Centro de Formación on Line
Biblioteca Virtual E-excellence
I.E.P.E.S.
 Agenda Exposiciones Publicar en Liceus Enlaces E-excellence CIDEIH
 
 
LOS  ORÍGENES DEL ARTE DEL SIGLO XX 1/4
Inmaculada Corcho Gómez
ISBN-84-9714-025-7
 

La trayectoria de la historiografía del arte está llena de contradicciones que se acentúan más y más a medida que nos acercamos a la época en que vivimos. A la vez que se intenta sistematizar las experiencias artísticas, agrupar, desagrupar, ordenar de la manera que sea,  buscar líneas hereditarias que nos muestren la razón de ser de determinadas manifestaciones y comportamientos,  se defiende la idea de que la historia del arte, y en especial la del arte contemporáneo, no encaja en una plantilla determinada y compartimentada que nos permita clasificar, tramo por tramo,  a los artistas, a las obras, a los conceptos e ideas que forman el conjunto del arte del siglo XX. Porque nada aparece o desaparece en un segundo, en un día o en un año, toda manifestación artística tiene su devenir lento y su desaparición pausada que sólo  la memoria histórica del individuo puede eliminar o mantener, enterrar o rescatar.
Sin embargo, porque en el último siglo los sucesos artísticos han aumentado su número de manera considerable y porque ante tal  acumulación de hechos se hace más necesario establecer  un discurso claro que responda al cómo, al cuándo y al por qué de las cosas, revisar aquí la historia del arte del siglo XX debe ser un ejercicio pedagógico  sencillo,  no por ello carente de rigor, para que el complejo mundo del arte que a lo largo del siglo pasado se ha ido tejiendo pueda ser conocido y comprendido por el mayor número de personas; y para que las delimitaciones que de ahora en adelante vamos a ir marcando configuren un panorama más lógico y racional ante el aparente desbordamiento que el arte del siglo XX  ha provocado.

LOS COMIENZOS DE UN NUEVO ARTE

El arte del siglo XX está indiscutiblemente unido al avance industrial y a la modernización de la sociedad. Los últimos años del siglo XIX  y los primeros del  siglo XX  presencian un fluir vertiginoso de ideas, inventos, imágenes y sucesos, de manera que cualquier parcela de la vida queda inmediatamente contaminada por esas nuevas experiencias, y, por supuesto, el arte entra de lleno en el entramado de la modernidad y el desarrollo, participando de él pero también haciendo sustanciales aportaciones al nacimiento y crecimiento de nuevas corrientes culturales.
 La Revolución Industrial, totalmente establecida a finales del siglo XIX,  comienza a dar paso a la revolución tecnológica que se presenta como uno de los factores más influyentes en el desarrollo histórico del siglo XX. La presencia de la máquina, hacia 1900, es un hecho que la sociedad acepta con normalidad y los avances técnicos forman parte de la vida cotidiana. Avances todos ellos que provocan en la sociedad admiración y fascinación (no exentos de cierto recelo y vértigo) y, ante todo, un ansia de experimentación y conocimiento del que no quedan al margen los artistas. (Enlace a cuadro cronológico de avances técnicos más significativos).
 La cultura burguesa desarrollada al abrigo de la revolución industrial está perfectamente asentada a comienzos del siglo XX, apoyándose cada vez más en los valores que el capitalismo creciente va implantando. La gran revolución social y política de la industrialización y la tecnificación va seguida de un cambio espiritual fundamental para la cultura y el arte.

La política internacional del momento es expansionista, aunque para España fin de siglo signifique crisis generalizada y pérdida de las colonias, países como Francia, Bélgica, Holanda o Inglaterra desarrollan una fuerte expansión colonial, apoyada en el crecimiento económico. Japón, tras duras guerras con China, surge como uno de los pilares de la gran balanza económica. En el otro lado se sitúa Estados Unidos. El nuevo mapa económico que empieza a perfilarse en estos años tendrá directas repercusiones sobre el panorama artístico del siglo XX, ya que los centros de creación y mercado del arte se trasladarán de un punto a otro del mundo orientados por los polos financieros.
 A menor escala, el aspecto general del fin del siglo XIX, es urbano y cosmopolita. Un mundo de propuestas y nuevas situaciones se abre con el creciente desarrollo de los medios de comunicación y las ciudades se constituyen en el escenario ideal para experimentar y sentir los nuevos inventos y novedades. Así, en el terreno artístico también las grandes ciudades se transforman en núcleos difusores a la vez que centralizadores de estilos y tendencias. Son las plataformas indiscutibles del arte del siglo XX.

Como ya hemos señalado, el arte de finales del siglo XIX y comienzos del XX está condicionado por el ambiente desarrollista que le rodea. Los resultados de las investigaciones y estudios científicos, los nuevos parámetros que se desarrollan dentro el campo de la filosofía y la espiritualidad y una nueva organización político y social aportan a las artes plásticas nuevos fundamentos en cuanto a contenidos, formas de expresión, materiales y elementos del lenguaje. El artista, la obra y el espectador ponen en práctica valores renovados que determinan los rasgos definitivos del arte en torno a 1900 y que, en gran medida, permanecerán a lo largo de todo el siglo XX.

