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hablar del origen del Renacimiento, éste se plantea en primera instancia
como una reacción contra el espíritu teológico y autoritario
de la Edad Media, relacionada con el descubrimiento del ser humano como
individuo libre y con una concepción del mundo crítica y
a menudo paganizante. En este nivel se puede hablar de humanismo como
filosofía del Renacimiento, que influyó en toda la vida intelectual
del momento, no sólo por la admiración e imitación
de los modelos clásicos en su forma y contenido, sino también
por su propuesta de crear una forma de saber más libre, independiente
de la teología y de la filosofía natural aristotélica.
La gran novedad del humanismo es su capacidad de crear una cultura general,
común a individuos de diferentes países y culturas, a cuya
tarea contribuyó en gran medida la invención de la imprenta.
A partir de 1520 la manifestación
y desarrollo fulgurante de la Reforma religiosa, iniciada por Lutero,
sumergió a Europa en una serie de enfrentamientos entre católicos
y protestantes que en algunos países, como Francia, desembocó
en guerras civiles.
El protestantismo surgió
inicialmente como un movimiento en el interior de la Iglesia cristiana
que apuntaba a la despolitización del pensamiento religioso, con
la constitución de una comunidad de creyentes preocupada sólo
por la búsqueda de la experiencia religiosa. Se produjo un sentimiento
anti-romano en muchos sectores de la sociedad alemana ante la desatención
papal de su alta responsabilidad espiritual en provecho de intereses temporales
como príncipes renacentistas asentados en su lujosa corte romana.
Pero, la crítica no sólo estaba orientada a fijarse en Roma,
la misma Alemania mostraba una larga nómina de príncipes
de la Iglesia cuya dignidad eclesial los habían llevado a un dominio
señorial al que habían accedido por consideraciones de carácter
político, cuando no hereditario, sin ninguna formación teológica
y no llegando a obtener más que las órdenes menores lo que
no impedía el ejercicio de su función feudal. En cualquier
caso, la Reforma coincidió con las transformaciones económicas
y sociales que conmocionaron importantes zonas de la vieja Europa. Los
pilares doctrinales sobre los que se asentaba la reforma son la salvación,
únicamente posible por medio de la fe, y el sacerdocio universal
de todos los creyentes lo que conllevó a la necesidad de crear una
nueva jerarquía, fundada en nuevos valores. Este pensamiento operó
en general como una fuerza integradora y conservadora del orden establecido:
familia, comercio, religión y gobierno aparecían ante los
ojos de una sociedad como instituciones ordenadas por la divinidad, a las
cuales el cristiano tenía necesariamente que obedecer.
Posteriormente, esta doctrina tuvo
seguidores más radicales, que le darán otra dimensión
al protestantismo, como los baptistas, anabaptistas o congregacionalistas,
quienes consideraban que el orden establecido debía ser disuelto.
Incluso llegaron a apoyar activamente las revueltas de campesinos alemanes,
argumentando que la fe cristiana comportaba la igualdad de derechos de
todos los hombres en el orden político.
También el calvinismo
desarrolló una concepción de la comunidad religiosa más
radical, ya no preconizaba la obediencia o la indiferencia protestante,
sino que incitaba a la participación activa en la vida política,
liberándose de la dominación papal o clerical. Desde la más
pura y estricta aceptación bíblica, condenaba toda la tradición
eclesiástica, rechazando la jerarquía, el culto a los santos,
las reliquias, etc. y aceptando únicamente dos sacramentos: el Bautismo
y la Eucaristía, aunque despojado éste de la presencia real
de Cristo. Cada cristiano era libre al interpretar la Biblia, pues la predestinación
divina era su mejor garantía, y podía elegir también
libremente a sus pastores. Este privilegio divino comprometía al
cristiano a que toda su existencia estaba determinada por el sentido religioso.
El Calvinismo esparció en su área de influencia, especialmente
en los Países Bajos e Inglaterra un nuevo ascetismo laico y secular,
basado no en la renuncia al mundo sino en la acción y el trabajo,
en la sobriedad de vida y en los éxitos y buenos resultados, prueba
evidente de la complicidad divina, que estimularía la capitalización.
El mal no estaría en la acumulación de riquezas sino en el
destino dado a ellas. Todo ello supuso una verdadera revolución
del orden político, que antes del calvinismo no había conocido
ningún sistema de pensamiento político o teológico
que sugiriese que los seglares pudieran expresar sus ideas políticas,
morales y religiosas en asociaciones libres, y sentó las bases de
las principales innovaciones de la vida política del siglo XVII.
