| La
cultura de Ma’adi (Maadiense)
La cultura de Ma’adi se desarrolló
con posterioridad a la cultura de Merimde-Beni-Salame, en torno al primer
tercio del IV milenio a. C.; al igual que en el caso de la cultura merimdense,
existen otros yacimientos de desarrollo arqueológico y cronológico
similar al maadiense, el más importante localizado en Buto, sin
embargo es el yacimiento de Ma’adi el que más datos ha proporcionado
sobre esta cultura.
El comercio con Oriente Próximo
y Palestina, que ya se iniciara en el período merimdense, continua
documentándose en esta época tanto mediante la influencia
de formas decorativas como gracias a la importación de cobre. Con
este último material se realizaban agujas, anzuelos y hachas, que
desplazaron a las primitivas herramientas de piedra, sin que por ello estas
últimas dejaran de fabricarse y utilizarse.
Asimismo, el cobre fue utilizado como
colorante para la fabricación de ungüentos cosméticos
que se mezclaban en las denominadas paletas de afeite; algunas de estas
paletas, generalmente de pizarra, aparecidas en el yacimiento de Ma’adi,
no deben ser consideradas como productos de fabricación autóctona
ya que, probablemente, procedían del comercio con culturas contemporáneas
del Alto Egipto, de donde son originarias. El hecho de que estos artículos
procedentes del sur hayan aparecido en Ma'adi demuestra el activo comercio
que se desarrollaba entre el Alto y Bajo Egipto.
El yacimiento de Ma’adi, de gran extensión,
presenta también dos necrópolis asociadas en las que se continuaba
enterrando a los cadáveres en fosas de planta oval, en posición
fetal; sin embargo, a diferencia de las costumbres merimdenses, antes de
ser inhumados los difuntos eran envueltos en esteras o pieles de cabra.
El ajuar de los enterramientos sigue siendo
escaso: objetos de uso cotidiano, sobre todo cerámica, destacando
la características vasijas en forma de saco de la cultura maadiense,
algunas de ellas con un pie añadido.. La aparición en los
ajuares de otros elementos, como agujas o peines, es anómala y excepcional,
lo que viene a corroborar la escasa jerarquía social de las poblaciones
asentadas en el Bajo Egipto.
LAS CULTURAS NEOLÍTICAS DEL
ALTO EGIPTO
La cultura de Deir-el-Tasa (Tasiense).
Las culturas arqueológicas del
Alto Egipto son más recientes que las estudiadas en el Delta, ya
que el poblamiento de la zona se llevó a cabo en torno al IV milenio
a. C., en el Calcolítico; sin embargo, en ellas se adivinan algunos
de los motivos decorativos así como de las concepciones políticas
y religiosas del Egipto unificado.
El yacimiento de Deir-el-Tasa presenta
necrópolis alejadas del poblado, sin que estén documentadas
en el sur tumbas en el interior de las viviendas. Dos son los elementos
que destacan, desde el punto de vista artístico, en esta primera
cultura neolítica del Alto Egipto: por un lado la cerámica,
con formas nuevas y autóctonas y, por otro, la aparición
de las paletas para afeites.
Los vasos característicos de la
cultura tasiense presentan una característica forma de tulipán,
y se decoraban con motivos geométricos incisos que, posteriormente
se rellenaban de pasta blanca.
Por otro lado, las paletas de afeites,
realizadas sobre todo en pizarra, aunque también en alabastro, eran
de forma rectangular y se utilizaban para mezclar con grasa malena o malaquita,
dando lugar a un ungüento con el que se pintaba el contorno de los
ojos. Esta costumbre, que alcanzaría un amplio desarrollo en época
dinástica, servía a los egipcios tanto para librarse de los
molestos mosquitos como para protegerse, en parte, del sol, alcanzando
casi un desarrollo ritual, tal y como demuestran algunas de las representaciones
figurativas del arte de las culturas neolíticas del Alto Egipto.
