|
4º Humanidades
LOS VALIDOS EN LA EUROPA DE LA ÉPOCA MODERNA
Raquel
del Coso
Entre los siglos XVI y XVII, en
el transcurso de unos años, se perfila un importante cambio en la
dirección política de los principales Estados europeos. Monarcas
como Felipe II de Hagsburgo, Isabel I Tudor o Enrique IV de Borbón,
que habían ejercido directamente el poder e impreso un fuerte sello
personal en sus respectivos gobiernos, desaparecen sucedidos por una
generación de soberanos propensa a valerse de ministros
plenipotenciarios. Aunque pudiera parecer que este panorama es el
resultado de la tradicional y periódica alternancia de reyes
dotados de gran capacidad de dirección política y de soberanos más
débiles, subyugados por influyentes favoritos, hay que tener en
cuenta el hecho de que las sucesiones al trono de reyes muy jóvenes,
como en el caso de Felipe III de Hagsburgo, o incluso menores de
edad, como el de Luis XIII de Borbón, constituyeron siempre un
terreno abonado para el desarrollo de estrategias aristocráticas
encaminadas a condicionar y limitar la autonomía del soberano.
No
obstante, hay más razones que nos llevan a considerar que la
aparición del ministro privado constituye un fenómeno inédito,
característico de una fase específica de la evolución del Estado
moderno. Así al menos lo confirma la difusión del modelo por las
principales cortes europeas. No puede ser fortuito, sin embargo la
simultaneidad de personajes como Olivares, Buckingham y Richelieu al
frente de las mayores potencias de la época. Es más, podríamos
decir que durante buena parte del siglo XVII constituye una regla, y
no una excepción, en toda Europa, la entrega de la potestad regia
en manos de un único ministro dando lugar a lo que los franceses
llamarían ministèriat y los españoles valimiento.
Por
otra parte, la figura del ministro del rey, característica de este
siglo, aunque a simple vista pueda conservar ciertos rasgos típicos
de la imagen clásica del favorito (como su dependencia de la relación
amistosa y de confianza mantenida con el soberano), más bien
responde a una exigencia de dirección política de los asuntos
cotidianos y de coordinación de los aparatos burocráticos que el
aumento de funciones y prerrogativas estatales, la convierten en
gravosa y urgente; de esta forma esta figura anticipa y anuncia de
alguna manera, aunque en un contexto que aún no lo permite, la
formación de un sistema ministerial completo, la del primer
ministro del XVIII.
Es
necesario mencionar además, la insólita extensión de los poderes
regios delegados en ministres o validos, esto es, el poder que éstos
están en condiciones de concentrar. El modelo propuesto por el
Duque de Lerma en los primeros años de su privanza, que los
observadores de toda Europa ven como una amenazante alineación de
los más fundamentales atributos de la realeza, se extiende rápidamente.
Así lo testimonian, sobre todo, los embajadores venecianos, como
Gerolamo Soranzo, que en un informe enviado desde la corte del
emperador Matías, emperador de Alemania e hijo de Maximiliano II,
señalaba que Melchor Khlesl, se había convertido en dueño
absoluto de la voluntad del emperador e incluso, superaba el dominio
que en España ejercía el Duque de Lerma y ponía como ejemplo el
hecho de que “su autoridad llega tan lejos que, tras haberse
resuelto y establecido un negocio en el Consejo de Estado, y firmado
incluso por el mismo Emperador, él a su antojo lo altera, lo muda
lo resuelve y, sin consultar con los otros consejeros, se lo hace
firmar de nuevo a César, y hace los despachos”.
Khlesl, un oscuro canónigo
ya a punto de ser cardenal, según este mismo embajador, se había
hecho riquísimo habiendo obtenido más de 40.000 táleros de
ingresos, y había sido hecho obispo de Viena y de Ciudad Nueva.
