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EXPRESIONISMO
ALEMÁN:
Die Brücke (El Puente) y sus componentes.
Der Blaue Reiter (El Jinete Azul).
Kandinsky y su teoría.
Concepción Lopezosa Aparicio
ISBN- 84-9714-058-3
EL EXPRESIONISMO AUSTRIACO. Oskar Kokoschka. Egon
Schiele.
Del
mismo modo que el Expresionismo tuvo diversos focos de desarrollo
y actividad en la propia Alemania, arraigó notablemente
fuera de sus fronteras, siendo Austria uno de los puntos más
destacados en el desarrollo de esta tendencia, un país
con importantes similitudes culturales con Alemania. Viena
acaparó el interés como núcleo aglutinador
del movimiento, una ciudad que, como cabeza del imperio austrohúngaro,
se mostraba como crisol aglutinador de culturas de variada
nacionalidad, diversidad que se extendía al ámbito
del idioma y credos religiosos.
Viena mostraba una serie de pecualiaridades en relación
a su panorama artítico. La Secesión había
concluido y Gustav Klimt capitaneaba al grupo de artistas
más progresistas. A ellos se debió la presentación
en territorio austriaco de los principales artistas de vanguardia,
entre otros Gauguin, Van Gogh, Munch y Matisse, tan importantes
en la definición del lenguaje de todos los expresionistas
alemanes.
Fue en este contexto donde destacaron una serie de
pintores que formados a la sombra de Klimt, desarrollaron
planteamientos y modos próximos al Expresionismo, aunque
sin renunciar a una serie rasgos definitorios y personales
derivados de sus contextos y experiencias vitales que les
hicieron un tanto difícil de clasificar.
OSKAR KOKOSCHKA. 1888 Pöchlarn – 1980 Montreux.
Desde su infancia Kokoschka estuvo familiarizado con la creación
artística, debido a la actividad que como dibujante
y orfebre desarrollaba su padre. Su formación hay que
entenderla y valorarla en el ambiente artístico dominante
en la Viena fin de siglo, realidad que condicionó algunas
de las peculiaridades que mostraría su lenguaje y estilo
y que en buena medida le distinguieron del resto de sus contemporáneos
expresionistas.
En
1905 ingresó con una beca en la Escuela de Artes Aplicadas
de Viena, donde inició su formación basada
en el entendimiento y aprendizaje del arte decorativo, planteamiento
en el que se fundamentaba dicha institución.
Bajo estos preceptos fue instruido en la práctica del
dibujo, la litografía, la caligrafía y la encuadernación
de libros, preparación que le permitió, a partir
de 1907, emplearse como diseñador de abanicos y tarjetas
postales en los talleres vieneses Wiener Werkstätte
fundados en 1903 por Josef Hoffman.
Su estancia en esta manufactura le brindó la oportunidad
de poder participar en la Kunstschau, una exposición
organizada en 1908 por Gustav Klimt y el grupo de artistas
más progresistas que, años antes, habían
abandonado la Secesión de Viena, una muestra
que a la postre se convirtió en la más importante
que se celebró en Viena antes de la Primera Guerra
Mundial. El joven Kokoschka, que diseñó el cartel
de la exposición, intervino con una valiosísima
producción, desde diseños para tapices hasta
las ilustraciones de dos de sus obras escritas, la pieza teatral
Asesino esperanza de las mujeres y las del cuento Los
jóvenes creadores. Todas estas obras, como reflejo
de su formación, mostraban claramente la huella
del decorativismo propio del Jugendstil.
