| GEORGE
HENRI ROUAULT (París, 1871 – 1958).
George Rouault nació en el seno
de una familia humilde, sin embargo, su abuelo materno le descubrió
desde que era pequeño el mundo de artistas como Coubert, Manet o
Daumier. Como el niño demostraba especial interés en la escuela
de dibujo, con catorce años entró como aprendiz de vidriero,
primero en el taller de Tamoni y luego en el de Hirsch, dos de los mejores
artesanos y restauradores de vidrieras de París. A la vez tomaba
clases en la escuela de artes decorativas, donde se fijó en él
Albert Besnard que le encargó los dibujos de las vidrieras
para la Escuela de Farmacia de París, encargo que rechazaría
por deferencia a su maestro Hirsch, con quien estaba trabajando en ese
momento.
En 1890, Rouault entró a
trabajar en el taller de Delaunay en la Escuela de Bellas Artes de París,
donde en esas fechas se estaban formando también Matisse, Marquet
y Manguin. En estos momentos, la primera pintura de Rouault se centraba
en la representación de paisajes, pero más influido por los
maestros clásicos como Paussin o Claude, que por los impresionistas.
Tras la muerte de Delaunay, en 1891, entró en la clase de Moreau,
con el que entablaría una fuerte amistad y se convertiría
en su alumno predilecto, una estrecha relación que sólo se
rompería con la muerte del maestro. Rouault aprendió de Moreau
a ser escéptico con la visión que percibía de la naturaleza,
el camino que realistas e impresionista habían utilizado para realizar
sus creaciones, y a no considerar el arte como espejo fiel de la realidad.
Y en este sentido construía sus obras siguiendo muy de cerca las
enseñanzas de su maestro, como ya se reflejaba en Jesús
entre los Doctores (1894), obra que ganó el Premio Chenavard
ese año y que también presentó al Salón de
los Champ Elyssé en 1895. Sin embargo, su presencia en el Premio
de Roma de 1896 pasó inadvertida, lo que le produjo una gran desilusión.
Decepción que no sería comparable al desánimo que
le produjo la muerte de su querido maestro y amigo Gustave Moreau, dos
años después.
Moreau dejó a su muerte
todas sus obras y su estudio al estado con la intención de que se
organizara un museo. Este deseo se materializó en 1903 al abrirse
el Museo Gustave Moreau en su taller y siendo su comisario George Rouault.
Mientras el museo se fue formando, Rouault
abandonó sus clases en la Escuela de Bellas Artes y se dedicó
a pasear por París, contemplando las escenas que se originaban en
la ciudad y a los personajes que las protagonizaban, asuntos que se convirtieron
en centro de sus representaciones. En 1901, se retiró durante un
breve período a la Abadía Benedictina de Ligugé, cerca
de Poitiers, donde Joris-Karl Huysmans se encontraba organizando una comunidad
de artistas.
Entorno a 1903, el arte de Rouault
sufrió profundos cambios desde el punto de vista moral y religioso.
Ya en 1904, comienza a pintar temas sacados directamente de los evangelios,
La Crucifixión, Jesús y sus discípulos (ambas
de 1904) y otras escenas de la vida de Cristo. No son obras amables o narrativas,
son expresión de la tragedia y el sufrimiento. Como contra punto
a estos lienzos encontramos representaciones de payasos y personajes del
circo, aparentemente más lúdicas pero no exentas de dramatismo.
En aquel mismo año, presentó una serie de acuarelas y dibujos
de payasos, acróbatas y prostitutas al Salón de Otoño
de 1904, un certamen que el mismo había ayudado a establecer en
1903 y al que acudiría durante años. Estas obras, que rompían
con los temas religiosos de sus primeros años, introducen el interés
profundo de Rouault por el sufrimiento y la desesperación del ser
humano a través de un sentimiento de fe íntimo y profundo.
El circo fue el tema especialmente preferido
de Rouault. No se trataba de un tema novedoso en la pintura, anteriormente
ya había sido utilizado por artistas del siglo XIX como Daunier,
Toulouse-Latrec, Manet, Renoir, y también estaba siendo utilizado
por artistas de su propia generación: Picasso, Matisse, Léger,
Dufy o Van Dongen. Para Rouault el payaso significa alegría y risa,
la vía para vencer el sufrimiento. Es ese sentimiento místico
el que envuelve sus creaciones, aplicando a las escenas circenses y a sus
personajes un tratamiento que podría ser aplicable a cualquier escena
de carácter religioso. Rouault pinta a sus personajes en escenarios
indefinidos, sin público, aislados, lo que refuerza la presencia
de la figura en el cuadro, como en La mujer caballo (1906).
