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AJEDREZ Y ALTA POLÍTICA


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

El Juego Ciencia podría también llamarse Juego Político porque, en verdad, trata de la estrategia y táctica que llevan al poder absoluto.

Estrategia, porque demanda una filosofía que establece la prioridad y norma de la acción política a llevarse a cabo. Planteamientos como estos: ¿Desequilibro a mi enemigo evitando que se fortalezca y aísle con el Enroque? ¿Desoriento a mi contrario, distrayéndole con movimientos aparentemente absurdos, que le desvíen de sus bien estudiados y preparados ataques? ¿Libro una guerra defensiva y muy prudente, o más bien, me lanzo a un ataque que entraña inmensos sacrificios, con miras a un triunfo improbable, pero sorprendente?Táctica, de salvar del sacrificio a aquellas piezas que manejo con mayor destreza, o de postergar la partida con dilatorias, hasta coronar una reina que antes fuera peón de brega?

Estas consideraciones fundamentales son las mismas que enfrenta un gran capitán general en toda guerra. Pero el Ajedrez va más allá del arte de la guerra, pues caracteriza sus personajes tal que en el gran teatro del mundo.

El Rey es poderoso en su importancia de ser el motor y la causa de la guerra, pero es lento aunque sabio, letal, pero siempre asistido por su guardia. Ante todo, el Ajedrez propaga una verdad monumental, al poner a la reina como la guerrera implacable y exterminadora. Más aun, el Ajedrez posibilita el ascenso de la pieza de menor importancia, hasta convertirse en reina y permite la poligamia real sin tropiezos. La Historia de los grandes imperios ha demostrado el acierto de estos conceptos, pues hay ejemplos maravillosos y espectaculares. Baste recordar a Teodora, la esposa de Justiniano, como la reina y emperadora que surgió de la marginación social y la pobreza, para convertirse en la rectora de los destinos de Bizancio y la salvadora de Justiniano en su peor hora. Fue hija de un domador de osos en el hipódromo de Constantinopla, engendró un hijo antes que Justiniano la conociera y se enamorara de ella, y en la revuelta de Nika, cuando todos los cortesanos pedían a Justiniano que huyera para salvar su vida, ella le insistió en que se quedara a defender su corona, y bajo su mando de ella, el gran Belisario exterminó a los revoltosos en el mero hipódromo famoso. Otras reinas del más noble y encumbrado origen han dado prueba también del acierto político del ajedrez, ante todo Isabel la Católica que cerró España con la conquista del reino moro de Granada, junto a su esposo Don Fernando II. Ella galopó del uno al otro extremo del tablero ibérico, desde Toro, hasta Granada, aunque estuviera en cinta y próxima a parir. Pero el ajedrez también personifica a los alfiles u obispos con sus movimientos ladeados y en sesgo, taimados y difíciles de descifrar. En cambio los caballeros en sus caballos son combatientes bravos y feroces que galopan en circulares piruetas por el campo de batalla, amenazando a muchos al mismo tiempo y muriendo heroicamente en la refriega. Y hacia el final de la guerra de reconquista, cuán importante lugar tienen los castillos y sus torres. Rememoremos la Historia de España y encontraremos muchos caballeros que murieron a caballo combatiendo, como Don Alonso de Aguilar en la sierra de Alpujarra:

-“Solo queda Don Alonso;
su compaña es acabada.
Pelea como un león,
mas su esfuerzo vale nada,
porque los moros son muchos
y ningún vagar le daban.
En mil partes ya herido,
no puede mover la espada;
por la sangre que ha perdido
don Alonso se desmaya;
al fin cayó muerto en tierra,
a Dios rindiendo su alma.
No se tiene por buen moro
el que no le da lanzada....”

Y para alfiles u obispos astutos y combativos, baste recordar al Cardenal Jiménez de Cisneros como el regente que salvó al gran emperador Don Carlos I de la rebelión de los Comuneros, cuando heredó las coronas de Castilla y Aragón.

Y para torres señeras que validan los triunfos militares, baste mencionar el gran castillo de Almodóvar en la rivera del Guadalquivir, cerca de Córdoba, donde primero estuvo hospedado Pedro I, el rey cruel, y más tarde también su hermano de padre y quien le dio muerte, Don Enrique II de Trastámara.

Por último, valga poner en soneto esta divisa del juego ciencia:

 

El Ajedrez y la Guerra

Juguemos la partida de Ajedrez
y aprendamos el arte de la guerra,
que en sus hondas entrañas se encierra,
desde antaño, por siglos, a través.

No gana, quien de sus huestes se aferra,
pretendiendo preservarlas cada vez.
Triunfa, sin querer, la intrepidez,
de fingir, que por matar, se yerra.

Una parca ventaja hay que lograr
y sin fin, ni temor, sacrificar
los caballos, alfiles y peones,

hasta la reina y todas las legiones,
para, al fin, al otro rey arrinconar
y a mansalva, su muerte propinar.

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