| LA
RELIGION Y LA IGLESIA COPTA.
El hecho de que, desde la Antigüedad,
Egipto haya estado abierto a las distintas influencias extranjeras a causa
de las relaciones comerciales y las continuas invasiones a las que estuvo
sometido el territorio, generó una población mixta muy mezclada
con los pobladores autóctonos. Y su religión, en la que eran
muy importantes los ritos mágicos, sufrió el influjo de la
religión politeísta griega y de las monoteístas hebraica
y zoroástrica.
Los egipcios han sido desde siempre un
pueblo muy religioso. Al principio su religión era fetichista y
muchas de sus divinidades tuvieron origen funerario. Cada ciudad tenía
un dios protector, alguno de los cuales fue adquiriendo un carácter
nacional; pero en su panteón fue logrando un rango preeminente la
tríada compuesta por Osiris -principio activo-, Isis -principio
pasivo- y Horus -unión de los dos principios-. Esta creencia trinitaria
facilitó entre la población la posterior asimilación
de la Trinidad cristiana.
Tras la conquista de Egipto por Alejandro
y el posterior establecimiento de los Lágidas, los cultos griegos
adquirieron un gran desarrollo. Dionisos se convirtió en una de
las divinidades más adoradas al ser su culto potenciado por los
faraones ptolemaicos que se creían descendientes directos del dios,
perpetuándose su culto hasta el final de la época pagana.
Los cultos mistéricos adquirieron
gran auge gracias al ocultismo de la antigua religión egipcia, y
a sus dioses tradicionales se unieron otros de origen griego como Orfeo
y Serapis. Este último llegó a identificarse con Osiris y
se unió a Isis y Horus, que empezó a ser conocido bajo la
denominación de Harpócrates. Los seguidores de Serapis contaban
con un número elevado de templos donde celebrar sus ritos, y su
culto estuvo tan extendido que Domiciano (81-96) lo organizó y potenció
en Egipto y lo favoreció en Roma.
Los judíos, que llegaron a Egipto
posiblemente durante el segundo período intermedio (1786-1550 a.C.),
también ejercieron cierta influencia con su concepción monoteísta
sobre los antiguos cultos egipcios. Posiblemente tuvieron bastante que
ver con las reformas religiosas de Amenofis IV, que introdujo el culto
monoteísta al dios Atón excluyendo a las demás divinidades
locales, aunque sus reformas se suprimieron a la muerte del faraón
restituyéndose el politeísmo religioso.
Tras la conquista de Alejandro los judíos
de la Diáspora se establecieron en un número considerable
en distintas zonas del país como la Tebaida, Al Fayyum y el Delta.
En Alejandría se formó una importante comunidad desde la
fundación de la ciudad, estableciéndose en barrios separados
del resto de la población. La comunidad judía de Alejandría
llegó a traducir al griego el Antiguo Testamento.
Como consecuencia del constante flujo
de ideas religiosas y filosóficas se produjo en el país un
sincretismo religioso que favorecía la permeabilidad a nuevas doctrinas.
Esto facilitó la penetración y difusión del cristianismo
en Egipto junto al hecho de que el grueso de la población autóctona
asimilara los dogmas de la nueva fe a sus antiguas creencias, como fue
el caso, ya mencionado, de la tríada formada por Osiris-Isis-Horus
y la Trinidad cristiana. Los nuevos adeptos también supieron aprovechar
sus convicciones para enarbolar la causa nacionalista que les haría
enfrentarse, de distintas formas, al poder central.
Según la tradición, el cristianismo
llegó a Egipto entre los años 40 y 49 de mano de San Marcos,
enviado a Alejandría por San Pedro. El 24 de Abril del año
68 el santo fue sometido a martirio por los seguidores de Serapis, y su
cuerpo fue enterrado en la iglesa de Boucolia donde, al ser cubierta por
el mar, permaneció hasta el año 828 en que su cuerpo fue
descubierto y comprado por unos pescadores venecianos que lo transladaron
a Venecia, guardándose sus restos en la basílica a él
consagrada y convirtiéndose en patrón de la República.