Otro de los grandes temas de Rouault es
el de la prostitución. Una de sus primera aproximaciones a este
asunto fue el tríptico de 1905, Prostitutas, formado por
tres paneles: Mr y Mrs. Poulot, Prostituta y Terpsichore. El conjunto
estaba inspirado en la novela La mujer pobre (1897), de su amigo
el escritor católico Léon Bloy, a quien conoció en
1904, y en cuyos escritos encontró lo que necesitaba para justificar
su rebelión contra el orden establecido. Como Léon Bloy,
Rouault buscó temas para expresar su sentido de la indignación
y el disgusto sobre las maldades que la sociedad burguesa permitía.
La obra Prostitutas fue una de las llamativas y coloristas pinturas
del polémico Salón de Otoño de 1905, núcleo
originario de Fauvismo, aunque sus emotivas y dramáticas figuras
de prostitutas y payasos parecen separarle del resto de los fauvistas.
Fue el único de ellos que tuvo que ver, a través de sus temas,
con el espíritu expresionista, por lo que a veces no se le considera
plenamente “salvaje”. La presentación de sus obras en el Salón
de Otoño de 1905, de paleta intensa y técnica espontánea,
le sitúan dentro del grupo fauvista, aunque sus pinturas no estuvieran
en la famosa Sala VII.
El tratamiento que Rouault otorga al tema
de los burdeles y las prostitutas no sigue la línea que en décadas
anteriores le habían dado Constantin Guys, Degas o Toulouse-Latrec,
en cuyas obras se ponía de manifiesto un tema moderno y chocante
frente a los códigos de conducta burgueses. Sus prostitutas son
el símbolo de la corrupción de esa sociedad. Prostituta
ante el espejo (1906), a quien presenta más como reflejo de
esa miseria que con una visión objetiva y realista. No era la mujer
concreta que invitaba a su estudio para que posase, era el símbolo
de un modo de vida, la universalización de una profesión
miserable, sus figuras aparecían con medias o corset, como atributos
identificativos de su profesión.
El interés de Rouault por estas
escenas residía en un valor más íntimo y espiritual
que le hacía establecer una instintiva identificación con
esas mujeres, deformadas, desprotegidas y envueltas en miseria, cuyas miradas
expresaban una infinita tristeza y el abatimiento de quienes asumen su
degradación. Bajo los efectos del claroscuro que imprime en sus
obras se esconde un brutal sentimientos de acusación, que sobrepasa
la intensidad plásticas de los fauvistas. Tanto las prostitutas
como sus personajes circenses estaban representadas como personajes vulnerables
y frágiles, abandonados en medio de la inmensidad del mundo, solos
e indefensos, a merced de los avatares de la vida de la calle y los caminos.
Raramente en la historia del arte se había pintado con tanta repulsión
y rechazo, casi asco a las prostitutas, quizás no antes de 1920
en que George Grosz lo hiciera.
Aunque la representación
de estos temas ocupa las mejores obras de su carrera, a partir de 1914
sólo los retomará en contadas ocasiones.
Entre 1902 y 1904 también pintaría
desnudos, composiciones con figuras de gran fuerza expresiva. Estos desnudos
están claramente marcados por la huella de Cézanne y sus
cuadros de bañistas, principalmente en los tonos azules y en el
manejo de la acuarela, en la idea de los contornos que definen las formas,
la utilización del arabesco y de los contrastes de color para
conseguir las formas y esos cuerpos blancos y amarillos de las mujeres,
modelados esculturalmente mediante pinceladas pesadas de materia pero sueltas
de ejecución. En este caso su interés en el tema se centraba
más en experimentar los efectos meramente pictóricos que
le proporcionaba, aunque no estaba exento de cierta carga más
espiritual, la pintura del desnudo le facilita la manera para ensalzar
la gracia y la belleza del cuerpo femenino, por extensión de la
mujer, de forma que su obra es el lenguaje que le permite transmitir una
filosofía de vida y unos valores sociales.
