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Setecientos Años buscando al Autor del Amadís


Santiago Sevilla

sevillagloor@yahoo.com

Son siete siglos que los lectores del Amadís de Gaula han buscado a su autor.
A falta del verdadero, hemos tenido que bastarnos con el usurpador de la famosa obra, Don Garcí Rodríguez de Montalvo, que tuvo la sobervia de decir que había corregido
“estos tres libros de Amadís, que por falta de los malos escriptores, o componedores, muy corruptos y viciosos se leían...” La verdad es que se han encontrados algunas páginas de la obra original que data de las postrimerías del siglo XIII y no es verdad que hayan estado ni corruptos, ni viciosos esos tres libros, mas sólo arcaicos, sin que esa antigüedad del castellano sea despreciable, sino más bien admirable por su verosimilitud y elegancia. Presento una página de esos que parecen códices, donde se puede leer el prístino Amadís:

Este texto es parte del Tercer Libro, en su capítulo LXVIII y trata de la gran batalla del rey Lisuarte contra el rey Arávigo. Al salvarse estas páginas, se ha podido hilvanar una narración que nos permite leer y juzgar el Amadís original, disfrutándolo. A continuación presento esa parte del primer Amadís:

Amadís de Gaula Libro Tercero Capítulo LXVIII
Manuscrito Original publicado por el ilustre Don Antonio Rodríguez Moñino:

“Cuando Amadís oyó descir que era vençido el rey Lisuarte non le plugo e dixo contra don Florestán, que ya avía cavalgado: -“Qué es esto o por qué brama así aquella gente astrosa?” Et Don Florestán le dixo: -“Buen señor, ¿non vedes los dos más fuertes cavalleros que pueden ser nin que más endiabladamente fieren de espada? Cada uno de ellos por do van vencen et estragan quanto pueden et fallan, et aún oy en este día niguno dellos nunca paresçió en esta vatalla, et folgados llegan et malamente fazen tomar canpo a los del rey Arávigo.” Et Amadís alçó la cabeça, et vio venir contra aquella parte do él estava a Brontaxar, et venía feriendo et derribando cavalleros de su espada; et cuando él dexava el ferir de la espada, tan bravamente tomava a manos de los braços, que no fallava cavallero que non derribase de la silla; et traía el espada prendida por una cadena de fierro por el braço, et cuando quería travar a manos, dexávala, et después covrávala cuando quería, et con ella fería et todos le dexaban el campo por do iva et alongávase del. ¡Santamaría val! –dixo Amadís-¿qué puede ser esto? Et dixo muy paso entre sí: -“Oriana mi buena señora, menester es que vos menbredes de mi, que me ayude en mi honra la vuestra buena et sabrosa menbrança, que me siempre acorrió et adelantó los mis fechos. Dios poderoso, el vuestro buen acorro me dé hoy poder porque sé de aquí no prospera tan buen rey como vuestro padre et la tierra que ha de ser vuestra, cuando a Dios ploguiere, mi buena señora, que yo, el vuestro leal serviente, et cuántos omnes buenos se podrían perder.”

Entonçe se enderesçó todo en la silla et tomó la cabeça del cavallo contra do vio a Brontaxar d’Anpanya, et dixo contra don Florestán: -“Aguardad bien a nuestro padre.”

