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INTRODUCCIÓN AL ARTE DEL RENACIMIENTO CENTROEUROPEO 1/5
Mónica Riaza de los Mozos
ISBN-84-9714-033-8
 

No podemos explicar un movimiento artístico tan importante como el Renacimiento en Europa sin antes adentrarnos en las características históricas del momento. Fueron los últimos años del siglo XV y el transcurso de la centuria siguiente el período en que se desarrolló la etapa que nos ocupa y cuyos enclaves físicos fueron Francia, Países Bajos (con especial atención en Flandes y Holanda) y los países que conformaban el Imperio Sacro Germánico. A pesar de estas pequeñas anotaciones que a continuación señalaremos, difícil resulta resumir los rasgos que singularizaron uno de los períodos más complejos del devenir europeo. 

 Finalizando el siglo XV, la parcelación de la soberanía, característica de los Estados feudales, fue desapareciendo progresivamente en beneficio de unas nuevas monarquías que poco a poco fueron dotándose de instrumentos de fortalecimiento que ayudarían a conformarlas en absolutistas. Claro ejemplo de fundamento teórico de todo ello lo hallamos en la obra titulada El Príncipe, escrita en 1513, de Maquiavelo, que, al amparo del emergente fenómeno de las nacionalidades, hace que su Razón de Estado se convierta en un verdadero ideario político. Ideario que tiene como base principal el poder omnímodo del rey, sobre el que incide Erasmo de Rotterdam en su obra titulada Institutio principis christianis que fue publicada en 1516 y cuya consolidación estuvo en la obra de Bodino bajo el título de La República.

 En Francia, los tres monarcas claves que marcaron la etapa importante hacia la creación de un Estado moderno fueron Carlos VIII (reinado de 1483-98), Luis XII (reinado de 1498-1515) y Francisco I (reinado de 1515-1547). A la muerte de Luis XI (1483), peligró la unidad de la monarquía francesa con la subida al trono de su sucesor, de trece años de edad, Carlos VIII ya que un sector de la aristocracia puso en la figura del príncipe Luis de Orleans su confianza para frenar el ritmo acelerado con que el monarca había limitado algunos de sus privilegios. Tras varios enfrentamientos, la contienda terminó con la captura y encarcelamiento del príncipe, y su ratificación vino dada con la alianza de los propios opositores con el joven monarca para tomar parte en la campaña italiana. Alcanzada la mayoría de edad, Carlos VIII, cuya adolescencia había transcurrido entre libros de caballerías y soñaba con nuevas aventuras y cruzadas contra el lejano poder turco; se obsesionó con poseer Italia, sin embargo, tras una rápida avanzada que le llevó a ser dueño del territorio de Nápoles, dos hechos le frenaron sus tentativas: primero la creación opositora de una Liga en la que se unieron Fernando II de Aragón, el papa Alejandro VI, el ducado de Milán y la Señoría veneciana; y posteriormente, el fatal accidente de su muerte en 1498 como consecuencia de un fuerte golpe en la cabeza al traspasar una puerta baja en el castillo de Amboise. Casado con Ana de Bretaña en 1491, matrimonio político que incorporó dicho territorio al poderío francés, y no haber dejado descendencia masculina, llevó al trono a su primo Luis de Orleans con el que años pasados había tenido enfrentamientos.

La llegada de Luis XII a la Corte supuso la continuación de algunos de los planteamientos de su predecesor siempre bajo la serenidad y efectividad que le caracterizaron. De esta manera, mantuvo en su corona el Ducado de Bretaña; partió de las reformas establecidas en los Estados Generales de Tours (1484) sobre la administración de justicia y la racionalización y reducción fiscal, medidas que se concretaron en la Gran Ordenanza de 1499 y las cuales conllevaron una clara consolidación del poder del monarca, favorecida por la época de paz general y de cierta prosperidad que coincidió con el reinado; y tuvo que lidiar con su opositor Fernando el Católico, enfrentándose a él nuevamente por los territorios italianos, concluyendo las hostilidades con el tratado de Blois (1504) en el que Luis XII renunciaba a sus esperanzas sobre Italia (posteriormente comenzó una nueva expedición, aunque, la creación de una nueva Santa Liga, organizada por el papa Julio II e integrada por Fernando el católico, el emperador Maximiliano, Venecia e Inglaterra; terminó frenando las aspiraciones de la Corona francesa sobre el país mediterráneo). A su muerte, enero de 1515, y sin descendencia masculina de ninguno de sus tres matrimonios, subió al trono su yerno y primo Francisco I quien heredaba una Francia totalmente unificada territorialmente, próspera y con un número de población que era el más elevado de toda Europa.