En 1907, Rouault conoció a Ambroise
Vollard, el agente y marchante de arte, en el estudio de André Mathey
y le vende sus primeras obras. Acababa de comenzar entonces una serie de
cuadros que tenían como tema central los jueces y los juzgados,
basada en los casos reales que contemplaba en los juzgados de París,
donde se manifiesta de nuevo la indignación moral de Rouault.
La primera de las piezas de esta serie El condenado (1907), la obra
era de una fuerte tensión, enfatizada por el contraste del rojo
del birrete y el negro de la toga de los letrados. En la escena se representan
a un hombre y una mujer con rasgos grotescos que rayan la caricatura. Aunque
la fuente de la escena era real, su presentación es intemporal,
símbolo de la aflicción y el drama. Tampoco retomaría
estos temas después de 1914, excepto unos cuantos retratos de jueces
que realizó en los años finales de su vida.
Su obra despertó gran interés
en los ambientes artísticos, prueba de ello fue la exposición
individual que realizó en 1910-1911 en la Galería Druet de
París. A partir de estos años Rouault centra sus pinturas
principalmente en figuras humanas. Los personajes de estas obras presentan
formas grotescas y deformadas, son como espectros de obreros, comerciantes,
artesanos en sus talleres, en un intento de manifestar su descontento,
a la vez que le realidad, de unos modos de vida que se ven amenazados por
el avance del mundo industrializado. En este sentido trabajó entre
1907 y 1914 en una serie de obras áreas suburbanas deprimidas,
en las que abordaba el tema de la miseria, la pobreza y la marginación.
Los protagonistas de estos cuadros son vagabundos, obreros, fugitivos,
desheredados, que Rouault presentaba como héroes cristianos que
redimen, que cargan con las culpas de los demás y expían
sus pecados por medio del sufrimiento. En ellos introdujo la innovación
técnica de usar pintura acrílica, que le permite una empastación
menos refinada, en consonancia con los asuntos que estaba tratando, y eliminar
el brillo del óleo. Con ello abría el progresivo aumento
de material pictórico con que cargaría las obras de los últimos
años.
Tras estas obras subyace el persistente
mensaje del autor de manifestar su rechazo de los valores burgueses establecidos
y la voracidad de la nueva sociedad individual y materialista. En Mister
X (1911), Rouault expresaba esa repulsa por todos esos personajes burgueses,
grandes y gordos, llenos de estupidez y orgullo, personas de éxito
bien vestidas, en un retrato que permitía ver tanto su cuerpo como
su alma. Esta aptitud rebelde y provocadora le llevó a burlarse
de oradores, políticos, intelectuales, así como, cuando
comenzó la Primera Guerra Mundial, mantener una postura antialemana
y a favor del pueblo judío, idea que se recoge en El judío
errante (1918).
A partir de 1917, en que vendió
su estudio a Vollard y el marchante estableció con él una
relación de agente comercial exclusivo que no se romperá
hasta la muerte de Vollard en 1939, Rouault entró en una situación
de seguridad económica y estabilidad vital. Se acrecentó,
así, su fe en los valores artísticos de su obra, que alcanzó
un mayor equilibrio compositivo y una mayor armonía entre las zonas
de color.
Ese mismo año Vollard le encargó
ilustrar un texto que el mismo había escrito, La reencarnación
de Pére Ubú. Rouault aceptó el encargo con la
condición de tener entera libertad para realizar las ilustraciones.
El encargo le sirvió para crear la serie de grabados Miserere
(1917), una meditación sobre la muerte que tenía en su
cabeza desde 1912. Este trabajo le vuelve a llevar al estudio de las víctimas
de la sociedad, de los esclavos negros, y las relaciones entre clases y
razas. Durante años se dedicó a la realización de
estas planchas, desde 1922 a 1927, que no se publicarían hasta 1948.
La idea original del artista era crear 50 planchas que ilustraran esos
temas y otras 50 referidas a la guerra, pero, finalmente, la serie que
salió en 1927 constaba de 58 grabados. En principio, pensó
acompañar las estampas con textos de su amigo André Suarès,
pero finalmente optó por usar frases de la Biblia. La serie Miserere
está en perfecta concordancia con su obra pintada, recogiendo la
misma galería de personajes: pobres y ricos, jueces y condenados,
burgueses, payasos, cristianos, etc.
