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¿Donde encontrar el “Amadís” Original?

Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

Sorpresa es para el mundo, que se haga apología del delito de plagio. Continuamente, esta abominación se ha cometido al aceptar de facto, la usurpación del Amadís de Gaula por Don Garcí Rodríguez de Montalvo. Como paliativo de esta afrenta a la propiedad intelectual, ha servido la confesión de parte que hizo el Regidor de Medina del Campo, Don Garcí, al admitir que copió los tres primeros libros del “Amadís”, que dizque estaban corruptos y arcaicos, y que él pretendía – con mucha soberbia – corregirlos y mejorarlos, amputando su final y colofón trágico, reemplazándolo con un cursi “happy end”. Para colmo de la temeridad plagiaria, Rodríguez de Montalvo añadió un Cuarto Libro al “Amadís”, que lo desvirtúa y descompone, con un estilo pedante y santurrón, característico de un afán ajeno a la libertad caballeresca del Siglo XIII, cuando la Iglesia aún no se había enancado con el mito del Sangrial en la tradición artúrica.
Ciegamente, acaso por conveniencia editorial, se publicó el “Amadís” invocando autoría para quien inicuamente se adueñó de la obra, trompeteando sus méritos de salvador y rescatador de un anónimo “primitivo” Amadís de Gaula. Y el inefable coro de literatos que socaparon este histórico plagio, ignoró la lección del ilustrísimo Don Miguel de Cervantes, que salvó al “Amadís” de las llamas y condenó al fuego a su hijo ilegítimo “Las Sergas de Esplandián”. Pusieron así bajo el mismo denominador común al “Amadís” con el resto de los libros de caballerías, como obras todas del siglo XVI. Así la Historia de la Literatura Española fue falseada, pues el “Amadís” es la primera gran novela en lengua castellana, anterior al Libro de Buen Amor del genial Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, y al Libro de las Armas, El Conde Lucanor, y el Libro de la Caza, escritos por Don Juan Manuel. Pero la conveniencia editorial no terminó ahí: Para no hacer olas, se mantuvo sofrenada la búsqueda del autor anónimo. Era mejor magnificar a Rodríguez de Montalvo. Tampoco se objetó con la debida diligencia la pretensión de la autoría portuguesa tan deleznable por tardía y carente de pruebas. Todo esto en contra de dictámenes sobre el estilo castellano de los folios del original, encontrados por el insigne lingüista Don Antonio Rodríguez Moñino, que ubican al “Amadís” acertadamente en los días de Don Juan Manuel y del ya anciano Don Enrique de Castilla, en los albores del Siglo XIV.

Las enciclopedias repiten obcecada- y obtusamente, el cuento vano del origen portugués, con cierto “caveat” en la Enciclopedia Británica, que sitúa su publicación primera en 1305.
No es que hubo un “primitivo” Amadís de Gaula. Lo que ha habido es un solo “Amadís” castellano y un posterior plagio falsario, que dañó su final, e hizo desaparecer el original.

