Como
ya hemos señalado antes, la carrera de los artistas que formaron
el grupo fauvista se extendió antes y después de los años
de pleno apogeo del movimiento. Las "fieras" habían empezado a formarse
antes de 1900 en tres círculos diferentes; por una parte, Henri
Matisse y sus compañeros del estudio de Gustavo Moreau y de la Academia
Carrière: Albert Marquet, Henri Manguin, Charles Camoin, Jean Puy,
y algo distante de estos, Georges Rouault; por otro, la pareja de Chatou:
André Derain y Maurice Vlaminck; a ellos se unieron el grupo de
Le Havre: Emile-Othon Friesz, Raoul Dufy y Georges Braque. Y de manera
individual lo haría el holandés Kees Van Dongen.
Siguiendo esta agrupación vamos
a abordar la carrera de cada uno de estos artistas.
4. Los protagonistas
-
Matisse y sus compañeros del estudio
de Moreau: Rouault, Marquet, Camoin, Manguin y Puy.
En la Escuela de Bellas Artes de París,
donde se formaron algunos de los integrantes del grupo fauvista, cada clase
tenía su especialidad. Los estudiantes que soñaban con representar
temas mitológicos, trabajaban bajo las directrices de Bouguereau;
los que deseaban adiestrase en los que se venía llamando “grandes
máquinas”, se acogían a las enseñanzas de Bonnat;
los más intelectuales o los indecisos se inclinaban por atender
la clase de Gustave Moreau que se había ganado la fama de ser liberar
en sus ideas y amable con los alumnos.
Gustave Moreau incitaba a sus alumnos
a que visitaran los museos y colecciones para copiar a los maestros clásicos,
que fueran al Louvre para estudiar allí a los venecianos, Tiziano,
Tintoretto, Veronés y Giorgione. Y les transmitía la idea
de que los creadores debía tener un alto conocimiento del Arte y
una fuerte consideración por él. Además animaba a
sus discípulos a que transmitieran al lienzo la idea que tenían
en su cabeza del objeto a representar: “Debeis buscar el color en vuestra
imaginación. Si no tenéis imaginación nunca podréis
hacer cuadros hermosos. Copiad vuestra imaginación. Eso es crear
Arte”.
• HENRI MATISSE (Le Cateau, 1869 -
Niza, 1954)
Matisse nació y creció
en el pueblo de Bóhain-en-Vermandois, donde sus padres tenían
un floreciente negocio de comercio. Se graduó en derecho en París
en 1887 y hasta ese momento no había mostrado especial interés
por el arte. De regreso a su ciudad natal trabajó como pasante de
abogado, pero aburrido por la rutina del despacho comenzó a asistir
a clases de dibujo y perspectivas en la Escuela de Artes Decorativas. De
este periodo inicial es Hermes atándose la sandalia (1892),
un dibujo de academia sacado de una estatua de Lysippo.
En 1892 Matisse fue invitado a formar
parte del estudio de Gustavo Moreau, que había obtenido el título
de profesor de Bellas Artes ese mismo año. Tres años más
tarde ingresaba en la Escuela de Bellas Artes pero sin abandonar el estudio
de su antiguo maestro, cuyas enseñanzas le atraían más
que las clases académicas que recibía en la Escuela, de la
que detestaba la insistencia, que desde allí se hacía, en
que copiara mecánicamente la apariencia de las cosas. Por el contrario,
Moreau era por entonces un profesor poco habitual que animaba a sus alumnos
a manifestar y aprovechar la fuerza de su imaginación y de sus sentimientos,
y les hacía trabajar en técnicas que les permitieran dominar
y manejar los colores, aunque no dejaba de incitar a sus alumnos a que
estudiaran a los viejos maestros y las obras que se guardaban en los museos.
Así, Matisse llegó a pintar numerosas obras expuestas en
el Louvre y aunque no le entusiasmaba el mero ejercicio de copiar, a lo
largo de su carrera aparecerán referencias constantes a las pinturas
antiguas de las que admiraba la fuerza del dibujo y la delineación.
