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EL ARTE DEL PALEOLÍTICO SUPERIOR (I) 4/9
Dra. María Isabel Rodríguez López
ISBN-84-9714-026-5
 

Pintura y grabado.

Comenzaremos nuestro recorrido a través de las cuevas-santuario francesas  en torno a las proximidades de les Eyzies-de-Tayac, zona que presenta una gran concentración de yacimientos prehistóricos, de los que destacaremos ejemplos muy significativos. 

La cueva de Lascaux (Dordoña, Montignac) es, sin duda, una de las estaciones prehistóricas más importantes de Europa. Estuvo ocupada a lo largo de diferentes épocas, hecho frecuente que, en este caso, ha dado lugar a no pocas controversias relativas a la cronología de sus pinturas; además, las dudas se dilatan cuando, como en este caso, se carece de contexto arqueológico que pudiera proporcionar un poco de luz en el asunto.  La cueva fue descubierta, de modo casual, en 1940, y Breuil, dedicado a su estudio, quedó perplejo ante el repertorio cuaternario más soberbio de los conocidos. Después de sus excavaciones concluyó afirmando que el arte de Lascaux era la cima del ciclo que él mismo había denominado Auriñaco-perigordiense.  En la actualidad, la opinión más generalizada en sobre la cronología de las pinturas de este yacimiento está centrada en torno al período Solutrense y Magdaleniense.  En 1963, las autoridades francesas decidieron su cierre al público, para preservar el conjunto, ante el riesgo de destrucción de las pinturas provocado por la presencia de determinadas bacterias; en los años siguientes, el público pudo acercarse, de forma parcial, al contenido de la cueva, con la apertura de Lascaux II, una reproducción fragmentaria de la cueva original.

En la primera parte de la cueva está la llamada Sala de los Toros, un recinto de forma aproximadamente oval en el que cuatro toros blancos, colosales (con más de cinco metros de longitud) dominan un entorno pictórico impresionante.  Sorprendentes por su tamaño, y también sorprendentes por su color, el blanco, estos toros han sido interpretados por algunos autores como animales-dioses, quizás venerados como imágenes cultuales.  A su alrededor se despliega todo un complejo pictórico de signos cuyo significado se nos escapa y representaciones animalísticas de diferentes épocas (rebaño de ciervos correspondiente al Auriñaciense-Perigordiense y caballos rojos y negros, en actitud de movimiento, fechables en el Magdaleniense).  Dadas sus dimensiones, los toros de Lascaux se caracterizan por unos trazos extremadamente simples, lo que ha llevado a pensar que pudieran pertenecer al período Solutrense, teoría más aceptada en la actualidad.  Tras la “Sala de los toros” se accede a una especie de túnel abovedado, la denominada “galería axial”, cuyas pinturas, más ligeras y más vivaces, han sido fechadas en el estadio inicial del Magdaleniense; de ellas merecen señalarse el denominado “caballito chino”, de insólito y sorprendente movimiento y elegancia en el trazado, o la “vaca saltando”; en ambos casos, la aplicación del color resulta muy cuidada. 

A continuación, desde la galería principal se accede a la “nave” (una galería alta), espacio que ofrece pinturas realizadas con colores más sombríos, con claro predominio del negro, siendo importantes los contornos de animales grabados: íbices, vacas, caballos, bisontes, uros, ciervos, etc.  En una de las ramificaciones de la galería principal de la cueva se abre el denominado “pozo”, estancia en la que se han encontrado un buen número de representaciones artísticas, y muchas señales de uso. Cerca del fondo (sito a unos dos metros de profundidad) se encuentra una de las escenas más célebres de la pintura prehistórica, dado que se trata de una representación de iconografía excepcional; pueden  distinguirse en ella un bisonte herido (desventrado), una representación humana muy esquemática con cabeza de pájaro e itifálica, una cabeza de ave sobre un poste, varias azagayas y un rinoceronte que se aleja. Las interpretaciones dadas sobre tan insólito tema han sido bien diversas, desde las que se refieren a la escena como una representación costumbrista, de género, hasta las que enfatizan su carácter simbólico, concibiéndola como visión pictórica de un hechizo chamanista. Para Giedion (14), el ornitocéfalo sería un chamán en acción, representado en el momento de excitación mística, en plena comunicación con la divinidad, hecho que se plasma en la rigidez de sus miembros, convulsionados por el éxtasis.