La predicación de San Marcos en Egipto parece que no contó
con mucha tradición en la Antigüedad; no es mencionada por
San Clemente de Alejandría (+ 215) ni por Orígenes (+ 251),
aunque si por Eusebio de Cesarea (267/340), su difusor.
No se sabe si el cristianismo penetró
en Egipto por la zona fronteriza de Palestina o por Alejandría,
vía Roma, pero parece que se introdujo primero en las comunidades
greco-judaicas de la Diáspora, más abiertas al mundo y a
la filosofía griega, que sirvieron de enlace entre el cristianismo
naciente y el paganismo. No hay evidencias directas de la existencia de
comunidades cristianas en Egipto en el siglo I d.C., pero en los Hechos
de los Apóstoles, 18, 24-25, se dice:
"Cierto judío de nombre Apolo,
de origen alejandrino, varón elocuente, llegó a Éfeso,
era muy perito en el conocimiento de las Escrituras. Estaba bien informado
del camino del Señor y con fervor y espíritu hablaba y enseñaba
con exactitud lo que toca a Jesús".
Estos versículos parecen indicar
la existencia temprana de cristianos en Egipto, que se pudieron haber "informado
del camino del Señor" en su misma patria, pero las comunidades parece
que se establecieron de forma fortuita.
A finales del siglo II el obispo Julián
fundó en Alejandría el Didascalo, escuela catequética
que estableció el canon de las Escrituras y se opuso a todas las
desviaciones surgidas en el seno de la Iglesia, por tanto, en esta época
ya debía haber una comunidad cristiana de cierta importancia, destacando
entre sus príncipes obispos como Demetrio (189-231), según
se desprende de la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea.
Alejandría era un importante centro
marítimo y comercial además de capital administrativa, por
lo que era visitada por muchos egipcios del interior del país, y
el flujo continuo de personas ayudó a que la nueva doctrina se extendiera
por el Valle del Nilo, de modo que a finales del siglo II parece que el
cristianismo ya había penetrado en el Alto Egipto, aunque no se
haría religión mayoritaria hasta el siglo V. Pero la evangelización
del Valle del Nilo no fue sistemática ni progresiva, porque los
obispos de Alejandría no potenciaron la expansión religiosa,
y en los siglos VI y VII todavía quedaban adeptos a las viejas creencias
que acogieron con facilidad y se convirtieron con rapidez a la nueva religión
musulmana.
En la escuela de Alejandría surgieron
manifestaciones litúrgicas y teológicas muy importantes.
En esta escuela se fijó el texto definitivo de la Biblia griega,
se discutieron las doctrinas en la época de los Concilios Ecuménicos,
y se formularon cánones de acuerdo a las tradiciones. Fue la primera
escuela catequética y existió en ella una perfecta interrelación
entre la religión y la filosofía griega neoplatónica,
adaptando al cristianismo las teorías de Platón. En la época
conciliar mantuvo una continua pugna con la escuela de Antioquía,
convirtiéndose ambas en los dos focos teológicos más
importantes de la Antigüedad.
En el Didascalo se crearon talleres
de copistas de las Escrituras formándose una élite intelectual
greco-parlante, pero no faltó el elemento egipcio, como se atestigua
por el empleo del copto en las glosas marginales, en las traducciones parciales
y en los glosarios de los textos salidos de su escriptorio.
Es presumible que las primeras conversiones
al cristianismo se hicieran entre la población helenizada y, aunque
no se sabe cuando empezó a prender la nueva religión entre
la población copta, ya hay evidencia de una literatura cristiana
en los papiros desde mediados del siglo III, traduciéndose la Biblia
al copto a mediados del siglo IV. Mas el cristianismo asumió caracteres
diferentes entre el pueblo y las clases altas, estas últimas, más
helenizadas, armonizaron sus creencias con los sistemas filosóficos
de la Antigüedad, mientras las masas populares practicaban una religión
más ingenua y pasional, alimentando su impulso en sus antiguas creencias,
que no abandonaron a pesar de convertirse al cristianismo, sino que adaptaron
éste a los ritos y mitos de su antigua religión con más
de seis mil años de tradición. Fueron estas creencias las
que se iban a desarrollar entre los coptos por su larga tradición
en la historia egipcia y porque suponían un rechazo a la visión
más filosófica del cristianismo más helenizado y un
rechazo al poder central, considerado opresor.
