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2 .1.EL FAUVISMO: El protagonismo del color. H. Matisse y su papel en la pintura del siglo XX. Dufy, Derain, Vlaminck, Marquet y Kees van Dongen. La Singularidad de Rouault. La escultura.3/6
Inmaculada Corcho Gómez
ISBN- 84-9714-062-1
 

Como ya hemos señalado antes, la carrera de los artistas que formaron el grupo fauvista se extendió antes y después de los años de pleno apogeo del movimiento. Las "fieras" habían empezado a formarse antes de 1900 en tres círculos diferentes; por una parte, Henri Matisse y sus compañeros del estudio de Gustavo Moreau y de la Academia Carrière: Albert Marquet, Henri Manguin, Charles Camoin, Jean Puy, y algo distante de estos, Georges Rouault; por otro, la pareja de Chatou: André Derain y Maurice Vlaminck; a ellos se unieron el grupo de Le Havre: Emile-Othon Friesz, Raoul Dufy y Georges Braque. Y de manera individual lo haría el holandés Kees Van Dongen.
Siguiendo esta agrupación vamos a abordar la carrera de cada uno de estos artistas.

4. Los protagonistas 
 

  • Matisse y sus compañeros del estudio de Moreau: Rouault, Marquet, Camoin, Manguin y Puy. 
 En la Escuela de Bellas Artes de París, donde se formaron algunos de los integrantes del grupo fauvista, cada clase tenía su especialidad. Los estudiantes que soñaban con representar temas mitológicos, trabajaban bajo las directrices de Bouguereau; los que deseaban adiestrase en los que se venía llamando “grandes máquinas”, se acogían a las enseñanzas de Bonnat; los más intelectuales o los indecisos se inclinaban por atender la clase de Gustave Moreau que se había ganado la fama de ser liberar en sus ideas y amable con los alumnos.

 Gustave Moreau incitaba a sus alumnos a que visitaran los museos y colecciones para copiar a los maestros clásicos, que fueran al Louvre para estudiar allí a los venecianos, Tiziano, Tintoretto, Veronés y Giorgione. Y les transmitía la idea de que los creadores debía tener un alto conocimiento del Arte y una fuerte consideración por él. Además animaba a sus discípulos a que transmitieran al lienzo la idea que tenían en su cabeza del objeto a representar: “Debeis buscar el color en vuestra imaginación. Si no tenéis imaginación nunca podréis hacer cuadros hermosos. Copiad vuestra imaginación. Eso es crear Arte”.

• HENRI MATISSE (Le Cateau, 1869 - Niza, 1954) 
Matisse nació y creció en el pueblo de Bóhain-en-Vermandois, donde sus padres tenían un floreciente negocio de comercio. Se graduó en derecho en París en 1887 y hasta ese momento no había mostrado especial interés por el arte. De regreso a su ciudad natal trabajó como pasante de abogado, pero aburrido por la rutina del despacho comenzó a asistir a clases de dibujo y perspectivas en la Escuela de Artes Decorativas. De este periodo inicial es Hermes atándose la sandalia (1892), un dibujo de academia sacado de una estatua de Lysippo.

En 1892 Matisse fue invitado a formar parte del estudio de Gustavo Moreau, que había obtenido el título de profesor de Bellas Artes ese mismo año. Tres años más tarde ingresaba en la Escuela de Bellas Artes pero sin abandonar el estudio  de su antiguo maestro, cuyas enseñanzas le atraían más que las clases académicas que recibía en la Escuela, de la que detestaba la insistencia, que desde allí se hacía, en que copiara mecánicamente la apariencia de las cosas. Por el contrario, Moreau era por entonces un profesor poco habitual que animaba a sus alumnos a manifestar y aprovechar la fuerza de su imaginación y de sus sentimientos, y les hacía trabajar en técnicas que les permitieran dominar y manejar los colores, aunque no dejaba de incitar a sus alumnos a que estudiaran a los viejos maestros y las obras que se guardaban en los museos. Así, Matisse llegó a pintar numerosas obras expuestas en el Louvre y aunque no le entusiasmaba el mero ejercicio de copiar, a lo largo de su carrera aparecerán referencias constantes a las pinturas antiguas de las que admiraba la fuerza del dibujo y la delineación.

