| EL
EXPRESIONISMO AUSTRIACO. Oskar Kokoschka. Egon Schiele.
Del
mismo modo que el Expresionismo tuvo diversos focos de desarrollo y actividad
en la propia Alemania, arraigó notablemente fuera de sus fronteras,
siendo Austria uno de los puntos más destacados en el desarrollo
de esta tendencia, un país con importantes similitudes culturales
con Alemania. Viena acaparó el interés como núcleo
aglutinador del movimiento, una ciudad que, como cabeza del imperio austrohúngaro,
se mostraba como crisol aglutinador de culturas de variada nacionalidad,
diversidad que se extendía al ámbito del idioma y credos
religiosos.
Viena mostraba una
serie de pecualiaridades en relación a su panorama artítico.
La Secesión había concluido y Gustav Klimt capitaneaba al
grupo de artistas más progresistas. A ellos se debió la presentación
en territorio austriaco de los principales artistas de vanguardia, entre
otros Gauguin, Van Gogh, Munch y Matisse, tan importantes en la definición
del lenguaje de todos los expresionistas alemanes.
Fue en este
contexto donde destacaron una serie de pintores que formados a la sombra
de Klimt, desarrollaron planteamientos y modos próximos al Expresionismo,
aunque sin renunciar a una serie rasgos definitorios y personales derivados
de sus contextos y experiencias vitales que les hicieron un tanto difícil
de clasificar.
OSKAR KOKOSCHKA.
1888 Pöchlarn – 1980 Montreux.
(Exposición Museo Thyssen)
Desde su infancia
Kokoschka estuvo familiarizado con la creación artística,
debido a la actividad que como dibujante y orfebre desarrollaba su padre.
Su formación hay que entenderla y valorarla en el ambiente artístico
dominante en la Viena fin de siglo, realidad que condicionó algunas
de las peculiaridades que mostraría su lenguaje y estilo y que en
buena medida le distinguieron del resto de sus contemporáneos expresionistas.
En 1905 ingresó
con una beca en la Escuela de Artes Aplicadas de Viena, donde inició
su formación
basada en el entendimiento y aprendizaje del arte decorativo, planteamiento
en el que se fundamentaba dicha institución. Bajo estos preceptos
fue instruido en la práctica del dibujo, la litografía, la
caligrafía y la encuadernación de libros, preparación
que le permitió, a partir de 1907, emplearse como diseñador
de abanicos y tarjetas postales en los talleres vieneses Wiener Werkstätte
fundados en 1903 por Josef Hoffman.
Su estancia en esta
manufactura le brindó la oportunidad de poder participar en la Kunstschau,
una exposición organizada en 1908 por Gustav Klimt y el grupo de
artistas más progresistas que, años antes, habían
abandonado la Secesión de Viena, una muestra que a la postre
se convirtió en la más importante que se celebró en
Viena antes de la Primera Guerra Mundial. El joven Kokoschka, que diseñó
el cartel de la exposición, intervino con una valiosísima
producción, desde diseños para tapices hasta las ilustraciones
de dos de sus obras escritas, la pieza teatral Asesino esperanza de las
mujeres y las del cuento Los jóvenes creadores. Todas estas
obras, como reflejo de su formación, mostraban claramente
la huella del decorativismo propio del Jugendstil.
De
entre todas las creaciones presentadas en la exposición la más
destacada fue sin duda un autorretrato de yeso pintado, de gran efectismo,
que llamó la atención del arquitecto Adolf Loos, quien tras
adquirir la pieza alentó a Kokoschka para que dirigiese sus inquietudes
hacia la pintura, una práctica que llevaba desarrollando desde hacía
años de manera autodidacta. Como sus contemporáneos expresionistas
se interesó por Van Gogh, cuyo descubrimiento en 1906 le causó
un tremendo impacto, interesándose tanto por su técnica como
por el empleo del color, influjo que enseguida se puso de manifiesto en
sus primeras producciones como Naturaleza muerta con piña de 1907,
concebida a partir de enérgicas pinceladas con las que pretendió
conseguir la mayor carga emocional. Del mismo modo se sintió fascinado
por las colecciones etnológicas y las expresiones del arte primitivo,
y por manifestaciones artísticas propias del arte oriental y especialmente
por las xilografías japonesas. Ahora bien, importantísimas
referencias en el proceso de definición del personal lenguaje de
Kokoschka fueron la pintura de Klimt, el pintor más sobresaliente
de la escena artística del momento, de quien adoptó su tan
característico estilo lineal, y las formas del Barroco, un estilo
para él completamente afín y familiar por constituir la imagen
visual de sus principales escenarios vivenciales, Viena, Dresde, Praga
y Salzburgo. Kokoschka concibió el Barroco, al que rindió
un culto extremo, como una religión, por entender que se trataba
de la última expresión de la cultura humanista y, en este
sentido, de la dignidad humana, antes de la aparición de los modos
y maneras alienantes de la vida moderna que habían terminado, como
consecuencia de la mecanización, con las prácticas artesanales,
lo que supuso no sólo acabar con lo que se suponía una preciada
actividad, sino que había sumido en la miseria a todos aquellos
que cómo su padre habían dedicado toda su vida al desarrollo
de tales menesteres.