El cristianismo naciente pronto tuvo que
combatir las herejías y las nuevas doctrinas. Entre éstas
tuvo un desarrollo considerable, sobre todo en Egipto donde contó
con varias escuelas, el Gnosticismo, doctrina en la que se mezclaron creencias
cristianas, judaicas y orientales, y pretendía la comprensión
de la divinidad mediante el conocimiento intuitivo y mistérico de
las cosas divinas -gnosis-, que estaba en oposición a la
sabiduría adquirida por el estudio. Se pretendía fusionar
el cristianismo y el paganismo, y esta misión tenía que ser
llevada a cabo por los adeptos a la religión cristiana. Su época
de mayor apogeo coincidió con los siglos II y III, y además
de las consideraciones puramente filosóficas desarrolló una
estética a base de representaciones humanas y animales, junto a
jeroglíficos e inscripciones latinas indescifrables de carácter
mágico; de modo que el Gnosticismo permitió la pervivencia
de la magia del Egipto faraónico durante varios siglos en el Egipto
copto. En el siglo IV todavía debía tener pujanza, como atestiguan
los papiros coptos de origen gnóstico encontrados en Nag Hammadi,
y aún en el siglo VII los monjes egipcios empleaban expresiones
con aires gnósticos.
Las persecuciones decretadas contra los
cristianos provocaron en Egipto un fenómeno que posteriormente iba
a tener gran fuerza en la cristiandad. Nos referimos al monacato y al eremitismo
como su primera manifestación. Su nacimiento no se debió
exclusivamente a condicionantes religiosos, sino que la situación
socio-económica en que vivían los coptos provocó que,
para escapar de las abusivas tasas a que estaban sometidos y de su condición
de esclavos del emperador, muchos huyesen de las ciudades y se refugiasen
en el desierto. Este fenómeno se acrecentaba en épocas de
persecuciones, teniendo en estos momentos importancia fundamental la causa
religiosa. Y lo que empezó como una huida se hizo práctica
habitual para algunos que, al principio, se establecieron a las afueras
de las poblaciones siendo alimentados por sus conciudadanos, y después
se retiraron al desierto para llevar una vida de oración y sacrificio.
La vida eremita ya se practicaba en el
Egipto faraónico. La palabra anachoresis -que vive fuera- aparece
continuamente en los papiros oficiales para mencionar a quien huye del
pago de las tasas, siendo más tarde cuando tomó un significado
religioso. Se considera como primer eremita cristiano a San Pablo de Tebas,
que abandonó el mundo para retirarse a vivir a una antigua tumba
del desierto. A San Pablo siguieron otros como San Antonio, San Senuto,
San Macario, etc..
A finales del siglo III San Pacomio, después
de haber llevado una vida retirada y como consecuencia de una inspiración
divina, congregó a los eremitas en una casa situada en un paraje
solitario para liberarlos de los peligros que para el cuerpo y el alma
suponía el eremitismo incontrolado. De esta forma se instituyó
el monacato, siendo San Pacomio quien redactó la primera regla monástica
que sirvió como modelo para todas las posteriores.
La importancia que desde siempre había
tenido en Egipto la contemplación del Más Allá pudo
influir en la búsqueda de la perfección evangélica
mediante la vida retirada. Los monjes se ganaban la vida haciendo cestas
de ramas de palmeras y se empleaban como trabajadores en los campos circundantes,
pero la vida de la mayoría no transcurría en olor a santidad
ya que, a causa de sus tradiciones ancestrales, eran hombren muy impresionables,
fanáticos y con costumbres muy relajadas al provenir de las clases
sociales más humildes. Desde las ciudades se les acusaba de vivir
en la lujuria y en la idolatría, haciéndose más graves
estas acusaciones en las épocas de disputas cristológicas
para intentar frenar el impulso que iba tomando la Iglesia nacional, ya
que, aunque los monjes coptos no eran adictos a las disputas teológicas,
seguían el Sínodo de Alejandría, a pesar de que la
gran mayoría no sabía leer griego ni copto.
