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JORGE MANRIQUE Y ÁLVARO DE LUNA


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

El Gran Condestable de Luna ha sido alabado por muchos, condenado por muy pocos, tanto en la Historia, como en el teatro, y merece que se estudie imparcialmente una vez más su dramático rol en el devenir de España, para comprenderlo mejor, despojándolo de las rémoras con que le han disfrazado ciertos intereses creados, muy antiguos por cierto, a los que ya no se puede ofender y sería vano favorecer.

Las coplas del insigne poeta Don Jorge Manrique, coetáneo de los Reyes Católicos, nos plantean a este respecto ciertas preguntas que han quedado hasta ahora, por más de quinientos años, sin una respuesta dramática:

¿Qué se hizo el rey Don Juan?
Los Infantes de Aragón
¿qué se hicieron?
¿qué se hizo tanto galán,
qué fue de tanta invención
como truxeron?
Las justas y los torneos,
paramentos, bordaduras
e cimeras,
¿fueron sino devaneos?
¿qué fueron sino verduras
de las eras?

¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados, sus vestidos,
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?

Pues aquel gran Condestable,
maestre que conocimos
tan privado,
non cumple que de él se hable,
sino sólo que le vimos
degollado.
Sus infinitos tesoros,
sus villas e sus lugares,
su mandar,
¿Qué fueron sino lloros?
¿Qué fueron sino pesares,
al dejar?

La Tragedia para el teatro de ese gran CondestableDon Álvaro de Luna, por fin, nos debe responder estas retóricas preguntas. Ya cumple que de él se hable; ya es hora que se aclare qué se hizo el rey Don Juan, y qué se hicieron los Infantes de Aragón. Esta obra teatral lo quisiera aclarar todo, hasta qué se hicieron las damas, sus tocados, sus vestidos, sus olores, y qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos de amadores. Los sucesos se extienden desde el año 1.420 hasta 1.453. No obstante, el paso del tiempo se minimiza, salvando aquella unidad fundamental para toda obra de teatro, de manera que el espectador viva en una hora y media, todo el drama de aquel siglo, tan crucial en la Historia de España, pues en él se auguró la definitiva unidad entre Aragón, Castilla y Navarra, aunque se perdió la integración con Portugal

La lucha entre Don Álvaro de Luna ante todo contra elInfante Don Enrique de Trastámara no fue como se la describe en ciertos libros de Historia, tal que guerra entre el Rey Juan II y el poder feudal, sino el mortal torneo entre la corrupción del valido del rey Juan II, Don Álvaro de Luna y el honor, buen nombre, feudos y riqueza de los Infantes de la Casa Real de Trastámara, que era entonces dueña, señora y servidora de casi toda España. Los Infantes de Aragón nacieron todos en Medina del Campo, en el corazón de Castilla y eran primos hermanos de Juan II. Sus esposas los hacían cuñados entre si. Sólo Don Álvaro de Luna logró sembrar la cizaña de las guerrasde aquel tiempo, aunque perdió la oportunidad de la reconquista de Granada.Su carácter es aquel harto perverso y cruel de muchos grandesde la época feudal en toda Europa. Pero lo fascinante es el dramatismo de aquellos sucesos y cómo en nuestro tiempo acaso puedan renacer personajes como los que se admiran o desprecian, sea por nobles, sea por infames, en esta obra que quisiera llenar un vacío, un verdadero agujero negro de la Historia de España, en el que ahora, si queremos, podemos precipitarnos a volar. La trama de esta tragedia para el teatro se ciñe lo más posible a los hechos históricos de general aceptación, pero al hilvanarlos y perfilar sus personajes, dándoles un lenguaje elevado en versos clásicos, de pronto parecen revivirse aquellos momentos y circunstancias de las que habla el famosísimo Don Jorge Manrique en sus tan exquisitas coplas.

“Don Álvaro de Luna” es la primera tragedia de mi trilogía completada con “Juana la Beltraneja” y “Juana la Loca”, las tres publicadas en Liceus, El Portal de las Humanidades. Si se las presentara en el teatro, una tras otra, el espectador tendría la oportunidad de vivir las vísperas y los albores que precedieron al gran Siglo de Oro español, unos tiempos francamente cautivantes a los que ahora podemos fácilmente remontarnos. Pero vamos ahora a leer “Don Álvaro de Luna” en la espera que se lo ponga en escena...

 

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