- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
 
   

RELATOS


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com


REMEDO DE LUCIÉRNAGA

Juan Gijón era un hombre práctico. Gustaba llegar a su meta por el camino más corto. De veintiocho años de edad, gozaba de la mejor salud y no tenía vicios. Su única debilidad, según él, era, en realidad, su fuerte: La cosecha de mujeres. La tradición antigua de Don Juan, la sutil burla de fingir amor, para lograr el placer de la carne. O, al revés, a veces fingir lujuria, cuando, hablando en oro, el motivo es el amor. El juego de Juan Gijón era, pues, doble, porque, en el fondo de su alma, quería ambos, amor y placer o, al acaso, cualquiera de los dos. Pero, desde luego, por el camino más breve.

Y éste, a su parecer, no pasaba por entre las bellas, sino mas bien por donde están las feas, a quienes creía más fáciles. Como buen heredero del tío Marco, armador de barcos pesqueros, Juan recibía una buena renta y, estando soltero, ahora gozaba de unas vacaciones poco merecidas, a la orilla del mar.

Aquella tarde, la suerte andaba peor que nunca. En el Bella Vista, este hotelón del acantilado, no había sino mujeres bonitas, en su mayoría casadas orondas, que asoleaban la piel de los contornos más íntimos, esperando broncearlos, mientras se parapetaban detrás de oscuros lentes de sol, que les daban un aire de venenosos insectos mayores.

¡Cherchez la femme ! Con ojo avizor, Juan escudriñaba las candidatas, pero, para su mal, aquella fea solitaria, la muy fácil, no aparecía. Las feas - pensó Juan - son una especie amenazada de extinción. Ahí esa rubia (era Carla) con su magnífico cuerpo bronceado, los cabellos refulgentes como un trigal, rutilantes dientes, manos muelles, de uñas mansamente agudas, largos dedos y espiritualizado gesto. Allá la morena ( era Diana ) con la melena azabache, levemente musculosos los muslos, los senos redondos como dos medios cocos pelados, puestos a tostarse en la inclemencia de la canícula, desafiando a los espectadores, en apariencia desinteresados, pero, en verdad, siempre voraces, quienes, sin duda, encontraban a Diana y Carla hermosas y codiciables.

Con peluqueros amaestrados, dentistas joyeros, cosméticos de actriz, gimnasia de aparatos, bronceo artificial, sería muy difícil ser fea, se imagino Juan. Pero, a veces, las hay - Juan lo sabía. Aquellas que se han puesto repugnantemente gordas; esas que, por fumar demasiado, se tornan flacas, opacas y secas, o ciertas intelectuales feministas que se descuidan de adrede, tienen seboso el pelo, dejan criarse el pelaje de las axilas y llevan las uñas de los pies informes y sucias. Pero circulan poco, observó Juan. En este Bella Vista, junto al mar, las feas escaseaban. Habría que acecharlas cuando, al amanecer, despintadas y sonámbulas, caminan con las piernas tiesas, hacia el tazón del escusado; cuando temen resbalarse y pierden la postura al abandonar la tina de baño, o cuando buscan a ciegas, en la alfombra persa, los lentes de contacto. Degas sabía pintarlas en instantánea sorpresa y desguardo, logrando aquel supremo feísmo, que le ha encumbrado entre los impresionistas. Así, Juan Gijón se identificaba con el viejo maestro francés y oteaba en busca de aquellos detalles que nunca quieren ver los trovadores de lo eterno femenino.

-“¡Pero, si la fea está ahí!” - gritó una voz en la jaula de su pecho - y efectivamente, ahí estaba: Tendría veinte años; la mata de grueso cabello, que llevaba corta, le criaba profusamente desde el cuello, donde la navaja de barbero había dejado un barbecho azul. Los labios gordos de su boca tenían por adorno un bozo de leves bellitos oscuros; la cejas de buena y sedosa cerda, se juntaban sobre los ojos. Estos, demasiado grandes y algo saltones, parecían contener una magna interrogación. En el escote, los cándidos senitos, parcialmente ocultos en el vestido de baño, apenas disimulaban otra dolorosa depilación. Y la cumbre de la fealdad era un almenado negruzco, un vacío nocturnal en la parte izquierda de su sonrisa, la ausencia de aquel colmillo de tascar caña de azúcar, vacío, en medio de una dentadura caballuna, que podía verse y admirarse muy bien, porque el carácter de ella, desvergonzado y alegre, le hacía siempre reír en frecuentes carcajadas. Entre Carla y Diana imperceptible, no la había notado Juan, pero estaba ahí, la fea de sus sueños, por fin, una mujer con los atributos que no hay que tener... Ahora, él principió a buscar su atención, pero no la conseguía. La quedó mirando, pero ella rehuía su vista con una destreza que demostraba su modestia, su convencimiento de ser tan fea, que Juan seguramente la miraría para solazarse en sus defectos, no por obtener su amistad, y que no convenía corresponder a su curiosidad impertinente... Optó Juan por darle pases, hasta que Carla y Diana, cada una a su turno, se dieron por aludidas, menos ella. Avergonzado por fallar tanto, Juan quiso destacarse de entre los hombres que merodeaban y subió a lo alto de la torre de salto desde el tablón y, en gran gesto valiente, se tiró de cabeza al agua que reflejaba, juguetona, diez metros más abajo. Se lanzó cuando se creía observado, pero al emerger entre remolinos y burbujas, constató que ella ya no estaba en su silla, que se había marchado. Romelia, que así se llamaba la fea, objeto del deseo de Juan, le había visto subir la escalerilla de la torre en afán de lucimiento. Aburrida de esta ostentación primitiva, resolvió castigarlo escabulléndose. Ella se sabía víctima de burlas, por poseer ciertos defectillos, como el ausente colmillo, que, sin embargo, no la amilanaban. Eran, más bien, su puerta de escape en la lucha entre los sexos. ¡Qué caramba! Hay tantas otras distracciones, que la pretenciosa lata de los hombres - pensaba... Pues simplemente abandonó a Carla y Diana y, surcando por el gentío, se fue a su habitación. Entró y, sonriente, se contempló en el espejo: La blanquísima piel de un azulado marfil, corto el cuello, adornado con un pliegue a guisa de collar, la figura de la Eva inmemorial, madre de la humanidad, perfectamente femenina, con los hombros angostos, los brazos que llenaban con justeza la línea curva del talle y caían, suaves, sobre las bien lirondas caderas, las piernas demasiado largas, que parecían salirle de entre los omóplatos, los pies pequeñísimos, encarcelados en unas sandalias, que la convertían en una Julia de la antigua Roma. Se acerco al balcón y, desde lo alto, pudo observar como Juan inquiría sobre su paradero a sus dos bellas amigas, quienes, de buena fe, ignoraban donde diablos se habría metido Romelia. ¡Que risa! A lo lejos, en el horizonte, se ponía el sol y su luz, ya caduca, trazaba el perfil de los acantilados. Se habían encendido ya los grillos del anochecer, pero Juan perseveraba, sentado entre las rocas, que separaban el Bella Vista de las rompientes del mar. El camino más corto resultaba, esta vez, el más largo. A más de fea, esta mujercilla era huidiza y tímida como no había conocido antes ninguna... Ella, desde su balcón y oculta, le observaba: Un hombre como cualquier otro. Un animal rosado, con escaso y ralo pelo en la cabeza, nariz rojiza y protuberante, donde tropezaba, este rato, la luz. Los grandes pies se aferraban al granito de las rocas, la mitad inferior del cuerpo se enfundaba en un vestido de baño luminoso y fluorescente, los antebrazos añejándose, como dos botellas, sobre los escuálidos muslos. Este mostrenco se había lanzado de diez metros de altura, para impresionarla con su temeridad. Por el cielo giraban blancas gaviotas y, más arriba, en el cenit, unos cúmulos de vapor se amotinaban para semejar una nube. En realidad, ese hombre era una lombriz o, acaso, por el calzón luminoso, un remedo de luciérnaga. Romelia escribió en un papel "REMEDO DE LUCIÉRNAGA", lo dobló en forma de un avioncito y lo expidió por sobre la baranda del balcón, de modo que voló y cayó cerca del pensador de Juan, que lo desdobló y leyó aquel texto extraño, que habría de preocuparle por mucho tiempo. No volvieron a verse. Ella dejó el gran hotel muy temprano y Juan la buscó por tres días junto al mar, sin saber que ella se había vuelto, tierra adentro, a la ciudad... Releyó Juan Gijón muchas veces aquella frase y no pudo menos que remontarse al recuerdo, buscando luciérnagas. Las encontró, muchos años atrás, cerca de la selva, al anochecer, cuando de pronto se llenaba de lumbres el aire, como por magia, y los niños correteábamos atrapándolas y llenando frascos con este milagro. Eran unos insectos ridículos con un foco en la punta del culo, que pretendían competir con las estrellas. De facto, lo lograban, porque las noches perfumadas por los nardos de mayo se llenaban de luces migratorias y nos invadía una intensa felicidad. Aquel papelucho en forma de avión lo llevé por meses en el bolsillo del pecho. Lo sacaba en el bus para releerlo y percibía el aroma de nardos y veía los giros caprichosos de las luciérnagas y retornaba al recuerdo de aquella joven peluda de franca sonrisa, con aquel vacío caballar de embocar freno en la dentadura, y aquellos ojos preguntones. Si, retornaba la nostalgia, haciendo cada vez más largo, aquel más corto de los caminos.