La importancia de estos elementos fue
tal que, desde el Alto Egipto, se exportaban a la zona del Delta; posteriormente,
en época histórica, se convirtieron en uno de los soportes
habituales de una esmerada iconografía que, si bien se inició
con la inclusión de animales en relieve y formas zoomorfas, terminaría,
ya en época predinástica, por conformar auténticas
representaciones de carácter casi monumental, dotadas de un trascendental
significado simbólico y político.
La cultura de Badari (Badariense)
La cultura de Badari, cuyo desarrollo
coincide con la desaparición de la cultura merimdense (en torno
al 4.300 a.C.) y la aparición de la cultura de Ma’adi en el Bajo
Egipto, constituye el nexo de unión entre el primitivo tasiense
y la potente cultura de Nagada. El desarrollo de formas artísticas,
muy en relación con los ajuares funerarios, dio lugar ya un importante
repertorio.
Las aldeas badarienses centraron también
su economía, al igual que otras culturas precedentes tanto en el
Alto como en el Bajo Egipto, en la ganadería, la caza y la pesca;
por su parte, la agricultura alcanzó un importante desarrollo gracias
a las crecidas periódicas del Nilo y a la facilidad del aprovechamiento
natural del agua, tal y como ha destacado Stephan Seidlmayer: “Hay que
constatar que los inicios de la agricultura están asociados con
la inversión de un esfuerzo relativamente escaso. La corriente ya
había creado en la llanura del Valle un vasto complejo de diques
y cuencas naturales, de forma que el punto de partida del sistema de regadío
dotado de estanques –y posteriormente perfeccionado con diques y canales
artificiales hasta llegar a formar la infraestructura de la agricultura
egipcia- fue un fenómeno esencialmente natural” .
Los enterramientos continuaron realizándose,
de forma muy similar a los de la cultura tasiense, en fosas ovales donde
se instalaba al individuo en posición fetal, orientado hacia occidente,
el lugar por donde se oculta el sol y que, en época faraónica,
se relacionaría con el mundo de los muertos. Osiris, el soberano
del inframudo, recibió el nombre —heredado de un dios local de Abydos—
de Khentamentiu, cuyo significado era “el que está al frente de
los Occidentales”.
Los ajuares cobran en la cultura badariense
una especial importancia, gracias a determinados elementos que ya indican
la existencia de una jerarquización social y una evolucionada concepción
de la vida tras la muerte.
La cerámica que aparece en los
enterramientos, a diferencia de la utilizada para tareas cotidianas, que
continuaba siendo muy tosca, es una cerámica realizada a mano con
barro muy fino de la que se obtenían vasijas de paredes muy delgadas.
Esta cerámica pulida presenta una superficie cuyo color oscila entre
el rojo y el marrón, con una característica banda de tonalidad
negruzca en el borde, que se lograba gracias a un técnica especial,
mediante la cual se ennegrecía al humo el borde de los vasos.
Por otra parte, es también característico
de las cerámicas badarienses el denominado efecto estriado de algunas
de las vasijas, que se llevaba a cabo con anterioridad al pulido de las
mismas; en ocasiones, las estrías aparecen también en el
interior de las piezas. Las formas características del badariense
son en general más abiertas que las que posteriormente se prosperarían
en la cultura de Nagada. Principalmente, se fabricaban fuentes, platos
y escudillas, aunque también aparecen vasos de forma redondeada.
Los recipientes de piedra son habituales
en la cultura badariense; cabe reseñar ahora que los egipcios se
convirtieron en auténticos expertos en su elaboración, exportando
este tipo de creaciones por todo el Mediterráneo, incluso a las
provincias del Imperio romano, donde han aparecido finas labores en pórfido
de procedencia egipcia. Para estas primeras creaciones se prefería
el basalto, y se realizaban pequeños vasos de paredes oblicuas y
perfil ondulado que raramente se decoraban con incisiones; por el contrario,
la propia morfología de la piedra proporcionaba una decoración
natural que, más tarde, sería imitada en la cerámica
mediante punteados y moteados de gran belleza.
