| LA
MUJER Y EL EROTISMO
Pero
cuando no trabaja para un cliente, Klimt deja su lado inofensivo y da rienda
suelta a su creatividad y a sus obsesiones. Sus mujeres entonces aparecen
nada lánguidas, más bien peligrosas e intuitivas. En su alegoría
Pallas
Atenea (1898); sustituye la iconografía tradicional de una victoria
alada por una versión de su Nuda Veritas, pinta a una mujer acorazada
y armada, victoriosa, mostrando la verdad explícita en su mano.
Utiliza el oro como elemento pictórico por primera vez. Sus representaciones
de Nuda Veritas -el primero un dibujo editado en Ver Sacrum en
1898 y su cuadro de 1899- son altamente provocativas. El tema es idéntico:
una mujer desnuda mira frontalmente al espectador y le pone ante sus ojos
un espejo, con provocativa y expresiva desnudez, en actitud desafiante
ante el espectador. Es la verdad al desnudo, el juego de imagen entre nuestro
reflejo y la explicitud de la modelo. Era la época inicial de la
Secesión y fue toda una declaración de principios, manifestó
su voluntad moderna y, por supuesto, fue un escándalo: la representación
explícita del vello púbico rojo, sin ningún motivo
historicista que lo justifique, fue considerado una afrenta al ideal clásico
de la imagen femenina. En estos años también empieza a desarrollar
Klimt un mundo acuático, ensoñador, que continuaría
años después. Así sus obras
Agua en movimiento
(1898)
y Peces plateados (1899); evocan un mundo de formas acuáticas,
de naturaleza sexual, mujeres que serpentean en actitud provocativa entre
las aguas, se dejan llevar por el elemento húmedo del que parecen
formar parte. Las algas y las ondas se funden con los cuerpos y cabellos
ofreciendo una imagen sensual de mujeres lascivas.
Su primera alegoría sobre el mito
de Judith y Holofernes, Judith I (1901), es un ejemplo claro del
arquetipo de mujer fatal de Klimt: la expresión de éxtasis
de Judith, con la cabeza de su enemigo en la mano, al que ha seducido para
decapitarlo, refleja la ambigüedad de sus mujeres: fuerza liberadora,
sensual, y, al mismo tiempo, amenaza, mujer fatal y misteriosa. Es la imagen
que muchos años después explotarían actrices como
Marlene Dietrich y Greta Garbo. La cabeza de Holofernes, tradicional foco
de atención en la iconografía de esta representación,
aquí aparece desplazada a la derecha, apenas se repara en ella,
es el gesto sensual y la representación atractiva de Judith la que
establece la relación entre la seducción y su poder, Eros
y Tanatos, la obsesión desarrollada por él y que representa
en toda su magnitud en las pinturas del hall de la Universidad. Esta imagen
causa una gran confusión entre la burguesía judía
dominante en Viena: muestra a su heroína y ejemplo bíblico
a seguir, casi un tabú religioso, como una mujer que acomete su
misión con placer, disfrutando. Klimt no deja de sorprender y escandalizar
en esta época. El marco diseñado por su hermano Georg forma
parte de la decoración del cuadro, estableciendo un contraste entre
los ornamentos planos y dorados y el rostro maquillado, casi en relieve.
Un nuevo ejemplo del vocabulario erótico
de Klimt lo refleja en La esperanza I (1903). Todo el erotismo emana
en este desnudo de una mujer embarazada, su impúdico vello rojo,
la prominente barriga como símbolo de penetración; es la
imagen de la feminidad perfecta, demasiado directa. Rodea la imagen de
alegorías de dolor y muerte, las edades de la vida y la importancia
vital de la mujer.
Las
tres edades de la vida (1905), contiene un nuevo acercamiento a todo
el ámbito femenino. Esta obra cargada de simbolismo representa tres
estados de la vida: la fuente de la vida en una mujer que sostiene a un
bebé, la decrepitud en la imagen de desesperación de una
anciana, y el comienzo del ciclo con un bebe dormido. No hay que hacerse
ilusiones, todo lo placentero e idealizado que tiene la madre con su hija
van parejos a la promesa de decadencia y muerte. Sus ornatos y decoración
son ya muy característicos: círculos, óvalos, triángulos,
colores ocres y azules sobre fondos oscuros que destacan el color de la
carne.
Continúa entre 1904 y 1907 sus
evocaciones de un mundo acuático y sensual; con sus obras Serpientes
acuáticas I y II pinta un universo idealizado en el que casi
se pueden escuchar movimientos acuáticos, gemidos. Son pinturas
altamente eróticas, simbolizando un mundo narcisista de lesbianas
que se aman, se mezclan y tienen naturaleza ondulante y curvilínea,
mujeres que se funden con flores, algas, agua y con otras mujeres, que
nos invitan a mirarlas y adquirir condición de mirones, invadiendo
su intimidad. La ornamentación decorativa característica
no resulta excesiva, forma parte de la escena, dando a las dos imágenes
una sensación tranquila y placentera.
Sus dos obras más conocidas,
Dánae y El beso, los pinta en el cenit de su estilo y su carrera,
entre 1907 y 1908. En Dánae, su interpretación del mito en
el que Zeus fecunda en forma de lluvia de oro a Dánae, de donde
nacerá el héroe Perseo, tiene una carga sexual muy explícita.
