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FILOSOFÍA DEL SONETO


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

Los más grandes poetas de la Historia han escrito sonetos muy bellos: Petrarca en Italiano, Shakespeare, en Inglés. En Castellano, Sor Juana Inés de la Cruz, Don Luis de Góngora yFederico García Lorca.

Aunque la poesía española se escribe con romancera facilidad en versos octosílabos, el Soneto endecasílabo se presta para filosofar.

El arte del Soneto consiste en componer dos cuartetos y dos tercetos, estas estrofas rimadas entre si, pareadas o salteadas. El verso final, llamado EPIFONEMA debe expresar, en una exhalación, la idea fundamental y conclusión filosófica del Soneto. Aquí salta la liebre, pues el Soneto siempre debe plantear una ponencia filosófica, que concluye con esta revolera. El famoso matemático García Vaca me dijo una vez, que la poesía era un desperdicio y yo no pude convencerle de lo contrario, porque sin duda habíamos nacido bajo constelaciones opuestas, pero confío en que buena parte de la humanidad sabe que la poesía es musical filosofía que accede por el corazón. A guisa de experimento, he escrito tres versiones de una misma idea en tres sonetos. El primero, experimental, y fuera de estricta norma, compuesto por versos pareados, plantea la idea filosófica y la resuelve, pero, por burlar las reglas clásicas de la rima, sufre en algo su armonía:

El Árbol de la Vida (1)
Por Santiago Sevilla

Si el tiempo ha de servirnos por medida:
¡Cuán grande es el árbol de la vida!
Nacemos, cuando al árbol, Primavera
reverdece a su mágica manera.

Grande es esa, la metáfora de Dios,
pues las hojas de esmeralda somos nos.
Cronos vuela raudo entre las frondas,
las frutas pone rojas y redondas.

El Otoño, vestido de arreboles,
en cada hoja atesora sus cien soles;
y al rato que el Invierno viene en pos,

a sus hojas nuestro árbol dice adiós.
Cubierta de nieve, la hojarasca
confía en paz, que el verdor renazca...

El segundo Soneto sobre el mismo tema, se ciñe estrictamente a las normas de rima y de inmediato se lee con mayor suavidad y armonía, pero pierde algo de fuerza conceptual, y la conclusión carece de la debida convicción, aunque complace:

El Árbol de la Vida (2)
Por Santiago Sevilla

Si el tiempo ha de servirnos por medida:
¡Cuán grande es el árbol de la vida!
Nacemos cuando al árbol Primavera
reverdece de magnífica manera.

Verano, en breve arremetida,
la leve flor, en fruta convertida,
deleita con dulzor a quien la espera,
tendido en el tapiz de la pradera.

El Otoño, por luz del sol ungido,
al árbol, de oro ha revestido.
Mas cuando llegado haya el invierno,

para las hojas es descanso eterno.
Bajo la leve sábana de nieve,
el verdor, confiamos, se renueve...

En el afán de encontrar la solución, he combinado el primer Soneto más conceptual con el segundo mayormente musical y recién en el tercero creo haber encontrado la apropiada combinación entre la idea y la estética musical que debe imbuir todo poema, sobre todo al Soneto:

El Árbol de la Vida (3)
Por Santiago Sevilla

Nacemos, cuando al árbol, Primavera
reverdece a su mágica manera.
Grandiosa es esta metáfora de Dios,
pues las hojas de esmeralda somos nos.

Al estruendo de faisanes ronca voz,
las mieses del Verano corta la hoz;
deleita la luna a quien la espera,
tendido en el tapiz de la pradera.

El Otoño por la luz ungido,
al árbol, de oro ha revestido.
Mas cuando llegado haya el Invierno,

para nos, hojas, es descanso eterno.
Ya hojarasca bajo sábana de nieve,
clamamos por verdor que se renueve...

Nunca, desde luego, se ha de lograr la perfección que engrandeció a nuestros eximios poetas del Siglo de Oro. Tampoco creo que nadie pueda superar a Petrarca, ni igualar la temeridad de las ideas, ni la virtuosidad del lenguaje del gran Shakespeare en sus múltiples sonetos, pero vale esforzarse y probar, por aquello de que también un gallo ciego a veces pica un trigo. En este espíritu burlón planteo a mis lectores amigos este otro Soneto que es un fúnebre brindis:

Brindis
Por Santiago Sevilla

Caducos y canosos veteranos,
callosas, marchitas nuestras manos,
la llama en nuestros ojos yerta y fría,
morir deberemos algún día.

O acaso la ventura ingeniaría
- pregúntome cual suerte peor sería -
que, cuando ufanos y gozosos vanos,
muramos, estando jóvenes y sanos.

Si a la vera del camino o junto al río,
donde el junco vadéa a su albedrío,
no nos importe lo que nos espera,

muramos pues, como Dios quiera.
Tan si en boga se pone el ataúd,
brindemos por la Muerte: ¡A su salud!

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