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LA INFAUSTA MARÍA TUDOR


Santiago Sevilla

sevillagloor@yahoo.com

La desgracia mayor de los otrora afortunados Reyes Católicos fue la malograda suerte de casi todos sus hijos: Isabel, Catalina, Juana, Maria y Juan. Hablemos ahora de Catalina, gran Reina de Inglaterra, primera y única legítima esposa del Rey Enrique VIII, repudiada por él con el argumento vano que hubiese sido primero la prometida de su intempestivamente fallecido hermano Arturo. Rememoremos luego en especial, a la única hija de ambos reyes, heredera legítima de la corona inglesa, María Tudor, la infausta reina, villanamente llamada “Bloody Mary”.

¿Por qué “infausta” y víctima de tan cruel insulto? Pues por heredar de sus abuelos y de su muy virtuosa madre, la Catolicidad. Muerto el ogro estupendo de Enrique VIII, y fenecido también su joven hijo, el rey Eduardo, el pueblo Inglés, que había amado a la reina Catalina, deseó y reclamó que su primera y muy legítima hija, heredara la corona, y así fue por aclamación. De este modo la nieta de los reyes españoles tomó en sus manos el cetro y recibió los sacros óleos reales de Inglaterra. De inmediato, Mary Tudor tuvo el valor de restituir la religión Católica y el poder papal. Con ello desató la persecución contra los Protestantes. Trajo desde su exilio en Roma, al ilustrísimo y muy noble Cardenal Reginald Pole y lo consagró como arzobispo de Canterbury, en lugar del que llevó a la hoguera como hereje, el gran Thomas Cranmer, ilustre teólogo anglicano, que había sido confidente del Rey Enrique VIII, y quien pérfidamente justificó el divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón.

Tras él también fueron condenados por herejía otros doscientos ochenta y tres distinguidos Protestantes que sufrieron muerte en las llamas. Las piras entonces erigidas han dado en llamarse Smithfield Fires, y la Historia ha querido inculpar a la reina Mary, como la sola sanguinaria. No obstante, un estudio más cuidadoso de estas ejecuciones, denota la persecución más como obra papal, que real. La reina no era hermosa, pues en sus retratos se la admira como carantoña, tal que su tristemente célebre padre. Pero debido al nacionalismo Inglés, ella se hizo odiar, más que por fea perseguidora contra los Protestantes, por su indeseado matrimonio con su primo, el Rey de España, Don Felipe II. Ella le amó mucho, y él poco, o nada. En el lecho nupcial, él le acompañó muy brevemente, y junto al lecho de muerte, nada. Impecable, Mary Tudor le guardó amor y lealtad hasta su último suspiro. La Reina Mary Tudor fue la postrera defensora militante de la fe católica en Inglaterra. Vana guerra en todo caso, ésta entre Cristianos, habiendo tantos otros enemigos enconados de la Fe. Para estos tiempos, un siglo atrás, ya había caído Constantinopla en manos de Mahoma II y a poco en 1557, habría de librarse la gran naval batalla de Lepanto, donde murieron decenas de miles y perdió en ella su mano, el capitán Don Miguel de Cervantes.

Poco después escribiría sus primeros dramas William Shakespeare, mostrando que la religión sangra a los pueblos y cómo los buenos de los Ingleses se atrevieron a quemar en la hoguera a la santísima Juana de Arco. Así, cuando en España nos sirvan un “Bloody Mary”, levantemos el vaso rojo de sangre de tomate, pimienta y vodka, y brindemos orgullosos por aquella inglesa de la mejor cuna española, y exclamemos. “¡ María, la sangrienta, a tu salud!

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