| Egipto
también sufrió las persecuciones contra los cristianos decretadas
de forma general en todo el Imperio. El cristianismo no estaba prohibido,
pero provocaba muchas fobias entre la población pagana y el Estado,
ya que anteponía el poder celestial al terrenal y se negaba a admitir
el culto oficial al emperador. Esto provocó persecuciones de carácter
local a las que siguieron las generales decretadas por Decio (249-251),
Valeriano (257-258) y Diocleciano (284-305). Estas últimas fueron
muy cruentas en Egipto, donde ya existiría una comunidad de cierta
importancia, y por su causa se produjeron numerosas conversiones con las
que la población pretendía oponerse a los mandatos del emperador,
mezclándose la persecución con una revuelta contra el poder
imperial tras la cual se declararon mártires a todos los muertos
en los tumultos. A las persecuciones de Diocleciano siguieron las de Galerio
y Maximino Daia hasta el año 311. Estas persecuciones fueron las
más largas y cruentas destacando, por su carácter sanguinario,
las ordenadas por Diocleciano, que fueron tan sangrientas que sirvieron
a los cristianos coptos como punto de partida para su historia, iniciada
en el año 284, fecha que daba comienzo a la "era de los mártires".
Fue en esta época cuando algunos cristianos se retiraron al desierto
para huir de las persecuciones y practicar una vida de ascesis, instituyendo
el germen de la futura vida eremita que, posteriormente, dio paso al monacato,
difundido como práctica de vida religiosa por todo el mundo cristiano.
En el año 313, con el Edicto de
Milán, Constantino promulgó la libertad religiosa, y el cristianismo
afloró con una organización sistematizada, aunque expuesto
a continuas tensiones por las diferentes interpretaciones dogmáticas
propugnadas por las escuelas de Filosofía y Teología. Fue
la época de los Concilios, en los que se fueron perfilando las directrices
a seguir y se combatieron las doctrinas y posiciones heréticas.
En el año 391 Teodosio proclamó
al cristianismo religión oficial del Estado, prohibiéndose
en adelante todos los cultos paganos. A su muerte, en el año
395, el Imperio se dividió entre sus dos hijos, instituyéndose
así, de derecho, lo que de hecho venía haciéndose
para permitir su mejor gobernabilidad. Tras esta división Honorio
se convirtió en emperador del Imperio Romano de Occidente y Arcadio
en emperador del Imperio Romano de Oriente. Egipto, por su situación
geográfica, entró a formar parte del Imperio Romano de Oriente
o Imperio Bizantino, al que estuvo ligado, excepto por un breve período
de tiempo, hasta la conquista musulmana.
En esta etapa continuaron en vigor las
reformas administrativas puestas en marcha por Diocleciano, sufriendo un
endurecimiento en el siglo VI durante el reinado de Justiniano. Este reunió
el poder civil y militar en las mismas manos. Aunque el prefecto continuó
representándole, rompió su hegemonía en el territorio
al dividirlo en cuatro ducados sometidos a otras subdivisiones más
pequeñas. Muchos de los nuevos oficiales, siguiendo una política
de acercamiento, se nombraron entre la población egipcia, por lo
que las instituciones empezaron a tomar un carácter específicamente
egipcio. Los impuestos continuaron recaudándose entre la masa de
la población egipcia y también entre los griegos, lo que
provocó la disminución de las clases medias de origen griego.
La masa de población autóctona
se consolidó y cohesionó ganando en importancia y proporción.
Esta población, que mostraba reticencias hacia el poder proveniente
de Bizancio, se dejó seducir por las doctrinas de la Iglesia que
mantuvo, en este período, un duro debate en cuestiones teológicas,
y apoyó las teorías monofisitas rechazadas por la Iglesia
ortodoxa y consideradas heréticas en el Concilio de Calcedonia celebrado
el año 451.