A pesar de las enseñanzas de su
maestro Moreau, las primeras obras originales de Matisse poco reflejaban
las insistentes y novedosas enseñanzas que recibió de él,
como se aprecia en La lectora (1895) o Interior con sombrero
de copa (1896). En este primer momento Matisse estuvo centrado en la
realización de obras que representaban bodegones o interiores sacados
de la realidad, sin recursos imaginativos, tratados con una paleta muy
reducida, reflejo de las imágenes que recoge en los museos o en
exposiciones como las que se realizaron por aquellos años de Corot
o Manet. La lectora, sería su primera obra en una muestra
importante, el Salón Nacional de Bellas Artes de 1896, que además
fue muy bien acogida por la crítica.
En 1897 se inscribió en un curso
experimental durante el cual se dedicó a trabajar en nuevos caminos
estéticos que le permitieron modernizar su pintura. Así,
influido por los impresionistas fue ganando luminosidad en su paleta y
trabando una pincelada más suelta, a la vez que comenzó a
pintar al aire libre. Este mismo año, volvió a presentar
una obra al Salón Nacional de Bellas Artes, La sobremesa (1897),
obra que sintetizaba los avances del ese último año. En los
cuadros que fue realizando durante el verano en Belle-Ile, los matices
eran pálidos pero brillantes y luminosos y la pincelada descompuesta
que le permitía una mayor informalidad en la composición,
como había observado en las obras de Monet y Pisarro, así
aparece en Mar y rocas (1987). Las misma maneras utilizaba en cuadros
de interiores, en bodegones y naturalezas muertas, que serían junto
con el desnudo sus temas preferidos, como Naturaleza muerta con naranjas
(1897).
En 1898, contrajo matrimonio con Amélie
y viaja a Londres como viaje de luna de miel. Allí visitaría
los museos de la ciudad en los que conoció y estudió las
obras de Turner. De regreso a Francia continuó pintado en el sur
del país, practicando la pintura de paisaje. Matisse plasmaba la
naturaleza que tenia a su alrededor de múltiples formas, desde las
interpretaciones más conservadoras hasta las estampas más
exuberantes, con expresiva utilización del color. De este modo,
Matisse comenzó a establecer y manifestar sus propios principios
pictóricos, que surgían de la experiencia de su constante
actividad creativa y de la lectura del tratado de Signac, publicado en
la Revue Blanche en 1898, lo que le permitió alejarse del
impresionismo. De estos nuevos conceptos surgen obras como Naturaleza
muerta con naranja (1899), con planos de color conjugados que aportan
a la vez, luz, volumen y forma.
Cuando tuvo oportunidad comenzó
a comprar obras de los artistas a los que admiraba. Ambroise Vollard le
venderá entre otras: Tres bañistas (1881) de Cézanne,
Joven con flores (1891) de Gauguin, algunos dibujos de Van Gogh y una
escultura de Rodin, Busto de Henri Roehefort. Las figuras de las
obras de Cézanne y Rodin, marcarían especialmente los modelos
humanos que desarrollaría más tarde, tanto en pintura como
en escultura, y que se constituiría con el tiempo tema destacado
de sus obras. Para poder trabajar habitualmente con modelos, acudía
a varías academias de París (Julián, Camillo, Colarossi)
para dibujar y tomar clases de escultura, esto último en la Escuela
Municipal de la Villa de París. En estos círculos es donde
entablaría relación con algunos de los futuros fauvistas.
En la Academia Camillo conoció a André Derain, que más
tarde le presentaría Maurice Vlaminck. Pronto los tres se convertirían
en las principales figuras del nuevo movimiento.
Volviendo al interés que despertó
en Matisse la figura humana, el artista trabajó intensamente en
descubrir los recursos plásticos que este tema le proporcionaba,
utilizándolo en ocasiones como bloque de contrastes de color y otras
veces para jugar con la línea de dibujo que lo circunscribe. De
este modo se introdujo en los elementos definitorios de su obra: por un
lado, la línea sinuosa y rítmica, dispuesta en arabescos
que recuerdan el decorativismo modernista, como es el caso de Estudio
de desnudo en azul (1899-1900), o en el bronce Madeleine (1901);
y, por otro lado, el uso contundente y compacto de la masa del cuerpo de
gran fuerza estructural, como en Modelo masculino (1900) o en la
escultura El esclavo (1900-19003).
