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Todas
las religiones expresan la necesidad de Dios.
Las religiones no poseen la prueba científica ni de
su propia verdad, ni de su exclusividad. Si todas y cada una
de las religiones aseveran ser la verdadera y única,
resulta lógicamente inevitable que todas o la mayoría
estén erradas en sus pretensiones. Que todas o la mayoría
menos una, de las religiones estén erradas, no quiere
decir que no pueda surgir una nueva religiosidad universal
que no esté errada. La necesidad humana por un Dios
o por muchos dioses no es prueba de que Dios exista o no exista.
El orden cósmico inspira a creer en Dios. El caos cósmico
invitaría a pensar en un dualismo de dioses contrapuestos.
Pero el caos es lógicamente imposible, porque su mera
existencia demostraría otro orden. El orden cósmico,
no obstante, no es prueba suficiente de la existencia de uno
o más dioses; es solamente un motivo para inventar
un ordenador anterior, o creador: Un motivo de fe religiosa.
Una nueva religiosidad universal puede nacer de un reordenamiento
del pensamiento teológico, que busque una nueva expresión
de la fe en Dios.
Es necesario purificar la teología de una serie de
vicios de lógica que la nulitan y aniquilan.
No habiendo prueba de lo contrario, la idea de Dios refleja
únicamente los mitos de la fantasía humana.
Siendo el Dios o dioses de las religiones, una creación
de la fantasía humana, aún huérfana de
prueba científica irrecusable de su veracidad, es necesario
someter a estos mitos a una purificación acorde con
la lógica y la ciencia moderna, para establecer una
nueva religiosidad acorde con el nivel de conocimientos y
orden lógico de la humanidad en nuestro tiempo.
Un defecto fundamental de muchas religiones, entre ellas el
Cristianismo, es la idea y creencia en el sacrificio. Es patente
y precisa poca prueba, que el sacrificio divino, humano o
animal, que constituye victimar a un inocente para complacer
a Dios, es un concepto viciado por la injusticia y el abuso,
perverso en esencia y que contradice la nobleza de la divinidad
que se venera. Sin duda, la idea del sacrificio deriva de
cierta fantasía sacerdotal, por la cual la ira divina
se aplaca y calma haciendo daño a un tercero inocente.
Pensar que el divino hacedor se deje calmar con un nuevo crimen,
resulta totalmente absurdo y contradictorio. Desgraciadamente
esta idea torpe y malvada del sacrificio se ha impuesto en
muchas religiones de la antigüedad entre los Cartagineses,
los Mayas y Aztecas, los judíos, los cristianos y muchos
otros pueblos religiosos que sacrificaron seres humanos y
animales para satisfacer a sus dioses terribles, sea en sus
mitos o en la práctica de su culto.
Las religiones, a través de sus sacerdotes, se han
adueñado de Dios, y se han proclamado sus representantes
y únicos conocedores, sea por pretendida revelación
privadísima o por una teología construida con
argumentación dogmática. Una nueva religiosidad
universal debería reexaminar los mitos, despojándolos
de invenciones detectables como producto de mentes enfermas.
Una de estas invenciones abominables, es el sacrificio.
La fe religiosa no debe llevar a sus fieles a cometer acciones
reñidas con la ley natural, porque eso indicaría
que tal religión está errada. El ajusticiamiento,
el asesinato, el suicidio, el genocidio, el terrorismo, como
resultados de un mito religioso deben ser rechazados por una
nueva religiosidad universal, que reemplace o transforme a
las religiones tradicionales.
Es necesario examinar el pensamiento filosófico distinto
o anterior a las religiones judaica, cristiana e islámica,
en particular las filosofías de la Grecia antigua,
para reencontrar un camino aún no viciado por dogmatismos
coetáneos, de entonces, o ulteriores.
