Introducción
Los cambios climáticos que se
produjeron en el Paleolítico Inferior, desembocaron en la desecación
de las estepas y las sabanas del Sahara, propiciando el primer acercamiento
de la población de estas zonas hacia las riberas del Nilo. Durante
el Paleolítico Superior (25.000-10.000 a.C.), grupos nómadas
de población añadieron a la recolección y la caza
de los animales que entonces poblaban las citadas zonas (sus principales
medios de vida), la abundante pesca que les brindaba el Nilo.
El relativo sedentarismo en torno al río
propició un aumento de población que inició el secado
y almacenaje del pescado, anunciando ya las prácticas neolíticas.
Los únicos vestigios que han llegado hasta nosotros de estos primeros
egipcios son útiles de sílex, como cuchillos, y puntas de
flecha y de lanza, utilizados en la caza y el despiece de los animales.
Sin embargo, también se han encontrado útiles encaminados
al desarrollo de la pesca, como anzuelos y arpones. No obstante, lo más
destacable es la realización de microlitos, pequeñas lascas
de sílex que se insertaban en herramientas de madera, de caña
o de hueso, y que facilitaban la manejabilidad de los utensilios, en contraste
con el peso de las hachas de piedra.
La fabricación y empleo de estas
pequeñas lascas de sílex implica, no sólo un avance
técnico importante en lo que al trabajo de la piedra se refiere,
sino también un considerable adelanto en los métodos de caza
y en el despiece y aprovechamiento de las piezas cobradas.
En torno al año 10.000 a.C., en
los inicios del Neolítico, un nuevo cambio climático, centrado
esta vez en el aumento de la humedad ambiental y, por tanto, de las lluvias
en las zonas desérticas que bordeaban el Nilo, propició el
repoblamiento de dichas zonas.
Empujados por las crecidas extremas del
Nilo y el seguimiento de los animales que poblaban las estepas, grupos
de cazadores seminómadas se asentaron en las márgenes del
río y, probablemente, llegaron a domesticar ganado vacuno. Los yacimientos
más importantes se hallan en El-Kab, Heluán y El-Fayum, que
acogió la cultura más antigua de Egipto, denominada Fayum
A, hasta ahora insuficientemente documentada, ya que aún no han
sido encontrados los posibles poblados y necrópolis de la misma.
Estas culturas primigenias se mantuvieron
hasta el VI milenio a.C., desarrollando actividades que los vinculan más
con las últimas etapas del Paleolítico que con el naciente
Neolítico.
En el VI milenio a.C. se consolidó
la nueva evolución climática que ya se iniciara en el VII
milenio a.C.: la desertización definitiva de las zonas adyacentes
al río, que culminaría en el III milenio a.C. y que condicionaría
la evolución de la población y el desarrollo de la civilización
egipcia en época histórica.
Esta desertización obligó
a los grupos de población a replegarse de nuevo en torno al valle
del Nilo, haciendo su aparición los primeros poblados agrícolas,
plenamente neolíticos, en torno al año 5.500 a.C. Dichos
poblados, constituidos por pequeñas chozas edificadas con cañas,
esteras de junco o bloques de barro, albergaron a una población
que había domesticado ya, además del ganado vacuno, perros,
cabras, ovejas y cerdos.
En el ámbito agrícola, la
fértil tierra del valle, regada por las crecidas, se trabajó
primero con la azada y, posteriormente, con el arado, cuya utilización
mejoraba las cosechas de trigo y cebada que constituían una de las
bases alimenticias de estos poblados.
El trabajo de la piedra pulimentada, tanto
hachas de sílex como microlitos, continuó evolucionando,
así como la industria ósea, centrada en la fabricación
de punzones y agujas. Uno de los aspectos más interesantes de esta
incipiente industria neolítica fue el desarrollo de la cestería,
cuyas formas influirían profundamente, en épocas posteriores,
en la fabricación de productos cerámicos.
Estos asentamientos iniciales iban a configurar
las culturas prehistóricas del Egipto previo a la unificación.
Durante el desarrollo de las culturas neolíticas del Antiguo Egipto,
es relativamente sencillo distinguir con mayor claridad las diferencias
entre Alto y Bajo Egipto y, por supuesto, adivinar la primitiva tendencia
a la unificación política, social y cultural que partiría
del Alto Egipto en su constante ansia de conquista del Delta.
