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aludíamos al movimiento protestante y debemos decir que la Reforma
tuvo una influencia decisiva en el arte del Renacimiento europeo ya que
los artistas de las regiones y países que aceptaron las tesis de
Lutero y Calvino vivieron etapas de reacciones iconoclastas, y la temática
religiosa dejaba de ser el motivo y el tema de la mayoría de las
creaciones, como había sido hasta entonces. De otra parte, es significativo
como más allá de las repercusiones que tuvieron los conflictos
religiosos en el arte, lo religioso dejó de ser el aspecto fundamental
de la producción artística. Los cambios de mentalidad
que se produjeron en esta época, bajo la idea del humanismo, favorecieron
la aparición de alternativos intereses artísticos, un ejemplo
claro de ello supuso el desnudo. Como es sabido, en la Edad Media, los
repertorios iconográficos referidos al desnudo estaban muy restringidos,
con la llegada del Renacimiento se produjo una ruptura en este marco y
socialmente se aceptó incluir el desnudo en otras historias
bíblicas y mitológicas. En este sentido, debemos anotar que
el cambio al que nos referimos fue más brusco en Europa que en la
propia Italia que la transformación fue más gradual.
Al igual que el desnudo, se produjo
un cambio significativo en relación al retrato y se concretó
una nueva vía llamada “pintura de género” que incluía
en su definición al paisaje y a las llamadas naturalezas muertas
y bodegones.
Con respecto al campo del retrato, conoció
una expansión global con la aparición de excelentes especialistas
en casi todos los países: en Alemania y posteriormente Inglaterra
destacó Hans Holbein, los Clouet en Francia y Antonio Moro en los
Países Bajos. En este caso, las tradiciones realistas de Alemania
y los Países Bajos favorecieron la difusión y desarrollo
de este género; únicamente se tomó referencia de Italia
aspectos formales de cómo debía ser un retrato, aunque, en
ejemplos como el retrato colectivo y familiar los Países Bajos poseían
modelos de primer orden.
Sobre el paisaje, ya era conocida su presencia
como fondo en las figuraciones durante el siglo XV, el cambio se produjo
en la alteración de las relaciones de preferencia entre el fondo
y la escena. Pintores como Altdorfer, Patinir o Brueghel alejaron de primer
término a las figuras representadas y las situaron en un contexto
con personalidad propia, el cual, en numerosos casos alcanzó más
importancia que la propia figuración.
Aunque no podamos hablar de plena aparición
del bodegón hasta entrado el siglo XVII, la pintura del siglo XVI,
y de manera significativa, la elaborada en el ámbito de los Países
Bajos, tuvo una preocupación por las representaciones de objetos,
aunque estos fueran dentro de un contexto pictórico retratístico.
De este modo observamos un doble interés por el objeto: de un lado,
el reto que implicaba representar algunas formas bajo las leyes de la perspectiva
y, de otro lado, el hecho de que estos objetos solían ser referentes
materiales o símbolos de las actividades del personaje o personajes
representados. Es por tanto, en estas preocupaciones de la dificultad formal
y del referente simbólico donde apreciamos la representación
de los objetos como precedentes o bases de algo que estar por llegar.
Varios fueron los cauces de difusión
del influjo italiano en Europa y son los aspectos que a continuación
vamos a abarcar. El más notorio y claro fue el hecho de la movilidad
de los artistas europeos hacia territorio italiano. Los viajes realizados
a Italia por los distintos artistas fue el modo más cabal de entrar
en contacto con la nueva cultura artística. Fue en este momento
cuando apareció el desplazamiento entendido como viaje de estudios
a Italia. Roma, Florencia y Venecia se convirtieron en ciudades de destino
de muchos artífices. Gran número de artistas viajaron de
este modo, entre los que destacaron: los arquitectos Peter Flötner,
Elias Holl, Philibert de L’Orme o Jacob Wolff; los pintores Bartholomeus
Spranger, Hans von Aachen o Adam Elsheimer; y el escultor Cornelius Floris.