La vida monástica se extendió
desde Egipto a Siria y Palestina. A Occidente fue transmitida por San Anastasio,
patriarca de Alejandría, durante su destierro en Roma y Tréveris,
y, a partir de su difusión, constituyó la manifestación
religiosa y cultural más importante de la Edad Media.
Cuando la Iglesia fue permitida y luego
reconocida por el Estado, comenzó la gran época de la Teología
y de la lucha contra la herejía. Frecuentemente se mantenían
posiciones enfrentadas en torno a un problema, siendo los asuntos trinitarios
y cristológicos los que preocuparon y ocuparon de manera más
constante a los teólogos de las escuelas de Alejandría y
Antioquía que, a menudo, se mostraban en desacuerdo. Entre todos
los dogmas establecidos y las disputas mantenidas cabe destacar, para nosotros,
la establecida en torno a la naturaleza de Cristo.
Cuando se definió como Verdad que
Jesucristo era verdadero Dios y verdadero Hombre se planteó el problema
de la unión en Cristo de las dos naturalezas para formar la unidad
del Hombre-Dios y, para resolverlo, se propusieron dos soluciones por parte
de las dos escuelas teológicas de más prestigio.
En Antioquía se proclamó
que ambas naturalezas no estaban unidas internamente, sino puestas en conexión.
Esta teoría fue expuesta por Nestorio, patriarca de Constantinopla,
que llegó a negar la unipersonalidad de Jesucristo y defendió
la existencia de dos personas en Cristo, la divina y la humana, encontrándose
en ésta última la divinidad como en un templo. Fue Cristo
humano el que nació de María, por lo que la Virgen no es
Theotokos.
En Alejandría se partía
de la humanidad divina y de la unión física y real de las
dos naturalezas.
El patriarca Cirilo de Alejandría
pidió al Papa Celestino la celebración de un Concilio local
en Alejandría para denunciar los errores del patriarca Nestorio.
Durante su celebración ambos patriarcas se lanzaron excomunionoes
mutuas, pero, como no se llegó a una resolución, se convocó
un Concilio Ecuménico en Efeso en el año 431. En este Concilio
se aceptaron las teorías de Cirilo, se excomulgó a Nestorio
por sus teorías, y se reconoció a María como Theotokos.
Estos enfrentamientos se tradujeron en
una rivalidad entre los episcopados de Alejandría y Constantinopla,
ya que al ser esta última ciudad encumbrada a categoría de
capital del Imperio, su sede episcopal se hizo más eminente y su
obispo fue elevado a la dignidad de patriarca.
Esta rivalidad se hizo más manifiesta
cuando Dioscoro, patriarca de Alejandría, para contestar una decisión
del patriarca de Constantinopla, que había condenado las teorías
expuestas por el monje constantinopolitano Eutiques -el cual llegó
a la conclusión de que la unión de las dos naturalezas de
Cristo era tan íntima que su humanidad era simple apariencia-, abrazó
estas ideas. Así nacía la teoría monofisita que se
iba a convertir en el elemento diferenciador más importante de la
iglesia copta. El Papa León I, que defendía la doctrina de
la "unidad de la persona y la dualidad de las naturalezas", condenó
las doctrinas de Eutiques y Nestorio en una carta enviada a Flavio, patriarca
de Constantinopla, y en el año 451 el emperador Marciano convocó
el Concilio Ecuménico de Calcedonia en el que se exilió y
condenó a Eutiques y Dioscoro, al cual se destituyó como
obispo de Alejandría, nombrándose a otro partidario de las
decisiones adoptadas en el Concilio.
A partir de este momento se produjo una
división en la Iglesia egipcia: de un lado estaban los melquitas,
partidarios de las decisiones adoptadas en Calcedonia y, por tanto, de
la posición imperial; y de otro lado estaban los jacobitas, defensores
de las teorías monofisitas que defendían la unión
de naturalezas en Cristo, ya que la divina absorbía en El a la humana.
Este acontecimiento supuso una toma de conciencia nacional entre los egipcios
que se oponían tanto a la silla episcopal de Constantinopla como
al emperador. Cuando Dioscoro murió en el exilio los coptos o, lo
que era lo mismo, los jacobitas le lloraron y celebraron su memoria como
si se tratara de un mártir.
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