En otra
crónica de la época realizada por el entonces embajador en Paris,
Ángelo Correr, anotaba la forma en la que Richelieu disponía de
todo soberana y despóticamente. Perteneciente a una influyente
familia aristocrática, este religioso y político francés (París,
1.585-1.642), fue uno de los inspiradores del absolutismo monárquico
en Francia. Con poco más de veinte años había sucedido a su
hermano Alphonse en el obispado de Luçon. En el contexto de las
luchas religiosas entre católicos y protestantes y de las intrigas
de ambos bandos en los estamentos próximos al poder, pronto se
significó como un ambicioso y hábil político. Elegido diputado
del clero ante los Estados Generales en 1.614, trabajó con el
partido “devoto” y se convirtió en uno de los principales
consejeros de María de Médicis, viuda del asesinado Enrique IV y
regente de su hijo Luis XIII. Concini, consejero de la reina, lo
nombró secretario de Estado para la Guerra, y como tal formó parte
del Consejo Real. Tras el asesinato de Concini, ordenado por Luis
XIII a instancias de Albert de Luynes, siguió a la regente al
destierro. Alzada ésta en armas contra su hijo, Richelieu logró hábilmente
que ambos se reconciliaran y firmasen los tratados de Angulema en
1.619 y de Angers al año siguiente. Merced a esta intervención
recibió en 1622 el capelo cardenalicio. En abril de 1624 retornó
al Consejo Real, del cual se convirtió en jefe meses más tarde.
Desde 1.625 asumió la dirección de los asuntos de gobierno obrando
más como rey que como ministro. Según el embajador Correr “ de
ministro no tiene ya sino el nombre y sólo el nombre fáltale
justamente para ser rey, vuelto él sólo director de la guerra y la
paz, distribuidor de la hacienda, dispensador de los cargos de la
Corona y de las dignidades eclesiásticas”.
Richelieu,
cuya fortuna personal había alcanzado dimensiones fabulosas, vivía
según las crónicas de la época con más lujo que el rey,
circundado y protegido por cien guardias de corps, más dos compañías
de hombres de armas y de caballería ligera, así como un regimiento
de infantería de marina. Diez años después las mismas crónicas
dirían de Mazarino, del que había sido mentor, que “él sólo es
el director de todos los negocios del reino”. A la muerte de
Richelieu y la de Luis XIII en 1643, Mazarino, que presidía el
Consejo de la Regencia al ser Luis XIV menor de edad, se hizo cargo
del gobierno de Francia y de la dirección de la Guerra contra España
y el Imperio alemán.
Si
nos alejamos de las interpretaciones clásicas del fenómeno del
valimiento como resultado de un auge de personalidades brillantes
frente al déficit de autoridad en los débiles soberanos, podemos
encontrar una explicación a este fenómeno en el hecho de
encontrarnos en una época en la que se ha producido un
distanciamiento entre las tareas ceremoniales y caballerescas
propias de la realeza, únicas para las que un monarca está
educado, y la dificultad cada vez mayor de coordinar y dirigir la
compleja maquinaria gubernamental. Por tanto, habría que señalar
como una de las causas, la posibilidad de trasladar al ministro
parte de la carga burocrática acumulada sobre los hombros del
monarca, para permitir a éste, dedicar su tiempo a actividades como
ceremonias sagradas, fiestas y viajes, que sólo resultan ociosas si
las observamos con una mirada anacrónica, puesto que constituyen
aspectos fundamentales del ejercicio público, y por tanto, político,
de la soberanía. No obstante esta explicación es insuficiente para
explicar por qué, con el cambio de siglo, se produce una organización
distinta del proceso de toma de decisiones y hay que echar mano de
explicaciones tales como el cambio del clima internacional y el
periodo de relativa paz establecido en Europa antes de la Tregua de
los Doce Años y durante ésta, aunque no tendría mucha base si
tenemos en cuenta el mantenimiento de este fenómeno durante la
posterior Guerra de los Treinta Años.
