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1. FUNDAMENTOS DE LA ARQUITECTURA Y URBANISMO DEL SIGLO XIX. ENTRE LA TRADICIÓN Y LA RENOVACIÓN.
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ISBN- 87-9714-021-4
 Por Félix Díaz Moreno
 

INTRODUCCIÓN (I). 

Siempre que se comienza un nuevo periodo, ya sea artístico o histórico, tendemos a delimitarlo en el tiempo y en el espacio, de forma que principio y fin coincidan con los de uno o varios siglos. Lo que en la teoría puede parecer práctico, en la realidad no tiene ninguna credibilidad ya que tanto a nivel cronológico como de definición de los estilos artísticos, no podemos hablar en números absolutos que delimiten épocas o modelos estancos, muy a menudo los diferentes movimientos culturales se solapan y deslizan con total naturalidad entre dos centurias. Si hasta ahora el historiador había podido permitirse seguir la evolución artística estableciendo una proyección lineal, llega el momento en que ésta se mostrará insuficiente al tener que admitir en un mismo periodo estilos diferentes, cuando no opuestos, como el Rococó, Neoclasicismo o Romanticismo; si a ello le añadimos que un número amplio de artistas se movieron con total desenvoltura entre ellos, adquiriendo pautas de uno u otro según su sensibilidad y gusto le indicaba, acabaremos por establecer la dificultad en la catalogación de un arte como el del siglo XIX.

 Este siglo ha sufrido por parte de la historiografía un tratamiento poco afortunado, no concediéndosele normalmente un aspecto de homogeneidad y visión de conjunto lo que ha motivado su percepción como escenas inconexas de variada  significación. El mencionado periodo se ha visto pues, o como el epígono de la centuria anterior del cual dependía irremediablemente, o bien como un conjunto de tendencias artísticas cuyo único fin parece ser el justificar la modernidad del siglo XX.

La complejidad y diversidad del periodo, en el cual ahora nos adentramos sin pretensión de estudio cerrado ni de profundización íntegra, ha hecho que se adoptaran por parte de los historiadores y críticos una terminología que en su multiplicidad no deja de ser sino una muestra de la riqueza de pensamientos, pero también de la confusión que estos modelos provocaron: Neoclasicismo, Romanticismo, Prerromanticismo, Clasicismo Romántico, etc; no son sino el reflejo de la dificultad por ordenar y clasificar unas ideas estéticas y unos planteamientos plásticos que fueron el resultado de intensos cambios en la concepción de las mentalidades.
 Al igual que no se entendería la Historia sin el Arte, el prescindir del proceso histórico dentro de las manifestaciones plásticas sería a nuestro juicio un error, máxime cuando entendemos que el arte de cada periodo no hace sino reflejar los diferentes condicionantes  sociales, políticos, económicos, culturales, etc. de los pueblos o individuos que los crean. Ya sea de forma enaltecedora o como reacción a las ideas imperantes del momento.

Para poder interpretar de forma convincente los intensos cambios tanto políticos, económicos, ideológicos, sociales, culturales, etc. que se desarrollarán de forma ininterrumpida a lo largo del siglo XIX, no podemos dejar de retrotraer nuestra mirada hacia la centuria precedente, aunque esta mirada no indica una concepción dogmática sino un punto de inflexión que tuvo una importancia capital, máxime por tanto su interpretación como punto de referencia en muchas ocasiones o fuente de críticas en otras.

A nivel político, el siglo XIX resultó ser una época convulsa donde no faltaron las guerras y revoluciones; entre las primeras destacan las múltiples campañas napoleónicas y entre las segundas los ciclos revolucionarios ocurridos entre 1820 y 1848. A ello debemos unir los procesos de unificación (Italia y Alemania), e independencia de diversos países tanto europeos como americanos en su mayor proporción. También produjeron no pocos contratiempos el expansionismo ruso hacia los Balcanes y dos guerras de ámbito no europeo como fueron la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865) y la Guerra Chino-Japonesa (1894-1895).
 Muchos de estos conflictos no son sino epílogos arrastrados desde el siglo XVIII en su lucha contra el Antiguo Régimen, término este acuñado durante los debates de la Asamblea Constituyente francesa en 1790. Las características de este poder, a grosso modo, se basan en la instauración de la Monarquía Absoluta otorgada directamente por Dios al rey; la división estamental de la sociedad en Nobleza, Clero y Tercer Estado, en este último orden se encuentran representados los burgueses que si bien en un principio su influencia y fuerza fue relativa, tras la revolución industrial adquirirán un papel predominante tanto a nivel económico como cultural. En cuanto a la economía, esta era de subsistencia; la producción artesanal y se actuaba en base al Mercantilismo donde se exaltaba la intervención del Estado y el proteccionismo en las relaciones comerciales exteriores.
 La aparición de nuevos métodos de interpretación ideológica, el desarrollo económico unido a un crecimiento demográfico y una búsqueda de la libertad individual llevaran a que en el último cuarto del siglo XVIII el Antiguo Régimen entrara irremediablemente en crisis.

