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HACIA UNA NUEVA RELIGIOSIDAD UNIVERSAL


Santiago Sevilla

sevillagloor@yahoo.com

Todas las religiones expresan la necesidad de Dios.

Las religiones no poseen la prueba científica ni de su propia verdad, ni de su exclusividad. Si todas y cada una de las religiones aseveran ser la verdadera y única, resulta lógicamente inevitable que todas o la mayoría estén erradas en sus pretensiones. Que todas o la mayoría menos una, de las religiones estén erradas, no quiere decir que no pueda surgir una nueva religiosidad universal que no esté errada. La necesidad humana por un Dios o por muchos dioses no es prueba de que Dios exista o no exista. El orden cósmico inspira a creer en Dios. El caos cósmico invitaría a pensar en un dualismo de dioses contrapuestos. Pero el caos es lógicamente imposible, porque su mera existencia demostraría otro orden. El orden cósmico, no obstante, no es prueba suficiente de la existencia de uno o más dioses; es solamente un motivo para inventar un ordenador anterior, o creador: Un motivo de fe religiosa.

Una nueva religiosidad universal puede nacer de un reordenamiento del pensamiento teológico, que busque una nueva expresión de la fe en Dios.
Es necesario purificar la teología de una serie de vicios de lógica que la nulitan y aniquilan.

No habiendo prueba de lo contrario, la idea de Dios refleja únicamente los mitos de la fantasía humana. Siendo el Dios o dioses de las religiones, una creación de la fantasía humana, aún huérfana de prueba científica irrecusable de su veracidad, es necesario someter a estos mitos a una purificación acorde con la lógica y la ciencia moderna, para establecer una nueva religiosidad acorde con el nivel de conocimientos y orden lógico de la humanidad en nuestro tiempo.
Un defecto fundamental de muchas religiones, entre ellas el Cristianismo, es la idea y creencia en el sacrificio. Es patente y precisa poca prueba, que el sacrificio divino, humano o animal, que constituye victimar a un inocente para complacer a Dios, es un concepto viciado por la injusticia y el abuso, perverso en esencia y que contradice la nobleza de la divinidad que se venera. Sin duda, la idea del sacrificio deriva de cierta fantasía sacerdotal, por la cual la ira divina se aplaca y calma haciendo daño a un tercero inocente. Pensar que el divino hacedor se deje calmar con un nuevo crimen, resulta totalmente absurdo y contradictorio. Desgraciadamente esta idea torpe y malvada del sacrificio se ha impuesto en muchas religiones de la antigüedad entre los Cartagineses, los Mayas y Aztecas, los judíos, los cristianos y muchos otros pueblos religiosos que sacrificaron seres humanos y animales para satisfacer a sus dioses terribles, sea en sus mitos o en la práctica de su culto.

Las religiones, a través de sus sacerdotes, se han adueñado de Dios, y se han proclamado sus representantes y únicos conocedores, sea por pretendida revelación privadísima o por una teología construida con argumentación dogmática. Una nueva religiosidad universal debería reexaminar los mitos, despojándolos de invenciones detectables como producto de mentes enfermas. Una de estas invenciones abominables, es el sacrificio.

La fe religiosa no debe llevar a sus fieles a cometer acciones reñidas con la ley natural, porque eso indicaría que tal religión está errada. El ajusticiamiento, el asesinato, el suicidio, el genocidio, el terrorismo, como resultados de un mito religioso deben ser rechazados por una nueva religiosidad universal, que reemplace o transforme a las religiones tradicionales.

Es necesario examinar el pensamiento filosófico distinto o anterior a las religiones judaica, cristiana e islámica, en particular las filosofías de la Grecia antigua, para reencontrar un camino aún no viciado por dogmatismos coetáneos, de entonces, o ulteriores.

Muchas religiones han sido usadas y empleadas para afianzar el poder político. Los mitos inventados para este propósito siniestro de coartar la libertad individual deben identificarse y sanearse con miras al establecimiento de una nueva y buena religiosidad universal. Las religiones pueden y deben reexaminarse críticamente, para corregir sus vicios ancestrales, curar sus rémoras inveteradas, sus obvias patrañas, con miras a encausarse hacia una nueva mentalidad que confiese paladinamente sus limitaciones y dé lugar a una religiosidad libre de engaños, manipulaciones y maquinaciones.
La religiosidad puede ir, desde una fe incondicional y profunda, hasta un ateismo total, pero siempre debe ser acorde con la ley natural y el respeto a la libertad individual. La militancia religiosa es en sí un atentado contra la paz, la tolerancia y la libertad de los demás.

