donde dice:
"Otro joven de talento también notable, según
lo califica su maestro el Sr. Landesio, el Sr. Velasco,
profesor de perspectiva de la misma Academia de San Carlos),
está consagrado a la composición de cuadros
cuyos asuntos ha tomado de nuestros pobres versos descriptivos.
Estos cuadros serán reproducidos por los Sres. Cruces
y Campa en la fotografía, para ilustrar la edición
que preparamos. El primero intitulado "El Alba",
ya está concluido, bástenos decir que ha merecido
los elogios del Sr. Landesio y que se disputan su propiedad
varios jóvenes que tienen dinero y afición
a las bellas artes. Este cuadro es precioso y francamente,
ha dejado muy abajo nuestra humilde descripción.
El Sr. Velasco es un paisajista de porvenir".
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Fábrica La
Carolina con los volcanes de fondo
Óleo sobre tela
Museo Nacional de Arte, México |
Evidentemente, este proyecto -hasta donde hemos podido averiguar-
no se llevó a cabo. Porque no hemos localizado ni el
libro, ni visto, ni mencionarse al cuadro. Las razones de este
proyecto -ya concluido, según se señala- que no
se llevó a cabo, las desconocemos. Puede explicarse -tal
vez y sólo tal vez- por la "aceptación"
de Velasco de la intervención francesa y de las autoridades
encabezadas por el emperador Maximiliano. Durante los
años setentas, José María Velasco se
mantiene ocupado entre sus labores docentes, de investigación
y de estudio de las ciencias Naturales y -desde luego- en
la producción de sus cuadros. De esta época
destacan los grandes paisajes del Valle de México;
puesto que, en 1873 (Vista del Valle de México tomada
desde el Cerro de Zacoalco), en 1875 (Valle de México
tomado desde el Cerro de la Magdalena en la Villa de Guadalupe)
y en 1877 (Vista del Valle de México tomada desde el
Cerro de santa Isabel) produjo sus tres primeras obras monumentales.
La primera obra es considerada como el primer gran acercamiento
de José María al Valle (aunque no debe olvidarse
una Vista del Valle de México, pintado desde el Río
de los Morales ejecutado por encargo de don Manuel Payno),
además, con esta pintura participó en el Certamen
Exposición de la Academia de San Carlos todo esto en
1873.
El segundo cuadro apareció entre las obras expuestas
en la Escuela Nacional de Bellas Artes, de donde fue seleccionado
para representar a México en la Exposición Universal
del Centenario de Filadelfia, en 1876. El tercer óleo
-ante el cual Landesio exclamó: "Después
de esto, nada mejor se puede pintar"- se presentó
también en la Exposición de la Academia de San
Carlos; pero y esto es muy importante: José María
Velasco envió a su costa y riesgo su pintura para participar
en la Exposición Universal de París, en 1878.
Sus constantes correrías por las inmediaciones del
Valle de México así como sus cualidades de hábil
observador, gran conocedor de la naturaleza (ya vegetal, ya
mineral, ya animal) le produjeron resultados evidentes: sus
máximas obras se iniciaban.
Las grandes pinturas, con las temáticas amplias diáfanas
de la biosfera, estaba registrada la interacción entre
naturaleza y hombre, no sólo del Valle de México
sino de otros espacios como Tlaxcala, Oaxaca se empezaban
a diseñar en la mente de Velasco.
Sus incursiones en las áreas de la botánica
y la zoología fueron fundamentales en la formación
del espíritu científico de José María;
ahora bien, no puede olvidarse, su proyecto en torno a la
Flora el Valle de México -lo que le mereció
ingresar como socio de número a la Sociedad Mexicana
de Historia Natural- y menos aún omitir la ambiciosa
e inconclusa Flora Universal lconográfica.
Así que durante la década de 1870 a 1879,
José María Velasco tenía tiempo para
atender las clases de Perspectiva y Paisaje en la Academia
de San Carlos; para pintar sus propias composiciones sin descuidar
las que debía ejecutar por encargo de sus amigos. Se
dedicaba, además a la investigación científica,
así como asistía a las reuniones académicas
de los jueves de la Sociedad Mexicana de Historia Natural,
donde presentó cinco trabajos publicados en "La
Naturaleza", órgano oficial de la Sociedad.
Desde luego no puede dejar de indicarse que los viajes,
por recreo o por trabajo como dibujante del Museo Nacional,
al interior de la república como Veracruz, Tabasco
y Oaxaca aunque no permanentes; si fueron constantes. Consecuentemente,
de estos viajes se pueden conocer por algunas de las pinturas
de Velasco.
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El Candelabro de
Oaxaca, 1887
Óleo sobre tela, 62 x 46 cm
Museo Nacional de Arte, México |
Otro momento importante en la vida de Velasco, entre otros que
hemos señalado aquí, fue su nombramiento como
jefe del primer grupo -el correspondiente a las Bellas Artes-
entre los comisionados mexicanos a la Exposición Universal
de París en Francia en 1889. Este evento reunió
a grandes sectores tanto naturales como culturales de la civilización
humana se conjuntaron en el Campo Marte para conocer, intercambiar
y comparar los distintos productos de los países participantes.
Este magno evento sirvió de marco para la inauguración
de la monumental Torre Eiffel ("la Nuestra Señora
de la Chatarrera", como la llamaron algunos sectores
de la Ciudad Luz); José María Velasco -a quien
le acompañaba su hijo mayor, Francisco- tuvo así
acceso a este evento pero al mismo tiempo el poder acercarse
al arte europeo, del cual Velasco tuvo una opinión
más bien lejana; poco emotiva.
La responsabilidad de Velasco era organizar tanto el traslado,
como la conservación y preparación de los cuadros,
esculturas, medallas y demás obras para su exhibición
en la Exposición. Las piezas que Velasco presentó,
de su propia producción eran 68 cuadros. además
de cientos de obras de otros artistas mexicanos.
La critica francesa y en general europea emitió una
serie de juicios, siempre positivos hacia la pintura mexicana;
de toda la colección, destacaba -evidentemente- la
creación de José María Velasco.
Nuevamente en 1893 Velasco debe separarse de sus actividades
normales ya señaladas de docencia, investigación,
difusión y creación para asistir -también
comisionado por el gobierno mexicano- a la Exposición
Universal de Chicago, donde se queja del trato discriminatorio
que se le dieron a las piezas mexicanas, al ser colocabas
debajo de unas escaleras, con las consecuentes molestias y
falta de luminosidad para las obras.
Aunque sus obras provocaron comentarios favorables, entre
los asistentes y la critica especializada.
El 8 de julio de 1910, el director del Museo Nacional notifica
al secretario del ramo que "con fecha primero del actual
cesó en su empleo de dibujante el C. José María
Velasco, firmaba don Genaro García. Esto se debía
a que Velasco cumplía exactamente 30 años de
servicio en el Museo Nacional, donde ingresó el 20
de julio de 1880. De ahí la nota lacónica.
Finalmente, el 12 de agosto de 1912, fallece este célebre
mexicano que nació bajo el sol de Temascalcingo y que
por su obra pictórica -en primerísimo lugar-
y después su calidad de científico en el campo
de la botánica y de la zoología, el tratamiento
científico de la evolución de la vida y finalmente
otra faceta poco conocida: su papel de embajador cultural.
Así pues, José María Velasco fue un
hombre que hizo de la ciencia un ambiente para la creación
artística; y de la creación artística
un medio para la ciencia. Todo esto hace a José María
Velasco un hombre para la ciencia y para el arte.
Hugo
Arturo Cardoso Vargas
hugov@servidor.unam.mx
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