Pero los ajuares pertenecientes a la cultura
badariense no sólo contenían algunas de esta vasijas sino
también ricas ofrendas que, al margen de la fina cerámica
descrita, incluían objetos de uso cosmético y adorno. Algunos
de estos objetos se relacionan con el uso cotidiano, y su particularidad
estriba en la rica decoración figurativa de los mismos: el repertorio
abarca desde paletas de afeite y cucharillas, ambas de uso cosmético,
hasta agujas, peinetas, brazaletes y collares.
Las paletas, de forma rectangular, muy
similares a las halladas en los yacimientos tasienses, están documentadas
tan sólo en pizarra, abandonándose definitivamente el alabastro,
utilizado en el cultura de Deir-el-Tasa, para su fabricación. Los
restantes objetos reseñados solían realizarse de hueso o
marfil, aunque no faltaban las cuentas y alfileres de cobre, destinadas
también al adorno personal.
La industria ósea evolucionó
en el seno de la cultura badariense hasta la realización de botellitas
de marfil, algunas de bello diseño zoomorfo. Entre éstas
destaca un pequeño ungüentario de marfil en forma de hipopótamo,
conservado en el Museo Británico, cuyo naturalismo sorprende si
se tiene en cuenta lo temprano de la cultura badariense.
Este recipiente, tallado en cuerno de
elefante, representa a uno de los animales más característicos,
junto con el cocodrilo, del valle del Nilo, que estaba destinado a protagonizar
múltiples representaciones en el arte egipcio. El significado del
que se dotaría a este animal posteriormente varía dependiendo
del sexo del mismo: si bien el hipopótamo hembra se relacionaba
con la fertilidad y la maternidad, y especialmente con la diosa Túeris
, el macho adquirió, probablemente debido a su agresividad, un significado
maléfico, siendo relacionado en muchas ocasiones con el dios Seth
, hasta el punto de que su caza simbolizaba la victoria sobre el mal. No
obstante, en ocasiones, tanto el macho como la hembra se revestían
de un carácter positivo, siendo en estos casos decorado su cuerpo
con motivos vegetales característicos del Nilo: “Todo esto se debe
a que el medio de este animal era el río Nilo, que poseía
míticamente aguas renovadoras” .
Las representaciones figurativas badarienses
no se limitaron a la fauna de las riberas del Nilo. Está documentadas
también estatuillas de marfil que representaban figuras humanas,
aunque la escultura destaca, sobre todo, en este período, por las
figurillas femeninas que sugieren la existencia de un culto a la fecundidad.
Estas pequeñas figuras se caracterizan por los grandes ojos amigdaloides
y porque, a pesar de la estilización de los miembros, se resalta
el pubis. Las extremidades, brazos y piernas, suelen aparecer despegados
del cuerpo.
Uno de los ejemplares más destacados
de este tipo de figurillas es el del ídolo femenino de marfil conservado
en el Museo Británico. En el rostro, muy simplificado, destacan
por su tamaño los dos grandes ojos, en los que se sugiere la pupila,
y el amplio desarrollo de la nariz. Sin embargo, el artista ha cuidado
especialmente los símbolos sexuales, tanto los pechos como la vulva,
cuyo significado está relacionado en múltiples culturas prehistóricas
con el concepto de fertilidad; en este caso concreto, dicho elemento merece
un tratamiento especial hasta el punto de que “la única parte trabajada
es el triángulo sexual, que, además de ser extremadamente
grande en comparación con el resto de la figura, está todavía
más acentuado mediante rayado en cuadrícula”.
La cultura de Nagada I (Amratiense).