Muchas religiones han sido usadas y empleadas para afianzar
el poder político. Los mitos inventados para este propósito
siniestro de coartar la libertad individual deben identificarse
y sanearse con miras al establecimiento de una nueva y buena
religiosidad universal. Las religiones pueden y deben reexaminarse
críticamente, para corregir sus vicios ancestrales,
curar sus rémoras inveteradas, sus obvias patrañas,
con miras a encausarse hacia una nueva mentalidad que confiese
paladinamente sus limitaciones y dé lugar a una religiosidad
libre de engaños, manipulaciones y maquinaciones.
La religiosidad puede ir, desde una fe incondicional y profunda,
hasta un ateismo total, pero siempre debe ser acorde con la
ley natural y el respeto a la libertad individual. La militancia
religiosa es en sí un atentado contra la paz, la tolerancia
y la libertad de los demás.
La filosofía tiene que jugar un papel fundamental
en la reinvención de una religiosidad universal, que
impida la repetición de los errores y vicios históricos
de las religiones, detectando las contradicciones y aberraciones
características del uso de la religión para
coartar la libertad individual y dominar la sociedad por vía
de la intimidación o la esperanza.
La
definición del bien y del mal es un problema que se
ha resuelto en cada sociedad a través de la legislación
penal y la normativa social. Las religiones han pretendido
saber la voluntad de Dios a este respecto y han caído
en contradicciones. La naturaleza se desenvuelve de acuerdo
a la ley del más fuerte. La humanidad misma, con respecto
a los demás seres vivos de la creación, se comporta
muchas veces cruel y destructivamente. Lo que entre humanos
está mal, como matar y herir, violar, saquear y robar,
se consagra como permitido con respecto a los demás
seres vivos. Esta contradicción indica claramente que
el bien y el mal son un convenio social humano y que Dios
en esto no se ha pronunciado, aunque las religiones lo pretendan.
No siendo el bien, o el mal un problema divino, sino humano,
la desgracia individual o colectiva no le atañe al
creador, que ha establecido las leyes de la naturaleza y del
cosmos, de las que deriva la circunstancia individual o social
del hombre, que puede ser feliz o desgraciada.
Una vez que el cosmos marcha de acuerdo a un orden establecido,
que se le atribuye al creador por parte de quienes tienen
esa fe, tiene muy poco sentido la oración, y menos
aún la plegaria repetitiva, porque entraña una
contradicción en muchos casos, pues si las leyes de
la naturaleza y del cosmos establecidas por Dios, imponen
un resultado, no se puede pedir al inventor del orden universal
que autorice excepciones caóticas, como el evitar cataclismos
naturales, rejuvenecer ancianos, resucitar muertos, o multiplicar
los panes y los peces para que todos tengan de pronto qué
comer. Mas, si dentro de ese orden pre-establecido, el hombre
logra curar a los enfermos o resucitar a los muertos, o multiplicar
la producción para vencer el hambre y la necesidad,
santo y bueno. Sobra entonces la oración: "A Dios
rogando"... y queda tan solo aquello de "y con el
mazo dando".
No cabe que los humanos en la religión pretendamos
leer los pensamientos de Dios desde nuestra perspectiva y
conveniencia. El orden del universo, y dentro de él,
el orden social de la humanidad, lo regulan todo por si solos,
sin que se pretenda adivinar la voluntad divina.
Hay muchas preguntas escatológicas que todavía
no tienen respuesta y sin duda está bien que se intente
resolverlas con mitos religiosos, o magia, o interpretaciones
del zodíaco o cualquier empresa fantástica,
siempre y cuando no se pretenda invocar su resultado como
una verdad última inapelable, sino como un experimento
ilusionista, que acaso llegue a coincidir e identificarse
con la realidad.
Hay que dejar abierta la puerta a que la ciencia aporte explicaciones
donde faltan aún y, mientras tanto, se suplen por los
hombres con mitos y sueños revestidos con la santidad
de la religión. El más allá de la muerte,
la esencia y el destino del alma, la resurrección y
la reencarnación, la comunicación con los muertos,
los misterios de la intuición, la predicción
del futuro, la naturaleza del tiempo, la eternidad o temporalidad
del cosmos, la individualidad del ser humano y su importancia,
hay éstas, y más cuestiones que merecen resolverse
temporalmente por la religión y por la ciencia definitivamente.