La filosofía tiene que jugar un papel fundamental en la reinvención de una religiosidad universal, que impida la repetición de los errores y vicios históricos de las religiones, detectando las contradicciones y aberraciones características del uso de la religión para coartar la libertad individual y dominar la sociedad por vía de la intimidación o la esperanza.

La definición del bien y del mal es un problema que se ha resuelto en cada sociedad a través de la legislación penal y la normativa social. Las religiones han pretendido saber la voluntad de Dios a este respecto y han caído en contradicciones. La naturaleza se desenvuelve de acuerdo a la ley del más fuerte. La humanidad misma, con respecto a los demás seres vivos de la creación, se comporta muchas veces cruel y destructivamente. Lo que entre humanos está mal, como matar y herir, violar, saquear y robar, se consagra como permitido con respecto a los demás seres vivos. Esta contradicción indica claramente que el bien y el mal son un convenio social humano y que Dios en esto no se ha pronunciado, aunque las religiones lo pretendan.

No siendo el bien, o el mal un problema divino, sino humano, la desgracia individual o colectiva no le atañe al creador, que ha establecido las leyes de la naturaleza y del cosmos, de las que deriva la circunstancia individual o social del hombre, que puede ser feliz o desgraciada.

Una vez que el cosmos marcha de acuerdo a un orden establecido, que se le atribuye al creador por parte de quienes tienen esa fe, tiene muy poco sentido la oración, y menos aún la plegaria repetitiva, porque entraña una contradicción en muchos casos, pues si las leyes de la naturaleza y del cosmos establecidas por Dios, imponen un resultado, no se puede pedir al inventor del orden universal que autorice excepciones caóticas, como el evitar cataclismos naturales, rejuvenecer ancianos, resucitar muertos, o multiplicar los panes y los peces para que todos tengan de pronto qué comer. Mas, si dentro de ese orden pre-establecido, el hombre logra curar a los enfermos o resucitar a los muertos, o multiplicar la producción para vencer el hambre y la necesidad, santo y bueno. Sobra entonces la oración: "A Dios rogando"... y queda tan solo aquello de "y con el mazo dando".

No cabe que los humanos en la religión pretendamos leer los pensamientos de Dios desde nuestra perspectiva y conveniencia. El orden del universo, y dentro de él, el orden social de la humanidad, lo regulan todo por si solos, sin que se pretenda adivinar la voluntad divina.

Hay muchas preguntas escatológicas que todavía no tienen respuesta y sin duda está bien que se intente resolverlas con mitos religiosos, o magia, o interpretaciones del zodíaco o cualquier empresa fantástica, siempre y cuando no se pretenda invocar su resultado como una verdad última inapelable, sino como un experimento ilusionista, que acaso llegue a coincidir e identificarse con la realidad.

Hay que dejar abierta la puerta a que la ciencia aporte explicaciones donde faltan aún y, mientras tanto, se suplen por los hombres con mitos y sueños revestidos con la santidad de la religión. El más allá de la muerte, la esencia y el destino del alma, la resurrección y la reencarnación, la comunicación con los muertos, los misterios de la intuición, la predicción del futuro, la naturaleza del tiempo, la eternidad o temporalidad del cosmos, la individualidad del ser humano y su importancia, hay éstas, y más cuestiones que merecen resolverse temporalmente por la religión y por la ciencia definitivamente.

Las religiones de occidente, Judaísmo, Cristianismo, e Islam, basan sus teorías en la revelación. La revelación a los profetas, a Jesús, o a Mahoma adolecen de fragilidad ante la duda, pues carecen de prueba contundente de su veracidad. El derecho de creer es inalienable, pero lo es también el derecho de no creer. Por esta causa, una nueva religiosidad universal debería afincarse, afianzarse y edificarse sin base en la revelación, sino en la realidad visible y tangible, que puede bastar perfectamente. El Budismo, el Taoísmo y el Confucianismo han podido construirse y levantarse sin invocar la revelación directa y tienen extraordinaria validez entre sus fieles.