Otra
explicación podría ser la alteración que se produce en el
delicado equilibrio entre monarquía y aristocracia, en favor de ésta
evidentemente, que se produce por la pérdida de control de gobierno
por los soberanos. Este cambio significaría la transformación más
general de la nobleza terrateniente como clase social, en clase
dirigente política y, el ministro del rey constituiría, en otras
palabras, una especie de caballo de Troya de la aristocracia para la
conquista pacífica de la dirección del Estado. Especialmente en la
parte de Europa donde se produce una especie de refeudalización es,
donde el valimiento representaría el culmen de una ofensiva política
aristocrática encaminada a desviar en beneficio propio los recursos
del Estado.
Uno
de los papeles más importantes que desempeña el valido es el de
dispensador de la gracia soberana. Esta función en lugar de ocupar
un papel secundario representaría uno de sus componentes más
esenciales y fundamental para explicar la consolidación del
privado. El notable incremento del patronazgo regio, insuficiente
empero para satisfacer la enorme presión de la demanda de mercedes,
habría impuesto en efecto la necesidad de interponer un filtro
entre el monarca y la gran masa de pretendientes. Es decir, que el
ministro estaría en mejores condiciones que el soberano en utilizar
y optimizar las potencialidades del patronazgo, orientándolo a un
uso político y exponiéndose en lugar del rey a las tensiones
derivadas de su empleo.
No se
puede hablar sin embargo de este fenómeno sin preguntarse, qué
influencia más general ejerció sobre la nobleza europea, en la
primera década del XVII, el asentamiento y consolidación en la
monarquía española del modelo “aristocrático” de gobierno
propuesto por Lerma. Conforme a la expresión lapidaria y exagerada
del príncipe de Condé, cuando regresa a París desde el exilio en
julio de 1610, apenas dos meses después del asesinato de Enrique
IV: ”la época de los reyes
se acabó, se inicia la de los príncipes y los grandes”.
Poco después, todos los príncipes de la sangre eran admitidos en
un conseil tan numeroso que se presentaba a los ojos de los
contemporáneos como un pequeño parlamento. Se realizaba así en
Francia el principio que Lerma había aplicado ya al Consejo de
Estado y a la distribución de los cargos políticos en la monarquía
española, es decir, el derecho de la alta aristocracia a un papel
preeminente en la dirección política del Estado y en el reparto
del patronazgo.
Dicha
reivindicación, basada en la visión tradicional de un soberano que
reina con el consejo y la ayuda de sus nobles, había debido
enfrentarse, en las últimas décadas del
XVI, con un estilo monárquico, el impuesto por Felipe II,
Enrique IV e Isabel I, muy poco proclive a aceptar vínculos rígidos
de la discrecionalidad soberana a la hora de asignar cargos y de
distribuir mercedes. Estos soberanos por el contrario, habían
gobernado con ayuda de reducidos grupos de consejeros, cuya elección,
dictada por exigencias de eficacia política, estaba desvinculada de
la lógica de representación social que inspiraba las pretensiones
aristocráticas. Confiar a un ministro la directa conducción de los
asuntos de gobierno resultaba, pues, el aspecto crucial de una
transformación más general del ejercicio de la realeza cuyos
efectos resultan visibles.
Al
igual que las opciones de Felipe III contradecían radicalmente las
directrices de fondo del reinado del Rey Prudente, las de María de
Médicis, al margen de la entrega de las riendas del gobierno a
Concini, divergían de la política del desaparecido soberano,
Enrique IV que, declinando el apoyo de la alta nobleza, había
confiado responsabilidades ministeriales sólo a un reducido grupo
de fidelísimos. De forma no muy diversa, la sucesión de Jacobo I
Estuardo en el trono de los Tudor volvía a despertar las esperanzas
de una restauración de los grandes oficios nobles, que en
Inglaterra -igual que en Castilla- se habían vaciado de significado
político en el curso de la segunda mitad del siglo XVI.
