| Introducción.
En torno al año 2000 a.C., en el
período que corresponde al Bronce Medio, una serie de migraciones
de pueblos, y la aparición de los indoeuropeos en la Europa meridional,
fueron las causas que determinaron el desarrollo de nuevas culturas: la
micénica en la Grecia continental, la civilización surgida
en torno a la ciudad de Troya, la civilización hitita en el área
de Anatolia, y, en el ámbito Egeo, la civilización minoica,
protagonizada por los habitantes de la isla de Creta, sita en el Sur de
dicho mar.
En dicha isla tuvo lugar el desarrollo
de una civilización, cuyas manifestaciones artísticas nos
desvelan una cultura original y brillante. Los Palacios-Santuarios son
prueba irrefutable de ese esplendor minoico, al tiempo que todas las manifestaciones
artísticas salidas de este entorno muestran un gusto por el naturalismo,
por lo curvilíneo, por la vivacidad, el contraste cromático,
por la miniatura y, también, por el más exquisito de los
refinamientos.
El arte de la civilización minoica
floreció por encima de las manifestaciones plásticas
contemporáneas a ella que se desarrollaron en la Hélade,
las Cícladas y Anatolia occidental, quizás debido a la
influencia que ejercieron sobre ella los modelos egipcios y mesopotámicos.
Creta fue, como veremos, la primera cuna de Zeus, es decir,
la primera cuna de la civilización occidental.
La leyenda de Minos
Hablar de Creta es hablar del despertar
de Europa, y por ello, los mitos relacionados con la isla y sus fundadores
son muy numerosos a la par que ciertamente sugestivos por su belleza literaria
(1).
Nos relatan los mitógrafos que Zeus, desde el sagrado Ida había
divisado a la bella Europa en una playa de Asia. Para cautivar a
la princesa, hija de Agenor o de Fénix, convirtióse el padre
de los dioses en un bello toro blanco y fue a buscar a la joven.
La transportó en amoroso vuelo a través del ponto, y llevóla
hasta la isla de Creta. De los amores de esta pareja nacieron tres hijos:
Sarpedón –famoso por su fortaleza-, Radamantis –conocido por su
justicia- y Minos, el más célebre ante dioses y hombres.
De este mítico rey toma su nombre la civilización minoica.
Minos fue el elegido como rey de la gran
isla; había recibido de su padre Zeus justicia y sabiduría
para tal fin; su reinado estuvo glorificado por las numerosas ciudades
que fundó, los caminos abiertos, los palacios edificados, la colonización
de islas vecinas y la creación de una gigantesca flota marítima.
Talos, un gigante de bronce se ocupaba de la custodia de las costas cretenses,
facilitando el sometimiento de todo el mar Egeo. Pero su esposa,
Pasífae, empañó la felicidad del rey cometiendo adulterio
con un toro marino que había sido enviado por Poseidón; de
esta unión extramatrimonial nacería el Minotauro, un ser
monstruoso –hombre y toro al mismo tiempo- que fue encerrado en un laberinto
(tradicionalmente interpretado como la imagen mítica del palacio
de Cnoso), construido por Dédalo (2).
Sus hijos le proporcionaron también
grandes pesares: Ariadna le abandonó marchando tras los pasos del
valeroso Teseo (3), a quien había ayudado a matar al Minotauro;
Glauco se ahogó en una tinaja de miel; Androgeo fue asesinado por
sus rivales… Pensando que Dédado había instigado a Pasífae
y a Ariadna en sus respectivas traiciones, Minos quiso vengarse de Dédalo
y lo encerró en el laberinto, su obra maestra, junto a su hijo Ícaro;
construyóse entonces el ingenioso artífice unas alas de cera
para escapar de allí volando (4). Las leyendas nos relatan
que los últimos días de la vida de Minos están en
relación con Dédalo a quien persiguió, de país
en país, y a quien encontró, finalmente, en el palacio del
rey Cócalo, en Camico (en las proximidades de Agrigento), donde
encontró la muerte. En el más allá siguió impartiendo,
desde entonces, su justicia a los hombres.
Minos pudo ser el nombre con el que se
designaba al gobernante, es decir, un título de un dirigente en
el que recaían funciones políticas, administrativas y religiosas
(sacerdotales) (5).
