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AMADÍS DE GAULA Y EL DERECHO DE GUERRA


Santiago Sevilla

sevillagloor@yahoo.com


Mucho queda del pasado. En nuestra entraña llevamos recuerdos e imperativos heredados, anteriores a nuestro propio nacimiento. La cultura caballeresca pervive a pesar de la villanía reinante. Las damas siguen subyugando a los caballeros. Ellos venden el alma por servirlas. Estas maneras del pasado medieval subsisten junto a los reinantes feísmo, grosería y degradación. Y en el Derecho de Gentes, es igual. Hay de un lado la tradición de facto, que admite la realidad, por fragorosa que fuere, como dato inamovible; y de otro lado, hay los ideales de la sociedad perfecta, que sólo obedece los mandatos supremos de la verdad última, que sería el imperio de la cristiana moral, según sus más altos corifeos. El derecho de guerra pertenece a la primera perspectiva. Reconoce la fuerza mayor como fundadora de la conquista. La otra escuela niega la conquista como fuente de propiedad e imperio, niega la fuerza como instrumento de la imposición. El uno es un principio conservador, el otro es revolucionario. Mas, ¿dónde encontrar la escatológica verdad? La Historia es maestra en lo que respecta a los valores humanos y por eso vale adentrarse en el pensamiento medieval, tan consecuente con la lógica aristotélica, que rechaza y condena la contradicción. Vamos pues a leer el Amadís de Gaula, como si El Quijote aún no hubiese sido escrito:
“Andaba el rey Lisuarte por el campo y hablaba con los caballeros de su expedición a la isla de Mongaza para sacar de la prisión al rey Arbán de Norgales y a Angriote de Estraváus, cuando vio acercarse una nave por el mar. Poco después desembarcó una doncella hermosa y ricamente ataviada, pero de enormes proporciones, acompañada de dos escuderos. Conducida a palacio, presentó sus credenciales al rey y dijo:

-“Gromadasa, la Giganta del Lago Hirviente, y la hermosa Madásima y Ardán Caniléo el Temido, han sabido que queréis ir a tomarles la tierra. Y como eso no sería sin gran pérdida de gente, lo quieren poner al juicio de una batalla, de esta manera: Ardán Caniléo combatirá con Amadís de Gaula, y si lo venciere llevará su cabeza y la tierra quedará libre; y si fuere vencido o muerto, la tierra quedará para vos, señor, y os entregarán los prisioneros. Si Amadís los ama tanto, como ellos piensan, que acepte la batalla; si no, les cortarán las cabezas.

- Doncella - dijo Amadís - , si yo acepto la batalla ¿qué seguridad tiene el rey de que se cumplirá lo que decís?
- Os lo diré. Doce doncellas de calidad, entre ellas la hermosa Madásima, se entregarán a la reina con la condición de que les corten la cabeza si no se cumplen las condiciones. Y aún más, por este pleito se entregarán al rey el gigante Andanguel con dos hijos suyos y nueve caballeros.
- Buena fianza es - dijo Amadís -....

Visto esto, no hay duda que el derecho natural de aquellos tiempos reconocía la conquista como legítima manera de adquirir propiedad territorial, y así mismo, admitía que el combate singular, el duelo entre campeones, podía definir en contra o pro, cualquier contienda. Todo eso se ha perdido en el derecho internacional de ahora, para desgracia de los contendores en querella.

Veamos el caso de la República de Colombia:
El Gobierno tiene presos de la Guerrilla y la Guerrilla guarda rehenes de la sociedad colombiana, como esa doncella de calidad, llamada Ingrid Betancourt, doña igualable con una princesa de las Galias. En esta contienda, si rige el derecho natural, que reconoce los hechos “ de facto”, lo lógico es el canje de unos por otros, si no se impone primero el derecho creado por el triunfo en las armas, con la muerte del campeón de uno u otro de los bandos, en combate singular. Mas, ¿qué está pasando en nuestro tiempo?
Ya nadie campeona por una causa u otra. Nadie muere en combate singular. La derrota del campeón no crea derecho en su contra. La muerte del propio o del enemigo no significa nada. Acaso tiene apenas valor estadístico. Reina la cobardía en ambos bandos. Por eso no se llega a nada. Y es que imperan valores mucho menos extremos. La vida de los rehenes no importa mucho, porque son parientes de terceros. La vida de los guerrilleros presos cuenta aún menos, pues son simples bajas rellenables fácilmente, con la pléyade de gente miserable y desesperada que cohabita en Colombia. Esto merece enmendarse. El Presidente Sarcocy defiende a la Betancourt y por eso acepta gustoso la mediación de Hugo Chávez, el cíclope venezolano. No así Don Álvaro Uribe, Presidente de Colombia, que lo mira a Chávez como astuto minador de su soberanía. Lo cierto es que nuestro tiempo no sabe actuar como en la era de Amadís. Sin pena de muerte, las fuerzas armadas de Colombia sólo pueden apresar sicarios, asesinos y monstruos del crimen. No les pueden cortar la cabeza como se merecen. No se atreven las fuerzas armadas de Colombia a atacar definitivamente a los cabecillas de las FARC, por no poner en peligro a los rehenes de quienes esos criminales cruelmente se han adueñado. La comunidad internacional, capitaneada por adalides que nunca exponen su propio pellejo, se deja hipnotizar y subyugar por los mansos de este mundo.
Así, nos toca abrir los viejos libros de caballería, como el Amadís de Gaula, para buscar en ellos el valor que pondría enmienda a la abominable pusilanimidad de nuestros tiempos. ¡Cómo es posible ver abrazos y besos de cortesía con los secuestradores, asesinos y timadores! ¿Cómo es que no se los pasa por las armas, sino que se construyen tramoyas de absurdos jurídicos para que se les conceda perdón y olvido? Volvamos a los tiempos de los grandes caballeros que se jugaban la vida por la justicia y enfrentaban gigantes y polifemos en aras de la justicia y el bien. Leamos lo que dice en sus versos Fray Luis Ponce de León de los enemigos de la Cruz:

Mas cese el triste llanto;
recobre el español su bravo pecho:
que ya el apóstol santo,
otro Marte hecho,
del cielo viene a darle su derecho.

Vesle del limpio acero
cercado y con espada relumbrante,
como un rayo ligero
cuanto le va delante
destroza y desbarata en un instante.

Como león hambriento
sigue, teñida en sangre espada y mano,
de más sangre sediento,
al moro que huye en vano:
de muertos deja lleno el monte, el llano.

¡Oh gloria! ¡Oh gran prez nuestra!
¡Escudo fiel! ¡Oh celestial guerrero!
Vencido ya se muestra
el africano fiero
por ti, tan orgulloso de primero.

Por ti del vituperio
por ti de la afrentosa servidumbre
y duro cautiverio
libres, en clara lumbre
y de gloria estamos en la cumbre....

 

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