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TEATRO CLÁSICO ESCRITO AHORA


Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com

A raíz de Bertold Brecht , el teatro ha dado la espalda a las formas antiguas de escribir y escenificar. Esta influencia, a la par nórdica y marxista, ha dado al traste con la tradición mediterránea del teatro que tiene su origen en Grecia. Brecht convirtió el teatro en un púlpito para sus ideas de lucha de clases, su acendrado marxismo muy de moda entonces como antítesis del fascismo. Él quiso que los espectadores fueran tratados como pupilos y aprendices de la filosofía de Lenín.

El problema de Brecht era la desigualdad social y económica, la ceguera de la clase media y el oprobio del pueblo bajo la clase dominante. El público, para el gran dramaturgo germano , eran unos insulsos a quienes se debía indoctrinar, despertar del letargo con ofensas, acicatear con provocaciones, para que entendieran la necedad imperante y la necesidad de revertir y volcar el orden social hacia el imperio de los trabajadores, artesanos y campesinos. El actor debía burlar su cometido, actuando de manera que el espectador se percatase que el teatro no era la realidad, sino un seminario de política. El fascismo retrógrada que pretendía adoctrinar en el opuesto sentido, dio a Brecht un triunfo fácil, pues los intelectuales del mundo, en Suecia, Noruega, Finlandia, Suiza y Estados Unidos, donde apareció este genio con sus obras, tuvieron que definir su partido en contra del oscurantismo y a favor de progresismo de Brecht . Su teatro experimental tuvo gran éxito, pero al convertirse en dogma, mató la tradición clásica. Nadie quiso volver a escribir teatro clásico. Pero... ¿Qué es el teatro clásico? Si nos regimos por su origen, es el teatro griego de Esquilo, Sófocles, Eurípides. Es la comedia de Aristófanes. Es la fiesta sacra de Dionisos, el dios del ingenio, de la creatividad y la alegría del vino. Es una invitación a enfrentar a los dioses del Olimpo, desde la mortal condición humana. Es teatro en verso, con la presencia del coro, y unos pocos actores que representan al hombre frente a los caprichos de la suerte, de la pasión, y la ignorancia de las fuerzas que rigen el universo. El coro es a la vez la danza, la sociedad o comunidad, y el colectivo inconsciente. El verso es un lenguaje sublimado, el habla de dioses y de héroes, una realidad superior y sublime; es un Más Allá presente, ante los ojos de los espectadores. No es un púlpito, ni un minarete de mezquita, ni un aula donde se lava el cerebro de los espectadores en aras de la lucha de clases. Ya casi nadie quiere escribir ese tipo de teatro. Shakespeare fue el último que lo realizó a su manera sorprendente y maravillosa. El verso, considerado arduo y labrado, contrario al realismo, traba de la palabra libre y espontánea, ha sido marginado. El coro, por ser contrario al ahorro y parsimonia económica de quienes ven el teatro como negocio, ha sido abolido y con él, la sonoridad y espectacularidad de la palabra hablada por muchos al mismo tiempo, una fuerza demoníaca sobrecogedora. Hemos llegado al punto en que hablar de teatro clásico es invocar a más de los dramaturgos griegos, los grandes del Siglo de Oro: Lope de Vega, Calderón de la Barca , Tirso de Molina ...

Creo que ha llegado la hora de nosotros superar los planteamientos de Brecht, sobrios ante el fracaso monumental del Marxismo y avisados de la superación de la lucha de clases, en vista de la vaciedad de lo puramente pecuniario ante los cuestionamientos escatológicos de la existencia humana. El dinero y la riqueza o la pobreza y el hambre, no excluyen al hombre de la desgracia, la desesperación, la soledad. Ricos y pobres sufren de lo que podrían revelarles los augurios de la quiromancia y del Tarot. La guerra, el crimen y la enfermedad no se paran en pelos, ni en rulos, ni en pelucas. Ante el mal, o la perversidad, o la fatalidad, el dinero no salva, ni cura, ni precave. El amor es pródigo con pobres o ricos. La lucha de clases es un evento marginal, ante los caprichos del destino y de la suerte. La Providencia lo sabe mejor que nadie. El teatro clásico debe volver a escribirse para enfrentar estos asuntos existenciales con los recursos inventados por los griegos: el verso, el coro, la máscara y disfraz del personaje arrebatador. El espectador, que somos nosotros mismos, no ha de tratarse como a un grupo de ignaros, a quienes se quiera desasnar con desplantes enajenadores al estilo de Brecht , sino que merece brindársele el más libre albedrío, para disfrutar la obra como quiera, sea filosofando, o dando rienda suelta a sus emociones. El teatro clásico debe incluir en su repertorio obras modernas escritas bajo sus parámetros, en verso, con el coro, y con actores que simbolicen al hombre ante los caprichos del destino. La mojiganga en que ha desembocado mucho de la actual producción teatral, obscena, truculenta y feísta, tendría entonces una válida alternativa para el espectador. Yo he echado manos a la obra y he presentado a través de Liceus El Portal de las Humanidades tres tragedias de la antigüedad, escritas de acuerdo a las normas del teatro griego: “Alejandro Magno”, “Julio César y Cleopatra” y “Juliano el Apóstata”. En todas estas obras aparece el coro proclamando la opinión de la generalidad, sea de ciudadanos, o de soldados, o de mujeres. Todas estas obras están escritas en verso por la sonoridad y magia propia del idioma, que se revela por medio de la métrica y la rima. Dejo como ejemplo del diálogo que surge de esta manera de concebir el teatro clásico y al mismo tiempo moderno, las palabras de Alejandro Magno dirigidas a su madre Olimpia al inicio de la obra:

Alejandro

Madre ¿Juegas con serpientes?
Tal que Gorgona Medusa,
que por cabellos las usa,
desde tu tiara, pendientes,
muéstranme asesinos dientes...
Cual la délfica Sibila,
que víbora lengua afila,
di: ¿Cuáles me trae Destino,
por mi sinuoso camino,
de aventuras, dura fila?

Olimpia

De Persia, conquistador,
los dioses predestinado
te tienen. Inigualado,
nunca habrá nadie mejor,
en el tiempo posterior,
hasta que Cronos fenezca
y el universo amanezca
en nueva recreación.
¡Tú, gloria de tu nación,
hasta que desaparezca! ....

 

La última palabra en este tema la tendrá el espectador, en el gran teatro del mundo.

 

 

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