De entre todas las creaciones presentadas en la exposición
la más destacada fue sin duda un autorretrato
de yeso pintado, de gran efectismo, que llamó la atención
del arquitecto Adolf Loos, quien tras adquirir la pieza alentó
a Kokoschka para que dirigiese sus inquietudes hacia la pintura,
una práctica que llevaba desarrollando desde hacía
años de manera autodidacta. Como sus contemporáneos
expresionistas se interesó por Van Gogh, cuyo descubrimiento
en 1906 le causó un tremendo impacto, interesándose
tanto por su técnica como por el empleo del color,
influjo que enseguida se puso de manifiesto en sus primeras
producciones como Naturaleza muerta con piña de 1907,
concebida a partir de enérgicas pinceladas con las
que pretendió conseguir la mayor carga emocional. Del
mismo modo se sintió fascinado por las colecciones
etnológicas y las expresiones del arte primitivo,
y por manifestaciones artísticas propias del arte oriental
y especialmente por las xilografías japonesas.
Ahora bien, importantísimas referencias en el proceso
de definición del personal lenguaje de Kokoschka fueron
la pintura de Klimt, el pintor más sobresaliente
de la escena artística del momento, de quien adoptó
su tan característico estilo lineal, y las formas del
Barroco, un estilo para él completamente afín
y familiar por constituir la imagen visual de sus principales
escenarios vivenciales, Viena, Dresde, Praga y Salzburgo.
Kokoschka concibió el Barroco, al que rindió
un culto extremo, como una religión, por entender que
se trataba de la última expresión de la cultura
humanista y, en este sentido, de la dignidad humana, antes
de la aparición de los modos y maneras alienantes de
la vida moderna que habían terminado, como consecuencia
de la mecanización, con las prácticas artesanales,
lo que supuso no sólo acabar con lo que se suponía
una preciada actividad, sino que había sumido en la
miseria a todos aquellos que cómo su padre habían
dedicado toda su vida al desarrollo de tales menesteres.
La
huella barroca será una constante en su obra, apreciable
en la intensidad y efectos del movimiento, el reiterado empleo
de formas curvas y en el empleo y concepción de los
colores de manera eminentemente pictórica.
En 1909, invitado por Adolf Loos que se convirtió
durante esos primeros años en una figura de gran importancia
para la trayectoria artística de Kokoscka, se instaló
en Suiza donde descubrió la grandeza de la naturaleza,
lo que supuso un fuerte impacto para alguien que como
Kokoschka estaba únicamente familiarizado con escenarios
urbanos. Esta experiencia le permitió cultivar el tema
del paisaje que, a partir de entonces, se convirtió
en una de sus principales inquietudes temáticas, presente
a lo largo de toda su carrera. Durante esta estancia realizó
algunas de sus mejores producciones en este género
como refleja Paisaje de invierno.
En 1910 se instaló en la cosmopolita Berlín,
donde, en base a la influencia ejercida por Adolf Loos, entró
en contacto con Herwarth Walden, el fundador de la más
importante publicación expresionista del momento Der
Sturm en la que Kokoschka se empleó como dibujante,
encargándose de las ilustraciones de la innovadora
y progresista revista.
Adaptando sus creaciones a los intereses y planteamientos
que fundamentaban la propia publicación, Kokoschka
realizó una serie de dibujos en los que a partir de
unos trazos mínimos y esquemáticos, consiguió
trasmitir grandes dosis de expresividad, como reflejan los
retratos de Yvette Guilbert, de Adolf Loos y de Herwarth
Walden.
Los retratos coparon gran parte de su producción y
acapararon buena parte de sus reflexiones artísticas,
hasta el punto de convertirse en su principal interés
temático. Con esta práctica consiguió
crear un lenguaje completamente personal fundamentado en el
deseo de lograr captar la esencia de los personajes representados,
hasta el punto de querer retratarles el alma, basándose
para ello en la profundización en sus aspectos psicológicos.
Destacables en este sentido fueron los de Auguste Forel, experto
en ciencias suizo que retrató en 1909, Herwarth Walden
realizado en 1910 y el del propio Marqués de Montesquiou.