A la cultura badariense se sucede la cultura
de Nagada, cuyas concepciones artísticas, sociales e, incluso, políticas
terminarían por impornerse posteriormente, tras la unificación
de las Dos Tierras (Alto y Bajo Egipto). Según algunos investigadores
se inicia con el esplendor de Nagada una cultura cuya evolución
hay que escalonar en tres fases arqueológicas —Nagada I, II y III—,
la última coincidente ya con la etapa de la unificación del
país. Sin embargo, según diferentes teorías, esta
evolución implica la aparición de nuevas influencias e, incluso,
nuevos contingentes de población, de donde se deduce que sería
preferible hablar de diferentes culturas, escogiendo para denominarlas,
tal y como es habitual, el nombre del principal yacimiento documentado.
En el caso de Nagada I, el yacimiento fundamental es el ubicado en El-Amrah,
en el Alto Egipto, cuyo desarrollo se inició en torno al 3.800 a.C.
La cultura de Nagada consolidó
definitivamente las tendencias comerciales y expansivas de sus predecesoras.
El comercio con el mar Rojo probablemente se desarrollaba a través
del Wadi Hammamat, pudiendo llegar hasta Abisinia, de donde se importaban
algunos de los elementos imprescindibles para la realización
de ricas creaciones destinadas al adorno personal, especialmente lapislázuli,
así como cobre o plata. Por otra parte, la potente dinámica
cultural de Nagada se extendió por el norte hasta Assiut y, por
el sur, llegó hasta la primera catarata.
Aunque la producción artística
se amplió considerablemente, no se abandonó la producción
de herramientas de sílex, aunque realizadas con una técnica
muy elaborada, hecho que daría lugar a piezas de gran calidad, especialmente
hojas bifaces de cuchillos y lanzas, talladas en cola de pez. La fabricación
de armas destacó por una nueva tipología de maza, que contrasta
con las piriformes de culturas precedentes: las mazas discoidales, documentadas
exclusivamente en este período ya que, con posterioridad, se volvería
al modelo primitivo de las mazas en forma de pera o manzana. Estas mazas
suelen aparecer en enterramientos masculinos, para destacar la alta jerarquía
de los difuntos.
Según Elisa Castel
la maza de extremo piriforme, representada por el símbolo jeroglífico
hd, en época histórica, “sería catalogable más
bien como arma defensiva” , a diferencia de las varas o bastones
de mando que portaban los altos dignatarios; en este sentido, la maza se
relacionaría, desde tiempos muy tempranos con el Faraón,
encargado de la seguridad del país y la protección frente
a los enemigos. Así pues, la temprana aparición de este atributo
en los enterramientos masculinos amratienses, sugiere la consideración
de reyezuelos o líderes locales a los que, probablemente, ya se
atribuían importantes poderes mágicos y simbólicos.
En el yacimiento de El-Anrah están
documentadas vasijas de tipo maadiense, en forma de saco, con asas perforadas
y un pie añadido, que deben considerarse como productos importados
del Delta. Por su parte, la cerámica amratiense autóctona
destaca por su variedad de formas y decoración, tipologías
que Flinders Petrie se encargó de clasificar exhaustivamente.
En el período de Nagada I, el citado investigador distinguió
las siguientes:
Cerámica de Borde Negro (B-Ware:
Black Topped Ware):
Esta tipología deriva de las formas
badarienses, aunque se consiguieron formas más esbeltas y de un
color rojo más oscuro, gracias a la práctica de un método
de cocción oxidante. El borde oscuro, por su parte, se lograba mediante
un método reductor.
Las formas características remiten
a una estructura troncocónica, en ocasiones rematada por tres pequeños
salientes a modo de pies; posteriormente, los recipientes evolucionaron
hacia formas de tonel y otras, cuya utilidad desconocemos, caracterizadas
por dos bocas tubulares. En ocasiones, como en el caso de la vasija de
tres pies conservada en el Museo Egipcio de El Cairo, la parte inferior
se decoraba con una banda pintada en color crema, con el tradicional motivo
en espina de pescado.
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