Obviamente, no podemos dejar de mencionar a los más distinguidos
como fue el caso de Durero, que hizo dos viajes a Italia que repercutieron
decisivamente en su obra; el caso de Pieter Brueghel que a pesar de su
viaje no tuvo una influencia italianizante acentuada en su producción;
y el caso de Hals Holbein que aunque su viaje a Italia no está documentado,
sus creaciones muestran una clara influencia de obras concretas italianas.
Poco a poco se fue creando una difusión artística que provocó
que a finales del siglo XVI el panorama artístico europeo hubiese
cambiado fundamentalmente.
En líneas anteriores señalábamos
que tanto los monarcas como la nobleza fueron los dos importantes promotores
del nuevo arte del siglo XVI europeo. Ya fuera porque conocieron directamente
lo italiano, o porque establecieron vínculos familiares con gentes
de Italia o, simplemente, deslumbrados por la fama de algunos artistas;
las Cortes de Francia, Polonia, Europa central u oriental empezaron a contratar
artistas italianos y comenzaron a adquirir obras del país mediterráneo.
En los casos en que fueron los propios artistas italianos los que viajaron
llevando su “nuevo arte”, muchos de ellos, no eran autores de gran talla,
pero cobraron especial importancia por ser los difusores del arte renacentista
italiano. En este sentido, la Corte francesa destacó por conseguir
figuras de renombre, algunos de ellos sólo pasaron pequeñas
temporadas, pero, otros se quedaron durante años como fue el caso
de los arquitectos Serlio y Vignola y los pintores Rosso y Primaticcio.
En el caso germano primaron los promotores procedentes de la nobleza y
la burguesía, como fue la familia de banqueros Fugger patronos de
numerosas iniciativas artísticas; pero igualmente destacaron personalidades
como Federico el Sabio de Sajonia, en Witenberg, quien acogió
y promocionó a Lucas Cranach, y los Duques de Baviera quienes
marcaron una ferviente actividad en Munich en la segunda mitad del siglo
XVI.
Dentro del mundo cortesano que se originó
en este momento, hubo un rasgo que facilitó igualmente la difusión
del arte renacentista y éste fue la afición coleccionista
de algunos monarcas. Modélicas habían sido las colecciones
de obras de arte que Lorenzo el Magnífico en la Florencia de fines
del Quattrocento había creado, o la elaborada por el pontífice
Julio II en el Belvedere vaticano a principios del Cinquecento; a las que
se unían las obras que iban generando los propios artistas renacentistas.
A medida que avanzaba el siglo XVI, el coleccionismo adquirió cada
vez más importancia dentro del panorama de las cortes europeas.
La colección de obras de arte no sólo se convirtió
en un manifiesto de su gusto artístico, sino que al irse incorporando
otras piezas no estrictamente ligadas al arte, se convirtió en una
manifestación de su total concepción del mundo, de la naturaleza,
del arte y de la ciencia. Es decir, a los cuadros, joyas, esculturas, monedas...fueron
integrándose en los gabinetes artísticos objetos “variopintos”
de carácter natural, mecánicos o exóticos (importante
la influencia de los descubrimientos y estudios en América) convirtiendo
las colecciones en un cúmulo de piezas eclécticas que proporcionaban
una visión particular del saber de la época. Reveladores
se muestran los objetos que componían la naturalia, ya que
eran de lo más variado: vasos de cristal y piedras duras, instrumentos
musicales, instrumentos matemáticos y de observación astronómica,
cerámicas, objetos fantásticos de orfebrería (la mayoría
con incrustaciones de piezas naturales como cuernos de rinoceronte, conchas,
huevos de avestruz, etc.), objetos exóticos de América...
a los que acompañaban todo tipo de grabados y mapas cartográficos
o cartas de navegación. Ejemplos de tan espectaculares colecciones
fueron la del cardenal Granvela en los Países Bajos donde se reunían
incluso obras de poesía de Leone Leoni y Tiziano; o la colección
de Catalina de Medici en Francia integrada por esmaltes, retratos, pinturas,
libros, etc. El concepto de las colecciones fue evolucionando y la concepción
clasicista fue rota a favor de verdaderas colecciones de maravillas (llamadas
Kunst und Wunderkammern que quiere decir Gabinete de Arte y Maravillas)
entre las que destacaron por su espectacularidad las de Rodolfo II en Praga
o la del Archiduque Fernando en el Tirol (Innsbruck), las cuales fueron
creadas al final del Manierismo.