¿Porqué nadie ha preguntado, qué hizo Rodríguez de Montalvo con aquel manuscrito? ¿Lo guardó en la Torre del Homenaje de la Mota o lo tiró en los matacanes del gran castillo y fortaleza de Medina del Campo? ¿Alguien lo ha buscado? No, porque sin duda no conviene a ciertos editores, que se refocilan con la autoría impúdica de Rodríguez de Montalvo y no quisieran que aparezca “Deus ex Machina” el verdadero autor. La ciencia, no obstante, con rayos X fluorescentes, imaginación multi espectral, y “CAT scans” ya está leyendo papiros egipcios y ha encontrado detrás de piadosos textos cristianos, tratados en griego de Aristóteles y obras de matemáticos atenienses. En algún estelar momento, aparecerá completo el “Amadís” castellano y podremos leerlo íntegro y puro, como lo quiso e hizo su verdadero autor. Pero volvamos, galopando por piruetas, al tema de la autoría, preguntando: Siendo obvio, que los primeros lugares de que habla el “Amadís” eran Inglaterra y Escocia, ¿porqué no inquirir, y buscar un autor castellano que hubiera estado ahí? Si era claro que, históricamente, el “Amadís” era fruto de la cultura caballeresca ¿no era plausible que se buscase su autor en el siglo XIII? Verdad es que prevalecieron los valores caballerescos desde las cruzadas, hasta el reino del Emperador Don Carlos V, pero el realismo de las batallas y justas del “Amadís” lo ubican en la Inglaterra de Henry III y Edward I Plantagenet, entre 1248 y 1304. No obstante esta patente circunstancia, algunos sabios de la literatura ubicaron al autor en Portugal, pretendiendo que Don Vasco de Lobería lo hubiese creado alrededor de 1385, cuando ya lo habían leído y comentado el Canciller y cronista Don Pero López de Ayala y su amigo, el escritor y poeta Don Pero Ferrús, ambos, en su juventud, antes de la batalla de Nájera en 1367. Don Vasco de Lobería escribió, a mi entender y el de mejores expertos, una traducción del “Amadís” al portugués. Y en este hermoso lusitano idioma se guardó este manuscrito en el palacio de los Duques de Aveiro en Lisboa hasta que un terremoto lo sepultó en 1750. Así queda claro que primero hubo el “Amadís” en buen Castellano arcaico del Siglo XIII. Tampoco los sabios literatos quisieron saber si las hazañas de Amadís tuvieron asidero en la realidad histórica de aquel siglo. En cambio, si se encantaron con los gigantes, hechiceros y endriagos de la parte mítica y fabulesca del “Amadís”. Es peor, ellos declararon paladinamente que la obra es puramente fantástica, con lo cual degradáronla al mismo denominador del resto de caballería combustible de Cervantes, y muy en contra de su alto criterio. Les faltó ingenio a los críticos literarios que juzgaron tan mal al “Amadís”, o es que fueron tan ajenos a la caballería, galopando en sus curules profesorales, que no captaron cuán realista descripción de combates a caballo hay en el “Amadís”, y más aún, cuánta pintura del amor caballeresco y de sus cuitas, tan cercanas a unas realidades vividas. Todo esto y más, se les escapó a los diestros de la gran maestranza de la literatura. Aferrados a la obra derivativa de Rodríguez de Montalvo, se taparon ojos y oídos con este libro y dejaron que el tiempo decurriera, río de horas bajo el puente, hasta que fluyeron setecientos años, sin dar con el verdadero autor. Tal entuerto me pareció inaceptable. Por suerte, encontré en Inglaterra el rastro del héroe de la conquista de Sevilla, hijo del rey Don Fernando III de Castilla y León, el Infante Don Enrique de estirpes de Borgoña, Hohenstaufen y Plantagenet, quien había ido a la corte de Henry III, a raíz del matrimonio de su hermanastra Doña Leonor de Castilla y Ponthieu, con el Príncipe Edward Plantagenet, futuro Eduardo I de Inglaterra. Su permanencia en la corte de Windsor y Westminster se extendió desde 1255 hasta 1259. Conoció ahí al Conde Simón de Montfort, a su esposa Doña Eleanor de Inglaterra, a Alexander III, rey de Escocia. Fue testigo de la batalla de Cadfan en Gales en 1257, rememorada en el “Amadís” como de Galfan. También conoció a Richard of Cornwall, contendor contra su hermano Alfonso X el Sabio, por la corona electiva del Sacro Imperio Romano-Germano. Supo de la conminación del Papa para que el príncipe Edmundo de Inglaterra recibiese el reino de Sicilia como feudo, para lo cual se apremió a los súbditos ingleses a que pagaran oprobiosos impuestos, que llevaron a la insurrección de los Barones capitaneados por Simón de Montfort. Reinaba entonces en Sicilia y Nápoles el pariente cercano de Don Enrique, Manfred von Hohenstaufen, con la fuerza que le brindaron sus huestes sarracenas asentadas en Lucera, cerca de Roma. Todos estos personajes habrían de aparecer en el “Amadís” en forma novelada. En guerra contra su hermano Alfonso X el Sabio, que le había arrebatado sus feudos y heredades en Andalucía y el Levante, recibidos en reconocimiento de su triunfo en Sevilla, el joven Don Enrique retornó de Inglaterra a España, al reino de Aragón, para pedir la mano en matrimonio de la infanta Doña Constanza de Aragón, hija del rey Don Jayme, que le fue concedida después que Don Enrique conquistara el reino moro de Niebla en el Algarve. Su enemigo hermano Alfonso X interpuso su poderoso ejército para impedir este matrimonio y Don Enrique, después de derrotar en justa singular al Capitán General del Ejército Castellano, Don Nuño González de Lara, salió navegante a Túnez, donde, asistido por un pequeño ejército de caballeros españoles, sirvió como soldado de fortuna al Emir Al Mustansir, hasta hacerse temible y ser puesto traidoramente en un patio con dos leones, en intento de que muriese devorado, pero Don Enrique, espada desenvainada, intimidó a las fieras y quedó a salvo, para pasar a Roma, con plata y persona, a favor de su primo Charles d’Anjou, con quien derrotó al rey Manfredo en la batalla de Benevento y conquistó los reinos de Nápoles y Sicilia, con el favor del Papa. Fue entonces elegido gobernador de Roma, con el título de Senador. Mas al no recibir la corona del reino de Cerdeña, que el Papa Inocencio le había prometido, ni tampoco el tesoro inmenso que Don Enrique había dado en préstamo a Charles d’Anjou, emprendió la guerra contra el Angevino, a favor de su primo Conradino de Hohenstaufen, heredero imperial de Sicilia.

