| INTRODUCCIÓN
(I).
Siempre que se comienza
un nuevo periodo, ya sea artístico o histórico, tendemos
a delimitarlo en el tiempo y en el espacio, de forma que principio y fin
coincidan con los de uno o varios siglos. Lo que en la teoría puede
parecer práctico, en la realidad no tiene ninguna credibilidad ya
que tanto a nivel cronológico como de definición de los estilos
artísticos, no podemos hablar en números absolutos que delimiten
épocas o modelos estancos, muy a menudo los diferentes movimientos
culturales se solapan y deslizan con total naturalidad entre dos centurias.
Si hasta ahora el historiador había podido permitirse seguir la
evolución artística estableciendo una proyección lineal,
llega el momento en que ésta se mostrará insuficiente al
tener que admitir en un mismo periodo estilos diferentes, cuando no opuestos,
como el Rococó, Neoclasicismo o Romanticismo; si a ello le añadimos
que un número amplio de artistas se movieron con total desenvoltura
entre ellos, adquiriendo pautas de uno u otro según su sensibilidad
y gusto le indicaba, acabaremos por establecer la dificultad en la catalogación
de un arte como el del siglo XIX.
Este siglo
ha sufrido por parte de la historiografía un tratamiento poco afortunado,
no concediéndosele normalmente un aspecto de homogeneidad y visión
de conjunto lo que ha motivado su percepción como escenas inconexas
de variada significación. El mencionado periodo se ha visto
pues, o como el epígono de la centuria anterior del cual dependía
irremediablemente, o bien como un conjunto de tendencias artísticas
cuyo único fin parece ser el justificar la modernidad del siglo
XX.
La complejidad y
diversidad del periodo, en el cual ahora nos adentramos sin pretensión
de estudio cerrado ni de profundización íntegra, ha hecho
que se adoptaran por parte de los historiadores y críticos una terminología
que en su multiplicidad no deja de ser sino una muestra de la riqueza de
pensamientos, pero también de la confusión que estos modelos
provocaron: Neoclasicismo, Romanticismo, Prerromanticismo, Clasicismo Romántico,
etc; no son sino el reflejo de la dificultad por ordenar y clasificar unas
ideas estéticas y unos planteamientos plásticos que fueron
el resultado de intensos cambios en la concepción de las mentalidades.
Al igual
que no se entendería la Historia sin el Arte, el prescindir del
proceso histórico dentro de las manifestaciones plásticas
sería a nuestro juicio un error, máxime cuando entendemos
que el arte de cada periodo no hace sino reflejar los diferentes condicionantes
sociales, políticos, económicos, culturales, etc. de los
pueblos o individuos que los crean. Ya sea de forma enaltecedora o como
reacción a las ideas imperantes del momento.
Para poder interpretar
de forma convincente los intensos cambios tanto políticos, económicos,
ideológicos, sociales, culturales, etc. que se desarrollarán
de forma ininterrumpida a lo largo del siglo XIX, no podemos dejar de retrotraer
nuestra mirada hacia la centuria precedente, aunque esta mirada no indica
una concepción dogmática sino un punto de inflexión
que tuvo una importancia capital, máxime por tanto su interpretación
como punto de referencia en muchas ocasiones o fuente de críticas
en otras.
A nivel político,
el siglo XIX resultó ser una época convulsa donde no faltaron
las guerras y revoluciones; entre las primeras destacan las múltiples
campañas napoleónicas y entre las segundas los ciclos revolucionarios
ocurridos entre 1820 y 1848. A ello debemos unir los procesos de unificación
(Italia y Alemania), e independencia de diversos países tanto europeos
como americanos en su mayor proporción. También produjeron
no pocos contratiempos el expansionismo ruso hacia los Balcanes y dos guerras
de ámbito no europeo como fueron la Guerra de Secesión norteamericana
(1861-1865) y la Guerra Chino-Japonesa (1894-1895).
Muchos de
estos conflictos no son sino epílogos arrastrados desde el siglo
XVIII en su lucha contra el Antiguo Régimen, término este
acuñado durante los debates de la Asamblea Constituyente francesa
en 1790. Las características de este poder, a grosso modo, se basan
en la instauración de la Monarquía Absoluta otorgada directamente
por Dios al rey; la división estamental de la sociedad en Nobleza,
Clero y Tercer Estado, en este último orden se encuentran representados
los burgueses que si bien en un principio su influencia y fuerza fue relativa,
tras la revolución industrial adquirirán un papel predominante
tanto a nivel económico como cultural. En cuanto a la economía,
esta era de subsistencia; la producción artesanal y se actuaba en
base al Mercantilismo donde se exaltaba la intervención del Estado
y el proteccionismo en las relaciones comerciales exteriores.
La aparición
de nuevos métodos de interpretación ideológica, el
desarrollo económico unido a un crecimiento demográfico y
una búsqueda de la libertad individual llevaran a que en el último
cuarto del siglo XVIII el Antiguo Régimen entrara irremediablemente
en crisis.
El movimiento cultural
que aglutinará los diversos descontentos de grupos sociales dispares
será la Ilustración, ésta basará sus planteamientos
en el análisis racional, en donde la crítica es fundamental
para el estudio de las instituciones tanto sociales como políticas.
La difusión de las ideas ilustradas se realizarán de forma
extensa y rápida partiendo desde Francia al resto de Europa.