Pero, una tarde, en que el avión de papel se quedó en el aeropuerto de mi escritorio, con las alas ya mugres del manoseo, subí al bus, mientras a lo lejos, en el horizonte sobre el mar, la luz caduca del sol poniente trazaba el perfil de los acantilados, me senté en el único puesto desocupado, recluyéndome, de nuevo, en el cubil de mis pensamientos, cuando, de pronto, a mi lado, descansando sobre dos ebúrneas rodillas femeninas, vi se abría una manito de azulado marfil, en cuya palma estaban escritas estas palabras: REMEDO DE LUCIÉRNAGA....

Era Romelia en todo su esplendor: La sonrisa monumental. La lengua húmeda en el vacío molar. El sonido jacarandoso de su risa. Sus senos albinos a punto de salirse del escote que los aprisionaba. Sus pequeños pies blanquísimos en las sandalias romanas. Su suave vientre protuberante. Su hálito de regaliz. El pliegue en su cuello corto, a guisa de collar de pelo de elefante. Sus luminosos e inmensos ojos saltones. Su nariz aguileña con pequeñas ternillas peludas. El aroma dulzón de sus axilas selváticas. Sus piernas demasiado largas, demasiado níveas. El apretón de sus manitas regordetas con uñas transparentes, como de sietemesina. El borbotón de sus palabras atolondradas:

~" Remedo de luciérnaga, lombriz, homúnculo con luces en el culo, tu esfuerzo por hallarme fuera nulo, si, en medio de esta tarde gris, diérase, no, este rendevous feliz. Dame tu mano, pájaro tonto, ya eres mío, demasiado pronto... Pues de todas las mujeres feas, que en disparatados cuentos leas, ¡tienes la mejor, aunque no creas!"

El bus se encamina hacia la playa. La ruta describe una elipse incomprensible hasta llegar a los acantilados. El mar azul se pierde en lontananza sin dejarnos ver donde termina y principia el cielo. Las gaviotas revolotean sin norte alguno. Hay un barco pesquero que retorna despacio por mitad de la bahía. Los árboles a lo largo de la carretera tienen flores azules unos, rojas otros. Nos hemos tomado de las manos sin decir nada. Por primera vez descubro que tiene la piel del rostro, de los brazos, de las piernas, de los pies cubierta de diminutas pecas doradas. Es única, irrepetible, inigualable...