Don Enrique derrotó brillantemente a las puertas de Roma, un ejército enviado contra él por Charles d’Anjou, sitió las fortalezas de los papistas nobles Colona y Savelli, y festivamente abrió las puertas de la Ciudad Eterna al joven príncipe germano Conradino y sus huestes suabas y bávaras. En la confrontación final en Tagliacozzo, contra Charles d’Anjou, batalló encabezando sus huestes españolas que trajo de su exilio tunecino, triunfando cruelmente en su división, pero cayó preso al definirse la batalla a favor del ejército francés de Charles d’Anjou. Estuvo cautivo en Puglia por veinte y dos años en el castillo de Canosa y en Castel del Monte, donde pudo escribir el “Amadís de Gaula” que veladamente narra sus batallas y sus fallidos amores. Don Enrique está personificado en Brián de Monjaste, como él, Infante de España. Hay un sinnúmero de evidencias de la autoría de Don Enrique, Senador de Roma, en su “Amadís” que yo he enumerado en una serie de artículos publicados en Liceus El Portal de las Humanidades, que por no abundar, no debo repetir aquí. Mejor, lo que pretendo es instar a que los historiadores de la Literatura Española centren su atención en la gran antigüedad del Amadís de Gaula, en su importancia como espejo de la cultura caballeresca del Siglo XIII, y que se acepte, de una vez por todas, el origen puramente castellano de esta obra precursora del Quijote, exquisita en sus tres primeros libros, salida de la misma cuna que las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, o sea de la corte de Fernando III el Santo y su admirable consorte Doña Beatriz de Suabia. Quiero también invitar a la búsqueda en España del “Amadís” original por parte de lingüistas, Bibliotecarios, y si los hay, arqueólogos de la literatura. Hay brillantes maestros en la Universidad de Zaragoza que podrían reencauzar el culto por el “Amadís” hacia encontrar el prístino libro, dejando las añadiduras de Garcí Rodríguez de Montalvo, y comprobar si en verdad, como yo lo preconizo, el autor de la obra es Don Enrique de Castilla. En este espíritu debemos otear y rebuscar bibliotecas y archivos en la esperanza de algún día leer completo el “Amadís”. Mi convicción es que el Amadís de Gaula original, compuesto de más de 1.300 folios, si no fueron destruidos, sino devueltos por Garcí Rodríguez de Montalvo, debe encontrarse entre los legajos del Patronato Real del Archivo de Simancas, cerca de Valladolid, a donde fue enviado el archivo del Castillo de Medina del Campo por orden del Emperador Carlos V, mandato que se terminó de ejecutar por disposición del Rey Don Felipe II hacia el año de 1568.

 

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