Cómo Amadís derribó a Brontaxar de Campania et le metió la lanza en los pechos
Aquella ora que lo vio Brontaxar enderesçar contra si dexó colgar la espada dela cadena et tomó una lanza muy buena de su escudero que le aguardava que la traya et dixo a una bos alta et espantable Agora veredes fermoso golpe de la lança si me osare atender aquel cavallo que se me enderesçó contra my Estonce metió la lanza so el sobaco et dexó correr el cavallo contra el et firieronse de las lanzas en los escudos tan cruamente que luego fueron falsados y las lanças quebradas y ellos se toparon de los cuerpos de los cavallos uno con otro tan fuertemente que a cada uno le semejó que en una peña dura topara. Y Brontaxar fue tan desvanecido de la cabeça, que no se pudo tener en el cavallo y cayó en el suelo como si fuesse muerto, y con la gran pesadumbre suya dio todo el cuerpo sobre el un pie y quebró la pierna cabe él, y levó un trozo de la lança metido por el escudo maguer fuerte era. El cavallo de Amadís se fiço atrás bien dos braçadas y estovo por caer. Y Amadís fue tan desacordado, que le no pudo dar las espuelas ni poner mano a la spada para se defender de los que le ferían. Pero el rey Perión, que ya era a cavallo, y vio el gran cavallero y el encuentro que Amadís le diera tan fuerte, fue muy espantado, y dixo:
-Señor Dios, guarda aquel cavallero. Agora, hijo Florestán, acorrámosle. “

La parte en letra cursiva corresponde al folio que he insertado como ilustración.

Esta historia que leemos contiene mucha información sobre el autor del Amadís, pues más que una invención o fantasía puramente literaria, es la relación de una batalla con detalles de inusitada verosimilitud. Brontaxar maneja la espada con una cadena que le permite dejar colgar del brazo o recobrar la espada de acuerdo a su deseo de usar las manos para desmontar a sus enemigos. Esto es muy practicado y aplicado en el deporte del polo, donde el taco o chueca se lo empuña para golpear la bocha, pero asimismo cuando se quiere emplear la mano para tirar con fuerza de las riendas si el caballo se desboca, o para arreglar los arneses, o ajustar la cincha, o dar la mano al contendor caballerosamente al fin del juego, se deja colgar el taco suspendido de la muñeca derecha por una fuerte cinta de tela, que deja recobrarlo a gusto del jinete. Y eso de desmontar al contrario con la mano, es también posible y yo mismo lo he sufrido en carne propia. En un partido de polo, jugando yo de defensor, arrimé y saqué a mi contendor y atacante magnífico, Don Oswaldo Alzamora, algunas veces con mi caballo, evitando que goleara y como él era persona de gran buen humor, en lugar de enojarse, prefirió jugarme esta mala pasada: Me agarró con la mano izquierda del cinturón por la espalda, mientras galopábamos y de un tirón me sacó de la silla, y en tanto que mi caballo huía, él me tuvo en vilo al tiempo que los espectadores se reían estrepitosamente de verme en tal apuro. Cabalgó mi fuerte amigo y me volvió a poner en la silla ante la sorpresa de todos. Esto cuento yo por corroborar la veracidad de la narración del Amadís original. El choque entre ambos caballos es igualmente verosímil. Justamente para evitar la colisión en las justas, se estableció la palestra, una pared de madera separatoria entre los caballos, para que los caballeros pudieran romper lanzas sin colisionar o pechar frontalmente, como Amadís contra Brontaxar. De este capítulo podemos concluir que quien lo escribió, estaba contándonos experiencias propias de combate, lo que él mismo vio y sufrió, verdaderas reminiscencias de un pasado rico en batallas. Vuelvo en este punto a plantear mi convicción de que el autor del Amadís es el hombre que vivió las aventuras de Amadís primero en Inglaterra en la corte de Eduardo I y siguiendo la misma peregrinación caballeresca, llegó a las playas del mediterráneo y combatió en dos grandes batallas, las de Benevento y Tagliacozzo. Este escritor, poeta, guerrero y estadista fue Don Enrique de Castilla.

