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LA LIBERTAD CABALLESRESCA EN AMADÍS DE GAULA


Santiago Sevilla

sevillagloor@yahoo.com

Es más fácil perder la libertad que ganársela y mantenerla. La cultura caballeresca, aunque limitada a un grupo de señores, damas y doncellas, había reconquistado la libertad, como la ostentaba Amadís, pero después la perdió. Esa libertad consistía en poder luchar a brazo partido por unos valores de honor, amor y lealtad, poniendo su resultado en manos de Dios, y también poder amar sin medida, ni final. Eran unos tiempos donde la temeridad erigió catedrales góticas que rasgaban los cielos, y sus arquitrabes y arbotantes sostenían unos pesos descomunales de piedra sillar como si flotasen o volaran. Pero esas maravillosas libertades y vuelos fantásticos se perdieron.

Fernando III levantó la Catedral de Burgos, conquistó valeroso la bellísima Sevilla y fue un ejemplar e impecable amador de su esposa, Doña Beatriz de Suabia, una princesa germana que le parió pléyades de hijos, todos notables en la batalla, en el amor y en la ilustración. Una noche Don Fernando, como rey, se armó a si mismo caballero y cumplió hasta su muerte el juramento que hiciera sobre sus armas, de llevar a ultranza la Reconquista. Pero en lugar de glorificarle como héroe, le canonizaron como “El Santo”. Así aparece soslayadamente la mano santificante que sepultó la cultura caballeresca y con ella esa guisa de libertad. Dos de sus hijos, los Infantes Don Fadrique y Don Enrique el Senador, fueron adalides, que no dudaron en guerrear, jugándose la vida en muchas batallas, las primeras en Castilla y León, contra su propio hermano el heredero de la corona, Alfonso X, por haberles privado de sus feudos y derechos, y otras muchas más tarde, ambos como errantes caballeros, juntos en el norte del África y en los reinos de Nápoles y Sicilia o también, cada uno por su lado, en Inglaterra e Italia. Pero la enemiga de la cultura caballeresca, la Santa Madre Iglesia, comenzó infiltrando en el ideal caballeresco la búsqueda del santo Grial, poniendo como nuevo espejo y ejemplo al caballero sin tacha Sir Galahad, de pronto casto, a diferencia de Don Lancerote que gozaba en apasionado adulterio con la muy díscola reina Ginebra, consorte del Rey Arturo. La confusión traída con la aparición de Sir Galahad y su errante búsqueda del Sangrial, trajo consigo desorientación y tribulación a la obra de Sir Thomas Mallory

“La Morte d’Arthur” allá en 1433. Pero esta implantación de un santo caballero, sujeto a la religión y sus mitos, no caló nunca con el “Amadís de Gaula” que había sido publicado alrededor del año 1.300. Su amor fue libre y sublime, sus batallas sangrientas y sañudas, y su muerte trágica por demás, como se describe en este

Soneto de Amadís

Murió tal que hubo vivido,
Por el filo de la espada,
Cual predijo Urganda, el hada,
Que el futuro ha conocido:

Lo mata el hijo perdido,
De su Oriana bien amada,
Su bastardía le enfada,
Dura niñez que ha tenido:

Le amamantó una leona,
Que ferocidad le dona,
Al bello vástago, infeliz.

Tanto su suerte le encona,
Que a su padre no perdona,
Y Espladián mata a Amadís.

La mentalidad medieval de aquella era de libertad se siente en el Libro de Buen Amor de Juan Ruiz, el arcipreste libertario que escribió este delicioso poema:

