1.-INTRODUCCIÓN
España es un país
tradicionalmente católico, con una gama muy amplia de tradiciones
religiosas celebradas periódicamente y a través de fiestas populares
que recorren toda la geografía de la península.
La tradición como
parte fundamental que sustenta el imaginario colectivo a través del tiempo,
se sigue manteniendo de una generación a otra, logrando con esto, el
enriquecimiento de dichas tradiciones y la cohesión de la sociedad, en
tanto que, también hacen parte de sectores no
creyentes de la sociedad. Este hecho ha permitido que en España estas
expresiones populares siguen vivas individual y
colectivamente.
El
antropólogo S. Rodríguez Becerra dice: “
Los rituales religiosos, como todos los rituales, son polisémicos, y no sólo
comunican mensajes relacionados con lo sobrenatural, sino también con lo económico,
lo social, lo lúdico, lo étnico, la identidad cultural y todo el sistema
cultural”.
En
este sentido es importante tener en cuenta todas las actividades que
forman parte de los rituales, y su significación en el imaginario colectivo.
La carga económica que hay detrás de cada rito es determinante, como lo
expresa Rodríguez; por esto es fundamental observar los diferentes matices
que tiene cualquier expresión colectiva. Aunque, la mayoría de estas fiestas
tienen una fuerte carga religiosa, también tienen su opuesto en lo
profano.
La
antropología de la religiones ha estudiado estas expresiones colectivas, que
permiten comprender la relación dialéctica entre lo sacro y lo profano.
En este sentido es importante entender los comportamientos religiosos populares, por tratarse de hechos sociales,
los cuales desempeñan toda una serie de funciones que difieren de las puramente
religiosas. Desde el punto de referencia de una sociedad rural o tradicional
juega un papel preponderante como elemento de cohesión social del grupo, permitiendo el reencuentro en las celebraciones cíclicas.
Otra función unida a la dimensión
festiva de todas las celebraciones religiosas populares, es la celebración
de la fiesta profana.
La fiesta es la descomposición de la racionalidad establecida. El exceso de
comer, beber, bailar rompe con las pautas cotidianas de comportamiento. Otra
dimensión sería su enorme carga simbólica.
Las celebraciones religiosas populares impregnan todo un universo simbólico de
la comunidad. Esto provoca un hondo sentimiento de integración e identidad. La fiesta es un importante agente de socialización.
Las
fiestas en las grandes ciudades adquieren diferentes significados que van más
allá de los religioso, también son prácticas que tienen un componente turístico muy fuerte.
En la actualidad, juegan un papel muy importante desde lo económico para las
empresas de turismo que se
convierten en unos de sus más entusiastas patrocinadores. Hoy en día, para la
hostelería y el comercio las celebraciones festivas religiosas son una
importante fuente de ingresos. Son fiestas programadas y controladas y tienen una nueva función que
es la de liberar de la rutina del trabajo.
Dentro
de toda la geografía española se celebran múltiples fiestas religiosas y
populares conformando todo un complejo ciclo que depende del calendario anual.
Una de las fiestas más relevantes del año en la fiesta de "El
Rocío"
2.-
EL ROCÍO
Toda
religión es fundamentalmente la búsqueda de una explicación sobre las
fuerzas sobrenaturales. La creación de imágenes como símbolos mediáticos
representan esa relación entre los seres humanos en la búsqueda de
protección y en la satisfacción de necesidades.
El culto a las imágenes hace parte de uno de los rituales más
importantes que conforman las diferentes expresiones de la iglesia católica.
Símbolos que representan variadas mediaciones que ayudan a entrar en contacto con
lo supremo.
A finales de la década de los setenta se
revitalizaron los cultos religiosos
populares en romerías y procesiones. La imagen atrajo a fervorosos devotos que integraron
y recibieron mayor reconocimiento social. Entre los católicos se entiende que todos los seres sagrados no tienen el mismo poder y
la misma capacidad de obrar milagros y por ello encomiendan sus peticiones a
determinadas imágenes. El valor simbólico de las imágenes esta relacionado
estrechamente con fechas especiales. Por esto, en general se considera más adecuado acudir en determinados días y en
los espacios donde creen que aquellos son más generosos.
El
culto, para el creyente, implica sumisión, adoración y gratitud divinidad. Se puede acceder a Dios por medio de imágenes y sitios a los cuales se les adjudica simbólicamente
el papel de intermediarios, como es el caso de la imagen de la virgen y todas
sus diferentes formas. También están los santos, mártires y demás figuras
religiosas que tienen -normalmente- un lugar específico al cual acuden sus
devotos para recibir su gracia. Esta figura representativa del ritual se puede
observar en el Rocío.