Las
religiones de occidente, Judaísmo, Cristianismo, e
Islam, basan sus teorías en la revelación. La
revelación a los profetas, a Jesús, o a Mahoma
adolecen de fragilidad ante la duda, pues carecen de prueba
contundente de su veracidad. El derecho de creer es inalienable,
pero lo es también el derecho de no creer. Por esta
causa, una nueva religiosidad universal debería afincarse,
afianzarse y edificarse sin base en la revelación,
sino en la realidad visible y tangible, que puede bastar perfectamente.
El Budismo, el Taoísmo y el Confucianismo han podido
construirse y levantarse sin invocar la revelación
directa y tienen extraordinaria validez entre sus fieles.
La fe es un acto de la voluntad y no se encuentra contrapuesto
con la razón y la ciencia, sino cuando existen pruebas
fehacientes de lo contrario a lo que se ha querido creer.
Ese es el momento de cambiar de parecer, ante evidencias irrecusables.
La Historia lo prueba una y otra vez.
Insistamos en algo fundamental: Las principales religiones
occidentales, Judaísmo, Cristianismo e Islam tienen
un rezago, rémora o atavismo ancestral en común
con las religiones primitivas, cual es el sacrificio. Esta
noción, analizada antropológicamente, o desde
la perspectiva de la razón pura, es ahora, a la altura
de nuestro tiempo, civilización y cultura, francamente
insostenible. El grupo humano primitivo en el tiempo cavernario
sin duda estaba estructurado de acuerdo a la ley del más
fuerte. A éste se le debía alianza, obediencia,
pleitesía, sometimiento y donaciones gratuitas, regalos
que constituían sacrificios y renunciamientos, para
evitar sus castigos y atropellos. Esta es la mentalidad inherente
al sacrificio: negociar con el omnipotente la paz, la protección,
el amparo ante cataclismos y amenazas de todo orden, sobre
todo contra su propia ira divina, entregando algo caro a cambio;
nunca o muy rara vez a uno mismo, pero siempre preferiblemente
a terceros inocentes, como niños, mujeres, chivos expiatorios,
ovejas indefensas, toros sagrados, caballos veloces, alimentos,
vino, agua santa, comidas suculentas, invitándole al
dios a tomarlo todo, o a participar en el convite. Peor aún,
esta mentalidad rupestre se la proyecta al propio Dios eterno
y se le atribuye el sacrificio de su propio hijo, Cristo Jesús,
siguiendo el modelo bíblico de Abraham y de su hijo
Isaac. La víctima animal, humana, o divina es inocente
y sirve para lavar los pecados del mundo. Pagan justos por
pecadores. Este "sacrificio" o intercambio entre
siervos, súbditos o sujetos con el omnipotente es un
trato troglodita, que no se compadece con ningún concepto
de equidad o de justicia. La religiosidad universal que pueda
unirnos a todos los seres humanos tiene que revisar este concepto,
y no solo reformarlo con "sacrificios" incruentos
puramente cúlticos, sino que tiene que desterrar la
idea original, por la que se le atribuye a la divinidad una
actitud sórdida y espantosa de abuso de poder, que
se deja expiar con el sufrimiento de inocentes seres humanos
o animales, para perdonar a culpables o simplemente dejar
temporalmente incólumes a sus fieles, amedrentados
e intimidados ante su omnipotencia de señor del universo.
Es asimismo inconcebible que el propio Dios Eterno se deje
apaciguar y aplacar con el sacrificio de su propio hijo, pues
en buena ley se supone que son los "pecadores" quienes
tienen que dar algo de si para apaliar la ira divina, no que
el omnipotente tenga que aceptar que su propio hijo se deje
crucificar para que Él perdone los pecados de la humanidad
y renuncie a condenarla al fuego eterno. El imputarle a Dios
tan absurda conducta de dejar que se sacrifique a su propio
hijo divino es, en si mismo, una idea inicua y espantosa.
