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LAS CULTURAS PREHISTÓRICAS EN EGIPTO 2/5
ISBN-84-9714-061-3
Amparo Arroyo de la Fuente
 

La cultura de Ma’adi (Maadiense)

La cultura de Ma’adi se desarrolló con posterioridad a la cultura de Merimde-Beni-Salame, en torno al primer tercio del IV milenio a. C.; al igual que en el caso de la cultura merimdense, existen otros yacimientos de desarrollo arqueológico y cronológico similar al maadiense, el más importante localizado en Buto, sin embargo es el yacimiento de Ma’adi el que más datos ha proporcionado sobre esta cultura.

El comercio con Oriente Próximo y Palestina, que ya se iniciara en el período merimdense, continua documentándose en esta época tanto mediante la influencia de formas decorativas como gracias a la importación de cobre. Con este último material se realizaban agujas, anzuelos y hachas, que desplazaron a las primitivas herramientas de piedra, sin que por ello estas últimas dejaran de fabricarse y utilizarse.

Asimismo, el cobre fue utilizado como colorante para la fabricación de ungüentos cosméticos que se mezclaban en las denominadas paletas de afeite; algunas de estas paletas, generalmente de pizarra, aparecidas en el yacimiento de Ma’adi, no deben ser consideradas como productos de fabricación autóctona ya que, probablemente, procedían del comercio con culturas contemporáneas del Alto Egipto, de donde son originarias. El hecho de que estos artículos procedentes del sur hayan aparecido en Ma'adi demuestra el activo comercio que se desarrollaba entre el Alto y Bajo Egipto.

El yacimiento de Ma’adi, de gran extensión, presenta también dos necrópolis asociadas en las que se continuaba enterrando a los cadáveres en fosas de planta oval, en posición fetal; sin embargo, a diferencia de las costumbres merimdenses, antes de ser inhumados los difuntos eran envueltos en esteras o pieles de cabra.

El ajuar de los enterramientos sigue siendo escaso: objetos de uso cotidiano, sobre todo cerámica, destacando la características vasijas en forma de saco de la cultura maadiense, algunas de ellas con un pie añadido.. La aparición en los ajuares de otros elementos, como agujas o peines, es anómala y excepcional, lo que viene a corroborar la escasa jerarquía social de las poblaciones asentadas en el Bajo Egipto.

LAS CULTURAS NEOLÍTICAS DEL ALTO EGIPTO
La cultura de Deir-el-Tasa (Tasiense).

Las culturas arqueológicas del Alto Egipto son más recientes que las estudiadas en el Delta, ya que el poblamiento de la zona se llevó a cabo en torno al IV milenio a. C., en el Calcolítico; sin embargo, en ellas se adivinan algunos de los motivos decorativos así como de las concepciones políticas y religiosas del Egipto unificado.

El yacimiento de Deir-el-Tasa presenta necrópolis alejadas del poblado, sin que estén documentadas en el sur tumbas en el interior de las viviendas. Dos son los elementos que destacan, desde el punto de vista artístico, en esta primera cultura neolítica del Alto Egipto: por un lado la cerámica, con formas nuevas y autóctonas y, por otro, la aparición de las paletas para afeites.

Los vasos característicos de la cultura tasiense presentan una característica forma de tulipán, y se decoraban con motivos geométricos incisos que, posteriormente se rellenaban de pasta blanca.
Por otro lado, las paletas de afeites, realizadas sobre todo en pizarra, aunque también en alabastro, eran de forma rectangular y se utilizaban para mezclar con grasa malena o malaquita, dando lugar a un ungüento con el que se pintaba el contorno de los ojos. Esta costumbre, que alcanzaría un amplio desarrollo en época dinástica, servía a los egipcios tanto para librarse de los molestos mosquitos como para protegerse, en parte, del sol, alcanzando casi un desarrollo ritual, tal y como demuestran algunas de las representaciones figurativas del arte de las culturas neolíticas del Alto Egipto.

La importancia de estos elementos fue tal que, desde el Alto Egipto, se exportaban a la zona del Delta; posteriormente, en época histórica, se convirtieron en uno de los soportes habituales de una esmerada iconografía que, si bien se inició con la inclusión de animales en relieve y formas zoomorfas, terminaría, ya en época predinástica, por conformar auténticas representaciones de carácter casi monumental, dotadas de un trascendental significado simbólico y político.

La cultura de Badari (Badariense)
La cultura de Badari, cuyo desarrollo coincide con la desaparición de la cultura merimdense (en torno al 4.300 a.C.) y la aparición de la cultura de Ma’adi en el Bajo Egipto, constituye el nexo de unión entre el primitivo tasiense y la potente cultura de Nagada. El desarrollo de formas artísticas, muy en relación con los ajuares funerarios, dio lugar ya un importante repertorio.

