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SIMBOLISMO. GUSTAV KLIMT 1/6
Pablo de las Heras Utrilla
ISBN-84-9714-048-6
 

ÍNDICE

- EL SIMBOLISMO
- LA SECESIÓN VIENESA
- KLIMT, UN ARTISTA DE TRANSICIÓN
BIOGRAFÍA
PRIMEROS TRABAJOS
EL MUNDO FEMENINO
RETRATOS
LA MUJER Y EL EROTISMO
ENCARGOS, TRABAJOS ESPECIALES
  HALL DE LA UNIVERSIDAD DE VIENA
  FRISO BEETHOVEN
  LOS MOSAICOS DEL PALACIO STOCKLET
PAISAJES
- BIBLIOGRAFÍA


EL SIMBOLISMO

Entre la década de 1880 y los primeros años del siglo XX, se desarrolla una amplia corriente artística internacional conocida como simbolismo. Participaron por igual escritores, músicos, pensadores, pintores y escultores, todos unidos por el común objetivo de enfrentarse al materialismo y al positivismo, representado sobre todo por el impresionismo y el naturalismo, reinantes durante la segunda mitad del siglo XIX. Su nombre viene dado por el manifiesto “El simbolismo”, publicado en 1886 en el periódico Fígaro litteraire por el poeta francés Jean Moréas.

El simbolismo aboga por la supremacía de la imaginación y la subjetividad del artista -el inconsciente contra la razón-, creando obras de arte que trascendiesen su interpretación unilateral como representación de una percepción pura de la realidad, en contra de las teorías materialistas sobre la comprensión exacta y científica de la naturaleza y la sociedad. Su ideario era muy escéptico contra el progreso científico-técnico, eran muy idealistas, incluyendo cierta religiosidad; su originalidad no estriba en la técnica, sino en el contenido.

Ponían en duda la existencia de una realidad objetiva, o al menos la posibilidad de poder percibirla por los sentidos y reproducirla de una manera fiable. Entendían como un “símbolo” que remite indirectamente a lo figurado lo entendido por los sentidos o lo que es representado como imagen artística. Un artículo publicado en 1888 explica la nueva tendencia: “La representación de la naturaleza en la literatura y en la pintura es una ilusión (...) por el contrario, el objetivo de la pintura y la literatura es reproducir las sensaciones y emociones provocadas por las cosas mediante los medios propios de la pintura y la literatura. Lo que se debe expresar no es la imagen, sino el carácter de lo representado. ¿Por qué se deberían indagar los miles de detalles intrascendentes captados por el ojo? Mejor sería buscar lo esencial para reproducirlo o, mejor aún, para producirlo (...) El pintor debe captar con el menor número posible de líneas y colores característicos la esencia del objeto elegido, evitando así la imitación fotográfica. El arte primitivo y popular tienen esa forma de simbolismo, igual que el arte japonés (...) Confundir la línea con el color significa que no se ha entendido las cualidades de cada uno de esos medios de expresión: la línea expresa lo permanente y el color lo momentáneo. La línea es un símbolo casi abstracto que refleja el carácter del objeto, mientras que la unidad de color condiciona la atmósfera general y el mundo de los sentimientos”(1) .

Al contrario que el impresionismo, con una escuela más o menos concreta y localizada, el simbolismo fue un gran movimiento internacional sin una definición programática unitaria ni un ideario común. El punto que une a estos artistas es el rechazo hacia las pautas artísticas y sociales dominantes. La crítica define dos corrientes principales dentro del simbolismo: una idealista que intenta llegar a la emoción a través de los contenidos, y otra más formal que terminaría integrándose en las vanguardias. La sensibilidad y el planteamiento artístico simbolista son fundamentales para entender con perspectiva los diferentes estilos que se darían en el siglo XX, el surrealismo y el art noveau principalmente.

Casi todos los artistas simbolistas fueron grandes lectores e intelectuales muy en contacto con las inquietudes artísticas y literarias de su época. Son fundamentales obras como Las flores del mal de Baudelaire, Los poetas malditos de Verlaine, Salammbó de Flaubert, Salomé de Oscar Wilde, Al revés de Huysman, el teatro de Maeterlink, los relatos de Poe y la música de Chusson y Duparc.

Los principales representantes son Gustave Moreau y Odilon Redon. Moreau, obsesionado por la belleza femenina y en concreto por la figura de Salomé, imprime en su obra un erotismo con escenas muy sobrecargadas y dejando cierta sensación de agobio. Odilon Redon fue uno de los autores más coherentes con el simbolismo como concepto. Entendía su arte como un vehículo para revelar la esencia más profunda de un individuo, se alejó incluso del lenguaje de otros autores simbolistas para crear una propia forma de expresión; anticipa la actitud surrealista reconociendo sorpresa de sus propias intuiciones e inspiraciones: el artista crea sin ser del todo consciente de ello.