El febril deseo de penetrar en lo más íntimo
de los personajes le llevó a una deformación
consciente de los principales rasgos de los rostros, lo que
provocó que sus personajes no se reconociesen en sus
retratos. Sin embargo, en el caso de Auguste Forel cuando
una grave enfermedad le dejó paralizado el lado derecho,
fue cuando verdaderamente se sintió identificado con
la imagen creada años antes por Kokoschka, quien a
manera de premonición había logrado representar
la inquietud en el rostro y la inexpresión del ojo
derecho provocada por la dolencia.
A partir de 1910 las buscadas y provocadas deformaciones
físicas de los retratos se transformaron en un tratamiento
más objetivo y normalizado de la figura. Al objetivo
de captar plenamente la psicología de los personajes
contribuyó sin duda la técnica empleada, basada
en una aplicación de la pintura en finas capas y una
mezcla sutil de colores, combinando la aplicación de
la materia con el pincel y con los dedos para conseguir los
contrastes orientados a lograr un resultado extremadamente
expresivo, reflejo del propio apasionamiento del artista.
Kokoschka se identificó y compartió muchos
de los planteamientos y concepciones artísticas de
sus contemporáneos expresionistas, sin embargo se mantuvo
al margen de grupos y asociaciones, lo que le permitió
desarrollar un lenguaje tremendamente peculiar a partir del
cual fue considerado uno de los principales representantes
del Expresionismo alemán, como lo ratifica el hecho
de estar representado en todas las exposiciones que se celebraron
por aquella época en territorio germano, como las de
la galería Der Sturm, la Secesión de Berlín,
en el Sonderbund de Colonia y en la Nueva Secesión
de Munich. En 1911, en un momento en que contaba con importante
reconocimiento en Alemania, regresó a Viena donde
su obra fue rechazada, razón entre otras que le llevaron
a regresar de nuevo a Berlín.
Aunque no participó de una manera oficial ni con Die
Brücke, a cuyos miembros conoció a partir de la
colaboración que, con sus xilografías y dibujos,
emprendieron con Der Sturm, ni en el Blaue Reiter, sin
embargo en base en los principios de identificación
con ambos grupos no desdeño las colaboraciones con
ambos, escribiendo para el Almanaque de El Jinete Azul.
A
partir de 1911 Kokoschka comenzó a interesarse por
el color, entendido como única vía válida
tanto para definir espacios como para lograr la máxima
carga e intensidad expresiva, reflexiones que fueron confirmadas
tras el viaje a Italia que realizó en 1913 en el que
descubrió el tratamiento y usos que del color hicieron
los grandes maestros venecianos.
Cuando su estilo estaba completamente definido realizó
su obra más emblemática, La esposa del viento,
síntesis y manifiesto de sus principales características
artísticas, surgida, en 1914, como reflejo de
las emociones más intensamente dramáticas experimentadas
por el propio artista como consecuencia de la tormentosa relación
vivida con Alma Mahler.
La obra está concebida como alegoría del amor
y la pasión experimentada con esta mujer de arrebatadora
personalidad, esposa del gran Gustav Mahler, y posteriormente
del arquitecto Walter Gropius y del escritor Franz Werfel,
con quien Kokoschka inició una tórrida relación
cuando aún estaba casada con Mahler.
El artista despierto se representó tumbado junto a
su compañera que dormida descansaba en su regazo. En
su autorretrato, concebido como ejercicio del retrato psicológico
que tan destacadamente acaparó la atención y
protagonismo de su producción, sin llegar a la deformación
física de sus primeras representaciones, logró
trasmitir el dramatismo e inquietud provocado por la propia
relación, emotividad y sentido de tragedia que transcendió
a toda la escena, desarrollada en un espacio abstracto en
el que la pareja se encuentra atrapada en un violento torbellino
que les mantiene inmersos en un dramático movimiento
que impregna toda la obra.