Como había sucedido con la serie
de Père Ubú, también en Miserere, Rouault
realizó dibujos preparatorios, incluso bocetos al óleo, que
luego pasaba a las planchas mediante la técnica del fotograbado,
para terminar de perfilar los trazos en el cobre. El conjunto constituye
una obra maestra dentro del género de la estampación.
La obra en grabado de Rouault generó
más interés y le reportó mayores éxitos internacionales
que su obra pictórica, prueba de ello es que en 1938 se expusieron
sus grabados en el Museo of Moderm Art de Nueva York, mientras que una
muestra de sus pinturas en el mismo museo no se vería hasta 1945.
Además de las series de grabados
citadas, en 1927 ilustró Las flores del mal de Charles
Baudelaire, siguiendo la misma línea de las series anteriores. A
partir de 1930, vuelve al agua fuerte coloreado, logrando juegos cromáticos
similares a las pinturas, ejemplo de ello son El Circo de la Estrella
Fugaz (1938) y Pasión (1939).
Tan intensa inmersión en el grabado
no frenó, sin embargo, su desarrollo como pintor, a partir de 1930
los temas de sus estampas pasaron también a las telas, que cargaba
con capas densas de pintura, colocadas en el lienzo de manera convulsiva
e improvisada. Sus dibujos preparatorios de ahora no establecen una gran
distancia entre los primeros esbozos y la obra final, por el contrario,
el lienzo final cada vez se asemeja más a un estudio incipiente
por al rapidez de su trazado y la falta de depuración técnica.
Esta realización de la obra más gestual y experimental, le
alejó de la carga conceptual de otras pinturas, tanto social
como religiosa.
Como otros muchos artistas de su entorno,
Rouault trabajó en la realización de escenografías
teatrales, en su caso, Serge Diaghilev le encargó en 1929 la escenografía
para el ballet El Hijo Pródigo, de Sergey Prokofiev.
La reputación de Rouault fue en
aumento y su reconocimiento internacional quedaría de manifiesto
en la exposición que se celebró en el Petit Palais de parís,
organizada por Raymond Escholier, durante la Exposición internacional
de Artes y Técnicas de la Vida Moderna, en 1937. A esta muestra
siguieron otras en la Galería de Pierre Matisse en Nueva York, el
mismo año; la exposición de sus grabados en el MOMA en 1938;
así como la edición de una monografía sobre su obra
en 1940, escrita por Leonello Venturi y una de retrospectiva, el mismo
año, en Boston, Washington DC y San Francisco.
Después de 1940, el estilo de Rouault
sufrió otro cambio. Se empastó aún más su pintura,
tratando de crear a través de la luz y el color que aumentara la
espiritualidad de la obra. Imprimía en sus figuras hieratismo, simplificando
las formas y dotándolas de falsa perspectiva. En cuanto a los temas
de estos años, aunque trata pierrot y naturalezas muertas, en ocasiones
vuelve a presentar la salvaje y violenta presencia de figuras humanas descompuestas,
relacionado estrechamente con la Segunda Guerra Mundial, es el caso de
Homo Homini Lupus: EL ahorcado (1944-8).
El impulsivo temperamento de Rouault se
proyectó en todos los ámbitos de su vida, así, tras
la muerte de Vollard entró en litigio con los herederos de su marchante
para que le devolvieran unas 300 obras que él consideraba inacabadas,
litigio que se cierra en 1947 y tras el que destruyó las obras delante
de un alguacil.
El fundamento general de su la obra de
Rouault lo sitúa como uno de los pocos pintores religioso modernos.
Su compromiso moral y su interés en hacerlo público queda
perfectamente puesto de manifiesto tanto en sus obras religiosas, de espíritu
virulento y expresivo de los primeros años, como en las representaciones
más calmadas de sus años tardíos. La iglesia católica,
que nunca había llegado a entender las obras de Rouault, ni la espiritualidad
que ellas encerraban, se acercó a su arte después de la Segunda
Guerra Mundial, incluso le encargó la realización de vidrieras.
Y en 1951, en su 80 cumpleaños, el Centro de Intelectuales Católicos
celebró un homenaje en su honor en el Palais Chaillot de París.
Finalmente, el Papa Pío XII le concedió una medalla honorífica.
Después de su muerte, la espiritualidad
de sus obras y sus profundos y sinceros sentimientos serían plenamente
reconocidos.

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