En la batalla de Tagliacozzo comandó uno de los haces o divisiones de Conradino de Hohenstaufen y fue derrotado. La batalla más perecida a ésta de Amadís contra el rey Arávigo, es la de Benevento, librada el 26 de Febrero de 1266, donde hubo un río y un puente de por medio, el río Calore, que fue el centro de la discordia y la razón del triunfo para Charles d’Anjou y para Don Enrique de Castilla sobre Manfredo rey usurpador de Sicilia, que se confunde con el rey Arávigo por haber tenido él trescientos jinetes sarracenos de su caballería ligera y tres mil arqueros árabes, que en aquella batalla poco o nada lograron hacer. El desempeño de Don Enrique de Castilla corresponde al de Don Brian de Monjaste su alter ego en el Amadís, también hijo del rey de España don Ladasan (Fernando III el Santo):

“Aquellos cavalleros que vos digo fizieron de la gente cinco haces. Y la primera ovo don Brian de Monjaste con mil cavalleros d’España que le aguardavan, que su padre embiara al rey Lisuarte...
Mas a esta sazón eran ya llegados a la vega el rey Perión y sus hijos Amadís y Florestán en sus hermosos cavallos y con las armas de las sierpes..... Y ellos, como vieron que la haz de Brian de Monjaste iva por se juntar con los enemigos, pusieron las spuelas a los cavallos y llegaron cerca de la seña de Brian de Monjaste. Y luego se volvieron contra el rey Targadán, que contra él venía....
Pero a la fin, como los contrarios viesen que no eran más de tres, cargavan ya sobre ellos de todas partes con grandes golpes; assí que fue bien menester el ayuda de don Brian de Monjaste, que llegó luego con sus españoles, que era fuerte gente y bien encavalgada. Y entraron tan rezio por ellos derribando y matando, y ellos también muriendo y cayendo por el suelo, que los de las sierpes fueron socorridos...”
“Agora sabed que los seis reyes y otros grandes señores fizieron aquella noche omenaje al rey Arávigo de le tener en aquella afrenta por mayor y seguir por su mandado....Y luego fizieron passar toda su gente un río que entre ellos y el rey Lisuarte estava.”

El rey de Sicilia, Manfredo de Hohenstaufen fue asistido no sólo por arqueros y jinetes árabes, sino también por caballeros germanos e italianos. La batalla principió en la mañana temprano cuando Manfredo de Hohenstaufen avanzó con su sarracena caballería ligera, por sobre el puente a iniciar escaramuzas. Pusieron en fuga a la infantería de Charles d’Anjou, pero se retrajeron bajo ataque del primer batallón francés. Enseguida atacaron las fuerzas de caballeros germanos de Manfredo cruzando el puente. Los franceses de Charles d’Anjou descubrieron que las armaduras de hojas de acero de los alemanes tenían brechas en los sobacos y les ganaron cruentamente el campo. El vaivén de las tropas de Manfredo rey de Sicilia sobre aquel puente sobre el río Calore, le arruinó la suerte de la batalla y él mismo murió en la refriega. Asimismo lo describe míticamente el “Amadís de Gaula”:

“Assí que tantos derribaron de los contrarios, y tanto los estrecharon y pusieron en pavor, que lo no pudiendo sufrir y aviendo visto el rey arávigo ir fuyendo ferido, desamparando el campo, se metieron en fuída, trabajando de se acoger a las barcas, y otros a las sierras, que cerca tenían, mas el rey Lisuarte y los suyos los ivan feriendo y matando muy cruelmente, y los de las armas de las sierpes delante todos, que los no dexaban. Y todos los más se acogían a una fusta con el rey Arávigo y a las otras que podían alcançar, mas muchos murieron en el agua, y otros presos.”

La otra Batalla de Tagliacozzo se peleó el 23 de Agosto de 1268 entre el ejército de Charles d’Anjou por un lado, y las fuerzas de Conradino de Hohenstaufen, Duque de Suabia, unas huestes políglotas de combatientes italianos, romanos, árabes, alemanes y españoles, estos bajo el mando de Don Enrique de Castilla que se había cambiado de bando por respaldar al legítimo heredero de los Hohenstaufen, Conradino, pariente cercano de su madre Doña Beatriz de Suabia.
Asimismo los describe el Amadís: “El escudero volvió otro día tarde, y dixoles que la gente de los Reyes no tenía número y que entre ellos havía muy estraños hombres y de lenguajes desvariados...”