Autores representativos son Puvis de Chavannes y Arnold Boecklin; algunos otros pasaron por etapas simbolistas: Von Marées, Munch, Whistler. Incluso Rodin es considerado escultor simbolista en su obra tardía. A Gustav Klimt se le considera simbolista sobre todo en sus cuadros y alegorías femeninas.

El simbolismo adoptó diferentes interpretaciones pictóricas en Europa: en Bélgica, Khnopff y Nuncques desarrollan la línea del culto a lo misterioso; en Italia, Previati, Segantini y da Volpedo trabajan en base a un minucioso realismo simbólico; en Alemania, Hodler y Klimt se caracterizan por una técnica que tiende al realismo pero con una temática muy idealista, con un sentido fuertemente expresivo; en los Países Escandinavos, Hammershoi y Enckell desarrollan una acusada expresión de la soledad y una visión austera del mundo; en España (de una manera más tardía que se prolongó de la década de los noventa a los treinta) este movimiento no tiene como base su oposición al naturalismo, sino más bien una búsqueda de señas de identidad nacional, promovido por diferentes movimientos políticos y regionalistas; confluyen varios autores con muy diferentes propuestas estéticas: Romero de Torres, Zuloaga, Brull, Gual, Rusiñol, etc. En literatura, el máximo representante en habla hispana del simbolismo es el poeta Rubén Darío.

LA SECESIÓN VIENESA

“Queremos declarar la guerra a la rutina estéril, al rígido bizantinismo, a todas las formas del mal gusto (...) Nuestra Secesión no es un enfrentamiento de los artistas modernos con los viejos, sino una lucha por la revalorización de los artistas frente a los buhoneros que se las dan de artistas y que tienen interés comercial en evitar que el arte pueda florecer”(2) . Esta declaración del catálogo inaugural del edificio de la Secesión sirve como divisa a la nueva generación de artistas austríacos que están hartos de las normas academicistas y del carácter comercial del arte. El término “secesión” en arte se da comúnmente a grupos de artistas que en un momento dado se separan de la normativa académica o social de su entorno y busca nuevas vías de expresión y de apreciación a su arte. La primera vez que se aplica el término Secesión es en Munich, en 1892, le seguirá la vienesa de 1897 y las de Berlín, en 1899 y 1910.

El grupo de artistas e intelectuales vienés se siente aislado, sus producciones no son conocidas fuera del ámbito intelectual austríaco, a la vez que las tendencias extranjeras tienen poca cabida en los conservadores cánones estéticos y sociales aplicados a la creación artística. La revuelta oficial es en 1897, con Klimt como miembro fundador y presidente electo. Su programa es claro: no quieren sólo fomentar una lucha estética, sino el derecho a la propia creación artística por el arte mismo, quieren acabar de una vez con la división entre “gran arte” y “géneros menores”, afirmando la modernidad artística y el derecho a poner la escena vienesa en contacto con las vanguardias europeas.

Los miembros de la Secesión celebran varias exposiciones con éxito en el extranjero antes de presentar sus proyectos en Viena. Entre sus miembros están los pintores Moll y Moser y los arquitectos Hoffmann y Olbrich. Esté último es el responsable del diseño y la construcción del edificio, una combinación modernista de elementos geométricos, con un lema inscrito en el frontón atribuido al critico de arte Hevesi: “A cada época su arte, al arte su libertad”. La primera exposición oficial en su edificio, en 1898, es bastante exitosa: 57.000 visitantes y la tercera parte del material expuesto es vendido, se puede considerar como la apertura oficial de Viena a la modernidad artística. Klimt expone su Retrato de Sonja Knips y diseña el cartel para la exposición, un alegórico Teseo abatiendo al Minotauro, un joven liberador que abate y que hace huir avergonzado al Minotauro de otras épocas. El cartel, como le empezaba a pasar a Klimt, sufrió del recorte de la censura, al no poder representar los genitales del héroe, y no fue bien entendido. Los miembros de la Secesión editaban una revista, Ver Sacrum, donde se publicaron muchos dibujos y diseños de Klimt, quien tenía como sobrenombre “demonio de la Secesión”, gracias a la explicitud anatómica de sus modelos en sus dibujos.

Los artistas de la Secesión son apadrinados económicamente por familias acomodadas judías de la burguesía vienesa que además les encargan trabajos particulares. A pesar de su rechazo inicial a cualquier ayuda e intervención estatal, recibirían subvenciones oficiales. Realizaron muchas exposiciones donde participaban artistas extranjeros modernos, consiguiendo en gran medida su idea aperturista e innovadora. Klimt abandonó junto a otros formalmente sus filas en 1905, a raíz del fracaso de la exposición sobre Beethoven y de disidencias internas. Seguiría con su idea de fomentar el arte por el arte y así lo demostró en exposiciones posteriores, en la Kunstschau (nueva asociación con los mismos postulados que la Secesión) y en sus aportaciones a la galería Miethke.