Llegamos al Bella Vista cuando ya ha caído la noche. Los jardines tienen aroma de azahar. Caminamos por entre los naranjos que a esta hora presentan perfiles fantasmales. De pronto, como por magia, se llena de lumbres el aire. Las luciérnagas, con sus chispazos, nos alumbran el camino, que con ser corto, resulta esta vez ser el más largo. La beso muchas veces envuelto en los relámpagos de un vórtice de esas cucuyas. Entramos por fin al hotelón, cuando ya es hora de cenar. Las casadas orondas cenan ya con sus esposos, cuarentones algo calvos con las narices enrojecidas por el sol y el viento marino que sopla siempre tierra adentro. Nos sentamos en una mesa con manteles rosados. Todo el mundo nos mira. Parecería que gustamos como pareja. Comemos ostras y bebemos champaña. Romelia monopoliza la conversación. Yo sólo atino a decir si. Terminada la cena y con el sabor de frescas uvas en la boca, nos levantamos a bailar. Siento su cuerpo tibio apegado al mío. Se desliza sobre el mármol como una nube, una nave, una sombra. Baila maravillosamente. Será por sus larguísimas piernas, que puede medir tan veloz y suavemente sus pasos. Los ojos de la concurrencia se han posado en nosotros y al término de la sonora salsa, nos aplauden. Salimos a la terraza desde donde se miran y se escuchan las cercanas rompientes del mar. Hay un olor salobre a ratos, cuando sopla el viento. Cuando amaina, volvemos a percibir los azahares. Abajo, en los jardines, se han apagado las luciérnagas. Nos retiramos a la habitación. La cama doble. Rosas en el florero. Chocolates en la almohada. Champú en la bañera. Nos sentamos a charlar en el balcón. Ella me cuenta cómo me observaba: Un hombre como cualquier otro, un animal rosado, con ralo y escaso cabello en la cabeza, nariz larga quemada por el sol, los grandes pies como dos chalupas varadas entre las rocas, la mitad inferior del cuerpo embutida en una calzona fluorescente, los antebrazos desmayados sobre unos muslos escuálidos. El avión de papel surcando el cielo cuajado de gaviotas. Las manos flacas, salteadas con bello rubio, recogiendo el correo aéreo con las palabras mágicas. Estamos juntos por fin. Ella se baña en una tina repleta de blancas burbujas. Se ducha y el agua resbala por su cuerpo desnudo. La piel brilla con un candor de marfil, sus nalgas de zapallo maduro revelan un leve tinte rosado. Sus senos albinos enseñan sus hociquillos hambrientos. La figura toda de la Eva eterna, madre del género humano, femenina perfecta, con los redondos hombros enjutos, los brazos caídos que rellenan con justeza la curvilínea del talle y descansan las manos sobre caderas mondas y lirondas. Las torneadas y suculentas piernas se hunden en las burbujeantes aguas como columnas en la inundada Venecia. Se seca mientras la contemplo y, al salir de la tina, teme resbalarse y pierde la postura semejando una pintura de Edgar Degas. Se le caen los lentes de contacto y los busca, desnuda, sobre la alfombra persa. Primera vez que veo su vagina colorada como una almeja. Encontramos las lunas perdidas y ella se las coloca en sus pupilas saltonas y brillantes. Lágrimas caen sobre sus mejillas y la humedad ha formado perlas sobre su casi imperceptible bozo. Nos zambullimos entre las sábanas y fingimos la más desaforada lujuria, cuando, en realidad, nuestro motivo es el amor.

MORIR, PARA VOLVER A NACER, PARA VOLVER A MORIR

Por fin, el anciano supo quién era... Cuando niño, esa había sido su primera pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Soy un cobarde? ¿Soy un valiente? ¿Soy bueno? ¿Soy malo? ¿Soy alguien? ¿Soy nadie? y sobre todo ¿Quién fui yo?

Se le había ido la vida en responder éste y otros cuestionamientos. Siempre había prueba de lo contrario. Los profesores de la escuela le tacharon de vago. Pero cuando se trataba del cálculo mental, le ponían en primera fila en las sabatinas, frente a los padres de familia:

-“ Cinco por ocho dividido para cuatro multiplicado por diez más uno. ¿Cuánto?”- preguntó el Director...

–“¡Ciento uno!” Le respondió...

–“¡Bravo, bien hecho, muchacho!”- le alabó el director.

A poco, le metieron al calabozo por querer asfixiar a uno de sus compañeritos en una reyerta en el patio del recreo.

-“No hagas a los otros, lo que no quieres que te hagan a ti” – le sermoneó el trigueño profesor, el señor Hidalgo, mientras también le asía por el cuello, como a un ahorcado.

Y sin embargo, él sabía que tenía una aureola, un signo que flotaba sobre su cabeza, consagrándolo como rey.

Eligieron al “Director Chiquito”, quien gobernó la escuela por un día con todos los poderes. Él, nuestro protagonista, nunca comprendió que no le hubiesen elegido soberano a él.

En los deportes era pésimo. Se le quebraban las manos, cuando quería agarrar la pelota. –“¡Manos de mantequilla!”- Sus compañeros le gritaban, pero él sabía, que si no fuera por una cierta debilidad pasajera e inoportuna, él podría ser el mejor. Lo había sido antes, en otra vida anterior. Había combatido espada en mano.

No sabía leer el reloj. Nadie le había enseñado. De algún modo lo sospechaba. Pero, cuando preguntado, no supo dar ni la hora y el maestro le echó de la clase. Quedó sólo, parado frente al gran reloj de la escuela en lo alto de las gradas en caracol, cuando el director dio con él, manos a boca. Era éste un hombre santo, ascético, tan sólo enviciado con el cigarrillo de envolver, que le embadurnaba de nicotina amarillenta sus dientes de roedor. Se le acercó, con su aliento pútrido de tabaco quemado y le preguntó:

-“Qué haces fuera de clase?

-“Me sacaron por no saber leer la hora en el reloj”

-“¿Cómo, aun no sabes leer el reloj? ¡Horror! ¡Tus manos están animadas con dibujos de hombrecillos que hacen piernas de tus dedos! En las cárceles, los criminales se pintan así. ¡Terminarás en la mazmorra, mal niño!”

Pero, sin embargo, con el tiempo, él aprendió a leer el reloj y se lavó de las manos los homúnculos y mostrencos con que había hecho su íntimo retablo de títeres.

Cierto es que alguna vez cuando joven fue a darlas en la cárcel por cruel y violento, pero su padre, gran abogado, pronto le sacó. ¿Y la aureola? La siguió teniendo siempre, porque era un rey re-nato o renacido o vuelto a nacer. En él se había cumplido aquella trasmigración del alma con que filosofaba Platón. Había vivido otra vida y tenía borrosos recuerdos de otro tiempo, en un siglo anterior. Mas no sabía a ciencia cierta quién mismo había sido y se pasó la vida descifrándolo. Había matado a muchos, pero no en esta vida. Había amado a muchas, pero no a tantas en ésta, sino en otra, precedente, vida. Sabía muchas cosas sin haberlas aprendido: Jinete perfecto a caballo, arquero y ballestero preciso, maestro cazador y espadero. Hablaba otras lenguas, el inglés y el francés, al igual que el castellano, con muchos arcaísmos. Escribía versos sin más: Décimas, sonetos, y rimas en pie-quebrado. Hasta podía hablar en buen romance.

Madrugaba sin motivo. Hacía guardias nocturnas sin razón. Escudriñaba la oscuridad por lo que recordaba nebulosamente de su pasada muerte. Si, tenía un nombre de pila poco raro y su apellido era el de una ciudad antigua, llena de judíos conversos, de moriscos cristianizados, de gitanos irredentos: Toledo.

Pero tal nombre y apellido no lo definían, sino que le enmarcaban en un pasado de mentiras y leyendas. A ojo de buen cubero, sabía ya, por viejo, quién era ahora, pero no quién había sido en otra vida, cosa aún más importante. Su actual existencia le parecía francamente intrascendente.