De las Propiedades que las Dueñas Chicas han
Quiero abreviaros, señores, la mi predicación.
Ca siempre me pagué de pequeño sermón
É de la dueña pequeña é de breve rrazón:
Ca lo poco é bien dicho finca en el coraçón.
Del que mucho fabla rríen, quien mucho rríe es loco,
Tyene la dueña chica amor grand é non de poco:
Dueñas dy grandes por chicas, por grandes chicas non troco;
Mas las chicas por las grandes non se rrepiente del troco.
De las chicas, que bien diga, el amor me fiso rruego,
Que diga de sus noblesas é quiérolas dezir luego:
Direvos de dueñas chicas, que lo tenedes en juego.
Son frías como la nieve é arden más qu’l fuego:
Son frías de füera; en el amor ardientes,
En cama solaz, trebejo, plasenteras é rrientes,
En casa cuerdas, donosas, sosegadas, bienfasyentes;
Muncho ál falleredes, ado byen paredes mientes.
En pequeña girgonça yase grand rresplandor,
En açúcar muy poco yase mucho dulçor:
En la dueña pequeña yase muy gran amor:
Pocas palabras cumple al buen entendedor.
Es pequeño el grano de la buena pimienta;
Pero más que la nués conorta é más calyenta:
Así dueña pequeña, sy todo amor consienta,
Non há plaser del mundo qu’en ella non se sienta.
Como en chica rrosa está mucha color,
E en oro muy poco grand preçio é grand valor,
Como en poco bálsamo yase grand buen olor,
Ansy en chica dueña yase muy grand amor.
Como rroby pequeño tyene mucha bondad,
Color, vertud é precio, noblesa é claridad:
Asy dueña pequeña tiene muncha beldad,
Fermosura é donayre, amor é lealtad.
Chica es la calandria é chico el rroysyñor;
Pero más dulçe canta, que otra ave mayor:
La muger, por ser chica, por eso non es pior;
Con doñeo es más dulce, que açúcar nin flor.
Son aves pequeñuelas papagayo é orior,
Pero cualquiera della es dulçe gritador,
Adonada, fermosa, preçiada, cantador:
Bien atal es la dueña pequeña con amor.
En la mujer pequeña non ha comparación:
Terrenal parayso es é consolación,
Solás é alegría, plaser é bendiçión,
¡mijor es en la prueva qu’en la salutaçión!
Syenpre quis’ muger chica, más que grand’ nin mayor.
¡non es desaguisado de grand mal ser foydor!
Del mal, tomar lo menos: díselo el sabidor:
¡por end’ de las mugeres la menor es mijor!

La Iglesia siempre contraria del amor libre y de las justas, batallas y torneos, a los que dio en llamar duelos, los vino condenando desde el siglo doce y su triunfo final lo logró ella sin esfuerzo al llegar la madurez de los tiempos en 1605, cuando Miguel de Cervantes Saavedra, con inigualables ingenio y gracia, acabó con la caballería andante, publicando el Don Quijote de la Mancha.

Pero el propio “Amadís de Gaula” ya sufrió grave desmedro a manos del “bien intencionado” Don Garcí Rodríguez de Montalvo, que se enancó en el original de Don Enrique de Castilla y le añadió de su peor pluma un Libro Cuarto, que empeora el estilo y daña completamente la intención trágica de su espantoso final, y lo torna en un “Happy End”. Cierto es que, sin el honrado y virtuoso regidor de la noble villa de Medina del Campo, el único y postrero volumen del “Amadís” acaso habría sido pasto de ratas y ratones de aquella famosa fortaleza, razón de nuestra imperecedera gratitud, pero, al mismo tiempo, por fin debe plantearse que este hombre se adueñó de lo ajeno, con la vana pretensión de corregirlo y mejorarlo, con el resultado que aparece como su autor y se ha llevado injustamente su gloria. Este plagio ha sido consagrado por los críticos, que le han dado pábulo a la llama de su fama, tolerando el denso Libro Cuarto como si fuera comparable en bondad con los tres primeros, muy superiores en ingenio. (Cosa parecida pasó con el Quijote, cuando Juan Montalvo escribió “Los Capítulos que se le Olvidaron a Cervantes”.)

Me atrevería a pensar que Don Garcí quitó los arcaísmos y transcribió el Castellano del año 1.300, al de 1.505, pero dejó los tres primeros libros intactos en su contenido y elegancia inimitable, para caer en la pedantería del cuarto, su propio producto.

Contrapongo aquí dos pasajes, el uno del Primer Libro escrito por el prístino autor, seguramente Don Enrique de Castilla, y el segundo por Garcí Rodríguez de Montalvo, para que se cate la abismal diferencia de estilo. Éste, el primero elegante, breve y en el diálogo vivaz, y el postrero segundo feo, engorroso y cansino por interminable.