LAS CULTURAS NEOLÍTICAS DEL
BAJO EGIPTO
La cultura de Merimde-Beni-Salame
(Merimdense)
Esta primera cultura del Bajo Egipto,
contemporánea de otras documentadas en El-Fayum y El-Omari, cerca
de Heluán, se desarrolló en el vértice del Delta del
Nilo, a pocos kilómetros del actual Cairo, entre el VI y el V milenio
a.C. Su desarrollo generó el inicio de las relaciones comerciales
con lo que serían las dos vías principales de intercambio
de Egipto: Oriente Próximo y Nubia, ambas zonas influirían
decisivamente en el desarrollo artístico de la zona.
En las fases más antiguas ya se
habían iniciado las relaciones con Oriente, dado que se aprecia
la influencia de motivos decorativos; la cerámica característica
de esta cultura, muy fina y de exterior pulido, suele aparecer con una
decoración incisa a base de motivos en “espina de pescado”, de clara
influencia oriental.
Por su parte, el influjo meridional no
se redujo a la simple copia de motivos decorativos, ya que los yacimientos
revelan la existencia de un comercio, que llevó hasta el yacimiento
de Merimde-Beni-Salame hachas de sílex y arpones de hueso fabricados
en el sur.
El desarrollo de los poblados neolíticos
fue especialmente importante, tanto desde el punto de vista arqueológico,
como desde el prisma social y artístico, dado que las formas de
las chozas primitivas inspirarían a futuras formas arquitectónicas
en piedra; cabe reseñar aquí como, en época histórica,
los templos egipcios fueron concebidos, al igual que en otras culturas
del Mediterráneo, como la casa del dios. Así pues, los escasos
vestigios de la arquitectura doméstica documentados en el yacimiento
de Merimde-Beni-Salame, confirman la existencia de cabañas de planta
ovalada que, probablemente, se cubrieron en alzado con esteras de juncos
que protegían el recinto interior del viento; el solado de las habitaciones,
parcialmente excavado, se rellenaba con vasijas para aislarlo de la humedad.
Las prácticas neolíticas,
centradas en la agricultura y la conservación del excedente, se
combinaron con la domesticación de ovejas, cabras y cerdos, y dieron
lugar a primitivos silos para la conservación del grano, consistentes
en grandes vasijas enterradas en tierra.
La industria de la piedra tallada y pulimentada
evolucionó con la fabricación de cuchillos y puntas de flechas,
así como leznas , hachas y azadas. El material empleado para
la fabricación de estos útiles, el sílex, implicaba
la existencia de un comercio con los asentamientos del desierto y el Alto
Egipto, dado que la zona del Delta carecía de esta materia prima.
La cerámica autóctona, al
margen de las influencias orientales, se fabricaba a mano, de forma muy
tosca, mezclando el barro de las riberas del río con paja y produciendo
así una cerámica basta, sin decoración alguna, que
adquiría un color negro o rojo, dependiendo de la cocción.
La mezcla obtenida, no obstante, a pesar de deteriorar el aspecto de las
piezas, proporcionaba a las mismas una consistencia que permitía
la fabricación de vasijas de grandes dimensiones, como platos y
fuentes, así como de algunas formas cerradas (ollas o botellas),
y de las grandes vasijas utilizadas a modo de rudimentarios silos.
La fauna de las riberas del Nilo comenzó
a cobrar importancia ya en el VI milenio a.C., en el seno de la cultura
de Merimde-Beni-Salame, no sólo desde el punto de vista alimenticio
(en estas incipientes poblaciones se consumía, a parte del cerdo,
la carne del hipopótamo y el cocodrilo), sino también desde
el punto de vista artístico. Las primeras prácticas escultóricas,
muy estilizadas, representaban sobre todo ejemplares de ganado vacuno,
y unos rudimentarios barcos cuya iconografía, todavía muy
elemental, estaba llamada a un importante desarrollo tanto en época
prehistórica como en el Egipto faraónico, donde alcanzaría
un importante significado simbólico. Tanto la representación
de ganado vacuno como la de barcos pueden ser considerados aspectos iconográficos
que hacían referencia a la importancia de las principales actividades
económicas que se desarrollaron en los poblados merimdenses.
Estos primitivos ensayos escultóricos
se realizaron, básicamente, en un soporte de fácil moldeado:
la terracota. Algunas de las figuras de terracota documentadas en la cultura
merimdense, representaban cabezas humanas; una de las más significativas
es, sin duda, la conservada en el Museo Egipcio de El Cairo. Esta pequeña
cabeza ovoide fue probablemente el remate de un bastón, al que se
unía mediante un orificio practicado en la base de la misma. Los
rasgos faciales, muy estilizados, se resumieron en cuatro perforaciones
circulares que simulan los ojos, de gran tamaño y profundidad, y
la nariz, destacada mediante una pequeña protuberancia en ángulo;
la boca se sugirió mediante una abertura ojival que esboza unos
labios cuidadosamente redondeados hacia el interior.