Tras la muerte de Justiniano los excesos
de la administración provocaron una revuelta que estalló
en el Delta en el año 581 y mantuvo a Egipto en estado de disidencia
hasta el año 610.
Las tensiones producidas entre los coptos
y los gobernadores bizantinos fueron aprovechadas por los sasánidas,
que apoyando a los primeros en sus reivindicaciones políticas, administrativas
y religiosas provocaron la separación política entre Egipto
y Bizancio, ocupando el territorio egipcio entre los años 619 y
629. Los sasánidas apoyaron a los monofisitas en sus reivindicacioes
en contra de los melquitas.
En el año 629 el emperador Heraclio
expulsó de Egipto a los persas y propuso una fórmula de reconciliación
entre los jacobitas y melquitas para suprimir las tensiones religiosas
que desunían a las dos facciones, y que eran un pretexto constante
para provocar rebeliones. Pero esta fórmula fue rechazada por los
jacobitas, que a causa de las presiones de toda índole que soportaban
estaban dispuestos a aprovechar la mínima oportunidad que se les
presentara para volverse a liberar del yugo bizantino.
Fue éste un período en el
que se produjeron constantes escaramuzas entre bizantinos, persas y musulmanes.
En el año 641 los árabes
al mando del general 'Amr?ibn al?'As conquistaron Egipto, poniendo fin
definitivamente a la dominación bizantina. Los coptos favorecieron
la conquista, ya que vieron en los árabes, como habían visto
30 años antes en los sasánidas, a sus libertadores. Esperaban
de ellos un trato de favor especial para con el pueblo y la Iglesia copta,
pero el trato especial que se les dispensó al principio pronto se
convirtió en una nueva servidumbre que dio lugar a que en el siglo
X los cristianos coptos ya hubiesen dejado de ser mayoría con respecto
a la población musulmana.
Como los árabes desconocían
la economía del país preservaron la administración
bizantina y dejaron a los coptos en sus puestos administrativos, les autorizaron
la libre práctica de su religión y liberaron del exilio a
Benjamín, patriarca de Alejandría.
Los coptos aportaban una riqueza agrícola
excepcional que los musulmanes procuraron proteger y organizar. El territorio
se centralizó reduciendo el número de ducados a dos divisiones
administrativas, el Alto y el Bajo Egipto, puestos bajo el mando de un
gobernador y divididos a su vez en distritos llamados kura, a cuya
cabeza estaba un prefecto que dirigía las finanzas y la policía.
La situación de los cristianos
pronto cambió y se fue agravando bajo el nuevo régimen, ya
que los dhimmis -condiciones impuestas a los vencidos- eran duros.
Los coptos tenían que pagar la djizia, impuesto personal
del que estaban eximidos los musulmanes en su condición de combatientes
dispuestos continuamente a librar la guerra santa o yihad; y como
los impuestos de la djizia no dejaban de crecer, muchos coptos optaron
por refugiarse en los monasterios o convertirse al Islam.
Además de pagar impuestos, los
coptos estaban sometidos a numerosos tratos de inferioridad con respecto
a los musulmanes: se les juzgaba en tribunales de justicia musulmanes,
su indumentaria era diferente, sus viviendas debían ser más
modestas que las de sus vecinos musulmanes, no podían abrir nuevas
iglesias ni monasterios en las ciudades construidas por los musulmanes,
y su lengua quedó relegada a las ceremonias litúrgicas al
convertirse el árabe en la lengua oficial. Su situación fue
empeorando cada vez más, a pesar de que algunos califas les favorecieron
y se esforzaron por mitigar la miseria social en que se encontraban.
Bajo las dinastías Omeya (660-750)
y Abásida (750-860) Egipto formó parte del mundo árabe
unificado, pero los gobernadores soñaban frecuentemente con la independencia,
que se logró con el gobernador de origen turco Ahmed Ibn Tulun,
nombrado para este cargo en el año 868. En el año 872 este
gobernador se independizó de Bagdad dando comienzo al período
tulúnida (868-905), al que siguió el período ijshidí
(935-969).
