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mismo mensaje existencialista que Gauguin imprime en sus obras, aparece
en las creaciones de Van Gogh. La vida de este artista es un continuo viaje.
Más allá de las geografías que recorre, es un constante
trasiego por los mundos a los que su atormentada mente le desplaza. En
1886 marcha a París para iniciar el más importante de sus
períodos creativos. Allí se encuentra bien, animado, tiene
muchos amigos y lleva una vida tranquila viviendo en Montmatre con su hermano
Theo. Es un período muy fructífero en el que aclara su paleta,
alejándose de la pintura sombría y pesada de épocas
pasadas. Visita el Louvre para conocer la obra de los grandes maestros,
a los que copia en numerosas ocasiones. Entra en contacto con los impresionistas
y hace amistad con Émile Bernard, Toulose-Lautrec y Gauguin (tiene
la iniciativa de formar el grupo Petit Boulevart que tendrá
una vida muy corta). Pinta incansablemente, buscando de manera incesante
la luz, una luz de París que le entusiasma y realiza, así,
numerosos paisajes urbanos donde predominan los tonos grises del cielo,
en unas obras que recuerdan en parte a los impresionistas y escenas más
mundanas como las vistas del Cabaret Montmatre y del Moulin de la Gallet.
Descubre también su fascinación
por los grabados japoneses, de los que toma temas y algunos elementos iconográficos,
la disposición de fondos sucesivos, la línea decorativa y
el perfil de los contornos con gruesas líneas de dibujo, como reflejará
en La mujer en la escalera o en El ciruelo florido.
Influido, en gran medida, por ese orientalismo,
comienza a pintar series de flores: girasoles, lirios, obras en las que
la fuerza expresiva ha crecido, las pinceladas son gruesas, rotundas, intensas,
llamativas de color y de dibujo decorativo. El gusto por la pincelada fuerte,
de punto denso, lo practica también en los retratos que realiza
siguiendo su particular técnica divisionista, muy dinámica
e impulsiva que crea corrientes y flujos en el cuadro. Es una aplicación
libre y desenfadada de los materiales que no refleja la realidad, sino
el carácter simbólico de la composición a través
de ese uso antinatural de los colores, como si de iconos bizantinos se
tratara.
A partir de 1888 y su traslado a Arlés
comienza una nueva etapa en su carrera. Allí se instala en la famosa
Casa Amarilla, donde decide montar un taller colectivo de pintura. Van
Gogh se encuentra totalmente inmerso en el uso simbólico de los
colores, de los que le atraen especialmente los más puros. En cuanto
a temas a representar, se mete de lleno con los retratos que le interesan
para investigar la variabilidad que se produce al utilizar un color u otro,
el valor expresivo que los tonos aportan, porque para él los colores
están cargados de sentimientos, trágicos, poéticos,
estimulantes, incluso, da al fondo de los retratos el mismo tratamiento
que al personaje en el sentido de que aplica los colores que mejor piensa
que enfatizan la expresión de la figura. En el
Autorretrato con oreja cortada (1888)
pinta el fondo con dos tonos muy fuertes, rojo y naranja azulado,
un fondo que condiciona la imagen de su cara, no a través de la
armonía sino de un juego cromático expresivo y brutal.
El mismo estilo de los retratos lo extiende
a obras con otras temáticas, Habitación de Van Gogh (1888)
dominada por el color, donde el dibujo se supedita siempre a la expresión
y todo está mediatizado por la visión subjetiva de la realidad,
una visión dislocada con una espacialidad ilusoria, que el
espectador recorre guiado por la trayectoria de la pincelada, la estructura
de los contrastes y los acentos de color.
En mayo de 1889, la salud mental
de Van Gogh entra en un proceso de deterioro irreversible y marcha a Sant
Remy para ingresar en un asilo psiquiátrico, pero se le aconseja
que siga pintando. A estos momentos de enajenación y profunda crisis
nerviosa se debe La noche estrellada (1889). Se trata de una obra crispada,
nerviosa, reflejo de su inestabilidad emocional, en la que las corrientes
sinuosas de pinceladas se han convertido en torbellinos vertiginosos, dentro
de un ambiente general fantástico y misterioso, de sombra y oscuridad,
en un espacio profundo y vacío.
Estas tres personalidades tan fuertes
e impactantes que acabamos de revisar, y sus obras, especialmente las de
sus últimos años, con un lenguaje tan marcado y establecido
no pasaron inadvertidas ante los ojos de los artistas más jóvenes.
Las teorías de Cézanne acerca de la forma, el volumen y la
composición tendrían influencia directa en el cubismo. Su
experiencia pictórica ofrecerá a los artistas cubistas los
ejemplos en los que basarse para la descomposición de la imagen
en múltiples planos geométricos. Pocos meses después
de la muerte de Cézanne, en 1906, Braque pintaba, precisamente en
l´Estaque, los primeros cuadros que le iniciarían en el lenguaje
cubista.
Cuando Gauguin muere en 1903 y pese a
no ser aceptado por la crítica y el público, su obra y sus
teorías sobre el arte han encontrado cobijo en buen número
de creadores. Gauguin transmitió sus ideas a los artistas instalados
en Pont-Aven, a quienes aconseja que pinten las cosas como las sienten,
no como las ven, y que opten por un primitivismo medievalizante.
A través de sus cartas y escritos (Noa Noa y Avant et aprés),
Gauguin nos informa del ansia que padeció toda su vida por expresar
mediante las formas de su época historias universales, arcaicas
y actuales al mismo tiempo. El grupo de los Nabis, liderado por Paul Serusier,
será el primer ejemplo de la acogida de sus ideas. Gauguin había
conocido a Serusier en Pont-Avent y le incita a pintar haciendo un uso
simbólico del color y del diseño. Sus teorías quedan
explicadas en la obra El bosque del Amor, que Serusier dibuja en una cajetilla
de tabaco siguiendo las indicaciones de Gauguin, y más tarde sería
conocida por sus seguidores como EL Talismán, una lección-símbolo
para otros artistas. La plástica de Gauguin es precursora
de experiencias posteriores como el fauvismo y por lo tanto del arte expresionista
y el arte abstracto.
Del mismo modo, la impulsiva personalidad
de Van Gogh hace que a pesar de su enfermedad pase el último período
de su vida en Auvers-sur-Oise pintando obras que desprenden una gran fuerza
y un gran ansia por transmitir sus sensaciones (Iglesia de Auvers-sur-Oise,
1890), con una fuerte carga de fantasía y libertad que los artistas
de expresionismo recogerán y desarrollarán.
A partir de este momento el lenguaje
plástico inicia un camino de no retorno, se han abierto las vías
expresivas y colocados los pilares para que las grandes personalidades
artísticas del siglo XX, primero los protagonistas de las llamadas
vanguardias históricas, y más tarde los creadores de los
múltiples movimientos surgidos a lo largo de ese siglo, lleven a
cabo sus personales experiencias artísticas basadas, bien en los
elementos formales, bien en los soportes conceptuales que las tres grandes
figuras que aquí se han revisado asentaron en su momento.
BIBLIOGRAFÍA
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