A pesar de las enseñanzas de su maestro Moreau, las primeras obras originales de Matisse poco reflejaban las insistentes y novedosas enseñanzas que recibió de él, como se aprecia en La lectora (1895) o Interior con sombrero de copa (1896). En este primer momento Matisse estuvo centrado en la realización de obras que representaban bodegones o interiores sacados de la realidad, sin recursos imaginativos, tratados con una paleta muy reducida, reflejo de las imágenes que recoge en los museos o en exposiciones como las que se realizaron por aquellos años de Corot o Manet. La lectora, sería su primera obra en una muestra importante, el Salón Nacional de Bellas Artes de 1896, que además fue muy bien acogida por la crítica.

En 1897 se inscribió en un curso experimental durante el cual se dedicó a trabajar en nuevos caminos estéticos que le permitieron modernizar su pintura. Así, influido por los impresionistas fue ganando luminosidad en su paleta y trabando una pincelada más suelta, a la vez que comenzó a pintar al aire libre. Este mismo año, volvió a presentar una obra al Salón Nacional de Bellas Artes, La sobremesa (1897), obra que sintetizaba los avances del ese último año. En los cuadros que fue realizando durante el verano en Belle-Ile, los matices eran pálidos pero brillantes y luminosos y la pincelada descompuesta que le permitía una mayor informalidad en la composición, como había observado en las obras de Monet y Pisarro, así aparece en Mar y rocas (1987). Las misma maneras utilizaba en cuadros de interiores, en bodegones y naturalezas muertas, que serían junto con el desnudo sus temas preferidos, como Naturaleza muerta con naranjas (1897). 

En 1898, contrajo matrimonio con Amélie y viaja a Londres como viaje de luna de miel. Allí visitaría los museos de la ciudad en los que conoció y estudió las obras de Turner. De regreso a Francia continuó pintado en el sur del país, practicando la pintura de paisaje. Matisse plasmaba la naturaleza que tenia a su alrededor de múltiples formas, desde las interpretaciones más conservadoras hasta las estampas más exuberantes, con expresiva utilización del color. De este modo, Matisse comenzó a establecer y manifestar sus propios principios pictóricos, que surgían de la experiencia de su constante actividad creativa y de la lectura del tratado de Signac, publicado en la Revue Blanche en 1898, lo que le permitió alejarse del impresionismo. De estos nuevos conceptos surgen obras como Naturaleza muerta con naranja (1899), con planos de color conjugados que aportan a la vez, luz, volumen y forma.

Cuando tuvo oportunidad comenzó a comprar obras de los artistas a los que admiraba. Ambroise Vollard le venderá entre otras: Tres bañistas (1881) de Cézanne, Joven con flores (1891) de Gauguin, algunos dibujos de Van Gogh y una escultura de Rodin, Busto de Henri Roehefort. Las figuras de las obras de Cézanne y Rodin, marcarían especialmente los modelos humanos que desarrollaría más tarde, tanto en pintura como en escultura, y que se constituiría con el tiempo tema destacado de sus obras. Para poder trabajar habitualmente con modelos, acudía a varías academias de París (Julián, Camillo, Colarossi) para dibujar y tomar clases de escultura, esto último en la Escuela Municipal de la Villa de París. En estos círculos es donde entablaría relación con algunos de los futuros fauvistas. En la Academia Camillo conoció a André Derain, que más tarde le presentaría Maurice Vlaminck. Pronto los tres se convertirían en las principales figuras del nuevo movimiento.

