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podemos explicar un movimiento artístico tan importante como el
Renacimiento en Europa sin antes adentrarnos en las características
históricas del momento. Fueron los últimos años del
siglo XV y el transcurso de la centuria siguiente el período en
que se desarrolló la etapa que nos ocupa y cuyos enclaves físicos
fueron Francia, Países Bajos (con especial atención en Flandes
y Holanda) y los países que conformaban el Imperio Sacro Germánico.
A pesar de estas pequeñas anotaciones que a continuación
señalaremos, difícil resulta resumir los rasgos que singularizaron
uno de los períodos más complejos del devenir europeo.
Finalizando el siglo XV, la parcelación
de la soberanía, característica de los Estados feudales,
fue desapareciendo progresivamente en beneficio de unas nuevas monarquías
que poco a poco fueron dotándose de instrumentos de fortalecimiento
que ayudarían a conformarlas en absolutistas. Claro ejemplo de fundamento
teórico de todo ello lo hallamos en la obra titulada El Príncipe,
escrita en 1513, de Maquiavelo, que, al amparo del emergente fenómeno
de las nacionalidades, hace que su Razón de Estado se convierta
en un verdadero ideario político. Ideario que tiene como base principal
el poder omnímodo del rey, sobre el que incide Erasmo de Rotterdam
en su obra titulada Institutio principis christianis que fue publicada
en 1516 y cuya consolidación estuvo en la obra de Bodino bajo el
título de La República.
En Francia, los tres monarcas claves
que marcaron la etapa importante hacia la creación de un Estado
moderno fueron Carlos VIII (reinado de 1483-98), Luis XII (reinado de 1498-1515)
y Francisco I (reinado de 1515-1547). A la muerte de Luis XI (1483), peligró
la unidad de la monarquía francesa con la subida al trono de su
sucesor, de trece años de edad, Carlos VIII ya que un sector de
la aristocracia puso en la figura del príncipe Luis de Orleans su
confianza para frenar el ritmo acelerado con que el monarca había
limitado algunos de sus privilegios. Tras varios enfrentamientos, la contienda
terminó con la captura y encarcelamiento del príncipe, y
su ratificación vino dada con la alianza de los propios opositores
con el joven monarca para tomar parte en la campaña italiana. Alcanzada
la mayoría de edad, Carlos VIII, cuya adolescencia había
transcurrido entre libros de caballerías y soñaba con nuevas
aventuras y cruzadas contra el lejano poder turco; se obsesionó
con poseer Italia, sin embargo, tras una rápida avanzada que le
llevó a ser dueño del territorio de Nápoles, dos hechos
le frenaron sus tentativas: primero la creación opositora de una
Liga en la que se unieron Fernando II de Aragón, el papa Alejandro
VI, el ducado de Milán y la Señoría veneciana; y posteriormente,
el fatal accidente de su muerte en 1498 como consecuencia de un fuerte
golpe en la cabeza al traspasar una puerta baja en el castillo de Amboise.
Casado con Ana de Bretaña en 1491, matrimonio político que
incorporó dicho territorio al poderío francés, y no
haber dejado descendencia masculina, llevó al trono a su primo Luis
de Orleans con el que años pasados había tenido enfrentamientos.
La llegada de Luis XII a la Corte supuso
la continuación de algunos de los planteamientos de su predecesor
siempre bajo la serenidad y efectividad que le caracterizaron. De esta
manera, mantuvo en su corona el Ducado de Bretaña; partió
de las reformas establecidas en los Estados Generales de Tours (1484) sobre
la administración de justicia y la racionalización y reducción
fiscal, medidas que se concretaron en la Gran Ordenanza de 1499 y las cuales
conllevaron una clara consolidación del poder del monarca, favorecida
por la época de paz general y de cierta prosperidad que coincidió
con el reinado; y tuvo que lidiar con su opositor Fernando el Católico,
enfrentándose a él nuevamente por los territorios italianos,
concluyendo las hostilidades con el tratado de Blois (1504) en el que Luis
XII renunciaba a sus esperanzas sobre Italia (posteriormente comenzó
una nueva expedición, aunque, la creación de una nueva Santa
Liga, organizada por el papa Julio II e integrada por Fernando el católico,
el emperador Maximiliano, Venecia e Inglaterra; terminó frenando
las aspiraciones de la Corona francesa sobre el país mediterráneo).