El medio geográfico.
La Isla de Creta, propiedad
del inmenso
Júpiter, yace en medio del
ponto.
En donde ubérrimos reinos habitan
Cien enormes ciudades
(Eneida, III, 104-106)
La isla de Creta, la más grande
de las islas del Egeo, está situada en el centro del Mediterráneo
oriental, en un lugar estratégico, encrucijada entre oriente y occidente.
El medio geográfico de Creta se caracteriza por la diversidad; está
jalonada, en su parte central, por una cordillera, con tres macizos montañosos
que dominan su superficie: los llamados Montes Blancos (Leuka) al
oeste, el Ida (Psilorati) -en la zona central-, y los Montes
de Sitía (Lasithi), en el extremo oriental.
Este paisaje montañoso ocupa más
del noventa y cinco por ciento de la superficie total de la isla, y ha
sido objeto de atracción para los hombres desde la Antigüedad,
hasta el punto de que sus montañas, fueran consideradas como la
cuna misma de la divinidad. Según la mitología, fue una gruta
de las laderas del Ida (“el bosque”) el lugar en el cual Rea escondió
al recién nacido Zeus para librarlo de las intenciones de Crono,
y fue allí donde lo confió al cuidado de la cabra Amaltea,
convertida en sin par nodriza del dios. En estos montes se han localizado
más de tres mil grutas –formadas por la acción de las aguas
subterráneas-, muchas de las cuales debieron servir como lugares
de habitación temporales, y en muchos casos, como centros de culto.
La flora y fauna actual, aunque difieren
de la que vieron y vivieron los hombres de la Antigüedad, es prueba
de la riqueza y diversidad de la isla, pluralidad que propiciara, ya en
la época minoica, diferencias culturales y artísticas entre
las dos Cretas, la occidental y la oriental. Creta fue, como señalábamos,
encrucijada de vías marítimas, uno de los enclaves de paso
obligados entre Europa, Asia y Africa, y lugar en el que convivieron gentes
de diversas procedencias, etnias y lenguas, hecho que determinó
su riqueza y el devenir de la brillante civilización minoica.
Los cretenses dedicaron buena parte de
su tiempo a la actividad cinegética, que constituiría uno
de los pilares de su economía y de su alimentación; en las
zonas montañosas las presas eran, preferentemente, venados, jabalíes,
el llamado íbice cretense, y una amplia muestra de aves. La
llanura de Mesará y las zonas costeras de la zona septentrional
fueron, por su parte, marco idóneo para el cultivo de la tríada
mediterránea, proporcionando buenas cosechas a los habitantes de
la isla.
Sin embargo, el medio fundamental para
el desarrollo económico de esta civilización fue su soberanía
marítima. Creta se desarrolló, en una medida muy importante,
a expensas de los territorios de ultramar, gracias a las transitadas rutas
comerciales que explotó. Los habitantes de la isla se impusieron
en el mar Egeo y llegaron a Grecia, extendiéndose primero por el
Peloponeso para llegar, más tarde, hasta Sicilia. ). Paul Faure
explicaba, de forma magistral, las razones de ello... El pueblo
cretense, marinero por definición, se ha hecho famoso por sus conquistas.
Las corrientes de agua, los vientos, el espíritu aventurero y su
sentido comercial los incitaban a ello por igual (6).
El tema de la “Talasocracia” cretense es un asunto complejo y muy debatido:
mientras algunos historiadores niegan su realidad, otros, por el contrario,
llegan a afirmar que fue el precedente del imperio ateniense del siglo
V: “Minos es el más antiguo personaje conocido por la tradición
que tuvo una flota y conquistó, en su mayor parte, el dominio del
mar hoy en día griego; estableció su dominio en las Cícladas
e instaló en la mayor parte las primeras colonias; expulsó
a los carios e instituyó allí como jefes a sus propios hijos.
Trabajó con todas sus fuerzas para purgar el mar de piratas y asegurar
así la recogida de sus impuestos “ (Tucídides
I,4).
