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  Guías culturales

RICARDO II DE SHAKESPEARE Y LOS DEFECTOS FATALES DE LA MONARQUÍA


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

Tal que toda familia, la que fuere real, vive de la virtud de sus padres e hijos, más que de los méritos históricos de sus predecesores. Las monarquías se fundan en base a las heroicidades de los fundadores de la dinastía. Ningún rey fundador de dinastías nace ungido por los sacros óleos, sino de un temerario golpe de mano contra propios o extranjeros. Es en este acto inicial coronado de la buena suerte, en donde se ve el juicio de Dios para señalar al rey como monarca.

¿Quién es un rey? Es aquel que refleja la voluntad popular y por ende la divina, o al revez, por las cuales merece el poder absoluto, como libertador, fundador, adalid, que ha resuelto a su favor una circunstancia histórica. Sus descendientes quedan marcados por esa buena fortuna inicial y el pueblo confía en que por herencia de la sangre, lleven la bendición divina en sus actos para siempre. Pero, por la sinuosa marcha de los tiempos y los inefables caprichos de la genética, los descendientes de aquel fundador de dinastías a veces decaen en su virtud o caen en desgracia, en lo cual se ve claramente que les abandona la mano de Dios. Miremospues cómo perecen los linajes: Descendiente de Alfonso X, el Sabio, El Rey Don Pedro el Cruel, hombre de gran valentía y denuedo en la guerra, así como de terrible crueldad en la paz con el fin de preservar su poder, es derribado de su trono y muerto por su hermano bastardo Don Enrique Conde de Trastámara, a raíz de la batalla de Montiel. Igualmente, Doña Juana de Castilla, llamada pérfidamente la Beltraneja, pierde su derecho real ante su tía Doña Isabel la Católica, en la Batalla de Toro, donde el tío y marido de la Beltraneja, Don Alfonso Rey de Portugal, es derrotado por el Duque de Alba y el rey consorte Don Fernando el Católico.En la Historia de Inglaterra, el Rey Don Ricardo II es defenestrado por Harry Barón Bolingbroke, Duque de Hereford, por haberle desposeído de su feudos y bienes, a raíz de la muerte de su padre, Don Juan de Gante, para financiar una guerra contra los rebeldes de Irlanda. Don Ricardo II de Inglaterra es un sabio y un poeta

que se ha perdido en meditaciones trascendentales mientras se le derrumba el poder. La monarquía vive y se sostiene de la mano de Dios, pero fenece y acaba por decadencia de esa casta inicial que fuera una mixtura de buena suerte con temeridad.

La democracia es lo opuesto: En su sistema, el elegido es unPRIMUSINTERPARES, un invento momentáneo del capricho popular que simpatiza con un advenedizo carismático que brilla como promesa de felicidad. Su gobierno es temporal y breve, no lleva la unción de lo divino, sino que galopa y vuela sobre una nube y un voto que proclama el absurdo aquel de: VOXPOPULIVOXDEI. Este adagio sirvió para dar legitimidad a esta forma de gobierno de la mayoría.Pero ¡Oh desgracia! las verdaderas mayorías han desaparecido y se tiene ahora gobiernos que asientan su legitimidad en un 1% de más que es francamente ridículo como báculo y cetro del poder. Es el caso tanto de Rodríguez Zapatero, como de George Bush, los dos desavenidos.

La humanidad no encuentra solución a su problema de gobierno, monárquico o democrático, tampoco lo hallan las empresas con sus ejecutivos agresivos, que tantas veces abusan de su autoridad para enriquecerse sin medida, o para llevar sus compañías hacia un despeñadero bursátil. Siempre el buen gobierno precisa de algo tan efímero como la buena suerte. Pero así mismo es la vida humana que cual péndulo o badajo oscila bajo la gran campana del destino entre golpes de suerte o desgracia y termina con la muerte.

Es maravilloso estudiar Ricardo II, la tragedia de Shakespeare, con el fin de entender cuáles son los pecados y defectos de la monarquía. Ya el insigne Calderón de la Barca analizó dramática y poéticamente la vanidad de la monarquía en su obra sublime “La Vida es Sueño”. Pero ¡Cuidado! no porque la monarquía tenga fallas fundamentales, deja la Democracia de sufrir de sus propias carencias y falencias espantosas.

¡Cómo no quisiéramos que Shakespeare hubiese vivido en nuestros días! Sí, para que escribiera la gran Tragedia de Diana Princesa de Gales, esposa amorosa y fértil que diera a Don Charles y a la corona británica dos príncipes sucesores hermosos, cuyo futuro está por verse y escribirse. ¿Con qué adjetivos no habría calificado el gran poeta y dramaturgo de Stratford upon Avon a Lady Camila y en qué diálogosy circunstancias no le habría enmaromado y embarcado? ¿Qué cosas portentosas no habría dicho el Príncipe Don Charles en sus horas de intimidad y en sus apariciones cortesanas y públicas entre bastidores teatrales? Nunca lo sabremos, pues a Shakespeare lo han reemplazado ciertos nefandos pasquines londinenses que ellos mismos le cavaron la tumba a la Princesa de Gales en un paso a desnivel de la Ciudad Luz. Esta gran tragedia ha quedado inédita y así ha de permanecer hasta que renazca un Shakespeare redivivo en lo que Platón llamara la Trasmigración.

 

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