| Gauguin
se
manifestó a lo largo de su vida como una personalidad inquieta,
inestable y salvaje que vive en un constante rechazo de lo establecido.
La espiritualidad y la interiorización en el alma de todo lo que
encuentra en la naturaleza son el apoyo fundamental para el desarrollo
de su creación. Su obra se encuentra ligada a diferentes
corrientes artísticas, Simbolismo, Primitivismo, Nabis, a los que
se siente unido unas veces por sus ideas y otras por sus formas, pero siempre
aplicando un tratamiento personal que prevalece por encima de otras
influencias.
Al igual que para Gauguin, para Van Gogh
la pintura es la forma de expresar la existencia, su yo más íntimo
y, por lo tanto, la idea y el significado de sus obras es fundamental,
pero lo que le diferencia de Gauguin es el lenguaje, los elementos que
utiliza de manera más impulsiva que analítica. Después
de tener algunas experiencias con el Impresionismo y el Puntillismo, Van
Gogh desarrolla un estilo personal marcado por la utilización de
vibrantes acentos de color y formas dispuestas sobre el lienzo con fuertes
líneas de ritmo que producen un gran impacto visual. Un lenguaje
que más tarde los artistas expresionistas afrontaron en sus creaciones.
Pero como ya hemos señalado, hay
un momento en cada uno de estos tres artistas que supone el inicio del
asentamiento de sus teorías, marcado por la presencia de otros creadores
contemporáneos a los que, si bien en principio toman como referencia,
pronto superarán.
Así, a partir de 1872 se
produce una gran evolución en la pintura de Cézanne. Ese
año se une al grupo de Pisarro y comienza a desarrollar una visión
impresionista de la obra. Su composición se vuelve más luminosa,
aclara su paleta y olvida la temática violenta y sórdida
de los años anteriores. Se zambulle en el análisis de la
naturaleza y, sobre todo, de la luz, preocupándose por la composición,
las formas y los volúmenes (La casa del ahorcado y una Vista de
Auvers, ambas de 1972-73), pero de manera más incidente que otros
colegas de la misma tendencia, manifiesta la utilización de pinceladas
que van componiendo zonas cromáticas que se transforman en importantes
elementos compositivos del cuadro, destacando, además, cierto espíritu
constructivo mediante líneas horizontales, verticales y diagonales
que apoyan su idea basada en que la naturaleza tiene un sustento formal
en el cubo, el triángulo y la esfera.
Pero Cézanne pronto traspasa las
prácticas impresionistas llegando a una solidificación de
las formas que antes sólo se insinuaba, tendencia que se revela
en las naturalezas muertas de 1877, año en el que expone con los
impresionistas por última vez, sin encontrar gran aceptación
tanto por parte de la crítica como del público. Desanimado
por ello, se refugia en Aix-en-Provence, su localidad natal, y entra en
un estado de ánimo intimista y reflexivo. A través de retratos,
naturalezas muertas y paisajes, continua investigando sobre las posibilidades
constructivas de los objetos, a los que sólo pretende reducir a
sus formas esenciales sin preocuparse de la perspectiva general, sino por
crear un espacio plástico organizado por su mente a partir de la
unión de planos y objetos en la superficie del cuadro. Además,
comienza a dejar ver el lienzo ya que piensa que no hay que terminar la
obra si no se sabe con qué llenarla, siempre con la idea de crear
en el cuadro una armadura sólida, sustancial, nada superflua. Sin
embargo, en el uso del color sigue adaptándose a los juegos cromáticos
de los impresionistas. A este período pertenecen varias vistas de
La montaña de Sainte-Victoire y El Golfo de Marsella visto desde
el l´Estaque.
En sus últimos años, Cézanne
avanza aún más en su concepción estética,
apoyando la reducción geométrica del espacio en un colorido
más vivo y más elaborado, que le permite alejarse de las
referencias naturalistas. Es este período el realmente renovador,
el que hace de Cézanne figura imprescindible para entender el devenir
de las vanguardias que abren el arte del siglo XX. Desde 1895 hasta su
muerte, en 1906, realiza obras en las que se expresa con entera libertad
y crea composiciones totalmente individualizadas y personalizadas. Libertad
que se ve afianzada por la aceptación que crítica y público
le profesan a partir de 1895, a raíz de la exposición que
realiza en la galería de Ambroise Vollard.
Aunque el lenguaje ha variado, los temas
de Cézanne continúan siendo los mismos que en años
anteriores: retratos, naturalezas muertas, paisajes, y escenas de bañistas,
que le interesan fundamentalmente. En sus retratos recoge personajes variados
y de ámbitos diferentes: Ambroise Vollard, Joachin Gasquet, su jardinero
Vallier entre otros. En sus naturalezas muertas siguen apareciendo los
mismo objetos cotidianos que ya había representado: las frutas,
jarras, fruteros, mesas. Así se refleja en Bodegón con manzanas,
Manzanas y naranjas (1895-1900), donde compone una especie de collage en
el que los objetos se disponen en el espacio sin determinar una relación
de conjunto, ofreciendo una extraña perspectiva que crea reacciones
compositivas contrapuestas de equilibrio y desequilibrio, de organización
y desorganización, y destacando sobre todo el conjunto las
formas rotundas en que se sintetizan los objetos.
