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AMADÍS PARA JÓVENES, EL QUIJOTE PARA VIEJOS


Santiago Sevilla

sevillagloor@yahoo.com

La pasión es atributo de la juventud y la sabiduría, virtud de la vejez. Raro es el joven sabio y poco es el arrebato de la senectud.

La locura a veces trueca esta verdad, y hay filósofos tiernos, poco cuerdos y ancianos agitados por una demencia maravillosa que les lleva en alto vuelo de ilusiones. Pero la regla es tal, que cuesta mucho a los jóvenes valientes y animosos disfrutar de las desgracias, sufrimientos y derrotas de Don Quijote de la Mancha. Él es un héroe fatuo, fracasado en el amor y desprovisto de hermosura. Encima de todo, está bastante viejo, su caballo no es un palafrén honroso, sino un triste y apaleado jamelgo. El Caballero de la Triste Figura es, para colmo, casto, aunque perdidamente enamorado. Su novia es Aldonsa Lorenzo, la campesina labradora que anda a lomo de jumento. Todo esto da un gusto francamente amargo para el lector joven que sueña con lo mejor de la vida. Por eso que hay que llegar a viejo para disfrutar a plenitud del maravilloso buen humor, gracia, y sabiduría de esta, la mejor novela del mundo, tan convincente que no la creemos literatura, sino vida misma. Don Amadís de Gaula es todo lo contrario: Hijo de reyes, hermoso y fuerte, triunfador inmisericorde en batallas justas y torneos guerreros, amador fiel y gozoso de la princesa Oriana, de mutuo consentimiento y sublime consumación. Esto si gusta a los jóvenes que están en eso de amarse sin freno, ni tropiezo. Por eso creo que la educación literaria no debería obligar a la lectura del Quijote a los jóvenes, antes de que hayan gustado del Amadís de Gaula. Pero este asunto va mucho más allá que la prelación necesaria del Amadís ante el Quijote.

La verdad es que los hechos que se narran en aquella obra de autor anónimo, tan exquisita que el propio Cervantes la salva del fuego al que van muchos otros libros de caballerías (Nota 1), tienen asidero en la realidad histórica de los siglos XII, XIII y XIV.

Las aventuras de Amadís las vivieron antes algunos famosos caballeros de tales siglos y por eso se vertieron con nombres y lugares cambiados, en este libro de caballerías. Sin duda gigantes, enanos y encantadoras son recursos fantásticos para explicar sinsabores, sufrimientos y fracasos de Amadís y Galaor, pero no así los combates, la pérdida de caballos, yelmos y armas, las heridas gravísimas y las espantosas muertes. El rol de las princesas, doncellas y dueñas, como señoras de los caballeros, amigas y amantes, es verídico. De esto hay suficientes evidencias que conviene traer a cuento. La Historia registra como inventor de los torneos al caballero Geoffroy de Peuilly, muerto en 1066 en la Batalla de Hastings, cuando Guillermo el Conquistador doblegó a los Ingleses. Esto de batirse entre señores a caballo, con lanza y espada, comenzó y llegó a su apogeo en Francia inicialmente bajo el término latino de CONFLICTUS GALLICUS. El Conde Enrique de Champagne era anfitrión convidador, campeón en justas, y a la vez trovador y poeta. En los torneos, que eran verdaderas batallas campales entre bandos de cien o más caballeros, con pocos cuarteles de refugio para malheridos, murieron muchos caballeros, como Geoffroy de Mandeville, Conde de Essex en 1216, pisoteado por caballo; Florence, Conde de Holanda, por heridas en 1223; su hijo del mismo nombre y título, herido de muerte en 1234. Tantas eran las muertes de los nobles en justas y torneos que ya antes, para el año 1130, el Papa Inocencio II en el Concilio de Clermont prohibió justas y torneos bajo pena de excomunión, negando entierro en campo santo a quienes murieran en la lid. Pero los señores no le hicieron el menor caso, hasta que volvió a permitirse esta mortal guerra entre amigos nobles. La justa es el combate singular entre campeones de sendas doncellas o damas, cuyas prendas llevan adornando el yelmo, bajo condiciones que permiten la rendición bajo pérdida de caballo y armas, más satisfacción de condiciones onerosas. Tanto pelearon caballeros entre sí, que hubo campeones que amasaron fortunas, rescatándose sus contrarios derrotados, con armas, cabalgaduras y dineros.