Las ideas o nociones de un fin del mundo, de una Apocalipsis,
de un término y colapso del universo, a más
de la muerte natural inevitable del individuo, han servido
para motivar el mito religioso como amenaza y profecía.
Amenazas futuristas, profecías apocalípticas
y promesas de felicidad son fáciles de concebir y de
proponer. Su veracidad es indisputable, pues su comprobación
es imposible sin permitir primero decorrer cientos de años.
Por eso, estos instrumentos de convicción han sido
empleados por las religiones con éxito sorprendente.
"Yo te ofrezco, busca quien te dé." Este
adagio popular es en este caso más acertado que nunca.
El paraíso es una oferta monumental y fácil
de imaginarse con la fantasía. Lo que ahora nos falta
y ansiamos cordialmente, se nos dará en el paraíso.
El Islam tiene un paraíso más soñado
que el Cristianismo. Sobre todo la felicidad sexual masculina
está garantizada con la expectativa de un serrallo
de setenta vírgenes para cada varón. El cielo
del cristianismo tiene indiscutibles visos de aburrimiento,
aparte de la contemplación de Dios, pero no deja de
ser mejor que el infierno. Esta mitología paradisíaca
debe someterse a cierta sobriedad en una nueva religiosidad
universal. Resulta sorprendente que espíritus y espectros
carentes de cuerpo y materia esperen satisfacciones carnales
en el más allá. La resurrección de los
muertos, que fuera objeto de gracioso análisis en "El
Sueño de las Calaveras" de Don Francisco de Quevedo
y Villegas, es también un monumental problema logístico
y cultural digno de reinventarse para que pueda tolerar el
menor análisis. Los mitos de la antigüedad pre
cristiana en Grecia y Roma merecen asimismo re-estudiarse
para apreciar otras alternativas escatológicas que
ofreciera la fantasía humana en aquellos tan interesantes
tiempos.
Una nueva religiosidad universal podría recoger todos
los altos valores del cristianismo, del Judaísmo, del
Islam, del Budismo, del Confucianismo y de otras religiones,
una vez que todas éstas se hayan depurado de ciertos
atavismos insostenibles ya en nuestro tiempo, por el avance
de los conocimientos científicos y la madurez lograda
en el pensamiento moral, filosófico y político.
Un asunto digno de consideración y análisis
es la virginidad de María y la paternidad de Jesús.
Todos sabemos que José fue el esposo anciano de María.
Sin duda debe haber muerto temprano en la vida de Jesús,
porque de él no se habla después de la disputa
de Jesús a sus doce años, con los doctores de
la ley, cuando María y José lo buscan frenéticamente
y le encuentran en el Templo. Entonces él les dice:
"¿Cómo es que ustedes me buscaban? ¿No
sabían que yo tengo que estar en la casa de mi Padre?"
Jesús creció en su niñez junto a su madre,
a sabiendas que José, su maestro en la carpintería,
no era su verdadero padre, pues ella había estado en
cinta antes de casarse con él. Es de suponerse que
la añoranza por un padre verdadero, le hizo imaginarse
que tenía en el cielo su progenitor. Su relación
con el Padre es intensa y dramática en las últimas
horas de su vida, de su pasión y crucifixión.
Él esperaba y confiaba que su Padre habría de
salvarle de la muerte. Enclavado ya en el suplicio final,
reclama al Padre. -"¿Padre, Padre, porqué
me has abandonado?"- Extrañamente esta frase dicha
en un idioma ininteligible para la mayoría de quienes
lo rodeaban, nos revela un desengaño terminal, que
ha sido ignorado supinamente por todo el mundo después.
