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LA EQUITACIÓN CLÁSICA Y EL CABALLO ESPAÑOL


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

El hombre moderno puede ser un gran jinete si ama la equitación clásica.

La equitación es un arte muy antiguo que posee su propia estética y es un ejercicio que lleva a un estado superior de conciencia y de perfección espiritual. ¿Porqué? Pues la comunicación con el caballo da un particular sentido del equilibrio compartido, que causa placer y fortalece el alma.

El jinete se felicita y regocija en la celeridad y velocidad, más aún si de por medio está la relación con un noble bruto con quien se habla el lenguaje del tacto, del tino y del pensamiento. Las máquinas, como el automóvil, el avión o la motocicleta, son medios para alegrarse de la velocidad o de la altura y del riesgo, pero no acompañan gratamente, como el ser vivo que es el caballo. Amigo inmemorial, es parte del devenir humano y hay un lazo ancestral que con él nos une. Pero el caballo debe ser adiestrado antes de servir al jinete. Un caballo que responde fácilmente a los mandos de su caballero es un deleite. Por eso la pregunta, cuando se habla de equitación, es si debemos inquirir por el arte de montar o por la perfección del caballo. Pues antes que nada, hay que adiestrar bien al caballo. Después es muy fácil explicar al jinete las ayudas e ideas de que ha de valerse para montar bien. ¿Cómo se educa y enseña a un caballo para que sea una perfecta cabalgadura? Pues hay principios y normas muy claras para este arte de adiestrar.

Lo primero es tratar de entender la naturaleza del caballo: Bestia huidiza y mansa, que no agrede, sino que se somete y obedece cuando entiende que el hombre es su amigo y compañero.

Desde hace más de dos mil quinientos años sabemos que el hombre y el caballo han sido compañeros en trabajos y guerras.

Xenofonte, capitán general griego que escribió la primera gran obra sobre equitación, ya certifica el conocimiento antiquísimo sobre este arte en forma admirable. ¿En qué consistía entonces la equitación? En poder viajar, combatir y disfrutar cabalgando. También ahora hay que poder andar, trotar y galopar gustosamente a caballo. Se debe saber dar vueltas, piruetas y cambios de diagonal de galope a mano izquierda o derecha. Para lucirse en los pasos naturales del caballo hay que poder hacer el piafé, el pasaje y los desplazamientos laterales a derecha e izquierda, se debe realizar bien la parada y aculada del caballo. También se debe poder saltar, y a veces muy alto con un potente caballo. En el alta escuela, o sea cuando el caballo se ha parado en dos patas, se debe poder presentar la pesada y la levada y sobre esta base, la corbeta, la cabriola y la lanzada. Eso es todo, o casi todo. Porque se nos puede ocurrir a caballo y jinete siempre algo nuevo aún.

Han habido grandes jinetes y legendarios caballos. Nadie más famoso que Alejandro Magno y su corcel Bucéfalo. En la Roma antigua el MAGISTEREQUITUM o comandante de la caballería fue un jinete cubierto de gloria. Baste mencionarse a Labieno o Marco Antonio.

Pero si queremos venerar a los grandes maestros de la equitación clásica tenemos que invocar los nombres de los magnos jinetes renacentistas, los napolitanos Federico Grisone y Giovanni Battista Pignatelli.

Ya en el Siglo de Oro también de la equitación clásica, el supremo maestro fue el Ecuyer de Francia Antoine de Pluvinel. Su obra maestra es:

“L' INSTRUCTION DU ROY EN L'EXERCICE DE MONTER À CHEVAL”.

Me cabe en suerte poseer este libro y voy a ilustrar este ensayo con dos de sus estupendas gráficas. Se puede consultar el incunable original en la Badische Landesbibliotek Karlsruhe.