Brevemente diremos que Rodolfo II (1576-1612)
fue el monarca que trasladó la capitalidad del Imperio Germánico
de Viena a Praga, instalando en la ciudad, totalmente al margen de las
preocupaciones y conflictos religiosos que se desarrollaban en Europa,
una Corte donde todo tipo de ideas e inquietudes intelectuales fueron acogidas.
Dos eran los elementos que motivaban dicha acogida: la pasión por
el arte (heredada en gran medida por sus antecesores) y el enorme interés
por las ciencias de la Naturaleza. Desde su asentamiento en Praga, Rodolfo
comienza a reunir las piezas de la que iba a convertirse en la más
importante colección artística de Europa. Sus armarios se
fueron llenando de fastuosos objetos entre los que se encontraban relojes,
autómatas, joyas, cerámicas, etc. un ejemplo significativo
que ha llegado hasta nuestros días y que actualmente se encuentra
en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid (España) es la elegante
Copa
de Neptuno elaborada con cristal de Bohemia. Al mismo tiempo se fue
rodeando de piezas pictóricas de gran singularidad como la
Virgen
del Rosario de Durero, o obras del mismo Brueghel o de Tiziano. Los
alquimistas y astrólogos también encontraron protección
en la corte rudolfiana, del mismo modo que filósofos y astrónomos:
el filósofo Giordano Bruno (auténtico científico de
la Naturaleza), el astrónomo danés Tycho Brahe (establecido
en la Corte de Praga entre 1599 y 1601) o el astrónomo Johan Kepler
que bajo el patrocinio del propio Emperador, publicó en 1611 su
Astrononmia Nova. A la par que potenciaba estas parcelas del saber,
el monarca fue mecenas de artistas de la época cuyas obras fueron
ingresadas a la colección. Por su actitud, la imagen del Emperador
apareció plasmada en numerosas obras de forma alegórica como
protector de las artes y de las ciencias, y un ejemplo de ello lo encontramos
en la obra del escultor flamenco Adrien de Vries o en la obra de
Minerva
dominando o venciendo a la Ignorancia del pintor Bartholomeus Spranger.
Pero, si hubo un pintor que expresó el espíritu de
la corte de Praga, éste fue el pintor milanés Giuseppe Arcimboldo
(1527/30-1593). Al servicio de la casa de los Habsburgo desde Maximiliano
II (aparece citado como director de festejos), continuó su producción
bajo el mandato de su hijo Rodolfo II quien en 1580 ennobleció a
toda su familia. En 1585, el artista dedicó al Emperador un álbum
con ciento cuarenta y ocho dibujos para tocados, vestidos y objetos de
adorno para ser utilizados en fiestas y representaciones escénicas
de la Corte, donde aparecen personificaciones de la Geometría, la
Música, la Retórica, la Astronomía y de Cancerbero
(hoy en día puede ser vista parte de esta producción gráfica
en la Colección de los Uffizi en Florencia). Las obras pictóricas
más conocidas de Arcimboldo son sin duda alguna las series de Las
Estaciones del Año (uno de los cuadros, La Primavera, pertenece
al Museo de la Real Academia de Bellas Arte de San Fernando de Madrid,
España), de Los Cuatro Elementos y El Jurista que aunque
realizadas en época de Maximiliano II, el artista dejó definida
su peculiar y original concepción artística: elementos naturales
para definir el tema, plasmados de manera absolutamente real y concreta.
En esta línea no podemos dejar de mencionar el retrato que el artista
milanés elaboró al propio Rodolfo II, a base de las correspondientes
frutas y verduras, y concebido como Vertumno, dios de la mitología
romana que representaba la abundancia de los frutos de la naturaleza en
las diversas estaciones del año. Esta magnífica obra que
actualmente se encuentra en Suecia (Skoklosters Slott), fue enviada desde
Milán a Praga acompañada de un poema celebrativo de Comanini,
escritor italiano que escribió en 1591 un tratado donde planteó
la dicotomía entre la utilidad y goce estético del arte.

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