Volviendo al interés que despertó en Matisse la figura humana, el artista trabajó intensamente en descubrir los recursos plásticos que este tema le proporcionaba, utilizándolo en ocasiones como bloque de contrastes de color y otras veces para jugar con la línea de dibujo que lo circunscribe. De este modo se introdujo en los elementos definitorios de su obra: por un lado, la línea sinuosa y rítmica, dispuesta en arabescos que recuerdan el decorativismo modernista, como es el caso de Estudio de desnudo en azul (1899-1900), o en el bronce Madeleine (1901); y, por otro lado, el uso contundente y compacto de la masa del cuerpo de gran fuerza estructural, como en Modelo masculino (1900) o en la escultura El esclavo (1900-19003).

Los primeros años del siglo XX serán los más difíciles para Matisse, a pesar de haber conseguido llegar a una cierta definición plástica y trabajar arduamente en la pintura y la escultura, no conseguía vender sus obras, ni recibir buenas críticas por las piezas que había presentado al Salón de los Independientes de 1901. A ello se unió una bronquitis que padeció y el mal estado de salud de su mujer tras dar a luz a su segundo hijo. Durante esta mala racha Matisse se vio obligado a trabajar de nuevo en el negocio familiar en Bohain-en-Vermandois. Los elogios que había recibido en sus comienzos al presentarse en el Salón Nacional de Bellas Artes de 1896 como un joven prometedor gracias al conservadurismo de su obra ahora le serían retirados debido a lo novedoso de su plástica. Este período le hizo replantearse probablemente los nuevos derroteros estéticos que había tomado, y, quizás para conseguir que sus obras se vendieran mejor, vuelve a pintar con un estilo más impresionista, con colores más calmados y temas más amables. Fruto de esta vuelta atrás son El guitarrista (1903) y Camino en el Bosque de Bologna (1902).

Pero ante todo, Matisse continuó pintando y en 1904 presentó su primera exposición individual en la gallería de Ambroise Vollard, exposición que siguió sin levantar la más mínima crítica de apoyo y admiración. Obstinado en continuar con la práctica de una pintura más expresiva, Matisse consideró que su éxito no pasaría por renunciar a sus nuevas ideas de composición y color, y siguió pintando, estudiando y comprobando las posibilidades plásticas de los colores. Por este camino fue consolidando su estilo definitivo, sin olvidarse nunca de la experiencia que le ofrecía la obra de Signac y de los neo-impresionistas, especialmente, las teorías que los neo-impresionistas practicaron le hicieron dirigirse hacia un nuevo lenguaje expresivo, mucho más espontáneo que el de los puntillistas y divisionistas. Este nuevo estilo creativo se encontraba ya perfectamente configurado en Lujo, calma y voluptuosidad (1904-1905), expuesta en el Salón de los Independientes de 1905, que fue comprada por Signac, y La alegría de vivir (1905-1906), al igual que en las obras presentó meses después en el Salón de Otoño y que tanto comentarios y polémicas levantó.

Obra clave en su carrera sería la antes citada La alegría de vivir, una escena fruto de su imaginación, totalmente subjetiva, de gran formato, que tuvo que pintar en el nuevo espacio que alquiló como estudio en un convento de la Rué de Sévres. En La alegría de vivir, utilizó el tema las bañistas y las odaliscas orientales, temas clásicos, traspasados a un ambiente occidental. Definió los espacios mediante amplias áreas de colores sin matizar cuya composición se estructuraba por medio de las líneas de los cuerpos, que dirigen la vista del espectador, marcando el ritmo de la composición. En esta obra Matisse resume tanto su aprendizaje inicial de los cuadros clásicos de Poussin o de Ingres, también de Gauguin y las estampas japonesas, así como de los iconos persas y bizantinos. La obra fue mostrada en el Salón de los Independientes de 1906, y como la edición anterior lo hicieran otros cuadros, produjo una fuerte impresión en los visitantes y críticos, que no se habían acostumbrado aún a los violentos brochazos de pintura de colores tan intensos, pero sobre todo, no se habían encontrado antes frente a un lienzo de dimensiones tan grandes, La alegría de vivir mide 174 x 238 cm.

