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INTRODUCCIÓN AL ARTE DEL RENACIMIENTO CENTROEUROPEO 2/5
Mónica Riaza de los Mozos
ISBN-84-9714-033-8
 

Anteriormente aludíamos al movimiento protestante y debemos decir que la Reforma tuvo una influencia decisiva en el arte del Renacimiento europeo ya que los artistas de las regiones y países que aceptaron las tesis de Lutero y Calvino vivieron etapas de reacciones iconoclastas, y la temática religiosa dejaba de ser el motivo y el tema de la mayoría de las creaciones, como había sido hasta entonces. De otra parte, es significativo como más allá de las repercusiones que tuvieron los conflictos religiosos en el arte, lo religioso dejó de ser el aspecto fundamental de la producción artística. Los cambios de mentalidad que se produjeron en esta época, bajo la idea del humanismo, favorecieron la aparición de alternativos intereses artísticos, un ejemplo claro de ello supuso el desnudo. Como es sabido, en la Edad Media, los repertorios iconográficos referidos al desnudo estaban muy restringidos, con la llegada del Renacimiento se produjo una ruptura en este marco y socialmente se aceptó incluir el desnudo en otras historias bíblicas y mitológicas. En este sentido, debemos anotar que el cambio al que nos referimos fue más brusco en Europa que en la propia Italia que la transformación fue más gradual. 

 Al igual que el desnudo, se produjo un cambio significativo en relación al retrato y se concretó una nueva vía llamada “pintura de género” que incluía en su definición al paisaje y a las llamadas naturalezas muertas y bodegones. 

Con respecto al campo del retrato, conoció una expansión global con la aparición de excelentes especialistas en casi todos los países: en Alemania y posteriormente Inglaterra destacó Hans Holbein, los Clouet en Francia y Antonio Moro en los Países Bajos. En este caso, las tradiciones realistas de Alemania y los Países Bajos favorecieron la difusión y desarrollo de este género; únicamente se tomó referencia de Italia aspectos formales de cómo debía ser un retrato, aunque, en ejemplos como el retrato colectivo y familiar los Países Bajos poseían modelos de primer orden. 

Sobre el paisaje, ya era conocida su presencia como fondo en las figuraciones durante el siglo XV, el cambio se produjo en la alteración de las relaciones de preferencia entre el fondo y la escena. Pintores como Altdorfer, Patinir o Brueghel alejaron de primer término a las figuras representadas y las situaron en un contexto con personalidad propia, el cual, en numerosos casos alcanzó más importancia que la propia figuración.

Aunque no podamos hablar de plena aparición del bodegón hasta entrado el siglo XVII, la pintura del siglo XVI, y de manera significativa, la elaborada en el ámbito de los Países Bajos, tuvo una preocupación por las representaciones de objetos, aunque estos fueran dentro de un contexto pictórico retratístico. De este modo observamos un doble interés por el objeto: de un lado, el reto que implicaba representar algunas formas bajo las leyes de la perspectiva y, de otro lado, el hecho de que estos objetos solían ser referentes materiales o símbolos de las actividades del personaje o personajes representados. Es por tanto, en estas preocupaciones de la dificultad formal y del referente simbólico donde apreciamos la representación de los objetos como precedentes o bases de algo que estar por llegar.

 Varios fueron los cauces de difusión del influjo italiano en Europa y son los aspectos que a continuación vamos a abarcar. El más notorio y claro fue el hecho de la movilidad de los artistas europeos hacia territorio italiano. Los viajes realizados a Italia por los distintos artistas fue el modo más cabal de entrar en contacto con la nueva cultura artística. Fue en este momento cuando apareció el desplazamiento entendido como viaje de estudios a Italia. Roma, Florencia y Venecia se convirtieron en ciudades de destino de muchos artífices. Gran número de artistas viajaron de este modo, entre los que destacaron: los arquitectos Peter Flötner, Elias Holl, Philibert de L’Orme o Jacob Wolff; los pintores Bartholomeus Spranger, Hans von Aachen o Adam Elsheimer; y el escultor Cornelius Floris. Obviamente, no podemos dejar de mencionar a los más distinguidos como fue el caso de Durero, que hizo dos viajes a Italia que repercutieron decisivamente en su obra; el caso de Pieter Brueghel que a pesar de su viaje no tuvo una influencia italianizante acentuada en su producción; y el caso de Hals Holbein que aunque su viaje a Italia no está documentado, sus creaciones muestran una clara influencia de obras concretas italianas. Poco a poco se fue creando una difusión artística que provocó que a finales del siglo XVI el panorama artístico europeo hubiese cambiado fundamentalmente.