¿Cómo es posible que el Cristo hubiera sido
engañado y que no hubiera previsto su propia muerte
en la cruz? Entonces su sacrificio habría sido involuntario,
y él, verdaderamente, un cordero pascual sacrificado
sin su consentimiento anterior, aunque por último hubiese
aceptado su inevitable destino con resignación y suprema
entereza. Todo esto da mucho que pensar. ¿Quién
inventó la virginidad de María? ¿La ausencia
de un padre visible en la vida de Jesús le hizo pensar
al hijo que su madre lo había concebido sin obra de
varón? ¿El llamado "Complejo de Edipo"
le llevó a la idea que su madre lo había concebido
por obra mágica del Padre desde el cielo, a través
de la mediación de una paloma blanca llamada "Espíritu
Santo"? ¿Este alado símbolo fálico,
sumamente puro y etéreo, es el que al descender sobre
su madre, la dejó impoluta y limpia de sexualidad,
pero en cinta? No acierto a identificar el exacto origen del
mito de la virginidad de María aparte de Mateo 1: 18
; y Lucas 1:34. ¿Fue acaso el propio Jesús quien
lo aseveró? Pero, no obstante, es necesario purificar
la religión de la idea que la concepción por
acto sexual sea pecaminosa. Esta teoría no tiene sostén
en la lógica. Si Dios dispuso que la reproducción
de las especies fuera por vía de la sexualidad natural
de todos los animales y humanos, y de la mayoría de
las plantas, en mil variantes, quiere decir que Él
no consideró pecaminosa tal reproducción. ¿De
dónde acá tiene el Hijo de Dios que ser tan
sólo vástago de una mujer virgen? Desde luego
este mito deriva de la convicción que Dios es un homínido
varón. Pero como Él es un espíritu puro
y celestial que no tiene vida sexual activa, necesita de una
paloma blanca para preñar una virgen descendiendo sobre
ella, sin penetrarla. ¿Creía Jesús en
todo esto?
Repito: ¿Fue él mismo, acaso, quien puso esta
especie en el mundo? En el Monte de los Olivos, cuando su
intuición ya presiente la amenaza de muerte que se
cierne sobre él, Jesús implora la compasión
de su padre en los cielos y de algún modo se encuentra
esperanzado. -"¡Aparta de mi este cáliz!"
- le ruega. Con un poco de mejor suerte podría haberse
salvado de la crucifixión, si ante la alternativa planteada
por Pontius Pilatos, la turba no hubiese preferido a Barrabás.
Sorprendentemente, Dios Padre tendría que haber querido
que su hijo predilecto sufriera una muerte espantosa. Esto
es absurdo, si juzgamos a posteriori por los resultados. Se
supone que Cristo es el Salvador. Preguntemos: ¿De
que nos habría salvado? Nos responde la religión
ancestral, que nos ha salvado de la condenación eterna
causada por el pecado original. De nada más, porque
igual nos podemos condenar por otros pecados cometidos por
nosotros mismos a lo largo de nuestra vida. ¿Qué
pasó con todas las almas de gentiles y judíos
antes del advenimiento de Cristo? Se entiende que la salvación
de la humanidad no tendría efecto retroactivo. Por
tanto estarían condenados a los infiernos nuestros
primeros progenitores Adán y Eva y todos los que les
siguieron por miles de años, hasta antes de la muerte
de Cristo. Pero, el mito del pecado original es otro atavismo
de que tiene que desprenderse una nueva religión universal.
Si no hemos entendido mal, el pecado original tiene que ver
con la sexualidad, con el "pecado de la carne".
