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ANTROPOLOGÍA Y DESARROLLO
ISBN 84-9714-013-3
El desarrollo es uno de los mayores mercados de trabajo para antropólogos. En el presente artículo se tratará la importante contribución de los antropólogos al mismo, pero también su posición extremadamente crítica respecto a la propia noción de desarrollo.
El análisis sociocultural ahorra costes
Gran parte de los proyectos de desarrollo han fracasado históricamente por ignorar las condiciones socioculturales de los supuestos beneficiarios de la ayuda. El antropólogo George M. Foster (Foster 1974) cuenta cómo los esfuerzos del gobierno mexicano por mejorar la salubridad de las aldeas a través de la potabilización de las aguas resultaron durante largo tiempo infructuosos. Realizadas desde la óptica de los ingenieros y siguiendo el modelo de instalación sanitaria urbana occidental, los técnicos planificaron y construyeron una serie de lavaderos en los pueblos para evitar que las aldeanas llevaran la ropa al río en condiciones desfavorables. Cuando los proyectos estuvieron terminados los técnicos comprobaron con sorpresa que las aldeanas, lejos de estar agradecidas, no tenían ningún interés en la innovación. Investigaciones posteriores demostraron que las aldeanas aprovechaban las coladas en el río para comunicarse, intercambiarse noticias de la aldea e informaciones importantes sobre nacimientos, muertes, parcelas en venta, etc. Como resultado los ingenieros modificaron los lavaderos de manera que las aldeanas quedasen unas frente a otras y pudieran seguir con su interacción social.
Desarrollo y prejuicio Este caso ilustra las paradojas del desarrollo cuando sólo es visto desde la óptica técnica y financiera. Como resultado muchas veces los técnicos de desarrollo quedan decepcionados por la "ingratitud" de aquellos a los que han ayudado con su esfuerzo; los califican de "ingratos", "subdesarrollados", "vagos" o "incapaces de entender la modernidad" En España se critican con frecuencia las remodelaciones de barrios de chabolistas "porque se les da pisos a gitanos y ellos se llevan los grifos y los picaportes para venderlos, y
además, suben los burros a la vivienda" (Heitkamp 1997). Este es sólo un ejemplo de intervención en el cuál no se tiene en cuenta la cultura del destinatario: para muchas familias gitanas el comercio con chamarilería usada es una fuente de ingresos, por lo que un picaporte tiene un valor económico y no tiene valor ornamental. En consecuencia se tilda a los gitanos de "ladrones" y "guarros" y "vagos" y se concluye que no merecen pisos. Una política de remodelación socialmente adecuada habría optado por asentar a los gitanos en colonias de casas bajas donde pudieran tener corrales para sus animales, así como mantener su estructura familiar. Y, sobre todo, se habría ocupado de solucionar el problema, a saber, el lugar de los gitanos en el ciclo económico, en lugar de centrarse en el síntoma, que es la vivienda precaria.
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