 En líneas anteriores señalábamos que tanto los monarcas como la nobleza fueron los dos importantes promotores del nuevo arte del siglo XVI europeo. Ya fuera porque conocieron directamente lo italiano, o porque establecieron vínculos familiares con gentes de Italia o, simplemente, deslumbrados por la fama de algunos artistas; las Cortes de Francia, Polonia, Europa central u oriental empezaron a contratar artistas italianos y comenzaron a adquirir obras del país mediterráneo. En los casos en que fueron los propios artistas italianos los que viajaron llevando su “nuevo arte”, muchos de ellos, no eran autores de gran talla, pero cobraron especial importancia por ser los difusores del arte renacentista italiano. En este sentido, la Corte francesa destacó por conseguir figuras de renombre, algunos de ellos sólo pasaron pequeñas temporadas, pero, otros se quedaron durante años como fue el caso de los arquitectos Serlio y Vignola y los pintores Rosso y Primaticcio. En el caso germano primaron los promotores procedentes de la nobleza y la burguesía, como fue la familia de banqueros Fugger patronos de numerosas iniciativas artísticas; pero igualmente destacaron personalidades como Federico  el Sabio de Sajonia, en Witenberg, quien acogió y promocionó  a Lucas Cranach, y los Duques de Baviera quienes marcaron una ferviente actividad en Munich en la segunda mitad del siglo XVI.

Dentro del mundo cortesano que se originó en este momento, hubo un rasgo que facilitó igualmente la difusión del arte renacentista y éste fue la afición coleccionista de algunos monarcas. Modélicas habían sido las colecciones de obras de arte que Lorenzo el Magnífico en la Florencia de fines del Quattrocento había creado, o la elaborada por el pontífice Julio II en el Belvedere vaticano a principios del Cinquecento; a las que se unían las obras que iban generando los propios artistas renacentistas. A medida que avanzaba el siglo XVI, el coleccionismo adquirió cada vez más importancia dentro del panorama de las cortes europeas. La colección de obras de arte no sólo se convirtió en un manifiesto de su gusto artístico, sino que al irse incorporando  otras piezas no estrictamente ligadas al arte, se convirtió en una manifestación de su total concepción del mundo, de la naturaleza, del arte y de la ciencia. Es decir, a los cuadros, joyas, esculturas, monedas...fueron integrándose en los gabinetes artísticos objetos “variopintos” de carácter natural, mecánicos o exóticos (importante la influencia de los descubrimientos y estudios en América) convirtiendo las colecciones en un cúmulo de piezas eclécticas que proporcionaban una visión particular del  saber de la época. Reveladores se muestran los objetos que componían la naturalia, ya que eran de lo más variado: vasos de cristal y piedras duras, instrumentos musicales, instrumentos matemáticos y de observación astronómica, cerámicas, objetos fantásticos de orfebrería (la mayoría con incrustaciones de piezas naturales como cuernos de rinoceronte, conchas, huevos de avestruz, etc.), objetos exóticos de América... a los que acompañaban todo tipo de grabados y mapas cartográficos o cartas de navegación. Ejemplos de tan espectaculares colecciones fueron la del cardenal Granvela en los Países Bajos donde se reunían incluso obras de poesía de Leone Leoni y Tiziano; o la colección de Catalina de Medici en Francia integrada por esmaltes, retratos, pinturas, libros, etc. El concepto de las colecciones fue evolucionando y la concepción clasicista fue rota a favor de verdaderas colecciones de maravillas (llamadas Kunst und Wunderkammern que quiere decir Gabinete de Arte y Maravillas) entre las que destacaron por su espectacularidad las de Rodolfo II en Praga o la del Archiduque Fernando en el Tirol (Innsbruck), las cuales fueron creadas al final del Manierismo.