En todo este tiempo los gobernadores dejaron
la administración financiera en manos de los funcionarios coptos.
Fueron épocas de numerosas revueltas entre la población copta
que protestaba contra las altas tasas que tenía que pagar y contra
el trato diferenciado que se les dispensaba por su condición socio-religiosa.
En el año 912 la dinastía
norteafricana de los fatimíes lanzó la primera ofensiva contra
Egipto, culminando éstas con su conquista en el año 969.
En el período fatimí (969-1171) se proclamó la unidad
nacional y se produjo un acercamiento entre los califas y los coptos, que
mantuvieron estrechas relaciones. En este ambiente se celebraron algunas
fiestas cristianas con manifestaciones públicas, los califas admitieron
como consejeros y visires a coptos, y se permitió el embellecimiento
y reconstrucción de sus antiguos edificios sagrados junto a la construcción
de otros nuevos. Las buenas relaciones entre los califas y la población
copta se debieron al agradecimiento por la colaboración prestada
por los últimos para la buena marcha de la administración
y la economía del país, y a que estos califas, de ascendencia
chiita, querían contrarrestar las fuerzas sunnitas
presentes en la población musulmana. Pero a pesar de la política
de participación y tolerancia, en este período se acentuó
el empleo del árabe entre los coptos y se aceleró el proceso
de su integración en el conjunto de la población.
La dinastía ayubita (1171-1250)
instaurada por Ayyub ibn Sadi ibn Marvan continuó la política
de sus antecesores en el gobierno, con lo que la unión entre la
población musulmana y copta se hizo tan estrecha que muchos millones
de coptos, después de haber asimilado por completo la cultura musulmana,
se convirtieron al Islam.
A partir de estos momentos la población
copta fue disminuyendo y, aunque permaneció fiel a sus costumbres,
quedó absorbida por la población musulmana dominante, dejando
de ejercer su cultura desde entonces cualquier influencia sobre los demás
grupos sociales. Desde mediados del siglo XIII, en que Egipto cayó
en la órbita de poder de los mamelucos (1250-1517), se tiene que
hablar de los "coptos en Egipto", por constituir estos un grupo de población
minoritaria que conservaron su cultura, religión y modos de vida,
pero sin fuerza para ejercer ninguna influencia sobre la civilización
musulmana dominante sino, todo al contrario, adaptándose poco a
poco a su forma de vida. A partir de entonces el Arte Copto agotó
por completo su actividad creadora y se limitó a repetir los modelos
de su época de esplendor y a asimilar y reproducir los elementos
artísticos provenientes de la cultura oficial.
A pesar de haberse fundido y asimilado
a la población musulmana, los coptos siempre han sido considerados
ciudadanos de segundo orden, pero se ha tolerado su presencia a lo largo
de los siglos e, incluso, han participado en los gobiernos de mayoría
musulmana por sus dotes gestoras y administrativas. La cohesión
de la comunidad se ha visto favorecida por la costumbre de celebrar sus
matrimonios entre ellos, a menudo entre parientes, y de todos los habitantes
de Egipto son los que más se asemejan a los antiguos egipcios, ya
que apenas se han mezclado con el resto de la población.
Su lengua quedó restringida a las
celebraciones litúrgicas, aunque en la actualidad las palabras de
la consagración (desde el siglo XIX) y las lecturas (desde este
siglo) se doblan en árabe. El pueblo ignora la lengua copta, la
mayoría de los sacerdotes, monjes y clérigos la leen y cantan
sin comprenderla, y sólo es conocida y estudiada por ciertas familias
de intelectuales.
Los coptos forman en torno al 15% de
la población del país, y su participación en la vida
activa es sustancial después de haberse proclamado la igualdad de
derechos entre coptos y musulmanes aunque, de hecho, parte de la población
copta es agraviada constantemente por la población musulmana

|