Las aldeas badarienses centraron también su economía, al igual que otras culturas precedentes tanto en el Alto como en el Bajo Egipto, en la ganadería, la caza y la pesca; por su parte, la agricultura alcanzó un importante desarrollo gracias a las crecidas periódicas del Nilo y a la facilidad del aprovechamiento natural del agua, tal y como ha destacado Stephan Seidlmayer: “Hay que constatar que los inicios de la agricultura están asociados con la inversión de un esfuerzo relativamente escaso. La corriente ya había creado en la llanura del Valle un vasto complejo de diques y cuencas naturales, de forma que el punto de partida del sistema de regadío dotado de estanques –y posteriormente perfeccionado con diques y canales artificiales hasta llegar a formar la infraestructura de la agricultura egipcia- fue un fenómeno esencialmente natural”  . 
Los enterramientos continuaron realizándose, de forma muy similar a los de la cultura tasiense, en fosas ovales donde se instalaba al individuo en posición fetal, orientado hacia occidente, el lugar por donde se oculta el sol y que, en época faraónica, se relacionaría con el mundo de los muertos. Osiris, el soberano del inframudo, recibió el nombre —heredado de un dios local de Abydos— de Khentamentiu, cuyo significado era “el que está al frente de los Occidentales”. 
Los ajuares cobran en la cultura badariense una especial importancia, gracias a determinados elementos que ya indican la existencia de una jerarquización social y una evolucionada concepción de la vida tras la muerte.

La cerámica que aparece en los enterramientos, a diferencia de la utilizada para tareas cotidianas, que continuaba siendo muy tosca, es una cerámica realizada a mano con barro muy fino de la que se obtenían vasijas de paredes muy delgadas. Esta cerámica pulida presenta una superficie cuyo color oscila entre el rojo y el marrón, con una característica banda de tonalidad negruzca en el borde, que se lograba gracias a un técnica especial, mediante la cual se ennegrecía al humo el borde de los vasos.

Por otra parte, es también característico de las cerámicas badarienses el denominado efecto estriado de algunas de las vasijas, que se llevaba a cabo con anterioridad al pulido de las mismas; en ocasiones, las estrías aparecen también en el interior de las piezas. Las formas características del badariense son en general más abiertas que las que posteriormente se prosperarían en la cultura de Nagada. Principalmente, se fabricaban fuentes, platos y escudillas, aunque también aparecen vasos de forma redondeada. 

Los recipientes de piedra son habituales en la cultura badariense; cabe reseñar ahora que los egipcios se convirtieron en auténticos expertos en su elaboración, exportando este tipo de creaciones por todo el Mediterráneo, incluso a las provincias del Imperio romano, donde han aparecido finas labores en pórfido de procedencia egipcia. Para estas primeras creaciones se prefería el basalto, y se realizaban pequeños vasos de paredes oblicuas y perfil ondulado que raramente se decoraban con incisiones; por el contrario, la propia morfología de la piedra proporcionaba una decoración natural que, más tarde, sería imitada en la cerámica mediante punteados y moteados de gran belleza.

Pero los ajuares pertenecientes a la cultura badariense no sólo contenían algunas de esta vasijas sino también ricas ofrendas que, al margen de la fina cerámica descrita, incluían objetos de uso cosmético y adorno. Algunos de estos objetos se relacionan con el uso cotidiano, y su particularidad estriba en la rica decoración figurativa de los mismos: el repertorio abarca desde paletas de afeite y cucharillas, ambas de uso cosmético, hasta agujas, peinetas, brazaletes y collares.

Las paletas, de forma rectangular, muy similares a las halladas en los yacimientos tasienses, están documentadas tan sólo en pizarra, abandonándose definitivamente el alabastro, utilizado en el cultura de Deir-el-Tasa, para su fabricación. Los restantes objetos reseñados solían realizarse de hueso o marfil, aunque no faltaban las cuentas y alfileres de cobre, destinadas también al adorno personal.

La industria ósea evolucionó en el seno de la cultura badariense hasta la realización de botellitas de marfil, algunas de bello diseño zoomorfo. Entre éstas destaca un pequeño ungüentario de marfil en forma de hipopótamo, conservado en el Museo Británico, cuyo naturalismo sorprende si se tiene en cuenta lo temprano de la cultura badariense.

Este recipiente, tallado en cuerno de elefante, representa a uno de los animales más característicos, junto con el cocodrilo, del valle del Nilo, que estaba destinado a protagonizar múltiples representaciones en el arte egipcio. El significado del que se dotaría a este animal posteriormente varía dependiendo del sexo del mismo: si bien el hipopótamo hembra se relacionaba con la fertilidad y la maternidad, y especialmente con la diosa Túeris  , el macho adquirió, probablemente debido a su agresividad, un significado maléfico, siendo relacionado en muchas ocasiones con el dios Seth  , hasta el punto de que su caza simbolizaba la victoria sobre el mal. No obstante, en ocasiones, tanto el macho como la hembra se revestían de un carácter positivo, siendo en estos casos decorado su cuerpo con motivos vegetales característicos del Nilo: “Todo esto se debe a que el medio de este animal era el río Nilo, que poseía míticamente aguas renovadoras”  .