Esta pieza, cuya simplicidad de formas
y falta de expresividad no deja de producir una honda impresión,
destaca sobre todo por la expresión de la boca, abierta, lo que
insinúa una figura activa, en actitud de hablar. El jeroglífico
que, posteriormente, representaría la letra r y el término
boca, adoptó idéntica forma ojival; por otro lado, en época
dinástica, la ceremonia de la apertura de la boca constituía
un paso imprescindible para la entrada del difunto en el Más Allá.
Es demasiado aventurado relacionar estas prácticas tardías
con la pequeña cabeza (apenas 11 cm.) de Merimde-Beni-Salame, sin
embargo, sí es interesante reseñar la importancia que, ya
desde tan temprana fecha, se concede a su conformación.
La citada simplicidad de formas, así
como la acusada profundidad de los orificios que simbolizaban los ojos,
pueden sugerir la colocación de elementos pétreos para resaltarlos;
en este mismo sentido, se ha sugerido que las pequeñas perforaciones
de la parte superior de la cabeza y la barbilla, pudieron estar destinadas
a la inserción de pelo, para simular la cabellera y la barba del
representado.
Los restantes temas representados en terracota
destacaron, como ya ha sido señalado, por la importancia concedida
al ganado vacuno, así como al tránsito fluvial; los citados
motivos anticiparon algunas de las costumbres de época histórica.
En primer lugar, la identificación
del Faraón con el toro, que se consolidó en época
predinástica, estuvo también relacionada con la adoración
del toro, ya desde los primeros asentamientos y desembocaría en
la institución posterior del culto de determinados ejemplares de
la especie, personificados por el toro Apis, manifestación
de Ptah cuyo culto alcanzó una mayor difusión,
pero también por otros como Mnevis o Merur (relacionado con el dios
Ra ), Bujis (asociado a Montu ) y Kamutef (que simbolizaba
la potencia viril del dios Min ). En cualquier caso, es probable que estas
primitivas imágenes de ganado vacuno no estuvieran relacionadas
tan sólo con la un simple afán naturalista de representación
de la fauna autóctona, sino con un profundo sentimiento religioso
que no se definiría hasta época faraónica, mediante
la complejidad de cultos descrita.
El Nilo, al margen de su significado mítico-religioso
y de la importancia de sus crecidas para la economía del valle,
fue desde época prehistórica la principal arteria de comunicación
entre el Alto y Bajo Egipto; así pues, la importancia del barco
como elemento de tránsito se reflejaría también en
ceremonias de tipo funerario, donde el barco fue un elemento imprescindible
de tránsito al otro mundo, tal y como se consolidaría en
época faraónica: “Las barcas, servían para desplazarse
de un lugar a otro, por lo que se interpretó que también
eran el medio para expresar un símbolo de transición, un
modo de expresar el periplo de los cuerpos celestes, es decir del Sol y
de los difuntos a través del cielo. Se encuentran desde períodos
muy tempranos, tanto formando parte de la decoración de vasos predinásticos
o elaborando vasos y maquetas con la forma de estos navíos”
.
Los enterramientos documentados en el
yacimiento de Merimde-Beni-Salame, se ajustan a costumbres primitivas,
todavía alejados de las elaboradas tumbas de época histórica.
En el transcurso del VI y V milenio a.C., en el Bajo Egipto, el cuerpo
se depositaba en una fosa, generalmente poco profunda, en posición
fetal; en ocasiones, las inhumaciones se llevaron a cabo en el interior
de las casas, sobre todo, en el caso de mujeres y niños. Estos eran
depositados también en posición fetal y con la cabeza orientada
al sur.
Del mismo modo que en época histórica
el templo se concebía como la casa del dios y, por tanto, se inspiraba
en la arquitectura doméstica, la primitiva costumbre de enterrar
a los antepasados bajo la choza, influiría también en la
concepción de la denominada tumba-casa, noción que estaba
destinada a un amplio desarrollo posterior en Egipto.
La cultura de Merimde-Beni-Salame no ha
brindado mucho más material arqueológico, al margen
de la cerámica y la industria lítica, dado que los ajuares
fueron muy pobres, apenas compuestos por alguno de estos elementos concebidos
para la vida cotidiana; no debió ser habitual, por tanto, que se
destacase a determinados personajes mediante adornos u objetos de lujo,
lo que proporciona una idea de la escasa jerarquización social de
los poblados merimdenses.

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