La presencia de Matisse en los salones de 1905 y 1906 fue más llamativa y contundente que la del resto de sus colegas, aunque no fuera más que por que sus obras habían sido las más polémicas (Retrato de Madame Matisse. La raya verde de 1905 y Mujer con sombrero de 1904-1905), se le señaló como líder y abanderado del nuevo estilo. Este reconocimiento le valió para que en los años sucesivos consiguiera situarse como uno de los artistas más interesantes del momento. El Salón de Otoño de 1906 fue el punto culminante de las manifestaciones fauvistas pero también el inicio de su desaparición, cada uno de los artistas comprometidos con el entusiasmo colorista comienzan a derivar hacia estilos diferentes. Así, Matisse fue variando su lenguaje plástico hacia un mayor sintetismo, retomando el esquematismo de las figuras africanas, las estructuras volumétricas de Cézanne e, incluso en ocasiones, acercándose a algunos de los avances formales que Picasso estaba realizando. Las figuras humanas, uno de los elementos de mayor peso en sus creaciones se fueron densificando, casi siempre jugando con formas esféricas que aportan ese toque decorativo que nunca abandonaría. Esta concepción de los cuerpos se ve desarrollada en Desnudo azul (1907), donde la pesadez escultórica de la figura es el aspecto más destacado, relacionado con los volúmenes y formas de sus bronces, como Desnudo reclinado I (1907), en los que investiga el contraste de la masa con el espacio.

Son años de confianza para Matisse y de creer firmemente en los fundamentos plásticos que ha establecido, fruto de este convencimiento fue Notas de un pintor, libro que escribió en 1908. De este mismo año es el cuadro Bañistas con una tortuga, que sería su primera obra de madurez y el inicio de una serie de obras muy decorativas en las que las figuras estaban silueteadas sobre un pesado fondo de color.

La confianza en sí mismo se ve favorecida por el hecho de que sus cuadros comienzan a venderse bien. Importantes coleccionistas se interesan y adquieren su obra como Gertrude, Sarah y Leo Stein, Claribel y Etta Cone, o Picasso. Especialmente estuvo apoyado por los Stein, que le ayudan a montar su propia academia y compran sus obras más criticadas: La alegría de vivir, Mujer con sombrero y Desnudo azul. En 1909 firmó contrato con la galería Bernheim-Jeune de París, y en este momento también comienza a trabajar con el coleccionista ruso Sergey Shchunkin, quien le encargará numerosas obras, entre dos de sus mejores lienzos La Danza II (1909-1910) y La Música (1910). Estas dos obras siguen esa línea de composición sencilla pero fuerte producida por la presencia de volúmenes pesados, pero que nunca serán estáticos porque el dibujo se encargará de imprimir el movimiento. Volumen y ritmo se conjugan armoniosamente en estos lienzos, como también fue ocurriendo en sus esculturas. La serpentina (1909) muestra el cuerpo de una mujer distorsionado y alargado para que la composición resulte un acompasado juego de masa y movimiento.

Cuando La Danza y La Música se presentaron en el Salón de Otoño de 1910, las críticas señalaron que se trataban de obras en las que se manifestaba la confusión del artista que no lograba definir su postura entre el arcaísmo de los temas clásicos y la deformación de las formas de expresión. Sin embargo, esta "confusión" era el aspecto más novedoso del arte de Matisse y el que mejores frutos produciría. De manera general, las composiciones con figuras de Matisse respondían a su imaginación y las sometía a sus propias leyes de interpretación. La Sobremesa (1908) responde a esa libre materialización de la realidad, la referencia para esta obra la encontramos en  La sobremesa de 1897; esta nueva variación es una autentica fantasía descriptiva de una escena de interior. El color predominante es el rojo, con toda la fuerza y carga emocional que conlleva, y una figura femenina coloca un plato con frutas sobre la mesa, también roja. Esa gran extensión de un solo color la compensa con la colocación del foco verde de un jardín visto a través de la ventana. 