Después de mucho maniobrar, el ejército invasor de Conradino se enfrentó con las fuerzas de Charles d’Anjou en las afueras de la villa de Tagliacozzo. Ambos ejércitos se partieron en tres divisiones. La primera división de Conradino estaba capitaneada por Don Enrique de Castilla y se componía de caballeros españoles e italianos. La segunda división estuvo comandada por el gran capitán Don Galvano Lancia, y se componía de caballeros alemanes y una mayoría de caballeros italianos. Conradino comandaba la tercera división compuesta por caballeros teutones, entre ellos Federico I, marqués de Baden. Charles d’Anjou encabezaba una división de caballeros provenzales, otra de caballeros franceses bajo Henry de Cousances y una escondida división de caballeros franceses veteranos bajo el conde de Saint-Valery, famoso cruzado. Cuando Don Enrique tenía ganada la batalla, de pronto aquella división de veteranos guerreros franceses que había estado escondida detrás de una colina, cargó contra los que se creían triunfantes y los destrozó. Esta derrota puso a Conradino a merced de Charles d’Anjou que lo hizo degollar y a Don Enrique, que se refundió en el Convento de San Salvatore, lo que le salvó la vida, aunque quedó preso por treinta años, tiempo en que escribió el “Amadís”.

La historia de la búsqueda del autor del Amadís nos indica que siempre los sabios en esta materia, por muy serios científicos que hayan sido, siempre han querido encontrar pruebas documentales, testimonios, referencias indisputables. Por eso las pistas fueron siempre escuálidas y vanas. Pretender que el autor fue un portugués, cuando la obra está solamente en castellano, ha sido un error. Ignorar que los sucesos caen en Inglaterra, Francia, Roma, Grecia, Constantinopla y no buscar alguien que pudiera haber seguido esa ruta como caballero errante en los mismos tiempos del Amadís, es una desorientación o desatino inexplicable. Creer que un libro con datos tan prácticos y detalles tan cercanos a la realidad fuera fruto sólo de la fantasía, y peor aun, una caterva de falsedades despreciables, nos debe sorprender como prueba de santa ingenuidad. Para colmo, espanta que se ha dejado de lado la posibilidad que saliera el autor del Amadís, procedente de la misma famosísima familia de Alfonso el Sabio, de Don Juan Manuel, de la reina de Inglaterra, Doña Leonor de Castilla, esposa de Eduardo I, todos ilustrados que han escrito y fomentado la poesía y la narración, habiendo existido un hermano de Alfonso el Sabio que reunía todos los atributos para ser el autor del Amadís, Don Enrique de Castilla, el Senador de Roma y Regente con la Reina María de Molina. A esto se suma la pista dejada por él mismo, cuando se identifica con don Brian de Monjaste, que es justamente hijo del rey de España, como él.

Fueron doscientos años entre la publicación del primer Amadís y la refacción plagiaria de Don Garcí Rodríguez de Montalvo, mucho plazo en una era de grandes trastornos en Castilla. Recordemos los terribles tiempos del rey Don Pedro el Cruel, del valido y “contino” Don Álvaro de Luna, de los favoritos Don Juan Pacheco Girón y Don Beltrán de la Cueva, quienes, uno tras otro, socavaron las monarquías y sumieron a España entera en el caos, y admitiremos que fue fácil hundir al Amadís en el olvido. ¿Qué hizo Don Garcí Rodríguez de Montalvo con los tres libros que dizque mejoró en nueva edición? ¿Estarán esos cuadernos códices o libros originales del Amadís en alguna oscura librería del Castillo de Medina del Campo, donde pararon todos los reyes de Castilla en algún momento: Pedro I, Juan II, Enrique IV, que los habrán leído sin duda? Creo que al fin de estos interminables setecientos años de buscar al autor original del Amadís de Gaula, lo tenemos por fin a mano y podemos felicitarnos de no haberlo perdido. El es Don Enrique de Castilla y León.

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