Los primeros años del siglo XX
serán los más difíciles para Matisse, a pesar de haber
conseguido llegar a una cierta definición plástica y trabajar
arduamente en la pintura y la escultura, no conseguía vender sus
obras, ni recibir buenas críticas por las piezas que había
presentado al Salón de los Independientes de 1901. A ello se unió
una bronquitis que padeció y el mal estado de salud de su mujer
tras dar a luz a su segundo hijo. Durante esta mala racha Matisse se vio
obligado a trabajar de nuevo en el negocio familiar en Bohain-en-Vermandois.
Los elogios que había recibido en sus comienzos al presentarse en
el Salón Nacional de Bellas Artes de 1896 como un joven prometedor
gracias al conservadurismo de su obra ahora le serían retirados
debido a lo novedoso de su plástica. Este período le hizo
replantearse probablemente los nuevos derroteros estéticos que había
tomado, y, quizás para conseguir que sus obras se vendieran mejor,
vuelve a pintar con un estilo más impresionista, con colores más
calmados y temas más amables. Fruto de esta vuelta atrás
son El guitarrista (1903) y Camino en el Bosque de Bologna (1902).
Pero ante todo, Matisse continuó
pintando y en 1904 presentó su primera exposición individual
en la gallería de Ambroise Vollard, exposición que siguió
sin levantar la más mínima crítica de apoyo y admiración.
Obstinado en continuar con la práctica de una pintura más
expresiva, Matisse consideró que su éxito no pasaría
por renunciar a sus nuevas ideas de composición y color, y siguió
pintando, estudiando y comprobando las posibilidades plásticas de
los colores. Por este camino fue consolidando su estilo definitivo, sin
olvidarse nunca de la experiencia que le ofrecía la obra de Signac
y de los neo-impresionistas, especialmente, las teorías que los
neo-impresionistas practicaron le hicieron dirigirse hacia un nuevo lenguaje
expresivo, mucho más espontáneo que el de los puntillistas
y divisionistas. Este nuevo estilo creativo se encontraba ya perfectamente
configurado en Lujo, calma y voluptuosidad (1904-1905), expuesta
en el Salón de los Independientes de 1905, que fue comprada por
Signac, y La alegría de vivir (1905-1906), al igual que en
las obras presentó meses después en el Salón de Otoño
y que tanto comentarios y polémicas levantó.
Obra clave en su carrera sería
la antes citada La alegría de vivir, una escena fruto de
su imaginación, totalmente subjetiva, de gran formato, que tuvo
que pintar en el nuevo espacio que alquiló como estudio en un convento
de la Rué de Sévres. En La alegría de vivir,
utilizó el tema las bañistas y las odaliscas orientales,
temas clásicos, traspasados a un ambiente occidental. Definió
los espacios mediante amplias áreas de colores sin matizar cuya
composición se estructuraba por medio de las líneas de los
cuerpos, que dirigen la vista del espectador, marcando el ritmo de la composición.
En esta obra Matisse resume tanto su aprendizaje inicial de los cuadros
clásicos de Poussin o de Ingres, también de Gauguin y las
estampas japonesas, así como de los iconos persas y bizantinos.
La obra fue mostrada en el Salón de los Independientes de 1906,
y como la edición anterior lo hicieran otros cuadros, produjo una
fuerte impresión en los visitantes y críticos, que no se
habían acostumbrado aún a los violentos brochazos de pintura
de colores tan intensos, pero sobre todo, no se habían encontrado
antes frente a un lienzo de dimensiones tan grandes, La alegría
de vivir mide 174 x 238 cm.
