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Shakespeare y el Duende del Idioma


Santiago Sevilla

sevillagloor@yahoo.com



Cada soneto de Shakespeare es una revelación. Pero al mismo tiempo, profundiza su misterio. Esos famosísimos ciento cincuenta y cuatro sonetos nos describen confrontaciones del gran poeta inglés con sus espectros. Son poemas totalmente dramáticos, pues principian las más veces con un desafío, una imprecación, una provocación, y son un diálogo, donde Shakespeare habla con un interlocutor callado, pero muy presente.

Casi siempre Shakespeare termina inculpándose a si mismo y poniéndolo todo de cabeza. Son sonetos de un dramaturgo filosofante, de un amante desdeñado, de un loco cuerdo. Pero para entenderlos mejor, cabe ser uno mismo un poco poeta, pues el arte de escribir sonetos obliga a despertar al subconsciente, o al espíritu y duende que mora en el idioma, y que se devela en los caprichos de la rima.

El poeta que escribe un soneto tiene que rimar cuatro veces en los dos primeros cuartetos y tres veces en los dos tercetos subsiguientes. Al rimar, la razón pura se manca y cojea. Es preciso invocar lo dionisiaco para resolver el absurdo de querer parear las terminaciones de las palabras con un sentido superior y acaso sublime. El poeta se encuentra ante la esfinge interrogadora y sólo puede responder por vía de la magia. El subconsciente es quien logra brindar la palabra salvadora, porque es dueño de la inmensidad del idioma. El subconsciente es la magia del poeta. Los fríos críticos, con su talante científico y analítico, son seres apolínicos, que tratan de entender lo inalcanzable para ellos, lo dionisiaco. Por eso que se pueden equivocar en sus opiniones sobre los sonetos de Shakespeare. Sus espectros de él, contra quienes disputa y batalla y ante quienes por tantas veces dase por vencido, son personificaciones, fantasmas de sus desvelos y mostrencos de su locura.

Hay quienes ven en Shakespeare, alguien con apetitos bisexuales, porque expresa su amor por alguien, hombre o mujer, pero las pasiones que expresa el poeta son asexuales y espirituales, desprovistas de carne y hueso. Prueba de esta condición etérea y metafórica de los ensueños de Shakespeare, es el soneto que presento a continuación y que interpreto yo en su traducción al castellano:

Shakespeare Soneto LVI

Sweet love, renew thy force; be it not said
Thy edge should blunter be than appetite,
Which but today by feeding is allay’d,
Tomorrow sharpen’d in his former might.

So, love, be thou; although today thou fill
Thy hungry eyes, even till they wink with fullness,
Tomorrow see again, and do not kill
The spirit of love with a perpetual dullness.

Let this sad int’rim like the ocean be
Which parts the shore, where two contracted new
Come daily to the banks, that, when they see

Return of love, more blest may be the view;
Or call it winter, which being full of care,
Makes summer’s welcome twice more wish’d, more rare.

Traducción interpretativa:

LVI

Tu gran fuerza renueva dulce amor.
No se diga de ti, bronco tu filo,
Que del hambre, el codicioso estilo
Imites, saciando presto tu furor,

Para, al día siguiente, con rencor,
Fea la hambruna, retorne a su rehílo;
Mas no así tú, mantén en vilo,
De tus tan ávidos ojos el fulgor.

Sé cual las olas del anchuroso mar,
Que en dos mareas rehace su bregar:
Amor, que al volver les maravillas,

Inunda con tu espuma las orillas.
Pretende invierno ser, que aunque querido,
Verano ardiente te hunda en el olvido.

Estas imprecaciones, mandatos y súplicas al amor, son metafísicas y con ellas comulga la humanidad entera. Las metáforas son de tan alto coturno, que nos regocijan por sus evocaciones bellísimas. Ciertos críticos ingleses, sorprendidos ante la temeridad de sus metáforas, han llamado a Shakespeare un salvaje. Si, salvajemente sublime!


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