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EL FASCINANTE TEMA DE DON MANUEL DE GODOY PRÍNCIPE DE LA PAZ


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

La Historia de España posee ciertos personajes brillantes y a la vez extremadamente nefastos, que merecen aparecer en el teatro para ilustración de la sociedad. Se trata de los famosos Favoritos o Validos, a veces “Continos” de los reyes. Los tres ejemplos acaso más connotados, para mi modesto entender, son Don Álvaro de Luna, Don Juan Pacheco Girón y Don Manuel de Godoy. Los tres trajeron la desgracia para sus reyes y para España.

Sobre los dos primeros he escrito las tragedias respectivas, el primero junto al rey Don Juan II de Castilla, el segundo como velado gran traidor contra Enrique IV y la Beltraneja, obras que se presentan al lector amigo en Liceus El Portal de las Humanidades. Ahora me toca enfrentar la labor de dramatizar el papel histórico del Príncipe de la Paz, Don Manuel de Godoy Duque de Alcudia. Lo particular de este favorito es que (muy en el peculiar estilo de Don Beltrán de la Cueva en su tiempo con María de Portugal y Enrique IV) él es el valido tanto del rey Don Carlos IV, como de su esposa Doña María Luisa de Parma, de la que es también discreto amante, tan discreto, que lo sabe todo el mundo hasta Napoleón en París. Don Manuel de Godoy estuvo casado con Doña María de Borbón y Villabriga, fina y delicada princesa a quien retrató el gran Francisco de Goya y Lucientes con el más caritativo pincel. Pero el duque y generalísimo Godoy nunca la tomó en cuenta sino fuera para hacerle un casual hijo y diariamente, la más espantosa burla de mantener en su propia casa a su querida Doña María Tudó Condesa de Castillofiel y Villafuerte, con toda su aparatosa familia. Pero la vida privada de este valido y ministro universal no tuvo la más mínima importancia histórica y por eso, bien se podría dejar de lado estas sus mujeres, al desarrollar el melodrama de su desempeño en la corte de Carlos IV. María Luisa, la reina, armó el matrimonio con la princesita de Borbón, que habría de morir de tuberculosis tristemente marginada por el Favorito, sin dejar por ello de tenerle a Godoy, dieciséis años menor que ella, como su instrumento tanto de placer, como de poder.

El príncipe de Asturias y futuro rey Don Fernando, que habría de ser tan cruel y absolutista en su reinado, fue el contendor y contrario de Godoy y quien lucho por mantener la dignidad de la corona ante las indignidades de sus padres. Por eso, él merece un papel clave en cualquier dramatización de aquellos infaustos hechos que desembocaron en la masacre de patriotas el 2 y 3 de Mayo de 1808 en Madrid, cuando Godoy ya había caído en desgracia pocos meses antes, en el Motín de Aranjuez. Goya, el inigualable, lo puso en el lienzo doloroso de aquellos fusilamientos.

Considerando que si no es para el cine que se escribe un guión, sino más bien sólo para el teatro, resulta importante definir cuantos actores han de participar y dada la economía reinante en todos los teatros, mientras menos, mejor, aunque padezca la obra.

Por eso he cedido a la tentación de escamotear en la obra las mujeres de Godoy y peor aún, ocultarles a Don Francisco de Goya y a la Duquesa de Alba, por ellos merecer una obra aparte para su propio drama, donde puedan ser protagonistas principalísimos, como su gloria, y belleza lo merecen. Así esta obra solo tiene cuatro personajes, porque la Historia de España se enrumbó por entre ellos como por un desfiladero. Esto no quita que en sus diálogos de palacio aparezcan de trasfondo mil y una personas, que no dialogan, como oficiales de la Guardia de Corps, ministros, generales y capitanes, sirvientes, damas de la corte, nobles y grandes que pululan por el Palacio del Pardo, meninos y meninas de los muchos que dio a luz y puso en el mundo Doña María Luisa. También pueden aparecer bufones, enanos, saltimbanquis africanos, contorsionistas chinos y toda suerte de majos y majas bailarines y cantantes, y por último también algunos de los mejores amigos del hombre: mastines, galgos, alanos y podencos atrás de gatos, loros y pavos reales, como era costumbre en los palacios, donde de otro modo invadían los monstruos de la abulia y el aburrimiento. Las personalidades de los cuatro actores de este drama son muy peculiares: Godoy es un seductor inagotable, ingenioso, falsario, hipócrita, veleto, intrigante, perverso, esbirro, adulador y áulico sin medida. Confianzudo, audaz y temerario en sus jugadas del alto ajedrez de la política. La Reina María Luisa es la personificación de la mera reina del tablero del juego ciencia. Ella se mueve en todas las direcciones devorando piezas a su paso, caballeros, obispos, castillos y torres, mientras encumbra modestos peones de brega, como en sus comienzos fuera el mismísimo Godoy. Esta hembra es sorprendente, pues concibe a salto de mata mientras ama, odia sin freno ni medida hasta a su propio hijo y a su esposa, engaña al rey con el mayor descaro, se deja pintar por Goya a caballo y a pie, y no duda en mandar a matar a la bellísima Duquesa de Alba, después de poner fuego a su palacio de Liria en Madrid. Acaso sea comparable tan sólo con Pandora. El Rey, al igual que el de ajedrez, se mueve paso a paso, inofensivamente, escapando a duras penas de las celadas y guerras que le acosan, con una bondad rayana en la estupidez, pero que le subliman y engrandecen en el perdón que da a su hijo, el príncipe Fernando, en su fallida conspiración del Escorial. Cuán magnánimo es Carlos IV, si se lo compara con el rey Don Juan de Aragón y Navarra frente al Príncipe de Viana, o al pérfido Felipe II en su mortal maquinación contra Don Carlos, su hijo.

Quien quiera poner en escena esta obra tendrá mucha libertad para la más elaborada o llana presentación, porque el libreto o guión cubre lo fundamental de la trama, pero no excluye improvisaciones de toda clase, incluyendo música y baile y magia o lo que se quisiere añadir para alivianar lo puramente político, que acaso aburre a los desinteresados en ello. La obra tiene doce escenas y nada más, aunque entre una y otra escena serían convenientes ciertos artificios como la proyección cinemática de escenas del combate naval de Trafalgar o de grandes masacres como la del 3 de Mayo en Madrid. La obra está escrita en versos octosílabos, fáciles de recitar con gran énfasis, décimas de complicada rima, pero de gran efecto acústico. No tiene sentido inventarse diálogos absurdos con la pretensión de realismo. Más vale que el espectador escuche un lenguaje idealizado, como es todo el artificio del teatro, que debería moverse en un purgatorio de estética y belleza sublime, si se pudiera llegar a este imposible. Se debería dejar el feísmo para el cine, séptimo arte que todo lo puede.

 

 

 

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