La gruta de Rouffignac, sita a unos ocho kilómetros de Les Eyzies, fue descubierta en 1956 y es conocida como la “Cueva de los cien mamuts”.  La representación de estos paquidermos, dispuestos en hileras, es destacable por el sentido compositivo que presentan, estando, algunos de ellos, afrontados por parejas, con un eje de simetría bien señalado. En este conjunto se pueden estudiar, asimismo, figuras variadas de animales: caballos, rinocerontes, felinos, junto a varios antropomorfos.

La cueva de Pech Merle (Lot, Quercy), descubierta en 1922, y estudiada inicialmente por el abate A. Lemozi, contiene otro de los grandes conjuntos pictóricos del arte cuaternario: nos referimos a la llamada “Capilla de los mamuts” en la que sus protagonistas, repletos de energía y fuerza plástica son siete mamuts gigantescos, bisontes, toros astados (análogos a los de Lascaux) y un gran caballo que sirve de centro de la composición  y eje visual del conjunto.  Estos animales son, ciertamente, ejemplos clásicos del estilo que corresponde al período Magdaleniense, donde cada trazo, por sencillo que aparente ser, resulta preciso y  caracterizador.  La concisión  de trazo con la que el artista se apodera de una forma, de un perfil, o de un movimiento, es sólo comparable a la que los más grandes artistas de todos los tiempos han plasmado en sus obras. Dichos trazos, bastante gruesos y seguros, están realizados en negro sobre fondo blanco, hecho que resalta su fuerza. Esta cueva presenta huellas artísticas de diferentes épocas, desde las representaciones del período Auriñaciense, de sencillos y expresivos contornos, ejemplos de simplicidad primitiva que no dejan de fascinar al espectador actual por su modernidad y su abstracción. A pesar de la eliminación de todos los detalles posibles, la impresión es enérgica y llena de viveza. 

 Muy singulares son, asimismo, los dos grandes caballos de la sala principal de la cueva,  que poseen un cuerpo dotado de puntos negros (de diversos tamaños) en el interior  y exterior de sus contornos.  También fechados en el período Auriñaciense,  han sido puestos en relación con los caballos de  la galería axial de Lascaux en los que también se ha utilizado este recurso.  No está clara la intención del artista al representar los puntos, que no guardan relación con el pelaje del animal ni la indicación de su especie; quizá pudiera tratarse, sencillamente, de un recurso “decorativo”. 


Caballo del divertículo axial de Lascaux              Caballo rojo (Lascaux)

La misma cueva, definida como la más “mágica de las cuevas prehistóricas”, por lo inédito de sus representaciones, contiene un recinto llamado por Lemozi la “Sala de los Jeroglíficos” en cuyo techo, probablemente del período Auriñaciense, se han representado dibujos dactilares en arcilla, a base de líneas entrecruzadas entre las que aparecen figuras animales y figuras femeninas acéfalas. Quizá se trate de representaciones de súplica, cargadas de contenido simbólico, aunque resulta en extremo difícil establecer una hipótesis al respecto. 

Para finalizar con las más célebres representaciones de Pech Merle es obligado citar la representación del que Lemozi llamara en su día el “arquero prehistórico”, figura oculta en uno de los lugares de más difícil acceso de la cueva; se trata de un ser híbrido, con rasgos humanos y animales, un ornitocéfalo muy estilizado que presenta similitudes estilísticas con las figuras de enmascarados.  Giedion ha señalado que no se trata de una escena de combate, sino de una representación con sentido simbólico, en relación con la fecundidad. 

La región de los Pirineos es también una zona de concentración de importantes estaciones prehistóricas, muy en especial el Departamento de Ariège en el que sobresale la cueva de Niaux, conocida desde el siglo XVIII, por unas extraordinarias pinturas que la sitúan en la cumbre estilística del Magdaleniense.  En su llamado “Salon Noire” (descubierto por Cartailhac), un habitáculo que sorprende por su amplitud espacial, se encuentran los dibujos prehistóricos más grandes que se conocen hasta la fecha y que se han llegado hasta nosotros en un estado de conservación ciertamente bueno; son representaciones de trazos negros, sin toque alguno de color, como si de apuntes o bocetos se tratara; en ellos, el artista dejó constancia de una gran habilidad técnica (fruto, sin duda, de una dilatada tradición), y de su dominio del contorno con el que es capaz de expresar, incluso, las texturas individualizadas del pelaje de los animales. 