Pero
este cambio iba acompañado sobre todo, en muchos casos, por una
ruptura de la lógica que había presidido la remuneración del
servicio regio. Tanto Isabel como Felipe II, habían utilizado con
relativa parsimonia el patronazgo, estableciendo que sus cortesanos
y funcionarios debían servir largo tiempo y fielmente antes de
verse asignada una merced de prestigio. Además en cuarenta y dos años
de reinado solo había nombrado dos marqueses y seis condes,
manteniendo prácticamente estable el número de pares. Su sucesor
Jacobo I, por el contrario, exactamente igual que Felipe III, que
amplió en muy poco tiempo las filas de los titulados, construyéndose
así una fama personal de soberano liberal; el soberano británico
duplicaba así en unos cuantos años el número de pares, triplicaba
el de caballeros, y creaba el baronatage
. La abundancia de títulos, allá donde se producía una venta de
los mismos más o menos enmascarada, respondía naturalmente a las
apremiantes exigencias presupuestarias de unas haciendas regias
exhaustas, endeudadas por un incremento de los gastos (sobre todo en
los militares), superior al de los ingresos y esto explicaba el
conocido fenómeno de la venalidad de los oficios.
La
principal explicación de esta ruptura de las reglas que durante
unas décadas presidieron la defensa de la relativa independencia de
las decisiones de los reyes es, el asentamiento en la Corte de
facciones hegemónicas. Felipe II, consideraba casi un anatema la
conquista del monopolio político por parte de una facción, y a ese
mismo principio se había atenido también la otra rama de los
Austrias en la época de Maximiliano II y de Rodolfo II. De forma
semejante también Isabel tendía a equilibrar a los diversos grupos
que se disputaban el favor soberano, y eso aún cuando su inclinación
personal la empujara a preferir a hombres como Essex. La aparición
del privado o ministériat significaba, en cambio, un total
trastrueque en dicha práctica y la legitimación de la
preponderancia de un solo grupo, cuando no incluso la instauración
de un sistema de facción única.
La
competición cortesana por el control de los recursos de la Corona
debilitaba además las tradicionales agrupaciones de clanes
nobiliarios, provocando una progresiva autonomía de individuos y
grupos con respecto a los antiguos vínculos de pertenencia. El
acceso a la gracia real estaba mediado, en efecto, por un cerrado
enfrentamiento hegemónico que producía un continuo cambio de los
esquemas del patronazgo. En estas condiciones no era difícil ver cómo
los clientes abandonaban a sus protectores en busca de apoyos más
influyentes, o cono se esforzaban por mantener relaciones en
ambientes distintos. En el centro de este campo de fuerzas en pugna
por el poder y la distribución del patronazgo, el soberano estaba
lejos de ser el individuo aislado y omnipotente descrito en
numerosas biografías. La Corte lejos de ser un espacio vacío
dominado por la iniciativa regia, estaba controlada por las
facciones de los privados, al frente de ramificadas clientelas,
divididos por intereses dispares y a veces, hasta por distintos
credos religiosos. Ello obligaba al soberano a una atenta labor de
mediación, encaminada a mantener el equilibrio de un sistema que,
poseía el fundamental mérito de favorecer la integración política:
el auge de la Corte como única sede del poder, del reparto de
mercedes, y de la toma de decisiones certificaba que el conflicto se
ejercería en su interior.
Llegados
a este punto hay que cuestionarse qué efectos produjo la introducción
de la práctica del valimiento: esto es, de qué modo se estructura
la distribución de un patronazgo ya enteramente en manos del
valido; cómo se transforma la clientela del ministro del rey una
vez que está en condiciones de disponer a placer de los recursos de
la Corona; y qué nuevos puntos de referencia, por último, orientan
la pugna entre las facciones en un contexto dominado por un alter
ego del soberano. La distinción entre un rey que reina y un
ministro que gobierna, contribuye a explicar la transformación de
los esquemas de la lucha política. Se destinan ingentes recursos
estatales a reforzar el consenso al régimen. Se emplea un nuevo
tipo de propaganda, tendente a sostener la presencia y la actividad
del valido. Se admite que el ministro del rey puede marginar legítimamente
y, en la medida de lo posible, eliminar del circuito político a sus
adversarios. Más aún, que puede redibujar en beneficio de su facción
la jerarquía de los honores y los estatus.