En los retratos, Matisse también proyectaba un mundo fantástico e ilusorio que le permitía deformar la figura del modelo, cuya personalidad sólo se reflejaba en detalles complementarios como jarrones con flores, libros, platos, etc., porque la imagen retratada era distorsionada y deformada por el color y el trazo.

Estaba claro que la fuente de creación era su imaginación, las vivencias e imágenes que iba recogiendo por todos los lugares que visitaba y que luego trasladaba al lienzo en personalísimas interpretaciones. Sus obras se vieron influidas por la exposición que sobre arte islámico tuvo lugar en Munich en 1910, o por los viajes que realizó por el sur de España y Moscú al año siguiente, o a Marruecos poco después, que alimentaron su fecunda imaginación. Así recoge la tradición decorativa y colorista de las miniaturas islámicas y persas, que por otro lado, no eran nuevos para él. El gusto por lo decorativo y el amor por los objetos orientales lo había heredado de su madre, aficionada a las porcelanas. Todos estos recursos los utilizaría también para apoyar su reacción ante el Cubismo, frente a cuya racionalidad situaría obras cargadas de decoración, exotismo y colorido. A estas ideas respondían obras como Habitación rosa, Retrato de familia o Habitación roja, de abigarradas composiciones de elementos y colores, o las realizadas tras volver de Marruecos, Ventana en Tánger (1912), Puerta de la Kasbah (1912), Café árabe (1912), que serían muy bien acogidas en París.

A pesar de la lucha que mantuvo en contra del Cubismo, Matisse comienza una trayectoria de cierto acercamiento a esa tendencia en obras como Interior con pez de colores (1914), La ventana (1916), Pintor y modelo (1917) y Lección de música (1917). Con una composición que se acerca al collage cubista, mayor predominio de aristas rectas y multiplicación de líneas de perspectiva y puntos de vista, pero todo ello de manera muy sutil, meramente esbozada.

En 1918, de nuevo dio un giro a su trabajo, abandona la gran escala que habían alcanzado sus obras y el decorativismo para encauzar sus creaciones hacia un estilo más naturalista y de nuevo obsesionado con el efecto de la luz, lo que le hace retomar algunos aspectos técnicos del Impresionismo, incluso, en el verano de 1920, se trasladó a las costas de Normandía para pintar como años antes había hecho Monet. Su pintura se ve rejuvenecida y renovada en una serie de obras de 1924, con interiores, flores y pájaros. Estos hábitos creativos tuvieron, sin embargo un contrapeso, la experiencia de trabajar en  la escenografía del ballet El canto del ruiseñor, de Igor Stravinsky, que le encargó Serge Diaghilev,  que puso en su camino la capacidad expresiva de los recortes de papel y cartón. 

Los años 20 fueron muy gratos para el artista. Instituciones públicas comenzaron a comprar sus obras, se organizaron exposiciones retrospectivas en Copenhague (1924), Berlín, París, Basilea, Nueva York (1931), y se publica, en 1921, la primera monografía sobre su figura. Aunque el éxito y el reconocimiento son absolutos, Matisse no dejará de investigar y trabajar. En los años que restan hasta su muerte, en 1954, abre nuevos caminos de creación. De los años 30 es fundamentalmente destacable su actividad como ilustrador. Por encargo de Albert Skira realiza la ilustración del libro Poesías de Stéphane Mallarmé. El libro, en su totalidad y entendido como soporte, se convirtió para Matisse en un lugar de experimentación. Matisse lo consideraba como una pintura donde la obra gráfica debería aportar equilibrio frente a los bloques de texto. Realizó estampas con un concepto clásico del dibujo en el que las formas se construían mediante líneas esquemáticas. El dibujo debía destacar sobre todo por su limpieza y sutileza, con predominio del blanco que compensaría lo compacto y negro de los textos. 