Por fin un día cayó en un estado frenético e hipnótico, se pintó de nuevo hombrecillos en ambas manos, como en la escuela o en la cárcel, y llevado por esa urgencia demencial de revivir su pasado, puso en marcha su retablo:

Se imaginó que la mesa era el campo de Montiel y recordó de pronto cómo los franceses y los castellanos les rodearon. Venía desde Despeñaperros con su retén de caballeros vestidos en armaduras de hierro. Marchaban y bregaban. Tajos y mandobles. Los caballos daban coces a los perseguidores. Muerte por doquier. Flechas y saetas. Sangre corriendo por el prado y, embadurnando las zarzas, más sangre. Él y algunos de los suyos, lograron a duras penas encerrarse en el Castillo de Montiel. Afuera las huestes de su hermano Enrique, el Bastardo con la espantosa nariz aguileña, le sitiaban. En el castillo no había ni pan, ni agua, tan solo unas pocas ratas famélicas. Caía el sol y las sombras ya invadían los matacanes. Pedro le preguntó a su noble acompañante:

-“Ferrante de Castro, amigo y de mi desgracia, testigo, ¿Qué me encomiendas hacer? ¿Entregarme y perecer, si el rescate no consigo?”

Ferrante le respondió :

“La vida tiene un final. Esa es regla general. Os recomiendo Don Pedro,

vuestra honra, sin desmedro: ¡ Jugaros riesgo fatal !”

-“¡Salir!” – manda Don Pedro. En la oscura medianoche, los caballos bracean calladamente, pero una voz pide el Santo y Seña. Pedro exclama:

-“Yo soy Pedro, el Justiciero, que merced de vos espero.

Rindo mi real espada, que ya no rescata nada, que no logre Don Dinero.”

Los mercenarios franceses le toman preso. Lo conducen a una tienda de campaña, donde le ofrecen una copa de vino.

De pronto aparece en la puerta el bastardo Don Enrique. Sus ojos brillan y su cabeza cubierta con un yelmo puntiagudo parece querer embestir. Pedro le dice así:

-“Bienvenido, gran bastardo, mi rescate, sin retardo, en oro, os haré pagar.

¿Cuál ducado os he de dar? ¡Nada hay que os pueda negar!”

Le responde su hermano y enemigo:

-“¡Pero Gil, judío vil, tú de mi madre asesino, escrito está tu destino:

En este mero cubil, has de sufrir muertes mil!”

Dichas estas palabras, Enrique empuña puñal y se lanza contra Pedro y los dos contrincantes buscan darse muerte. Están tan aperados de sendas corazas que al comienzo no se logran herir. Caen y se retuercen como dos serpientes. Por último el rey Don Pedro sufre la puñalada en un ojo. Su sangre mana a raudales. Enrique, su hermano, con sus propias manos, le degüella.

Tres días tienen la cabeza enjaulada junto al cuerpo suspendido de una almena del Castillo de Montiel. El viejo, de pronto, lo recuerda todo por fin claramente: Desde la jaula reflejaban sus ojos opalinos de cadáver, la meseta castellana llena de soldados: ¡Morir, para volver a nacer, para volver a morir! Los hombrecillos de sus manos reposaron. Ya sabía quien había sido en su vida anterior. Su vida actual resultó ser un vano trajinar en busca de develar este secreto. ¿Cuál sería su próxima encarnación? ¡Nacer, para morir, para volver a nacer!

CAIUS JULIUS BUSH

Regresó del Irak proclamando: VENI VIDI VINCI . En el Senado, sus partidarios le vivaron: “ AVE CESAR MORITURI TE SALUTANT ”. Sabían que, tarde o temprano, los terroristas los matarían a todos. EL César del Imperio Americano ya había reconquistado Mesopotamia y los vastos desiertos de Afganistán, mas ahora, para desmayo y amargura de los pacifistas de la nueva Ciudad Eterna de Washington D.C., el PONTIFEX MAXIMUS queria emprender una gran guerra nueva contra Siria y Persia, para medirse en grandeza con Alejandro Magno y Juliano el Apóstata, superándolos.

Lo malo con estas vidas paralelas, era que ambos emperadores habían sido asesinados en mitad de sus triunfos contra Persia por sendos propios generales:

el primero por Casandro, y el segundo por Joviano. ¿Le esperaba la misma suerte a Caius Julius Bush?

Tramaban su muerte en todas partes. En Berlín, Madrid y París era la comidilla en todos los cocteles. En Inglaterra, donde gobernaba su ALTER EGO , el Consul Antonius Blairius, los enemigos del César lograron consumar su virtual asesinato en una película, que dio una vuelta orgiástica por los cines del mundo. Como ya lo puramente cinemático y virtual era igual que lo real, el gran público tuvo la satisfacción inmensa de darlo por muerto, aunque perduraba vivo. Los Senadores enemigos – que eran casi todos – se reunían en conciliábulos y perjuraban que lo coserían a cuchilladas en el templo de Marte, a los pies de la marmórea estatua del Cónsul Jimius Carterius. Pero, como los miembros del Senado, excepto Cicerón, eran todos corruptos, esperaban y esperaban que algún “lobiista” intermediario de Ahmadinejad, Chávez o Fidel les sobornase para poder asesinarlo. Mas, como estos tetrarcas no aflojaban ni una piastra todavía, se pasaron los Idus de Marzo y llegó de nuevo la víspera del Once de Septiembre, y el César siguió vivo y listo para desatar la guerra contra Siria y Persia, conflicto que, inexplicablemente, nadie quería. Fue entonces cuando un benefactor de la humanidad llamado Osamus Binius Ladenius resolvió sacrificar un millón de dólares para que, por fin, los senadores desenfundaran sus espadas cortas de bajo sus togas viriles y dieran muerte al César. El hijo de Servilia y bastardo del César, a quien todos conocían como Brutus, recibió el dinero de Osamus por Internet y comunicó a los defensores de la democracia que ya podían esgrimir sus hierros asesinos, porque la paga estaba dispuesta. Antonius Blairius fue confinado a Escocia para combatir contra los montañeses que se disfrafazaban bajo faldas de mujer aparentando ser amazonas, cuando en realidad eran laboristas de sindicatos rebeldes que odiaban a Blairius y mas aun a su IMPERATOR Julius Bush. En HISPANIA CITERIOR el Legado y Tribuno del Pueblo Rodericus Zapaterus se declaró independiente del Imperio y capitaneó una fatua guerra de brazos caídos.

Caius Julius Bush llegó a su rancho pasada la media noche y encontró a su esposa Laura Calpurnia con el rostro demudado por un mal sueño. Ella le miró angustiosa y le dijo: -“Esposo mío, he visto un cuervo negro muerto dentro de un saco de alimento para ovejas; es un vaticinio nefasto; te quieren asesinar, lo sabe todo el mundo, excepto tú.” Julius Bush llamó al arúspice por tele-conferencia y le contó la pesadilla de Laura Calpurnia. El sacerdote leyó en las entrañas de un preso de Abu Greib y dijo: -“ Libera ¡Oh Cesar! los caballos de tu rancho y Marte te protegerá.”