La pose de la modelo y su gesto, posición fetal y expresión
de alcanzar el orgasmo, no tiene nada que ver con la actitud, en teoría
pasiva, de la sexualidad femenina. Aquí parece que la mujer tiene
el control, la mujer es autosuficiente sexualmente, con su mano derecha
parece que se está ayudando a conseguir el orgasmo en una postura
masturbatoria. El chorro dorado es absolutamente directo, el semen y los
hilos dorados caen directamente en la entrepierna, mezclándose con
óvulos. El muslo de la modelo ocupa un primer plano, su cuerpo desnudo
son la carnalidad y la sensualidad, a años luz de la iconografía
clásica de este mito. El éxtasis amoroso tiene aquí
una de sus mejores representaciones, así como el instante de la
concepción, con participación activa de la mujer: no hay
pasividad ni nada inmaculado en esta, se supone, concepción forzosa.
En El beso ofrece una imagen contradictoria de sus mujeres; esta
vez la mujer se entrega al hombre, se somete en una expresión de
sereno éxtasis, en una imagen de amor espiritual e idealizado. Supone
una evolución de este tema que ya ha pintado en el Friso Beethoven
y en el Palacio Stocklet, dando siempre el sentido de plenitud amorosa.
Los modelos son el propio Klimt y su amiga Emilie Flöge; ambos cuerpos
forman una masa dorada, con ornamentos cuadrados para el hombre y circulares
para la mujer, con gran profusión colorista, parece que crecen de
la naturaleza, de un jardín colorido y floral. Este cuadro desata
las más variadas interpretaciones: ¿esos cuadros masculinos
complementan o son antagónicos con los círculos femeninos?
¿la posición de la mujer se puede interpretar como resignada,
o como entregada a la iniciativa del hombre? La posición de las
manos y de los pies de la mujer ¿transmiten placer o están
contraídos por la ira, por la distancia que sufre? Klimt presenta
aquí dos contradictorias visiones y son ejemplo de su ambigüedad:
a la vez de una imagen simple y pura del amor transmitida por un beso en
un contexto ideal, una segunda interpretación nos muestra una situación
ambigua, incluso forzada y de aparente distanciamiento entre las dos figuras.
Klimt vuelve a interpretar dos de sus
alegorías, Judith y La Esperanza, en un nuevo estilo aunque
el tema sea el mismo. En Judith II (1909), el tema todavía
se confunde más, como ya ocurrió en Judith I, con la historia
de Salomé que tanto gustaba a los simbolistas contemporáneos
a él. Esta vez la expresión de Judith es mucho más
agresiva, mujer fatal pero decadente, con las manos como garras que atrapan
a su presa, la cabeza relegada a la misma posición que en su primer
cuadro. Ya no hay sensualidad, más bien la maldad de una mujer seductora.
La mujer aquí aparece en movimiento, esa ondulación del cuerpo
nos sugiere incluso que está danzando. En Esperanza II (1908),
Klimt suaviza su mensaje, la desnudez es cubierta por simbólicos
motivos, es una imagen más agradable, con vivos colores y en la
que no aparece la muerte ni la decadencia. Esta imagen más razonable
de Klimt se ha interpretado como un signo de hipocresía, aunque
realmente el artista estaba pasando una de sus mejores épocas personales
y profesionales, lo que refleja en algunas de sus producciones de estos
años.
Sus últimas obras, a partir de
1913, muestran a un Klimt más optimista, no hay presencia de dolor
ni muerte (exceptuando Muerte y vida, 1916), sí de ciclos vitales
pero expresados de una manera optimista. Utiliza colores puros, sin mezclar,
con laberínticos repliegues, formas curvas que recuerdan a una visión
caleidoscópica. La virgen (1913), es un punto de transición
entre su época dorada y su época algo mas expresionista del
final de su vida. Aquí una serie de formas femeninas parecen rotar
enredadas alrededor de la figura principal, representando todas las fases
del despertar sexual de la mujer, la niña convertida en mujer. Las
expresiones son tranquilas, plácidas, la decoración es muy
colorista, toda la escena parece flotar, en una captación momentánea
de lo que parece un movimiento que anima la escena. Vuelve a representar
el amor femenino en Las amigas (1916), cuadro muy colorista y con
fondo de influencia del arte japonés. Adán y Eva (inacabado),
muestra a una Eva como mujer más accesible, desnuda en una imagen
frontal pero no en posición desafiante; Adán apenas en un
accesorio, pintado en colores más oscuros, parece un simple relleno
decorativo. En su obra La novia (inacabada), su temática
vuelve a ser el erotismo y el ciclo de la vida, pero sin aspectos desagradables
ni oscuros; la pintura es algo más abstracta, retomando personajes
de otras obras suyas, de La virgen y Peces dorados, pintándolos
en la misma pose. La figura de en medio actúa de puente entre la
mezcla de cuerpos de la izquierda, confusa y forzada, con la expresión
tranquila de las figuras inacabadas de la derecha.
A su muerte se encontraron unos 3000 dibujos
y algunas obras inacabadas que nos revelaron uno de sus secretos: en sus
cuadros pintaba a la mujer siempre desnuda, luego, al introducir la decoración,
pintaba encima vistiéndolas.

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