“Entonce fueron adelante por la puente y oyeron del otro cabo a la parte del castillo gran rebuelta. Dixo la donzella:
-Gran ruido de gente suena, y yo sería en que tomássedes vuestras armas.
-No temáis – dixo él- , que en parte donde las mugeres son maltratadas, que deven andar seguras, no puede aver hombre que nada valga.
-Señor- dixo ella-, si las armas no tomáis, no osaría passar más adelante. Él las tomó y passó delante, y entrando por la puerta del castillo, vio un escudero que venía llorando y dezía:
-¡Ay Dios, cómo matan al mejor cavallero del mundo, porque no haze una jura que no puede tener con derecho!
Y passando por él, vió el Donzel del Mar al rey Perión, que le hiziera cavallero, assaz maltratado, que le avían muerto el cavallo y dos cavalleros con x peones sobre él armados que lo herían por todas partes, y los cavalleros le dezían:
-Jura; si no, muerto eres.
El donzel les dixo:
-Tiraos afuera, gente mala, sobervia; no pongáis mano en el mejor cavallero del mundo, que todos por él moriréis.
Entonces se partieron de los otros el un cavallero, y cinco peones, y veniendo contra él le dixeron:
-A vos assí conviene que juréis o sois muerto.
-¿Cómo – dixo él – juraré contra mi voluntad? Nunca será, si Dios quisiere.
Ellos dieron bozes al portero que cerrase la puerta. Y el Donzel se dexó correr al cavallero, y hiriólo con su lanza en el scudo de manera que lo derribó en tierra por encima de las ancas del cavallo, y al caer dio el cavallero con la cabeça en el suelo, que se le torció el pescueço y fue tal como muerto, y dexando los peones que lo herían, fue para el otro y passole el escudo y el arnés y metióle la lanza por los costados, que no ovo menester maestro. Cuando esto vio el rey Perión que de tal manera era acorrido, esforçose de se mejor defender, y con su espada grandes golpes en la gente de pie dava. Mas al Donzel del Mar entró tan desapoderadamente entre ellos con el cavallo y heriendo con su espada de tan mortales y esquivos golpes, que los más dellos hizo caer por el suelo. Assí con esto como con lo que el rey hazía, no tardó mucho en ser todos destroçados, y algunos que fuir pudieron subiéronse al muro; mas el Donzel se apeó del cavallo y fue tras ellos, y tan grande era el miedo que llevavan, que no le osando esperar se dexaban caer de la cerca ayuso, salvo dos dellos, que se metieron en una cámara. Y el Donzel, que los seguía, entró en pos dellos, y vio en un lecho un hombre tan viejo que de allí no se podía levantar, y dezía a vozes:
-Villanos malos, ¿Ante quién huís?
-Ante un cavallero –dixeron ellos- que haze diabluras y ha muerto a vuestros sobrinos ambos y a todos nuestros compañeros.
El Donzel dixo a uno dellos:
-Muéstrame a tu señor; si no, muerto eres.
Él le mostró el viejo que en el lecho yazía.
Él se començó a santiguar y dixo:
- Viejo malo, ¿estás en el passo de la muerte y tienes tal costumbre? Si agora pudiésedes tomar armas, provaros ía que érades traidor y assí lo sois a Dios y a vuestra alma.
Entonces hizo semblante que le quería dar con la espada, y el viejo dixo:
-¡Ay, señor, merced; no me matéis!
-Muerto sois – dixo el Donzel del Mar, si no juráis que tal costumbre nunca más en vuestra vida mantenida será.
El lo juró.
-Pues agora me dezid por qué manteníades esta costumbre.
-Por el rey Abiés de Irlanda- dixo él-, qu’es mi sobrino, y yo no le puedo ayudar con el cuerpo, quisiérale ayudar con los cavalleros andantes.
-Viejo falso – dixo el Donzel- ¿qué han de aver los cavalleros en vuestra ayuda ni estorvo?
Entonces dio del pie al lecho y tornólo sobre él, y encomendándole a todos los diablos del infierno se salió al corral, y fue a tomar uno de los cavallos de los cavalleros que matara, y tráxole al rey y dixo:
-Cavalgad, señor, que poco me contento deste lugar ni de los que en él son.
Entonces cavalgaron y salieron fuera del castillo y el Donzel del Mar no tiró su yelmo porque el rey no le conosciesse, y siendo ya fuera dixo el rey:
-Amigo, señor, ¿quién sois que me acorristes seyendo cerca de la muerte y me tirastes de mi estorvo muchos cavalleros andantes, y los amigos de las doncellas que por aquí passasen, que yo soy aquel contra quien de jurar avían?
Señor- dixo el Donzel del Mar- , yo soy un cavallero que ove gana de os servir.”

