El
impacto de los medios de comunicación, que ofrecen nuevos puntos
de vista y una percepción cambiante de los objetos, es recogido
en las obras de arte. Se rompen las perspectivas armoniosas, entran en
juego las angulaciones, los escorzos casi imposibles, la multiplicación
de los puntos de vista y de los planos. La perspectiva hasta entonces lógica
se ve desplazada por la aparición de la planitud obtenida a través
de la utilización de enormes manchas de color que invaden grandes
áreas del lienzo, líneas de contorno de considerable grosor
que estructuran la imagen pero a la vez se constituyen en elementos de
acento dentro de la composición y la tendencia a la geometrización
de las formas, todo ello hace que los volúmenes y las perspectivas,
que antes se marcaban mediante la utilización de luces y sombras
y que los impresionistas consiguieron mediante la yuxtaposición
de pinceladas breves y sutiles de colores matizados, desaparecen dando
lugar a planos únicos que sólo el cerebro puede recomponer
e interpretar.
En el mismo sentido, el movimiento,
juega un papel importante en la evolución plástica de fin
de siglo. El movimiento es un elemento que condiciona el entorno y las
sensaciones ambientales que el artista percibe. Esta apreciación
del mundo, cambiante y diferente por momentos, se refleja no sólo
en los temas de las obras, sino en esa ansia por captar rápidamente
el escenario de la contemplación, acentúa la espontaneidad
del artista a la hora de trabajar. No se preparan los materiales, sólo
se colocan sobre el lienzo las pinceladas imprescindibles para referir
las formas deseadas, incluso dejando sin terminar la obra, como si fuera
un esbozo. Se trata de captar un momento que nunca se repetirá,
que es perecedero y en constante evolución.
Frente a esa realidad cambiante
y en continua mutación toma cuerpo el concepto de idea
como soporte de la obra de arte. Lo esencial, lo simbólico, que
es a su vez resultado de la experimentación y la metabolización
de las sensaciones percibidas, se constituye en motor de la obra de algunos
artistas iniciándose así el camino hacia la conceptualización
del arte y la liberalización del lenguaje formal en favor del abstracto.
Finalmente, en un mundo cosmopolita donde
los medios de comunicación acortan sustancialmente las distancias,
aumenta el conocimiento de lo que sucede en otras partes del planeta y
crecen las posibilidades de divulgación y difusión de las
cosas, no es extraño por ello que aparezcan conceptos y formas estéticas
lejanas (para el mundo occidental) que impactan en los ambientes artísticos.
Las formas indígenas del arte africano o el arte oriental, y las
estampas que se difunden de las piezas que se pueden ver y comprar en exposiciones,
galerías y tiendas, ponen en contacto a los artistas con nuevos
recursos estilísticos y con nuevos contenidos artísticos.
Los artistas que a través de estos
parámetros abrieron las puertas al arte contemporáneo forman
un grupo complejo de clasificar. El calificativo de Post-impresionimo
ha sido utilizado por numerosos autores para hablar de las tendencias artísticas
que se desarrollaron tras el Impresionismo, teniendo como denominador común
la idea de superar sus postulados por medio del rechazo de la representación
naturalista, interpretada a través de la luz y el color, a favor
de las cualidades abstractas y los contenidos simbólicos de las
obras. El término fue utilizado por primera en 1910 por el crítico
y artista inglés George Fry para calificar una exposición
sobre el arte francés de los últimos años del siglo
XIX, pintura, dibujo y escultura que él había organizado
en la Grafton Gallerie de Londres. Desde el principio Fry admitió
que la denominación de Post-impresionismo no era aplicable a un
estilo único y sencillo, porque las obras colgadas en aquella exposición
no correspondían a una sola tendencia o a un único concepto
artístico. Así, el panorama artístico que se
despliega en los años finales del siglo XIX y en los comienzos del
siglo XX crea un entramado compuesto por tendencias que coinciden temporalmente
y que comparten ideas comunes, pero que se materializan de manera distinta:
Modernismo, Simbolismo, Primitivismo, Fauvismo, Precubismo, Nabis, Expresionismo...
.
Son algunos de los integrantes de estos
movimientos los protagonistas de los orígenes de arte del
siglo XX, artistas que poco a poco traspasan los postulados estéticos
del Impresionismo conforme a su personalidad. Manet había comenzado
la reacción contra el Impresionismo y fue seguido por otros artistas
que aprendieron y heredaron sus propuestas. Cézanne procura
superar la estética impresionista, buscando a través de la
luz, el modelado y el dibujo, la sintetización geométrica
de las formas; Renoir entendiendo que los males del Impresionismo eran
la ausencia de espiritualidad y la carencia de una verdadera técnica;
Seurat a través del estudio científico de la óptica
y la percepción; Gauguin mediante la utilización simbolista
y esquemática del color y el dibujo; Van Gogh, partiendo del divisionismo,
profundiza en la carga expresiva de la pintura; Toulouse-Lautrec recobrando
el valor que la línea había perdido con el Impresionismo.