Abrieron las puertas de las pesebreras y los “cuarto-de-milla”, palominos unos y pintos otros, salieron galopando a la llanura y gozaron de la libertad definitiva.

Laura proclamó: -“Tu fe te ha salvado”.

Al dia siguiente, Julius Bush entró al Templo de Marte recostado en su litera; le portaban los gladiadores del Pentágono. Los Senadores asistentes a la sesión solemne en honor del dios de la guerra, esperaban la señal de Brutus, que ya les había transferido su soborno. Brutus agitó su pañuelo rojo y recitó lo convenido: UT DESINT VIRES TAMEN EST LAUDANDA VOLUNTAS . Julius Bush, palideciendo al ver venírsele encima, entre otros, espada en mano, al que creía su hijo, exclamó: ETIAM TU BRUTUS ?

Mas. ¡Oh sorpresa! Los gladiadores del Pentágono soltaron la litera y sacaron a relucir sus pistolas automáticas y cada uno disparó mas de veinte veces. Los senadores todos fenecieron en un baño de sangre.

Y fue así como Caius Julius Bush vino, vio y venció.

BRAHMAN Y LAS MOSCAS

Era ardiente el verano. Las moscas estaban en todas partes; muchas adheridas ya a las franjas de pega que colgaban del techo, perfectas trampas en contra de esta plaga. Mala muerte para las moscas, con sendas seis patas presas y las alas libres, para batirlas hasta la fatiga total. También gustaba yo de fustigarlas con el mata-moscas, que al azotar, dejaba pasar por sus ranuras el aire, para impedir que las moscas pudieran huir embarcadas en el oleaje del viento. Pero eran multitud y muy variadas: Las hogareñas, opacas; las campestres, verdosas; y otras, las de panteón, negras, peludas y radiantes. Cuando les acertaba, semi-aplastadas y malheridas, pataleaban y aleteaban antes de yo rematarlas. Si, era el gran remate, la venganza y el desquite por la molestia que estas moscas me causaban. Parecía que querían conversar conmigo. Se entrometían en mi vida. Se me sentaban sobre las manos melosas, sobre el pelo sudoroso, sobre los pies malolientes. Era como si quisiesen hablar conmigo, pero yo las mataba y las remataba, sin fin. No me dejaban leer este libro sobre la India histórica, seis mil años de sabiduría: El Karma, Brahmanismo. Sí, esa era la última verdad: La reencarnación! Occidente, con su Cristianismo, prácticamente ha dado la espalda y desconocido al Creador Universal, a esa maravillosa fuerza que todo lo vivifica. De la mera fatalidad y destrucción, todo renace. Nada se pierde, todo se transforma. El alma transmigra, hasta volver a ser una con Dios, la magia perfecta. Estaba yo en estas consideraciones, bebiendo Soma con los Upanishads, aprendiendo el concepto del orden cósmico llamado “Rita”, enterándome que al alma, los Hindú le llaman Atman y este ánima deambula y transmigra de cuerpo en cuerpo, de armadura en armadura, de un costillar a otro. De pronto comprendí lo que podría pasar conmigo, debido al Karma. La culpabilidad de mi vida podría llevarme de mal en peor. Mis actos no habían sido los mejores, sino francamente pésimos. Prefiero no mencionarlos así en público. Pero han creado mi Karma. Mientras esto pensaba y cavilaba, seguía matando moscas a manotazos. De entre las entrañas les salía un mejido amarillento, a veces sangriento.

Pero como todo tiene su clímax y su final, me acabé toda la bolsa de dátiles dulzones y enmielados, más el tarro de nueces, mientras me goteaba el sudor desde la punta de la nariz. En el piso había ya un alfombra de moscas muertas. Ya me lo habían advertido los médicos: El exceso de dulce me acabaría. ¡Dicho y hecho! Sentí un sopor desagradable, un vaho u hedor de acetona, y me quedé dormido. Me di cuenta, aunque tarde, que entraba en el coma diabético. Las moscas se me incorporaban por las orejas, se me aventuraban por la nariz, y se me metían por la boca. ¡Trasmigración! Mi Karma me transformó, poco a poco, en una mosca más. Brahman, Rita, llámese como se quiera.

Ahora estoy frente a ti, encima de ti, me asiento sobre tu pecho, camino sobre las hebras de tu cabello, te ando sobre las manos melosas, me fallas con el mata-moscas. Me deslizo sobre la gota de sudor que te cae de la nariz a la boca. Vuelo y revuelo a tu alrededor. Me trepo por el vidrio de la ventana. Te veo pálido y mugroso. Te apestan los pies. Pronto te vas a morir y serás, de nosotras, una mosca más.

LEGADO DEL VETERANO

Tarde soleada. La fronda de los árboles parecía monedas de plata sobre un paño verde. Se escuchaba su lenguaje de susurros y suspiros. Sobre el agua de los lagos, el cielo y las nubes jugaban al pastor con sus ovejas. Los prados reverdecían en la lujuria del verano. Fui a una venta de antigüedades en una vieja mansión. En el corral se veía un caballo castaño reflejando el sol sobre su lomo y un pony enano exhibir sus níveas crines de palomino. Sus ojos inteligentes nos estudiaban, sorprendido de ver visitantes en su existencia aislada y apacible. La dueña de la mansión era una mujer joven, pero prematuramente envejecida, con el cabello largo, desgreñado y marchito. En el interior de la casa se habían puesto a la venta unos cuadros de la Virgen María, muy copias de Rafael. Acaso uno de ellos era su dibujo original o apenas un impreso de los muy numerosos de su obra. ¿Quién sabe? El cuento conocido de cómo comprar con poco dinero, una fortuna de millones. Pero como siempre, yo paso de largo la oportunidad de la vida y me fijo en unas pinturas de caballos que cuelgan de las umbrosas paredes. Pregunto a la dueña si me los vende. Me responde que siendo caballista y jinete, no quiere vender esos cuadros ingleses del siglo XVIII. Un perro amarillo, algo anciano, a juzgar por su hocico blanquecino, yace sobre una banca de cuero y un gato birmano que semeja una bola de canas, se revuelca en un sillón.