La presencia de Matisse en los salones
de 1905 y 1906 fue más llamativa y contundente que la del resto
de sus colegas, aunque no fuera más que por que sus obras habían
sido las más polémicas (Retrato de Madame Matisse.
La raya verde de 1905 y Mujer con sombrero de 1904-1905),
se le señaló como líder y abanderado del nuevo estilo.
Este reconocimiento le valió para que en los años sucesivos
consiguiera situarse como uno de los artistas más interesantes del
momento. El Salón de Otoño de 1906 fue el punto culminante
de las manifestaciones fauvistas pero también el inicio de su desaparición,
cada uno de los artistas comprometidos con el entusiasmo colorista comienzan
a derivar hacia estilos diferentes. Así, Matisse fue variando su
lenguaje plástico hacia un mayor sintetismo, retomando el esquematismo
de las figuras africanas, las estructuras volumétricas de Cézanne
e, incluso en ocasiones, acercándose a algunos de los avances formales
que Picasso estaba realizando. Las figuras humanas, uno de los elementos
de mayor peso en sus creaciones se fueron densificando, casi siempre jugando
con formas esféricas que aportan ese toque decorativo que nunca
abandonaría. Esta concepción de los cuerpos se ve desarrollada
en Desnudo azul (1907), donde la pesadez escultórica de la
figura es el aspecto más destacado, relacionado con los volúmenes
y formas de sus bronces, como Desnudo reclinado I (1907), en los
que investiga el contraste de la masa con el espacio.
Son años de confianza para Matisse
y de creer firmemente en los fundamentos plásticos que ha establecido,
fruto de este convencimiento fue Notas de un pintor, libro que escribió
en 1908. De este mismo año es el cuadro Bañistas con una
tortuga, que sería su primera obra de madurez y el inicio de
una serie de obras muy decorativas en las que las figuras estaban silueteadas
sobre un pesado fondo de color.
La confianza en sí mismo se ve
favorecida por el hecho de que sus cuadros comienzan a venderse bien. Importantes
coleccionistas se interesan y adquieren su obra como Gertrude, Sarah y
Leo Stein, Claribel y Etta Cone, o Picasso. Especialmente estuvo apoyado
por los Stein, que le ayudan a montar su propia academia y compran sus
obras más criticadas: La alegría de vivir, Mujer con sombrero
y Desnudo azul. En 1909 firmó contrato con la galería
Bernheim-Jeune de París, y en este momento también comienza
a trabajar con el coleccionista ruso Sergey Shchunkin, quien le encargará
numerosas obras, entre dos de sus mejores lienzos La Danza II (1909-1910)
y La Música (1910). Estas dos obras siguen esa línea
de composición sencilla pero fuerte producida por la presencia de
volúmenes pesados, pero que nunca serán estáticos
porque el dibujo se encargará de imprimir el movimiento. Volumen
y ritmo se conjugan armoniosamente en estos lienzos, como también
fue ocurriendo en sus esculturas. La serpentina (1909) muestra el
cuerpo de una mujer distorsionado y alargado para que la composición
resulte un acompasado juego de masa y movimiento.
Cuando La Danza y La Música
se presentaron en el Salón de Otoño de 1910, las críticas
señalaron que se trataban de obras en las que se manifestaba la
confusión del artista que no lograba definir su postura entre el
arcaísmo de los temas clásicos y la deformación de
las formas de expresión. Sin embargo, esta "confusión" era
el aspecto más novedoso del arte de Matisse y el que mejores frutos
produciría. De manera general, las composiciones con figuras de
Matisse respondían a su imaginación y las sometía
a sus propias leyes de interpretación. La Sobremesa (1908)
responde a esa libre materialización de la realidad, la referencia
para esta obra la encontramos en La sobremesa de 1897; esta
nueva variación es una autentica fantasía descriptiva de
una escena de interior. El color predominante es el rojo, con toda la fuerza
y carga emocional que conlleva, y una figura femenina coloca un plato con
frutas sobre la mesa, también roja. Esa gran extensión de
un solo color la compensa con la colocación del foco verde de un
jardín visto a través de la ventana.