De entre todos estos artistas, y al margen
de clasificaciones y grupos, construyendo el puente que enlaza el
siglo XIX con el siglo XX, se encuentran las tres figuras que apuntalan
los cimientos de una nueva expresión plástica y son los considerados
los auténticos padres del arte del siglo XX: Paul Cézanne
(Aix-en-Provence 1839 –1906), Paul Gauguin (París, 1848 – Islas
Marquesas, 1903) y Vincent van Gogh (Groot-Zundert 1853 – Auvers-sur-Oise,
1890). Al margen del lugar que cronológicamente les toca ocupar
en el discurso general de la historia del arte del siglo XIX, apartado
en el que sus vidas y obras serán desarrolladas de manera más
profunda y completa, nos parece completamente coherente a la vez que necesario
hacer una revisión aquí de sus figuras, puesto que fueron
ellos quienes sentaron, como hemos dicho, las bases de los movimientos
de vanguardia emergentes en los primeros años del siglo XX.
El retiro de Cézanne, la evasión
de Gauguin y la inadaptación de Van Gogh, no fueron más que
las vías procuradas por cada unos de ellos para afrontar la problemática
estética de finales del siglo XIX y asentar un nuevo orden artístico
adecuado a una sociedad estructurada sobre el mito del progreso. El desarrollo
de su arte se encuentra lleno de coincidencias y divergencias, pero es
quizá el conocimiento de la estética impresionista y de los
artistas que la desarrollan lo que marca el punto de inflexión en
el que situar la puerta de salida hacia sus nuevas experiencias plásticas.
Antes de que eso ocurriera, cada uno de ellos había pasado por unos
primeros años cargados de incertidumbres e inquietudes artísticas
y personales.
Los primeros años de la vida de
Cézanne están marcados por una rica formación humanística
(años en los que tiene como compañero de escuela a Zola)
y religiosa que completa en París con estudios de Derecho a la vez
que asiste a clases de dibujo en la Academia Suiza. Desarrolla una primera
pintura marcada por el academicismo. Se trata de escenas de temas violentos,
eróticos, incluso, agresivos que técnicamente están
definidas por pinceladas cargadas de pintura, toques de espátula,
tonalidades oscuras y formas desiguales, buscando a través de ello
desinhibirse de sus pasiones. Obras que reflejan sus estudios de los barrocos
italianos y españoles, de Delacroix y Coubert y de las primeras
obras de Manet. Como se aprecia en El asesinato (1867), El negro Escipión
(1868), Una Olimpia moderna (1870), obras oscuras, realizadas con pinceladas
revueltas, buscando los contrastes de luces y mostrando un mundo dramático
y tenebroso. Es un momento en que su obra se encuentra a caballo entre
el Romanticismo y el Realismo. Poco a poco, sin embargo, Cézanne
se orienta cada vez más hacia una pintura en la que la función
constructiva del volumen se basará sólo en los efectos pictóricos
de los contrastes de tonos, como se puede apreciar en La nieve fundida
en l´Estaque y Reloj negro, de 1870, donde los objetos son marcados
por trazos fuertes y pinceladas sueltas. Es una pintura que evoluciona
ya hacia formas más estables y consistentes.
Para Gauguin, la entrada en el mundo artístico
es más traumática. Durante diez años alterna los negocios
con la pintura, que hasta esos momentos practica sólo como aficionado,
pero en 1883, de improviso y sin que nadie conociera sus intenciones, abandona
su empleo para dedicarse sólo al arte. En 1886 se desplaza
a Bretaña, y en Pont-Aven conoce a Émile Bernard y a Van
Gogh. En Bretaña lo que busca es un país de costumbre primitivas,
populares y sencillas que le recuerdan su infancia salvaje y liberada,
un ambiente distinto al que le ofrece una gran ciudad como París
con la que no se identifica. Este mismo motivo hace que en 1891 se establezca
en Tahití, donde primero vivirá durante dos años y
posteriormente, a partir de 1895, el resto de su vida. Su fuga a las islas
del Pacífico constituye un refugio a la vez que una liberación
frente a la vida elemental y civilizada de Europa. Aunque Gauguin se encuentra
en sus primeras obras de Bretaña muy próximo a los impresionistas,
pronto deja afluir su personalidad y desde 1888, fecha de su segunda estancia
en Pont-Aven, evoluciona hacia un estilo lineal que sería definido
como sintetista y simbólico.