-“¿Le gusta el adiestramiento de caballos?” – le pregunto a la dama mustia y ojerosa, que, en su cansina sonrisa, muestra un diente ennegrecido, junto a otro opaco – “Monto bien – me asegura – Mi caballo castaño tiene quince años y me obedece tal si me leyera el pensamiento, pero no me atrevo a competir. Mi madre está senilmente loca y debo internarla. Vendo mi mansión y quiero irme a vivir con mis animales en una casa móvil al medio del campo. Mi padre murió como soldado en la guerra de Vietnam y hemos caído en la pobreza. Pienso escribirle al Presidente Bush y contarle nuestra mala fortuna.” “Si - le respondo - los veteranos de esa guerra han sido tratados como parias por su ingrato pueblo.” Podría ser mi hija, pienso. Y yo haber muerto en Vietnam. Yo tenía la edad de los combatientes. Lyndon Johnson ordenó el cañoneo del Golfo de Tonkín. MacNamara llevaba cínica cuenta de los muertos de cada día: Body Count!
El “History Channel” probó fehacientemente que el Vicepresidente Johnson mandó a matar a John y a Bob Kennedy para poder ocupar el solio presidencial y al mismo tiempo, evitar la investigación consiguiente por parte de ese Fiscal General de los Estados Unidos. Aquí está la hija del veterano, con su madre loca, sus bestias viejas, su dentadura caduca y su futuro negro. Podría ser sana y hermosa. Los caballos en los cuadros podrían ser de Stubbs, el gran pintor Inglés, y los retratos de la Virgen y el Niño, pinturas originales de Rafael. Kennedy acaso estaría aun vivo, el soldado veterano ya rico de especular en Wall Street y su mujer sana todavía, por no haber sufrido tanto. Todo podría ser al revés, pero cae el sol, los árboles se llenan de sombras, los prados deslucen, no compro nada, y a mis espaldas se teje la desgracia. El caballo castaño, el pony palomino, la joven envejecida, la vieja loca, el perro amarillo y el gato canoso morirán y se sumirán en el olvido.

ÚLTIMOS DÍAS DEL HARÉN

El Jeque estaba ya muy anciano y sus cuatro legítimas esposas, aunque menos viejas que él, también eran bastante entradas en años. Cuatro veces en su vida, en ciclos de cuatro lustros, había visto morir sus caballos reproductores, con sendas yeguadas de cuatro hembras, por eso él sabía que tenía bastante más que ochenta años. ¡Cuánto había galopado sobre las arenas del desierto! El recuerdo de su primer corcel, el moro vinoso, le remontaba al palacio de su padre, donde las paredes de cal estaban cubiertas de verdes parras en primavera. En otoño, las uvas negras, en racimos, decoraban la espléndida viñeta. Él, desde su caballo, las alcanzaba con la mano y se las comía con deleite.

Ahora, trémulo y contrahecho, jorobado y canoso, recibía de sus cuatro esposas las uvas en la boca. Pero entonces, cuando joven, el desierto era su campo de batalla, su retiro espiritual, su inmenso misterio en las tempestades de arena, su placer cuando llegaba al oasis a beber agua de menta y a gustar el dulzor de los dátiles. Con el segundo corcel, un alazán tostado, había lanceado leones, que aún se daban más allá de la frontera. Ahora, al tiempo del cuarto caballo, ya todo el harén estaba cercano de la muerte. Los besos se habían tornado en una caricia absurda. Su rostro seco, decrépitamente barbado, enjuto, era un pedazo del mero desierto, cetrino y huequeado por cicatrices. Farah, la Favorita, su primera esposa, ya no dejaba su camastro repleto de cojines de seda. Sus manos ateridas por el frío nocturno, estaban tumefactas por la artritis, temblorosas e incapaces de asir la tasa de porcelana azul, donde le servían la menta.

Esa bellísima mujer de ojos tan verdes como las banderas del Islam, ahora se veía marchita, tal que una caduca y mustia flor. Desde el jardín entraba el aroma penetrante de la menta. Eso nunca había cambiado. La sequía sólo acentuaba el perfume de la menta que crecía profusamente por el prado, sin nadie tener nunca que sembrarla. Recordaba que su tercer caballo fue morcillo. Su color de sangre coagulada coincidió con los tiempos de guerra, y sus oscuros ojos estrellados, tenían brillos sorprendentes, viendo morir sus enemigos.

Entonces el jeque mató muchos, con la cimitarra a la pasada de su caballo, o recostado en la arena, con su fusil decorado con incrustaciones de plata y marfil. Si, ahí está, suspendido con correas de la lona de la tienda, y no le ha pasado un día. Las armas no envejecen, están siempre listas para matar. Pero los dedos del jeque ya no son los mismos, ni sus manos, antes cuadradas y fuertes de sostener las riendas y las armas. Ahora él, las ve alargadas, tontamente escuálidas, con uñas demasiado gruesas, aguzadas como zarpas de bestia y que ya no tienen la forma de media luna. Esto es la vejez. –“Las mujeres conversan en el harén, no quieren verme.” – piensa el jeque en su aposento, una carpa en medio del jardín. Nunca gustó vivir detrás de muros, amaba los caprichos del viento en las recias telas de su carpa. La noche era más profunda y silenciosa en la tienda de campaña. Ahí dormía también éste, su último caballo, que fuera moro y ahora se había vuelto rucio, casi blanco como la nieve. Siempre ensillado, de noche se le oye piafar y sus cascos producen un cierto murmullo al hollar la arena. Y las monturas huelen también a miel, como el caballo. El jeque ahora apenas lo podía montar. Tenía que enarbolarse en la montura en penuria por la edad. Ya en la silla, se sentía bien y podía galopar. La arena apagaba el golpe de los cascos y se podía atravesar el desierto en silencio. Así había corrido a caballo, buscando novias para su harén, de oasis en oasis, hasta reunir las cuatro que da la ley. Nunca vistas antes de la noche de bodas, una verdadera revelación. ¡Cuánto amor! ¡Cuántos amores! Se celaban entre ellas, se odiaban, hasta que terminaban queriéndose, y ahora apenas desean que vaya a verlas, tan contentas están entre si, jugando a la baraja, chacoteando, comiendo mandarinas, escupiendo las pepas sobre las alfombras ricas en arabescos. ¡Cómo las amé y con qué frecuencia!- recuerda el jeque – Ellas con sus labios carnosos y babeantes, sus tibias manos, sus blancos muslos “la mitad llenos de lumbre, la mitad, llenos de frío” como dice el poeta granadino – Si, Granada, el reino que nos quitaron, cerca del agua y las montañas azules! El jeque se siente muy sólo, la puerta chapada del harén está cerrada, y aunque llama golpeando con el mango de su puñal, nadie abre. Regresa con paso incierto a su carpa abanderada y ondulante por el viento, camina hasta estar a mano su caballo y acaricia el lúcido pescuezo de madreperla. – ¡Potro de Nácar! – le dice. Agarrando de la montura con ambas manos, logra poner el pie en el estribo de bronce, se iza y atina estar parado, mientras el caballo se afirma en el suelo, esperando que él se siente a la jineta, pero el jeque se dobla sobre la montura y exhala un último suspiro.