A su muerte, enero de 1515, y sin descendencia masculina de ninguno de
sus tres matrimonios, subió al trono su yerno y primo Francisco
I quien heredaba una Francia totalmente unificada territorialmente, próspera
y con un número de población que era el más elevado
de toda Europa.
A diferencia de Francia, el complejo
mosaico alemán estaba formado por múltiples territorios gobernados
por príncipes que ejercían su soberanía sobre dilatados
Estados, había cerca de dos centenares de señores que no
tenían más posesión que las tierras que circundaban
sus castillos y las gentes que malvivían sobre ellas; y varias decenas
de ciudades-Estado que habían perdido parte de su antiguo esplendor
como consecuencia de los continuos conflictos mantenidos contra los príncipes
con objeto de resistir la presión de éstos por absorber a
aquellas en sus Estados. A mediados del siglo XV las luchas entre ambos
entes de poder se habían recrudecido y el margrave de Brandeburgo
había incorporado a sus Estados la ciudad de Berlín, concluyendo
así su antiquísima autonomía y siendo un punto de
referencia en la tendencia manifestada en la misma línea por otros
grandes señores alemanes. Bajo estas líneas políticas,
en 1486, Federico III (1440-1493) encargó a su hijo Maximiliano
el gobierno del Imperio otorgándole el título de Rey de Germania.
Maximiliano era conocido en el ámbito internacional por su enlace,
a los dieciocho años, con María de Borgoña (única
hija y heredera del duque de Borgoña) por lo que los Países
Bajos y la herencia ducal pasaron a la Casa de Habsburgo. Elegido Emperador
a la muerte de su padre en 1493, continuó la política destinada
a enaltecer la desprestigiada dignidad imperial y a detener la creciente
descomposición interior manifestada en constantes agitaciones sociales
y querellas internobiliarias y en el creciente movimiento centrífugo
que en los Países Bajos, Bohemia y Suiza, amenazaba con desprender
estos territorios del conglomerado político imperial.
Finalmente, Maximiliano impuso la autoridad
de los Habsburgo en Flandes eliminando las autonomías municipales
(tras la capitulación de Gante en 1492) y potenció la ciudad
libre de Amberes, en detrimento de Bruselas y la decadencia de Brujas,
creó así una importante potencia comercial nórdica
que controlaba las rutas bálticas. El control de los territorios
que conformaban los Países Bajos aumentó las dimensiones
del gran Imperio Sacro Germánico que, muerto Maximiliano en 1519,
heredó su nieto Carlos V incorporándolo a la monarquía
española.
Asimismo, en este mundo cambiante entre
los siglos XV y XVI observamos como la sociedad organizada de manera estamental
presentaba en la cúspide una nobleza que dominaba tanto la política
como la economía a través de sus relaciones feudales; al
mismo tiempo, la burguesía buscaba, gracias a su enriquecimiento,
adoptar los modos de vida aristocráticos, aceptando la preeminencia
social de la nobleza y emulando sus hábitos y costumbres. Sin embargo,
la irreversible consolidación del poder de los príncipes
en el marco de las nuevas fórmulas de Estado que se fueron desarrollando
en toda Europa atentaba contra el poder de las oligarquías aristocráticas.
Qué duda cabe que tal política, encaminada a recortar las
dependencias contractuales de la sociedad feudal, conllevaría a
medio plazo a la consolidación de la autoridad de la Corona, a la
par que disminuiría el poder de los nobles que mantendrían
una pugna generalizada en todo la extensión europea contra las monarquías
crecientemente autoritarias en el inicio de un largo proceso hacia el absolutismo
monárquico. Los nobles fueron perdiendo progresivamente parcelas
del poder político que iban siendo recuperadas por los príncipes
hacia el proceso de construcción de Estados modernos.
La burguesía, afincada en
las áreas urbanas, crecía a propósito del nuevo comercio
originado gracias al descubrimiento de América en 1492. Fue enriqueciéndose
de manera espectacular siendo ellos quienes, una vez consolidadas las monarquías,
financiaban los costos de creación y manutención de ejércitos
regulares que permitían afrontar los conflictos continuos que tuvieron
lugar durante este siglo, evitando así el riesgo de armar a un campesinado
explotado y descontento. Los grandes financieros de Europa, principalmente
del sur de Alemania (como los Fugger y los Welser), dispusieron de capital
necesario para sustentar las guerras territoriales y de igual modo invirtieron
también en la construcción de lujosos palacios y en la producción
artística en general, siendo los monarcas y los burgueses ricos
los principales promotores del arte del Renacimiento.

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