En cuanto a los paisajes y las escenas
de bañistas, van a ser las series más importantes de estos
últimos años. Las diferentes vistas de la montaña
de Sainte-Victoire (La montaña de Sainte-Victoire desde el camino
de Tholonet, 1896-1898; La montaña de Sainte-Victoire vista desde
Lauves, 1902-1904; La montaña de Sainte-Victoire, 1906), muestran
composiciones similares, la montaña al fondo delatando su presencia
mediante una contundente forma triangular que se asienta sobre una línea
de casas y sembrados, que aportan al cuadro un ritmo diferente.
Por lo que respecta al colorido, la paleta
varía en cada obra, pero en cualquier caso se aplica con pinceladas
sucesivas que van configurando un mosaico multidireccional y crean
ritmos diferentes en las distintas áreas del lienzo. Al igual que
en las obras de naturalezas muertas, en estos paisajes predomina el plano
único y la falta de perspectiva, aunque no por ello el espectador
deja de tener un punto de vista sugerido por los cambios de frecuencia
cromática y las líneas de pinceladas.
El otro tema que le obsesiona es el de
las bañistas (Grandes Bañistas, 1899-1906), obras que suele
estructurar siguiendo una composición piramidal de árboles
y personajes, situando los cuerpos en la base. Son escenas rígidas,
carente de movimiento, con cuerpos fríos porque sus carnaciones
se han realizado con manchas de color planas que hacen perder toda idea
de sensualidad, y porque Cézanne mantiene siempre una actitud distante
con las figuras humanas que realiza. Porque no es el detalle, ni la precisión
de la escena lo que persigue Cézanne, sino recrear un ambiente rítmico
y una interacción general de las líneas, los colores y las
formas.
En el caso de Gauguin, ya desde su estancia
en Bretaña había conseguido superar los postulados impresionistas
contraponiendo a las vibraciones atmosféricas de éstos un
orden dominado por zonas cromáticas bien delimitadas por contornos,
en un proceso que recuerda el de las vidrieras, de ahí el nombre
de cloisinnismo dado a este estilo. Se trata de una pintura simplificada,
grave, solemne, cargada de simbolismo y vuelta de nuevo a los colores puros
y al arabesco decorativo. El color para Gauguin no es un hecho óptico
o físico, sino un elemento que usa para crear sensaciones, cargado
de simbolismo y transmisor de las fuerzas más profundas de la naturaleza.
Estos aspectos se aprecian en La lucha de Jacob con el Ángel, de
1888, ejemplo claro de ese sintetismo que acabamos de referir, con contornos
muy realzados e imágenes planas, no preocupándose por el
modelado o las sombras, a modo de vidriera medieval o estampa japonesa.
Se reproduce una realidad que responde a una visión interna del
artista.
En Bretaña se inspira en el folklore
para realizar cuadros donde aparecen calvarios de piedra, como los que
aparecen diseminados por los campos de esa región, crucificados,
campesinos bretones orando ante las vírgenes de los caminos, porque
para él ese sentir popular es una forma de recoger las costumbres
auténticas y sencillas y el sentimiento interior de las personas.
La religión le interesa, es ese sentido místico e inalcanzable,
de sueño y leyenda que tanto le atrae. Con el mismo interés
realiza El Cristo amarillo, interpretándolo casi como un icono románico
y olvidando cualquier realismo, hasta el punto que al fondo de la escena
se representan árboles totalmente inventados, fruto de su imaginación.
Las obras de estos años van a recoger también la influencia
de la estampación oriental, visible en la sucesión de objetos
superpuestos y en el decorativismo artístico de líneas sinuosas
y curvas.
Un paso más hacia su definición
personal como artista se produce cuando se traslada a Tahití. Allí,
Gauguin hace realidad sus deseos y puede pintar, una y otra a vez,
a los indígenas inmersos en la exuberante vegetación de las
islas. Las obras de la etapa isleña están realizadas
con colores luminosos, cálidos, que transmiten la atmósfera
de aquellas islas. Son cuadros totalmente renovados en cuanto a cromatismo
y composición, y las figuras responden a cánones nuevos que
ha copiado de los hombres y mujeres de aquellas tierras, a los que presenta
desnudos pero sin indecencia ni carga erótica, sino con ingenuidad
y naturalidad. En sus rasgos busca la belleza primitiva, indígena,
manteniendo ese sintetismo que evita los detalles. Así se refleja
en La bandeja de flores rojas, Mujeres maoríes, La Luna y la Tierra.
En otras ocasiones como en El mercado, se acoge a escenas más cotidianas.
Eso sí, recurriendo siempre a composiciones fantásticas,
que en el caso de El mercado evoca al mundo egipcio. Con la obra
La mujer del mango(1892), Gauguin nos presenta su interés por introducir
la planitud en la composición. La mujer del mango, está concebida
casi con concepto cartelístico, no hay preocupación por la
perspectiva, no le preocupa cortar la escena y las líneas que recorren
el cuadro no son ni verticales ni horizontales sino curvilíneas,
dibujando decorativos arabescos.
En 1897, Gauguin pinta uno de sus mejores
cuadros De dónde venimos, Quiénes somos, A dónde vamos
(1897). En esta obra, compendio de su ideología artística
y filosófica, presenta personajes de diferentes edades, como representación
de diferentes situaciones de la vida, usando todos los elementos estéticos
que caracterizan su plástica: colores puros y contrastados, composición
fantástica e idealista, decorativismo, sintetismo formal e ingenuidad.

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