La fe es un acto de la voluntad y no se encuentra contrapuesto con la razón y la ciencia, sino cuando existen pruebas fehacientes de lo contrario a lo que se ha querido creer. Ese es el momento de cambiar de parecer, ante evidencias irrecusables. La Historia lo prueba una y otra vez.
Insistamos en algo fundamental: Las principales religiones occidentales, Judaísmo, Cristianismo e Islam tienen un rezago, rémora o atavismo ancestral en común con las religiones primitivas, cual es el sacrificio. Esta noción, analizada antropológicamente, o desde la perspectiva de la razón pura, es ahora, a la altura de nuestro tiempo, civilización y cultura, francamente insostenible. El grupo humano primitivo en el tiempo cavernario sin duda estaba estructurado de acuerdo a la ley del más fuerte. A éste se le debía alianza, obediencia, pleitesía, sometimiento y donaciones gratuitas, regalos que constituían sacrificios y renunciamientos, para evitar sus castigos y atropellos. Esta es la mentalidad inherente al sacrificio: negociar con el omnipotente la paz, la protección, el amparo ante cataclismos y amenazas de todo orden, sobre todo contra su propia ira divina, entregando algo caro a cambio; nunca o muy rara vez a uno mismo, pero siempre preferiblemente a terceros inocentes, como niños, mujeres, chivos expiatorios, ovejas indefensas, toros sagrados, caballos veloces, alimentos, vino, agua santa, comidas suculentas, invitándole al dios a tomarlo todo, o a participar en el convite. Peor aún, esta mentalidad rupestre se la proyecta al propio Dios eterno y se le atribuye el sacrificio de su propio hijo, Cristo Jesús, siguiendo el modelo bíblico de Abraham y de su hijo Isaac. La víctima animal, humana, o divina es inocente y sirve para lavar los pecados del mundo. Pagan justos por pecadores. Este "sacrificio" o intercambio entre siervos, súbditos o sujetos con el omnipotente es un trato troglodita, que no se compadece con ningún concepto de equidad o de justicia. La religiosidad universal que pueda unirnos a todos los seres humanos tiene que revisar este concepto, y no solo reformarlo con "sacrificios" incruentos puramente cúlticos, sino que tiene que desterrar la idea original, por la que se le atribuye a la divinidad una actitud sórdida y espantosa de abuso de poder, que se deja expiar con el sufrimiento de inocentes seres humanos o animales, para perdonar a culpables o simplemente dejar temporalmente incólumes a sus fieles, amedrentados e intimidados ante su omnipotencia de señor del universo. Es asimismo inconcebible que el propio Dios Eterno se deje apaciguar y aplacar con el sacrificio de su propio hijo, pues en buena ley se supone que son los "pecadores" quienes tienen que dar algo de si para apaliar la ira divina, no que el omnipotente tenga que aceptar que su propio hijo se deje crucificar para que Él perdone los pecados de la humanidad y renuncie a condenarla al fuego eterno. El imputarle a Dios tan absurda conducta de dejar que se sacrifique a su propio hijo divino es, en si mismo, una idea inicua y espantosa.

Las ideas o nociones de un fin del mundo, de una Apocalipsis, de un término y colapso del universo, a más de la muerte natural inevitable del individuo, han servido para motivar el mito religioso como amenaza y profecía. Amenazas futuristas, profecías apocalípticas y promesas de felicidad son fáciles de concebir y de proponer. Su veracidad es indisputable, pues su comprobación es imposible sin permitir primero decorrer cientos de años. Por eso, estos instrumentos de convicción han sido empleados por las religiones con éxito sorprendente. "Yo te ofrezco, busca quien te dé." Este adagio popular es en este caso más acertado que nunca. El paraíso es una oferta monumental y fácil de imaginarse con la fantasía. Lo que ahora nos falta y ansiamos cordialmente, se nos dará en el paraíso. El Islam tiene un paraíso más soñado que el Cristianismo. Sobre todo la felicidad sexual masculina está garantizada con la expectativa de un serrallo de setenta vírgenes para cada varón. El cielo del cristianismo tiene indiscutibles visos de aburrimiento, aparte de la contemplación de Dios, pero no deja de ser mejor que el infierno. Esta mitología paradisíaca debe someterse a cierta sobriedad en una nueva religiosidad universal. Resulta sorprendente que espíritus y espectros carentes de cuerpo y materia esperen satisfacciones carnales en el más allá. La resurrección de los muertos, que fuera objeto de gracioso análisis en "El Sueño de las Calaveras" de Don Francisco de Quevedo y Villegas, es también un monumental problema logístico y cultural digno de reinventarse para que pueda tolerar el menor análisis. Los mitos de la antigüedad pre cristiana en Grecia y Roma merecen asimismo re-estudiarse para apreciar otras alternativas escatológicas que ofreciera la fantasía humana en aquellos tan interesantes tiempos.