Pero si hemos entendido mal, tiene más bien relación
con un ejercicio de desobediencia ante un Padre abusivo que
inventara situaciones que le permitan castigar a sus criaturas
por medio de una vana prohibición de comer manzanas,
ayudado por una serpiente maligna. Pero cabe reiterar, que
una y otra vez resurge la rémora religiosa, contra
la actividad sexual como algo pecaminoso. Por eso se consagra
también lo "santo" de la virginidad. Pero
este artículo de fe es contrario a la ley natural y
por tanto insostenible. La sicología moderna debería
estudiar piadosamente la situación de Jesús,
un niño huérfano de padre que concluye que su
padre es Dios eterno que ha preñado a su pura y virgen
madre por obra de un Espíritu Santo en forma de paloma
blanca que desciende. ¿O es esta concepción
sin mácula, un invento posterior a Jesús, por
vía de la revelación siempre dudosa? ¿O
sea que el Cristo nos redimió del pecado hereditario
de la desobediencia, o más bien de la sexualidad? Si
así fuera: ¿Podríamos entonces, salvados
como estamos, sea desobedecer sin castigo, o llevar una vida
sexual sin asomo de pecado? ¿Para tan poca y poco probada
cosa habría tenido que sufrir una oprobiosa y terrible
muerte el Hijo de Dios encarnado? Peor aún: ¿Su
sacrificio habría sido involuntario? ¿Cuán
absurdo es todo esto? Una nueva religión universal
tendría que entender la muerte de Jesús por
ajusticiamiento como una crueldad perversa de la sociedad
en que vivió. Su pena de muerte no tiene porqué
ser un sacrificio expiatorio, sino un terrible ejemplo de
maldad sobre él, en la que Dios nada tuvo que ver.
Las enseñanzas de Cristo-Jesús no perderían
validez. Su ejemplo de caridad, de piedad, de compasión
y amor por sus semejantes, su memoria eucarística,
la comunión de sus fieles, sus valores de perdón
y conciliación universal seguirían igualmente
vigentes.
Tan sólo habríamos despojado a la religión
de la barbarie de presumirle a Dios como un monstruo que se
solaza en contemplar la crucifixión de su hijo, con
miras a deshacer el efecto de su propia trampa tendida contra
Adán y Eva en el Paraíso.
Hay muchas incongruencias en la relación de los hechos
del nacimiento de Jesús. La fecha y lugar han sido
puestos en duda por investigadores académicos y han
surgido versiones distintas con diferencias de hasta seis
años de tiempo, destruyendo la coincidencia de muchos
sucesos trascendentales, como el censo ordenado por César
Augusto Octaviano, la natividad y la aparición de la
estrella que guiara a los Reyes Magos, el exterminio de los
inocentes por Herodes y la huída a Egipto. Muchos dogmas
de fe surgen recién cientos de años después
de la muerte de Cristo, como aquel de la Asunción de
la Virgen María. Hay contradicciones y disparidades
entre los evangelistas que obligan a pensar que inventaron
y fungieron algunos infundios en el afán de cuadrar
las predicciones de los profetas con los hechos de la vida
de Cristo. Pero esta falta de corrección y exactitud
en las crónicas evangélicas que son de dominio
público pueden llevarnos a elucubrar sobre una cuestión
fundamental en la evolución hacia una nueva religiosidad
universal, cual es: ¿Sufren acaso el menor desmedro
las enseñanzas de Cristo, si se da por descontado que
ni fue Hijo de Dios encarnado, ni su madre fue virgen cuando
le concibió, ni se cumplieron en él las profecías,
ni su muerte fue sufrida para expiar el pecado original de
Adán y Eva, como un sacrificio para paliar la ancestral
ira de su Padre, ni él mismo pretendió morir
en la cruz? No, su mensaje original no padece menoscabo, sino
que es tan digno de fe y obediencia general y universal, por
sus intrínsecos méritos, sin necesitar ninguno
de esos atributos de autoridad con que se le ha querido revestir.
Por eso que los evangelios deben considerarse como un testimonio
algo fantástico, construido con errores honestos unos
y falsarios otros, pero con la intención de magnificar
y enriquecer la relación de la vida de Cristo. La Historia
Universal está llena de manipulaciones y debe rescribirse
una y otra vez, asimismo la vida y hechos de Jesús.
Lo importante es decantar lo esencial del mensaje de este
gran maestro benévolo y sabio. Siendo Dios el hacedor
del universo, procreador y padre de todas las cosas, parece
vano e inocuo el disputar sobre su paternidad de Cristo. No
menos vano es el discutir sobre unidad, o trinidad de Dios,
o hasta sobre politeísmo, pues el problema radica en
que nadie ha visto a Dios, o ha estado contemplando a la Santísima
Trinidad, o ha permanecido como espectador en el Olimpo politeísta
y pagano. Es preciso superar la teología tradicional
y ancestral y buscar un camino llano hacia una religiosidad
sin arquitrabes de argumentación anticientífica
que invoque el misterio como valla al pensamiento y burla
de la inteligencia humana.