 A diferencia de Francia, el complejo mosaico alemán estaba formado por múltiples territorios gobernados por príncipes que ejercían su soberanía sobre dilatados Estados, había cerca de dos centenares de señores que no tenían más posesión que las tierras que circundaban sus castillos y las gentes que malvivían sobre ellas; y varias decenas de ciudades-Estado que habían perdido parte de su antiguo esplendor como consecuencia de los continuos conflictos mantenidos contra los príncipes con objeto de resistir la presión de éstos por absorber a aquellas en sus Estados. A mediados del siglo XV las luchas entre ambos entes de poder se habían recrudecido y el margrave de Brandeburgo había incorporado a sus Estados la ciudad de Berlín, concluyendo así su antiquísima autonomía y siendo un punto de referencia en la tendencia manifestada en la misma línea por otros grandes señores alemanes. Bajo estas líneas políticas, en 1486, Federico III (1440-1493) encargó a su hijo Maximiliano el gobierno del Imperio otorgándole el título de Rey de Germania. Maximiliano era conocido en el ámbito internacional por su enlace, a los dieciocho años, con María de Borgoña (única hija y heredera del duque de Borgoña) por lo que los Países Bajos y la herencia ducal pasaron a la Casa de Habsburgo. Elegido Emperador a la muerte de su padre en 1493, continuó la política destinada a enaltecer la desprestigiada dignidad imperial y a detener la creciente descomposición interior manifestada en constantes agitaciones sociales y querellas internobiliarias y en el creciente movimiento centrífugo que en los Países Bajos, Bohemia y Suiza, amenazaba con desprender estos territorios del conglomerado político imperial. 

Finalmente, Maximiliano impuso la autoridad de los Habsburgo en Flandes eliminando las autonomías municipales (tras la capitulación de Gante en 1492) y potenció la ciudad libre de Amberes, en detrimento de Bruselas y la decadencia de Brujas, creó así una importante potencia  comercial nórdica que controlaba las rutas bálticas. El control de los territorios que conformaban los Países Bajos aumentó las dimensiones del gran Imperio Sacro Germánico que, muerto Maximiliano en 1519, heredó su nieto Carlos V incorporándolo a la monarquía española.

Asimismo, en este mundo cambiante entre los siglos XV y XVI observamos como la sociedad organizada de manera estamental presentaba en la cúspide una nobleza que dominaba tanto la política como la economía a través de sus relaciones feudales; al mismo tiempo, la burguesía buscaba, gracias a su enriquecimiento, adoptar los modos de vida aristocráticos, aceptando la preeminencia social de la nobleza y emulando sus hábitos y costumbres. Sin embargo, la irreversible consolidación del poder de los príncipes en el marco de las nuevas fórmulas de Estado que se fueron desarrollando en toda Europa atentaba contra el poder de las oligarquías aristocráticas. Qué duda cabe que tal política, encaminada a recortar las dependencias contractuales de la sociedad feudal, conllevaría a medio plazo a la consolidación de la autoridad de la Corona, a la par que disminuiría  el poder de los nobles que mantendrían una pugna generalizada en todo la extensión europea contra las monarquías crecientemente autoritarias en el inicio de un largo proceso hacia el absolutismo monárquico. Los nobles fueron perdiendo progresivamente parcelas del poder político que iban siendo recuperadas por los príncipes hacia el proceso de construcción de Estados modernos. 

 La burguesía, afincada en las áreas urbanas, crecía a propósito del nuevo comercio originado gracias al descubrimiento de América en 1492. Fue enriqueciéndose de manera espectacular siendo ellos quienes, una vez consolidadas las monarquías, financiaban los costos de creación y manutención de ejércitos regulares que permitían afrontar los conflictos continuos que tuvieron lugar durante este siglo, evitando así el riesgo de armar a un campesinado explotado y descontento. Los grandes financieros de Europa, principalmente del sur de Alemania (como los Fugger y los Welser), dispusieron de capital necesario para sustentar las guerras territoriales y de igual modo invirtieron también en la construcción de lujosos palacios y en la producción artística en general, siendo los monarcas y los burgueses ricos los principales promotores del arte del Renacimiento.