Mucho más compleja es la
primera etapa artística de Van Gogh. Su obra, desde el principio,
transmite una personalidad destacadamente brutal y expresiva, debido por
una parte a su carencia de formación y conocimientos plásticos
y, por otra, a su inestabilidad emocional, que imprime desde el primer
momento unas peculiaridades individualizadoras muy destacadas. Desde
los primeros años de andadura artística Van Gogh va gestando
la idea de que el arte es algo elevado que esconde un mensaje y unas fuerzas
superiores a las aparentes, y a descifrar tal misterio se ocupará
por entero a partir de 1879, momento en que decide dedicarse por entero
a la experiencia creativa estudiando anatomía y perspectiva en Bruselas
y comenzando a pintar de manera febril con la obsesión de llegar
a realizar obras de calidad en un momento en que sus dibujos torpes y nerviosos
reflejaban la falta de dominio de la disciplina artística. Su retiro
temporal al hogar familiar de Etten le permite plasmar todo lo que pasa
ante sus ojos. De este momento es La rectoría de Etten y numerosos
paisajes de la zona.
Tras este paréntesis rural,
su ansia por enriquecer su formación le lleva a Amsterdam
y a La Haya donde sigue estudiando, y donde descubre las obras de Rembrandt
y Rubens, de Daumier y Millet. Sin embargo, las creaciones de esta etapa
son dramáticas y llenas de sordidez, reflejo del ambiente y la precaria
situación en la que vive. Pinta personajes pobres, obreros, gente
de la calle, pero sin llegar a imprimir aún en sus obras la fuerte
personalidad y expresión de obras posteriores. Tras esta experiencia,
en 1883 vuelve con su familia a Neunen, decidido a convertirse en un pintor
rural, aprovechando las infinitas posibilidades que, en este sentido, le
ofrecía este pequeño pueblo agrícola y ganadero. Inicia
así la creación de retratos de las gentes del lugar, a la
vez que plasma en sus lienzos las tareas agrícolas, los paisajes
y los rincones pintorescos del entorno. Es entonces cuando comienza a estudiar
la teoría de los colores, se interesa por los escritos de Delacroix
y por la música, intereses que relata en sus cartas a su hermano
Theo. Con sus estudios y reflexiones intenta buscar la armonía general
de las cosas a través de la pintura y la música.
En Neumen pinta Bodegón con sombrero
y pipa, y otras naturalezas muertas con zuecos, botes de tabaco, cántaros.
En ellos, lo que le interesa es usar los colores y matizarlos para estudiar
los tonos. No le importa el color local, la mancha extensa de color, sino
conseguir la profundidad de lo representado por medio de las sombras y
matizaciones que crean las gradaciones tonales y la distribución
de las mismas en el espacio del lienzo. Cualquier objeto o figura le interesa
por las posibilidades de análisis y reflexión que le ofrece
el intentar recogerlo en el lienzo. En ese sentido pinta El tejedor, de
1884, donde muestra la figura de un obrero ante una máquina sólo
a través de líneas toscas horizontales y verticales,
apareciendo un dibujo sometido a la expresión siempre indisciplinada
y rápida, intuitiva. Nunca quiere elaborar ni delinear perfiles
y anatomías; siempre presenta las figuras bajo el denominador de
lo feo y la deformación. En ningún momento abandona los sentimientos
de defensa y reivindicación social y moral que arrastra desde su
juventud (Los comedores de patata, 1885).
A finales de 1885, Van Gogh se traslada
a Amberes con la esperanza de poder sobrevivir de sus obras, pero, sobre
todo, esta estancia le sirve para seguir estudiando, en esta ocasión
el arte gótico, el barroco y especialmente a Rubens de quien admira
la manera colorista de expresar la vida.
Tanto para Cézanne, como
Gauguin y Van Gogh, lo fundamental en sus años de formación
ha sido darse cuenta de la necesidad de investigar nuevas vías de
expresión y asumir decididamente los trabajos de experimentación
para conseguirlas. Para ello han contado en numerosas ocasiones con las
obras de los maestros antiguos, referencias destacables en esos años
de incansable búsqueda de la esencia del arte y de definición
de su postura personal.
Cézanne es la figura
que, mejor que ninguna, traza el paso de la pintura del último tercio
del siglo XIX a la de los primeros años del XX, alzándose
como punto de referencia para la mayoría de las alternativas de
vanguardia de los primeros años del siglo XX. Sus planteamientos
estéticos marcan el tránsito hacia un nuevo naturalismo al
lograr transformar la complejidad de la apariencia de las cosas en la simplicidad
geométrica del dibujo.
Por otros derroteros se moverá
Gauguin, a quien Roger Fry consideraba más un teórico que
un pintor, puesto que lo que le interesaba eran “las leyes fundamentales
de la forma abstracta” y “el poder que la forma abstracta y el color pueden
ejercer sobre la imaginación del espectador”. Para Gauguin, la idea
es la clave de su sentido plástico, su pintura y su escultura reivindican
lo que de simbólico y esencial tiene la creación humana.

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