La huella
barroca será una constante en su obra, apreciable en la intensidad
y efectos del movimiento, el reiterado empleo de formas curvas y en el
empleo y concepción de los colores de manera eminentemente pictórica.
En 1909, invitado
por Adolf Loos que se convirtió durante esos primeros años
en una figura de gran importancia para la trayectoria artística
de Kokoscka, se instaló en Suiza donde descubrió la grandeza
de la naturaleza, lo que supuso un fuerte impacto para alguien que
como Kokoschka estaba únicamente familiarizado con escenarios urbanos.
Esta experiencia le permitió cultivar el tema del paisaje que, a
partir de entonces, se convirtió en una de sus principales inquietudes
temáticas, presente a lo largo de toda su carrera. Durante esta
estancia realizó algunas de sus mejores producciones en este género
como refleja Paisaje de invierno.
En 1910 se instaló
en la cosmopolita Berlín, donde, en base a la influencia ejercida
por Adolf Loos, entró en contacto con Herwarth Walden, el fundador
de la más importante publicación expresionista del momento
Der Sturm en la que Kokoschka se empleó como dibujante, encargándose
de las ilustraciones de la innovadora y progresista revista.
Adaptando sus creaciones
a los intereses y planteamientos que fundamentaban la propia publicación,
Kokoschka realizó una serie de dibujos en los que a partir de unos
trazos mínimos y esquemáticos, consiguió trasmitir
grandes dosis de expresividad, como reflejan los retratos de Yvette Guilbert,
de Adolf Loos y de Herwarth Walden.
Los
retratos coparon gran parte de su producción y acapararon buena
parte de sus reflexiones artísticas, hasta el punto de convertirse
en su principal interés temático. Con esta práctica
consiguió crear un lenguaje completamente personal fundamentado
en el deseo de lograr captar la esencia de los personajes representados,
hasta el punto de querer retratarles el alma, basándose para ello
en la profundización en sus aspectos psicológicos. Destacables
en este sentido fueron los de Auguste Forel, experto en ciencias suizo
que retrató en 1909, Herwarth Walden realizado en 1910 y el del
propio Marqués de Montesquiou. El febril deseo de penetrar en lo
más íntimo de los personajes le llevó a una deformación
consciente de los principales rasgos de los rostros, lo que provocó
que sus personajes no se reconociesen en sus retratos. Sin embargo, en
el caso de Auguste Forel cuando una grave enfermedad le dejó paralizado
el lado derecho, fue cuando verdaderamente se sintió identificado
con la imagen creada años antes por Kokoschka, quien a manera de
premonición había logrado representar la inquietud en el
rostro y la inexpresión del ojo derecho provocada por la dolencia.
A partir de 1910
las buscadas y provocadas deformaciones físicas de los retratos
se transformaron en un tratamiento más objetivo y normalizado de
la figura. Al objetivo de captar plenamente la psicología
de los personajes contribuyó sin duda la técnica empleada,
basada en una aplicación de la pintura en finas capas y una mezcla
sutil de colores, combinando la aplicación de la materia con el
pincel y con los dedos para conseguir los contrastes orientados a lograr
un resultado extremadamente expresivo, reflejo del propio apasionamiento
del artista.
Kokoschka se identificó
y compartió muchos de los planteamientos y concepciones artísticas
de sus contemporáneos expresionistas, sin embargo se mantuvo al
margen de grupos y asociaciones, lo que le permitió desarrollar
un lenguaje tremendamente peculiar a partir del cual fue considerado uno
de los principales representantes del Expresionismo alemán, como
lo ratifica el hecho de estar representado en todas las exposiciones que
se celebraron por aquella época en territorio germano, como las
de la galería Der Sturm, la Secesión de Berlín, en
el Sonderbund de Colonia y en la Nueva Secesión de Munich. En 1911,
en un momento en que contaba con importante reconocimiento en Alemania,
regresó a Viena donde su obra fue rechazada, razón entre
otras que le llevaron a regresar de nuevo a Berlín.
Aunque no participó
de una manera oficial ni con Die Brücke, a cuyos miembros conoció
a partir de la colaboración que, con sus xilografías y dibujos,
emprendieron con Der Sturm, ni en el Blaue Reiter, sin embargo en
base en los principios de identificación con ambos grupos no desdeño
las colaboraciones con ambos, escribiendo para el Almanaque de El Jinete
Azul.
A partir
de 1911 Kokoschka comenzó a interesarse por el color, entendido
como única vía válida tanto para definir espacios
como para lograr la máxima carga e intensidad expresiva, reflexiones
que fueron confirmadas tras el viaje a Italia que realizó en 1913
en el que descubrió el tratamiento y usos que del color hicieron
los grandes maestros venecianos.
Cuando su estilo
estaba completamente definido realizó su obra más emblemática,
La esposa del viento, síntesis y manifiesto de sus principales características
artísticas, surgida, en 1914, como reflejo de las emociones
más intensamente dramáticas experimentadas por el propio
artista como consecuencia de la tormentosa relación vivida con Alma
Mahler.
