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EL URBANISMO BARROCO EN ITALIA 1/3
Cristóbal Marín Tovar
ISBN-84-9714-032-X
 

El Barroco, sobre la base inicial del racionalismo, introduce un nuevo capítulo en el concepto de la ciudad. Se puede entender que el espacio urbano sufrió entonces una trascendental transformación al producirse en él dos hechos, uno de carácter económico-político y otro de carácter eminentemente estético.

En Italia, a finales del siglo XVI, Roma absorbe todas las energías. Sixto V lleva al campo del urbanismo maduras conquistas que adquieren su apogeo con la aplicación de la perspectiva monumental y la línea recta en un programa amparado en estudios teóricos del Renacimiento y en fundamentos nuevos que otorgan una valiosa dimensión al arte urbano, como es la percepción del espacio como entidad "visual".

Individualizar en Roma, en su espacialidad, la identidad de ciudad barroca, no es desacertado. Hubo en Roma una solidaridad entre el hacer histórico y el hacer artístico. Pero en el marco de las situaciones urbanas italianas, Nápoles, Venecia, Turín y otros centros desarrollan una situación "sui generis" a tener en cuenta.

Sixto V aporta una serie de ideas al urbanismo romano. El planeamiento de la ciudad comienza en el primer año de su pontificado (1585-86). En un lapso de tiempo sorprendentemente breve llevó a cabo un programa de obras que debe mucho al arquitecto-ingeniero Domenico Fontana, quien se convierte en su asesor ejecutivo.

El programa de este Papa, bien analizado por A.E.S. Morris, estuvo sustentado en tres objetivos prioritarios. El primero de ellos fue el de "integrar en un único sistema de calles principales las diversas obras realizadas por sus predecesores, enlazando las iglesias más importantes y otros puntos clave de la ciudad".

En segundo lugar, dio suma importancia a "repoblar las colinas de Roma, proporcionando el suministro continuo de agua del que carecían desde que fueron cortados los antiguos acueductos". Y por último, fue una clara intención del pontífice el crear "una ciudad estética que supusiera la superación de la actual configuración de calles y espacios públicos, como resultado de la agregación de edificios dispares".

El afán de Sixto V por la transformación de Roma se hizo evidente en las palabras del propio Fontana: "Nada se podía concluir lo suficientemente deprisa como para satisfacer a su amado señor".

En el proceso precedente, y especialmente en el pontificado de Sixto IV, se habían realizado intervenciones en el Acqua Felice, en la Strada Felice, enlazando Santa Croce in Gerusalemme con Trinità dei Monti y otras obras.

Para llevar el agua a los barrios altos de la ciudad, Sixto V construye el Acqua Felice, incorporando parte de los antiguos acueductos Marcia y Claudia. El acueducto Felice supuso un recorrido de once kilómetros y un suministro de 18.000 metros cúbicos de agua por día.

El sistema global de tráfico impulsado por Sixto V tuvo como meta esencial la conexión de siete iglesias de peregrinación de Roma. El enlace se prevé entre San Juan de Letrán, San Pedro en Vaticano, Santa María Maggiore, San Pablo extramuros y San Lorenzo extramuros, contempladas como iglesias primitivas, y dos más que gozaron de veneración especial, San Sebastián y Santa Croce in Gerusalemme.

Las vías de acceso a los siete templos principales de Roma se convertirían en un signo de ceremonial religioso. Sin embargo, siendo el propósito fundamental de carácter sacro, Sixto V contribuyó con su programa a la puesta en marcha de otra idea, que era el crecimiento de población en los barrios ubicados entre las nuevas avenidas. Esta tesis, rebocada por algunos historiadores, tiene cierta consistencia. Lo que es evidente es que el Pontífice, previniendo el Jubileo de 1600, quiso favorecer los rituales de piedad y facilitar a los peregrinos la tarea de llegar a los lugares sagrados. Giedion y Edmundo Bacon son favorables a la dualidad del plan.
Partiendo siempre del plano que fue configurado en la Roma del Renacimiento, Sixto V dio preferencia en el nuevo sistema viario a la Strada Felice, situada en la dirección sureste a noroeste de la ciudad. Debía conectar el templo de Santa Croce in Gerusalemme con la Piazza del Popolo, con un recorrido de cuatro kilómetros, y con un eje intermedio, la antigua iglesia de Santa María Maggiore. 

Pero teniendo que hacer frente a montes, valles y las pendientes del lugar, Sixto V se vio limitado en su idea, obligándose a terminar la Vía Felice en un recorrido más corto que se señala con la iglesia de Trinità dei Monti. En este punto se construirá en el siglo XVIII una magnífica escalera, la Scala di Spagna, en la que desemboca la Vía del Babuino; también el obelisco ubicado frente a la iglesia sería erigido a fines de dicho siglo y serviría para señalar la terminación de la Via Felice.
Los obeliscos que Sixto V fue situando en diversos puntos de la ciudad se han considerado una incitación al urbanismo que habría de quedar asimilado a la gestión de sus sucesores. Los referidos obeliscos fueron ubicados en Santa María Maggiore, Strada Felice, San Giovanni in Laterano y en la todavía inacabada Basílica de San Pedro. Posteriormente, otros Papas también utilizarían los obeliscos como señalizadores o ejes del sistema urbano.

