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EL CÓDIGO DA VINCI Y LA IGLESIA CATÓLICA


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

Después de la Pasión de Cristo de Mel Gibson, ese drama conmovedor hasta el mero tuétano de nuestros huesos de espectadores, nos viene a las pantallas de cine, el Código da Vinci. El meollo del tema es si Jesús se enamoró o no de María Magdalena y si se casó o no con ella y tuvo un hijo. Los teólogos de la Iglesia están pasando graves apuros porque prefieren no responder a la cuestión y mejor ponerla en el INDEX de las lecturas y películas prohibidas. Pero vale meditar sobre el tema. La pregunta clave es: ¿Qué tendría de malo que Jesús hubiese tenido amores con María Magdalena?

Él tuvo condición humana, eso es indiscutible. Lo que los Arrianos disputaron es su condición divina, asunto que siempre ha estado en discusión. Pero si hubiese sido humano y a la vez divino, porqué, si comía y bebía, reía y lloraba ¿porqué no habría de amar? Y si amaba ¿porqué no habría de procrear? Es indiscutible que uno de los más destacados atributos de Dios es el amor, y por ende la creatividad. Y si algo es crear, pues justamente es el procrear. Todos somos en el más amplio sentido de la palabra hijos de Dios. ¿Qué importaría si hubiese habido de pronto un nietito de Dios? Es que siempre se ha querido soslayar y negar a Dios la sexualidad. La religión pagana nunca emasculó a Júpiter. Zeus-Amón fue padre mil y una vez. Alejandro Magno se declaró su hijo predilecto. Pero la religión cristiana ha querido que tanto el Padre, como el Hijo fueran célibes. El Espíritu Santo tiene en esta materia un papel ambiguo, pues fue él quien se posó sobre María y la dejó en cinta, sin violar su virginidad. Pero éste fue sin duda un acto sexual. Entonces la tesis de fondo en el Código Da Vinci es que Jesús, en la medida que fue humano, bien pudo haber amado y procreado. Que su hijo hubiese podido convertirse en

REX IUDAEORUM no tiene porqué espantar a los teólogos, porque de hecho, no lo fue. Tampoco los dos hijos de Alejandro Magno llegaron a reinar, porque Casandro los mandó matar. No, el problema que la iglesia enfrenta, es que tarde o temprano van a discutirse otros asuntos mucho más graves. La herejía de Arius es un desafío perpetuo que tiene que retornar: ¿Es Jesús Dios? ¿No decíamos que hay un solo Dios? La trinidad es una contradicción lógica. Tres no pueden ser igual a uno. Las matemáticas lo niegan y es un absurdo insostenible, aunque se lo llame un misterio. Además, si revisamos la historia de los posibles infundios de la iglesia en los primeros cinco siglos de su existencia, resulta siniestro el futuro de las revelaciones que aparecerán como libros o películas. Vale por eso volver a interesarse por la vida y muerte del Emperador Juliano el Apóstata, porque su vano esfuerzo de retornar al paganismo devela la contienda ideológica entre el arrianismo, el catolicismo ortodoxo y el paganismo de Platón. En este campo es fascinante la lectura del gran historiador Edward Gibbon sobre la Declinación y Caída del Imperio Romano. Pero lo mejor que podemos hacer, sin duda, es ir a ver la película. Si el sufrimiento de Cristo fue tan terrible y nos mueve a la más profunda compasión ¿porqué hemos de negarle la otra cara de la moneda del sufrimiento, que es el júbilo del amor? Eso no desdice, ni desdora su divinidad. Sólo que cuando se escribieron los evangelios y las cartas de los Padres de la Iglesia, ese tema era impopular entre los vetustos dómines con pretensiones de santidad. Por eso a nadie se le ocurrió hablar del amor que Jesús acaso profesaba por María Magdalena a quien salvó de ser lapidada: –“El que se sienta sin pecado, que arroje la primera piedra”.

Leonardo fue un genio que talvez retrocedió en el tiempo para observar la última cena, antes de pintarla. Lo que vio, lo veremos ahora nosotros. Ese Jesús que contemplamos sufrir terribles azotes, vejaciones espantosas y la crucifixión crudelísima, qué bueno es ahora imaginarlo amando.

Yo traté de escudriñar el rostro de Leonardo, dibujándolo cuidadosamente desde su propio autorretrato, y este estudio lo adjunto a estas líneas, para que el lector amigo deje, así mismo, volar su imaginación, con miras a enfrentarse con el Código Da Vinci.
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