Pluvinel es el primero entre sus pares, porque con él la equitación clásica llego a la cumbre de la que desde entonces sólo ha decaído, para resucitar ahora por último en la inspiración y logros del insigne maestro del rejoneo Don Pablo Hermoso de Mendoza, quien no sólo brinda la más pura equitación clásica, sino que realiza con el mayor garbo balanceos, piruetas y galopes laterales de majestuoso temple, ante el inminente peligro del toro bravo.

Antoine de Pluvinel es admirable por su concepto que tiene de adiestrar el caballo, por las buenas, en el menor tiempo posible. Él entiende al caballo mejor que nadie. Lo doma alrededor de un pilar.

Doblega la resistencia natural del noble bruto a galopar sobre la mano derecha, de la que casi todo caballo es zurdo, y logra así hacerlo flexible y dócil hacia ambos lados, problema básico en la doma clásica.

Los caballos que doma Pluvinel son del tipo y temperamento del mejor caballo del mundo, que es el caballo español.

Digo que es el corcel óptimo para la equitación clásica porque se presta perfectamente para el alta escuela. La fuerza de sus ancas le permite erigirse sobre sus patas traseras para las suertes más encumbradas de la equitación, que son la levada, la corbeta, la cabriola, y la lanzada que aquí vemos :

El nobilísimo caballo árabe no sirve para el alta escuela, aunque sea dulce y maravilloso para todos los pasos tierra a tierra, como el galope, la parada y la pirueta. Tampoco quiero apocar la importancia del tremendo Pura Sangre Inglés que corre a gran velocidad, o la destreza del Criollo Argentino, tan rápido y dúctil. Pero el caballo que mejor repite bajo su jinete todos sus pasos y gracias naturales, es el caballo de pura raza española.

El Lipizano es también de raza española, aunque criado en Austria desde los tiempos de los Emperadores Don Carlos y Don Fernando de Habsburgo, Castilla y Aragón.

Pluvinel enseña a su caballo los aires tierra a tierra alrededor de un pilar, atado por la cabezada a un fuerte ronzal.

Pero no solo aprende el caballo a caminar, trotar y galopar sobre las manos derecha e izquierda, sino que de inmediato aprende también a caminar y galopar de lado, a izquierda y derecha.

Cuando el caballo ya sabe todo esto, Pluvinel lo pone entre dos pilares, asimismo atado por un ronzal, ambos extremos a cada poste y le enseña a desplazarse cruzando manos y patas a derecha e izquierda, después a pararse en dos patas haciendo la „Pesada“, luego le adiestra para que haga la corbeta, que es un pequeño salto sobre las patas traseras cuando ya está erecto y que pronto puede realizar a campo abierto:

- y también lo que a más de haber sido una defensa para el jinete en la guerra, sirve como ejercicio precursor para la lanzada, la coz.

Todo esto lo enseña Pluvinel con la ayuda de varas manejadas por él y sus asistentes, sin castigar al caballo, sino tan sólo a guisa de indicación o si se precisa, de amenaza latente. Es para esta amenaza latente detrás del caballo que Pluvinel emplea el rebenque, un fuete que produce ruido, pero que no debe herir al caballo. Los caballos enteros sometidos a este adiestramiento son traídos al picadero con anteojeras que les impiden ver e inquietarse o asustarse en el camino a su trabajo, cosa frecuente en corceles de gran temperamento. Creo que todo jinete debe cerciorarse de las enseñanzas de Pluvinel, pues son invalorables.

El caballo es una esfera de cristal que se desplaza al toque del equilibrio de su jinete, para adelante, para atrás y hacia los costados.

Se ha perdido el alta escuela en concursos y olimpiadas por la influencia de caballos nórdicos sosos que no pueden con la elevación, y por la influencia de jueces flemáticos que se dan por satisfechos y premian piruetas paralíticas y galopes rastreros. El caballo español es el ejemplo del galope braceador de gran impulso, de la docilidad en los desplazamientos laterales, de la pesada y levada reales y majestuosas, y de la espectacular lanzada. Pero para montarlo bien es necesaria la autoridad de un valiente caballero. Este gran corcel no sirve para huir....

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