La temática de este salón presenta caballos y bisontes en asociación, junto a varios íbices.  El resultado es una composición monumental en la que los bisontes, impasibles ante la presencia de lanzas rituales situadas en sus proximidades,  ocupan diferentes alturas.  En el suelo de la cueva, un dibujo en arcilla representa a un  magnífico bisonte herido en el que destacamos la plenitud de expresión, la intensidad y la sensación de vida, conseguida, una vez más con la seguridad de un dibujo consumado y una técnica bien aprendida.  Para completar el citado conjunto, el artista dibujó signos abstractos, en rojo.

La cueva de Gargas (Aventignan) es conocida por las numerosas siluetas de manos representadas en sus cavidades rocosas, que empezaron a ser descubiertas en 1905.  En esta cueva hay manos pintadas por doquier: cerca de la entrada de la cueva, en sus zonas centrales y hasta en los rincones más recónditos de la misma.  Unas aparecen silueteadas en negro, otras en rojo y son, mayoritariamente, manos izquierdas que están mutiladas; en la actualidad se descarta la mutilación ritual como teoría para explicar este asunto,  que acaso pudiera entenderse como parte de un código de comunicación gestual cuyo desciframiento se nos escapa. 


Una de las manos de Gargas

La cueva de “Trois Frères” (Ariège), en realidad un conjunto laberíntico de galerías, es célebre por las tres representaciones de los denominados brujos o hechiceros que en ella se encuentran.  Esta caverna fue descubierta en el año1912 por los hijos del conde de Bégouën y estudiada por Breuil, quien realizó los dibujos correspondientes a  sus fantásticas figuraciones. En su interior, en un lugar casi inaccesible y dominando el espacio que le rodea, destaca figura pintada, el llamado hechicero, quizás ejecutando una danza ritual de encantamiento.


Chaman de Trois Frères

El arte rupestre cuenta con espléndidas representaciones realizadas con la técnica del grabado que responden a los mismos patrones estilísticos y simbólicos que las representaciones pictóricas. Los otros dos híbridos anteriormente citados de la cueva de Trois Frères están grabados en la roca. El primero de ellos es el llamado hombre-bisonte con un objeto interpretado como instrumento musical (un aerófono), que parece estar en actitud de conducir un rebaño de animales –también de formas hibridadas-. El segundo es conocido como el hombre-bisonte muy hibridado  ya que tiene cabeza y cuerpo de bisonte y una pierna humana. 


Hombre bisonte de Trois Frères

 Las representaciones de vulvas aisladas o en conjuntos  (como fragmentos representativos de una totalidad) comenzaron a ser motivos frecuentes de la pintura y el grabado desde el período Auriñaco-perigordiense para aludir con ellas a la fertilidad –tanto humana como a la fertilidad de la tierra-.  Ora tratada con naturalismo, ora simplificada y convertida en signo abstracto, la vulva aparece, en no pocas ocasiones, asociada a animales y a otros signos. Merecen destacarse las representaciones vulvares de La Ferrasie (Dordoña), grabadas sobre piedra. 

 Destacan, entre las imágenes grabadas, los animales de la cueva de La Mouthe (Dordoña) en el techo de la primera estancia de dicha caverna. Varios animales, mayoritariamente bisontes, forman un grupo organizado, una composición monumental; el trazado de sus contornos es profundo y grueso, como si de una pincelada se tratara o de un dibujo realizado con arcilla, y en su simplicidad resultan extraordinariamente vigorosos. Cerca de ellos, grabada en la roca, se halla la silueta de un bisonte, reconocido como primer grabado rupestre original de la Prehistoria, en el año de 1895. Es un ejemplar de pequeño tamaño, de contorno más cuidado  y más detallismo en su realización.

Terminamos este recorrido por el arte rupestre francés en la pequeña cueva de La Magdeleine (Tarn). Entre sus representaciones artísticas señalamos dos grabados que, sitos en los laterales derecho e izquierdo de la entrada a la caverna,  efigian a figuras femeninas recostadas, con grandes senos colgantes, prominentes caderas  y rostro indefinido.  Lo más singular en estas figuras es su postura, casi implícita en el soporte pétreo  y que el artista se encargó  únicamente de resaltar. En su conjunto son representaciones que resultan esbeltas por su canon proporcional, y, en este sentido, ajenas a la tradición del arte paleolítico.



(14)   GIEDION, S., op.cit., p. 569