Al día siguiente encuentran al caballo inmóvil, con su jinete muerto, cruzado sobre el lomo. Las cuatro viejas no le lloran, se pasan ese día de duelo chupando pistachos y comiendo mandarinas. Se quieren mucho entre ellas y al perecer, el jeque no les hace mucha falta. En lugar de menta, toman café. El jeque termina enterrado en un arenal del desierto. Los criados desensillan al caballo y la carpa se torna en pesebrera, de sus días, hasta el fin.

SABIOMAESTRO EN STONEHENGE

Este iba a ser el día más largo del verano. La luz de la aurora anunciaba la próxima aparición del sol. En vista de eso, los cazadores clavaron una estaca en el suelo, y desde ahí, jalaron una veta de cuero a cincuenta pasos de distancia y con un pincho atado a ella, trazaron un círculo en el suelo. Tan pronto el astro rey salió, ellos marcaron el punto de su surgimiento sobre el círculo y en ese mismo lugar enterraron una brillantísima piedra. El círculo aquel había de convertirse en el reloj del tiempo, el oráculo de las estaciones y la medida del porvenir.

Aquellos cazadores provenían del continente europeo, y uno de ellos venía de Egipto. A este hombre sus compañeros lo llamábamos “Sabiomaestro”, pues él sabía los secretos de los números y los signos que permitían leer. También le admirábamos por su precioso arco y perfectas flechas. Nosotros todos éramos oriundos de lugares distintos, pero estábamos unidos por nuestro común propósito de cazar y alimentar nuestras mujeres e hijos, que nos seguían a todas partes, nos ayudaban en la matanza de las grandes bestias y en sacarles provecho. Cazábamos ciervos, jabalís y reses salvajes. Les flechábamos el cuello, o los degollábamos con nuestros sables de cobre. Primero los sangrábamos y bebíamos su cruento zumo en vasos de barro cocido. Después los pelábamos con esmero, sin lastimarles las carnes. Había que separar el cuero a golpe de mano limpia. Sólo la cabeza y las patas quedaban con piel, todo ese cuero lo desprendíamos con mucho cuidado, dejando el cuerpo desnudo de la bestia. El cuero es nuestro vestido. Las mujeres con finas raspas de obsidiana o yesca limpiaban la piel y la suavizaban antes que se secase. La engrasaban y cortaban para fabricarnos nuestros abrigos para todos. Los toros daban de vestir a los hombres; las vacas y terneros, a las mujeres y niños. La piel de los ciervos y gamas la usábamos para zamarros y calzones. El cuero de los jabalís era bueno para hacer botas, sandalias y bolsos. Ciertas hojas y tallos nos daban su jugo para suavizar el cuero.

Cada día había que abatir una bestia para darnos que comer. El hígado y los pulmones, que eran lo más suave, se los ofrecíamos a los viejos, ya desdentados, y a los niños. Los lomos, las ancas y el costillar, asados a fuego lento, eran la comida para todos, hombres y mujeres. Los huesos se guardaban para tallarlos y convertirlos en cuchillos, agujas, mazas y otros instrumentos. Nada se botaba, ni se desperdiciaba.

La cacería demandaba la cooperación de todos. Tambores, trampas, maromas y encierros teníamos listos para rodear y arriar las manadas, de modo que nadie tuviera que quedar herido o caer muerto por el furor defensivo de los animales. Nos ayudaban nuestras jaurías de perros. La más grande bestia es el uro, que mide a la cruz más alto que un hombre. Ya les contaré yo lo que aconteció cuando cazábamos este enorme y monstruoso toro de filuda cornamenta.
Pero hablemos más bien del gran círculo. Sabiomaestro quería capturar el tiempo intangible, que pasa como un río. Nunca el tiempo se detenía y el clima cambiaba de verano a invierno. Nosotros no atinábamos a saber cuándo, o en qué punto del tiempo estábamos. Muchas veces nos sorprendieron las nevadas, las heladas, o también las tormentas de rayos del fin del verano que nos tomaban desapercibidos. Pero Sabiomaestro nos ofreció ponerle coto al tiempo. Nos planteó que el sabía cuantas semanas tiene el año y nos ordenó plantar cincuenta y seis troncos a lo largo del perímetro de nuestro círculo, que él nos aseguro que contaba 314 pasos. Y así era. El sabía de memoria el número de pasos de nuestro perímetro sin que ni él, ni nadie los hubiera contado. Él les llamaba metros y tenía una vara con que los medía. Sí, él era un sabio egipcio sin duda alguna. Y, además: ¡Qué gran cazador era él! Templaba la cuerda de su arco, doblándolo primero entre sus piernas y engarzando la cuerda con velocidad y destreza. En su precisión con el arco nos aventajaba a todos. Había puesto una aguja de cobre sobre su arco, a guisa de mira, y nunca fallaba cuando disparaba su flecha contra el cuello de alguna bestia, perforándole la arteria por donde fluye a raudales la sangre de la vida, y tan pronto hería al animal, éste se desplomaba muerto. Sabiomaestro era muy oscuro de piel, sus ojos tenían las pupilas negras brillantes y la manzana del ojo blanca y luciente como madreperla. Nosotros, en cambio, éramos todos blancos, aunque dorados por el sol. Sabiomaestro tenía una cabellera azabache muy larga que solía trenzar en una soga, con la que a veces ataba el tamo que llevaba para alimentar a las bestias cautivas. Nosotros éramos casi todos rubios y nuestro cabello se veía fino y ralo, comparado con la negra melena de Sabiomaestro.

También está entre nosotros otro hombre moreno que proviene de las orillas del mar eterno sin retorno. Él sabe de los metales, del cobre y del estaño. Puede hacer espadas y cuchillos. Él atina a manejar ígneos fluidos y los mezcla, enfría y martilla hasta tornarlos en espadas, sables y cuchillos. También forma muñecos y animalitos para que jueguen los niños, o retrata a las mujeres en estatuillas graciosas que todos veneramos. Le llamamos Manfuego y es el segundo en comando de nuestra tribu.

Sabiomaestro nos había pedido que plantásemos en profundos hoyos, a lo largo del perímetro, cincuenta y seis troncos de árbol, tantos como él dice que hay semanas de seis y medio días, para ajustar 364 días en el año. Después, él ha consagrado una joven virgen para que ponga un gran vaso de flores sobre el tronco de la semana que corre, para que todos sepamos las transcurridas y las por venir durante el resto del año. Así nos damos cuenta clara del paso del tiempo y de las estaciones. Ya podemos prevenirnos del cercano invierno, cuando vemos que las flores se alejan de la marca del solsticio de verano, o las coloridas hojas del otoño en el vaso, nos anuncian el advenimiento de los grandes fríos.