 El espectador, el elemento en apariencia más alejado de la creación artística es un valor en alza dentro del terrero del arte, ejerciendo cada vez mayor presión en la creación artística. En la ciudad moderna e industrial confluye una creciente población obrera procedente de las áreas rurales y una fuerte burguesía capitalista. Una sociedad urbana, que gracias a los nuevos métodos de producción, distribución y comercialización del sistema industrial puede acceder a objetos hasta entonces considerados artísticos e inasequibles para la mayoría.  El gusto se ve formado y apoyado por el aumento de objetos en el mercado, por los medios de propaganda y de difusión y determina el crecimiento de las redes de distribución masiva y la vulgarización del producto. Factores que irán incrementándose a medida que el siglo XX avance.  La etapa contemporánea convierte el objeto artístico en elemento de consumo introducido en los sistemas especulativos del comercio, no sólo estimado por su valor estético o por lo deseado que pueda ser para su disfrute, sino como un objeto de interés financiero condicionado por las leyes del mercado capitalista en el que se encuentra inmerso.

Ante estos nuevos valores, el artista se encuentra en una posición que le hace reaccionar de manera contradictoria. Siguiendo las tendencias de la modernidad será transmisor del nuevo orden que le rodea, pero los conceptos filosóficos y espirituales que se plantean ante los cambios generales, que abren en las artes nuevas vías de reflexión e interiorización (interpretación subjetiva de la realidad, negación de la realidad aparente, aparición de la idea como base de la creación, ruptura y renovación del lenguaje estético clásico), hacen que el artista busque aislamiento, refugios fuera de los grupos sociales establecidos. Aparece así la figura del artista bohemio, fuera de orden, que se une y agrupa con otros artistas con quienes se identifica y con quienes discute, investiga y renueva los parámetros estéticos establecidos por las tendencias anteriores. De este mlao, la figura del artista educador y renovador, comienza a desdoblarse en dos caras de una misma moneda, posición difícil que irá tomando complejidad con el tiempo. 

En cuanto a la influencia que los nuevos modos de vida y valores proyectan sobre la obra de arte propiamente dicha son múltiples y, desde luego, no se pueden entender sin la presencia del nuevo espíritu renovador que mueve al artista. Estos condicionantes afectan a la temática de las obras, a los materiales para su plasmación, a las formas expresivas, a la composición y estructura, al propio concepto de la obra como objeto artístico. El resultado, y la gran marca que distingue el arte del siglo XX, es la consecución de un nuevo lenguaje plástico con múltiple ramificaciones de las que van a resultar las principales tendencias del siglo XX. Este nuevo factor, la libre interpretación de las formas plásticas y el fuerte carácter individualizador que cada artista imprime en sus obras, hará  que la historia del arte del siglo XX sea una historia de artistas y no de grandes tendencias como había venido sucediendo. 

Los años finales del siglo XIX, suponen el punto final de una línea renovadora comenzada siglo y medio atrás. La discusión entre artistas, historiadores, críticos y filósofos sobre lo clásico y lo moderno, lo académico y lo experimental, la objetividad y la subjetividad, estaba resuelta hacia los años cincuenta del siglo XIX, pero el paso final hacia un arte totalmente renovado lo dan los artista en los últimos años de ese siglo con la aportación de renovados elementos del lenguaje plástico que materializan los nuevos mensajes de temática y concepto.
Es difícil establecer un espacio temporal en torno a 1900, que enmarque los orígenes del arte del siglo XX y, a su vez, determinar un conjunto de características que definan esa tendencia originaria. En los años que frágilmente podemos delimitar entre 1880 y 1905 conviven los viejos maestros de la “renovación” plástica con una nueva generación, más joven, que culminará los cambios definitivos. Junto a Cézanne, Gauguin, Degás, Renoir, Monet, Van Gogh, encontramos a Picasso, Matisse, Kirchner, Brancusi, Kandinsky, Braque .... Sin embargo, podemos decir que la obra de todos ellos gira en torno a una idea globalizadora  basada en la subjetividad y la espiritualidad que la obra de arte encierra en sí y la capacidad para plasmar ese concepto de manera material.
En este sentido, lo bello, como eje interior de la obra, es entendido como una fuerza o esencia que irradia del objeto artístico hacia el exterior y que reacciona ante la subjetividad y la apreciación  personal del artista, un concepto que se amplía también en cuanto a valor semántico al aceptarse como estéticos conceptos antes opuestos a la belleza como la deformidad, lo social, lo moralmente recriminable y lo vulgar. 

De la misma manera, la percepción de la naturaleza y de la realidad pasa por el crisol de la parcialidad y la subjetividad. Una realidad y una naturaleza que se desplazan hacia los nuevos ambientes y escenarios urbanos donde se desarrolla la vida moderna: fábricas, calles abarrotadas de gente, teatros, cafés y, al tiempo , entornos más privados, permiten al artista recrearse en escenas íntimas, habitaciones, retratos que reflejan un ambiente muy personal.