El peculiar empleo del color, a pesar de la limitada paleta
cromática, reducida a grises, azules, blancos, verdes
y rojos, la laberíntica presencia de formas curvas
y las nerviosas pinceladas fueron los recursos utilizados
magistralmente para conseguir la conmovedora fuerza expresiva
que domina la obra
La Primera Guerra Mundial como para el resto de los expresionistas
resultó un episodio traumático en la vida de
Kokoschka, sobre todo por el hecho de que al poco tiempo de
alistarse como voluntario resultó gravemente herido,
lo que motivó su establecimiento, en 1917, en Dresde
para recuperarse de las heridas sufridas. La desolación,
el dolor y, en definitiva, el horror experimentado durante
el conflicto le sumió en una grave crisis emocional
que tuvo un inmediato reflejo en su obra. Sus creaciones,
a partir de entonces, manifestaron una visión más
pesimista, angustiosa de los temas encarados, reflejo de la
experiencia traumática que le tocó vivir, como
es claramente visible en el retrato que realizó a sus
amigos Los emigrantes, inquietud que se acentuó aún
más por el empleo de una pincelada mucho más
nerviosa.
En 1919 inició tareas como docente en
la Academia de Bellas Artes de la ciudad de Dresde pero la
honda huella que le provocó el conflicto bélico
le sumió en un estado de desolación y desesperación
cercano a la locura. Como reflejo de su cambio de talante
ante la vida, y decidido a combatir su soledad, construyó
una muñeca de tamaño natural que convirtió
en compañera inseparable y modelo, a la que representó
en numerosas ocasiones Mujer de azul, obra en la que
Kokoschka mostró un especial interés por definir
los volúmenes a partir de la aplicación del
color en gruesas pinceladas, acaso como influencia de las
producciones más expresionistas de Nolde.
En 1924, incapaz de mantener una vida estable y organizada,
dimitió de su actividad como docente e inició
un largo viaje por toda Europa que se prolongó durante
siete años durante los cuales visitó diferentes
lugares del Mediterráneo, que alternó con
estancias en Suiza, París y Viena. Este dilatado periplo
le permitió el reencuentro con una de sus pasiones
temáticas, el género paisajístico como
refleja su espléndida Vista de Jerusalén de
1929 donde aplicó un color más brillante que
contribuyó a la consecución de una escena más
lírica y poética, ajena a las tensiones de las
creaciones concebidas inmediatamente después
de la guerra, una tendencia que había comenzado a recuperar
a partir de 1920 como puede apreciarse en Dresde Neustadt
de 1922. Las representaciones de ciudades las encaró
desde un punto de vista elevado, lo que le permitía
obtener una visión general, una imagen completa de
su fisonomía, entendidas a la postre como auténticos
retratos urbanos, un género que de este modo siempre
conservó.
En 1934 se instaló en Praga, ciudad de origen de sus
padres, donde realizó algunos de sus mejores paisajes
y un retrato del presidente Masaryk que representó
acompañado del célebre humanista del siglo XVII
Jan Comenius, como homenaje a las ideas humanistas con
las que tanto el presidente como el propio Kokoschka se sentían
plenamente identificados.
Un nuevo revés para la vida del austriaco fue el desprecio
que por su obra manifestaron los nazis, siendo uno de los
elegidos en la exposición que en 1937 organizaron
en Munich bajo el título Arte Degenerado. Su respuesta
fue inmediata. Recurriendo al tema que más le
hizo reflexionar durante su carrera, concibió un autorretrato
de grandes dimensiones Retrato de un artista degenerado en
el que se empeñó orgulloso en descubrir su verdadera
esencia.
Durante la Segunda Guerra Mundial se afincó en Inglaterra,
donde realizó una serie de obras de carácter
alegórico y se empleó en la definición
de una serie de escritos de carácter humanista, concebidos
como reivindicación de los ideales en los que creía
y por los que luchaba. En 1953 retomó su actividad
como docente en la Escuela de Artes Visuales de Salzburgo
que más tarde abandonaría para instalarse definitivamente
en Suiza, primer referente y fuente de inspiración
artística.
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