Brevemente diremos que Rodolfo II (1576-1612) fue el monarca que trasladó la capitalidad del Imperio Germánico de Viena a Praga, instalando en la ciudad, totalmente al margen de las preocupaciones y conflictos religiosos que se desarrollaban en Europa, una Corte donde todo tipo de ideas e inquietudes intelectuales fueron acogidas. Dos eran los elementos que motivaban dicha acogida: la pasión por el arte (heredada en gran medida por sus antecesores) y el enorme interés por las ciencias de la Naturaleza. Desde su asentamiento en Praga, Rodolfo comienza a reunir las piezas de la que iba a convertirse en la más importante colección artística de Europa. Sus armarios se fueron llenando de fastuosos objetos entre los que se encontraban relojes, autómatas, joyas, cerámicas, etc. un ejemplo significativo que ha llegado hasta nuestros días y que actualmente se encuentra en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid (España) es la elegante Copa de Neptuno elaborada con cristal de Bohemia. Al mismo tiempo se fue rodeando de piezas pictóricas de gran singularidad como la Virgen del Rosario de Durero, o obras del mismo Brueghel o de Tiziano. Los alquimistas y astrólogos también encontraron protección en la corte rudolfiana, del mismo modo que filósofos y astrónomos: el filósofo Giordano Bruno (auténtico científico de la Naturaleza), el astrónomo danés Tycho  Brahe (establecido en la Corte de Praga entre 1599 y 1601) o el astrónomo Johan Kepler que bajo el patrocinio del propio Emperador, publicó en 1611 su Astrononmia Nova. A la par que potenciaba estas parcelas del saber, el monarca fue mecenas de artistas de la época cuyas obras fueron ingresadas a la colección. Por su actitud, la imagen del Emperador apareció plasmada en numerosas obras de forma alegórica como protector de las artes y de las ciencias, y un ejemplo de ello lo encontramos en la obra del escultor flamenco Adrien de Vries o  en la obra de Minerva dominando o venciendo a la Ignorancia del pintor Bartholomeus Spranger. Pero, si hubo un pintor que  expresó el espíritu de la corte de Praga, éste fue el pintor milanés Giuseppe Arcimboldo (1527/30-1593). Al servicio de la casa de los Habsburgo desde Maximiliano II (aparece citado como director de festejos), continuó su producción bajo el mandato de su hijo Rodolfo II quien en 1580 ennobleció a toda su familia. En 1585, el artista dedicó al Emperador un álbum con ciento cuarenta y ocho dibujos para tocados, vestidos y objetos de adorno para ser utilizados en fiestas y representaciones escénicas de la Corte, donde aparecen personificaciones de la Geometría, la Música, la Retórica, la Astronomía y de Cancerbero (hoy en día puede ser vista parte de esta producción gráfica en la Colección de los Uffizi en Florencia). Las obras pictóricas más conocidas de Arcimboldo son sin duda alguna las series de Las Estaciones del Año (uno de los cuadros, La Primavera, pertenece al Museo de la Real Academia de Bellas Arte de San Fernando de Madrid, España), de Los Cuatro Elementos y El Jurista que aunque realizadas en época de Maximiliano II, el artista dejó definida su peculiar y original concepción artística: elementos naturales para definir el tema, plasmados de manera absolutamente real y concreta. En esta línea no podemos dejar de mencionar el retrato que el artista milanés elaboró al propio Rodolfo II, a base de las correspondientes frutas y verduras, y concebido como Vertumno, dios de la mitología romana que representaba la abundancia de los frutos de la naturaleza en las diversas estaciones del año. Esta magnífica obra que actualmente se encuentra en Suecia (Skoklosters Slott), fue enviada desde Milán a Praga acompañada de un poema celebrativo de Comanini, escritor italiano que escribió en 1591 un tratado donde planteó la dicotomía entre la utilidad y goce estético del arte.