Ahí fue cuando Sabiomaestro nos indicó el día más corto del año y señaló en el círculo, el lugar por donde se había ocultado el sol en el solsticio de invierno. También nos ilusionábamos entonces con el anuncio de la primavera, cuando la tierna sacerdotisa ponía el vaso vacío de flores en el tronco de la esperanza, en expectativa de la primera floración.

Todos amamos nuestro círculo del tiempo. Construimos con piedra caliza un terraplén a lo largo del perímetro, a manera de muro defensivo, con un pozo de cada lado, y así podemos acorralar mejor nuestras bestias y matarlas cuando nos lo mandan el hambre y la necesidad. Les traemos heno a las bestias y las arriamos hasta el río para que beban agua. La virgen sacerdotisa con el paso del tiempo es ya una bella mujer obesa de la que Manfuego ha hecho, como retrato, una figurita gorda que va de mano en mano. Éste nervudo hombre de la fragua dice que él puede medir el tiempo de otro modo, siguiendo el paso de la luna. El cuenta doce lunas en el año, una cada treinta días. Es un año redondo, pues, según él, la luna gira alrededor de la tierra como una piedra atada a un cuerda y puesta a circular, volando. Por eso nos ha pedido que plantemos treinta rocas puntiagudas en círculo, y en total, tres círculos de treinta rocas para significar las estaciones que son, cada una, de tres lunas. Pero Sabiomaestro se ríe y dice que los tiempos de la luna y los del sol tienen que coincidir y ser iguales y que el año en ambos sistemas debe dar trescientos sesenta y cuatro días, más uno de redondeo final. Por eso hemos tenido que levantar los cinco portones de piedra que simbolizan esos cinco días con los que se hermanan las cuentas del tiempo del sol y la luna, en la mera mitad de Stonehenge, como hemos dado en llamar a este templo del saber. Las semanas y los meses nos dan ahora el mismo resultado total de días de año, pero muchos de nosotros prefieren llevar las cuentas por semanas, como al principio. Hemos traído tantas rocas gigantes de muy lejos, y nuestro lugar santo es un monumento al que amamos y nos sirve de mucho. El tiempo es la vida, y la vida es el tiempo perdido y el porvenir. Los niños aprenden la teoría del tiempo y con ello viven a conciencia la fugacidad de nuestra estadía en este mundo y nuestra dependencia de los dos grandes astros, que rigen nuestra existencia, el Sol y la Luna.

Las mujeres creen que saber medir el tiempo es esencial para la supervivencia de todos. Ellas mismas se dicen relojes del tiempo, pues saben que la gestación de un hijo dura lo que tres estaciones de tres lunas. Ellas dependen mucho de la gran esfera de la noche. Manfuego es muy lunático también, y prefiere medir el tiempo por sus meses o lunas. Los dos jefes del tiempo, Sabiomaestro y Manfuego suelen debatir mirando a las estrellas y dicen que esa es una fronda que contiene la sabiduría. Una vez que nuestro templo circular fue completado, lo teníamos siempre en la mente como tal, pero fuimos usando este gran encierro como magno corral para los animales que rodeábamos en nuestras cacerías y los espantábamos y arriábamos con tanta habilidad que se metían solos por el portón abierto y los encerrábamos en este laberinto sagrado. Pero muchas veces pasaron sucesos extraordinarios que cambiaron el curso de la vida de nuestra tribu de cazadores.

Un día, rodeamos y metimos en el encierro toda una piara de uros. Había de todo, toros, vacas, vaquillas, erales, novillos y terneros. Las bestias correteaban por el lugar, embistiendo los troncos de las semanas y hasta punteando contra los dinteles monumentales. Nosotros nos protegíamos detrás de las barreras de roca, evitando ser corneados. Sabiomaestro estaba para entonces ya bastante envejecido. Veinte años habían pasado en la cuenta que llevaba la sacerdotisa gorda, desde que él nos pidió plantar los troncos que representaban las semanas del tiempo. Como siempre, él se había subido a lo alto de uno de los pétreos portones centrales. Su famosa trenza se había tornado canosa y gris, al igual que el vello de su cobrizo pecho. Escogió desde su mirador al toro que habríamos de sacrificar en este día. Fijó la flecha en la cuerda de su arco, lo estiró con elegancia, puso su mira de cobre contra el cuello del rojizo animal y disparó. La flecha se clavó y sangre manó abundante. El toro embistió contra una de las rocas que sustentaban el dintel y cayó postrado sobre sus patas delanteras, herido de muerte. Sabiomaestro bajó la escalera y se acercó al uro sangrante. Todos nosotros dimos grandes gritos y aporreamos bombos y tambores para ahuyentar al resto de la manada, que se alejó. El toro herido, para nuestra sorpresa, se levantó de nuevo y embistió contra el egipcio y le tajó el vientre, sacándole las entrañas. Llegamos todos a salvarlo y logramos retirarlo, mientras el bravo toro moría. Lo llevamos tras de una de las grandes piedras, donde la sacerdotisa le metió de vuelta las tripas a su lugar y le cosió la herida. Le dimos agua y sangre de beber y para nuestra alegría no se murió como hubiésemos temido. Él pidió a Manfuego que asumiera mando y gobierno de la tribu y fue retirado a su carpa en la esperanza de convalecer. Las mujeres le alimentaron con miel y leche y estuvo tendido en su lecho por muchos meses. Manfuego cambió el orden del tiempo. Ordenó sacar los troncos semanales y dispuso que se llevara la cuenta del tiempo por lunas. La sacerdotisa del florero se convirtió en su esposa y tuvieron muchos hijos. Un día, Sabiomaestro, repuesto ya de su gran herida, se marchó hacia la mar y pidió a los remeros que le pasaran el canal a las playas del continente. Ahí encontró y compró a cambio de sus grandes aretes de oro y de sus áureos anillos, un carro de ruedas de madera tirado por dos caballos en el que se puso en camino hacia Egipto. Se cuenta que ahora vive en un templo a orillas del Nilo.

Nosotros hemos seguido con nuestra existencia de cazadores. Cada año hay menos uros en la llanura y, en los bosques, hasta los osos están desapareciendo. Las mujeres plantan trigo para suplir la escasez de alimento. Hay guerra entre bandas de cazadores por ganar territorio.

Hemos enterrado a muchos compañeros muertos en batalla. Stonehenge parece una necrópolis y se ha tornado en un fuerte de rocas. Nos hace mucha falta el sabio maestro. Nadie tiene su puntería con el arco y las flechas. La sacerdotisa obesa está encaneciendo y sus hijos son ya jóvenes. Muchos de nosotros, que estamos de pronto desdentados y comiendo hígados, creemos que se acerca el fin de los tiempos...


Volver a Relatos Breves...



        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online