Una nueva religiosidad universal podría recoger todos los altos valores del cristianismo, del Judaísmo, del Islam, del Budismo, del Confucianismo y de otras religiones, una vez que todas éstas se hayan depurado de ciertos atavismos insostenibles ya en nuestro tiempo, por el avance de los conocimientos científicos y la madurez lograda en el pensamiento moral, filosófico y político.

Un asunto digno de consideración y análisis es la virginidad de María y la paternidad de Jesús. Todos sabemos que José fue el esposo anciano de María. Sin duda debe haber muerto temprano en la vida de Jesús, porque de él no se habla después de la disputa de Jesús a sus doce años, con los doctores de la ley, cuando María y José lo buscan frenéticamente y le encuentran en el Templo. Entonces él les dice: "¿Cómo es que ustedes me buscaban? ¿No sabían que yo tengo que estar en la casa de mi Padre?" Jesús creció en su niñez junto a su madre, a sabiendas que José, su maestro en la carpintería, no era su verdadero padre, pues ella había estado en cinta antes de casarse con él. Es de suponerse que la añoranza por un padre verdadero, le hizo imaginarse que tenía en el cielo su progenitor. Su relación con el Padre es intensa y dramática en las últimas horas de su vida, de su pasión y crucifixión. Él esperaba y confiaba que su Padre habría de salvarle de la muerte. Enclavado ya en el suplicio final, reclama al Padre. -"¿Padre, Padre, porqué me has abandonado?"- Extrañamente esta frase dicha en un idioma ininteligible para la mayoría de quienes lo rodeaban, nos revela un desengaño terminal, que ha sido ignorado supinamente por todo el mundo después. ¿Cómo es posible que el Cristo hubiera sido engañado y que no hubiera previsto su propia muerte en la cruz? Entonces su sacrificio habría sido involuntario, y él, verdaderamente, un cordero pascual sacrificado sin su consentimiento anterior, aunque por último hubiese aceptado su inevitable destino con resignación y suprema entereza. Todo esto da mucho que pensar. ¿Quién inventó la virginidad de María? ¿La ausencia de un padre visible en la vida de Jesús le hizo pensar al hijo que su madre lo había concebido sin obra de varón? ¿El llamado "Complejo de Edipo" le llevó a la idea que su madre lo había concebido por obra mágica del Padre desde el cielo, a través de la mediación de una paloma blanca llamada "Espíritu Santo"? ¿Este alado símbolo fálico, sumamente puro y etéreo, es el que al descender sobre su madre, la dejó impoluta y limpia de sexualidad, pero en cinta? No acierto a identificar el exacto origen del mito de la virginidad de María aparte de Mateo 1: 18 ; y Lucas 1:34. ¿Fue acaso el propio Jesús quien lo aseveró? Pero, no obstante, es necesario purificar la religión de la idea que la concepción por acto sexual sea pecaminosa. Esta teoría no tiene sostén en la lógica. Si Dios dispuso que la reproducción de las especies fuera por vía de la sexualidad natural de todos los animales y humanos, y de la mayoría de las plantas, en mil variantes, quiere decir que Él no consideró pecaminosa tal reproducción. ¿De dónde acá tiene el Hijo de Dios que ser tan sólo vástago de una mujer virgen? Desde luego este mito deriva de la convicción que Dios es un homínido varón. Pero como Él es un espíritu puro y celestial que no tiene vida sexual activa, necesita de una paloma blanca para preñar una virgen descendiendo sobre ella, sin penetrarla. ¿Creía Jesús en todo esto?