En los retratos, Matisse también
proyectaba un mundo fantástico e ilusorio que le permitía
deformar la figura del modelo, cuya personalidad sólo se reflejaba
en detalles complementarios como jarrones con flores, libros, platos, etc.,
porque la imagen retratada era distorsionada y deformada por el color y
el trazo.
Estaba claro que la fuente de creación
era su imaginación, las vivencias e imágenes que iba recogiendo
por todos los lugares que visitaba y que luego trasladaba al lienzo en
personalísimas interpretaciones. Sus obras se vieron influidas por
la exposición que sobre arte islámico tuvo lugar en Munich
en 1910, o por los viajes que realizó por el sur de España
y Moscú al año siguiente, o a Marruecos poco después,
que alimentaron su fecunda imaginación. Así recoge la tradición
decorativa y colorista de las miniaturas islámicas y persas, que
por otro lado, no eran nuevos para él. El gusto por lo decorativo
y el amor por los objetos orientales lo había heredado de su madre,
aficionada a las porcelanas. Todos estos recursos los utilizaría
también para apoyar su reacción ante el Cubismo, frente a
cuya racionalidad situaría obras cargadas de decoración,
exotismo y colorido. A estas ideas respondían obras como Habitación
rosa, Retrato de familia o Habitación roja, de abigarradas composiciones
de elementos y colores, o las realizadas tras volver de Marruecos, Ventana
en Tánger (1912), Puerta de la Kasbah (1912), Café
árabe (1912), que serían muy bien acogidas en París.
A pesar de la lucha que mantuvo en contra
del Cubismo, Matisse comienza una trayectoria de cierto acercamiento a
esa tendencia en obras como Interior con pez de colores (1914),
La ventana (1916), Pintor y modelo (1917) y Lección
de música (1917). Con una composición que se acerca al
collage cubista, mayor predominio de aristas rectas y multiplicación
de líneas de perspectiva y puntos de vista, pero todo ello de manera
muy sutil, meramente esbozada.
En 1918, de nuevo dio un giro a su trabajo,
abandona la gran escala que habían alcanzado sus obras y el decorativismo
para encauzar sus creaciones hacia un estilo más naturalista y de
nuevo obsesionado con el efecto de la luz, lo que le hace retomar algunos
aspectos técnicos del Impresionismo, incluso, en el verano de 1920,
se trasladó a las costas de Normandía para pintar como años
antes había hecho Monet. Su pintura se ve rejuvenecida y renovada
en una serie de obras de 1924, con interiores, flores y pájaros.
Estos hábitos creativos tuvieron, sin embargo un contrapeso, la
experiencia de trabajar en la escenografía del ballet El
canto del ruiseñor, de Igor Stravinsky, que le encargó
Serge Diaghilev, que puso en su camino la capacidad expresiva de
los recortes de papel y cartón.
Los años 20 fueron muy gratos para
el artista. Instituciones públicas comenzaron a comprar sus obras,
se organizaron exposiciones retrospectivas en Copenhague (1924), Berlín,
París, Basilea, Nueva York (1931), y se publica, en 1921, la primera
monografía sobre su figura. Aunque el éxito y el reconocimiento
son absolutos, Matisse no dejará de investigar y trabajar. En los
años que restan hasta su muerte, en 1954, abre nuevos caminos de
creación. De los años 30 es fundamentalmente destacable su
actividad como ilustrador. Por encargo de Albert Skira realiza la ilustración
del libro Poesías de Stéphane Mallarmé. El
libro, en su totalidad y entendido como soporte, se convirtió para
Matisse en un lugar de experimentación. Matisse lo consideraba como
una pintura donde la obra gráfica debería aportar equilibrio
frente a los bloques de texto. Realizó estampas con un concepto
clásico del dibujo en el que las formas se construían mediante
líneas esquemáticas. El dibujo debía destacar sobre
todo por su limpieza y sutileza, con predominio del blanco que compensaría
lo compacto y negro de los textos.
