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INTRODUCCIÓN AL ARTE DEL RENACIMIENTO CENTROEUROPEO 2/5
Mónica Riaza de los Mozos
ISBN-84-9714-033-8
 

Al hablar del origen del Renacimiento, éste se plantea en primera instancia como una reacción contra el espíritu teológico y autoritario de la Edad Media, relacionada con el descubrimiento del ser humano como individuo libre y con una concepción del mundo crítica y a menudo paganizante. En este nivel se puede hablar de humanismo como filosofía del Renacimiento, que influyó en toda la vida intelectual del momento, no sólo por la admiración e imitación de los modelos clásicos en su forma y contenido, sino también por su propuesta de crear una forma de saber más libre, independiente de la teología y de la filosofía natural aristotélica. La gran novedad del humanismo es su capacidad de crear una cultura general, común a individuos de diferentes países y culturas, a cuya tarea contribuyó en gran medida la invención de la imprenta.

 A partir de 1520 la manifestación y desarrollo fulgurante  de la Reforma religiosa, iniciada por Lutero, sumergió a Europa en una serie de enfrentamientos entre católicos y protestantes que en algunos países, como Francia, desembocó en guerras civiles.

 El protestantismo surgió inicialmente como un movimiento en el interior de la Iglesia cristiana que apuntaba a la despolitización del pensamiento religioso, con la constitución de una comunidad de creyentes preocupada sólo por la búsqueda de la experiencia religiosa. Se produjo un sentimiento anti-romano en muchos sectores de la sociedad alemana ante la desatención  papal de su alta responsabilidad espiritual en provecho de intereses temporales como príncipes renacentistas asentados en su lujosa corte romana. Pero, la crítica no sólo estaba orientada a fijarse en Roma, la misma Alemania mostraba una larga nómina de príncipes de la Iglesia cuya dignidad eclesial los habían llevado a un dominio señorial al que habían accedido por consideraciones de carácter político, cuando no hereditario, sin ninguna formación teológica y no llegando a obtener más que las órdenes menores lo que no impedía el ejercicio de su función feudal. En cualquier caso, la Reforma coincidió con las transformaciones económicas y sociales que conmocionaron importantes zonas de la vieja Europa. Los pilares doctrinales sobre los que se asentaba la reforma son la salvación, únicamente posible por medio de la fe, y el sacerdocio universal de todos los creyentes lo que conllevó a la necesidad de crear una nueva jerarquía, fundada en nuevos valores. Este pensamiento operó en general como una fuerza integradora y conservadora del orden establecido: familia, comercio, religión y gobierno aparecían ante los ojos de una sociedad como instituciones ordenadas por la divinidad, a las cuales el cristiano tenía necesariamente que obedecer.

 Posteriormente, esta doctrina tuvo seguidores más radicales, que le darán otra dimensión al protestantismo, como los baptistas, anabaptistas o congregacionalistas, quienes consideraban que el orden establecido debía ser disuelto. Incluso llegaron a apoyar activamente las revueltas de campesinos alemanes, argumentando que la fe cristiana comportaba la igualdad de derechos de todos los hombres en el orden político.

 También el calvinismo desarrolló una concepción de la comunidad religiosa más radical, ya no preconizaba la obediencia o la indiferencia protestante, sino que incitaba a la participación activa en la vida política, liberándose de la dominación papal o clerical. Desde la más pura y estricta aceptación bíblica, condenaba toda la tradición eclesiástica, rechazando la jerarquía, el culto a los santos, las reliquias, etc. y aceptando únicamente dos sacramentos: el Bautismo y la Eucaristía, aunque despojado éste de la presencia real de Cristo. Cada cristiano era libre al interpretar la Biblia, pues la predestinación divina era su mejor garantía, y podía elegir también libremente a sus pastores. Este privilegio divino comprometía al cristiano a que toda su existencia estaba determinada por el sentido religioso. El Calvinismo esparció en su área de influencia, especialmente en los Países Bajos e Inglaterra un nuevo ascetismo laico y secular, basado no en la renuncia al mundo sino en la acción y el trabajo, en la sobriedad de vida y en los éxitos y buenos resultados, prueba evidente de la complicidad divina, que estimularía la capitalización. El mal no estaría en la acumulación de riquezas sino en el destino dado a ellas. Todo ello supuso una verdadera revolución del orden político, que antes del calvinismo no había conocido ningún sistema de pensamiento político o teológico que sugiriese que los seglares pudieran expresar sus ideas políticas, morales y religiosas en asociaciones libres, y sentó las bases de las principales innovaciones de la vida política del siglo XVII. Al mismo tiempo, potenció determinadas actitudes prácticas como auténticas y positivas, en oposición a un falso teoricismo libresco. En este sentido, la afirmación de Luis Vives, uno de los conspicuos erasmistas, en su De tradentis discipliniis resulta contundente; recomienda a los filósofos que no desprecien el valor de la técnica y de las máquinas y que el conocimiento directo de estos aspectos no debe sonrojar al filósofo ni al científico.