Repito: ¿Fue él mismo, acaso, quien puso esta especie en el mundo? En el Monte de los Olivos, cuando su intuición ya presiente la amenaza de muerte que se cierne sobre él, Jesús implora la compasión de su padre en los cielos y de algún modo se encuentra esperanzado. -"¡Aparta de mi este cáliz!" - le ruega. Con un poco de mejor suerte podría haberse salvado de la crucifixión, si ante la alternativa planteada por Pontius Pilatos, la turba no hubiese preferido a Barrabás. Sorprendentemente, Dios Padre tendría que haber querido que su hijo predilecto sufriera una muerte espantosa. Esto es absurdo, si juzgamos a posteriori por los resultados. Se supone que Cristo es el Salvador. Preguntemos: ¿De que nos habría salvado? Nos responde la religión ancestral, que nos ha salvado de la condenación eterna causada por el pecado original. De nada más, porque igual nos podemos condenar por otros pecados cometidos por nosotros mismos a lo largo de nuestra vida. ¿Qué pasó con todas las almas de gentiles y judíos antes del advenimiento de Cristo? Se entiende que la salvación de la humanidad no tendría efecto retroactivo. Por tanto estarían condenados a los infiernos nuestros primeros progenitores Adán y Eva y todos los que les siguieron por miles de años, hasta antes de la muerte de Cristo. Pero, el mito del pecado original es otro atavismo de que tiene que desprenderse una nueva religión universal. Si no hemos entendido mal, el pecado original tiene que ver con la sexualidad, con el "pecado de la carne". Pero si hemos entendido mal, tiene más bien relación con un ejercicio de desobediencia ante un Padre abusivo que inventara situaciones que le permitan castigar a sus criaturas por medio de una vana prohibición de comer manzanas, ayudado por una serpiente maligna. Pero cabe reiterar, que una y otra vez resurge la rémora religiosa, contra la actividad sexual como algo pecaminoso. Por eso se consagra también lo "santo" de la virginidad. Pero este artículo de fe es contrario a la ley natural y por tanto insostenible. La sicología moderna debería estudiar piadosamente la situación de Jesús, un niño huérfano de padre que concluye que su padre es Dios eterno que ha preñado a su pura y virgen madre por obra de un Espíritu Santo en forma de paloma blanca que desciende. ¿O es esta concepción sin mácula, un invento posterior a Jesús, por vía de la revelación siempre dudosa? ¿O sea que el Cristo nos redimió del pecado hereditario de la desobediencia, o más bien de la sexualidad? Si así fuera: ¿Podríamos entonces, salvados como estamos, sea desobedecer sin castigo, o llevar una vida sexual sin asomo de pecado? ¿Para tan poca y poco probada cosa habría tenido que sufrir una oprobiosa y terrible muerte el Hijo de Dios encarnado? Peor aún: ¿Su sacrificio habría sido involuntario? ¿Cuán absurdo es todo esto? Una nueva religión universal tendría que entender la muerte de Jesús por ajusticiamiento como una crueldad perversa de la sociedad en que vivió. Su pena de muerte no tiene porqué ser un sacrificio expiatorio, sino un terrible ejemplo de maldad sobre él, en la que Dios nada tuvo que ver. Las enseñanzas de Cristo-Jesús no perderían validez. Su ejemplo de caridad, de piedad, de compasión y amor por sus semejantes, su memoria eucarística, la comunión de sus fieles, sus valores de perdón y conciliación universal seguirían igualmente vigentes.

Tan sólo habríamos despojado a la religión de la barbarie de presumirle a Dios como un monstruo que se solaza en contemplar la crucifixión de su hijo, con miras a deshacer el efecto de su propia trampa tendida contra Adán y Eva en el Paraíso.