Muy famoso caballero andante fue Ulrich von Lichtenstein, que cabalgó errante en busca de aventuras desde Italia hasta Hungría y encontró muchos contendores con quienes batirse, habiendo roto más de cien lanzas en tales combates singulares. Para irritar a sus opositores trotó mucho disfrazado de mujer, exigiendo que se reconociera su “belleza” inigualable, cosa tan absurda, que provocaba el inmediato desafío y enfrentamiento. Hubo ya en el siglo XIV caballeros andantes como Don Gastón de Foix, insigne cazador de la Francia pirenaica, que llegó hasta la Rusia Blanca con los Caballeros Teutones en busca de conquistas y junto con ellos, el príncipe llamado en la Historia Bolingbroke, Enrique Duque de Hereford, que llegara a ser rey de Inglaterra, después de matar a Ricardo II. Constancia de estos innumerables hechos de armas de caballeros andantes se encuentra en la admirable obra “Chivalry” editada por Yale University Press New Haven y Londres en 1985, que vino a mis manos por regalo de mi hijo Manuel, que muriera poco después, como soldado en maniobras del Ejército Suizo (Nota 2).

“Amadís de Gaula” (Nota 3) puede haber sido escrito en los tiempos del Rey DonAlfonso XI de Castilla y León, a principios del siglo XIV, más de cien años antes de la famosa historia “Le Morte d’Arthur” de Thomas Mallory (Nota 4). Quien lo haya redactado supo mucho sobre la verdadera historia de los caballeros andantes, sus justas, torneos, guerras y combates. Por razones de evitar ofensas a sus nobles casas, suplantó nombres y alteró lugares, pero hay muchos indicios de a quienes se refería. La Ínsula del Lago Hirviente es Islandia, la Ínsula Firme es Chipre, Vindilisora es Windsor, Norgales es North Wales. Los muchos reyes que circulan en la corte londinense del Rey Lisuarte no son absurdos, pues Irlanda e Inglaterra, grandes enemigas, a finales del primer milenio fueron muchas veces gobernadas por reyezuelos valientes con poca tierra, que se enfrentaban en frecuentes batallas de conquista y reconquista. “Amadís de Gaula” corresponde pues a los tiempos de Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita (Nota 5). El buen amor es el tema de fondo en ambos.

Era una época de gran libertad en la relación entre hombres y mujeres:
“Oriana se echó en el manto de la doncella en tanto que Amadís se desarmaba. La doncella se alejó para dormir en unas matas espesas. Amadís volvió, cuando vio a su señora tan hermosa y en su poder, se sintió turbado y no osó mirarla. Allí, en aquella verde hierba, más por la gracia y comedimiento de Oriana que por la desenvoltura u osadía de Amadís, se convirtió en dueña la más hermosa doncella del mundo. Y las encendidas llamas de sus amores fueron desde ese día más ardientes, como suele acaecer en los sanos y verdaderos amores” .

También fue esa una era de celos insanos, enojos terribles y venganzas. Baste rememorar la carta de Oriana a Amadís, creyéndose engañada:
“Mi rabiosa queja me hace declarar lo que el triste corazón no puede encubrir contra vos, el falso caballero Amadís de Gaula. Ya conozco la deslealtad y poca firmeza que habéis mostrado hacia mí, la más desdichada de todas las mujeres del mundo, que os amaba sobre todas las cosas. Y pues mi sojuzgado corazón no puede tomar otra venganza, quiero apartar todo el mal empleado amor que había puesto en vos. ¡Oh! Que mal empleé mi corazón, que en pago de mis suspiros y pasiones he sido burlada y desechada! Y pues este engaño ya es manifiesto, no aparezcáis ante mi en parte donde yo me encuentre, porque estad seguro de que el encendido amor que por vos sentí se ha tornado, por vuestro merecimiento, en rabiosa y cruel saña. Con vuestra quebrantada fe y sabios engaños id a engañar a otra desdichada mujer como yo, que así me dejé vencer por vuestras engañosas palabras, de las cuales no recibiré ninguna excusa. Sin veros plañiré con mis lágrimas mi desastrada aventura, y con ellas daré fin a mi vida” .

Esta es materia amorosa que conmueve a la juventud hasta lo más tierno del alma. Por eso vale que ellos lean esta gran obra antigua que abarca en su espacio a todo el continente Europeo. Era entonces la Guerra de los Cien Años, en la que España tuvo parte con la gran Batalla de Nájera, en la que triunfaron el Príncipe Negro de Inglaterra y el Rey Don Pedro el Cruel, sobre las huestes de Don Enrique II de Trastámara y el tan famoso enano Condestable de Francia, Bertrand du Guesclin (Nota 6).

Los amores de Amadís y Oriana fueron acaso superados en furor e intensidad por el Rey Don Pedro y María de Padilla, la bellísima Sevillana.
Postreros ejemplos de caballeros que murieron en el campo del honor son, ya en 1507, Don Cesare Borgia en Navarra, cuando se lanzó solo, bajo coraza de acero, jinete en magno palafrén, lanza en mano, a combatir algunos caballeros del Conde de Lerín, que escapaban de la sitiada fortaleza de Viana, y cayó herido de muerte, por ser cinco sus contendores (Nota 7).

El otro Grande que fue abatido de un lanzazo en un ojo para morir diez días después, fue el rey de Francia Henry II de Valois, quien quiso batirse en justa como caballero, en Julio de 1559, contra Don Gabriel de Montgomery, su jefe de guardia, quien le acertó por el visor de su yelmo, con la punta de la lanza (Nota 8).