Al mismo tiempo, potenció determinadas actitudes prácticas
como auténticas y positivas, en oposición a un falso teoricismo
libresco. En este sentido, la afirmación de Luis Vives, uno de los
conspicuos erasmistas, en su De tradentis discipliniis resulta contundente;
recomienda a los filósofos que no desprecien el valor de la técnica
y de las máquinas y que el conocimiento directo de estos aspectos
no debe sonrojar al filósofo ni al científico.
El protestantismo significó
la ruptura con los ideales humanistas de universalismo y unidad de pensamiento
dentro de una comunidad internacional que compartía conocimientos
e ideas, y planteó una nueva concepción particularista del
mundo; aprovechada por muchos príncipes y soberanos del norte vieron
en sus ideas la posibilidad de valer sus planteamientos de independencia
ante las ideas políticas absolutistas, y sobre todo la posibilidad
de aprovecharse de las ventajas económicas que supondría
la derivación secular de los bienes de la Iglesia que, seguramente,
irían a parar a sus manos.
Las guerras religiosas, el sentimiento
general de crisis a raíz del exceso de la llegada de metales preciosos
americanos que aceleraron la inflación en Europa, el empobrecimiento
de la nobleza, la guerra civil de Francia y la ruina de los financieros
marcaron el fin de una época. Sumado a todo ello, se unió
la escisión protestante iniciada en 1517, el Saco de Roma de 1527
por las tropas imperiales, y la Contrarreforma, fundamentalmente a partir
del Concilio de Trento, inaugurado en 1545, aceleraron el proceso de crisis.
Desde el punto de vista artístico, estos cambios desencadenaron
el cuestionamiento de los principios renacentistas, del ideal clásico,
y la evolución hacia un arte que transmitió la inquietud
del momento. El manierismo surge así como reacción
anticlásica, desarrollando un arte extremadamente refinado.
De manera general, el arte del Renacimiento
llegó a Europa a través de los artistas italianos y mientras
que en unos países, como fue el caso de Francia, las nuevas ideas
se adaptaron y se integraron con las características autóctonas,
en otros lugares del norte y centro de Europa se mantuvo permanentemente
al margen de la tradición local, influyendo muy poco en su evolución
artística.
Pero, ¿cómo podemos
definir lo que sucedió en el arte europeo del siglo XVI? En
gran medida cabe hablar de una italianización del arte, o más
concretamente, de un proceso de cambio en los modelos artísticos,
en los cuales se sustituyeron parte de los modelos o formas góticas
por otras nuevas que tomaron, en la mayoría de los casos, el ejemplo
italiano. Desde el punto de vista artístico, los autores del Renacimiento
italiano partieron del estudio y la imitación de las obras de la
Antigüedad, buscaron el naturalismo como reacción a la artificialidad
gótica y optaron por el desarrollo de nuevos enfoques en los temas
y la incorporación de nuevos géneros. El aprecio de lo antiguo
implicó la revalorización de los pagano y, junto al protagonismo
concedido al hombre, supuso un cambio de los parámetros que repercutió
incluso en la temática religiosa tradicional. Las líneas
básicas de los que se difundieron fueron, en las artes plásticas,
las reglas de la perspectiva y la composición, así como
el conocimiento de la anatomía humana. En la arquitectura,
el estudio y la aplicación de las formas “clásicas”, referidas
a lo que en aquellos momentos se consideraba que era la arquitectura de
la Antigüedad. Mientras, los artistas de los países del norte
de Europa demostraban su espacial interés por la realidad
y la capacidad de reflejarla en sus obras. Ante estas características,
el panorama del período que nos ocupa, debemos considerarlo como
algo plural, que no fue ni lineal ni uniforme; el lento proceso de adaptación
conllevó a la diversidad de síntesis locales y personales.
Cada artista tendió a ensayar su propio modelo respecto a la italianización.
Algunos se resistieron y, en algún caso, adoptaron algunas
de las ideas del sur aún sin desprenderse de aspectos fundamentales
de su tradición artística; sin embargo, otros renunciaron
formalmente a lo establecido hasta entonces por sus predecesores y, con
mayor o menor fortuna, penetraron en las nuevas ideas y modos. Claro está
que entre estas dos tendencias existió un gran panorama de diversidad.

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