Hay muchas incongruencias en la relación de los hechos del nacimiento de Jesús. La fecha y lugar han sido puestos en duda por investigadores académicos y han surgido versiones distintas con diferencias de hasta seis años de tiempo, destruyendo la coincidencia de muchos sucesos trascendentales, como el censo ordenado por César Augusto Octaviano, la natividad y la aparición de la estrella que guiara a los Reyes Magos, el exterminio de los inocentes por Herodes y la huída a Egipto. Muchos dogmas de fe surgen recién cientos de años después de la muerte de Cristo, como aquel de la Asunción de la Virgen María. Hay contradicciones y disparidades entre los evangelistas que obligan a pensar que inventaron y fungieron algunos infundios en el afán de cuadrar las predicciones de los profetas con los hechos de la vida de Cristo. Pero esta falta de corrección y exactitud en las crónicas evangélicas que son de dominio público pueden llevarnos a elucubrar sobre una cuestión fundamental en la evolución hacia una nueva religiosidad universal, cual es: ¿Sufren acaso el menor desmedro las enseñanzas de Cristo, si se da por descontado que ni fue Hijo de Dios encarnado, ni su madre fue virgen cuando le concibió, ni se cumplieron en él las profecías, ni su muerte fue sufrida para expiar el pecado original de Adán y Eva, como un sacrificio para paliar la ancestral ira de su Padre, ni él mismo pretendió morir en la cruz? No, su mensaje original no padece menoscabo, sino que es tan digno de fe y obediencia general y universal, por sus intrínsecos méritos, sin necesitar ninguno de esos atributos de autoridad con que se le ha querido revestir. Por eso que los evangelios deben considerarse como un testimonio algo fantástico, construido con errores honestos unos y falsarios otros, pero con la intención de magnificar y enriquecer la relación de la vida de Cristo. La Historia Universal está llena de manipulaciones y debe rescribirse una y otra vez, asimismo la vida y hechos de Jesús. Lo importante es decantar lo esencial del mensaje de este gran maestro benévolo y sabio. Siendo Dios el hacedor del universo, procreador y padre de todas las cosas, parece vano e inocuo el disputar sobre su paternidad de Cristo. No menos vano es el discutir sobre unidad, o trinidad de Dios, o hasta sobre politeísmo, pues el problema radica en que nadie ha visto a Dios, o ha estado contemplando a la Santísima Trinidad, o ha permanecido como espectador en el Olimpo politeísta y pagano. Es preciso superar la teología tradicional y ancestral y buscar un camino llano hacia una religiosidad sin arquitrabes de argumentación anticientífica que invoque el misterio como valla al pensamiento y burla de la inteligencia humana.

Una nueva religiosidad universal debería revisar el mensaje de Jesús de Nazaret en lo referente al Reino de Dios y al fin del mundo. Han pasado dos mil años desde el nacimiento de Cristo y el mundo se ha salvado hasta aquí de su destrucción apocalíptica. Pero ha estado muy cerca de ella en la Guerra Fría por la amenaza de una gran conflagración bélica con bombas atómicas. Particularmente amenazado por sus vecinos y por si mismo como potencia atómica ha estado el pueblo de Israel. Igualmente subsiste para toda la humanidad el temor a cataclismos cósmicos más o menos predecibles. La muerte individual parece menos temible que la desaparición de la especie. Un Juicio Final aterra a mucha gente. El mensaje de Cristo en esencia es una exigencia de caridad y amor hacia nuestros semejantes en cualquier condición en que se encuentren, más aun si son de algún modo minusválidos. Cristo clama por el perdón de las ofensas mutuas de la los humanos entre si. Las añadiduras teológicas acumuladas por San Pablo, los evangelistas y los tardíos dogmas de la Iglesia no pueden tomarse tan en serio como las originales aseveraciones del Mesías en sus parábolas. Lo cierto es que la realidad actual podría llevarnos a decir que Cristo con su mensaje logró que el mundo se acercara bastante a su anuncio del cercano Reino de Dios. La medicina y la política social han progresado mucho, hasta el punto que muchos de los milagros de Jesús se repiten a diario: se curan los leprosos, las hemorroisas, y los dementes, antes habitados por el diablo, se sanan con apropiada medicación. Los pobres y sin trabajo reciben ayuda estatal por lo menos en los países más avanzados. La humanidad ha puesto en práctica mucho del Reino de Dios que Cristo veía cercano. Pero todos morimos aún, aunque se dan muchas resurrecciones en hospitales gracias al avance de la ciencia médica. Si viviera Jesús estaría contento de estos progresos. La piedad y compasión de la sociedad moderna han llegado hasta el punto de abolir en muchos estados la pena de muerte y de convertir a la justicia en una máquina de perdones y castigos menores para crímenes monstruosos. No obstante hay aun mucho por hacer hacia ese reino de Dios de que hablara Jesús. También la extinción de la humanidad es la perpetua espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas, por la potencia de las armas atómicas, químicas, biológicas de destrucción masiva, y la ceguera de ciertos gobernantes capaces de peores barbaridades que la matanza de los inocentes puesta en práctica por el rey Herodes. La Iglesia cristiana en todas sus variantes no ha atinado a ver el cambio y a pronunciarse sobre él. El reino de Dios es un proceso en marcha que comienza en este mundo aunque no es un plan de gobierno de Jesús o de sus sucesores, sino una empresa que va realizando la humanidad hasta su final, lejanísimo o cercano. Hay que entender mejor el anuncio del reino de Dios y toca a los discípulos de cristo el tratar de ponerlo en práctica. La pobreza y la enfermedad del SIDA en el África son un ejemplo de lo que quienes quieren la realización del Reino de Dios tienen que enfrentar con creatividad. Sin duda el ejemplo de Jesús con sus milagros en lo que es ahora la medicina, señala el camino verdadero de la piedad universal. La Iglesia como estructura de poder anda despistada de su verdadero mandato. Los apóstoles del Reino de Dios son ahora los médicos de Médecins sans Frontières, no los cardenales que cavilan cómo salir elegidos Papa cuando el actual Pontífice Máximo muera. Los demás médicos que salvan vidas y resucitan muertos y curan a locos poseídos por los demonios de la esquizofrenia, con tratamientos de medicación química, están poniendo en práctica el Reino de Dios que proclamara Jesús, no los curas de las iglesias que peroran oraciones caducas, repetitivas y carentes de sentido práctico. "¡Vénganos tu reino!" Pues sí! Nos viene en los hospitales donde se salvan vidas y en los campos de batalla cuando retorna la paz. Sin duda era esto parte del mensaje de Jesús, del Mesías, del Cristo. En esta manera de entender la Historia se hermanan una vez más Prometeo y Jesús, en cuanto a que ambos han querido el progreso de la humanidad, hacia circunstancias mejores de felicidad y bienestar individual y general. El hecho que los milagros de Jesús se hayan transformado en práctica médica diaria, no quita que sigan siendo milagros de un Reino de Dios. En lo que se refiere al Juicio Final resulta tranquilizante que quien nos va a juzgar es el mismo que propaga el perdón, el Hijo de Hombre, el propio Jesús. Esto permite especular sobre la conveniencia de acercarnos más hacia la justicia severa en este mundo, castigando apropiadamente los crímenes en la sociedad, porque corremos el peligro que todos los pecadores sean perdonados y al final se salgan con la suya.