Una nueva religiosidad universal debería revisar el
mensaje de Jesús de Nazaret en lo referente al Reino
de Dios y al fin del mundo. Han pasado dos mil años
desde el nacimiento de Cristo y el mundo se ha salvado hasta
aquí de su destrucción apocalíptica.
Pero ha estado muy cerca de ella en la Guerra Fría
por la amenaza de una gran conflagración bélica
con bombas atómicas. Particularmente amenazado por
sus vecinos y por si mismo como potencia atómica ha
estado el pueblo de Israel. Igualmente subsiste para toda
la humanidad el temor a cataclismos cósmicos más
o menos predecibles. La muerte individual parece menos temible
que la desaparición de la especie. Un Juicio Final
aterra a mucha gente. El mensaje de Cristo en esencia es una
exigencia de caridad y amor hacia nuestros semejantes en cualquier
condición en que se encuentren, más aun si son
de algún modo minusválidos. Cristo clama por
el perdón de las ofensas mutuas de la los humanos entre
si. Las añadiduras teológicas acumuladas por
San Pablo, los evangelistas y los tardíos dogmas de
la Iglesia no pueden tomarse tan en serio como las originales
aseveraciones del Mesías en sus parábolas. Lo
cierto es que la realidad actual podría llevarnos a
decir que Cristo con su mensaje logró que el mundo
se acercara bastante a su anuncio del cercano Reino de Dios.
La medicina y la política social han progresado mucho,
hasta el punto que muchos de los milagros de Jesús
se repiten a diario: se curan los leprosos, las hemorroisas,
y los dementes, antes habitados por el diablo, se sanan con
apropiada medicación. Los pobres y sin trabajo reciben
ayuda estatal por lo menos en los países más
avanzados. La humanidad ha puesto en práctica mucho
del Reino de Dios que Cristo veía cercano. Pero todos
morimos aún, aunque se dan muchas resurrecciones en
hospitales gracias al avance de la ciencia médica.
Si viviera Jesús estaría contento de estos progresos.
La piedad y compasión de la sociedad moderna han llegado
hasta el punto de abolir en muchos estados la pena de muerte
y de convertir a la justicia en una máquina de perdones
y castigos menores para crímenes monstruosos. No obstante
hay aun mucho por hacer hacia ese reino de Dios de que hablara
Jesús. También la extinción de la humanidad
es la perpetua espada de Damocles que pende sobre nuestras
cabezas, por la potencia de las armas atómicas, químicas,
biológicas de destrucción masiva, y la ceguera
de ciertos gobernantes capaces de peores barbaridades que
la matanza de los inocentes puesta en práctica por
el rey Herodes. La Iglesia cristiana en todas sus variantes
no ha atinado a ver el cambio y a pronunciarse sobre él.