Por otro parte, el encargo que recibió
de Albert C. Barnes para realizar un mural en el salón de entrada
de la Barnes Foundation, le dio la posibilidad de trabajar a una escala
mayor de lo que nunca antes hubiera hecho. En este panel retoma el tema
de la danza. El lugar destinado para su ejecución eran tres lunetos
sobre las puertas acristaladas de acceso al jardín y que resultaban
bastante incómodas de decorar. Para llevarlo a cabo utilizó
el método que antes había experimentado en el ballet El
canto del ruiseñor, que consistía en pintar enormes figuras
mediante un carboncillo colocado en el extremo de un palo y pegando piezas
recortadas de papel de colores, que podía mover, poner o quitar,
para obtener diferentes impresiones visuales. Las formas y los colores
eran finalmente ajustados cuando se sustituían los papeles por la
pintura definitiva.
Entre 1948 y 1951, Matisse trabajó
en otra obra de gran escala, la decoración de la Capilla del Rosario
en Vence, que le permitió rematar su carrera con una creación
que aunaba el color, la luz, el dibujo y la escultura. La capilla actuaba
como una cúpula celestial, iluminada por la luz que entraba a través
de las vidrieras, inundando de color el interior decorado sólo con
líneas de cerámica.
En estos años, el dibujo llegó
a convertirse en elemento esencial de su trabajo. La elaboración
de sus obras generaban un sin fin de dibujos y estudios preparatorios a
los que Matisse otorgaba la misma importancia que a la pieza final.
En 1941, fue operado de un tumor que le
dejó paralizadas las piernas. La convalecencia y la imposibilidad
de moverse libremente le llevó a desarrollar el último estilo
de su carrera a través del dibujo y los recortes, lo que no le requería
un gran esfuerzo. Entre 1941 y 1942 realizó 158 dibujos, Temas
y variaciones. Ilustró libros, Pasiphaé de Henri
de Montherlant (París, 1944), Visiones de Pierre Reverdy,
Letras Portuguesas de Marianna Alcaforado, Las flores del mal de
Baudeleire, todos ellos en 1946. Esta actividad ilustradora le llevó
incluso a realizar su propio libro, Jazz, en 1947, con brillantes colores
estampados mediante plantillas de papel que recortaba y que fue su mayor
proyecto usando la técnica de recortes de papel. La edición
constaba de 20 láminas ilustradas y páginas de texto manuscritas
que reunían memorias, impresiones imaginarias, referencias a pinturas
de años anteriores y otras actuales, todo ello asociado a la idea
de libertad e intensidad de color del nuevo método, que lleva a
su máximo desarrollo cuando comienza a cortar el papel sin marcar
un dibujo previo y consigue, así, superar el conflicto que entre
línea y color se le planteaba en ocasiones anteriores.
Matisse demostró a lo largo de
su carrera que fue merecedor de ser considerado el líder de lo fauvistas.
Fue el único de ellos que no cambió su dirección.
Se cuestionó siempre los tres aspectos fundamentales del Fauvismo,
color, espacio y luz. Esto explica por qué su figura no ha dejado
de crecer en importancia, ni de ser admirada, ni de representar una referencia
necesaria en el arte del siglo XX.
“Yo tomo de la naturaleza lo que me
es necesario: una expresión suficientemente elocuente para sugerir
lo que he pensado. Combino minuciosamente todos los efectos, los equilibro
en descripción y color, pero esta condensación a la cual
todo concurre, inclusive las dimensiones de la tela, no se logra en el
primer intento. Es una larga tarea de reflexión, de amalgamación.
Tengo que pintar un cuerpo de mujer; en primer lugar, reflejo la forma
en mí mismo, la doto de gracia, de primor, y aún hay que
dotarla de algo más. Condenso el significado de este cuerpo, buscando
sus líneas esenciales. El encanto será menos manifiesto a
primera vista, pero él ha de cristalizar en la nueva imagen que
habré obtenido y que tendrá un significado más amplio,
de mayor plenitud humana”.
Henri Matisse, Notas y principios sobre

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