El mundo en que vivimos debería ser parte del Reino de Dios propagado por Cristo. Durante su vida él ejemplificó ese reino de Dios una y otra vez con sus propios actos. Sus milagros eran la realización de ese cometido. Esos actos de caridad humana no hubieran tenido trascendencia, si no hubiesen sido al mismo tiempo un planteamiento de conducta para sus apóstoles y discípulos en el mundo entero. En lugar de sacar al leproso de la sociedad, Jesús lo incorporaba y sanaba. Se compadecía de todos los enfermos y les salvaba, cuando los tenía a mano. Liberó a quien iba a ser castigada con la pena de muerte, con una frase de su irrecusable autoridad. "El que se sienta sin pecado, que arroje la primera piedra!" Si él viviera en nuestro tiempo, condenaría con la misma energía que a los fariseos, a los hipócritas sacerdotes y ministros de muchas religiones que pretenden ser justos y santos, sin preocuparse de la suerte de grandes números de seres humanos desgraciados, alejados del "Reino de Dios".

En ese lugar santo se curan las enfermedades, se sana la locura de los posesos, se sana a los leprosos, se da de comer a los hambrientos, se viste a los desnudos, se cuida a los ancianos y a los niños, y se sepulta los muertos.

El África como continente ahora esta aun fuera del reino de Dios y podría decirse que ha caído en manos de espíritus malignos. Hay asesinos por todas partes. Hay enfermedad por doquier, hambre, sed, angustia y desesperación. Toca hacerles llegar la piedad cristiana o sea el reino de Dios. Desde luego este lenguaje metafórico no impide, sino más bien invita a planteamientos modernos de cómo auxiliar a esas víctimas. Las grandes naciones cristianas se lavan las manos con la excusa que los estados africanos tienen sus propios gobiernos. Pero no hay una importante acción mancomunada y verdaderamente magna que busque arreglar la tragedia del África. Debe centrarse el esfuerzo mundial en enfrentar el SIDA con mayor resolución y medios financieros. La guerra que destroza el África en varios lugares debe ser frenada con un esfuerzo mucho mayor, por las naciones Unidas. De otro modo estaríamos ignorando el mensaje trascendental de Cristo. El Papa Juan Pablo VI sin duda llevó el reino de Dios a los países que estaban detrás de la cortina de hierro, cuando contribuyó enormemente a dar fin a ese régimen comunista contrario a la libertad y al bienestar humano. El próximo Papa debería llevar el reino de Dios al África y a donde imperen la miseria, la ignorancia, el hambre y la enfermedad.

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