La
principal consecuencia de todo ello es la formación de un
conglomerado de aliados, parientes y hechuras del ministro que,
gozando del monopolio del poder estatal, se organiza como facción
gubernamental o, según una expresión de la época, en facción
valida. Esto es, una facción que al disponer del control de los
nombramientos, necesario para dar sentido a la acción política, se
beneficia adueñándose de los puntos neurálgicos de la
administración, los que regulan y delimitan el acceso a los
recursos. Y al mismo tiempo se convierte en un ramificado sistema de
clientelas, unificadas por una nueva fe , paralela a la lealtad
debida al monarca, pero profesada al ministro en una estructura de
doble fidelidad. Lógicamente con la aparición de nuevas formas de
clientelismo ministerial van ligados nuevos
fenómenos de corrupción que son, el principal blanco polémico
de todas las críticas a la acción
de gobierno y por tanto el debate sobre ella
es parte esencial de la lucha política. Es más, en
determinados contextos, la crítica de la corrupción constituye el
instrumento legitimador de la oposición a las alternativas
gubernamentales. El sistema de facción única tiende en efecto a
provocar la agrupación de todos los excluidos y la formación de
alineaciones alternativas, toleradas pero apartadas del núcleo del
proceso de toma de decisiones.
Si el
ascenso al poder de Lerma en España, había representado para la
aristocracia europea el símbolo del nacimiento de una época de
renovada asociación en el gobierno del Estado, la difusión de la
práctica del valimiento, tuvo un significado distinto. En Francia,
los príncipes y grandes del reino, tras haberse rebelado más de
una vez contra Concini y haber obtenido notables concesiones políticas
en la época de la regencia, decidían en 1619 oponerse también al
ministro de Luis XIII, Lyunes; motivaba esa decisión el hecho de
que éste no les permitía tener, en los asuntos de gobierno, el
papel del que se creían merecedores, pues los parientes y aliados
del favorito controlaban los consejos. Pocos años después, la
consolidación en el poder de Richelieu, que había identificado su
política con la causa del restablecimiento del poder
real, los forzará de nuevo a la rebelión y a una serie de
repetidas conspiraciones y conjuras. Y el régimen de Olivares irá
evolucionando asimismo de forma muy contraria a las pretensiones y
expectativas de la alta aristocracia castellana.
El
mantenimiento de los privados a lo largo de varias décadas se debió
a las posibilidades que brindaba de reforzar la autoridad real en un
contexto de crecientes dificultades. A los ojos de los soberanos se
presentó en efecto, en cierto momento, como el sistema más idóneo
para imprimir agilidad y eficacia al proceso de decisiones y para
activar fuerzas contundentes en apoyo de las políticas de gobierno.
Hombres como Olivares, surgido como protagonista en la lucha de
facciones aristocráticas que dividía la corte de Felipe III, o
como Richelieu, que había conspirado contra su soberano
contribuyendo a organizar la rebelión de los grandes, se habían
convertido, una vez en el poder, en los más tenaces defensores de
la necesidad de librar al Estado de la presión de las facciones y
de contener el exagerado poder de la aristocracia de alto rango.
No es
de extrañar, por tanto que a pesar de que el sistema de valimiento
se mantuviera a lo largo de varios decenios sea curioso resaltar, la
coincidencia que se produciría en Felipe III, que en su lecho de
muerte se arrepentía de haber entregado el poder a Lerma, y Luis
XIII, que desaparecido Luynes, prometía solemnemente no volver a
tener en el futuro ningún favorito.
BIBLIOGRAFÍA.
-
J.H.Elliot, Richelieu y Olivares, Barcelona 1984
-
Francesco Benigno, La sombra del rey, Madrid 1994
- Tomás
y Valiente, Los validos -
Madrid 1985
-
Manual de Historia Universal H.
16 Tomo S XVI-XVII

|
|