La divulgación de las mismas tendrá su máxima representación
en la Encyclopèdie, ou Dictionnaire raisonnè des sciences,
des arts et des mètiers, par une sociètè de gens de
lettres. Editada en 28 volúmenes entre 1751 y 1772 por D’Alembert
y Diderot. En sus cientos de páginas se intentarán recoger
todos los conocimientos humanos y el progreso de la razón. D’Alembert
en el Discurso Preliminar, compuesto como justificación del plan
de la Enciclopedia, se hacía eco de los cambios producidos y auguraba
tiempos de nuevas innovaciones que no tardarían en hacerse realidad:
“Si se considera detenidamente el siglo a cuya mitad nos encontramos, si
se tienen presentes los acontecimientos que se desarrollan ante nosotros,
las costumbres, las obras que producimos, las conversaciones que tenemos,
se advierte que se ha producido un cambio notable, un cambio que por su
rapidez hace prever una revolución aún mayor en el futuro.
Nuestra época gusta denominarse sobre todo, época de la filosofía.
El descubrimiento y uso de un nuevo método de filosofar suscita,
en cambio una eclosión universal. Todas estas causas han contribuido
a producir un vivo fermento en los espíritus...que actúa
en todas las direcciones. Desde los principios de la ciencia, hasta las
cuestiones de economía y comercio, de la política, el derecho
de los pueblos, todo se ha discutido, analizado, agitado...”.
Los planteamientos,
todos ellos tamizados por la luz de la razón del movimiento ilustrado,
son entre otros, la Soberanía Nacional, el Pacto Social, la reestructuración
de la sociedad de clases, el liberalismo que preconizado por Locke tomará
ahora carta de identidad, la separación de poderes y las ideas democráticas
de Rousseau que anticipa el romanticismo. En cuanto a la economía,
se cuestiona la validez del mercantilismo, apareciendo ahora dos nuevas
doctrinas como son la Fisiocracia y el Librecambismo.
La aplicación
de estos presupuestos se organizarán en torno al llamado Despotismo
Ilustrado, cuyo ciclo reformista resultó a la larga insuficiente
y acabó por fracasar, lo que influyó de forma clara en los
movimientos revolucionarios liberales burgueses. Pero sin lugar a dudas
los dos acontecimientos más importantes de la historia política
del siglo XVIII serán la guerra americana y la Revolución
Francesa.
Por la primera,
las trece colonias americanas, tras soportar una serie de medidas impopulares
(Ley del timbre, impuestos sobre papel, vidrio, té, etc) gravados
por Inglaterra sin contar con las Asambleas de cada colonia, unido a un
cúmulo de desavenencias, hizo que tras un incidente se declararan
la guerra, que recibió el nombre de la Independencia (1775-1783).
Dejando a un lado el desarrollo pormenorizado del enfrentamiento bélico,
alianzas y diplomacia, debemos mencionar las consecuencias inmediatas
más destacables tras su finalización. En primer lugar resulta
trascendental la culminación con éxito de una revolución
que podemos catalogar como burguesa; que como derivación de esta
victoria se conquistarán nuevas prerrogativas para los individuos
y para la comunidad con la instauración de una República
presidencialista y por último tras múltiples dudas, debates
y discusiones se establecerá un Federalismo que debido justamente
a sus múltiples lagunas e interpretaciones creará un cisma
no solucionado hasta la Guerra de Secesión a finales del siglo XIX.
No debemos olvidar que también de todo este proceso saldrán
dos textos de gran importancia para futuras empresas reformistas, estos
son la Constitución ratificada en 1788 y la Declaración de
Derechos.
La historia de la
arquitectura durante el siglo XIX oscilará entre dos posturas enfrentadas
y perfectamente definidas, esto es: entre antigüedad y modernidad;
entre pasado y renovación.
Por la primera,
el pasado se convertía en paradigma y la imitación que no
copia de la Antigüedad clásica, el Renacimiento o el Gótico
se transformaban en puntos focales de referencia. La otra corriente, planteaba
la solución de problemas artísticos con nuevos medios de
expresión.
Hacia mediados
del siglo XVIII el ciclo de grandes estilos de época se encontraba
casi agotado. La contestación hacia el Rococó, motivada en
unos casos por el hastío y una nueva mentalidad, en otros por motivos
políticos o nacionalistas, al relacionarse el rococó con
Francia; hicieron que se buscaran nuevos lenguajes alternativos en donde
la moralidad y la virtud se alejaran de las asociaciones frívolas
y cortesanas de un estilo refinado y lujoso que se encontraba desplegado
hasta la saturación en todas las cortes europeas.
Este nuevo lenguaje,
bautizado como Neoclásico (sólo a partir del siglo XIX),
adoptó un inusitado interés por el arte de la antigüedad,
según Rodríguez Ruiz: “...en términos de perfección
absoluta en cuanto a objeto de imitación formal y moral”. El origen
del cambio de mentalidad debemos buscarlo en los ideales de la Ilustración
y de la Enciclopedia, así como en la pujanza de una nueva clientela
hambrienta por conocer, para Boime: “A pesar de las tensiones económicas,
políticas y sociales del momento, el estilo artístico dominante
que surge en esta época parece contenido, frío y formal,
preocupado solamente por la exactitud arqueológica y los temas de
carácter moral. Los patronos y profesionales buscan la inspiración
en la antigüedad clásica, rodeándose de objetos reales
y encargando decoraciones basadas en motivos extraídos de ellos.
Los artistas se obsesionan con el “estilo” y se olvidan de las demás
preocupaciones. Este estilo se alcanzaba intelectual y conscientemente
mediante la aplicación de la teoría, lo que supone un carácter
totalmente moderno”.
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