Por otro parte, el encargo que recibió de Albert C. Barnes para realizar un mural en el salón de entrada de la Barnes Foundation, le dio la posibilidad de trabajar a una escala mayor de lo que nunca antes hubiera hecho. En este panel retoma el tema de la danza. El lugar destinado para su ejecución eran tres lunetos sobre las puertas acristaladas de acceso al jardín y que resultaban bastante incómodas de decorar. Para llevarlo a cabo utilizó el método que antes había experimentado en el ballet El canto del ruiseñor, que consistía en pintar enormes figuras mediante un carboncillo colocado en el extremo de un palo y pegando piezas recortadas de papel de colores, que podía mover, poner o quitar, para obtener diferentes impresiones visuales. Las formas y los colores eran finalmente ajustados cuando se sustituían los papeles por la pintura definitiva. 

Entre 1948 y 1951, Matisse trabajó en otra obra de gran escala, la decoración de la Capilla del Rosario en Vence, que le permitió rematar su carrera con una creación que aunaba el color, la luz, el dibujo y la escultura. La capilla actuaba como una cúpula celestial, iluminada por la luz que entraba a través de las vidrieras, inundando de color el interior decorado sólo con líneas de cerámica. 

En estos años, el dibujo llegó a convertirse en elemento esencial de su trabajo. La elaboración de sus obras generaban un sin fin de dibujos y estudios preparatorios a los que Matisse otorgaba la misma importancia que a la pieza final. 

En 1941, fue operado de un tumor que le dejó paralizadas las piernas. La convalecencia y la imposibilidad de moverse libremente le llevó a desarrollar el último estilo de su carrera a través del dibujo y los recortes, lo que no le requería un gran esfuerzo. Entre 1941 y 1942 realizó 158 dibujos, Temas y variaciones. Ilustró libros, Pasiphaé de Henri de Montherlant (París, 1944), Visiones de Pierre Reverdy, Letras Portuguesas de Marianna Alcaforado, Las flores del mal de Baudeleire,  todos ellos en 1946. Esta actividad ilustradora le llevó incluso a realizar su propio libro, Jazz, en 1947, con brillantes colores  estampados mediante plantillas de papel que recortaba y que fue su mayor proyecto usando la técnica de recortes de papel. La edición constaba de 20 láminas ilustradas y páginas de texto manuscritas que reunían memorias, impresiones imaginarias, referencias a pinturas de años anteriores y otras actuales, todo ello asociado a la idea de libertad e intensidad de color del nuevo método, que lleva a su máximo desarrollo cuando comienza a cortar el papel sin marcar un dibujo previo y consigue, así, superar el conflicto que entre línea y color se le planteaba en ocasiones anteriores.

Matisse demostró a lo largo de su carrera que fue merecedor de ser considerado el líder de lo fauvistas. Fue el único de ellos que no cambió su dirección. Se cuestionó siempre los tres aspectos fundamentales del Fauvismo, color, espacio y luz. Esto explica por qué su figura no ha dejado de crecer en importancia, ni de ser admirada, ni de representar una referencia necesaria en el arte del siglo XX.

“Yo tomo de la naturaleza lo que me es necesario: una expresión suficientemente elocuente para sugerir lo que he pensado. Combino minuciosamente todos los efectos, los equilibro en descripción y color, pero esta condensación a la cual todo concurre, inclusive las dimensiones de la tela, no se logra en el primer intento. Es una larga tarea de reflexión, de amalgamación. Tengo que pintar un cuerpo de mujer; en primer lugar, reflejo la forma en mí mismo, la doto de gracia, de primor, y aún hay que dotarla de algo más. Condenso el significado de este cuerpo, buscando sus líneas esenciales. El encanto será menos manifiesto a primera vista, pero él ha de cristalizar en la nueva imagen que habré obtenido y que tendrá un significado más amplio, de mayor plenitud humana”.

Henri Matisse, Notas y principios sobre