 El protestantismo significó la ruptura con los ideales humanistas de universalismo y unidad de pensamiento dentro de una comunidad internacional que compartía conocimientos e ideas, y planteó una nueva concepción particularista del mundo; aprovechada por muchos príncipes y soberanos del norte vieron en sus ideas la posibilidad de valer sus planteamientos de independencia ante las ideas políticas absolutistas, y sobre todo la posibilidad de aprovecharse de las ventajas económicas que supondría la derivación secular de los bienes de la Iglesia que, seguramente, irían a parar a sus manos.

Las guerras religiosas, el sentimiento general de crisis a raíz del exceso de la llegada de metales preciosos americanos que aceleraron la inflación en Europa, el empobrecimiento de la nobleza, la guerra civil de Francia y la ruina de los financieros marcaron el fin de una época. Sumado a todo ello, se unió la escisión protestante iniciada en 1517, el Saco de Roma de 1527 por las tropas imperiales, y la Contrarreforma, fundamentalmente a partir del Concilio de Trento, inaugurado en 1545, aceleraron el proceso de crisis. Desde el punto de vista artístico, estos cambios desencadenaron el cuestionamiento de los principios renacentistas, del ideal clásico, y la evolución hacia un arte que transmitió la inquietud del momento. El manierismo surge así como reacción anticlásica, desarrollando un arte extremadamente refinado. 

 De manera general, el arte del Renacimiento llegó a Europa a través de los artistas italianos y mientras que en unos países, como fue el caso de Francia, las nuevas ideas se adaptaron y se integraron con las características autóctonas, en otros lugares del norte y centro de Europa se mantuvo permanentemente al margen de la tradición local, influyendo muy poco en su evolución artística.

 Pero, ¿cómo podemos definir lo que sucedió en el arte europeo del siglo XVI?  En gran medida cabe hablar de una italianización del arte, o más concretamente, de un proceso de cambio en los modelos artísticos, en los cuales se sustituyeron parte de los modelos o formas góticas por otras nuevas que tomaron, en la mayoría de los casos, el ejemplo italiano. Desde el punto de vista artístico, los autores del Renacimiento italiano partieron del estudio y la imitación de las obras de la Antigüedad, buscaron el naturalismo como reacción a la artificialidad gótica y optaron por el desarrollo de nuevos enfoques en los temas y la incorporación de nuevos géneros. El aprecio de lo antiguo implicó la revalorización de los pagano y, junto al protagonismo concedido al hombre, supuso un cambio de los parámetros que repercutió incluso en la temática religiosa tradicional. Las líneas básicas de los que se difundieron fueron, en las artes plásticas, las reglas de la perspectiva y la composición, así como el conocimiento de la anatomía humana.  En la arquitectura, el estudio y la aplicación de las formas “clásicas”, referidas a lo que en aquellos momentos se consideraba que era la arquitectura de la Antigüedad. Mientras, los artistas de los países del norte de Europa demostraban su espacial interés por la realidad y la capacidad de reflejarla en sus obras. Ante estas características, el panorama del período que nos ocupa, debemos considerarlo como algo plural, que no fue ni lineal ni uniforme; el lento proceso de adaptación conllevó a la diversidad de síntesis locales y personales. Cada artista tendió a ensayar su propio modelo respecto a la italianización. Algunos se resistieron y, en algún caso,  adoptaron algunas de las ideas del sur aún sin desprenderse de aspectos fundamentales de su tradición artística; sin embargo, otros renunciaron formalmente a lo establecido hasta entonces por sus predecesores y, con mayor o menor fortuna, penetraron en las nuevas ideas y modos. Claro está que entre estas dos tendencias existió un gran panorama de diversidad.