La obra está
concebida como alegoría del amor y la pasión experimentada
con esta mujer de arrebatadora personalidad, esposa del gran Gustav Mahler,
y posteriormente del arquitecto Walter Gropius y del escritor Franz Werfel,
con quien Kokoschka inició una tórrida relación cuando
aún estaba casada con Mahler.
El artista despierto
se representó tumbado junto a su compañera que dormida descansaba
en su regazo. En su autorretrato, concebido como ejercicio del retrato
psicológico que tan destacadamente acaparó la atención
y protagonismo de su producción, sin llegar a la deformación
física de sus primeras representaciones, logró trasmitir
el dramatismo e inquietud provocado por la propia relación, emotividad
y sentido de tragedia que transcendió a toda la escena, desarrollada
en un espacio abstracto en el que la pareja se encuentra atrapada en un
violento torbellino que les mantiene inmersos en un dramático movimiento
que impregna toda la obra.
El peculiar empleo
del color, a pesar de la limitada paleta cromática, reducida a grises,
azules, blancos, verdes y rojos, la laberíntica presencia de formas
curvas y las nerviosas pinceladas fueron los recursos utilizados magistralmente
para conseguir la conmovedora fuerza expresiva que domina la obra
La Primera Guerra
Mundial como para el resto de los expresionistas resultó un episodio
traumático en la vida de Kokoschka, sobre todo por el hecho de que
al poco tiempo de alistarse como voluntario resultó gravemente herido,
lo que motivó su establecimiento, en 1917, en Dresde para recuperarse
de las heridas sufridas. La desolación, el dolor y, en definitiva,
el horror experimentado durante el conflicto le sumió en una grave
crisis emocional que tuvo un inmediato reflejo en su obra. Sus creaciones,
a partir de entonces, manifestaron una visión más pesimista,
angustiosa de los temas encarados, reflejo de la experiencia traumática
que le tocó vivir, como es claramente visible en el retrato que
realizó a sus amigos Los emigrantes, inquietud que se acentuó
aún más por el empleo de una pincelada mucho más nerviosa.
En 1919 inició
tareas como docente en la Academia de Bellas Artes de la ciudad de Dresde
pero la honda huella que le provocó el conflicto bélico le
sumió en un estado de desolación y desesperación cercano
a la locura. Como reflejo de su cambio de talante ante la vida, y decidido
a combatir su soledad, construyó una muñeca de tamaño
natural que convirtió en compañera inseparable y modelo,
a la que representó en numerosas ocasiones Mujer de azul,
obra en la que Kokoschka mostró un especial interés por definir
los volúmenes a partir de la aplicación del color en gruesas
pinceladas, acaso como influencia de las producciones más expresionistas
de Nolde.
En 1924, incapaz
de mantener una vida estable y organizada, dimitió de su actividad
como docente e inició un largo viaje por toda Europa que se prolongó
durante siete años durante los cuales visitó diferentes lugares
del Mediterráneo, que alternó con estancias en Suiza,
París y Viena. Este dilatado periplo le permitió el reencuentro
con una de sus pasiones temáticas, el género paisajístico
como refleja su espléndida Vista de Jerusalén de 1929 donde
aplicó un color más brillante que contribuyó a la
consecución de una escena más lírica y poética,
ajena a las tensiones de las creaciones concebidas inmediatamente
después de la guerra, una tendencia que había comenzado a
recuperar a partir de 1920 como puede apreciarse en Dresde Neustadt de
1922. Las representaciones de ciudades las encaró desde un punto
de vista elevado, lo que le permitía obtener una visión general,
una imagen completa de su fisonomía, entendidas a la postre como
auténticos retratos urbanos, un género que de este modo siempre
conservó.
En 1934 se instaló
en Praga, ciudad de origen de sus padres, donde realizó algunos
de sus mejores paisajes y un retrato del presidente Masaryk que representó
acompañado del célebre humanista del siglo XVII Jan Comenius,
como homenaje a las ideas humanistas con las que tanto el presidente
como el propio Kokoschka se sentían plenamente identificados.
Un nuevo revés
para la vida del austriaco fue el desprecio que por su obra manifestaron
los nazis, siendo uno de los elegidos en la exposición que
en 1937 organizaron en Munich bajo el título Arte Degenerado. Su
respuesta fue inmediata. Recurriendo al tema que más le hizo
reflexionar durante su carrera, concibió un autorretrato de grandes
dimensiones Retrato de un artista degenerado en el que se empeñó
orgulloso en descubrir su verdadera esencia.
Durante la Segunda
Guerra Mundial se afincó en Inglaterra, donde realizó
una serie de obras de carácter alegórico y se empleó
en la definición de una serie de escritos de carácter humanista,
concebidos como reivindicación de los ideales en los que creía
y por los que luchaba.
En 1953 retomó
su actividad como docente en la Escuela de Artes Visuales de Salzburgo
que más tarde abandonaría para instalarse definitivamente
en Suiza, primer referente y fuente de inspiración artística.

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