Miguel de Cervantes escribió el Quijote como ingeniosa burla suprema de la caballería, en la vejez, pero él había sido en su tiempo un joven muy valiente que luchó con inigualable denuedo en la Batalla de Lepanto, donde fue herido muchas veces a sus veinticuatro años (Nota 9).

Testimonio de su patriotismo y lealtad es su tragedia “Numancia”, maravillosa obra de juventud, que nos revela el otro lado de su inconmensurable humanidad (Nota 10). Sigamos su ejemplo y leamos primero al épico Amadís, antes de comprender la inigualable sabiduría del Quijote.

Nota 1: “- No, - dijo la sobrina,- no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero de ellos, y pegarles fuego, y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.
Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer los títulos. Y el primero que el maese Nicolás le dio en las manos, fue los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:

- Parece cosa de misterio esta, porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen de este; y así me parece que como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna condenar al fuego.
- -No, señor, - dijo el barbero,- que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto, y así, como a único en su arte, se debe perdonar.
- -Así es verdad,- dijo el cura,- y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos ese otro que está junto a él.”


El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
Por Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo VI, página 46.
Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron de la librería de nuestro ingenioso hidalgo.
Urbano Manini, Editor
Madrid 1868

Nota 2: Das Rittertum. Maurice Keen . Artemis Verlag. München und Zürich, 1987.

Nota 3: Amadís de Gaula Anónimo Refundida y Modernizada por Ángel Rosenblat. Losada S.A. Buenos Aires, Argentina.

Amadís de Gaula por Garcí-Rodríguez de Montalvo; Facsímil accesible por “Amadís de Gaula” en Wikipedia en Internet.

Nota 4: Le Morte d’Arthur The Classic rendition by Keith Baines. Signet Classic Penguin Books Ltd. London. 2001.

Nota 5: Libro de Buen Amor Arcipreste de Hita
Espasa Calpe S.A Madrid 1959:
“En la mujer pequeña non ha comparación:
terrenal parayso es é consolación,
solás é alegría, plaser é bendición,
¡mijor es en la prueba qu’en la salutación! “

Nota 6: La Batalla de Nájera en “El Rey Don Pedro el Cruel” por Santiago Sevilla. Biblioteca Virtual Gonzalo de Berceo.

Nota 7: Cesare Borgia; Sarah Bradford, Weidenfeld and Nicolson; London 1976; Página 288 y 289.

 

Nota 8: Balada del Rey Don Enrique
Por Santiago Sevilla

Se casan las hijas del rey
y Francia se viste de gala;
en blanca seda y carey
se adorna la adusta sala:
La bella doña Isabel
con Felipe, Rey de España;
con Margarita, Emmanuel,
de la Saboya lontana.
Catalina en la ventana,
cuelga reales pendones,
arrebata la campana,
flor de lis en los blasones.
Nobles corceles de guerra
piafan en sus armaduras,
admira toda la tierra
las nobles cabalgaduras.
De Francia, el Rey Don Enrique,
monta su caballo bayo
que vuela sin que lo pique,
ni lo asusten trueno o rayo.
A sus contendores vence
con la punta de su lanza
y en sus ojos tristes vense
resplandores de añoranza,
añoranza por la muerte,
su secreta enamorada,
de la que la buena suerte,
le ha amparado la emboscada.
La reina le ruega pare
la peligrosa contienda,
pero él exclama: -“¡Me ampare
Dios!” - y da suelta rienda.
Le enfrenta el conde Gabriel
de Montgomery, escocés,
de su guardia el jefe fiel,
muy temerario, talvez.
Cargan los dos palafrenes,
raudo el galope tendido,
a la altura de las sienes,
surca el acero bruñido.
Reza reina Catalina
de Médicis por su señor,
mas ya la lanza asesina
traspásale por el visor.
Cayó el rey, del ojo tuerto,
sangre su rostro bañó.
Mas cuando estuvo ya muerto,
prima vez, que sonrió.

Nota 9: La Enciclopedia Británica; Cervantes, Miguel de :
On October 7, 1571, the enemy was discovered drawn up in battle formation in the Golf of Lepanto, at the entrance of the Bay of Corinth, and there ensued in Cervantes’ proud words,
“ the greatest occasion the past or present ages have witnessed or that the future can hope to witness.”
His ship, the “Marquesa” was in the thick of the battle, and none on the “Marquesa” or on any other – the testimony is cumulative and compelling – outshone him in bravery. Ill with fever, he refused to go bellow, and, seeking out the most exposed position, was twice wounded in the chest, a third shot permanently maiming his left hand, “to the greater glory”, as he says, ”of the right.

Nota 10: “La Numancia” de Miguel de Cervantes Saavedra.
Biblioteca Municipal de Quito.


ilustración la "Justa entre el rey Luis XIII de Francia y su Caballerizo Mayor, o Ecuyer, Don Antoine de Pluvinel"

 

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