El
culto esta controlado por la institución eclesiástica. Las relaciones de
enfrentamiento entre la iglesia y la sociedad, como parte del ritual, se manifiesta con la apropiación de la
imagen. Esto es, el
pueblo se apropia de ella, en manos del poder culto, es decir, de la iglesia y
su representante ante la sociedad: El sacerdote acepta los
hechos consumados y expresa el poder de la virgen, dándole una carga simbólica
de divinidad. Es importante resaltar que los rituales se caracterizan por su
naturaleza repetitiva: “¡Os la doy! ¡Es vuestra! ¡Divina
Pastora!.”
La
entrega por parte de la institución (la iglesia) y la apropiación por parte
del pueblo, representa ese poder mediador, que es benefactor e integrador de
buenos augurios para el próximo ciclo. Es así que cada rito anual, se
convierten en un continuo entre el agradecimiento por lo recibido durante el
año, y la suplica por lo que se desea para el que comienza.
Este
es el hecho que sin duda otorga originalidad a la romería del Rocío, la
apropiación de la imagen en el ritual, donde esta sale de la propiedad de la iglesia,
para convertirse en parte del pueblo: "salta la reja por los almonteños".
Este hecho permite que el comportamiento de los mismos con
relación a la procesión de la imagen en la madrugada del lunes de Pentecostés
esté lleno de alegría.
Es el punto culminante, éxtasis y catarsis, de una semana devota y de fascinante
peregrinación.
La
salida de la Virgen de la iglesia y su recorrido por los sitios de
peregrinación es la única procesión que no está organizada por jerarquías,
grupos o hermandades. No tienen lugar especifico asignado y no existe orden alguno.

La
procesión es una demostración de que el símbolo es indiscutiblemente de la
propiedad de "Almonte"
La procesión
se desarrolla en la
calle donde los vecinos se consideran dueños de ese espacio. La institución
eclesiástica pierde el dominio sobre la imagen de la virgen, puesto que escapa
a su control. La imagen
queda a merced del pueblo, aquí todos se mezclan y se convierte en una fiesta
donde todos comparten la devoción por la virgen del Rocío: los vecinos, los creyentes,
los practicantes y los no
creyentes.
Mientras el trono de la Virgen navega entre el batir de un oleaje de brazos y
manos estalla una traca de “¡vivas! Y “¡guapa!” al son de la cohetería
que rasga el firmamento. Las sensaciones se muestran a flor de piel, se oyen
gritos, vítores, aplausos, lágrimas, empujones, golpes por llevar sobre los
hombros el peso celestial de la Madre de Dios.
La fiesta visualiza la identidad social y cultural y los individuos
participantes ejercen su condición de miembros de la comunidad, y se
reafirman en ella, a la vez que se transmiten mensajes culturales vehiculados
por signos y símbolos que sólo los miembros de esas cultura conocen.
De todos los santuarios andaluces sólo dos extienden su área de influencia más
allá de la comarca y la provincia, el de la Virgen de la Cabeza y el de
la
Virgen del Rocío. Por su parte el Rocío tuvo un carácter local hasta
mediados del siglo XVIII, y a ella acudían en romería sólo siete
hermandades filiales de pueblos de las Marismas, a partir de 1960 la
cifra aumentó en progresión geométrica, se llegó hasta noventa y siete en
el año 2000. ¿Qué significa esto? Que estas hermandades representan el
sentir de comunidades enteras, el sentir de aquellos ajenos geográficamente
pero que sienten identificados con la comunidad y su símbolo.
Esta
identidad cultural queda patente por la complacencia estética en unos
elementos tradicionales que ponen un contrapunto de alegría y colorido; las
blancas carretas de dos ruedas y con toldos de media luna ornamentadas con
flores, los caballos enjaezados y mujeres, con sus trajes de volantes a la
grupa, el paisaje tan armonioso y singular (los olivares y campos amarillentos
de cereal), el deguste gastronómico (potaje gitano, gazpacho campero, las
tajadas de cabrito, las aceitunas, los vinos), el fuego del campamento con la
conjugación de danzas y bailes con el punteo de guitarras, palmas y castañuelas
que entonan seguidillas.