En cambio, para muestra del estilo de Don Garcí Rodríguez de Montalvo, presento este botón:

Entonces Urganda miró contra Oriana, y dixo:
- Mi buena señora y muy hermosa novia, bien se vos debe acordar que estando yo con el rey vuestro padre y la Reina vuestra madre en la su villa de Fenusa, acostada con vos en vuestra cama, me rogastes que os dixesse lo que os avía de acaescer, y yo vos rogué que saber no lo quisiéssedes; pero porque conoscí vuestra voluntad vos dixe cómo el león de la Insola Dudada avía de salir de sus cuevas, y de sus grandes bramidos se espantarían vuestros aguardadores, assí que él se apoderaría de las vuestras carnes, con las cuales daría a su gran hambre descanso; pues esto claro se deve conoscer, que este vuestro marido muy más fuerte y más bravo que ningún león salió desta ínsola que con mucha razón Dudada se puede llamar, donde tantas cuevas y tan escondidas tiene; y con sus fuerças y grandes bozes fue la flota de los romanos que vos aguardavan desbaratada y destroçada, assí que vos dexaron en sus fuertes braços, y se apoderó de essas vuestras carnes, como todos vieron, sin las cuales nunca su raviosa hambre se pudiera contentar ni hartar. Y assí conosceréis que en todo vos dixe verdad
.”



Este pasaje, yo asevero, es de un exquisito mal gusto. Aquí salta la liebre y se constata que el cuarto libro de Amadís de Gaula no debe leerse, si se quiere guardar fidelidad con su autor original, Don Enrique de Castilla, que es muy mejor pluma.

Volviendo a la cultura caballeresca y sus espléndidas libertades tan contrarias a la pusilanimidad monacal, es grato volver a rememorar la familia del rey Fernando III. Huelga hablar de su primogénito Alfonso X, el Sabio, que fue legislador, historiador, filósofo, astrónomo y astrólogo, maestro del Ajedrez, conocedor de autores griegos, romanos y árabes, traductor e inventor, a más de empecinado guerrero, y padre inmisericorde con su otro hijo, Don Sancho el Bravo, a quien maldijo y sólo perdonó en el lecho de muerte. Recordemos que de esta misma prosapia y reata fue su sobrino Don Juan Manuel, de quien dice el maestro Don Rodolfo Ragucci:

“Don Juan Manuel, nacido en 1282, fue hijo del Infante Don Manuel, que era hermano de Alfonso el Sabio. Habiendo quedado huérfano de padre antes de llegar a los dos años, creció al lado de su tío Don Sancho el Bravo, rey de Castilla. Sirviendo luego a Fernando IV y Alfonso XI, sobresalió desde los doce años por su destreza en las armas y valor en la batalla, y después por su habilidad de diplomático, no menos que por su genio ambicioso, altanero, intrigante, tornadizo y turbulento, con que tantas veces agitó el reinado...”

Este Don Juan Manuel escribió “El Libro del Caballero et del Escudero”; “El Libro de los Estados o del Infante”; “El Libro de la Caza”; “El Tractado que fizo Don Juan Manuel sobre las Armas”; y “El Libro del Conde Lucanor”. Menéndez y Pelayo felicita a Don Juan Manuel por “la gracia de expresión y por el fino sentido práctico”.

Esta familia tuvo estas virtudes caballerescas de ser buenos para la guerra, al mismo tiempo que ilustrados para la paz. No extraña por eso que se encuentre en Don Enrique de Castilla, el Senador, las mismas virtudes que en sus hermanos o su sobrino y que dados los hitos y circunstancias peculiares de su vida, se le pueda acertadamente sospechar de ser el autor del “Amadís de Gaula”. Escribir entonces un libro de semejante extensión y calidad, rico en ilustraciones, con un lenguaje muy alto y hermoso, era cosa de un autor muy potentado. Don Enrique llegó a la cúspide de su azarosa carrera, cuando Regente de Castilla. Buen momento pudo ser ese para que se fundiera en un gran libro, lo que había escrito cuando preso por treinta años en Nápoles. No reveló su autoría, pero lo puso en circulación, de modo que llegó a manos de Don Pero López de Ayala ochenta años más tarde, cuando este otro ilustre preso en Aljubarrota escribía su “Rimado de Palacio” y doscientos años más luego, a donde su salvador y confeso usurpador, Don Garcí Rodríguez de Montalvo.

Para esos tiempos ya la Iglesia había minado los valores de la Caballería Andante. La libertad de amar estaba prohibida y la de inventar fantasías y ponerlas en novela se veía como una sarta de mentiras. Ya sabemos que las justas y torneos fueron prohibidos por el Papa, y que los reyes, después del Emperador Carlos V, ya no se atrevieron a presentarse en el campo de batalla. Comenzó entonces la época del buen morir en la cama. Y con esto llegamos también, del Quijote, al buen final.



 

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