El movimiento cultural que aglutinará los diversos descontentos de grupos sociales dispares será la Ilustración, ésta basará sus planteamientos en el análisis racional, en donde la crítica es fundamental para el estudio de las instituciones tanto sociales como políticas. La difusión de las ideas ilustradas se realizarán de forma extensa y rápida partiendo desde Francia al resto de Europa.  La divulgación de las mismas tendrá su máxima representación en la Encyclopèdie, ou Dictionnaire raisonnè des sciences, des arts et des mètiers, par une sociètè de gens de lettres. Editada en 28 volúmenes entre 1751 y 1772 por D’Alembert y Diderot. En sus cientos de páginas se intentarán recoger todos los conocimientos humanos y el progreso de la razón. D’Alembert en el Discurso Preliminar, compuesto como justificación del plan de la Enciclopedia, se hacía eco de los cambios producidos y auguraba tiempos de nuevas innovaciones que no tardarían en hacerse realidad: “Si se considera detenidamente el siglo a cuya mitad nos encontramos, si se tienen presentes los acontecimientos que se desarrollan ante nosotros, las costumbres, las obras que producimos, las conversaciones que tenemos, se advierte que se ha producido un cambio notable, un cambio que por su rapidez hace prever una revolución aún mayor en el futuro. Nuestra época gusta denominarse sobre todo, época de la filosofía. El descubrimiento y uso de un nuevo método de filosofar suscita, en cambio una eclosión universal. Todas estas causas han contribuido a producir un vivo fermento en los espíritus...que actúa en todas las direcciones. Desde los principios de la ciencia, hasta las cuestiones de economía y comercio, de la política, el derecho de los pueblos, todo se ha discutido, analizado, agitado...”.

 Los planteamientos, todos ellos tamizados por la luz de la razón del movimiento ilustrado, son entre otros, la Soberanía Nacional, el Pacto Social, la reestructuración de la sociedad de clases, el liberalismo que preconizado por Locke tomará ahora carta de identidad, la separación de poderes y las ideas democráticas de Rousseau que anticipa el romanticismo. En cuanto a la economía, se cuestiona la validez del mercantilismo, apareciendo ahora dos nuevas doctrinas como son la Fisiocracia y el Librecambismo.

La aplicación de estos presupuestos se organizarán en torno al llamado Despotismo Ilustrado, cuyo ciclo reformista resultó a la larga insuficiente y acabó por fracasar, lo que influyó de forma clara en los movimientos revolucionarios liberales burgueses. Pero sin lugar a dudas los dos acontecimientos más importantes de la historia política del siglo XVIII serán la guerra americana y la Revolución Francesa. 

Por la primera, las trece colonias americanas, tras soportar una serie de medidas impopulares (Ley del timbre, impuestos sobre papel, vidrio, té, etc) gravados por Inglaterra sin contar con las Asambleas de cada colonia, unido a un cúmulo de desavenencias, hizo que tras un incidente se declararan la guerra, que recibió el nombre de la Independencia (1775-1783).  Dejando a un lado el desarrollo pormenorizado del enfrentamiento bélico, alianzas y  diplomacia, debemos mencionar las consecuencias inmediatas más destacables tras su finalización. En primer lugar resulta trascendental la culminación con éxito de una revolución que podemos catalogar como burguesa; que como derivación de esta victoria se conquistarán nuevas prerrogativas para los individuos y para la comunidad con la instauración de una República presidencialista y por último tras múltiples dudas, debates y discusiones se establecerá un Federalismo que debido justamente a sus múltiples lagunas e interpretaciones creará un cisma no solucionado hasta la Guerra de Secesión a finales del siglo XIX.  No debemos olvidar que también de todo este proceso saldrán dos textos de gran importancia para futuras empresas reformistas, estos son la Constitución ratificada en 1788 y la Declaración de Derechos.

La historia de la arquitectura durante el siglo XIX oscilará entre dos posturas enfrentadas y perfectamente definidas, esto es: entre antigüedad y modernidad; entre pasado y renovación.
 Por la primera, el pasado se convertía en paradigma y la imitación que no copia de la Antigüedad clásica, el Renacimiento o el Gótico se transformaban en puntos focales de referencia. La otra corriente, planteaba la solución de problemas artísticos con nuevos medios de expresión.
 Hacia mediados del siglo XVIII el ciclo de grandes estilos de época  se encontraba casi agotado. La contestación hacia el Rococó, motivada en unos casos por el hastío y una nueva mentalidad, en otros por motivos políticos o nacionalistas, al relacionarse el rococó con Francia; hicieron que se buscaran nuevos lenguajes alternativos en donde la moralidad y la virtud se alejaran de las asociaciones frívolas y cortesanas de un estilo refinado y lujoso que se encontraba desplegado hasta la saturación en todas las cortes europeas.

Este nuevo lenguaje, bautizado como Neoclásico (sólo a partir del siglo XIX), adoptó un inusitado interés por el arte de la antigüedad, según Rodríguez Ruiz: “...en términos de perfección absoluta en cuanto a objeto de imitación formal y moral”. El origen del cambio de mentalidad debemos buscarlo en los ideales de la Ilustración y de la Enciclopedia, así como en la pujanza de una nueva clientela hambrienta por conocer, para Boime: “A pesar de las tensiones económicas, políticas y sociales del momento, el estilo artístico dominante que surge en esta época parece contenido, frío y formal, preocupado solamente por la exactitud arqueológica y los temas de carácter moral. Los patronos y profesionales buscan la inspiración en la antigüedad clásica, rodeándose de objetos reales y encargando decoraciones basadas en motivos extraídos de ellos. Los artistas se obsesionan con el “estilo” y se olvidan de las demás preocupaciones. Este estilo se alcanzaba intelectual y conscientemente mediante la aplicación de la teoría, lo que supone un carácter totalmente moderno”.