Sea como fuere, el mar fue la más
importante razón de su desarrollo económico, como un medio
vital intrincado en las formas de vida y las creencias más profundas
de los habitantes de las islas (7). Desde Creta se llevaban
productos de la tierra y artesanía hasta todos los puntos del mar
Egeo y a los prósperos reinos de Asia y Africa. Sabemos por
las fuentes egipcias que Creta suministraba al país del Nilo cobre,
plomo, plata y diversas piedras semipreciosas; también eran transportados,
a diferentes zonas, joyas, anillos, sellos, jarros pintados, armas, es
decir, objetos de lujo, quizás regalos o intercambios entre dignatarios
de zonas alejadas.
Asimismo, los cretenses demandaban obsidiana
de Milos o Nísiros, pórfiro y piedra de Lacedemonia, diorita
de Asia Menor, estaño de Biblios y Ugarit, oro y marfil de los puertos
de Siria, etc. Junto a estos productos, otro de los bienes más
reclamados y transportados en los barcos cretenses -como mercancía-
fueron los esclavos, comprados o raptados, según las circunstancias.
Cuando, a comienzos del II milenio antes
de nuestra era se construyeron en Creta los llamados “primeros palacios”,
estas fastuosas construcciones, a las que atenderemos en las siguientes
líneas, estuvieron relacionadas, probablemente, con
un cambio social muy significativo, con el desarrollo del urbanismo, y
con la adopción de una economía centralizada y una estratificación
social cada vez más acentuada.

1. Entre los autores y fuentes clásicas que hablan
de los mitos relacionados con Minos destacan la Ilíada, la Odisea,
Herodóto,Tucídides,
Platón
(Gorgias y Las leyes), Apolonio de Rodas, Ovidio (Metamorfosis), Apolodoro
(Biblioteca), Diodoro de Sicilia, Estrabón y Pausanias.
2. Dédalo es un personaje que pertenece a la estirpe
real ateniense, como descendiente del mismo Erecteo. Las fuentes
clásicas hacen de él un admirable herrero y un hombre de
inmenso ingenio. Había llegado a la Creta de Minos escapando
de la justicia, tras haber cometido un asesinato, y allí trabajó
al servicio del rey. Su mito no está exento de anacronismos, ya
que Dédalo, Talos y Hefesto podrían ser diversos nombres
para un solo personaje mítico. Dédalo, como se ha señalado,
aparece como ateniense, y, sin embargo, las artes dedálicas fueron
llevadas a Atenas desde Creta.
3. Es bien sabido que Teseo es el héroe ateniense
por excelencia. El poderoso Minos había ordenado que los atenienses
enviaran, anualmente, un tributo de siete muchachos y siete muchachas al
laberinto de Creta, donde el voraz Minotauro acabaría con su vida.
Cuando Ariadna vio al joven (hijo del mismísimo Poseidón)
se enamoró de él y le ayudó a salir del laberinto
con la ayuda de un ovillo de hilo atado a la puerta de entrada que le mostraría
el camino de regreso, una vez hubiera dado muerte al Minotauro. Luego,
iniciaría su viaje de regreso a Atenas con Ariadna, a quien abandonó
–por designio divino- en la isla de Naxos. Su hazaña supuso
la independencia de Atenas con respecto a Minos; la Grecia continental
había empezado a tener influencia minoica desde el siglo XVIII a.C.;
el poder minoico había establecido unos lazos de carácter
comercial y en este mito se refleja la disolución de la citada
situación en el Mediterráneo, que, a medida que los atenienses
consiguieron construir y organizar su propia flota, dejaría de estar
dominada por Creta.
4. Algunos mitógrafos señalan que escapó
con un barco que le hubiera prestado Pasífae y que se refugió
en Sicilia; según esta versión, en el periplo, Ícaro
cayó al mar.
5. Las tradiciones mitológicas confunden a
todos los Minos del palacio de Cnoso, entendidos como sinónimo de
gobernante) del palacio de Cnoso; incluso los gobernantes micénicos,
después de invadir la isla, siguieron ostentando el título
de Minos.
6. FAURE, P., .La vida cotidiana en la Creta minoica,
Barcelona, 1984, p. 191.
7. Cfr. RODRÍGUEZ LÓPEZ, M.I., “La Gran Diosa
Madre, Señora del Mar Prehelénico”, Revista de Arqueología,
n. 81, Madrid, 1988.
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