En el término de Santa María Maggiore, también el Santo Padre procede a una intervención urbana de relieve. La basílica era una iglesia paleocristiana que ocupó una posición de preferencia en la Strada Felice. Enlazaba a su vez a través de la Vía Gregoriana con el conjunto monumental de San Juan de Letrán. El Pontífice ordenó la corrección de esta vía y en su extremo meridional levantó un obelisco en posición frontera a San Juan. También el obelisco situado al noroeste de Santa María Maggiore sería convertido en eje de una plaza tras la remodelación del arquitecto Rainaldi en el año 1670.

A su vez, y formando parte del mismo programa urbano, se creó una conexión con la ciudad antigua, la zona de la Subura y foros imperiales, en los que prevalecía como signo eminente la columna trajanea. La conexión se establece a través de la Vía Panisperna. Por el lado norte de Santa María Maggiore se puso en ejecución un enlace con la Strada Pía, trazada en el proceso anterior por Pío IV, que enlazó la Plaza del Quirinal con la Porta Pía, que representa la salida nordeste de la ciudad. La unión se estableció en ángulo recto, creándose una interacción dificultosa, pero que fue hábilmente resuelta en un proyecto de Fontana y con el aprovechamiento de las cuatro fuentes ubicadas en los ángulos, alimentada por el acueducto Felice. La perspectiva de la Vía Pía también fue corregida en sus rasantes en la programación de Domenico Fontana.

El cuadro urbano sixtino en Roma, como apunta Norberg-Schulz, fue estimulado hasta el punto de fundamentar el prototipo de ciudad-capital. Fue expresión "visual" de la ideología que se pretendía imponer, que era hacer de Roma, por medio de un proyecto urbano-arquitectónico persuasivo, una "Città Santa".

Influirá en todo el sistema artístico al que pertenece por su carácter abierto y dinámico, por sus amplias calles, que permiten la participación popular. El edificio en aquella ciudad capital de la catolicidad, formará parte de una sistematización del espacio, buscando la totalidad urbana.
Las plazas representan una "pausa" en el caminar del peregrino, pero son a su vez "centros" de detención del movimiento horizontal, valiéndose del monumento religioso o civil que a su vez fue mensaje de la Fe y que cumplía la función de actuar como eje receptor de una serie de perspectivas.

Cada distrito urbano de Roma fue sometido a una programación, creando sus propios signos de centralización jerárquica. El programa avanzado de Sixto V tuvo su prolongación en el siglo XVII, e incluso impulsa también las aportaciones de la primera mitad del siglo XVIII.
De particular importancia fue el sistema en tridente que conduce desde la Porta del Popolo hasta Piazza Venezia o la disposición estrellada en torno a Santa Maria Maggiore. También debe otorgársele singularidad al espacio de la Piazza del Campidoglio, remodelada por Giacomo della Porta.

El tridente de la Piazza del Popolo es paradigma de los criterios planteados y desarrollados por el urbanismo barroco, ya que la utilización de las calles radiales se aprovecha para establecer conexiones con una simbología importante. La Piazza se califica como "entrada" a la "Città Santa".
Antes de 1585 tan sólo fue la Piazza lugar de encuentro de tres calles: Corso, Babuino y Ripetta. En 1589 se añadía a un obelisco que convirtió a su espacio en un nudo urbano. En 1662 se inicia la construcción de dos iglesias semejantes en cuanto a su escala, trazadas por el arquitecto Carlo Rainaldi; se levantan simétricas entre las tres calles radiales, convirtiendo sus volúmenes en imagen monumental, tanto de la plaza como de la entrada de la ciudad a través de las citadas calles.

El visitante que llega a Roma a través de la Porta del Popolo, y observa la simetría de ambas iglesias, Santa Maria di Montesanto y Santa Maria dei Miracoli, alineadas a ambos lados de la Via del Corso (antigua Via Lata), ve la insuperable apariencia que le dan a la plaza, tensadas las cúpulas de ambos edificios sobre el impresionante bastidor de columnas de su basamento, cuyos pórticos avanzan levemente hacia el espacio interior de la plaza.

Cada una de las iglesias se complementa en su estructura con una torre única, acentuando el valor de la calle principal, la ancha Via del Corso, que halla en la citada torre su sistema de encuadramiento.

La Piazza Navona también establece con su espacio amplio y alargado, otro destacado centro del urbanismo romano del siglo XVII, sobre los cimientos del antiguo Circo Domiciano. El espacio tiene dimensión simétrica entre un entorno irregular.

En el centro de la plaza se ubicó la iglesia de Sant´Agnese in Agone, a modo de eje principal de su dilatado espacio. Las casas, palaciales o más sencillas, que la rodean, adoptan un lenguaje arquitectónico barroco de enunciado semejante. Pero el templo, en el conjunto, determina la jerarquía de su espacio, evidenciando que la estructura de su fachada cóncava fue intencionada para que el camino visual de la hermosa cúpula no fuese interrumpido por ningún elemento formal. 
De este modo, la Cúpula de Santa Inés constituye el contrapunto perspectívico a la horizontalidad excesiva del espacio.