Esta fiesta también
tiene un carácter
clasista que ha adquirido un matiz bastante significativo en los últimos
años. La fiesta, tiene dos figuras muy importantes que se diferencian
claramente. Por un lado se encuentra el grupo de los devotos que cumplen con
la penitencia cada año; por el otro, actúa como
reforzamiento del estatus y del prestigio social, puesto que se han vinculado a ella miembros de las familias
reales, aristocracia, la clase política, y financiera, sin olvidar a las
grandes estrellas del espectáculo.
Esta
extrapolación más allá podría estar en relación con los propios rasgos
culturales característicos de un pueblo. El pueblo andaluz es un pueblo lleno
de encantos, viven para disfrutar, disfrutar implica ocio, trabajo, y hasta
sacrificio. El disfrute no se queda en satisfacciones corporales sino que
abarca a las sociales y espirituales. El disfrute es de cada uno pero se
disfruta más cuando este es colectivo, se amplía a círculos concéntricos
a la familia nuclear, familiares, amigos, vecinos.
La
devoción religiosa andaluza es una manifestación externa de la esperanza. La
imagen es una realidad mediadora, que por tradición se cree que ha elegido
milagrosamente a una comunidad y por su libre elección se espera su protección
para evitar el mal y alcanzar el disfrute en la vida
cotidiana.
Las
imágenes sagradas en Andalucía, como es en este caso, son
advocaciones de la Virgen que justifican su presencia en aquellos
lugares por medio de una leyenda que explica su aparición. Esto, sin duda
refuerza los lazos entre la comunidad y sus símbolos.
Aparecen
como cuentos o leyendas apropiadas para los pueblos primitivos y para la
religiosidad popular que siempre ha sido la
receptora de ellos, que a lo largo de los siglos han ido formándose
dentro del cristianismo contribuyendo a incrementar la tradición “mitológica”,
fusionándose con ella.
Generalmente cada fiesta, santuario o práctica
devocional está en conexión con tradiciones de clara raíz mitológica que
constituyen el núcleo sobre el cual se constituye la “creencia
religiosa”.
En
el Rocío como en muchas otras fiestas lo religioso y lo profano se mezclan.
En la romería, la larga convivencia durante el camino exalta la fraternidad
ayudada por la bebida, el cante y la fiesta. Se acude, por tanto, en un tono
festivo-erótico, sin obviar el carácter penitencial. Esto permite la
trasgresión del participante de las normas de comportamiento que su vida
social le impone.
La
religiosidad popular se expresa de una forma tan contundente y multitudinaria
que supone un constante reto para el estudio de una sociedad.
El
campo de la antropología ve en los fenómenos de la cultura popular, como es
el Rocío por ejemplo, la expresión de unas necesidades puramente sociales, y
considera lo religioso como algo adyacente a la esencia de fenómeno. (Sin
negar la importancia que individualmente pueda poseer para determinados
miembros). Así tenemos, según este punto de vista representado por el antropólogo
I. Moreno, que en la génesis y desarrollo de determinadas organizaciones
sociales (como las hermandades y cofradías) en las que el elemento religioso
juega un primer plano, ese elemento no tendría sino un valor hasta cierto
punto secundario. Lo sustancial de ellas, desde una perspectiva antropológica,
pertenecería al ámbito de la sociabilidad y de la integración simbólica.
Sin
obviar un aspecto que debemos reseñar por nuestra incomprensión antes de
finalizar este análisis es lo se conoce como la mutilación de la Virgen ¿por
qué? porqué atrae mayor devoción una imagen vestida y adornada con joyas
que una simple talla de madera. Y no sólo nos intriga la mutilación de sus
miembros sino la figura del niño Jesús que si estorba a base de estacazo se
expele de la “Madre”. Se la viste a modo que un niño o una niña
viste a sus muñecas porque según la iglesia la imagen tiene que ser bella,
digna, y decorosa para expresar mejor simbólicamente las realidades
celestiales. Se viste, por tanto, como una gran dama o reina, con falda acampanada de ancho vuelo, jubón de cerrado escote con gorguera de encajes y
mangas ajustadas, fastuoso manto sobredorado, toca y puntilla de
encajes rodeando el rostro, corona y cetro. A pesar de todos los adornos y las
joyas que decoran la imagen de la virgen, el colectivo que participa de la
fiesta y la romería no lo ve como como sinónimo de ostentación, todo lo
contrario, hace parte de la representación que expresa la dignificación de
la Virgen madre de Dios.
Como
hemos podido observar, se pone en juego un cosmos pletórico de simbolismo, y la Virgen
vendría a ser el nexo que facilita las funciones ya mencionadas de integración
e identificación del grupo.