Las representaciones figurativas badarienses no se limitaron a la fauna de las riberas del Nilo. Está documentadas también estatuillas de marfil que representaban figuras humanas, aunque la escultura destaca, sobre todo, en este período, por las figurillas femeninas que sugieren la existencia de un culto a la fecundidad. Estas pequeñas figuras se caracterizan por los grandes ojos amigdaloides y porque, a pesar de la estilización de los miembros, se resalta el pubis. Las extremidades, brazos y piernas, suelen aparecer despegados del cuerpo.

Uno de los ejemplares más destacados de este tipo de figurillas es el del ídolo femenino de marfil conservado en el Museo Británico. En el rostro, muy simplificado, destacan por su tamaño los dos grandes ojos, en los que se sugiere la pupila, y el amplio desarrollo de la nariz. Sin embargo, el artista ha cuidado especialmente los símbolos sexuales, tanto los pechos como la vulva, cuyo significado está relacionado en múltiples culturas prehistóricas con el concepto de fertilidad; en este caso concreto, dicho elemento merece un tratamiento especial hasta el punto de que “la única parte trabajada es el triángulo sexual, que, además de ser extremadamente grande en comparación con el resto de la figura, está todavía más acentuado mediante rayado en cuadrícula”.

La cultura de Nagada I (Amratiense).

A la cultura badariense se sucede la cultura de Nagada, cuyas concepciones artísticas, sociales e, incluso, políticas terminarían por impornerse posteriormente, tras la unificación de las Dos Tierras (Alto y Bajo Egipto). Según algunos investigadores se inicia con el esplendor de Nagada una cultura cuya evolución hay que escalonar en tres fases arqueológicas —Nagada I, II y III—, la última coincidente ya con la etapa de la unificación del país. Sin embargo, según diferentes teorías, esta evolución implica la aparición de nuevas influencias e, incluso, nuevos contingentes de población, de donde se deduce que sería preferible hablar de diferentes culturas, escogiendo para denominarlas, tal y como es habitual, el nombre del principal yacimiento documentado. En el caso de Nagada I, el yacimiento fundamental es el ubicado en El-Amrah, en el Alto Egipto, cuyo desarrollo se inició en torno al 3.800 a.C.

La cultura de Nagada consolidó definitivamente las tendencias comerciales y expansivas de sus predecesoras. El comercio con el mar Rojo probablemente se desarrollaba a través del Wadi Hammamat, pudiendo llegar hasta Abisinia, de donde se importaban algunos de los elementos  imprescindibles para la realización de ricas creaciones destinadas al adorno personal, especialmente lapislázuli, así como cobre o plata. Por otra parte, la potente dinámica cultural de Nagada se extendió por el norte hasta Assiut y, por el sur, llegó hasta la primera catarata.
Aunque la producción artística se amplió considerablemente, no se abandonó la producción de herramientas de sílex, aunque realizadas con una técnica muy elaborada, hecho que daría lugar a piezas de gran calidad, especialmente hojas bifaces de cuchillos y lanzas, talladas en cola de pez. La fabricación de armas destacó por una nueva tipología de maza, que contrasta con las piriformes de culturas precedentes: las mazas discoidales, documentadas exclusivamente en este período ya que, con posterioridad, se volvería al modelo primitivo de las mazas en forma de pera o manzana. Estas mazas suelen aparecer en enterramientos masculinos, para destacar la alta jerarquía de los difuntos.

Según Elisa Castel   la maza de extremo piriforme, representada por el símbolo jeroglífico hd, en época histórica, “sería catalogable más bien como arma defensiva”  , a diferencia de las varas o bastones de mando que portaban los altos dignatarios; en este sentido, la maza se relacionaría, desde tiempos muy tempranos con el Faraón, encargado de la seguridad del país y la protección frente a los enemigos. Así pues, la temprana aparición de este atributo en los enterramientos masculinos amratienses, sugiere la consideración de reyezuelos o líderes locales a los que, probablemente, ya se atribuían importantes poderes mágicos y simbólicos.

En el yacimiento de El-Anrah están documentadas vasijas de tipo maadiense, en forma de saco, con asas perforadas y un pie añadido, que deben considerarse como productos importados del Delta. Por su parte, la cerámica amratiense autóctona destaca por su variedad de formas y decoración, tipologías que Flinders Petrie   se encargó de clasificar exhaustivamente. En el período de Nagada I, el citado investigador distinguió las siguientes:

Cerámica de Borde Negro (B-Ware: Black Topped Ware): 
Esta tipología deriva de las formas badarienses, aunque se consiguieron formas más esbeltas y de un color rojo más oscuro, gracias a la práctica de un método de cocción oxidante. El borde oscuro, por su parte, se lograba mediante un método reductor.

Las formas características remiten a una estructura troncocónica, en ocasiones rematada por tres pequeños salientes a modo de pies; posteriormente, los recipientes evolucionaron hacia formas de tonel y otras, cuya utilidad desconocemos, caracterizadas por dos bocas tubulares. En ocasiones, como en el caso de la vasija de tres pies conservada en el Museo Egipcio de El Cairo, la parte inferior se decoraba con una banda pintada en color crema, con el tradicional motivo en espina de pescado.