El reino de Dios es un proceso en marcha que comienza en este
mundo aunque no es un plan de gobierno de Jesús o de
sus sucesores, sino una empresa que va realizando la humanidad
hasta su final, lejanísimo o cercano. Hay que entender
mejor el anuncio del reino de Dios y toca a los discípulos
de cristo el tratar de ponerlo en práctica. La pobreza
y la enfermedad del SIDA en el África son un ejemplo
de lo que quienes quieren la realización del Reino
de Dios tienen que enfrentar con creatividad. Sin duda el
ejemplo de Jesús con sus milagros en lo que es ahora
la medicina, señala el camino verdadero de la piedad
universal. La Iglesia como estructura de poder anda despistada
de su verdadero mandato. Los apóstoles del Reino de
Dios son ahora los médicos de Médecins sans
Frontières, no los cardenales que cavilan cómo
salir elegidos Papa cuando el actual Pontífice Máximo
muera. Los demás médicos que salvan vidas y
resucitan muertos y curan a locos poseídos por los
demonios de la esquizofrenia, con tratamientos de medicación
química, están poniendo en práctica el
Reino de Dios que proclamara Jesús, no los curas de
las iglesias que peroran oraciones caducas, repetitivas y
carentes de sentido práctico. "¡Vénganos
tu reino!" Pues sí! Nos viene en los hospitales
donde se salvan vidas y en los campos de batalla cuando retorna
la paz. Sin duda era esto parte del mensaje de Jesús,
del Mesías, del Cristo. En esta manera de entender
la Historia se hermanan una vez más Prometeo y Jesús,
en cuanto a que ambos han querido el progreso de la humanidad,
hacia circunstancias mejores de felicidad y bienestar individual
y general. El hecho que los milagros de Jesús se hayan
transformado en práctica médica diaria, no quita
que sigan siendo milagros de un Reino de Dios. En lo que se
refiere al Juicio Final resulta tranquilizante que quien nos
va a juzgar es el mismo que propaga el perdón, el Hijo
de Hombre, el propio Jesús. Esto permite especular
sobre la conveniencia de acercarnos más hacia la justicia
severa en este mundo, castigando apropiadamente los crímenes
en la sociedad, porque corremos el peligro que todos los pecadores
sean perdonados y al final se salgan con la suya.
El mundo en que vivimos debería ser parte del Reino
de Dios propagado por Cristo. Durante su vida él ejemplificó
ese reino de Dios una y otra vez con sus propios actos. Sus
milagros eran la realización de ese cometido. Esos
actos de caridad humana no hubieran tenido trascendencia,
si no hubiesen sido al mismo tiempo un planteamiento de conducta
para sus apóstoles y discípulos en el mundo
entero. En lugar de sacar al leproso de la sociedad, Jesús
lo incorporaba y sanaba. Se compadecía de todos los
enfermos y les salvaba, cuando los tenía a mano. Liberó
a quien iba a ser castigada con la pena de muerte, con una
frase de su irrecusable autoridad. "El que se sienta
sin pecado, que arroje la primera piedra!" Si él
viviera en nuestro tiempo, condenaría con la misma
energía que a los fariseos, a los hipócritas
sacerdotes y ministros de muchas religiones que pretenden
ser justos y santos, sin preocuparse de la suerte de grandes
números de seres humanos desgraciados, alejados del
"Reino de Dios".
En ese lugar santo se curan las enfermedades, se sana la
locura de los posesos, se sana a los leprosos, se da de comer
a los hambrientos, se viste a los desnudos, se cuida a los
ancianos y a los niños, y se sepulta los muertos.
El África como continente ahora esta aun fuera del
reino de Dios y podría decirse que ha caído
en manos de espíritus malignos. Hay asesinos por todas
partes. Hay enfermedad por doquier, hambre, sed, angustia
y desesperación. Toca hacerles llegar la piedad cristiana
o sea el reino de Dios. Desde luego este lenguaje metafórico
no impide, sino más bien invita a planteamientos modernos
de cómo auxiliar a esas víctimas. Las grandes
naciones cristianas se lavan las manos con la excusa que los
estados africanos tienen sus propios gobiernos. Pero no hay
una importante acción mancomunada y verdaderamente
magna que busque arreglar la tragedia del África. Debe
centrarse el esfuerzo mundial en enfrentar el SIDA con mayor
resolución y medios financieros. La guerra que destroza
el África en varios lugares debe ser frenada con un
esfuerzo mucho mayor, por las naciones Unidas. De otro modo
estaríamos ignorando el mensaje trascendental de Cristo.
El Papa Juan Pablo VI sin duda llevó el reino de Dios
a los países que estaban detrás de la cortina
de hierro, cuando contribuyó enormemente a dar fin
a ese régimen comunista contrario a la libertad y al
bienestar humano. El próximo Papa debería llevar
el reino de Dios al África y a donde imperen la miseria,
la ignorancia, el hambre y la enfermedad.
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